los VALORES y LA EDUCACIÓN UNIVERSITARIA

 

 

I.       LOS VALORES EN LAS PREGUNTAS INICIALES.

 

 

¿Para una universidad centroamericana cuáles son los retos que plantea el subdesarrollo científico, técnico, social y político de su entorno social y una dinámica mundial nueva y compleja?

¿Cómo podemos enseñar habilidades democráticas y cívicas en un medio que en muchas formas importantes es antidemocrático?

¿Son importantes los valores y la ética para definir acciones por parte de individuos e instituciones? ¿Si lo son, cómo operan los mecanismos de aprendizaje y expresión de valores?

¿Qué modalidades educativas han fracasado en la Universidad para promover actitudes y valores en profesores y alumnos? ¿Qué hacer para superar las equivocaciones del pasado?

¿Hemos planteado todas las preguntas que son necesarias y suficientes para tomar decisiones en torno lo que queremos de la Universidad e introducir cambios reales?

¿Cuáles son los valores que subyacen en las conductas actuales de la Universidad? ¿Son ellos los más coherentes con los propósitos universitarios? ¿Cuáles pueden ser los valores de una nueva Universidad coherente con la Sociedad y consigo misma?

 

 

         Las reflexiones que se plantean aquí han resultado de las experiencias del autor como profesor, investigador y administrador académico en la Universidad de San Carlos de Guatemala desde la década de los años 70.  Algunas de las condiciones que se comentan son aplicables a otras universidades de Centro América y, probablemente, también en otras regiones.  Adicionalmente, las propuestas pueden ser de valor para los interesados en temas relacionados con las innovaciones universitarias y la democracia.

         Algunas universidades muestran los efectos de una prolongada crisis educativa cuyos signos se manifiestan en casi toda la vida académica.  En Guatemala se ha sentido la crisis y se han propuesto algunas soluciones, pero muchas de éstas tienen carácter inmediatista.  Además carecen de los suficientes elementos para corregir los problemas.  Hay falta de espacios para deliberar sobre los propósitos de la Universidad y la misión que tiene con respecto a la Sociedad.  A menudo vemos apoyo exclusivo a procesos formales iniciados de arriba hacia abajo, como un re­qui­sito que hay que cumplir.  Esto conlleva grandes riesgos.  Uno de ellos es que conduzca a la Universidad a decidir cambios superficiales cuando tal vez lo que se necesita son cambios profundos.  También puede llevarnos al autoaplauso en la ilusión de que realizamos algo fundamental cuando en realidad sólo efectuamos modificaciones cosméticas.  Con ello se posponen los cambios necesarios, se agrava la crisis y la Universidad se expone vulnerable ante intereses particulares.

         Es necesario un cambio de actitudes y valores en las maneras como pensamos, hablamos y actuamos.  Es cierto que la Universidad puede contribuir a consolidar los valores actuales;  pero también puede asumir una función crítica frente a ellos y puede apoyar la realización de cambios positivos en la Sociedad y en sí misma.  Si los resultados de una decisión universitaria se han de materializar en actos, actitudes, métodos, contenidos, políticas y filosofías, es necesario que todos los sectores de la Univer­sidad tengan oportu­nidades de expresarse con libertad. El diálogo debe incluir a investigadores, profesores, alumnos, administradores y organizaciones de la Sociedad.  Entonces, antes de prescribir soluciones improvisadas, caben las preguntas.  ¿Pueden hacerse los cambios deseados sin una participación amplia?  ¿Hay una innovación real cuando los resultados finales del proceso son documentos y no cambio de actitudes y nuevos propósitos?  ¿Pueden lograrse las innovaciones sin cambio de valores?

         Esta presentación ofrece unas notas de reflexión sobre el tema de los valores en la educación universitaria, con un ir y venir entre lo que es y lo que podría ser.

II.      CONTEXTO y oportunidades para LOS CAMBIOS UNIVERSITARIOS.

 

         Los procesos políticos, económicos y sociales que desde mediados de 1989 han ocurrido en el mundo, han generado un contexto drásticamente distinto al que estuvimos acostumbrados durante décadas.  El esquema de bipolaridad en la política mundial dio paso a una nueva época en la historia. Esta época comienza a caracteri­zarse por una sola hegemonía militar, multipolaridad económica manifestada en la conformación de grandes bloques en abierta disputa por megamercados transnacionales, explosión de la información al mismo tiempo que implosión del significado, creciente control del consumo basado en el avance tecnológico de los medios de comuni­cación y ensanchamiento de la brecha entre países ricos y países pobres.  La conclusión de la confrontación Este-Oeste deja ver ahora la de Norte-Sur.  El esquema, no obstante, sigue siendo manifesta­ción del que desde hace siglos existe entre el capital y el trabajo.

