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LA GESTIÓN
UNIVERSITARIA
Luis Francisco
Delgado
Para
reflexionar sobre la universidad debemos pensar y repensar continuamente
su problemática. Esa es la única forma de comprender su incesante marcha,
su inagotable energía. Sólo así podremos tener un pensamiento crítico del
desenvolvimiento universitario en una época como la nuestra en que el
acontecer social ha rebasado nuestro marco de desarrollo, cuando las
actuales necesidades de iniciativas han superado de lejos las capacidades
de las universidades y donde contrariamente muchos pretendemos formar
profesionales que usen tecnología de punta con recursos tan limitados que
casi se quedaron en el siglo pasado. El cambio social, el crecimiento
explosivo, la diversificación del tipo de demanda de los servicios
educativos, el cambio de las estructuras institucionales y la
modernización tecnológica, lejos de resolver los problemas acarreados del
pasado, hacen más ardua nuestra labor.
La
diversificación en la demanda y la gran competitividad crean como
necesidad fundamental que cada universidad desarrolle estrategias docentes
e investigaciones propias y diferenciadas de las del resto. Ello supone la
existencia de órganos de gobierno y representaciones más flexibles y
eficientes, además de planes estratégicos propios. Esta flexibilidad y
eficiencia obligan a simplificar la estructura actual de la universidad,
así como sus órganos de gobierno, a mejorar las múltiples y diversas
circunstancias para ejercitar de esta manera una capacidad de propuesta
rápida y acorde con la realidad
cambiante.
Es por eso que ahora
entendemos claramente que el número de facultades de cada institución debe
disminuir y se deben buscar direcciones de una gestión empresarial
específica para cada universidad. Muchas universidades de la capital han
comenzado este proceso con una disminución gradual de facultades y
aquellas que tenían ocho de repente hoy día cuentan con cuatro o con dos.
Esta demanda dentro de la universidad se ha diversificado, pero también se
ha profundizado haciendo que la oferta abarque cada vez más y más formas
institucionales que respondan a iniciativas cada vez más ingeniosas. La
creación de institutos de investigación, que abarquen varias facultades al
mismo tiempo, es otra de las características que mejora la gestión y el
desarrollo de cada universidad, puesto que permite el trabajo
interdisciplinario.
La
diversificación actual trae consigo nuevas realidades, nuevas modalidades,
nuevos sectores para servir y nuevas formas de financiamiento abriéndonos
otras puertas que conllevan mayores exigencias. Se impone, pues,
desarrollar nuevos contenidos, contratar nuevos docentes, dar nuevas
responsabilidades a los ya existentes. En pocas palabras, es necesario
establecer una gestión de calidad que responda a las nuevas
exigencias.
Todos estos cambios, en
especial los cambios socioeconómicos y políticos, corresponden a nuevos
paradigmas que, a su vez, nos llevan a replantear las estructuras
tradicionales de la universidad. Carreras integradoras es la tónica del
momento y se puede observar que las universidades ahora buscan integrar
carreras que abarquen, por ejemplo, administración, economía, contabilidad
agrupadas en una nueva carrera como gestión empresarial, o carreras como
ecología, biología, agronomía, zootecnia sintetizadas en ingeniería del
medio ambiente, así como las de bioquímica, química, biología se agrupan
ahora en otra carrera como la ingeniería biotecnológica. Me pregunto, con
las nuevas tecnologías y los ordenadores que nos gobiernan cada vez más,
¿qué tiempo de vida tendrán carreras como contabilidad o derecho? Ahora es
cada vez más necesario que generalicemos las carreras iniciales y dejar la
especialización para el posgrado.
¿Cómo alcanzar una buena gestión en una universidad en tales condiciones?
No cabe duda que se tiene que establecer un esquema de prioridades
basándose en los fines y objetivos de cada institución pero en todo ello
tiene que considerarse el entorno, es decir, las políticas tanto
nacionales como regionales. Uno de los mayores desafíos es el conjugar la
problemática económica del país con la asignación de recursos
presupuestarios que se reflejen en un pago justo a nuestros docentes y en
la previsión de medios necesarios para el normal desenvolvimiento de
nuestras labores y en eso me temo que estamos y estaremos solos. Ya el
gobierno está demostrando su falta de interés por el tema
universitario.
