¿Para
una universidad centroamericana cuáles son los retos que plantea el
subdesarrollo científico, técnico, social y político de su entorno social y una
dinámica mundial nueva y compleja?
¿Cómo
podemos enseñar habilidades democráticas y cívicas en un medio que en muchas
formas importantes es antidemocrático?
¿Son
importantes los valores y la ética para definir acciones por parte de
individuos e instituciones? ¿Si lo son, cómo operan los mecanismos de
aprendizaje y expresión de valores?
¿Qué
modalidades educativas han fracasado en la Universidad para promover actitudes
y valores en profesores y alumnos? ¿Qué hacer para superar las equivocaciones
del pasado?
¿Hemos
planteado todas las preguntas que son necesarias y suficientes para tomar
decisiones en torno lo que queremos de la Universidad e introducir cambios
reales?
¿Cuáles
son los valores que subyacen en las conductas actuales de la Universidad? ¿Son
ellos los más coherentes con los propósitos universitarios? ¿Cuáles pueden ser
los valores de una nueva Universidad coherente con la Sociedad y consigo misma?
Las reflexiones que se plantean aquí
han resultado de las experiencias del autor como profesor, investigador y
administrador académico en la Universidad de San Carlos de Guatemala desde la
década de los años 70. Algunas de las
condiciones que se comentan son aplicables a otras universidades de Centro
América y, probablemente, también en otras regiones. Adicionalmente, las propuestas pueden ser de
valor para los interesados en temas relacionados con las innovaciones
universitarias y la democracia.
Algunas universidades muestran los
efectos de una prolongada crisis educativa cuyos signos se manifiestan en casi
toda la vida académica. En Guatemala se
ha sentido la crisis y se han propuesto algunas soluciones, pero muchas de
éstas tienen carácter inmediatista. Además carecen de
los suficientes elementos para corregir los problemas. Hay falta de espacios para deliberar sobre
los propósitos de la Universidad y la misión que tiene con respecto a la
Sociedad. A menudo vemos apoyo exclusivo
a procesos formales iniciados de arriba hacia abajo, como un requisito que
hay que cumplir. Esto conlleva grandes
riesgos. Uno de ellos es que conduzca a la Universidad a decidir
cambios superficiales cuando tal vez lo que se necesita son cambios
profundos. También puede llevarnos al
autoaplauso en la ilusión de que realizamos algo fundamental cuando en realidad
sólo efectuamos modificaciones cosméticas.
Con ello se posponen los cambios necesarios, se agrava la crisis y la
Universidad se expone vulnerable ante intereses particulares.
Es necesario un cambio de actitudes y
valores en las maneras como pensamos, hablamos y actuamos. Es cierto que la Universidad puede contribuir
a consolidar los valores actuales; pero
también puede asumir una función crítica frente a ellos y puede apoyar la
realización de cambios positivos en la Sociedad y en sí misma. Si los resultados de una decisión
universitaria se han de materializar en actos, actitudes, métodos, contenidos,
políticas y filosofías,
es necesario que todos los sectores de la Universidad tengan oportunidades de
expresarse con libertad. El diálogo debe incluir a investigadores, profesores,
alumnos, administradores y organizaciones de la Sociedad. Entonces, antes de prescribir soluciones improvisadas, caben las
preguntas. ¿Pueden hacerse los cambios
deseados sin una participación amplia?
¿Hay una innovación real cuando los resultados finales del proceso son
documentos y no cambio de actitudes y nuevos propósitos? ¿Pueden lograrse las innovaciones sin cambio
de valores?
Esta presentación ofrece unas notas de
reflexión sobre el tema de los valores en la educación universitaria, con un ir
y venir entre lo que es y lo que podría ser.
Los procesos políticos, económicos y
sociales que desde mediados de 1989 han ocurrido en el mundo, han generado un
contexto drásticamente distinto al que estuvimos acostumbrados durante
décadas. El esquema de bipolaridad en la
política mundial dio paso
a una nueva época en la historia. Esta época comienza a caracterizarse por una
sola hegemonía militar, multipolaridad económica manifestada en la conformación
de grandes bloques en abierta disputa por megamercados transnacionales,
explosión de la información al mismo tiempo que implosión del significado,
creciente control del consumo basado en el avance tecnológico de los medios de
comunicación y ensanchamiento de la brecha entre países ricos y países
pobres. La conclusión de la confrontación
Este-Oeste deja ver ahora la de Norte-Sur.
El esquema, no obstante, sigue siendo manifestación del que desde hace
siglos existe entre el capital y el trabajo.