         Estas y otras condiciones han modificado substancialmente la realidad política de numerosos países incluidos los países centroamerica­nos.  Sin embargo, las estructuras económicas y sociales siguen siendo las mismas. Observamos destrucción del ambiente, desprecio por la cultura y la diversidad, sensación de impotencia de las personas para controlar sus destinos, y sociedades aparente o falsamente democráticas, a veces claramente antidemocráticas.  En varios países vemos Estados autoritarios y excluyentes, grandes poblaciones que sobreviven con alto grado de pobreza y enfermedad, bajo nivel educativo, pobre desarrollo político y relativamente baja capacidad científica y técnica.

         Pero también se han producido procesos de transición que traen consigo nuevas oportunidades. Estos quizá contienen los caminos al­ter­nativos.  Los espacios de participación política se han ido abriendo a la par de la distensión de la política mundial.   La intoleran­cia ideológica gradualmente ha cedido paso al diálogo y al respeto a la diversidad.  Nuevos sujetos de la sociedad civil se constituyen en protagonistas de movimientos políticos y sociales:  los pueblos indígenas, los movimientos humanitarios, las organizaciones de mujeres, la protección del ambien­te e incipientes organizaciones que propugnan por un efectivo Estado de Derecho y el fin de la impunidad.

         De una manera muy explícita la Sociedad demanda acciones para  impulsar la paz y el diálogo y se manifiesta por la eliminación de todas las formas de conflicto armado y las maniobras políticas basadas en la intimidación o la fuerza.

III.    LAS RESPUESTAS ESPERADAS.

 

         En la actualidad los aportes universitarios adquieren especial importancia.  Quiérase o no, los fenómenos económicos globales imponen urgentes transformaciones educativas. Las sociedades actuales dan alta prioridad a la tecnología y muestran tendencias a cosificar a las personas.  Los problemas de paz y democracia de unos países afectan a otros. Brotan tensiones sociales a partir de las diferencias no resueltas entre ricos y pobres.  Todos estos son temas contemporáneos que caen dentro de los ámbitos de la Ciencia y las Humanidades (tales como biofísica, microbiología, medicina, ética, ciencia política y sociología, por ejemplo) y, por lo tanto, de las universidades.

         Hay entonces una clara necesidad de que las universidades busquen nuevas maneras de cumplir sus funciones y ofrezcan respuestas concretas a los dilemas sociales.  Esto debe tratarse con la consideración de las condiciones internas propias de la Universidad y algunas de las disyuntivas actuales. Algunas de éstas son tópicos conflictivos, como por ejemplo, la controversia entre profesiona­li­zación y formación general, especialización y “polivalencia”, y el énfasis en contenidos o procesos educativos.  También se enfrentan problemas en el crecimien­to de la población estudiantil, la estrechez financiera, la pérdida de docentes e investigadores ante el sector público y el privado, la carencia de los suficientes programas de postgrado, problemas en el reconocimiento de las competencias y conocimientos adquiridos fuera de la educación escolarizada, la incoherencia de los esquemas administrativos con respecto a los propósitos académicos y otros.

         Como estos son retos que debe asumir la Universidad, es necesario buscar maneras para exponer abierta y participativamente las necesidades de la Sociedad y la Universidad e identificar las que son comunes a ambas.  Sólo entonces podremos seleccionar opciones para actuar con mejor posibilidad de éxito.  Para hacer esto, los procedimientos decisorios y operacionales actuales no son suficientes porque son cerrados. Es importante que comprendamos los mecanismos y valores inherentes a los procesos de la toma de decisiones para poder identificar las fallas y corregir los valores que subyacen en ellos.

IV.     UNA SÍNTESIS SOBRE LOS PROBLEMAS UNIVERSITARIOS.

 

         Nuestro primer esfuerzo ha de ser el de buscarnos a nosotros mismos y convencernos que el mejor desarrollo posible es el desarrollo de un movimiento universitario capaz de ser coherente con sí mismo.  No en comparación con otros movimientos o instituciones.

         En Guatemala, los problemas que enfrenta actualmente la Universidad estatal son explicables como procesos históricos generados por varias causas.  Algunas son internacionales y globales.  Otras son muy puntuales y también muy decisivas en la vida institucional, como la singular violencia desatada contra la Universidad y la sociedad en general en la década pasada.  Lo real es que ahora los problemas están ahí.  Es necesario abrirlos, aceptarlos como situaciones problemáticas y decidir colectivamente las opciones de solución.  Puede demostrarse la existencia de las siguientes condiciones.[i] En forma breve describen la situación actual.

         En Enseñanza-Aprendizaje.  No existe un proyecto curricular institucional.  Esto implica que falta una teoría educativa explícita que oriente los programas, que no existe docu­mentación, discusión ni aceptación de los principios valorativos para el proceso edu­cativo en la Institución en su conjunto, y que falta integración del proceso educativo con la investigación y la extensión, entre otros problemas.

         En Investigación.  El impacto de la investigación realizada es insuficiente.  La época y el contexto demandan un mayor esfuerzo en esta área.  Pero no se ha podido vencer por un lado, el poco entendimiento de los fines de la investigación y, por otro, los obstáculos burocráticos.  Además, hay falta de aprovechamiento de oportunidades de finan­cia­miento externo, internacional y nacio­nal.  Así, hay pocos elementos teóricos, que se articulen como un sistema de conoci­mientos, que puedan señalarse como aporte decisivo de la Universidad.

