Las dispares actitudes en el
accionar del gobierno
Marcelo D. Ferrer
La Plata, Buenos Aires, Argentina.
Sorprende del
gobierno la dinámica que le imprime a algunas de sus acciones y el
letargo con que reacciona frente a otras. En el día de ayer
-29 de junio de 2004-, a tan sólo horas de las declaraciones
atribuidas al Señor Roger Noriega en cuanto a los riesgos de
anarquía que corre el país frente al accionar piquetero, dos
Ministros censuraron agriamente sus expresiones. En este caso en
particular se aprecia una clara visión de la realidad, toda vez que
con algún grado de acierto se establece que tales declaraciones son
una ingerencia en las cuestiones internas de nuestro país. En
contraposición a esa agudeza de entendimiento, está la lentitud en comprender,
reaccionar y responder, tanto a la acción piquetera en la toma
de la comisaría 24 de la Boca, como a las acusaciones políticas
derivadas a la interna justicialista que realizara el referente
oficial de ese movimiento, vinculadas al asesinato de Cisneros. La
gravedad de los sucesos de los días 25 y 26 de junio y
su posible conexión con el duhaldismo debiera ser considerada todavía
más grave que las simples expresiones -off the record- de un
funcionario de la segunda línea del Departamento de Estado de los
Estados Unidos. Sin embargo, mientras que con las declaraciones
de Noriega se actúa monolíticamente y de manera contundente, con
la restante, no sólo no se instruye a las autoridades para que
actúen conforme a la ley deteniendo a quienes -in flagrante-
cometieron delito, sino que, se alientan las suspicacias políticas
en aras de las pujas internas en el propio partido gobernante.
Ahora bien: ¿Es que Roger
Noriega -si es que fue él- ha dicho algo que no esté pensando
el mundo entero? Es una verdad tan obvia y burda la actitud cómplice
que ha adoptado el gobierno frente a sus aliados piqueteros que no
hay negación suficiente para tales hechos. Duele en el gobierno la
palabra autorizada de un representante de un gobierno extranjero y
por ello sobredimensiona su reacción. Es más fácil desacreditar
las expresiones locales que las externas; sabiendo, para mejor, que
las externas se realizan con cabal conocimiento de los hechos y que
pudieran apuntalar, dentro del país, una oposición racional que no
se desea.
Si es una realidad insoslayable
que hay pérdida de juridicidad y menoscabo de las
instituciones, ¿por qué reacciona tan mal el gobierno frente a
quienes dicen la verdad y ven con preocupación la escalada de los
acontecimientos? ¿Por qué se empecina el gobierno en tapar con las
manos el sol dando salvoconductos al accionar piquetero y a
alentar las acusaciones de sus dirigentes? ¿Por qué en lugar de
aplicar las leyes y someterlos a la justicia son atendidos por los
Ministros? ¿Por qué frente a la gravedad de los acontecimientos,
el gobierno prefiere centrar la atención de los medios en los
pormenores de su gira por China? ¿Es casual que estos sucesos
ocurran en ausencia del Presidente y que luego se diga que la
distancia le impide opinar y actuar con diligencia y objetividad? ¿Por
qué la distancia no le impide actuar con diligencia y objetividad
frente a las declaraciones de Roger Noriega? Todos estos
interrogantes poseen una única respuesta: es funcional a los propósitos
de este gobierno el estado de anarquía y desvalorización de las
Instituciones; y, en la pretensión de que tales acontecimientos
avancen al amparo del miedo y el asombro de la población, es
perjudicial que alguien de afuera, ponga la alerta.
Ha demostrado este gobierno que tiene agallas
para ejercer el autoritarismo. Se lo ha aplicado al Vice Presidente,
a los Jefes del Ejercito, a los Jefes policiales, a los
gobernadores, al periodismo, al mismísimo Duhalde, a los acreedores de
la deuda en default; lo reafirma la catarata de decretos de
necesidad y urgencia en desmedro del congreso; y se lo ha aplicado,
incluso, con sonados desplantes, a varios Jefes de Estado de
naciones vecinas. Si le asistiera una real vocación de terminar con
este flagelo: ¿usted cree que no lo haría?