Tenemos, pues, un
gran reto. Encontrar un nuevo modelo que permita a la universidad cumplir
sus fines, encontrar mecanismos de gestión de la educación acordes a la
modernidad, que incorporen las respuestas a las necesidades de cada
entorno respectivo. No olvidemos que nuestra misión como universidad nos
obliga a crear, a asimilar y a difundir el saber a través de la
investigación, la enseñanza y la extensión. Tres actividades para tres
funciones, con un solo objetivo, que no pueden divorciarse. Sin la
enseñanza, las investigaciones no servirían mucho; sin la extensión,
serían ignoradas y sin investigación no tendríamos qué enseñar, sólo
copiaríamos. En el caso de mi universidad, ya hemos entendido que la
investigación es fundamental y por ello prioritaria, incluso más que la
enseñanza; por eso también podemos decir que el 90% de la investigación
agraria que se hace en todo el país se hace en La
Molina.
En esa búsqueda de
perfección, de excelencia educativa, nadie debe quedar excluido. Hemos de
participar todos y cada uno de los miembros de la comunidad universitaria.
Hemos de buscar una institución que responda a los cambios que nos plantea
la realidad: creciente tecnificación, globalización, competitividad,
respuesta creativa y rápida a la problemática, procesamiento inmediato de
la información, etc. Todo lo cual implica el dominio de la capacidad de
observación, de análisis, de síntesis y de evaluación. En otras palabras,
tenemos que aprender a gestionar el conocimiento, gestionar la enseñanza,
gestionar las investigaciones, gestionar nuestros exiguos recursos con
eficiencia, honradez, oportunidad y creatividad. Esta nueva gestión
universitaria tiene que partir de una profunda reflexión sobre sus vicios
y deficiencias y del reconocimiento objetivo de haber sido organizaciones
complejas donde muchas veces las metas no están formuladas clara y
precisamente.
Alguien me decía hace
poco que en la universidad es preferible ser “burro” con criterio que un
inteligente sin criterio. Y eso lo estamos observando diariamente y a cada
rato. Desde la perspectiva universitaria, la globalización y la
internacionalización de la economía tienen una óptica diferente a la del
común de los mortales. Por eso es muchas veces difícil entender a la
universidad cuando no se la conoce por dentro, cuando no se la ha vivido
intensamente. Es por ello importante que nuestros alumnos vivan su
universidad y no simplemente pasen por
ella.
La internacionalización nos
muestra que estamos dentro del mundo de la educación y la cultura, el cual
sobrepasa la globa-lización de intercambios comerciales para entrar al
mundo de las vivencias y las creencias, donde los intercambios son de
conocimientos, ideas, sentimientos y criterios. Y aquí, en vez de
reducirnos a la mera competitividad, necesitamos buscar entendimientos
para realizar proyectos comunes que refuercen y desarrollen nuestros
productos: la enseñanza, la investigación y los servicios. Así, llegamos a
un punto en que el camino que tiene doble vía, un camino de mutuo
entendimiento entre instituciones de la misma calidad y de la misma
categoría y otro en el que todos trabajemos y desarrollemos proyectos en
conjunto.
Nos toca crear en nuestros
alumnos una conciencia crítica con profundas raíces de valores, con
identidad nacional e institucional, contrarrestando los modelos
consumistas impuestos por la publicidad y la moda. Sin embargo, también
debemos ir hacia la búsqueda de alianzas que signifiquen la suma de
recursos y esfuerzos en pro de la ciencia comprometida con la sociedad.
