Sitio oficial del escritor argentino: MARCELO D. FERRER

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Cuentos elegidos

 

La cultura erradica la violencia... Difundamos cultura.

MAUKI
Jack London

Pesaba ciento diez libras. Su pelo era crespo y negro, y él era negro, de un negro peculiar, ni negro mate, ni azulado, ni purpúreo. Se llamaba Mauki y era hijo de un jefe. Tenía tres tambos. Tambo es la palabra melanesia equivalente a la polinesia taboo y quiere decir superstición. Los tres tambos de Mauki eran: no estrechar nunca las manos de una mujer ni consentir que ninguna pusiera sus manos sobre su persona ni sobre las cosas de su uso personal; no comer vegetales ni nada que estuviera condimentado con ellos; no tocar un cocodrilo, ni ir en canoa donde hubiese la menor partícula de dicho reptil, aunque fuese pequeña como un diente.
 

De distinta tonalidad negra eran sus dientes, de un negro profundo, semejante al humo de un incendio devastador. Se los había teñido así su madre una noche, poniendo sobre ellos compresas de un polvo mineral que ella misma había extraído en unas excavaciones de los alrededores de Port Adams. Port Adams es un pueblo de agua salada de Malaita, y Malaita la isla más salvaje del archipiélago Salomón; tan salvaje que ni mercaderes ni pescadores habían conseguido holiarla con su planta. Los indígenas de las islas próximas más civilizados trabajaban en las plantaciones y había algunos que hasta eran propietarios de varias de ellas.
Mauki tenía agujereadas las orejas, en las que llevaba colgadas pipas de escayola. Poseía también una navaja de bolsillo, que guardaba cuidadosamente entre su pelo, que le servía corno de vaina; pero el más preciado de sus tesoros era el asa de una taza de porcelana china, la cual, engarzada en una anula de concha, atravesaba y pendía del cartílago de su nariz.
 

Hacía grandes esfuerzos para embellecerse y tenía una cara agradable, en realidad bonita, y dentro de su raza melanesia no cabía duda de que era extraordinariamente bello. Su única falta era que no tenía fuerza; sumamente afeminado, delicadas sus facciones, pequeña su boca y leve su barbilla. En sus ojos, sólo alguna vez se veían destellos de energía y fuerzas ocultas que pugnaban por ponerse de manifiesto.
Mauki, hijo del jefe de un pueblecito próximo a Port Adams, era casi un anfibio; conocía perfectamente la vida de los peces y de las ostras; las rocas y peñascos de la costa no tenían secretos para él. Manejaba con destreza una canoa, aprendió a nadar cuando apenas tenía un año, y a los siete podía nadar en el fondo del mar, llegando hasta treinta pies de profundidad. A los ocho años fue robado por los indígenas del intenor, que habitaban chozas primitivas situadas en intrincadas selvas. Fue esclavo de Fanfoa, que era el reyezuelo de las aldehuelas allí diseminadas.
 

Lo único que denunciaba a los navegantes de aquellos mares la existencia de habitantes era el humo grisáceo que en columnas salía de los hogares, elevándose al cielo como para ofrendarse lentamente en los días de calma. Los hombres blancos no penetraban en Malaita. Lo intentaron una vez, cuando la fiebre del oro les indujo a penetrar en todas partes, pero sus cabezas quedaron de siniestro adorno en los techos de las cabañas de los hombres de la selva.
Cuando Mauki llegó a los diecisiete años se le acabó a Fanfoa su provisión de tabaco. Eran muy malos los tiempos, y las aldeas de sus súbditos atravesaban penosamente aquella gran crisis. Entonces Fanfoa cometió un gran error. Apareció por entonces en Suo, pequeña ensenada de poco calado, una barcaza en la que había dos hombres blancos. Iban a reclutar gente para llevarla a trabajar en las plantaciones de las islas inmediatas, y llevaban gran cantidad de provisiones de todas clases y nufnerosas pastillas de tabaco, además de tres rifles y muchas municiones; los hombres blancos hicieron un buen negocio y el primer día que acudieron los hombres de la selva reclutaron hasta veinte de ellos. El viejo Fanfoa firmó también su contrato, pero aquel mismo día los indígenas cortaron la cabeza a los dos blancos, asesinaron a toda la tripulación del barco en que se hallaban y acto seguido incendiaron la nave. Durante tres meses tuvieron suficientes provisiones y tabaco para todo el consumo de las aldeas de la selva, pero al cabo de este tiempo aparecieron dos barcos de guerra y se dedicaron a arrojar granadas sobre la isla, dispersando a sus habitantes, provocando incendios y destruyendo albergues. Pasados estos dos días, los barcos enviaron a tierra unos cuantos hombres, que lo arrasaron todo y pasaron a cuchillo a sus habitantes, talando los soberbios cocoteros y apoderándose del ganado.
 

