Volviendo a Pensar la Esfera
Pública
Autora: Nancy Fraser[1]. Traducción.[2]
En los Estados Unidos escuchamos hoy mucho bombo y platillos sobre “el
triunfo de la democracia liberal.” Algunos hasta hablan sobre “el fin de la
historia”. Sin embargo, hay todavía mucho que objetar en nuestra propia
“democracia real.” El proyecto de una teoría social crítica sobre los límites
de democracia en las sociedades capitalistas tardías es más pertinente que
nunca. De hecho, me parece que este proyecto ha adquirido una nueva urgencia en
un momento en que la “democracia liberal” está aclamándose como el non plus ultra de los sistemas sociales
para los países que están saliendo del socialismo estatal de estilo soviético,
las dictaduras militares latinoamericanas y los regímenes sudafricanos con
opresión racial.
Aquellos de nosotros que continuamos comprometidos con el trabajo
teórico acerca de los límites de democracia en las sociedades capitalistas
tardías encontraremos un recurso muy valioso en el trabajo de Jürgen Habermas.
Me refiero al concepto de “la esfera pública,” originalmente elaborado en su
libro de 1962, La Transformación Estructural de la Esfera Pública, y
subsecuentemente discutido pero nunca abandonado en su trabajo posterior.
La importancia política y teórica de esta idea es fácil de explicar. El
concepto de Habermas de la esfera pública ayuda a evitar un poco la confusión
que ha plagado los movimientos sociales progresistas y las teorías políticas
asociadas con ellos. Tomemos, por ejemplo, el fracaso prolongado del ala
dominante en la tradición socialista y marxista para apreciar la importancia de
distinguir entre, por un lado, los aparatos del Estado y, por otro, los
espacios públicos del discurso y la asociación del ciudadano. Demasiado a
menudo se asumió en esta tradición que sujetar la economía al control del
Estado socialista era colocarla bajo el control de la ciudadanía socialista.
Por supuesto eso no era así. Pero la fusión del aparato estatal con la esfera
pública de discurso y asociación como si fueran lo mismo, sólo sirvió para que
la visión socialista se institucionalizara en una forma autoritaria del Estado
en lugar de hacerlo en una forma democrática participativa. El resultado fue el
de comprometer la misma idea de la democracia socialista.
La idea de “la esfera pública” en el sentido de Habermas es un recurso conceptual que puede ayudar a superar tales problemas. Define un escenario de las sociedades modernas en el que la participación política se realiza por medio del hablar. Es el espacio en el que los ciudadanos deliberan sobre sus asuntos comunes, por lo que se trata de un espacio institucionalizado de interacción discursiva. Este espacio es conceptualmente distinto del Estado: es un sitio para la producción y circulación de discursos que pueden en principio ser críticos del Estado. La esfera pública en el sentido de Habermas también es conceptualmente distinta de la economía oficial; no es un conjunto de relaciones de mercado, sino más bien de relaciones discursivas, un escenario para debatir y deliberar en lugar de comprar y vender. Así, este concepto de la esfera pública nos permite ver las diferencias entre los aparatos estatales, los mercados económicos, y las asociaciones democráticas, distinciones que son esenciales a la teoría democrática.
Por estas razones, voy a tomar como una premisa básica para este ensayo
que una idea como la idea de Habermas de la esfera pública es indispensable a
la teoría social crítica y para la práctica política democrática.
Permítaseme recordar que el subtítulo de Transformación Estructural es
“Una Indagación en una Categoría de Sociedad Burguesa”. El objeto de la
indagación es el auge y declinación de una forma limitada e históricamente
específica de la esfera pública que Habermas llama el “modelo liberal de la
esfera pública burguesa”. El objetivo es identificar las condiciones que
hicieron posible este tipo de esfera pública y trazar su desarrollo en un
sentido retrógrado. La conclusión es el argumento de que, bajo las condiciones
modificadas de una “democracia de masas en un Estado de bienestar” del final
del siglo XX, el modelo burgués o liberal de la esfera pública ya no es
factible. Se requiere de alguna nueva forma de esfera pública para salvar la
función crítica de ese espacio y para institucionalizar la democracia.
Según Habermas, la idea de una esfera pública es la de un cuerpo de
“personas privadas” reunidas para discutir asuntos de “preocupación pública” o
“interés común”. Esta idea adquirió fuerza y realidad en los inicios de la
Europa moderna en la constitución de “las esferas públicas burguesas” como
contrapesos a los Estados absolutistas. Estos públicos quisieron mediar entre
la “sociedad” y el Estado sosteniendo al Estado responsable ante la “sociedad”
por la vía de la “publicidad” (el término original en el texto es “publicity”,
en el sentido de “actividad pública”, N.T.) Al principio esto significó el
requerimiento de que la información sobre el funcionamiento del Estado se
hiciera accesible para que las actividades estatales fueran sujetas al
escrutinio crítico y la fuerza de la “opinión pública”. Después, significó
transmitir al Estado lo que se consideraba de “interés general” de la “sociedad
burguesa” por medio de las formas de la libertad de expresión legalmente
garantizadas, la prensa libre, la libertad de reunión y, eventualmente, las
instituciones parlamentarias de gobierno representativo.
Así, en un nivel, la idea de la esfera pública designaba un mecanismo
institucional para “racionalizar” la dominación política haciendo los estados
responsables ante (algunos de) la ciudadanía. En otro nivel, designaba un tipo
específico de interacción discursiva. Aquí la esfera pública implicaba un ideal
de discusión racional sin restricciones sobre los asuntos públicos. La
discusión era abierta y accesible a todos: los intereses meramente privados
eran inadmisibles; las desigualdades sociales serían puestas de lado y los
participantes en la discusión habrían de deliberar como pares. El resultado de
tal discusión sería “opinión pública” en el sentido fuerte de un acuerdo
general sobre el bien común.
Según Habermas, en la práctica nunca se realizó el completo potencial
utópico de la concepción burguesa de la esfera pública. En particular, la
exigencia para lograr accesos abiertos no fue cumplida. Es más, la concepción
burguesa de la esfera pública estaba basada en premisas de un orden social en
el que el Estado se diferenciaba marcadamente de la economía del mercado
recientemente privatizada. Esta clara separación de la “sociedad” y el Estado
era lo que habría de apuntalar una forma de discusión pública que excluía los
“intereses privados”. Pero estas condiciones se deterioraron a medida que las
capas no burguesas ganaron acceso a la esfera pública. Entonces, apareció “la
cuestión social.” La sociedad se polarizó por la lucha de clases. El público se
fragmentó en un conjunto de grupos de interés rivales. Las demostraciones
callejeras y las componendas tras bambalinas entre intereses privados
reemplazaron el debate público razonado sobre el bien común. Finalmente, con la
emergencia de la “democracia de masas en el Estado de bienestar,” la sociedad y
el Estado se entrelazaron entre sí; la publicidad en el sentido de escrutinio
crítico del Estado cedió lugar a las relaciones públicas, los despliegues montados
con los medios de masas, y la manufactura y manipulación de la opinión pública.
