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Mensaje del 25 de abril de 2005 "�Queridos hijos! Tambi�n hoy los invito a renovar la oraci�n en sus familias. El Esp�ritu Santo, que los renovar�, entre en sus familias por la oraci�n y la lectura de la Sagrada Escritura. As� ustedes llegar�n a ser educadores de la fe en vuestra familia. Con la oraci�n y con vuestro amor el mundo marchar� por un camino mejor y el amor comenzar� a gobernarlo. �Gracias por haber respondido a mi llamado!" 04/2005 .
Reflexiones al Mensaje
LA VIRGEN NOS INVITA AL AMOR
La Virgen, nuestra madre, con el coraz�n lleno de amor, comienza su
mensaje con el llamado: “Queridos hijos, los invito al amor.’ Eso es lo
m�s necesario e importante que la Virgen desea decirnos hoy. En un mundo
alienado, en un mundo en que las personas cada vez m�s se encierran en s�
mismas, en el cual nadie tiene tiempo para el otro y a cada uno le bastan
sus propias aflicciones, en un mundo que est� marcado por el
individualismo y el ego�smo, Mar�a nos invita al amor. Ello lo sabe bien,
y cada uno de nosotros puede experimentar c�mo la vida sin amor es vac�a,
causa de desesperaci�n y sin sentido. Ser amado y ser capaz de amar,
significa encontrar el sentido y la alegr�a de vivir. Para el que se
siente amado, la vida tiene un sentido pleno. Y quien ama, realiza
completamente su vida.
La profunda experiencia del conocimiento de
sabernos amados y de que amamos, est� relacionado con todo lo que
experimentamos y c�mo lo experimentamos. El hombre de hoy a menudo se
siente cansado no s�lo corporalmente, sino tambi�n cansado de la vida. Ese
cansancio est� en profunda relaci�n con la carencia de amor hacia los
dem�s y la ausencia de seguridad que proviene del amor de otros hacia
nosotros. El hombre est� enfermo porque no ama y ni siquiera siente que
Dios lo ama. Y aquel que ama y sabe que es amado, no se siente amenazado
en su integridad. A las personas que se sienten amadas, el �xito no las
hace ser presuntuosas, ni el fracaso las lleva a la autocompasi�n y la
desesperaci�n. El amor es el �nico hogar en que el hombre puede habitar.
Sin un hogar, el hombre es extranjero en cualquier parte. Feliz es el
hombre que ha encontrado su hogar. Hemos nacido para sentirnos seguros y
dar seguridad. Hemos nacido para sentirnos amados y para amar. Al recordar
que eres amado, desaparece el cansancio vital. El amor con que eres amado
ha sido dado sin condiciones. No pide nada m�s de ti excepto de que
permitas que te ame. Ese amor no espera que mejores para amarte, sino te
ama para que puedas mejorar y crecer a la plenitud que tu coraz�n anhela.
Con mayor frecuencia, la gente espera que t� seas como ellos quieren para
poder amarte. Nuestra Madre Celestial no es as�. Ella, que est� llena de
gracia, que se encuentra toda Ella en el amor de Dios, nos dice: “Queridos
hijos, si supieran cu�nto los amo, llorar�an de alegr�a.’
Uno le puede dar al otro solamente lo que tiene. As� sucede tambi�n en el
amor. S�lo el que siente y sabe que es amado por Dios, puede dar ese amor
a los dem�s. A menudo experimentamos c�mo caemos en el examen de expresar
y dar nuestro amor a los dem�s. A�n estamos lejos del amor de unos hacia
otros, y ese es un signo de que estamos lejos tambi�n del amor de Dios. Y
a medida que estemos m�s cerca del amor de Dios, viviremos m�s f�cilmente
y podremos testimoniar a los dem�s. Este es el camino de la oraci�n: el
poder experimentar lo m�s hermoso y realizar lo m�s dif�cil.
Aquel que sabe que es amado, desea llegar a ser similar a quien lo ama y
responder al amor. La Beata Madre Teresa sol�a decir: “S� cu�nto Dios me
ama y eso me estimula a ir hacia los dem�s, a fin de que todos
experimenten ese amor.’
Tambi�n nosotros oramos para recibir la fuerza del amor y la conversi�n
diaria, as� como lo hac�a el cardenal John Henri Newman: “Jes�s m�o,
ay�dame a esparcir tu fragancia dondequiera que yo vaya, inunda mi alma
con tu Esp�ritu y tu Vida; penetra en todo mi ser y toma posesi�n de tal
manera, que mi vida no sea en adelante sino una irradiaci�n de la tuya.
Qu�date en mi coraz�n con una uni�n tan �ntima, que las almas que tengan
contacto con la m�a, puedan sentir en m� tu presencia y que, al mirarme,
olviden que yo existo y no piensen sino en Ti. Qu�date conmigo. As� podr�
convertirme en luz para los otros. Esa luz, oh Jes�s, vendr� de Ti; ni uno
solo de sus rayos ser� m�o: yo te servir� apenas de instrumento para que
T� ilumines a las almas a trav�s de m�.’
Fr. Ljubo Kurtovic
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