148_ 31_07_KK3                                                                                                                           Manuel C. Martínez M.

Sadelas

Sociedad Amigos de la Salud

La comunicación virtual

A estas alturas, nos hemos acostumbrado tanto a la intercomunicación telefónica que hemos llegado a creer que oímos a nuestro interlocutor, y nada más falso, por cuanto lo que construyó Alexander Graham Bell fue un dispositivo electromagnético con una bocina receptora de mi voz (de las ondas sonoras que yo emito al hablar), una bocina  que transforma esas ondas sonoras en o. electromagnéticas capaces de viajar alámbricamente hasta llegar al otro teléfono donde, en el llamado auricular, existe también un descodificador de estas últimas para su reconversión en simples ondas sonoras que resultan parecidísimas a las originales mías.

En consecuencia, es imposible, a partir de cierta distancia interpersonal,  oír a quien se halle en el otro lado del hilo telefónico, pero sí podemos oír una copia fidelísima de sus peculiares ondas de parlamento por muy distante que se halle nuestro interlocutor.

Se trata, pues, de un diálogo establecido entre dos voces virtuales, fenómeno éste que debemos hacer extensivo al cine, la TV, radio y aparatos afines. 

Pero, si con la TV y la radio no hemos dudado de esa virtualidad en la comunicación, con el teléfono sí, y por eso es necesario recalcar que no podemos oír nada que no esté real y naturalmente dentro del radio de auditividad característico  de nuestros oídos.

Mutatis mutandis, tampoco aplicamos nuestra fuerza cuando nos valemos  de herramientas de variada índole: En esos casos, la fuerza real resultante, artilugiosamente multiplicada por palancas y poleas,  atornilladores y destrancadores diversos, es una fuerza que no nos pertenece para nada, habida cuenta que los instrumentos  del caso serían los únicos objetos receptores de nuestra fuerza corporal de partida.

Con la visión ocurre otro caso  de comunicación virtual: Es que el  acercamiento de objetos a nuestros ojos, mediante catalejos, microscopios y telescopios, es realmente imposible. Los artilugios ópticos de lentes adecuadamente fabricadas y dispuestas <<juegan>> con las ondas visuales que emiten los objetos, las agrandan, tuercen, invierten y redireccionan para finalmente hacernos llegar una información óptica que dista mucho de la que naturalmente no   podría  impresionar a nuestra retina ocular.

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