El problema no es sólo que Habermas idealiza la esfera pública liberal
sino también que no examina otras esferas públicas no liberales y no burguesas
que se encuentran en la competencia social. O más bien, es precisamente porque
no examina estas otras esferas públicas que termina idealizando la esfera
pública liberal. Mary Ryan ha documentado una variedad de maneras en que las
mujeres norteamericanas decimonónicas de varias clases y etnias construyeron
vías de acceso a la vida política pública, incluso a pesar de su exclusión de
la esfera pública oficial. En el caso de la elite de las mujeres burguesas,
esto involucró la construcción de un conjunto contracívico de asociaciones
alternativas y voluntarias de sólo mujeres, incluyendo sociedades filantrópicas
y de reforma moral. En algunos aspectos, éstas remedaron las asociaciones de
varones construidas por los padres y abuelos de estas mujeres. En otros
aspectos las mujeres estaban innovando, ya que usaron creativamente el hasta
aquí esencialmente “privado” lenguaje de los asuntos domésticos y la maternidad
precisamente como trampolines para la actividad pública. Entretanto, para
algunas mujeres menos privilegiadas, el acceso a la vida pública vino por la
participación en roles de apoyo en actividades de protesta dominadas por los
trabajadores varones. Otras mujeres encontraron formas de participación pública
en protestas en la calle y marchas. Finalmente, las defensoras de los derechos
de las mujeres públicamente retaron tanto la exclusión de las mujeres de la
esfera pública oficial y como la privatización de las políticas de género.
El estudio de Ryan muestra que había una variedad de maneras de acceder
la vida pública y una multiplicidad de ambientes públicos, incluso careciendo
de una involucración política formal a través del sufragio. Así, la visión de
que las mujeres fueron excluidas de la esfera pública resulta ser ideológica;
se basa en una noción de la vida pública con sesgo de clase y de género, un
sesgo que acepta a valor nominal la demanda del público burgués de ser el público. Al contrario, casi
contemporáneo con el público burgués se levantó un sinnúmero de contrapúblicos
en la contienda social, incluyendo los públicos nacionalistas, los públicos
populares de campesinos, los públicos de mujeres de la elite y públicos de la
clase trabajadora. Así, había públicos rivalizando desde el principio.
Ahora, ¿qué conclusiones debemos sacar de este conflicto de
interpretaciones históricas? ¿Debemos concluir que el mismo concepto de la
esfera pública es un elemento de la ideología masculina burguesa, tan
completamente comprometido que no puede dar una luz genuinamente crítica sobre
los límites de democracia actual? ¿O más bien debemos concluir que la esfera
pública era una buena idea que desgraciadamente no se realizó en la práctica
pero que retiene fuerza emancipadora? Para abreviar, ¿es la idea de la esfera
pública un instrumento de dominación o un ideal utópico?
Bien, quizás ambos. Pero realmente ni uno ni otro. Yo sostengo que las
dos conclusiones son demasiado extremistas y no hacen justicia al material que
he estado discutiendo. En lugar de endosar alguna de ellas, quiero proponer una
alternativa más estructurada.
¿Qué sacaremos en claro a partir del hecho histórico de que el ideal de
la esfera pública burguesa de acceso abierto no se realizó en la práctica? Una
posición es concluir que el propio ideal permanece sin cambio dado que en
principio es posible superar las exclusiones. Y, de hecho, era sólo cuestión de
tiempo para que las exclusiones formales basadas en el género, propiedad, y
raza fueran eliminadas.
Esto es suficientemente convincente hasta donde llega, pero no llega
suficientemente lejos. La cuestión del acceso abierto no puede reducirse, sin
dejar residuos, a la presencia o ausencia de exclusiones formales. Nos exige
que miremos también el proceso de la interacción discursiva dentro de los
espacios públicos formalmente abiertos. Aquí debemos recordar que la concepción
burguesa de la esfera pública requiere poner entre paréntesis las desigualdades
sociales. Esta esfera pública sería un espacio en el que los interlocutores
pondrían a un lado las características tales como las diferencias en linaje y
fortuna, y hablarían entre sí como si fueran pares sociales y económicos. La
frase operativa aquí es “como si”. De hecho, no se eliminaron las desigualdades
sociales entre los interlocutores, sólo fueron puestas entre paréntesis.
¿Pero fueron efectivamente puestas entre paréntesis? La revisión de la
Historia sugiere que no. Más bien, la interacción discursiva dentro de la
esfera pública burguesa fue gobernada por protocolos del estilo y decoro que
eran a su vez correlatos e indicadores de las desigualdades sociales. Éstos
funcionaron informalmente para marginar a las mujeres y los miembros de las
clases plebeyas e impedirles participar como pares.
Algunos teóricos como Jane Mansbridge han indicado que “la
transformación de ‘yo’ en ‘nosotros’ inducido por medio de la deliberación
política puede fácilmente enmascarar formas sutiles de control. Incluso el
lenguaje que usan las personas cuando razonan juntas normalmente favorece una
manera de ver las cosas y desalienta otras. Los grupos subordinados pueden a
veces no encontrar la expresión correcta o las palabras para expresar sus
pensamientos, y cuando lo hacen, descubren que no son escuchados. [Tales
grupos] son silenciados. Son animados para mantener rudimentarios sus deseos y
se les escucha decir ‘sí’ cuando lo que han dicho es ‘no’”. Mansbridge
debidamente señala que muchos de estos discernimientos feministas sobre las
maneras en que la deliberación puede servir para enmascarar la dominación se
extienden más allá del género hacia otros tipos de relaciones desiguales, como
las de clase o etnia. Nos alertan sobre las maneras en las que las
desigualdades sociales pueden contaminar la deliberación, incluso en ausencia
de exclusiones formales.
Si tomamos estas consideraciones seriamente, entonces debemos albergar
ciertas dudas sobre una concepción de la esfera pública que pretende poner
entre paréntesis, en lugar de eliminar, las desigualdades sociales
estructurales. Debemos cuestionar si aun en principio es posible para los
interlocutores deliberar como si fueran pares sociales en espacios discursivos
especialmente designados, cuando estos espacios se sitúan en un contexto social
más amplio que está saturado de relaciones estructurales de dominación y
subordinación.
Para los liberales, entonces, el problema de la democracia se convierte
en el problema de cómo aislar los procesos políticos de lo que se considera que
son procesos no políticos o propolíticos, característicos, por ejemplo, de la
economía, la familia y la vida cotidiana informal. El problema para los
liberales es, entonces, cómo fortalecer las barreras que separan las
instituciones políticas responsables de establecer relaciones de igualdad y las
instituciones económicas, culturales y sociosexuales que buscan relaciones
sistémicas de desigualdad. Sin embargo, el peso de las circunstancias sugiere
que para tener una esfera pública en la que los interlocutores pueden deliberar
como pares, no es suficiente poner entre paréntesis la desigualdad social. Una
condición necesaria para la paridad participativa es, en cambio, que las
desigualdades sociales sistémicas sean eliminadas. Esto no significa que todos
debemos tener exactamente el mismo ingreso, pero sí requiere una cierto tipo de
equidad que es incompatible con las relaciones sistémicas de dominación y
subordinación.