         En Extensión.  Hay falta de apoyo institucional para el desarrollo de formas alternativas de vinculación de la Universidad con la Sociedad en los órdenes de la integración académica (falta de apoyo a los programas con comunidades, EDC, EPS y EPSUM), el desarrollo cultural y la comunicación social (folletos, televisión, comunicación gráfica, producción editorial).

         En los Programas de Apoyo (Marco Jurídico, Administración y Finanzas).  El problema jurídico de la Universidad consiste en que hay incongruencia entre las normas jurídicas, por un lado, y los propósitos, procedimientos y formas de organización de la Universidad, por el otro.  Algunos de los obstáculos legales son fundamentales.  La burocracia administrativa y financiera central realiza una actividad que, sirviéndose a sí misma, está desvincu­lada de los propósitos fundamentales de la USAC.  No se ejecuta una política administrativa que busque la eficiencia y eficacia de sus procesos.  Además, carece de alternativas importantes de financiamiento aparte de la asignación estatal.  El presupuesto universitario se utiliza en alto porcentaje para la administración y relega a un plano secundario la investigación, la docencia, la extensión y la inversión para el desarrollo educativo.

V.      LOS ANTIVALORES QUE deben ser identificados.

 

         Sin pretender dar una definición, los valores pueden entenderse como aquellas condiciones, características o cualidades intrínsecas en las sociedades y personas, en el ambiente natural o en las cosas que pensamos que son importantes, deseables o preciosas.  Son relativas y contrarias a los antivalores.  Cuando se encuentran en la Universidad, los valores y los antivalores guardan correspondencia con sus contrapartes en la Sociedad por cuanto que la Universidad es parte de ella. 

         Los procedimientos, los métodos y los procesos internos que aplica una institución imprimen su marca y son de­ter­mi­nan­tes sobre los produc­tos.  En el caso de las instituciones educativas, los productos son conocimientos, métodos e imagen pública, entre otros.  En conjunto, todos ellos constituyen la cultura institucional pues expresan consciente e inconscientemente las ideologías y valores subyacentes.  Su discusión ayuda a explicar en alguna medida algunas de las limitaciones universitarias mencionadas antes.

         Las pretensiones de cambio académico real deben considerar los procedimientos que la Universidad aplica internamente y comprometerse a examinar la cultura institucional en el largo plazo.  Los antivalores deben ser identificados, en primer lugar.  Luego, su presencia debe ser aceptada como problemática --lo cual es difícil por cuanto que usualmente no se piensa que uno mismo practica antivalores-- y corregidos o contrarrestados.

El Autoritarismo.

         La prác­ti­­ca de méto­dos docen­tes y administra­ti­vos auto­ritarios sólo pue­de ayudar a perpe­tuar una práctica autorita­ria y ar­bitraria.  Como puede esperarse, cuando los estu­diantes son formados con métodos auto­ritarios se conviertan en profe­sio­nales que también reproducen métodos autoritarios.  Los ejemplos de una práctica autoritaria se encuentran cuando un administrador, docente o estudiante decide y ejerce acciones excluyentes, exige una mal en­tendi­da “dis­cipli­na” entre sus colaboradores y tiene o aplica la visión ver­tical del “jefe.”  Cuando la disciplina mal entendida y “obediente al jefe” se aplica al trabajo inte­lectual no toma en cuenta que las ciencias y las humanidades son amplias, plurales y deliberativas.  No son intolerantes ni subordinadas a la autoridad.  Los esfuerzos educacionales que desean contribuir a una experiencia universitaria crítica y reflexiva no pueden ser intransigentes.  Los procesos autoritarios son deficien­tes por naturaleza.  El desarrollo del criterio profesional y académico no se favo­rece en las estructuras jerárquicas verticalis­tas y sofocantes.  Más bien necesitan ambientes que propician el pensamiento exploratorio, reflexivo y el análisis deliberativo.

Bajo el autoritarismo, los aportes a los pro­ce­sos de paz y a la demo­cra­ti­zación son ne­ce­sa­ria­men­te pobres, por cuanto que es escaso el sustento político que pueden lograr las iniciativas verticales.  Y agre­gado a esto, se darán en un me­dio social que ya es no­to­­riamen­te autoritario y exclu­yente.  El producto tenderá a reforzar las mismas carac­te­­rís­ticas.  En esa forma de entender las relaciones humanas, la Universidad no favo­re­ce al nuevo profe­sional, ni a la So­cie­­dad, ni a ella misma.

         Las opciones opuestas al autoritarismo se encuentran en el cumplimiento fiel de los fines universitarios;  y ante todo en la partici­pa­ción y en los esfuerzos por lograr la reflexión, el terreno común y el diálogo.

El Rechazo a la Crítica.