Fue una gran lección para Fanfoa, el cual al poco tiempo volvió a quedarse sin tabaco, y decidió vender a Mauki a los barcos que venían a reclutar gente, pidiendo por él en concepto de adelanto una caja de tabaco, cuchillos, hachas, telas y cuentas de vidrio, todo lo cual lo pagaría Mauki con la prestación de su trabajo personal en las plantaciones. Mauki estaba muerto de miedo cuando fue conducido a bordo. Era una res llevada al matadero. Los hombres blancos eran seres feroces para él; además tenían unos rifles infernales que disparaban muchos tiros seguidos y no dejaban tiempo para defenderse. Sus barcos, sin duda debido a algún poder infernal, podían navegar sin que hiciese viento y a una velocidad increíble. Mauki había oído contar que un hombre blanco tenía un poder tan grande, que podía quitarse y ponerse los dientes a voluntad. Todo esto y una caja que hablaba y reía como los hombres, que Mauki vio a bordo, hiciéronle estremecerse de espanto.
 

En el puente había un hombre blanco que hacía guardia, llevando dos revólveres a la cintura, y abajo en la cabina, adonde le condujeron, había otro hombre blanco que estaba sentado delante de una mesa escribiendo en un papel signos y trazos raros. Miró a Mauki como quien mira a un animal cualquiera, le levantó los brazos y examinó sus axilas; luego escribió algo en un papel y tendió a Mauki la pluma, que al ser tomada ligeramente con los dedos, comprometió al pobre negro a trabajar durante tres años en las plantaciones de la muy poderosa Moongleam
Soap Company. Claro que no le explicaron que para impedirle faltar al contrato estaba la férrea voluntad del hombre blanco y detrás de éste todo el poderío de la Gran Bretaña.
 

Había más negros a bordo, y a una señal del hombre blanco se apoderaron de Mauki, le arrancaron la pluma que llevaba en la cabeza, cortáronle el pelo al rape y le pusieron una prenda entre faja y taparrabos de una tela amarilla y brillante.
Después de varios días de travesía, fue desembarcado en Nueva Georgia, donde le destinaron a talar monte bajo. Hasta entonces no supo Mauki lo que era trabajar, y en realidad no le gustaba. Además comía muy mal y se cansaba de la monotonía del menú. Durante semanas enteras le daban para comer patatas dulces, después otras tantas semanas arroz, y vuelta otra vez a las patatas. Un día le castigaron y le pusieron a trabajar en la construcción de un puente y luego en una carretera. Otras veces iba de remero en los balleneros o acompañando a los hombres blancos en sus excursiones cuando marchaban a pescar con dinamita.
Entre otras cosas, Mauki aprendió a hablar en la jerga especial de los marineros ingleses, y pudo así entenderse con todos los otros negros que formaban parte de la tripulación, pues de otro modo hubiera tenido que aprender varios dialectos. También aprendió algo de los hombres blancos, principalmente a cumplirlo que prometían. Si le decían a un muchacho que le darían una pastilla de tabaco, se la daban; si le decían que le tundirían el cuero si hacía algo que no querían ellos, se lo tundían inevitablemente. También supo que nunca los hombres blancos pegaban a nadie si notenían algún motivo, ni aun cuando estaban borrachos, lo cual ocurría con mucha frecuencia.
 