He discutido lo que podríamos llamar “las relaciones intrapúblicas,” es
decir, el carácter y la calidad de interacciones discursivas dentro de una
esfera pública dada. Ahora quiero considerar lo que podríamos llamar “las
relaciones interpúblicas,” es decir, el carácter de interacciones entre
diferentes públicos.
Recordemos que el planteamiento de Habermas enfatiza la singularidad de
la concepción burguesa de la esfera pública, su exigencia de ser la arena pública en singular. La
reducción institucional de la vida pública a una sola esfera pública que cubre
a todos es una situación positiva y deseable, mientras que la proliferación de
una multiplicidad de públicos representa una desviación de, en lugar de un
adelanto hacia, la democracia. Este es el supuesto normativo que quiero indagar
ahora. ¿Qué disposiciones institucionales ayudarán mejor a estrechar la brecha
en la paridad participativa entre los grupos dominantes y subordinados?
Yo sostengo que, en sociedades estratificadas, las medidas que acomodan
las pugnas en medio de una pluralidad de públicos rivales promueven mejor el
ideal de la paridad participativa que un solo, comprensivo, público que incluye
a todos. Donde persiste la desigualdad social, los procesos deliberativos en
las esferas públicas tenderán a operar en ventaja de los grupos dominantes y en
desventaja de los subordinados. Estos efectos se exacerbarán donde hay una sola
esfera pública. En ese caso, los miembros de grupos subordinados no tendrían
ningún espacio para la deliberación entre ellos mismos sobre sus necesidades,
objetivos y estrategias. No tendrían ningún sitio para emprender procesos
comunicativos que no estuvieren bajo la vigilancia de grupos dominantes. En
esta situación, sería menos probable que pudieran “encontrar la expresión o las
palabras correctas para expresar sus pensamientos” y sería también más probable
que mantendrían “rudimentarios sus deseos.” Esto los haría menos capaces de
articular y defender sus intereses en la esfera pública comprensiva. Serían
menos capaces de hacer explícitos los modos de deliberación que enmascaran la
dominación “al absorber al menos poderoso en un falso ‘nosotros’ que refleja al
más poderoso.”
Este argumento gana apoyo adicional en la revisión histórica de la
esfera pública, incluyendo desarrollos muy recientes. La historia registra que
los miembros de los grupos sociales subordinados - mujeres, trabajadores,
negros, indígenas y homosexuales - han repetidamente encontrado ventajoso
constituir públicos subalternativos. A estos yo propongo llamarlos contrapúblicos subalternativos para
señalar que son espacios discursivos paralelos donde los miembros de grupos
sociales subordinados inventan y circulan contradiscursos que, a su vez, les
permiten formular interpretaciones contrastantes de sus identidades, intereses
y necesidades. Quizás el ejemplo más llamativo es el contrapúblico subalterno
feminista del final del siglo XX en Estados Unidos, con su serie abigarrada de
periódicos, librerías, compañías editoras, redes de distribución de películas y
videos, seminarios y talleres, centros de la investigación, programas
académicos, conferencias, convenciones, festivales, y lugares de reunión en el
ámbito local.
No se me entienda mal. No quiero sugerir que los contrapúblicos
subalternativos son necesariamente virtuosos; algunos de ellos son
explícitamente antidemocráticos y antiegalitarios; e incluso aquellos con
intenciones democráticas y egalitarias no siempre dejan de practicar sus
propios modos de exclusión y marginamiento informales. Y sin embargo, ayudan a
extender el espacio discursivo en la medida en que estos contrapúblicos surgen
en respuesta a exclusiones dentro de públicos dominantes. Habermas capta bien
este aspecto del significado de la actividad pública cuando nota que, aunque en
un momento dado pueda haber cierta actividad pública ya sea limitada, sus
miembros se comprenden a sí mismos como parte de un público potencialmente
mayor, el indeterminado, empírico y psudoconcreto que llamamos “el público en
general.”
He argumentado que, aunque en sociedades estratificadas no se comprende
bien el ideal de la paridad participativa, las condiciones que permiten la
discusión entre una pluralidad de públicos rivales se acercan más al ideal que
una sola e inclusiva esfera pública. Permítaseme ahora considerar los méritos
relativos de los públicos múltiples versus un público único para sociedades
multiculturales egalitarias. Mi pregunta es: ¿bajo condiciones de diversidad
cultural en ausencia de desigualdad estructural, una sola comprensiva esfera
pública sería preferible a los públicos múltiples?
Las esferas públicas no sólo son espacios para la formación de opinión
discursiva. Además son sitios para la formación y promulgación de identidades
sociales. Esto significa que la participación no es simplemente el ser capaz de
expresar contenidos propositivos que son neutros con respecto a la forma de
expresión. Más bien, la participación significa ser capaz de hablar “en la
propia voz de uno,” simultáneamente construyendo y expresando la identidad
cultural propia por medio del lenguaje y el estilo. Es más, las esferas
públicas mismas no son espacios culturales de cero grados, que acoge igualmente
cualquier posible forma de expresión cultural. Son instituciones culturales
específicas - incluyendo, por ejemplo, varios periódicos y varias geografías
sociales del espacio urbano. Estas instituciones pueden entenderse como lentes
retóricos culturalmente específicos que filtran y alteran las expresiones que
enfocan. Pueden acomodar algunos modos de expresión y no otros.
Se deduce que la vida pública en las sociedades multiculturales
egalitarias no puede consistir exclusivamente de una sola esfera pública de
carácter general. Eso sería equivalente a filtrar normas retóricas y
estilísticas diversas por medio un solo lente comprensivo. Dado que no puede
haber tal lente que sea genuinamente neutral con respecto a la cultura, el
lente único privilegiaría eficazmente las normas expresivas de un grupo
cultural por encima de los otros. Así haría de la asimilación discursiva una
condición para la participación en el debate público. El resultado sería la
desaparición de la multiculturalidad (y la probable desaparición de la igualdad
social). En general, entonces, podemos concluir que la idea de una sociedad
multicultural egalitaria, sólo tiene sentido si suponemos una pluralidad de
espacios públicos en que participan grupos con valores y retóricas diversos.
Por definición, tal sociedad debe contener una multiplicidad de públicos.
Sin embargo, esta necesidad no excluye la posibilidad de un espacio
adicional más general en que los miembros de públicos diferentes, más
limitados, dialogan cruzando los límites de la diversidad cultural. Al
contrario, nuestra sociedad hipotética egalitaria y multicultural ciertamente
tendría que sostener debates sobre políticas y problemas que afectan a todos.
La pregunta es: ¿Compartirían suficientemente los participantes en los debates
en términos de valores, normas de expresión y, por consiguiente, protocolos de
persuasión para dar a su forma de hablar la calidad deliberativa orientada a
alcanzar acuerdos razonables?