         El rechazo a la crítica tiene manifestaciones diversas:  las contrataciones hechas sólo a personas afines, la refutación falaz ante un planteamiento adverso, la ausencia de debate público y deliberación.  En sus actos excluyentes los que rechazan a la crítica ahogan la expresión de caminos alternativos para comprender los problemas y las opciones de solución. 

         Este antivalor es evidente en algunos sectores univer­sitarios.  Muchos, sin embargo, conservan su capacidad crítica y autocrítica.  El rechazo a la crítica es observable­ en algunos funcionarios y profesores cuando aparecen se­ña­lamientos que resultan in­cómodos, aun cuando tales señala­mientos se o­fre­cen a la comunidad para procurar el diálogo y la reflexión. 

         Tal parece que no hemos llega­do a com­pren­der suficientemente en nuestras instituciones que la críti­ca cuando no es falaz e irresponsable, es po­sitiva y signo ine­quívoco de opti­mis­mo.  Y al revés, todas las manifestaciones contra la crítica (exclusión, secretivi­dad, silencio, intriga, complotismo e indiferencia) son signos ine­quívo­cos de descon­fian­za o desprecio por las capacidades ajenas.  Por eso mis­mo son pesi­mis­tas.

         La crítica así como la generosi­dad y la solidaridad empie­zan por casa y con nosotros mismos.  Frecuentemente se celebra la función crítica uni­ver­sitaria, especialmente cuando se dirige hacia instituciones exte­rnas;  pero también se advier­­te a veces una exagerada sus­cep­tibi­lidad cuando se expresan las autocríti­cas.  Tal susceptibilidad contrasta con los prin­cipios uni­ver­­sita­rios porque pierde de vista que la Universidad es necesariamente heterogénea.  El cultivo de las habilidades intelectuales exige libertad para la discusión y la expresión de juicios diversos.

         Las universidades son instituciones que apoyan la diversidad en la argumentación y los juicios.  El ejercicio de una crítica responsable es un elemento cardinal en la cons­truc­ción, reproducción y divul­gación de la ciencia, la filosofía y el arte, las materias primas de la educación universitaria.  El análisis crítico y la atención al desarrollo de la capacidad de autocrítica deben ocupar un lugar preponderante en las universidades, especialmente cuando a la par de la crítica se manifiestan opciones factibles de solución.

El Dogmatismo.

         Dog­matismo es la adhesión tenaz, irre­fle­xi­va y, a veces, doctrinaria, a verdades supuesta­men­te irre­fu­tables y la negación a aceptar enfoques o solucio­nes alternati­vos, diferentes a los propios.  Es afín al sectarismo.  Contiene el supuesto de infalibilidad, lo cual atenta contra la produc­ción cien­­tí­fica y envenena el pensamiento universitario.  Es improbable que una per­sona adquiera criterios de valoración de las diferencias y cultive la actitud científica en un ambiente en el que aflora la rigidez del dogmático.

         Las manifestaciones abiertamente dogmáticas son probablemente escasas en el ambiente universitario, pero en ocasiones sí se observan hábitos sutiles de práctica dogmática.  Las actitudes del humanista y el científico no sólo son abiertas a la deliberación y la reflexión sino que además las valoran y las promueven.  La ciencia y la actitud universitaria son abiertas a las opciones de interpretación y decisión.  Tienden a ser transparentes.  Ambos, el pensamiento universitario y la ciencia empiezan por reconocer que sus métodos y el conocimiento son fali­bles y perfectibles.  Casi todas las otras formas de pro­ducción y reproducción de conoci­miento muestran un rasgo común: se aferran a verdades absolutas e indiscutibles.

         En este punto es inevitable pensar en las semejanzas compartidas por los enfoques, valores y procedimientos de la ciencia y la filosofía, los de la actitud universitaria y los de los métodos políticos de la democracia.

La Falta de Coherencia e Inte­gralidad.

         Estos dos aspectos van de la mano.  Cuando las soluciones son parciales y carecen de una visión integral de largo plazo, tienen un impacto social escaso o, peor aún, son contradictorias entre sí.  Por eso es impostergable resolver las faltas de coherencia entre varios aspectos de la vida universitaria.  La dedicación de un tiempo prudencial a la reflexión de este punto sería muy provechosa.  Por ejemplo, es necesario evaluar el grado de relación entre los propósitos académicos de la Universidad y los de la Sociedad.  De igual manera, debe evaluarse la coherencia entre los propósitos académicos de la Universidad y los de contribución social.  ¿Podemos relegar unos en favor de los otros?  ¿Podemos ver coherencia entre los propósitos universitarios y los productos que entrega a la Sociedad actualmente?

         La búsqueda de objetivos de naturaleza diferente a la ciencia, la tecnología y las humanidades, como puede ser la búsqueda de objetivos políticos partidistas, no sólo no es función principal de la Universidad sino que incluso, desvirtúa a la Institución o la somete a desgastes innecesarios.  Hace entrar a la Universidad en situaciones que no le son propias, en injustificado conflicto interno y, muchas veces, también externo.

         Debemos analizar los problemas de coherencia dentro de cada una de las funciones universitarias de enseñanza-aprendizaje, investigación y extensión, y también entre todas ellas.

