|
Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER |
Cartas a mi paìs: por Marcelo D. Ferrer
A la luz
del fallo de la Corte Suprema de Justicia de la República
Argentina atinente a la pesificación, se hace preciso hacer una
recopilación de acontecimientos que haga congruente ese hecho.
Luego del golpe Institucional al Presidente
Fernando De la Rúa -impulsado por la "alianza"
del propio radicalismo con las huestes del caudillo bonaerense
Eduardo Duhalde, juntamente con la cúpula industrial-, la
degradación de las Instituciones de la democracia fue una
constante, y continúa. Algunos pasos salientes:
Devaluación y pesificación asimétrica.
Si bien el deterioro económico del país era grave, la
devaluación fue la salida más desfavorable y traumática que
se pudiera tomar. De inmediato, esta decisión, agravada por el
modo burdo en que se llevó a cabo, elevó la pobreza a
guarismos Haitianos. Siempre una devaluación perjudicó al
asalariado y acentuó los privilegios de los mejor informados o
más cercanos al poder. Esta, en especial, sirvió para licuar
el descomunal déficit del Estado sin que el mismo sea achicado,
y permitió la justificación de una demagógica función benéfica.
En un aspecto subjetivo, fue una vendetta debida a Carlos Menem,
que su otrora ex-vicepresidente, gozó profundamente. En el
plano político, destruyó por completo el bipartidismo
argentino permitiendo que los padres de la hiperinflación
recibieran también su cuota reivindicativa.
La pesificación asimétrica hizo trizas todos los contratos. El
Estado, que debe regular la relación entre particulares y la de
los particulares con el Estado y viceversa, generó un caos cuyo
precedente es de difícil superación en el mundo. La
ajurisdicidad de tal engendro, todavía continúa.
Poderes delegados del Congreso Nacional:
Si bien ya existían antecedentes, como nunca antes el Congreso
claudicó sus deberes y funciones dando un poder absoluto al
gobierno de Eduardo Duhalde, que aún es prorrogado año a año
a su sucesor.
Ataque a la Corte Suprema: El poder
ejecutivo a cargo de Duhalde, en complicidad con algunos de sus
secuaces venidos a legislador y otros que por módicas prebendas
hicieron causa común, comenzaron a manipular la opinión pública,
que por aquellos días pregonaba el: "que se vayan
todos", y dinamizó un ataque persistente a algunos
miembros de la Corte Suprema, acusados, principalmente, de:
"La mayoría automática de Menem". Junto con la
convertibilidad, la Corte Suprema era un bastión del menemismo
al que se le debía vendetta. Pero la renovación del Máximo
Tribunal Argentino, lejos de tener como fundamento la mejora de
las Instituciones, tuvo, como fue una constante desde la
inauguración de la democracia en 1983, un fin espureo. Aún hoy
continúan las mismas prácticas.
El piqueterismo: originado en genuinas
demandas laborales en la provincia de Neuquén, continuó en la
provincia de Jujuy y desde allí fue adoptado como herramienta
política para producir saqueos y otros desmanes populares que
pusieron en jaque a los gobiernos de Raúl Alfonsín en 1988, y
al gobierno de Fernando De la Rúa en 2000. Paradójicamente,
quien padeciera sus embates en 1988, los toleró dentro de la
alianza Duhaldista para que cumplieran su cometido en 2000. La
existencia de un sector en franco progreso -lo único que
progresaba en el país- justificó un negocio político que
todavía continúa: la compra de voluntades y la malversación
de fondos públicos. Posteriormente, este sector de la vida
reaccionaria, fue copado por la izquierda extrema y actualmente,
por conveniencia, está siendo desalentado. No obstante, durante
su existencia, sirvió bien a una especie de terrorismo alentado
por los políticos y el Estado, que será, seguramente, materia
de estudio de los historiadores.