A Mauki no le gustaba el trabajo en las plantaciones, lo odiaba, y sabía además que era hijo de un jefe. Hacía diez años que le habían robado de Port Adams y sentía toda la nostalgia de su casa. Decidió escaparse. Se intemó en la selva con la idea de dirigirse hacia el sur de la costa y robar una canoa para irse en ella a su casa de Port Adarns, pero la fiebre se apoderó de él, fue capturado y devuelto a las plantaciones, más muerto que vivo.
Por segunda vez se volvió a escapar, en compañía de dos muchachos de Malaita. Anduvieron veinte millas a lo largo de la costa y llegaron a un poblado, donde se ocultaron en la casucha de un malaita que era hombre libre. Por la noche llegaron dos hombres blancos y llamaron a la puerta, tundieron el cuero de los tres fugitivos y al dueño de la casucha le debieron tratar con muy poca amabilidad a juzgar por los dientes que le faltaron y los muchos cardenales que cubrían su cuerpo. No le quedaron ganas de volver a auxiliar a ningún compatriota durante el resto de su vida. Ataron a les tres escapados como si fueran tres cerdos y les llevaron a bordo para emprender el camino hacia las plantaciones.
Durante un año, Mauki trabajó sin descanso. Le hicieron criado, y entonces su trabajo fue mucho más llevadero; no tenía que hacer más que la limpieza de la casa y servir whiskv y cerveza a los hombres blancos durante todo el día y casi toda la noche. Todavía le quedaban dos años que servir, pero para él, que sentía cada vez con más fuerza la nostalgia de su país, se le hacían interminables, y como se había vuelto precavido debido a los servicios que prestaba, aprovechó una ocasión. Tenía a su cargo la limpieza de los rifles, sabía dónde se colgaba la llave de las provisiones y planeó la fuga. Una noche, diez muchachos de Malaita y uno de San Cristóbal se escaparon de las barracas y arrastraron al agua una ballenera. Mauki les dio la llave que abría el candado que sujetaba el bote y él mismo llevó a bordo una docena de winchester, una cantidad enorme de municiones, una caja de dinamíta con sus detonadores y mecha, más diez cajas de tabaco.

Soplaba el Noroeste y se dirigieron hacia el Sur, navegando durante toda la noche, ocultando la barca, internándose ellos durante el día en las islas deshabitadas que encontraban a su paso. De esta forma llegaron hasta Guadalcanal y cruzaron el estrecho hacia la isla de la Florida. Allí fue donde mataron al muchacho de San Cristóbal, conservaron la cabeza y guisaron y comieron el resto del cuerpo.
Las costas de Malaita no distaban ya más que veinte millas, pero un viento fortísimo y las corrientes submarinas les impedían acercarse. Al día siguiente, y cuando ya no les faltaban más que ocho o nueve millas para ganar la costa de Malaita, apareció un gran barco en el que iban dos hombres blancos, que, sin asustarse de los once muchachos de Malaita armados de rifles, les capturaron y les subieron a bordo, llevándoles de nuevo a Nueva Georgia, donde fueron condenados a pagar una multa de quince dólares cada uno, amén de una paliza que les dieron por la escapatoria. Todo ello se tradujo en otro año de castigo en las colonias, pero esta vez le quitaron el empleo de criado y le pusieron a trabajar en las carreteras.

De nuevo se escapó y fue cogido en el mismo momento en que intentaba fugarse, y entonces fue llevado a presencia de Mr. Havebi, director de la Moongleam Soap Company en la isla, quien juzgó el caso y le declaró incorregible. La Compañía tenía plantaciones en la isla Santa Cruz, a cientos de millas de distancia, y allí enviaba a los que consideraba irreductibles en las islas Salomón. Mauki fue enviado allí, pero no llegó a su destino. El vapor hacía escala en Santa Ana. y Mauki, aprovechando la oscuridad de la noche, se arrojó al agua, nadando hacia la costa. Fue capturado en tierra y llevado a bordo donde le maniataron y le devolvieron a Nueva Georgia.
—Le tendremos que enviar a Lord Howe—dijo Mr. Haveby—. Bunster está allí, y dejaremos que se arreglen entre ellos, pues siento curiosidad por saber quién vencerá, si Mauki o Bunster.
Lord Howe es una circunferencia de tierra sobre una base de coral; está a ciento cincuenta millas de Meringe Lagoon, en la isla Isabel; tiene unas ciento veinte millas de circunferencia, y Lord Howe no pertenece a las islas Salomón ni geográfica ni etnológicamente. Es una isla solitaria y aislada, y sus habitantes y su idioma son polinesios, mientras que los de las islas Salomón son melanesios.
Lord Howe u Ontong-Java, como algunas veces se la llama, es una isla no frecuentada por la raza blanca. Sus cinco mil habitantes son pacíficos y está en estado primitivo.
Max Bunster era el único hombre blanco que habitaba la isla y hacía comercio en ella a las órdenes de la poderosa Moongleam Soap Company. Bunster fue enviado a Lord Howe como medio de quitársele de encima, y si la Compañía no lo había despedido ya, era porque no encontraba sustituto para esa isla. Era un alemán muy corpulento y con el cerebro algo trastornado, provocador y cobarde, mucho más salvaje que los negros primitivos e incivilizados que habitaban la isla. Siendo un cobarde, sus brutalidades eran traicioneras y ruines. Cuando entró al servicio de la Compañía, fue destinado a Sayo, y queriendo la Compañía favorecer más tarde a un pobre empleado indígena que estaba tuberculoso, le envió a Sayo a relevar a Bunster. Tan pronto como desembarcó, Bunster le golpeó de tal modo que tuvieron que llevarle a bordo medio muerto y falleció a los pocos días.
Mr. Haveby le envió entonces una especie de gigante de Yorkshire para que le relevara, pero Bunster no quería peleas entonces y se comportó como un corderito durante diez días, al cabo de los cuales el de Yorkshire fue atacado de fiebre y disentería. Débil como estaba, fue golpeado sin piedad por Bunster, quien, temiendo por su vida en el caso de que el otro sanasa, huyó de Sayo. La Compañía le destinó a Lord Howe, y su primera hazaña en cuanto desembarcó fue retar a los indígenas, prometiéndoles una caja de tabaco al que fuera capaz de derribarle al suelo en lucha libre. Pronto derribó a tres indígenas, pero el cuarto le venció, llevándose en lugar de una caja de tabaco ofrecida como premio una bala de revólver en los pulmofles.