Estas y otras condiciones han
modificado substancialmente la realidad política de numerosos países incluidos
los países centroamericanos. Sin
embargo, las estructuras económicas y sociales siguen siendo las mismas.
Observamos destrucción del ambiente, desprecio por la cultura y la diversidad,
sensación de impotencia de las personas para controlar sus destinos, y
sociedades aparente o falsamente democráticas, a veces claramente
antidemocráticas. En varios países vemos
Estados autoritarios y excluyentes, grandes poblaciones que sobreviven con alto
grado de pobreza y enfermedad, bajo nivel educativo, pobre desarrollo político
y relativamente baja capacidad científica y técnica.
Pero también se han producido procesos
de transición que traen consigo nuevas oportunidades. Estos quizá contienen los
caminos alternativos. Los espacios de
participación política se han ido abriendo a la par de la distensión de la
política mundial. La intolerancia
ideológica gradualmente ha cedido paso al diálogo y al respeto a la
diversidad. Nuevos sujetos de la
sociedad civil se constituyen en protagonistas de movimientos políticos y
sociales: los pueblos indígenas, los
movimientos humanitarios, las organizaciones de mujeres, la protección del
ambiente e incipientes organizaciones que propugnan por un efectivo Estado de
Derecho y el fin de la impunidad.
De una manera muy explícita la Sociedad
demanda acciones para impulsar la paz y
el diálogo y se manifiesta por la eliminación de todas las formas de conflicto
armado y las maniobras políticas basadas en la intimidación o la fuerza.
En la
actualidad los aportes universitarios adquieren especial importancia. Quiérase o no, los fenómenos económicos
globales imponen urgentes transformaciones educativas. Las sociedades actuales
dan alta prioridad a la tecnología y muestran tendencias a cosificar a las
personas. Los problemas de paz y
democracia de unos países afectan a otros. Brotan tensiones sociales a partir
de las diferencias no resueltas entre ricos y pobres. Todos estos son temas contemporáneos que caen
dentro de los ámbitos de la Ciencia y las Humanidades (tales como biofísica,
microbiología, medicina, ética, ciencia política y sociología, por ejemplo) y,
por lo tanto, de las universidades.
Hay entonces una clara necesidad de que
las universidades busquen nuevas maneras de cumplir sus funciones y ofrezcan
respuestas concretas a los dilemas sociales.
Esto debe tratarse con la consideración de las condiciones internas
propias de la Universidad y algunas de las disyuntivas actuales. Algunas de
éstas son tópicos conflictivos, como por ejemplo, la controversia entre
profesionalización y formación general, especialización y “polivalencia”, y
el énfasis en contenidos o procesos educativos.
También se enfrentan problemas en el crecimiento de la población
estudiantil, la estrechez financiera, la pérdida de docentes e investigadores
ante el sector público y el privado, la carencia de los suficientes programas
de postgrado, problemas en el reconocimiento de las competencias y
conocimientos adquiridos fuera de la educación escolarizada, la incoherencia de
los esquemas administrativos con respecto a los propósitos académicos y otros.
Como estos son retos que debe asumir la
Universidad, es necesario buscar maneras para exponer abierta y
participativamente las necesidades de la Sociedad y la Universidad e
identificar las que son comunes a ambas.
Sólo entonces podremos seleccionar opciones para actuar con mejor
posibilidad de éxito. Para hacer esto,
los procedimientos decisorios y operacionales actuales no son suficientes
porque son cerrados. Es importante que comprendamos los mecanismos y valores
inherentes a los procesos de la toma de decisiones para poder identificar las
fallas y corregir los valores que subyacen en ellos.
Nuestro primer esfuerzo ha de ser el de
buscarnos a nosotros mismos y convencernos que el mejor desarrollo posible es
el desarrollo de un movimiento universitario capaz de ser coherente con sí
mismo. No en comparación con otros
movimientos o instituciones.
En Guatemala, los problemas que
enfrenta actualmente la Universidad estatal son explicables como procesos
históricos generados por varias causas.
Algunas son internacionales y globales.
Otras son muy puntuales y también muy decisivas en la vida
institucional, como la singular violencia desatada contra la Universidad y la
sociedad en general en la década pasada.
Lo real es que ahora los problemas están ahí. Es necesario abrirlos, aceptarlos como
situaciones problemáticas y decidir colectivamente las opciones de solución. Puede demostrarse la existencia de las
siguientes condiciones.[i]
En forma breve describen la situación actual.