Sistema electoral: durante un tiempo
nos movimos en la incertidumbre de "¿hasta cuando gobierna
Duhalde?". De hecho, Duhalde se quería quedar. Pero ocurrió
la masacre de Puente Pueyrredón y apresurado por el terror que
este hecho le causó, cometió el error de prometer que llamaría
a elecciones. Aunque Duhalde no siempre acató sus promesas,
baste recordar aquella: "El que depositó dólares recibirá
dólares... ", respecto de esta, la elevada disconformidad
de la gente, las continuas marchas y las expectativas creadas,
pudieron más. No obstante, no entregaría el poder; o al menos,
esa sería la consigna. Manipuló fechas, leyes, candidatos,
formas de elección y todo lo que tuvo a su alcance para poner
en la presidencia a alguien que fuera su aliado. De hecho, las
instituciones de la democracia en cuanto al acto central que
constituye la elección de los gobernantes, fue, y sigue siendo,
una parodia. En esta democracia muy imperfecta que ejercemos los
argentinos, hay aparatos electorales financiados con fondos públicos,
compra de votos -con fondos públicos-, leyes que aseguran la
supremacía de los partidos políticos hegemónicos, sistemas de
elección ineficaces que permiten con absoluto descaro la
manipulación de los candidatos y hasta los escrutinios, etc.,
etc., etc. Quien asumió en 2003 como si fuera el principito de
Saint Exúpery, mandó guardar, hace muy poco, todo proyecto que
modifique esta situación; ergo, la reforma política, un hecho
fundamental en la edificación de la democracia, no será.
Las últimas novedades: tienen que ver
con una nueva definición de gobierno republicano, en donde la
división de poderes es ya cosa del pasado. Según las
afirmaciones de Duhalde, que si fueran de un alumno del sexto
grado resultaría aplazado, si fuera alumno de la facultad,
bochado; y como ex-presidente cabría descolgarle el retrato: la
virtuosa separación de poderes de la democracia, generaría un
caos. Seguramente sabe el abogado Duhalde que nuestra Carta
Magna consagra la inamovilidad de los jueces, o discontinúa el
mandato de los congresistas, a fin de apuntalar la necesaria
independencia de poderes cuyo objeto es evitar, justamente, lo
que hoy sucede: que una mafia ocupe sitiales tanto en el poder
ejecutivo como en el legislativo y el judicial, y esto genere un
continuismo de complicidades que día tras día degrada más
nuestras Instituciones. Seguramente, Duhalde, también se
manifestaría en contra del rol de las minorías en un estado de
derecho. Pero estas declaraciones del ex-presidente son
consonantes con la actuación de algunos miembros del alto
tribunal. La docta que se conformara hace muy poco con la
incorporación de los propuestos -contra viento y marea- por el
gobierno de Kirchner, es un ramillete de sorpresas -para el
presidente, claro-. A lo a todas luces inexplicable, ellos le
encontraron argumentos -de tremenda torpeza- que han dejado
perplejas a las dos mitades de la biblioteca de doctrinas. El
fallo a favor de la pesificación es una vergüenza jurídica
que desacredita vertiginosamente a los miembros de la Corte que
lo votaron. Es cierto que la decisión es compleja, pero no
obstante no haberla resuelto con eficacia, este fallo genera
para el futuro profunda inseguridad acerca de la cordura de la
actual composición del tribunal y degrada todavía más
las Instituciones de la República.
Lo que se viene: hay poca o nada
de vocación democrática en la facción que nos gobierna. Las
tendencias hegemónicas a cualquier costo se siguen sucediendo y
se nota un denodado esfuerzo por consolidarlas dado el tenue
giro a la derecha que han sido capaces de dar, tan sólo para
captar al sector más moderado de la sociedad, en vistas de las
elecciones legislativas del próximo año. La gran duda es lo
que sucederá después si es que ganan las elecciones por amplio
margen; lo que sin duda podría ocurrir dada la abultada caja
que manejan, y la escasa convicción que muestra la oposición.
Lo dicho más arriba es un simple enunciado
de cómo se viene demoliendo el edificio de las Instituciones
democráticas; que terminará, de continuar, por desalentar esa
conciencia cívica que tanto nos cuesta conseguir.