Tres mil indígenas vivían en la principal población de la isla, pero ésta quedaba desierta aun en pleno día cuando pasaba Bunster. Era el terror de los habitantes, y hasta los animales huían al advertir su presencia.
A Lord Howe fue a parar el pobre Mauki, con la obligación de trabajar a las órdenes de Bunster durante ocho años y medio. Para bien o para mal, Bunster y Mauki tenían que estar juntos durante todo aquel tiempo. El primero pesaba doscientas libras y el segundo ciento diez. Bunster era bruto, degenerado, pero Mauki era salvaje, primitivo. Tenían, por tanto, cada cual dotes especiales que hacían interesante saber quién vencería a quién.
Mauki no tenía la menor idea de quién iba a ser su amo. No estaba advertido, y creyó que servir a Bunster sería igual que servir a cualquier otro hombre blanco. Darle de beber mucho whisky y cerveza, y respetar las órdenes que le diera, creyendo que si cumplía con su deber no le castigarían. Bunster, al contrario, sabía todo lo concerniente a Mauki, y estaba deseando que llegara, para comprobar si era tan fiero. Se las prometía muy felices y estaba seguro de domesticarle bien pronto. El cocinero estaba enfermo, tenía un brazo roto y un hombro dislocado gracias a unas caricias propinadas por Bunster, y el mismo día que Mauki llegó le nombró su cocinero.
Supo entonces Mauki que había hombres blancos que sólo merecían llamarse así por el color de su piel, nunca por ser raza civilizada, pues eran más salvajes que los más crueles indígenas. En cuanto zarpó el barco que trajo a Mauki, Bunster le envió a que comprara un pollo a Samisee el misionero, tongalés nativo; pero Samisee estaba de excursión por la isla y no volvería hasta pasados tres días. Mauki regresó con la noticia. Subió las escaleras (la casa estaba edificada sobre maderos apilados y a una altura de doce pies) y entró en la habitación a explicar lo ocurrido. El traficante preguntó por el pollo. y Mauki abrió la boca para empezar su relato; pero Bunster, que no estaba para explicaciones, alzó el puño y dio a Mauki un tremendo golpe en la boca, arrojándole contra la barandilla de la escalera, que crujió ruidosamente al romperse, y rodando Mauki por la escalera fue a parar a la arena. Su boca era una masa informe de sangre, carne macerada y dientes rotos.
—Eso te enseñará a no volver a contarme historias y a obedecer a lo que te mando —gritaba rojo de ira desde lo alto de la escalera apoyándose en la barandilla rota.
Mauki no había conocido nunca un hombre blanco tan brutal, y resolvió andar con mucho cuidado y no darjamás motivo para que Bunster tomara represalias. Mauki sabía que tres muchachos de los que trabajaban en los botes habían pasado tres días encerrados y encadenados, sin comer ni beber, por el horrible crimen de romper un escálamo mientras remaban. Pronto se enteró en el pueblo de las historias que circulaban respecto a su amo. Se había casado tres veces y las dos primeras mujeres habían muerto a consecuencia de sendas palizas que el cariñoso marido les propinó, y Mauki pudo comprobar que la tercera vivía de milagro, pues raro era el día que la pobre mujer no recibía una buena tanda de golpes del bestial Bunster.
Mauki esperaba estoico una oportunidad para vengarse de su amo; no encontraba por entonces el medio, pues Bunster vivía alerta, día y noche. y su revólver estaba siempre montado y a la mano. No permitía que nadie pasase por detrás de él. cosa que Mauki aprendió después de haber recibido varias palizas por dicho motivo. Bunster sabía por instinto que tenía que guardarse mucho más de Mauki. a pesar de su man— sedumbre, que de la población entera de Lord Howe. y por ello. despechado. arreciaba con él sus crueldades y bárbaros castigos. Mauki recibía golpes con una resignación aparente. casi seráfica, pero en su interior bramaba y ardía en deseos de vengarse. y esperaba. esperaba siempre.
Uno de los actos favoritos de Bunster era agarrar a Mauki por el pelo y golpearle la cabeza contra las paredes. Otras veces aprovechaba las distracciones del muchacho y le aplicaba sobre la carne el cigarro encendido. A esto Bunster le llamaba la vacuna. y el paciente Mauki tenía que sufrir esta vacunación varias veces al día.
 