En
Enseñanza-Aprendizaje. No existe un proyecto curricular institucional. Esto implica que falta una teoría educativa explícita
que oriente los programas, que no existe documentación, discusión ni
aceptación de los principios valorativos para el proceso educativo en la
Institución en su conjunto, y que falta integración del proceso educativo con
la investigación y la extensión, entre otros problemas.
En
Investigación. El impacto de la investigación realizada es
insuficiente. La época y el contexto
demandan un mayor esfuerzo en esta área.
Pero no se ha podido vencer por un lado, el poco entendimiento de los
fines de la investigación y, por otro, los obstáculos burocráticos. Además, hay falta de aprovechamiento de
oportunidades de financiamiento externo, internacional y nacional. Así, hay pocos elementos teóricos, que se
articulen como un sistema de conocimientos, que puedan señalarse como aporte
decisivo de la Universidad.
En
Extensión. Hay falta de apoyo institucional para el desarrollo de
formas alternativas de vinculación de la Universidad con la Sociedad en los
órdenes de la integración académica (falta de apoyo a los programas con
comunidades, EDC, EPS y EPSUM), el desarrollo cultural y la comunicación social
(folletos, televisión, comunicación gráfica, producción editorial).
En los
Programas de Apoyo (Marco Jurídico, Administración y Finanzas). El problema jurídico de la Universidad consiste en que hay incongruencia
entre las normas jurídicas, por un lado, y los propósitos, procedimientos y
formas de organización de la Universidad, por el otro. Algunos de los obstáculos legales son
fundamentales. La burocracia
administrativa y financiera central realiza una actividad que, sirviéndose a sí
misma, está desvinculada de los propósitos fundamentales de la USAC. No se ejecuta una política administrativa que
busque la eficiencia y eficacia de sus procesos. Además, carece de alternativas importantes de
financiamiento aparte de la asignación estatal.
El presupuesto universitario se utiliza en alto porcentaje para la
administración y relega a un plano secundario la investigación, la docencia, la
extensión y la inversión para el desarrollo educativo.
Sin pretender dar una definición, los
valores pueden entenderse como aquellas condiciones, características o cualidades
intrínsecas en las sociedades y personas, en el ambiente natural o en las cosas
que pensamos que son importantes, deseables o preciosas. Son relativas y contrarias a los antivalores. Cuando se encuentran en la Universidad, los
valores y los antivalores guardan correspondencia con sus contrapartes en la
Sociedad por cuanto que la Universidad es parte de ella.
Los procedimientos, los métodos y los
procesos internos que aplica una institución imprimen su marca y son determinantes
sobre los productos. En el caso de las
instituciones educativas, los productos son conocimientos, métodos e imagen
pública, entre otros. En conjunto, todos
ellos constituyen la cultura institucional pues expresan consciente e
inconscientemente las ideologías y valores subyacentes. Su discusión ayuda a explicar en alguna
medida algunas de las limitaciones universitarias mencionadas antes.
Las pretensiones de cambio académico
real deben considerar los procedimientos que la Universidad aplica internamente
y comprometerse a examinar la cultura institucional en el largo plazo. Los antivalores deben ser identificados, en
primer lugar. Luego, su presencia debe
ser aceptada como problemática --lo cual es difícil por cuanto que usualmente
no se piensa que uno mismo practica antivalores-- y corregidos o
contrarrestados.
La práctica de métodos docentes y administrativos
autoritarios sólo puede ayudar a perpetuar una práctica autoritaria y arbitraria. Como puede esperarse, cuando los estudiantes
son formados con métodos autoritarios se conviertan en profesionales que
también reproducen métodos autoritarios.
Los ejemplos de una práctica autoritaria se encuentran cuando un
administrador, docente o estudiante decide y ejerce acciones excluyentes, exige
una mal entendida “disciplina” entre sus colaboradores y tiene o aplica la
visión vertical del “jefe.” Cuando la disciplina mal entendida y “obediente al jefe”
se aplica al trabajo intelectual no toma en cuenta que las ciencias y las humanidades
son amplias, plurales y deliberativas.
No son intolerantes ni subordinadas a la autoridad. Los esfuerzos educacionales que desean
contribuir a una experiencia universitaria crítica y reflexiva no pueden ser
intransigentes. Los procesos
autoritarios son deficientes por naturaleza.
El desarrollo del criterio profesional y académico no se favorece en
las estructuras jerárquicas verticalistas y sofocantes. Más bien necesitan ambientes que propician el
pensamiento exploratorio, reflexivo y el análisis deliberativo.