         La extensión y el trabajo universitario tienen un rol central para resolver los problemas de incoherencia entre la Universidad y sus circunstancias histórica, social y ambiental.  La extensión universitaria puede ser vista como un conglomerado de in­teracciones que busca acciones positivas, mutuamente reforzantes, entre la Universidad y la Sociedad.  Por otro lado, el trabajo universitario es una actividad univer­sita­ria fundamental que da sentido y validez a la docencia y la investigación.  En este sentido es necesario que analicemos cómo las tres funciones se refuerzan mutuamente.  A partir de ese análisis pueden hacerse evidentes las oportunidades para coordinarlas en donde sea aplicable.

         El trabajo universitario no tiene lugar como parte de la educación superior si no se ejecuta en vinculación con las otras dos funciones.  El trabajo universitario realizado por sí, como fin único, sustrae respon­sabi­li­dades de las organiza­ciones más idóneas para hacerlo y resta esfuer­zos y recursos para efectuar las propias.  De igual forma, la docencia o la investigación carecen de orientación y su validez se hace cuestionable cuando se realizan sin el reto y la retroalimentación que da la realidad de las necesidades y expectativas humanas.

         Esto no quiere decir que la Universidad no tiene o no debe perseguir objetivos políticos y de servicio.  Son parte esencial de la vida universitaria.  Sólo subrayo que cuando la Universidad muestra mejor su fuerza política y presencia social, es cuando hace coherentemente lo que debe hacer.  Cuando dirige sus esfuerzos a lograr acciones positivas en su contexto natural y social y lo hace por su naturaleza humanística, científica y técnica, no desvinculada de ella.  El poder hacer de la Universidad y el vigor de su presencia en el País se encuentra en el cumplimiento efectivo de sus funciones como institución educativa con una concepción clara sobre su compromiso.

         Una mención aparte merece la in­coor­dina­ción­ entre las unida­des aca­dé­­micas (autó­nomas dentro de la autono­mía).  De ella no puede lograrse más que la repetición de los en­fo­ques mo­no­­pro­­fe­­sio­nales y aislantes en los egre­sa­dos.

         Necesitamos comprender y resolver varios ángulos del problema de la incoherencia.  Más adelante se proponen algunos.

VI.    UNA PROPUESTA PARA FOMENTAR VALORES UNIVERSITARIOS.

 

         En su función de re-crear la cultura, la Universidad encara dificultades considerables.  Las subjetividades individual y la colectiva no son inmediatamente perceptibles y sin embargo son socialmente muy dinámicas.  Imaginemos un cambio universitario sin cambios en la cultura institucional y los valores.  Tal vez llegue a una modificación física, organizacional o de la estructura legal.  Pero sólo con eso no logramos un cambio importante. Esto no ayuda en nada si se queda ahí porque no hay cambio en las mentalidades.  El patrón de las interacciones entre docentes y alumnos no cambia si no hay cambio de valores.  Lo mismo sucede en las relaciones entre Universidad y Sociedad.  Si las acciones no van más allá de la definición de nuevas normas, sólo pueden obtenerse ajustes formales.

         Una transformación en los valores y en la cultura institucional requiere metodologías no tradicionales.  Debemos estar en la disposición de estudiar los valores y aprender sobre ellos. No podemos persistir en la simple adquisición de conocimiento sobre valores y actitudes.  Veamos, por ejemplo, la didáctica usual de los programas de Derechos Humanos.  La mayoría hace énfasis en lo cognoscitivo, en adquirir contenidos educacionales.  No se puede lograr mucho con esos enfoques porque muchas decisiones y acciones -- tal vez la mayoría en nuestras vidas -- no son plenamente conscientes, lógicas y determinadas por el saber.  A menudo son improvisadas, intuitivas y basadas en valores.

         Aparte de ser comprendidos, y posiblemente sin una comprensión suficiente de ellos, los valores son internalizados.  Se conectan y se acoplan en la subjetividad de los individuos.  Entonces se ratifican, sancionan y convalidan en la práctica cotidiana, en las interacciones con maestros, directivos, compañeros y otras personas, antes de convertirse en convicciones y conductas conscientes e inconscientes en la vida práctica de cada uno.  Este es un proceso largo que tiene su propia dinámica y su propio tiempo.

         Además, en el ejercicio de los valores parece darse la característica del efecto potenciador o sinérgico, como sucede con respecto a los satisfactores de las necesidades humanas[ii] y los elementos del proceso educativo.[iii]  Es decir, que el ejercicio de un valor, como puede ser el aprecio por la verdad, se refuerza y consolida con el ejercicio de otro, como pueden ser el sentido de justicia y la búsqueda de la libertad.  Probablemente existe un tipo adicional de sinergismo cuando los valores se practican por los miembros de un grupo o comunidad y no sólo por individuos solitarios.  Los programas que propician cambios en los valores deben tomar esto en cuenta.