Un punto central en la propuesta de Habermas es que la esfera pública
burguesa sería el espacio discursivo en que “personas privadas” deliberaban
sobre “asuntos públicos.” Hay varios sentidos diferentes de privacidad y
“publicidad” que operan aquí. “Publicidad” o “lo público” por ejemplo, puede
significar 1) relacionado con el Estado; 2) accesible a todos; 3) de interés
para todos; y 4) perteneciente a un bien común o interés compartido. Cada uno
de estos corresponde a un sentido contrastante de “privacidad”. Además hay
otros dos sentidos de “privacidad” que subyacen aquí: 5) perteneciente a la
propiedad privada en una economía de mercado; y 6) perteneciente a la intimidad
de la vida doméstica o personal, incluyendo vida sexual.
He hablado bastante sobre el sentido de “publicidad” como algo abierto
o accesible a todos. Ahora quiero examinar algunos de los otros sentidos
empezando con el 3) de interés a todos. Esta es una ambigüedad entre lo que
objetivamente afecta o tiene impacto en todos, visto desde un ángulo ajeno, por
un lado, y lo que los participantes reconocen como un asunto de interés común,
por el otro. El segundo sentido, la apreciación del participante es la
pertinente aquí. Sólo los mismos participantes pueden decidir lo que es y lo
que no es de interés común para ellos. No hay ninguna garantía, sin embargo, de
que todos estarán de acuerdo.
En esto no límites naturales dados a
priori. Lo que importará como un asunto de interés común precisamente se
decidirá por medio de la controversia discursiva. Sigue que ningún tema debe
ser sacado de antemano fuera de tal controversia. Al contrario, la vida pública
democrática requiere garantías de que habrá oportunidades para las minorías para
convencer a otros de que lo que en el pasado no era público porque no se
consideraba un asunto de interés común, ahora sí lo será.
Luego, ¿qué hay del sentido de “publicidad” como perteneciente a un
bien común o un interés compartido? Éste es el sentido que entra en juego
cuando Habermas caracteriza la esfera pública burguesa como un espacio en que
el tema de discusión se restringe al “bien común” y en que es excluida la
discusión de los “intereses privados.”
Ésta es una forma de compresión de la esfera pública que hoy
denominaríamos republicana-cívica, opuesta a la liberal-individualista.
Brevemente, el modelo republicano-cívico enfatiza la visión de la política de
las personas que razonan juntas para promover un bien común que transciende la
mera suma de las preferencias individuales. La idea es que por medio de la
deliberación los miembros de un público pueden llegar a descubrir o crear ese
bien común. En el proceso de sus deliberaciones, una colección de individuos
preocupados de sí mismos se transforma en una colectividad con vigor público,
capaz de actuar juntos en el interés común. En este enfoque, los intereses
privados no tienen ningún lugar apropiado en la esfera pública política. En el
mejor de los casos, son el inicio propolítico de la deliberación, para ser
transformados y transcendidos en el curso de debate.
Ahora, este enfoque republicano-cívico de la esfera pública en un
sentido es una mejora sobre la alternativa liberal-individualista. A diferencia
de esta última, no asume que las preferencias, los intereses y las identidades
de las personas se dan exógenamente antes que el discurso público y la
deliberación. Comprende, más bien, que las preferencias, los intereses y las
identidades son tanto resultados como antecedentes de la deliberación pública,
que de hecho se constituyen discursivamente en y a través de ella. Sin embargo,
no hay manera de saber de antemano si el producto de un proceso deliberativo
será el descubrimiento de un bien común en que los conflictos de interés se
evaporan como meramente aparentes o, más bien, si será el descubrimiento de que
los conflictos de intereses son reales y el bien común es una quimera. Pero, si
la existencia de un bien común no puede saberse de antemano, no hay ninguna
razón para poner restricciones sobre qué clases de temas, intereses y
apreciaciones son admisibles en la deliberación.
En general, los estudios críticos necesitan echar una mirada más dura,
más precisa, de los términos “privado” y “público”. Estos términos, después de
todo, no son simples designaciones directas de las esferas sociales. Son
clasificaciones culturales y etiquetas retóricas. En el discurso político son
términos poderosos que frecuentemente se despliegan para deslegitimar algunos
intereses, enfoques y temas, y valorizar otros.
La retórica de la privacidad doméstica busca excluir algunos problemas
e intereses del debate público reduciéndolos a ámbito de las personas y/o la
familia. Lanza éstos como asuntos privado-domésticos o personal-familiares, a
diferencia de lo público, los asuntos políticos. La retórica de la privacidad
económica, en contraste, busca excluir algunos problemas e intereses del debate
público reduciéndolos a la economía. Aquí, los problemas en cuestión se
presentan como imperativos impersonales del mercado o como prerrogativas de la
propiedad “privada” o como problemas técnicos para gerentes y planificadores,
todos en distinción contraria a lo público, los asuntos políticos. En cualquier
caso, el resultado es introducir ciertos temas en los espacios discursivos
especializados para protegerlos de la discusión y la contienda públicas
generales. Esto normalmente sirve para dar ventajas a los grupos e individuos
dominantes y para desventaja de los subordinados. Si golpear a la esposa, por
ejemplo, se etiqueta como un problema “personal” o “doméstico” y si el discurso
público sobre este fenómeno se canaliza hacia instituciones especializadas
asociadas con, digamos, la ley de la familia, el trabajo social y la sociología
y psicología de “la desviación,” entonces sirve para reproducir la dominación y
la subordinación de género. De igual forma, si los problemas de la democracia
en el trabajo reciben la etiqueta de “económico” o “gerencial” y si el discurso
sobre estos problemas se desvía hacia instituciones especializadas asociadas
con, digamos, la sociología de las “relaciones industriales,” el código de
trabajo, y “las ciencias de la administración,” entonces esto sirve para
perpetuar la dominación y subordinación de clase (y usualmente también de
género y etnia).
Vuelvo ahora a mi cuarta y última suposición bajo la concepción
burguesa de la esfera pública, es decir, la suposición de que una esfera
pública democrática funcional requiere una separación clara entre la sociedad
civil y el Estado. En esta interpretación, la “sociedad civil” significa el
vínculo de las asociaciones no gubernamentales o “secundarias” que no son
económicas ni administrativas. Podemos apreciar mejor la fuerza del argumento
de que la sociedad civil en este sentido estaría separada del Estado, si
recordamos la definición de Habermas de la esfera pública liberal como un
“cuerpo de personas privadas congregadas para formar a un público”. De acuerdo
con ello, su discurso no lleva a decisiones que obligan a nadie ni dan
autoridad a ese cuerpo de opinión discursiva no gubernamental informalmente
movilizado para servir como contrapeso al Estado. De hecho en la concepción
burguesa, precisamente es este carácter extragubernamental de la esfera pública
lo que confiere un aura de independencia, autonomía, y legitimidad a la
“opinión pública.” Como resultado, promueve lo que llamaré públicos débiles, públicos cuya práctica deliberativa consiste
exclusivamente en la formación de opinión y no incluye la toma de decisiones.
