Crónicas "Marzianas"
Por el columnista estrella

Marzo es un mes especial. Un microclima social sacude 31 días que deberían ser de paz y amor tras el descanso veraniego. Pero no. El mundo adulto cae en paranoia con tanto colegio, uniforme, útiles, libros, patente, cuentas, cuentas y más cuentas. Debe ser entendible. La economía  rige la vida ahora, supongo. Las calles se vuelven a llenar de gente, ahora con un tez de piel algo más oscuro, y las bocinas alteran lo que alguna vez fue una silenciosa ciudad  provinciana de vacaciones. Retornamos a las actividades que nos tienen dando vueltas diez meses. Reemplazamos forzadamente la pelota de playa por un lapiz y las chalas por las zapatillas. El verano se va en el horizonte y las señoras nubes anuncian la llegada del fresco y las hojas caídas.

Los objetos siguen igual, siguen ahí, pero la relación con los objetos es la que cambia. Lo que alguna vez fue un adorno en el velador, ahora nos sirve para despertarnos temprano, y  más de alguna vez para chocarlo contra la pared. Las mañanas luminosas de diciembre ahora se vuelven cada día más opacas y tardías. Tomamos desayuno antes de las ocho y no a las doce, si es que el desayuno no es lo mismo que el almuerzo un día de febrero. El chaleco o el polerón vuelve a aparecer en el closet, cuando llegan esas jornadas que anticipan la llegada del otoño. La micro que iba vacía, con muchos asientos para elegir y sentarse dignamente a disfrutar del recorrido, ahora se convierte en la gran bola humana, que entre tantos brazos y piernas mezclados parece más un dios hindú que un vehículo de transporte público. Alguien dijo por ahí que la materia se transforma. Quizás también la realidad se transforma, como las cosas, como nosotros.

 

Los rituales continuan, todos los terceros meses de nuestro ancestral calendario gregoriano. Somos seres predecibles, incluso en un mes descabezante. Pareciera que las caras cambiaran. La gente frunce más el ceño, anda más apurada, y ya no parecen tener paciencia con nada. El aire es más gris. A media mañana ya no pega tan fuerte el sol como cuando brilla el pavimento después de año nuevo. El almuerzo no tiene tantos episodios como en el verano, con aperitivos y sobremesas hasta las cuatro de la tarde. Ahora hay que funcionar y rápido. No nos damos cuenta y se nos va el día, en una sala nueva, con profesor nuevo, tal vez con compañeros recien llegados, o más de alguno a quien extrañar que ya partió a otras aulas. En verano le rendíamos culto a la playa y al sol. Ahora la casa es el templo. Vemos la teleserie, tomamos  once, o hacemos tareas. Algunos hacen deporte, o van a extraescolar. Otros no se sacarán el uniforme hasta acostarse. No faltará el flojo que duerma tal como se levantó. También hay quienes dejarán la casa, no por la tarde, no por el día, sino que por varios años, o quizas la vida entera. Rancagua es una tierra de éxodo juvenil. La meta de la educación superior hay que alcanzarla lejos de casa, donde parten muchos coterraneos a cocinarse solos, carretear mucho, estudiar hasta quemarse las pestañas, o darse cuenta que aún son inmaduros para dejar la falda de mami. No nos damos cuenta y parten cientos de los nuestros al jolgorio porteño o a la jungla capitalina. Incluso otros parten al desierto o al bosque sureño, todos impulsados por ser alguien en la vida.

Entre tanto pensar, la noche nos llega a todos por igual a las siete, aquí y en la quebrada del ajo verde. Hora de Rojo, de la teleserie o de algún programa en el cable. Otros seguirán estudiando hasta tarde, muy tarde. Hay tanto en la viña de Taita. Pero igual el tuto llega más temprano. Hay que madrugar y salir a pescar el éxito a la mar que es nuestro mundo. Señoras y señores, bienvenidos al mes de Marte. Borrón y cuenta nueva y comenzar a producir de nuevo, y tratar de ser felices y hacer feliz a los demás aunque sea un poquito cada día. Será por eso que somos scouts.

¡Buena Caza!


 

Hosted by www.Geocities.ws

1