         De igual manera, las iniciativas que pretenden modificar los valores tendrán éxito cuando, entre otras medidas, los responsables del proyecto educativo practiquen coherentemente tales valores y den al aprendizaje el tiempo suficiente.  Con estas consideraciones, propongo la reflexión sobre algunos valores que pueden servir como ejes en la tarea de propiciar el desarrollo de valores en la educación universitaria.

La Dignidad Humana.

         La persona humana es un alguien, no un algo, cuya existencia y realización depende de las de los demás.  En el enunciado de Fromm “el hombre no es una cosa” se expresa el problema ético central de la civilización.  La persona sola, aislada, no existe.[iv] La identidad misma es relativa pues depende del encuentro con otro.  La educación y la realización personales requieren, por lo tanto, la educación y realización colectivas que son complementos necesarios.  La mía y la ajena, que a la vez es propia.

         Los prin­cipios universitarios se han desarrollado social e históricamente como respuesta a los problemas, necesidades e intereses del pro­ce­so histórico y social del entorno, en un marco de res­peto a la dignidad humana y alta valoración del desa­rrollo humano integral.  En la misma dirección, el desarrollo humano como se comprende actualmente, se sustenta en la satisfacción de las necesidades humanas fundamentales, en la generación de niveles crecientes de autodependencia y en la articulación orgánica de los seres humanos con la naturaleza y la tecnología, de los procesos globales con los comportamientos locales, de lo personal con lo social, de la planificación con la autonomía y de la Sociedad Civil con el Estado.  Lograr la transformación de la persona-objeto en persona-protagonista del desarrollo es, entre otros, un problema de escala, porque no hay protagonismo posible en organizaciones jerarquizadas de arriba hacia abajo.[v]

         Educarse a sí mismo o a otros es un acto humano.  Lo esencial en el acto educativo es la vivencia de individuos y grupos en procesos sociales concretos, en la vida cotidiana y no los lugares o los programas.  Cuando la enseñanza se acerca más al aprendizaje es cuando se aproxima a los intereses del educando, cuando se hace intuitivo, dinámico, complejo y fundamentalmente basado en procesos educativos, no sólo en contenidos educativos.  Sólo así es capaz de desencadenar iniciativas porque sólo así tiene sentido para el educando.

         Cuando la Universidad adopta mejor estas características es en los momentos en que integra las actividades de investigación, trabajo académico y enseñanza-aprendizaje en interacción con ambientes y sociedades concretas, para cooperar en la transformación institucional y la del medio social.  Precisamente ésa es una definición de la extensión universitaria.  De ahí también, el valor de la extensión como función prioritaria de la vida universitaria.

La Coherencia.

         La búsqueda de la coherencia es necesaria en todos los aspectos de la vida.  Es un ideal plausible el de ser coherentes en todo.  Por el momento, sólo haré destacar algunos aspectos en los que es necesario analizar y tomar decisiones.  La búsqueda de la coherencia adopta varias formas.  Uno es el de la coherencia entre el discurso y la práctica que es paso nece­sario para hacer aportes efectivos, transparentes y confiables de la Universidad al país y al interior mismo de la Universi­dad.  Para una comunidad es importante la co­he­rencia de la Uni­ver­sidad con el entorno social.  Además, puede resultar productiva la búsqueda de la coherencia entre los procedimientos políticos internos y los administrativos con los académicos que son prioritarios.  Así, puede haber varios enfoques para analizar la coherencia.

         Entre ellos me parece muy valiosa la propuesta del “postulado de la coherencia”,[vi] el cual afirma que entre 1) los propósitos institucionales, 2) los métodos para alcanzarlos y 3) las formas de organización existen relaciones y condiciones que rigen uno al otro.  Aplicado a la Universidad es conveniente introducir al postulado el elemento adicional de 4) los productos.[vii]  Es substancial que se analice en forma participativa cómo es y cómo ha cambiado la coherencia entre los propósitos universitarios, los métodos que aplica para alcanzarlos, las formas de organización que adopta para tales propósitos, y qué relación guardan estos tres elementos entre sí y con los productos institucionales.  Es importante valorar altamente la coherencia entre estos elementos, al igual que la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

La Calidad Académica.

         Los retos del contexto y la época obligan al movi­miento universitario a cultivar los valores ligados a la calidad académica en todas las funciones universitarias.  Como ha sido indicado con relación a la docencia, el concepto de calidad en la educación universitaria es un concepto relativo y evaluativo.  Algo puede ser de mejor o peor calidad que otro dentro de un conjunto de elementos, o en comparación con algo que sirve de referencia.  El cambio en la calidad educativa tiene dirección (la orientación teleológica y la concepción curricular), magnitud (la dimensión del cambio que se realiza) y sentido (grado de avance o retroceso hacia la orientación teleológica).[viii]  A partir de esta concepción puede analizarse el cambio educativo y su significado para la sociedad.

         Los resultados de un cambio educativo pueden ser considerados positivos por aquellos que comparten ciertos valores, y negativos para quienes sustentan valores antagónicos.  Esta es, entre otras, una buena razón para buscar la más amplia participación posible en un proceso de cambio educativo.  Un conveniente primer paso es ponerse de acuerdo en cuál es la misión de la Universidad y cuáles son las estrategias para cumplirla.