Bajo el
autoritarismo, los aportes a los procesos de paz y a la democratización
son necesariamente pobres, por cuanto que es escaso el sustento político
que pueden lograr las iniciativas verticales.
Y agregado a esto, se darán en un medio social que ya es notoriamente
autoritario y excluyente. El producto
tenderá a reforzar las mismas características. En esa forma de entender las relaciones
humanas, la Universidad no favorece al nuevo profesional, ni a la Sociedad,
ni a ella misma.
Las opciones opuestas al autoritarismo
se encuentran en el cumplimiento fiel de los fines universitarios; y ante todo en la participación y en los
esfuerzos por lograr la reflexión, el terreno común y el diálogo.
El rechazo a la crítica tiene manifestaciones
diversas: las contrataciones hechas sólo
a personas afines, la refutación falaz ante un planteamiento adverso, la
ausencia de debate público y deliberación.
En sus actos excluyentes los que rechazan a la crítica ahogan la
expresión de caminos alternativos para comprender los problemas y las opciones
de solución.
Este antivalor es evidente en algunos
sectores universitarios. Muchos, sin
embargo, conservan su capacidad crítica y autocrítica. El rechazo a la crítica es observable en
algunos funcionarios y profesores cuando aparecen señalamientos que resultan
incómodos, aun cuando tales señalamientos se ofrecen a la comunidad para
procurar el diálogo y la reflexión.
Tal parece que no hemos llegado a comprender
suficientemente en nuestras instituciones que la crítica cuando no es falaz e
irresponsable, es positiva y signo inequívoco de optimismo. Y al revés, todas las manifestaciones contra
la crítica (exclusión, secretividad, silencio, intriga, complotismo e
indiferencia) son signos inequívocos de desconfianza o desprecio por las
capacidades ajenas. Por eso mismo son
pesimistas.
La crítica así como la generosidad y
la solidaridad empiezan por casa y con nosotros mismos. Frecuentemente se celebra la función crítica
universitaria, especialmente cuando se dirige hacia instituciones externas; pero también se advierte a veces una
exagerada susceptibilidad cuando se expresan las autocríticas. Tal susceptibilidad contrasta con los principios
universitarios porque pierde de vista que la Universidad es necesariamente
heterogénea. El cultivo de las
habilidades intelectuales exige libertad para la discusión y la expresión de
juicios diversos.
Las universidades son instituciones que
apoyan la diversidad en la argumentación y los juicios. El ejercicio de una crítica responsable es un
elemento cardinal en la construcción, reproducción y divulgación de la
ciencia, la filosofía y el arte, las materias primas de la educación
universitaria. El análisis crítico y la
atención al desarrollo de la capacidad de autocrítica deben ocupar un lugar
preponderante en las universidades, especialmente cuando a la par de la crítica
se manifiestan opciones factibles de solución.
Dogmatismo es la adhesión tenaz, irreflexiva y, a
veces, doctrinaria, a verdades supuestamente irrefutables y la negación a
aceptar enfoques o soluciones alternativos, diferentes a los propios. Es afín al sectarismo. Contiene el supuesto de infalibilidad, lo
cual atenta contra la producción científica y envenena el pensamiento
universitario. Es improbable que una persona
adquiera criterios de valoración de las diferencias y cultive la actitud
científica en un ambiente en el que aflora la rigidez del dogmático.
Las manifestaciones abiertamente
dogmáticas son probablemente escasas en el ambiente universitario, pero en
ocasiones sí se observan hábitos sutiles de práctica dogmática. Las actitudes del humanista y el científico no
sólo son abiertas a la deliberación y la reflexión sino que además las valoran
y las promueven. La ciencia y la actitud
universitaria son abiertas a las opciones de interpretación y decisión. Tienden a ser transparentes. Ambos, el pensamiento universitario y la
ciencia empiezan por reconocer que sus métodos y el conocimiento son falibles
y perfectibles. Casi todas las otras
formas de producción y reproducción de conocimiento muestran un rasgo común:
se aferran a verdades absolutas e indiscutibles.
En este punto es inevitable pensar en
las semejanzas compartidas por los enfoques, valores y procedimientos de la
ciencia y la filosofía, los de la actitud universitaria y los de los métodos
políticos de la democracia.
