Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER

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Quién gana y quién pierde
Marcelo D. Ferrer (*)
La Plata, Buenos Aires, Argentina.

      Un ex campeón de ajedrez venido a financista aconseja la compra de bonos argentinos en pesos ajustados por CER luego de un simple análisis: dólar con tendencia sostenida a la baja, alta inflación y  tasas en moderado ascenso. Según aprecia este ex ajedrecista, la ganancia puede llegar al 18% anual en dólares.  

      Para ubicar al lector en la magnitud de esta renta, la compararemos con la renta de un plazo fijo en términos anuales: 4.3%; o con la renta de otros bonos similares a la emisión Argentina, pero de un país menos volátil: 4.12%.
 
Ahora bien, ¿cuál es la contrapartida? ¿Quién paga estas ganancias?
 
     Las ganancias de las inversiones especulativas de cortísimo plazo no engendran valor agregado traducible en productividad; sobre todo cuando su tasa de rentabilidad triplica holgadamente la renta de cualquier actividad productiva que involucre insumos. En ese sentido, estas altas rentas producen un costo-pérdida que es soportado por la economía en general o alguien en particular. En este caso puntual, y en principio: 

  •      Por las arcas del estado nacional, reflejándose en un gasto cuasi-fiscal generado por el costo de emisión de letras y otros instrumentos financieros, a fin de absorber el excedente de pesos que provoca la compra de dólares para sostener su cotización en torno a los $ 3,00 por unidad.  

  •     Por el salario, cada vez que este paga el impuesto inflacionario y pierde capacidad de compra. 

 

        Pero el costo real es más profundo y nocivo.  En el primero de los casos, porque la carga cuasi-fiscal resta inversión estratégica por parte del estado; o, al menos, la posibilidad de reducir la presión tributaria de los contribuyentes, lo que propendería a una mayor inversión, ahorro y consumo por parte de éstos. Dirán desde el Banco Central que esa carga financiera es holgadamente compensada por la renta proveniente de los redescuentos otorgados al sistema financiero; diré, en tal caso, que esa renta de los redescuentos está siendo desperdiciada; o lo que es aún peor, que no debería haber existido jamás, de haberse evitado las consecuencias de la devaluación de 2002.  
     

      Respecto del salario, más allá del cómo afecta con su caída en el poder de compra a la economía en general, está la tensión social que genera la lucha por su recomposición, y la manera que tales peleas afectan la inversión, y en general, la seguridad jurídica de los ciudadanos y las empresas. Todo esto sin añadir las consecuencias perniciosas de la inflación respecto de la planificación y el desarrollo. 

 

De circuitos virtuosos y circuitos ruinosos
 
      Este circuito: Emisión de pesos = compra de dólares; emisión de títulos = absorción de pesos; inflación = deterioro de salarios: es, a todas luces, ruinoso. Por las expectativas que engendra a los sectores especulativos que ansían cada vez mayor rentabilidad; por el desaliento a la inversión productiva; y por el efecto en la redistribución del ingreso, toda vez que el salario real no tiene chance frente a la inflación, que irá siempre un paso por delante.  

      Lo inverso, es decir: neutralización de los déficit y gastos improductivos = excedentes financieros; Excedentes financieros = inversión, ahorro y consumo; Ahorro y consumo = inversiones productivas = apreciación del salario real: requieren políticas y objetivos de largo alcance, cuyos efectos benéficos se apreciarían a lo largo de los años, pero que la mezquindad de nuestros políticos “temporarios” –aunque luego quieran perpetuarse en sus cargos- no admite que pudieran transformarse en rédito político para sus sucesores, sean o no sus adversarios. 

La miopía de no ver la trampa, o la “viveza” de estar viéndola, y hacer caso omiso.    
     

     La mentira ideológica consiste en decir que con un dólar alto hay mayor competitividad, por ende habrá mayor inversión productiva; y por ende: mayor empleo, salario real y mejor redistribución del ingreso.

 

     La verdad sin ideologismos es que un dólar alto actuará siempre en sentido contrario al del salario real, y que ese dólar alto sólo viene a convalidar la existencia de las retenciones a la exportación, sin las cuales, volverían los déficit de cuenta corriente.

 

     Que un dólar alto sirva para una más equitativa redistribución del Ingreso Nacional es una mentira demagógica, al igual que aquella de que un dólar alto generará mayores inversiones productivas, y con ellas, menor desempleo.
 
     Si todas nuestras penurias pudieran resolverse con la fijación de un tipo de cambio; o mejor dicho: si todas las soluciones económicas pasaran por la fijación del tipo de cambio, pues entonces, ahora que lo tenemos, ¿por qué siguen sin llegar las inversiones?

 

Por un momento, si no lo es, sea usted un empresario      
    

     ¿Qué empresario estaría dispuesto a invertir en una actividad productiva –a todas luces riesgosa en nuestro país- si dedicándose a la especulación obtiene una renta anual en dólares de 18%? 
    

     ¿Qué empresario pondría su dinero en un país dónde la carga tributaria lo convertiría en un perseguido evasor  porque es de imposible cumplimiento, y aún cumpliéndola, no podría competir con la economía informal que la misma alta carga tributaria engendra? En Argentina es paupérrima la relación: tributo = margen, infraestructura, seguridad y justicia. Ni que hablar de la inestabilidad del consumo.
 
     ¿Qué empresario invertiría en un país, aún con un dólar competitivo para la exportación, si está sometido al arbitrio de retenciones a las exportaciones que pudieran neutralizar en el futuro su competitividad; y cuando la tecnología necesaria para el desarrollo de esa actividad competitiva debe ser pagada al mismo valor alto de la divisa?
 
    ¿Qué empresario invertiría en un país que tiene como única ventaja comparativa los bajos salarios reales, si las luchas por la recomposición de esos bajos salarios se traduce en costos por ineficiencia y huelgas?
 
     ¿Qué empresario invertiría en un país en el que, si le fuera mal, sufriría la usurpación de su empresa por parte de los empleados, que a su vez estarían amparados por el estado?
 
     ¿Qué empresario invertiría en un país de bajo salario real pero de dura legislación laboral, debiendo, además, pagar altos impuestos por esas contrataciones con el riesgo de juicios cuantiosos?
 
     ¿Qué empresario estaría dispuesto a invertir en un país que pronto, por no haber invertido a tiempo, corre el riesgo de quedarse sin energía?
 
     ¿Qué empresario estaría dispuesto a invertir en un país en el que resulta difícil, cuando no imposible, llegar al trabajo o distribuir los bienes que produce?
 
     ¿Qué empresario invertiría en un país que carece de programas de entrenamiento de mano de obra, y que aún contratándola barata, él debe sufragar?
 
     Por último: ¿Qué empresario estaría dispuesto a invertir en un país que recurrentemente tropieza con la misma piedra?
 
     La respuesta es clara, en este esquema pierde el ciudadano, por ende, pierde el país.

     Dicen, los que saben de física, que es imposible crear una máquina que se auto provea por sí sola de la energía que necesita para funcionar ininterrumpidamente. ¿Existirá un sistema económico -cuyo elemento principal sea un estado- en el que el gasto improductivo genere los recursos que sostengan su improductividad a perpetuación?

(Se autoriza su difusióncon mención de la procedencia)


(*) MARCELO D. FERRER nació en la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires, República Argentina. Es Contador Público y Licenciado en Economía; Escritor, Poeta y Ensayista. Es miembro y ha presidido diversas O.N.G. dedicadas a la educación y al servicio comunitario.

 
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