MARCELO D. FERRER

Cartas a mi país

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Los días que deciden un futuro
Marcelo D. Ferrer
La Plata, 08/11/2001
El día a día de nuestro país genera un vértigo similar al que se sentiría al caminar cerca de un abismo. Esta sensación es cada vez más profunda cuanto más avanzamos hacia el borde y vamos perdiendo la confianza en nuestro equilibrio.
 
Las últimas medidas económicas en verdad deciden nuestro futuro como nación. No pretende ser grandilocuente esa frase. He sentido todos estos días la cercanía de ese abismo como una posibilidad. El fracaso en lo económico, estoy seguro, sería un paso hacia adelante... de ahí, a la obscuridad... La obscuridad para todo un pueblo harto de fracasos, excedido en su cuota de paciencia por tanto atropello a su dignidad.
 
Si bien es cierto que las naciones no quiebran ni desaparecen, es también cierto que sus habitantes son más o menos prósperos según sea la suerte de su país. Ante tales circunstancias, los pueblos claman por ajusticiar a los responsables de tanta postración y atraso. Puede suceder.
 
No es casual ni es venganza de nadie nuestro padecimiento nacional. Todos lo saben. Es más bien inconsciencia, indiferencia, ignorancia, delincuencia... es omisión. Es la mal llamada viveza criolla... es la carencia de vergüenza y un sentimiento individualista que pone al ego personal del dirigente por sobre el bien común. Es, en fin, el estilo de vida como nación que supimos conseguir y que terminará por volarnos la cabeza.
 
George Bernard Shaw decía: "La democracia es un sistema inadecuado de gobierno, cuando algunos muchos ignorantes eligen a algunos pocos corruptos".
 
Si el ser corrupto es algo que va a contra pelo del desprendimiento patriótico que demanda la responsabilidad pública, no es más "patriótico" postularse a un cargo de decisiones careciendo de la aptitud de idoneidad que el cargo demanda. Hace falta mucho más que sano voluntarismo.
Esto, en la hora, es aplicable a todos los partidos políticos, desacreditados por la ineptitud y falta de desprendimiento de la mayoría de sus dirigentes dentro y fuera del gobierno, sujetos enajenados de las realidades del ciudadano común e incrédulos de un escarmiento que emane al fin de la sociedad y que, a su pesar, dio comienzo de manera tímida el pasado 14 de octubre.
 
Sin embargo, este escarmiento, pudiera resultar insuficiente para un nuevo comienzo. No es tan difícil darse cuenta que las conductas no varían en absoluto si no se hace un mea culpa sincero y constrictor que permita ese nuevo comienzo con una conciencia más pura, dando origen a un profundo reconocimiento del destino común que tenemos todos como habitantes de este suelo. Un nuevo orden de convivencia en el respeto a la dignidad de los demás.
 
¿Será que la definitiva reconciliación la terminaremos hallando en el fondo del abismo?
La caída y lo que suceda en el fondo no es cosa sencilla.
Si bien, es necesaria la sanción para quienes con su conducta son vistos por la sociedad como responsables de tanto escarnio, el riesgo, es que la anarquía conduzca el proceso profundizando el caos.
Esta novel democracia argentina no tiene diques confiables de contención.
 
¡Si el Poder Judicial hubiera escapado a la regla general! ¡Si tan sólo existiera credibilidad en él! En tal caso, pudiera haber sido el reaseguro del estado de derecho.
Pero no! Es la omisión y la claudicación de ese poder la causa de gran parte de tantos padecimientos.
El proceso, por tanto, no es sencillo. La sociedad democrática tal como la vemos ahora, carece de diques de contención.
El poder desbocado de todo un pueblo y la catarsis anárquica de sus pasiones contenidas, pudiera hacer que al primer abismo le continúe otro mas oscuro y tenebroso.
Es momento de tomar conciencia, el límite residirá en cada uno.
Están en juego algo más que unas simples medidas de macro y micro economía. En los siguientes días se decide el futuro de la gran nación del sur, crisol de razas y culturas... la que no puede, aún, dejar de estar a merced de su hipocresía.

 

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