Estos dos aspectos van de la mano. Cuando las soluciones son parciales y carecen
de una visión integral de largo plazo, tienen un impacto social escaso o, peor
aún, son contradictorias entre sí. Por
eso es impostergable resolver las faltas de coherencia entre varios aspectos de
la vida universitaria. La dedicación de
un tiempo prudencial a la reflexión de este punto sería muy provechosa. Por ejemplo, es necesario evaluar el grado de
relación entre los propósitos académicos de la Universidad y los de la
Sociedad. De igual manera, debe
evaluarse la coherencia entre los propósitos académicos de la Universidad y los
de contribución social. ¿Podemos relegar
unos en favor de los otros? ¿Podemos ver
coherencia entre los propósitos universitarios y los productos que entrega a la
Sociedad actualmente?
La búsqueda de objetivos de naturaleza
diferente a la ciencia, la tecnología y las humanidades, como puede ser la
búsqueda de objetivos políticos partidistas, no sólo no es función principal de
la Universidad sino que incluso, desvirtúa a la Institución o la somete a
desgastes innecesarios. Hace entrar a la
Universidad en situaciones que no le son propias, en injustificado conflicto
interno y, muchas veces, también externo.
Debemos analizar los problemas de
coherencia dentro de cada una de las funciones universitarias de
enseñanza-aprendizaje, investigación y extensión, y también entre todas ellas.
La extensión y el trabajo universitario
tienen un rol central para resolver los problemas de incoherencia entre la
Universidad y sus circunstancias histórica, social y ambiental. La extensión universitaria puede ser vista
como un conglomerado de interacciones que busca acciones positivas, mutuamente
reforzantes, entre la Universidad y la Sociedad. Por otro lado, el trabajo universitario es
una actividad universitaria fundamental que da sentido y validez a la
docencia y la investigación. En este
sentido es necesario que analicemos cómo las tres funciones se refuerzan
mutuamente. A partir de ese análisis
pueden hacerse evidentes las oportunidades para coordinarlas en donde sea
aplicable.
El trabajo universitario no tiene lugar
como parte de la educación superior si no se ejecuta en vinculación con las
otras dos funciones. El trabajo
universitario realizado por sí, como fin único, sustrae responsabilidades de
las organizaciones más idóneas para hacerlo y resta esfuerzos y recursos para
efectuar las propias. De igual forma, la
docencia o la investigación carecen de orientación y su validez se hace cuestionable
cuando se realizan sin el reto y la retroalimentación que da la realidad de las
necesidades y expectativas humanas.
Esto no quiere decir que la Universidad
no tiene o no debe perseguir objetivos políticos y de servicio. Son parte esencial de la vida
universitaria. Sólo subrayo que cuando
la Universidad muestra mejor su fuerza política y presencia social, es cuando
hace coherentemente lo que debe hacer.
Cuando dirige sus esfuerzos a lograr acciones positivas en su contexto
natural y social y lo hace por su naturaleza humanística, científica y técnica,
no desvinculada de ella. El poder hacer
de la Universidad y el vigor de su presencia en el País se encuentra en el
cumplimiento efectivo de sus funciones como institución educativa con una
concepción clara sobre su compromiso.
Una mención aparte merece la incoordinación
entre las unidades académicas (autónomas dentro de la autonomía). De ella no puede lograrse más que la
repetición de los enfoques monoprofesionales y aislantes en los egresados.
Necesitamos comprender y resolver
varios ángulos del problema de la incoherencia.
Más adelante se proponen algunos.
En su función de re-crear la cultura, la
Universidad encara dificultades considerables.
Las subjetividades individual y la colectiva no son inmediatamente
perceptibles y sin embargo son socialmente muy dinámicas. Imaginemos un cambio universitario sin
cambios en la cultura institucional y los valores. Tal vez llegue a una modificación física,
organizacional o de la estructura legal.
Pero sólo con eso no logramos un cambio importante. Esto no ayuda en
nada si se queda ahí porque no hay cambio en las mentalidades. El patrón de las interacciones entre docentes
y alumnos no cambia si no hay cambio de valores. Lo mismo sucede en las relaciones entre
Universidad y Sociedad. Si las acciones
no van más allá de la definición de nuevas normas, sólo pueden obtenerse
ajustes formales.
Una transformación en los valores y en
la cultura institucional requiere metodologías no tradicionales. Debemos estar en la disposición de estudiar
los valores y aprender sobre ellos. No podemos persistir en la simple
adquisición de conocimiento sobre valores y actitudes. Veamos, por ejemplo, la didáctica usual de
los programas de Derechos Humanos. La
mayoría hace énfasis en lo cognoscitivo, en adquirir contenidos educacionales. No se puede lograr mucho con esos enfoques
porque muchas decisiones y acciones -- tal vez la mayoría en nuestras vidas --
no son plenamente conscientes, lógicas y determinadas por el saber. A menudo son improvisadas, intuitivas y
basadas en valores.