De hecho, el problema se vuelve más complicado cuando consideramos la
emergencia de la soberanía parlamentaria. Con ese desarrollo histórico de la
esfera pública encontramos una transformación estructural importante, dado que
los parlamentos soberanos funcionan como una esfera pública dentro del Estado.
Más aún, los parlamentos soberanos son lo que yo llamaré públicos fuertes, públicos cuyo discurso comprende la formación de
la opinión y la toma de decisiones. Como un espacio de deliberación pública que
produce decisiones (o leyes) obligatorias, el parlamento habría de ser el lugar
para la autorización discursiva del uso de poder estatal. Con el aparecimiento
de la soberanía parlamentaria, por consiguiente, se hace borrosa la línea que
separa la sociedad civil (asociativa u organizacional) y el Estado.
Claramente, la aparición de la soberanía parlamentaria y la
consiguiente indefinición de la separación de la sociedad civil y el Estado
representan un adelanto democrático sobre los arreglos políticos anteriores.
Esto es porque, como sugieren los términos “público fuerte” y “público débil,”
la “fuerza de la opinión pública” se fortalece cuando un cuerpo que lo
representa es facultado para traducir tal “opinión” en decisiones con
autoridad. Al mismo tiempo, siguen sin responder algunas preguntas importantes
sobre la relación entre los públicos fuertes parlamentarios y los públicos
débiles ante los que se supone que son responsables. En general, estos
desarrollos plantean algunas preguntas interesantes e importantes sobre los
méritos relativos de los públicos débiles y fuertes y sobre las funciones
respectivas que las instituciones de ambos tipos podrían jugar en una sociedad
democrática y egalitaria.
Un conjunto de preguntas se refiere a la posible proliferación de
públicos fuertes en la forma de instituciones autogestionarias. En
instituciones autogestionarias, empresas, guarderías, o comunidades vecinales,
por ejemplo, las esferas públicas institucionales internas podrían ser espacios
tanto de formación de opinión como de toma de decisiones. Esto sería
equivalente a constituir lugares de democracia directa o cuasidirecta en donde
todos aquellos que están comprometidos en una tarea colectiva participarían en
deliberaciones para determinar el plan y la operación. Sin embargo, esto
todavía dejaría abierta la relación entre esas esferas públicas con capacidad
decisoria y los públicos externos ante los que también podría juzgárseles
responsables. Esa relación se hace importante cuando consideramos que las
personas que son afectadas por una tarea en la que no participan directamente
como protagonistas pueden, no obstante, tener una posición en los
procedimientos. Tienen también, por consiguiente, un derecho legítimo a tener
una voz, por medio de alguna otra esfera pública (más débil o más fuerte), en
su plan y funcionamiento institucional.
Aquí estamos de nuevo trayendo el tema de la responsabilidad. ¿Qué
organizaciones institucionales aseguran mejor la responsabilidad de los cuerpos
de decisión democráticos (públicos fuertes) a sus públicos (externos, débiles
o, dada la posibilidad, híbridos)? ¿Dónde en la sociedad son requeridas las
organizaciones de democracia directa y dónde es la representativa la forma más
apropiada? ¿Cómo la anterior se articula mejor con la segunda? Más
generalmente, ¿qué arreglos democráticos institucionalizan mejor la
coordinación entre las diferentes instituciones, incluyendo sus públicos
implicados? ¿Debemos pensar en el parlamento central como un superpúblico
fuerte con soberanía discursiva autorizada sobre las normas sociales básicas y
los convenios de coordinación? En ese caso, ¿requiere eso un solo superpúblico
externo débil (además de, no en lugar de, los varios otros públicos más
pequeños)? En todo caso, dada la interdependencia global ineludible manifestada
en la división internacional del trabajo dentro de una sola biosfera
compartida, ¿tiene sentido entender el Estado-nación como la unidad apropiada
de soberanía?
Nancy Fraser es profesora de ciencia política en el postgrado de la Nueva Escuela para la Investigación Social. Es autora de varios volúmenes, incluyendo recientemente, Justice Interruptus. Este ensayo es extraído de una versión mayor publicada en Habermas y la Esfera Pública, editado por Craig Calhoun y publicado en MIT Press.
Rethinking the Public Sphere
by Nancy Fraser
Today in the U.S., we hear a great deal of
ballyhoo about “the triumph of liberal democracy” and some even talk about “the
end of history.” Yet there is still a great deal to object to in our own
“actually existing democracy,” and the project of a critical social theory of
the limits of democracy in late capitalist societies remains as relevant as
ever. In fact, this project seems to me to have acquired a new urgency at a
time when “liberal democracy” is being touted as the non plus ultra of social
systems for countries that are emerging from Soviet style state socialism,
Latin American military dictatorships, and southern African regimes of racial
domination.
Those of us who remain committed to theorizing
the limits of democracy in late capitalist societies will find in the work of
Jürgen Habermas an indispensable resource. I mean the concept of “the public
sphere,” originally elaborated in his 1962 book, The Structural Transformation
of the Public Sphere, and subsequently resituated but never abandoned in his
later work.
The political and theoretical importance of
this idea is easy to explain. Habermas’s concept of the public sphere provides
a way of circumventing some confusion that has plagued progressive social
movements and the political theories associated with them. Take, for example,
the long-standing failure in the dominant wing of the socialist and Marxist
tradition to appreciate the full force of the distinction between the
apparatuses of the state, on the one hand, and public arenas of citizen
discourse and association, on the other. All too often it was assumed in this
tradition that to subject the economy to the control of the socialist state was
to subject it to the control of the socialist citizenry. Of course that was not
so. But the conflation of the state apparatus with the public sphere of
discourse and association provided ballast to processes whereby the socialist
vision became institutionalized in an authoritarian statist form instead of in
a participatory democratic form. The result has been to jeopardize the very
idea of socialist democracy.
The idea of “the public sphere” in Habermas’s
sense is a conceptual resource that can help overcome such problems. It
designates a theater in modem societies in which political participation is
enacted through the medium of talk. It is the space in which citizens
deliberate about their common affairs, hence, an institutionalized arena of
discursive interaction. This arena is conceptually distinct from the state: it
is a site for the production and circulation of discourses that can in
principle be critical of the state. The public sphere in Habermas’s sense is
also conceptually distinct from the official economy; it is not an arena of
market relations but rather one of discursive relations, a theater for debating
and deliberating rather than for buying and selling. Thus, this concept of the
public sphere permits us to keep in view the distinctions between state
apparatuses, economic markets, and democratic associations, distinctions that
are essential to democratic theory.
For these reasons, I am going to take as a
basic premise for this essay that something like Habermas’s idea of the public
sphere is indispensable to critical social theory and to democratic political practice.
Let me remind you that the subtitle of
Structural Transformation is “An Inquiry into a Category of Bourgeois Society.”
The object of the inquiry is the rise and decline of a historically specific
and limited form of the public sphere, which Habermas calls the “liberal model
of the bourgeois public sphere.” The aim is to identify the conditions that
made possible this type of public sphere and to chart their devolution. The
upshot is an argument that, under altered conditions of late twentieth century
“welfare state mass democracy,” the bourgeois or liberal model of the public
sphere is no longer feasible. Some new form of public sphere is required to
salvage that arena’s critical function and to institutionalize democracy.