Concretar estos acuerdos nos demanda ser flexibles y creadores. ¿Quién en
la universidad no reconoce ahora la presencia de personas de diversa
procedencia cultural? ¿Quién no ha visto en sus aulas grupos de alumnos de
sitios tan diferentes como Japón, China, estudiando en nuestras aulas
durante una semana, dos semanas o un mes? ¿Quién no recibe ofertas de
instituciones del extranjero para concursar por fondos mundiales y poder
desarrollar investigaciones en conjunto? Pero tenemos que ser flexibles
para desarrollar esto, tenemos que decirles a nuestros alumnos: “los
cursos que tú llevas en otra universidad te los vamos a reconocer” y
tenemos que decirles a nuestros docentes que nos interesan más proyectos
de investigación en conjunto entre varias instituciones que proyectos
individuales. ¿Quién no sabe que las bibliotecas pueden unirse y así
ahorrar espacios físicos y una serie de economías de escala? Es decir,
este común denominador es parte de la gestión que debemos realizar y para
ello debemos estar preparados.
Como
en todo tipo de gestión tenemos que preocuparnos por la racionalización de
los recursos humanos y financieros. Encarar una política de
reestructuración del marco normativo y organizativo, asignar de manera
racionalmente planificada estos recursos para el cumplimiento de nuestras
metas. Los aspectos normativos juegan un papel de suma importancia. Si
nuestras reglamentaciones no están actualizadas, eso es lo primero que
tenemos que hacer, corremos el riesgo de darnos con vacíos que al provocar
interpretaciones diferentes pueden generar conflictos. Por eso es que la
Asamblea Nacional de Rectores (ANR) ha planeado una nueva forma de
discutir el proyecto de ley universitaria que propondrá al Congreso, un
proyecto que esperamos tener listo el primer semestre del 2002 y que
tendrá, pues, el ingrediente de consultar a alumnos, a docentes, a
federaciones, a empresarios y a toda la sociedad civil que
podamos.
Creemos que los alumnos y
docentes, así como los empresarios y graduados, tienen mucho que aportar
para que esta nueva ley sea aceptada por todos y que involucre a todos al
mismo tiempo. Pero no basta con una buena normatividad que ignore las
minorías; toda norma debe ser suficiente y oportunamente difundida, además
de respetada. Si revisamos nuestra Ley Universitaria, veremos que la mitad
de los artículos no se han cumplido y que el esfuerzo que han desarrollado
las universidades ha quedado, pues, castrado por esta falta de
cumplimiento. Una nueva ley debe significar el compromiso del cumplimiento
de lo que dice, no simplemente esperar dieciocho años para saber que no se
cumple. Ese cumplimiento de la ley nos dará seguridad y confianza para que
podamos velar por su cumplimiento. Recordemos que no hay mejor forma de
generar el descontento al interior de una institución que dejar en el
personal la sensación de la aplicación arbitraria de las disposiciones
superiores y en un proceso democrático como el que vivimos, eso es
impensado. No hay que crear precedentes que después se conviertan en una
espada de Damocles. Nadie puede negar que la retribución a la labor
docente en las universidades públicas es sumamente baja y que obliga a
muchos profesores a migrar en busca de mejores ingresos o a darle más
tiempo a las actividades propias y menos a la universidad. Ante esta
realidad, puede haber una doble labor: generar fuentes de recursos propios
para mejorar ese pobre salario, además de buscar otro tipo de
gratificaciones, y realizar acciones institucionales que estimulen el
perfeccionamiento docente propiciando la identificación y el compromiso
institucional y regional.
La
racionalización de nuestro personal docente es otro de los puntos a tratar
en una gestión universitaria óptima. No sólo para que los profesores
tengan mejores condiciones académicas sino también para establecer una
serie de parámetros como tener en cuenta la relación maestro-alumnos, la
cantidad de horas de clase o la incorporación de profesores ajenos a la
propia facultad, ya sean visitantes o pertenecientes a otras facultades de
otras universidades. Estas condiciones felizmente han sido recogidas en la
autorización de racionalización de las universidades que saldrá publicada
en la ley del presupuesto para el 2002 aprobada por el
Congreso.
En lo académico, por ejemplo, un
punto de partida obligatorio es el rediseño de los currículos, que permite
desde el inicio interiorizar los valores éticos, morales e institucionales
que fijen en el alumno el sello de la universidad. Los estudiantes, al
interiorizar la cultura organizacional, tendrán claras las pautas para su
posterior desenvolvimiento dentro de la universidad. Sabemos que hay
universidades que no han renovado currículos de estudios desde hace
veinte, quince o diez años. En este proceso de modernización que
propugnamos, una regla normal debería ser una reestructuración o un cambio
de currículo cada cinco años. En términos
generales, una buena gestión significa usar los recursos disponibles en
forma eficaz y eficiente para alcanzar los objetivos institucionales; al
decir recursos tengo en mente todos: alumnos, docentes y no docentes.