         Los movimientos orientados a mejorar la calidad educativa dependen de la integración de los componentes de la acción educativa, incluyendo los aspectos éticos.

El cambio positivo de la calidad en los procesos educativos es un valor que debe ser promovido continuamente.

La Diversidad y la Diferencia.

         Un modelo educativo universitario que aplica la uniformidad en la enseñanza-aprendizaje, la investigación y la extensión, aparte de ser muy rígido, está mal colocado para enfrentar la diversidad del mundo real.  La diversidad contiene potencial y promesa para superar los problemas humanos.  Consecuentemente cuando se discuten intereses y problemas, la apreciación y el fomento de la diversidad en la participación están en favor del progreso humano. Su opuesto es la exclusión.

         Aunque el concepto se originó en la genética, con relación a lo educativo y lo social puede decirse que la vulnerabilidad de un sistema es inversamente proporcional a la diversidad que contiene.[ix] En el campo de lo social, la diversidad hace más resistente a una institución contra las fuerzas adversas.  Tiene que ver con legitimidad y justicia ya que fomenta la incorporación de individuos a procesos sociales y comunitarios como miembros de organizaciones y sectores sociales y facilita la equidad en la distribución de bienes y oportunidades.  En una institución la diversidad es valiosa para consolidarse en el futuro.

         Las acciones que excluyen conscientemente a hombres o mujeres, o a uno o más grupos sociales tienen que recurrir al autoritarismo.  La exclusión contradice los principios del humanismo y la ciencia.

         El modelo educativo que prevalece en Guatemala y en el continente americano, en general, tiene un enfoque excluyente y parcial.  Sostiene la superioridad de la razón sobre la intuición y la emoción, de la objetividad sobre la subjetividad, la independencia del dato empírico con respecto al contexto, la existencia de verdades universales, la primacía de la tecnología sobre creencias y significados.[x] El resultado es un encapsulamiento arbitrario.  Esto ayuda a explicar el descuido en el aprendizaje de valores que se ve en las instituciones educativas.

         Las limitaciones de ese modelo empiezan a romperse en muchas universidades.  Los programas educativos valoran la diferencia de culturas, apreciaciones, conocimientos y enfoques.  Se integran al curriculum los contenidos de género, derechos humanos, ambientales y étnicos.  No obstante, estas diferencias todavía se tratan con perspectiva de objeto o temas de estudio.  El estudio acerca de los derechos humanos, por ejemplo, no ha modificado sus procesos de enseñanza-aprendizaje.  No ha variado los métodos docentes.

         La valoración de las diferencias lleva a reunir las diferentes capacidades de un grupo o comunidad.  De manera que cuando la tarea es crear bienes filosóficos, científicos, técnicos o políticos como puede ser el caso de los esfuerzos para el desarrollo de paradigmas, hallazgos científicos o alternativas de decisión y acción, se hace patente la necesidad de las diferencias.  Poca iniciativa puede crearse si todos pensamos igual.  En sentido contrario, la presión para asemejar las opiniones no logra hacer pensar a todos igual.  Lo que sí produce es generar conflicto innecesario y pospone las salidas democráticas.  La transformación curricular implica la revisión de las premisas fundamentales acerca del conocimiento y las formas de aprender.  Para eso son necesarias todas las diferentes capacidades de una comunidad.

         Si aprendemos a tener en alta estima la diversidad y la diferencia y actuamos coherentemente, podremos ver repercusiones en la educación porque llevan a la reflexión e interconexión de varios asuntos:  los enfoques multidimensionales, la participación de colectividades en los programas educativos, la entrada de la ética y la estética al proceso formativo, el trabajo en equipo y la comprensión de la misión cívica de la Universidad y la Escuela.

La Participación Democrática.

         Urge un modelo educativo que no se postre acríticamente hacia el futuro previsto por los prestidigitadores del mercado.  La Universidad es una oportunidad para construir ese modelo.  Las condiciones de la verdad y las de la democracia son similares.  Ninguna de las dos concede privilegio a los argumentos según cómo o quién los origina; ni un individuo tiene privilegios sobre otros según qué jerarquía tiene.  La educación, la investigación y la extensión no florecen en medios que atentan contra la libertad y la corresponsabilidad en el trabajo intelectual y político.

         La democratización del entorno social, la creación de una democracia de palabras (ciencia y conocimiento) y una democracia de hechos (el estado democrático) son actividades cívicas que constituyen parte del conjunto de acciones que conforma la misión cívica de la Universidad,[xi] la participación democrática.  Si los asuntos cívicos y políticos abarcan más que influenciar o censurar gobiernos, entonces la Universidad debe hacer su mejor esfuerzo para preparar a la próxima generación para la vida pública.[xii] La Universidad (profesores y estudiantes) debe establecer relaciones de cooperación con otros sectores de la sociedad que, en un marco de respeto mutuo, coin­cidan en el objetivo común de construir la sociedad y reducir las desigualdades.  En el ambiente cotidiano, las maneras como el docente trata al o a la estudiante y cómo actúa frente a las diferencias individuales son puntos decisivos para impulsar un clima en el que todo el mundo aprenda y enseñe.  Tratar al estudiante con dignidad es esencial.  Sin duda existe un nexo entre el campo de la educación y el de la participación democrática.  Sus propósitos y sus métodos son muy cercanos.