According to Habermas, the idea of a public
sphere is that of a body of “private persons” assembled to discuss matters of
“public concern” or “common interest.” This idea acquired force and reality in
early modern Europe in the constitution of “bourgeois public spheres” as counterweights
to absolutist states. These publics aimed to mediate between “society” and the
state by holding the state accountable to “society” via “publicity.” At first
this meant requiring that information about state functioning be made
accessible so that state activities would be subject to critical scrutiny and
the force of “public opinion.” Later, it meant transmitting the considered
“general interest” of “bourgeois society” to the state via forms of legally
guaranteed free speech, free press, and free assembly, and eventually through
the parliamentary institutions of representative government.
Thus, at one level, the idea of the public
sphere designated an institutional mechanism for “rationalizing” political
domination by rendering states accountable to (some of) the citizenry. At
another level, it designated a specific kind of discursive interaction. Here
the public sphere connoted an ideal of unrestricted rational discussion of
public matters. The discussion was to be open and accessible to all: merely
private interests were to be inadmissible; inequalities of status were to be
bracketed; and discussants were to deliberate as peers. The result of such
discussion would be “public opinion” in the strong sense of a consensus about
the common good.
According to Habermas, the full utopian
potential of the bourgeois conception of the public sphere was never realized
in practice. The claim to open access in particular was not made good.
Moreover, the bourgeois conception of the public sphere was premised on a
social order in which the state was sharply differentiated from the newly
privatized market economy; it was this clear separation of “society” and state
that was supposed to underpin a form of public discussion that excluded
“private interests.” But these conditions eventually eroded as nonbourgeois
strata gained access to the public sphere. Then, “the social question” came to
the fore; society was polarized by class struggle; and the public fragmented
into a mass of competing interest groups. Street demonstrations and back room
brokered compromises among private interests replaced reasoned public debate
about the common good. Finally, with the emergence of “welfare state mass
democracy,” society and the state became mutually intertwined; publicity in the
sense of critical scrutiny of the state gave way to public relations,
mass-mediated staged displays, and the manufacture and manipulation of public
opinion.
The problem is not only that Habermas idealizes
the liberal public sphere but also that he fails to examine other, nonliberal,
nonbourgeois, competing public spheres. Or rather, it is precisely because he
fails to examine these other public spheres that he ends up idealizing the
liberal public sphere. Mary Ryan has documented the variety of ways in which
nineteenth-century North American women of various classes and ethnicities
constructed access routes to public political life, even despite their
exclusion from the official public sphere. In the case of elite bourgeois
women, this involved building a countercivil society of alternative, woman-only
voluntary associations, including philanthropic and moral reform societies. In
some respects, these associations aped the all-male societies built by these
women’s fathers and grandfathers. Yet in other respects the women were
innovating, since they creatively used the heretofore quintessentially
“private” idioms of domesticity and motherhood precisely as springboards for
public activity. Meanwhile, for some less privileged women, access to public
life came through participation in supporting roles in male-dominated
working-class protest activities. Still other women found public outlets in
street protests and parades. Finally, women’s rights advocates publicly
contested both women’s exclusion from the official public sphere and the
privatization of gender politics.
Ryan’s study shows that, even in the absence of
formal political incorporation through suffrage, there were a variety of ways
of accessing public life and a multiplicity of public arenas. Thus, the view
that women were excluded from the public sphere turns out to be ideological; it
rests on a class- and gender-biased notion of publicity, one that accepts at
face value the bourgeois public’s claim to be the public. On the contrary,
virtually contemporaneous with the bourgeois public there arose a host of
competing counterpublics, including nationalist publics, popular peasant
publics, elite women’s publics, and working-class publics. Thus, there were
competing publics from the start.
Now, what conclusions should we draw from this
conflict of historical interpretations? Should we conclude that the very
concept of the public sphere is a piece of bourgeois masculinist ideology, so
thoroughly compromised that it can shed no genuinely critical light on the
limits of actually existing democracy? Or, should we conclude, rather, that the
public sphere was a good idea that unfortunately was not realized in practice
but that retains some emancipatory force? In short, is the idea of the public
sphere an instrument of domination or a utopian ideal?
Well, perhaps both. But actually neither. I
contend that both of those conclusions are too extreme and unsupple to do
justice to the material I have been discussing. Instead of endorsing either one
of them, I want to propose a more nuanced alternative.
What are we to make of this historical fact of
the nonrealization in practice of the bourgeois public sphere’s ideal of open
access? One approach is to conclude that the ideal itself remains unaffected,
since it is possible in principle to overcome these exclusions. And, in fact,
it was only a matter of time before formal exclusions based on gender,
property, and race were eliminated.
This is convincing enough as far as it goes,
but it does not go far enough. The question of open access cannot be reduced
without remainder to the presence or absence of formal exclusions. It requires
us to look also at the process of discursive interaction within formally
inclusive public arenas. Here we should recall that the bourgeois conception of
the public sphere requires bracketing inequalities of status. This public
sphere was to be an arena in which interlocutors would set aside such
characteristics as differences in birth and fortune and speak to one another as
if they were social and economic peers. The operative phrase here is “as if.”
In fact, the social inequalities among the interlocutors were not eliminated,
but only bracketed.
But were they really effectively bracketed? The
revisionist historiography suggests they were not. Rather, discursive
interaction within the bourgeois public sphere was governed by protocols of
style and decorum that were themselves correlates and markers of status
inequality. These functioned informally to marginalize women and members of the
plebeian classes and to prevent them from participating as peers.
Theorists like Jane Mansbridge have argued that
“the transformation of “I” into “we” brought about through political
deliberation can easily mask subtle forms of control. Even the language people
use as they reason together usually favors one way of seeing things and
discourages others. Subordinate groups sometimes cannot find the right voice or
words to express their thoughts, and when they do, they discover they are not
heard. [They] are silenced, encouraged to keep their wants inchoate, and heard
to say “yes” when what they have said is “no.” Mansbridge rightly notes that
many of these feminist insights into ways in which deliberation can serve as a
mask for domination extend beyond gender to other kinds of unequal relations,
like those based on class or ethnicity. They alert us to the ways in which
social inequalities can infect deliberation, even in the absence of any formal
exclusion.
If we take these considerations seriously, then
we should be led to entertain serious doubts about a conception of the public
sphere that purports to bracket, rather than to eliminate structural social
inequalities. We should question whether it is possible even in principle for
interlocutors to deliberate as if they were social peers in specially
designated discursive arenas, when these discursive arenas are situated in a
larger societal context that is pervaded by structural relations of dominance
and subordination.