Aparte de ser comprendidos, y
posiblemente sin una comprensión suficiente de ellos, los valores son
internalizados. Se conectan y se acoplan
en la subjetividad de los individuos.
Entonces se ratifican, sancionan y convalidan en la práctica cotidiana,
en las interacciones con maestros, directivos, compañeros y otras personas,
antes de convertirse en convicciones y conductas conscientes e inconscientes en
la vida práctica de cada uno. Este es un
proceso largo que tiene su propia dinámica y su propio tiempo.
Además, en el ejercicio de los valores
parece darse la característica del efecto potenciador o sinérgico, como sucede
con respecto a los satisfactores de las necesidades humanas[ii]
y los elementos del proceso educativo.[iii] Es decir, que el ejercicio de un valor, como
puede ser el aprecio por la verdad, se refuerza y consolida con el ejercicio de
otro, como pueden ser el sentido de justicia y la búsqueda de la libertad. Probablemente existe un tipo adicional de
sinergismo cuando los valores se practican por los miembros de un grupo o
comunidad y no sólo por individuos solitarios.
Los programas que propician cambios en los valores deben tomar esto en
cuenta.
De igual manera, las iniciativas que
pretenden modificar los valores tendrán éxito cuando, entre otras medidas, los
responsables del proyecto educativo practiquen coherentemente tales valores y
den al aprendizaje el tiempo suficiente.
Con estas consideraciones, propongo la reflexión sobre algunos valores
que pueden servir como ejes en la tarea de propiciar el desarrollo de valores
en la educación universitaria.
La persona humana es un alguien, no un algo, cuya
existencia y realización depende de las de los demás. En el enunciado de Fromm “el hombre no es una
cosa” se expresa el problema ético central de la civilización. La persona sola, aislada, no existe.[iv]
La identidad misma es relativa pues depende del encuentro con otro. La educación y la realización personales
requieren, por lo tanto, la educación y realización colectivas que son
complementos necesarios. La mía y la
ajena, que a la vez es propia.
Los principios universitarios se han
desarrollado social e históricamente como respuesta a los problemas,
necesidades e intereses del proceso histórico y social del entorno, en un
marco de respeto a la dignidad humana y alta valoración del desarrollo humano
integral. En la misma dirección, el
desarrollo humano como se comprende actualmente, se sustenta en la satisfacción
de las necesidades humanas fundamentales, en la generación de niveles
crecientes de autodependencia y en la articulación orgánica de los seres
humanos con la naturaleza y la tecnología, de los procesos globales con los
comportamientos locales, de lo personal con lo social, de la planificación con
la autonomía y de la Sociedad Civil con el Estado. Lograr la transformación de la persona-objeto
en persona-protagonista del desarrollo es, entre otros, un problema de escala,
porque no hay protagonismo posible en organizaciones jerarquizadas de arriba
hacia abajo.[v]
Educarse a sí mismo o a otros es un
acto humano. Lo esencial en el acto
educativo es la vivencia de individuos y grupos en procesos sociales concretos,
en la vida cotidiana y no los lugares o los programas. Cuando la enseñanza se acerca más al
aprendizaje es cuando se aproxima a los intereses del educando, cuando se hace
intuitivo, dinámico, complejo y fundamentalmente basado en procesos educativos,
no sólo en contenidos educativos. Sólo
así es capaz de desencadenar iniciativas porque sólo así tiene sentido para el
educando.
Cuando la Universidad adopta mejor
estas características es en los momentos en que integra las actividades de
investigación, trabajo académico y enseñanza-aprendizaje en interacción con
ambientes y sociedades concretas, para cooperar en la transformación
institucional y la del medio social.
Precisamente ésa es una definición de la extensión universitaria. De ahí también, el valor de la extensión como
función prioritaria de la vida universitaria.
La búsqueda de la coherencia es necesaria en todos los
aspectos de la vida. Es un ideal
plausible el de ser coherentes en todo.
Por el momento, sólo haré destacar algunos aspectos en los que es
necesario analizar y tomar decisiones.
La búsqueda de la coherencia adopta varias formas. Uno es el de la coherencia entre el discurso
y la práctica que es paso necesario para hacer aportes efectivos,
transparentes y confiables de la Universidad al país y al interior mismo de la
Universidad. Para una comunidad es
importante la coherencia de la Universidad con el entorno social. Además, puede resultar productiva la búsqueda
de la coherencia entre los procedimientos políticos internos y los
administrativos con los académicos que son prioritarios. Así, puede haber varios enfoques para
analizar la coherencia.