         Sin embargo, no es posible cultivar las capacidades necesarias para la participación democrática bajo la improvisación.  Es necesario tener la disposición favorable para aprender los métodos de la deliberación y los procesos políticos de la Sociedad Civil.  Tal vez es hora de dejar la queja por los males sociales y la desesperanza por la inadecuación de los estudiantes.  Tal vez llegó la hora de pensar en lo que significa decir que la comunidad es el principio y el fin de la educación.  Y si realmente lo creemos, hacer algo al respecto, de palabra y de hecho.

VII.   Conclusión.

         En conclusión, el contexto y la época actuales demandan esfuerzos renovados a las universidades.  Sin embargo, los cambios necesarios sólo pueden ser impulsados eficazmente con el aprendizaje y la práctica de nuevos valores.  Por tener responsabilidades en la formación integral de personas, las universidades comparten responsabili­dades en el aprendizaje de los conocimientos, las capacidades y los valores que requiere la vida en una sociedad democrática, lo cual es más que una capacitación profesional.  Para aprender a practicar nuevos valores conviene identificar y corregir los antivalores actuales y fomentar la práctica de valores, tales como la dignidad humana, la coherencia, la calidad académica, el aprecio por la diversidad y la diferencia, la participación democrática y otros.  Para ayudar a resolver las demandas impuestas a las universidades contemporáneas, existe promesa en el cultivo de los valores que son comunes a la ciencia y la filosofía, la educación y los procesos políticos de la democracia.



 

 

VIII. REFERENCIAS.

 

[i] .             Bravo, Mario A., R.  M.  Cruz, M.  González Avila, R.  Gramajo de Arévalo, M.  Gutiérrez, M.  Maldonado de Martínez, E.  Ríos de Maldonado, E.  Soto Urbina, y S.  Toledo.  Fundamentos Generales de la Transformación de la Universidad de San Carlos de Guatemala.  Universidad de San Carlos de Guatemala.  Guatemala.  Octubre, 1993.

 

[ii] . Max-Neef, Manfred, A.  Elizalde, y M.  Hopenhayn.  América Latina: Crisis y Perplejidad.  En: Desarrollo a Escala Humana.  Una Opción Para el Futuro.  CEPAUR y Fundación Dag Hammarskjold.  Development Dialogue.  Número Especial 1986.

 

[iii] .            Gutiérrez, Francisco.  El Proceso de la Demanda.  Instituto Latinoamericano de Pedagogía de la Comunicación.  s.f.

 

[iv] .           Aragó, Joaquín.  La Dignidad de la Persona Humana.  En: Estudios Sociales.  IV Época.  Universidad Rafael Landívar.  Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales.  No.  51.  1994.

 

[v] .            Max-Neef y col.  Op.  cit.

 

[vi] .           Testa, Mario.  Planificación en Salud: Las Determinaciones Sociales.  En: Ciencias Sociales y Salud en la América Latina.  Tendencias y Perspectivas.  Ed.  por Everardo Duarte Nunes.  OPS/OMS-CIESU, Montevideo, 1986.

 

[vii] .           González, Manuel.  ¿Qué Universidad Queremos? ¿Cuál Necesitamos? 1. El Riesgo de un Cambio Intrascendente.  Cuadernos de Extensión  No. 2.  Programa de Discusión y Debate.  Dirección General de Extensión Universitaria.  Universidad de San Carlos de Guatemala.  Guatemala.  Junio 1994.

 

[viii] .          González, Luis E.  En: La Calidad de la Docencia en América Latina y el Caribe.  CINDA.  Santiago de Chile.  1990.

 

[ix] .            Max-Neef, Manfred y A.  Elizalde.  Sociedad Civil y Cultura Democrática.  Mensajes y Paradojas.  NORDAN-CEPAUR.  Montevideo.  1990.

 

[x] . Fried, Jane.  Monocultural Perspectives and Campus Diversity.  Higher Education Exchange.  1995.

 

[xi] .            Barber, Benjamin R.  The Civic Mission of the University.  In: Higher Education and the Practice of Democratic Politics.  A Political Education Reader.  Kettering Foundation.  Dayton, Oh.  1991.

 

[xii] .           Mathews, David.  Civic Intelligence.  In: Higher Education and the Practice of Democratic Politics.  A Political Education Reader.  Kettering Foundation.  Dayton, Oh.  1991.

 

 

 

 

 

 

 

Manuel González Avila

Departamento de Educación Odontológica

Universidad de San Carlos de Guatemala

Guatemala, Enero de 1996.

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