For liberals, then, the problem of democracy
becomes the problem of how to insulate political processes from what are
considered to be nonpolitical or propolitical processes, those characteristic,
for example, of the economy, the family, and informal everyday life. The
problem for liberals, thus, is how to strengthen the barriers separating
political institutions that are supposed to instantiate relations of equality
from economic, cultural and sociosexual institutions that are premised on
systemic relations of inequality. Yet the weight of circumstances suggests that
in order to have a public sphere in which interlocutors can deliberate as
peers, it is not sufficient merely to bracket social inequality. Instead, it is
a necessary condition for participatory parity that systemic social
inequalities be eliminated. This does not mean that everyone must have exactly
the same income, but it does require the sort of rough equality that is
inconsistent with systemically generated relations of dominance and
subordination.
I have been discussing what we might call
“intrapublic relations,” that is the character and quality of discursive
interactions within a given public sphere. Now I want to consider what we might
call “interpublic relations,” that is, the character of interactions among different
publics.
Let me begin by recalling that Habermas’s
account stresses the singularity of the bourgeois conception of the public
sphere, its claim to be the public arena in the singular. The institutional
confinement of public life to a single, overarching public sphere is a positive
and desirable state of affairs, whereas the proliferation of a multiplicity of
publics represents a departure from, rather than an advance toward, democracy.
It is this normative assumption that I now want to scrutinize. What
institutional arrangements will best help narrow the gap in participatory
parity between dominant and subordinate groups?
I contend that, in stratified societies,
arrangements that accommodate contestation among a plurality of competing
publics better promote the ideal of participatory parity than does a single,
comprehensive, overarching public. Where societal inequality persists,
deliberative processes in public spheres will tend to operate to the advantage
of dominant groups and to the disadvantage of subordinates. These effects will
be exacerbated where there is only a single, comprehensive public sphere. In
that case, members of subordinated groups would have no arenas for deliberation
among themselves about their needs, objectives, and strategies. They would have
no venues in which to undertake communicative processes that were not, as it
were, under the supervision of dominant groups. In this situation, they would
be less likely than otherwise to “find the right voice or words to express their
thoughts,” and more likely than otherwise “to keep their wants inchoate.” This
would render them less able than otherwise to articulate and defend their
interests in the comprehensive public sphere. They would be less able than
otherwise to expose modes of deliberation that mask domination by, “absorbing
the less powerful into a false ‘we’ that reflects the more powerful.”
This argument gains additional support from the
revisionist historiography of the public sphere, up to and including very
recent developments. This history records that members of subordinated social
groups - women, workers, people of color, and gays and lesbians - have
repeatedly found it advantageous to constitute alternative publics. I propose
to call these Subaltern counterpublics in order to signal that they are
parallel discursive arenas where members of subordinated social groups invent
and circulate counterdiscourses which, in turn, permit them to formulate
oppositional interpretations of their identities, interests, and needs. Perhaps
the most striking example is the late twentieth-century U.S. feminist subaltern
counterpublic, with its variegated array of journals, bookstores, publishing
companies, film and video distribution networks, lecture series, research
centers, academic programs, conferences, conventions, festivals, and local
meeting places.
Let me not be misunderstood. I do not mean to
suggest that subaltern counter publics are always necessarily virtuous; some of
them, alas, are explicitly antidemocratic and antiegalitarian; and even those
with democratic and egalitarian intentions are not always above practicing
their own modes of informal exclusion and marginalization. Still, insofar as
these counterpublics emerge in response to exclusions within dominant publics,
they help expand discursive space. Habermas captures well this aspect of the
meaning of publicity when he notes that however limited a public may be in its
empirical manifestation at any given time, its members understand themselves as
part of a potentially wider public, that indeterminate, empirically
counterfactual body we call “the public-at-large.”
I have been arguing that, although in
stratified societies the ideal of participatory parity is not fully realized,
it is more closely approximated by arrangements that permit contestation among
a plurality of competing publics than by a single, comprehensive public sphere.
Let me now consider the relative merits of multiple publics versus a singular
public for egalitarian, multicultural societies. My question is whether under
conditions of cultural diversity in the absence of structural inequality would
a single comprehensive public sphere be preferable to multiple publics?
Public spheres are not only arenas for the
formation of discursive opinion. In addition they are arenas for the formation
and enactment of social identities. This means that participation is not simply
a matter of being able to state propositional contents that are neutral with
respect to form of expression. Rather, participation means being able to speak
“in one’s own voice,” thereby simultaneously constructing and expressing one’s
cultural identity through idiom and style. Moreover, public spheres themselves
are not spaces of zero-degree culture, equally hospitable to any possible form
of cultural expression. Rather, they consist in culturally specific
institutions - including, for example, various journals and various social
geographies of urban space. These institutions may be understood as culturally
specific rhetorical lenses that filter and alter the utterances they frame;
they can accommodate some expressive modes and not others.
It follows that public life in egalitarian,
multicultural societies cannot consist exclusively in a single, comprehensive
public sphere. That would be tantamount to filtering diverse rhetorical and
stylistic norms through a single, overarching lens. Moreover, since there can
be no such lens that is genuinely culturally neutral, it would effectively
privilege the expressive norms of one cultural group over others, thereby
making discursive assimilation a condition for participation in public debate.
The result would be the demise of multiculturalism (and the likely demise of
social equality). In general, then, we can conclude that the idea of an egalitarian,
multicultural society only makes sense if we suppose a plurality of public
arenas in which groups with diverse values and rhetorics participate. By
definition, such a society must contain a multiplicity of publics.
However, this need not preclude the possibility
of an additional, more comprehensive arena in which members of different, more
limited public’s talk across lines of cultural diversity. On the contrary, our
hypothetical egalitarian, multicultural society would surely have to entertain
debates over policies and issues affecting everyone. The question is: Would
participants in such debates share enough in the way of values, expressive
norms and, therefore, protocols of persuasion to lend their talk the quality of
deliberations aimed at reaching agreement through giving reasons?
Let me remind you that it is central to
Habermas’s account that the bourgeois public sphere was to be a discursive
arena in which “private persons” deliberated about “public matters.” There are
several different senses of privacy and publicity in play here. “Publicity,”
for example, can mean 1) state-related; 2) accessible to everyone; 3) of
concern to everyone; and 4) pertaining to a common good or shared interest.
Each of these corresponds to a contrasting sense of “privacy.” In addition,
there are two other senses of “privacy” hovering just below the surface here:
5) pertaining to private property in a market economy; and 6) pertaining to
intimate domestic or personal life, including sexual life.
I have already talked at length about the sense
of “publicity” as open or accessible to all. Now I want to examine some of the
other senses, beginning with 3) of concern to everyone. This is ambiguous
between what objectively affects or has an impact on everyone, as seen from an
outsider’s perspective, on the one hand, and what participants recognize as a
matter of common concern, on the other hand. It is the second, participant’s
perspective that is relevant here. Only participants themselves can decide what
is and what is not of common concern to them. However, there is no guarantee
that all of them will agree.
There are no naturally given a priori
boundaries here. What will count as a matter of common concern will be decided
precisely through discursive contestation. It follows that no topics should be
ruled off limits in advance of such contestation. On the contrary, democratic
publicity requires positive guarantees of opportunities for minorities to
convince others that what in the past was not public in the sense of being a
matter of common concern should now become so.