La piel del tiburón es parecida al papel de lija. pero la piel de la raya es mucho más fuerte y hace las veces de una garlopa. Los indígenas la utilizan para pulir las maderas con que construyen sus canoas y los remos. Bunster se hizo fabricar un guante como los de friccionar, pero de piel de raya. y tan pronto lo tuvo en su poder lo estrenó en Mauki. De un manotazo le arrancó la piel de la espalda hasta la axila. y. encantado con el éxito que había obtenido. fue a probarlo de nuevo en su mujer. y sucesivamente con cuantas víctimas tenían la desdicha de caer bajo su férula. El cacique del pueblo, que había ido a comprar unas cosas a casa de Bunster, quiso reconvenirle, pero tuvo que tornarlo como si fuera una gracia. ante el temor de que hiciera con él otro tanto.
—¡Ríete, condenado. ríete! —le decía amenazador Bunster. esgrimiendo su guante de piel de raya.
Mauki era el que más disfrutaba de esta clase de caricias, siendo raro el día que transcurría sin sentir sobre su piel tan suave contacto. Pero seguía esperando. Tenía la seguridad de que más tarde o más temprano el momento llegaría. Ya sabía para entonces lo que tenía que hacer, hasta los más pequeños detalles los tenía estudiados, y se recreaba en ellos por anticipado pensando en el placer de la venganza.
Un día Bunster se levantó de peor humor que de costumbre, y con pretexto de que el café estaba mal hecho, estrefló la taza llena del humeante líquido en la cara de Mauki, causándole varias heridas y quemaduras. Durante el almuerzo aumentó sus crueldades con todos, y hacia las diez de la noche se hallaba tiritando como un azogado y con atroz angustia. Media hora más tarde tenía una fiebre altísima. Estaba atacado de las fiebres del país, parecidas al paludismo, y se manifestaban con temperaturas altísimas que dejaban al paciente completamente aniquilado, cuando se curaba, cosa que rara vez ocurría con tal enfermedad.
Los días pasaban y Bunster, que no abandonaba el lecho, estaba cada día más débil. Mauki seguía aguardando y su piel había vuelto a reponerse casi por completo. Dio orden a los demás muchachos para que aparejasen la goleta, y esta orden fue cumplimentada creyendo que provenía de Bunster. el cual yacía sin conocimiento en la cama. Esta era una oportunidad para Mauki; no quiso aprovecharse de ella y esperó todavía.
 