Entre ellos me parece muy valiosa la
propuesta del “postulado de la coherencia”,[vi]
el cual afirma que entre 1) los propósitos institucionales, 2) los métodos para
alcanzarlos y 3) las formas de organización existen relaciones y condiciones
que rigen uno al otro. Aplicado a la
Universidad es conveniente introducir al postulado el elemento adicional de 4)
los productos.[vii] Es substancial que se analice en forma
participativa cómo es y cómo ha cambiado la coherencia entre los propósitos
universitarios, los métodos que aplica para alcanzarlos, las formas de
organización que adopta para tales propósitos, y qué relación guardan estos
tres elementos entre sí y con los productos institucionales. Es importante valorar altamente la coherencia
entre estos elementos, al igual que la coherencia entre lo que se dice y lo que
se hace.
Los retos del contexto y la época obligan al movimiento
universitario a cultivar los valores ligados a la calidad académica en todas
las funciones universitarias. Como ha
sido indicado con relación a la docencia, el concepto de calidad en la
educación universitaria es un concepto relativo y evaluativo. Algo puede ser de mejor o peor calidad que
otro dentro de un conjunto de elementos, o en comparación con algo que sirve de
referencia. El cambio en la calidad
educativa tiene dirección (la orientación teleológica y la concepción
curricular), magnitud (la dimensión del cambio que se realiza) y sentido (grado
de avance o retroceso hacia la orientación teleológica).[viii] A partir de esta concepción puede analizarse
el cambio educativo y su significado para la sociedad.
Los resultados de un cambio educativo
pueden ser considerados positivos por aquellos que comparten ciertos valores, y
negativos para quienes sustentan valores antagónicos. Esta es, entre otras, una buena razón para buscar
la más amplia participación posible en un proceso de cambio educativo. Un conveniente primer paso es ponerse de
acuerdo en cuál es la misión de la Universidad y cuáles son las estrategias
para cumplirla.
Los movimientos orientados a mejorar la
calidad educativa dependen de la integración de los componentes de la acción
educativa, incluyendo los aspectos éticos.
El cambio positivo
de la calidad en los procesos educativos es un valor que debe ser promovido
continuamente.
Un modelo educativo universitario que aplica la
uniformidad en la enseñanza-aprendizaje, la investigación y la extensión,
aparte de ser muy rígido, está mal colocado para enfrentar la diversidad del
mundo real. La diversidad contiene
potencial y promesa para superar los problemas humanos. Consecuentemente cuando se discuten intereses
y problemas, la apreciación y el fomento de la diversidad en la participación
están en favor del progreso humano. Su opuesto es la exclusión.
Aunque el concepto se originó en la
genética, con relación a lo educativo y lo social puede decirse que la
vulnerabilidad de un sistema es inversamente proporcional a la diversidad que
contiene.[ix]
En el campo de lo social, la diversidad hace más resistente a una institución
contra las fuerzas adversas. Tiene que
ver con legitimidad y justicia ya que fomenta la incorporación de individuos a
procesos sociales y comunitarios como miembros de organizaciones y sectores
sociales y facilita la equidad en la distribución de bienes y oportunidades. En una institución la diversidad es valiosa
para consolidarse en el futuro.
Las acciones que excluyen
conscientemente a hombres o mujeres, o a uno o más grupos sociales tienen que
recurrir al autoritarismo. La exclusión
contradice los principios del humanismo y la ciencia.
El modelo educativo que prevalece en
Guatemala y en el continente americano, en general, tiene un enfoque excluyente
y parcial. Sostiene la superioridad de
la razón sobre la intuición y la emoción, de la objetividad sobre la subjetividad,
la independencia del dato empírico con respecto al contexto, la existencia de
verdades universales, la primacía de la tecnología sobre creencias y
significados.[x] El
resultado es un encapsulamiento arbitrario.
Esto ayuda a explicar el descuido en el aprendizaje de valores que se ve
en las instituciones educativas.
Las limitaciones de ese modelo empiezan
a romperse en muchas universidades. Los
programas educativos valoran la diferencia de culturas, apreciaciones,
conocimientos y enfoques. Se integran al
curriculum los contenidos de género, derechos humanos, ambientales y
étnicos. No obstante, estas diferencias
todavía se tratan con perspectiva de objeto o temas de estudio. El estudio acerca de los derechos humanos,
por ejemplo, no ha modificado sus procesos de enseñanza-aprendizaje. No ha variado los métodos docentes.
