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Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER |
Oleadas
de imágenes llenaban su mente y lo recluían en la insana espera de la muerte.
Se decía a sí mismo que estaba lleno de un amor tierno pero deshabitado de
presencias sobre esta tierra. Cada mañana elevaba una plegaria a la resurrección
para que pusiera el cuerpo vivo de ella junto al de él, donde quiera que sea. Sólo
un ansia mitigaba su pena; a la vez, esa ansia, agigantaba el perfil de su
cobardía terrena.
Los años le habían caído como cenicientas hojas muertas. De la revelación más sublime, la del amor verdadero, había mutado a la desolación dolorosa de la pérdida.
Verano
de la revelación
Hacía
un rato que permanecía recostado sobre una reposera cerca de la pileta con los
ojos cerrados y sus brazos abiertos como abrazando el sol; de tanto en tanto
espiaba. El verano era una delicia, sobre todo para darle rienda suelta al ocio.
Nada podía tener una armonía más perfecta. Percibía con nitidez los olores
de la naturaleza, la exquisita luminosidad del sol, y la persistente brisa que
daba sosiego al caer agobiante de la tarde. El complemento era aún más
perfecto, estaba ella.
En
un entreabrir de ojos la había visto cerca de las plantas mirando el follaje;
buscaba vaya a saber qué cosa. Tarareaba algo en voz baja y parecía
concentrada... alegre. Ahora venía hacia él; se había puesto una rama de
laurel a modo de corona, un par de anteojos negros y pareo; venía riéndose. No
era un chiste ni pretendía ser ridícula, actuaba con naturalidad... vaya a
saber uno qué enjambre químico de sus neuronas la hacían actuar como si tal
cosa. El pelo rubio y lacio sobre los hombros y sus pies acariciando la tierra;
en una mano una botella de cerveza, y en la otra dos copas. Regalaba ternura.
Tenía un aire de inocente ingenuidad que seducía con su sola presencia. Su
figura era delgada y para nada voluptuosa; sin embargo, para su apreciación,
hermosa.
Ella
se acercó, vació el contenido de sus manos, y lo miró con curiosidad. Notó
que él tenía sus ojos puestos en ella pero no la miraba. Era cierto, buceaba
en su propio espíritu. Tan pleno estaba que se sintió como la mitad de un
todo. En el mismo instante tuvo la revelación del amor verdadero, amor que
ennoblece con su sola presencia y nos hace mejores; que nos llena de comprensión
y tolerancia, que goza con la felicidad del ser amado, e inmola el
individualismo del solitario. Recordó aquello de las almas gemelas y su
negativa a creer en algo tan intangible y manoseado. Sin embargo, había algo
sublime que los hacía especiales. Nada ni nadie penetraba el halo que los
envolvía. No era una cuestión de la conciencia; iba más profundo.
El
privilegio de un amor así, era una bendición, estaba claro, ¿pero cuál había
sido la causa para que ambos coincidieran? Reflexionó súbitamente que el amor
es un estado del alma que no requiere ser asumido ni aceptado por la razón.
Cuando la razón le impone un amor al alma, la aceptación de ese amor llena sólo
un espacio de necesidad para jamás transformarse en verdadero amor.
Sus
sentimientos eran correspondidos. Ambos se potenciaban en un ida y vuelta de
entrega sin reservas. Ambos poseían la libertad de elegir, y elegían a cada
instante permanecer juntos por el simple placer de compartirse. Paseaban por el
mundo tomados de la mano, pero amarrados fuertemente por el lazo que anudaba sus
almas. Desde aquella revelación del espíritu, sus vidas habían fusionado como
parte de un todo que concebían más allá... aún de la muerte. Repetían esta
consigna cada vez con mayor misticismo: en los brindis, sin pronunciar palabra,
mirándose fijamente a los ojos y conscientes ambos de lo que repetían sus
mentes en el limbo. A media luz de velas; a solas y profanando silencios.
Cuando lejos los cuerpos, y en sufrientes horas de orfandad de olores y tramas y
risas, y de besos y roces, se percibían en el pecho y en el sexo: "Me
has acariciado sin tocarme... ", le susurraba ella cuando las manos de él
se insinuaban sobre los montes de su cuerpo; entonces, aparecía en su cara la sed de
poseerlo. No había planes de entrometidos hijos. Ella era una sacerdotisa
consagrada a su amor; y él, su fiel adorador.
Ciertas
veces descubrían recuerdos y las imágenes de otro siglo se develaban como una
catarsis de sensaciones. Pero la difusa peregrinación al recuerdo de otros
tiempos sabía siempre a incierto, a sueño trasnochado y a deseo. ¿--Y si las imágenes
en nuestras mentes fueran de verdad una perfecta clonación de nosotros? Al tiempo
debían respetársele sus devaneos; aún urgidos de presencia y de recuerdos,
como pasajeros, debeían aguardar la finalización del trayecto.
No
fueron años; tan sólo habían pasado meses cuando la migración terrenal los
sumió. Fue entonces que él recordó los devaneos del tiempo y pensó en las
purgas para que les correspondiera el cielo. En esos meses con sus días; y en
esos días con sus horas y minutos; como si el infinito pudiera resumirse en un
segundo de la razón y las huellas del efímero tiempo calar en lo profundo un
rumbo, habíanse elevado más allá, incluso, de su comprensión. Si existía un
modo de quedar en alguien para repetirse después, ellos estaban seguros de
poseer ese destino.
Invierno
de la desolación.
El día en que ella murió llovía a cántaros. Era una tarde fría de invierno; todo lo contrario a aquélla en que ambos habían tomado definitiva razón del amor verdadero. Ambos estaban en la casa que compartían; él sentado sobre la cama; y ella, o el espectro de ella, lo abrazaba por la cintura con la cabeza apoyada entre sus piernas.
El silencio era absoluto; sólo el sonido de una
respiración dificultosa quebraba la monotonía. Él la miraba y sentía que su
mirada penetraba por un túnel; al final, la cara enflaquecida de ella con los
ojos entreabiertos. Sin embargo, dormía.
Como
si ella hubiese escuchado su rezo, comenzó a moverse. Él la tomó por debajo
de las axilas y la llevó hasta su pecho. Cerró los ojos. La besó en los
labios deseando con todas sus fuerzas entregarle la esencia energética de su
vida. Cuando los volvió a abrir, ella lo miraba con expresión de despedida; no
tenían más lágrimas... ni palabras. Se quedaron mirándose por unos segundos
eternos envueltos en el tiempo y sus devaneos.
--¡Hasta
la próxima vida mi amor! -susurró ella con la voz entrecortada regalándole
una última sonrisa. Al instante, sus ojos verdes transparentes de mar, se
opacaron irremediablemente en su vida presente.
Él
continuó abrazándola y balanceándose de su cintura, hasta que finalmente
alguien se acercó y los contuvo a ambos.
.../...
La tarde caía mansa. Un sol radiante le acariciaba la cara y dibujaba delgadas sombras en el relieve que el tiempo había esculpido con su paso inexorable. El devaneo del tiempo llegaba a su fin.
Por años había regresado a esos dos instantes inmerso en un retórico arco de sublime revelación y desolada pérdida. Desde la muerte de ella, su vida había sido la espera. Jamás un nuevo amor removió de sus entrañas aquella profunda revelación del alma gemela. Esperando... había estado extrañamente acompañado.
Entre las plantas, hurgando entre el follaje, vio a alguien que sonreía alegre... ansiosa; traía una corona. Con la agilidad de sus mejores años caminó hacia donde estaba su imagen resplandeciente. Se asieron de la mano para devorar todas las sombras.
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