Pasados algunos días, la enfermedad hizo crisis y Bunster entró en la convalecencia, pero estaba tan débil como un niño recién nacido. Mauki empaquetó sus cosas y se fue a ver al rey de aquellas islas, al que encontró rodeado de todos sus caciques.
—Vosotros no queréis al amo blanco, ¿verdad que no?
—Aquí nadie le quiere, todos le odiamos —fue la respuesta franca y unánime.
—Bueno —dijo Mauki—. Os voy a librar de él, pero vosotros tenéis que ayudarme. Llevadme trescientos cocos a la goleta, y si oís gritar al amo, fingid que estáis dormidos, pues voy a aplicarle una medicina para curarle antes de llevármele a bordo.
Una vez de acuerdo, se dirigió a los muchachos indígenas que componían la tripulación, y con las mismas palabras o parecidas les convenció para que le obedecieran y no se acercaran a la casa, oyesen lo que oyesen.
Dirigióse a la habitación, y dijo a la mujer que se marchase a casa de sus padres, lo que la infeliz hizo de muy buen grado, y una vez solo con su amo, que estaba adormecido, le quitó con sumo cuidado el revólver que nunca abandonaba y se colocó en la mano el guante de piel de raya. Al primer intento, de un rasponazo Mauki le despellejó la nariz a Bunster, el cual despertó violentamente al sentir tamaña caricia.
—¡Ríete, maldito, ríete!—le decía Mauki a cada manotazo que le daba con el guante de piel.
Bunster, al principio intentó defenderse. pero estaba tan débil que no pudo ni incorporarse en el lecho.
 

Tan a conciencia hizo su trabajo Mauki. que al cabo de dos horas no quedaba un solo centímetro de piel en el odiado cuerpo de su amo. Los indígenas cumplieron lo prometido haciéndose los dormidos y no escuchaban los gritos e imprecaciones que lanzaba el hombre blanco cada vez que Mauki le acariciaba con el guante.
Al darse por vengado. Mauki procedió a cargar por completo su goleta de innumerables rifles, municiones, víveres y cajas de tabaco. Estaba ocupado en estos preparativos, dando órdenes a sus tripulantes. cuando cayó rodando por la escalera, hasta llegar a sus pies, una repugnante masa humana informe y sangrienta, que después de breves y horrendas convulsiones quedó inmóvil sobre la arena. Era Bunster, que. haciendo un esfuerzo supremo, había conseguido, al salir de su desmayo, levantarse de la cama y, arrastrándose por el suelo, llegar hasta el borde de la escalera, por donde, exhausto de fuerzas, cayó rodando.
Agonizaba, y Mauki, acercando su cara a la de su amo, que estaba totalmente sangrando, le repetía pletórico de placer:
—¡Ríete, maldito, ríete!
Era esta la frase que su amo le decía cuando con el famoso guante le mondaba. Ahora le tocaba la revancha, y saciaba su odio reconcentrado y contenido tanto tiempo.
Tuvo acto seguido unos momentos de duda; pero inmediatamente se rehízo y. cogiendo un machete, de un solo tajo le cercenó la cabeza, envolvióla con sumo cuidado entre unos trapos y se la llevó a bordo como quien lleva un trofeo.
Consiguió llegar sin novedad a Port Adams. donde desembarcó con una riqueza inmensa en rifles, tabaco y víveres. Ningún hombre en aquellas islas había poseído otro tanto. Como había cortado la cabeza a un hombre blanco, no tenía más remedio que refugiarse en las enmarañadas y umbrías selvas; allí mató a Fanfoa, cortó la cabeza a una porción de caciques y se proclamó rey de las selvas. Cuando murió su padre, heredó su hermano el mando de las tribus de la costa, y los dos hermanos reunieron el contingente guerrero más poderoso de aquellas islas.
Temía Mauki, más que al gobierno británico, a la poderosa Moongleam Soap Company, y un día recibió un mensaje, al que contestó favorablemente. Después apareció el apacible, el inevitable hombre blanco, capitán de un barco de guerra, el cual fue el primero de su raza que salió con vida de las selvas, y además con setecientos cincuenta dólares en monedas de oro que Mauki le entregó para saldar su cuenta con la Moongleam Soap Company.
 

Mauki es hoy el reyezuelo más temible de aquellos contornos salvajes. Cuando sale a batallar con sus numerosas huestes guerreras, siempre es él el vencedor. A solas, en sus interminables horas de aislamiento. después de las luchas, cuando reposa en su vivienda. saca de un saquito, que guarda religiosamente, una cabeza humana perfectamente momificada, desprovista de piel en absoluto, la contempla largamente, y en sus ojos de reflejos acerados resplandece un vivo fulgor que pregona el inmenso placer de su venganza.
La cabeza es considerada en todas aquellas islas como el más poderoso talismán de Li raza negra.

 

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