Podemos decir que la poesía es el arte de
evocar y sugerir sensaciones, emociones e ideas mediante un empleo particular
del lenguaje sujeto a medidas, cadencias, ritmos e imágenes. Esta definición,
aparentemente certera, nos puede resultar vaga y con justa razón, imprecisa. La
poesía es mucho más que esto; es un proceso de pensamiento acotado y encauzado
por la estética, no para oprimirla sino para marcar un sendero que devendrá en
un infinito abanico de posibilidades, tantas como poemas se escriban. La poesía
es la metafísica del lenguaje.
En cada poema hay una poética, y en cada
poética una concepción del mundo. Por supuesto, al leer un poema no analizamos,
casi nunca, ni la poética que lo sustenta ni la visión de la vida que nos
propone; como tampoco muy a menudo el poeta que lo escribió nos ha querido dar
un ejemplo práctico de sus nociones sobre la estética, el ser o el obrar. Pero
todo se halla implícito en el acto creador que da origen a un poema y lo vuelve
a originar en la lectura.
Es legítimo decir que la poesía expresa, a
veces en forma dramática, la vocación ancestral de la actividad creadora de los
seres humanos por situarlos en el universo, por hallar una respuesta —y mejores preguntas—
para las eternas dudas acerca de la existencia y la realidad: qué puedo saber
de mí y de lo otro, y también qué puedo hacer o cómo puedo obrar. Esta última,
quizás, ha sido la preocupación dominante en las poéticas del último siglo: en
lugar de ser “caminos hacia la belleza del decir”, como sus semejantes de los siglos
XVI y XVII, fueron más que nada “caminos hacia la belleza del obrar”.
El poema busca, de alguna manera, apelando a todo el partido que
pueda sacar de las palabras, haciendo recaer sobre ellas, por así decir, toda
responsabilidad de ese hecho, capturar —y con ello hacer posible para nosotros
esa captura— una presencia que parece extraña al tiempo, al mundo, a la
realidad, y que no obstante experimentamos como algo esencial para nosotros.
El poema sería, en principio, por esta orientación que lo funda,
algo muy diferente de lo que solemos clasificar en las categorías de ficción
(cuentos, relatos, novelas), teatro, oratoria, ensayos, crónicas, etc., es
decir, aquéllas cuya forma intrínseca, aun cuando aparezcan bajo la forma poética,
es la prosa. Y esto es porque nuestra manera de ver el poema como algo a lo que
singulariza la captura de una presencia extraña al tiempo y al mundo, hace que
las diferencias formales referentes a la expresión, no tengan en absoluto
importancia. De modo que el poema puede también tener apariencia formal de prosa.
Al analizar los diferentes niveles del “discurso”, podemos establecer una clara
diferencia entre el discurso que es semánticamente unívoco, que no admite
dudas, y el polisémico, propio de la poesía. El poema —desde el punto de vista lingüístico—
es una categoría estructural bien diferenciada. De allí que la tarea de
rescatar a la poesía de la confusión de los géneros haya sido, en los últimos años,
una de las no menos importantes de la lingüística, en cuyos resultados
coinciden, por diversos caminos, diferentes aproximaciones.