What, then, of the sense of “publicity” as
pertaining to a common good or shared interest? This is the sense that is in
play when Habermas characterizes the bourgeois public sphere as an arena in which
the topic of discussion is restricted to the “common good” and in which
discussion of “private interests” is ruled out.
This is a view of the public sphere that we
would today call civic republican, as opposed to liberal-individualist.
Briefly, the civic republican model stresses a view of politics as people
reasoning together to promote a common good that transcends the mere sum of
individual preferences. The idea is that through deliberation the members of
the public can come to discover or create such a common good. In the process of
their deliberations, participants are transformed from a collection of
self-seeking, private individuals into a public-spirited collectivity, capable
of acting together in the common interest. On this view, private interests have
no proper place in the political public sphere. At best, they are the
propolitical starting point of deliberation, to be transformed and transcended
in the course of debate.
Now this civic republican view of the public
sphere is in one respect an improvement over the liberal-individualist
alternative. Unlike the latter, it does not assume that people’s preferences,
interests, and identities are given exogenously in advance of public discourse
and deliberation. It appreciates, rather, that preferences, interests, and
identities are as much outcomes as antecedents of public deliberation, indeed
are discursively constituted in and through it. However, there is no way to
know in advance whether the outcome of a deliberative process will be the discovery
of a common good in which conflicts of interest evaporate as merely apparent
or, rather, the discovery that conflicts of interests are real and the common
good is chimerical. But if the existence of a common good cannot be presumed in
advance, then there is no warrant for putting any strictures on what sorts of
topics, interests, and views are admissible in deliberation.
In general, critical theory needs to take a
harder, more critical look at the terms “private” and “public.” These terms,
after all, are not simply straightforward designations of societal spheres;
they are cultural classifications and rhetorical labels. In political
discourse, they are powerful terms that are frequently deployed to delegitimate
some interests, views, and topics and to valorize others.
The rhetoric of domestic privacy seeks to
exclude some issues and interests from public debate by personalizing and/or
familiarizing them; it casts these as private-domestic or personal-familial
matters in contradistinction to public, political matters. The rhetoric of
economic privacy, in contrast, seeks to exclude some issues and interests from
public debate by economizing them. The issues in question here are cast as
impersonal market imperatives or as “private” ownership prerogatives or as
technical problems for managers and planners, all in contradistinction to
public, political matters. In both cases, the result is to enclave certain
matters in specialized discursive arenas and thereby to shield them from
general public debate and contestation. This usually works to the advantage of
dominant groups and individuals and to the disadvantage of their subordinates.
If wife battering, for example, is labeled a “personal” or “domestic” matter
and if public discourse about this phenomenon is canalized into specialized
institutions associated with, say, family law, social work, and the sociology
and psychology of “deviance,” then this serves to reproduce gender dominance
and subordination. Similarly, if questions of workplace democracy are labeled
“economic” or “managerial” problems and if discourse about these questions is
shunted into specialized institutions associated with say, “industrial
relations” sociology, labor law, and “management science,” then this serves to
perpetuate class (and usually also gender and race) dominance and
subordination.
Let me turn now to my fourth and last
assumption underlying the bourgeois conception of the public sphere, namely,
the assumption that a functioning democratic public sphere requires a sharp
separation of civil society and the state. In this interpretation, “civil
society” means the nexus of nongovernmental or “secondary” associations that
are neither economic nor administrative. We can best appreciate the force of
the claim that civil society in this sense would be separate from the state if
we recall Habermas’s definition of the liberal public sphere as a “body of
private persons assembled to form a public.” Accordingly, their discourse does
not eventuate in binding decisions authorizing the informally mobilized body of
nongovernmental discursive opinion that can serve as a counterweight to the
state. Indeed in the bourgeois conception, it is precisely this
extragovernmental character of the public sphere that confers an aura of
independence, autonomy, and legitimacy on the “public opinion” generated in it.
As a result, it promotes what I shall call weak publics, publics whose
deliberative practice consists exclusively in opinion formation and does not
also encompass decision making.
In fact, the issue becomes more complicated as
soon as we consider the emergence of parliamentary sovereignty. With that
landmark development in the history of the public sphere, we encounter a major
structural transformation, since sovereign parliament functions as a public
sphere within the state. Moreover, sovereign parliaments are what I shall call
strong publics, publics whose discourse encompasses both opinion formation and
decision making. As a locus of public deliberation culminating in legally
binding decisions (or laws), parliament was to be the site for the discursive
authorization of the use of state power. With the achievement of parliamentary
sovereignty’ ‘therefore, the line separating (associational) civil society and
the state is blurred.
Clearly, the emergence of parliamentary
sovereignty and the consequent blurring of the (associational) civil society/
state separation represents a democratic advance over earlier political
arrangements. This is because, as the terms “strong public” and “weak public”
suggest, the “force of public opinion” is strengthened when a body representing
it is empowered to translate such “opinion” into authoritative decisions. At
the same time, there remain important questions about the relation between
parliamentary strong publics and the weak publics to which they are supposed to
be accountable. In general, these developments raise some interesting and
important questions about the relative merits of weak and strong publics and
about the respective roles that institutions of both kinds might play in a
democratic and egalitarian society.
One set of questions concerns the possible
proliferation of strong publics in the form of self-managing institutions. In
self-managed workplaces, childcare centers, or residential communities, for
example, internal institutional public spheres could be arenas both of opinion
formation and decision-making. This would be tantamount to constituting sites
of direct or quasi-direct democracy wherein all those engaged in a collective
undertaking would participate in deliberations to determine its design and
operation. However, this would still leave open the relationship between such
internal public spheres-cum-decision-making-bodies and those external publics
to which they might also be deemed accountable. The question of that
relationship becomes important when we consider that people who are affected by
an undertaking in which they do not directly participate as agents may
nonetheless have a stake in its modus operandi. They therefore also have a
legitimate claim to a voice, through some other (weaker or stronger) public
sphere, in its institutional design and operation.
Here we are again broaching the issue of accountability. What institutional arrangements best ensure the accountability of democratic decision-making bodies (strong publics) to their (external, weak or, given the possibility of hybrid cases, weaker) publics? Where in society are direct democracy arrangements called for and where are representative forms more appropriate? How are the former best articulated with the latter? More generally, what democratic arrangements best institutionalize coordination among different institutions, including among their various co-implicated publics? Should we think of central parliament as a strong superpublic with authoritative discursive sovereignty over basic societal ground rules and coordination arrangements? If so, does that require the assumption of a single weak(er) external superpublic (in addition to, not instead of, various other smaller publics)? In any event, given the inescapable global interdependence manifest in the international division of labor within a single shared planetary biosphere, does it make sense to understand the nation-state as the appropriate unity of sovereignty?
Nancy Fraser is a professor of political
science in the graduate faculty of the New School for Social Research. She is
the author of several volumes, including most recently, Justice Interruptus.
This essay is drawn from a longer version published in Habermas and the Public
Sphere, edited by Craig Calhoun and published by the MIT Press.