La valoración de las diferencias lleva
a reunir las diferentes capacidades de un grupo o comunidad. De manera que cuando la tarea es crear bienes
filosóficos, científicos, técnicos o políticos como puede ser el caso de los
esfuerzos para el desarrollo de paradigmas, hallazgos científicos o
alternativas de decisión y acción, se hace patente la necesidad de las
diferencias. Poca iniciativa puede crearse
si todos pensamos igual. En sentido
contrario, la presión para asemejar las opiniones no logra hacer pensar a todos
igual. Lo que sí produce es generar
conflicto innecesario y pospone las salidas democráticas. La transformación curricular implica la
revisión de las premisas fundamentales acerca del conocimiento y las formas de
aprender. Para eso son necesarias todas
las diferentes capacidades de una comunidad.
Si aprendemos a tener en alta estima la
diversidad y la diferencia y actuamos coherentemente, podremos ver
repercusiones en la educación porque llevan a la reflexión e interconexión de
varios asuntos: los enfoques
multidimensionales, la participación de colectividades en los programas
educativos, la entrada de la ética y la estética al proceso formativo, el
trabajo en equipo y la comprensión de la misión cívica de la Universidad y la
Escuela.
Urge un modelo educativo que no se postre acríticamente
hacia el futuro previsto por los prestidigitadores del mercado. La Universidad es una oportunidad para
construir ese modelo. Las condiciones de
la verdad y las de la democracia son similares.
Ninguna de las dos concede privilegio a los argumentos según cómo o
quién los origina; ni un individuo tiene privilegios sobre otros según qué
jerarquía tiene. La educación, la
investigación y la extensión no florecen en medios que atentan contra la
libertad y la corresponsabilidad en el trabajo intelectual y político.
La democratización del entorno social,
la creación de una democracia de palabras (ciencia y conocimiento) y una
democracia de hechos (el estado democrático) son actividades cívicas que
constituyen parte del conjunto de acciones que conforma la misión cívica de la
Universidad,[xi]
la participación democrática. Si los asuntos
cívicos y políticos abarcan más que influenciar o censurar gobiernos, entonces
la Universidad debe hacer su mejor esfuerzo para preparar a la próxima
generación para la vida pública.[xii]
La Universidad (profesores y estudiantes) debe establecer relaciones de
cooperación con otros sectores de la sociedad que, en un marco de respeto
mutuo, coincidan en el objetivo común de construir la sociedad y reducir las
desigualdades. En el ambiente cotidiano,
las maneras como el docente trata al o a la estudiante y cómo actúa frente a
las diferencias individuales son puntos decisivos para impulsar un clima en el
que todo el mundo aprenda y enseñe.
Tratar al estudiante con dignidad es esencial. Sin duda existe un nexo entre el campo de la
educación y el de la participación democrática.
Sus propósitos y sus métodos son muy cercanos.
Sin embargo, no es posible cultivar las
capacidades necesarias para la participación democrática bajo la
improvisación. Es necesario tener la
disposición favorable para aprender los métodos de la deliberación y los
procesos políticos de la Sociedad Civil.
Tal vez es hora de dejar la queja por los males sociales y la
desesperanza por la inadecuación de los estudiantes. Tal vez llegó la hora de pensar en lo que
significa decir que la comunidad es el principio y el fin de la educación. Y si realmente lo creemos, hacer algo al
respecto, de palabra y de hecho.
En conclusión, el contexto y la época actuales demandan esfuerzos renovados a las universidades. Sin embargo, los cambios necesarios sólo pueden ser impulsados eficazmente con el aprendizaje y la práctica de nuevos valores. Por tener responsabilidades en la formación integral de personas, las universidades comparten responsabilidades en el aprendizaje de los conocimientos, las capacidades y los valores que requiere la vida en una sociedad democrática, lo cual es más que una capacitación profesional. Para aprender a practicar nuevos valores conviene identificar y corregir los antivalores actuales y fomentar la práctica de valores, tales como la dignidad humana, la coherencia, la calidad académica, el aprecio por la diversidad y la diferencia, la participación democrática y otros. Para ayudar a resolver las demandas impuestas a las universidades contemporáneas, existe promesa en el cultivo de los valores que son comunes a la ciencia y la filosofía, la educación y los procesos políticos de la democracia.
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Manuel González Avila
Departamento de Educación Odontológica
Universidad de San Carlos de Guatemala
Guatemala, Enero de 1996.