Quienes tienen la responsabilidad de conducir la universidad deben
aprender el cómo y el porqué de todos los integrantes de la comunidad
universitaria. Una nueva forma de gestionar las universidades debe
responder a los retos que tienen hoy planteados. Si se apuesta por
eficiencia, eficacia y responsabilidad en la toma de decisiones es
imprescindible apostar por equipos que realicen su gestión con agilidad,
eficacia y responsabilidad.
Por otro
lado, sin menoscabar la autonomía universitaria, que debe tener una
defensa cerrada y permanente de todos los académicos, resulta lógico que
la universidad rinda cuentas a la sociedad sobre sus actividades. Para
facilitar esta transparencia, es necesario que funcionen mecanismos de
control y fiscalización en forma adecuada. Ello no sólo nos evitaría una
serie de malentendidos, sino que contribuiría a mejorar nuestra imagen con
todas las implicancias que ello
tiene.
Hablar de calidad en la
educación es pensar en la interacción de múltiples variables, de diversos
factores, de los cuales no podemos prescindir; una educación de calidad
que exige una gestión de calidad, un proceso de gestión que integre todas
las actividades universitarias que satisfagan las expectativas del usuario
cualquiera que este sea. Una política de calidad institucional exige un
diagnóstico serio de la realidad, una definición precisa de las metas y
los objetivos, la planificación estratégica de las acciones de acuerdo a
los propios recursos y a las necesidades, la constante supervisión y
evaluación de los procesos, un sistema de comunicación fluido y confiable,
el aprovechamiento de la retroalimentación y la disposición a innovar y
mejorar continuamente.
Dentro de estos planeamientos de
gestión, ¿qué perspectivas tiene nuestra universidad? A riesgo de parecer
reiterativo me atrevo a señalar las siguientes: primero, encontrar
mecanismos que permitan instrumentalizar modelos de desarrollo que
respondan a los diferentes contextos regionales y locales; segundo,
diseñar sus planes en concordancia con el plan nacional de desarrollo,
buscando que sus acciones ean una respuesta a las exigencias
nacionales.
La universidad debe plantear
un proyecto educativo basado en el proyecto nacional a fin de establecer
claramente cuáles y de qué calidad son los recursos humanos que precisa el
país. Desempeñar un papel protagónico y no meramente reactivo en el
acontecer nacional y mundial, recobrar su compromiso con el ser humano
como totalidad, ofrecerle una formación íntegra, crítica, creativa y
moral. Asegurar una enseñanza de calidad con estándares internacionales,
de modo que sea competitiva, eficiente y eficaz. Enfatizar el currículo,
las metodologías integradoras y las prácticas profesionales ligadas a
problemas sociales de relevancia. Promover el diseño de meta-currículos
que transmitan y refuercen todas las estructuras en la formación de
valores y en el desarrollo de habilidades. Dedicar sus mejores esfuerzos a
potenciar los rubros de ciencia y tecnología. Pensar en instrumentos de
investigación diferentes junto a la investigación pura, desarrollar
también la investigación aplicada y darle un papel preponderante a todos
los tipos de investigación social que nos acerquen a las clases más
desposeídas. Recobrar su liderazgo y su presencia social como organismo
base de la sociedad civil. Reducir la distancia que la separa de los
sectores productivos, de la empresa, y lograr un pleno acercamiento entre
la empresa y la universidad. Descubrir sus propias formas de generación de
ingresos que la lleven cada vez más por la ruta del autofinanciamiento. La
figura de “papá Estado”, aunque es un compromiso que no debe soslayarse,
es cada vez menor según lo que la historia nos indica. Pero, sobre todo,
no debemos distraernos de nuestra misión académica y de investigación para
buscar mayor eficiencia en nosotros mismos y poder crear así la
universidad que el Perú necesita.
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