Una propuesta para
orientar las relaciones de la universidad con los
distintos sectores de
la sociedad
Manuel González
Ávila
Universidad de
San Carlos de Guatemala
Enero 2004
Los
acelerados cambios que ocurren en el mundo y la firma de los Acuerdos de Paz
han generado un sinnúmero de preguntas cuyas respuestas son necesarias para
orientar la sociedad guatemalteca y sus instituciones. Para las que
corresponden a las instituciones universitarias, algunas de las más pertinentes
son éstas:
¿Qué
características de ciudadano y sociedad deseamos para Guatemala?
¿Qué
tipo de sociedad esperamos construir los guatemaltecos y qué relaciones
deseamos tener con el resto del mundo?
¿Para
los universitarios cuáles son los retos que plantea el subdesarrollo social,
político, educativo, científico y tecnológico de Guatemala?
¿Cómo
afectan los cambios mundiales de orden económico, político y cultural a las
condiciones de vida y el futuro de los guatemaltecos?
¿Puede
decirse que el conjunto de los Acuerdos de Paz es la base de un proyecto de
desarrollo para el país? ¿Si ello es así, se han conversado los acuerdos
suficientemente entre los guatemaltecos para poder realmente llevar sus
contenidos a la práctica? ¿Qué mecanismos se han abierto o habrá que abrir para
canalizar las opiniones de los ciudadanos y buscar la legitimación de las
decisiones sociales relacionadas con dichos acuerdos?
¿Qué
podemos esperar los guatemaltecos de la firma de los acuerdos si persiste la imagen
de que logramos hacer importantes documentos y, sin embargo, continuamos con
las mismas actitudes excluyentes y valores de siempre? ¿Sirve de algo el
proceso si no hay un cambio cultural fundamental? ¿Pueden hacerse los cambios
necesarios en la universidad para acercarla a sus fines si no es dentro de
procesos que apuntan a la paz y la democracia?
¿Cuáles
son los valores que subyacen en las conductas de los universitarios? ¿Son esos
valores los más coherentes con la construcción de la paz y la democracia?
¿Cuáles pueden ser los valores de una nueva Universidad coherente con la
Sociedad y consigo misma? ¿Cómo se aprenden y enseñan las actitudes y valores
democráticos que demandan los retos actuales?
¿Es
cierto, como se ha dicho, que la única manera de alcanzar la paz es resolver
las desigualdades económicas y sociales, así como respetar los derechos humanos
y favorecer la democracia? ¿No se necesita una nueva forma de entender y
practicar la democracia? ¿Fuera de los discursos demagógicos y las frases aprendidas
superficialmente, qué es la democracia en esencia?
Todas
estas preguntas contienen retos para el movimiento universitario de Guatemala.
Las respuestas a la mayoría de ellas exigen modificaciones en los
procedimientos usuales de la vida universitaria. Las respuestas que
paulatinamente encontremos a ellas y las acciones coherentes junto con el resto
de los sectores sociales podrían marcar un importante punto de inflexión en la
historia de Guatemala.
Guatemala continúa siendo un país
con profundas desigualdades. Las manifestaciones más graves de la desigualdad
son la pobreza, las deficiencias educativas, los índices de salud y enfermedad,
las relaciones excluyentes interétnicas y de género, el escaso desarrollo
democrático en las organizaciones de la sociedad civil, los partidos políticos
y las instituciones del Estado, la depredación de medio ambiente, y otras. A
todo ello hay que agregar la pervivencia de una cultura de agresión y una
desvalorización generalizada del ser humano que tiende a ver a éste como un
medio o un consumidor. Una compilación reciente de algunos temas relacionados
con este punto puede verse en la obra “Guatemala: Las Particularidades del
Desarrollo Humano”, volúmenes I y II[1]. El punto más serio es que
la dirigencia de Guatemala, al igual que la de muchos países del resto del
mundo, cultiva y vive un estilo de civilización que estimula la desigualdad aun
cuando demagógicamente diga lo contrario. Las desigualdades sociales crecen en
Guatemala, así como también crecen las desigualdades entre los países del Norte
y los del Sur.
Los retos para el movimiento
universitario guatemalteco vienen entonces desde las condiciones de vida que
tenemos en el país y las presiones que de distintas naturalezas –con las correspondientes
conexiones internas -- que nos llegan desde el exterior. Ambas fuerzas obligan
a la reflexión y a introducir modificaciones en la vida universitaria.
Aun cuando los Acuerdos de Paz
contienen únicamente los resultados de las negociaciones realizadas entre los
adversarios del enfrentamiento armado de Guatemala -- los acuerdos fueron negociadoss en secreto entre las dos partes --,
representan lo más cercano a un proyecto nacional que este país ha logrado
realizar. Sin embargo, la participación tan sólo periférica de la sociedad
civil durante las conversaciones y negociaciones debe ahora buscar mecanismos
idóneos para legitimar los acuerdos. Es cierto que los Acuerdos de Paz han
logrado expresiones de apoyo generalizado en los medios de comunicación y en
publicaciones de muchas organizaciones e instituciones. Raramente se sabe de
alguien que se manifiesta en contra de ellos. Pero eso no significa que la
sociedad los conozca en todas sus implicaciones, que los haya hecho suyos o que
los ha adoptado como propios con el compromiso de realizarlos.
Es preciso legitimar los Acuerdos de Paz como
una base para diseñar y construir el país de nuestros hijos. Es valioso
reconocer, por lo tanto, que constituyen una oportunidad para dejar el
conformismo y la autoexclusión. Esa oportunidad es lo insustituible de los
acuerdos. Esta es una condición que podemos aprovechar en las universidades guatemaltecas
para enfocar nuestra responsabilidad y nuestras acciones. Nosotros, como
instituciones universitarias, tenemos por delante la tarea de estudiar,
comprender y practicar los mecanismos y los métodos fundamentales de la
democracia para impulsar los Acuerdos de Paz. Aquí no cabe el autoritarismo, el
paternalismo y la demagogia, sólo las relaciones humanas en el marco del
respeto. Esto hay que aprenderlo y enseñarlo.
Para Guatemala, a los tanteos y
aprendizajes propios de las condiciones de la paz formal y la democracia
incipiente, se suman los desafíos de los procesos de globalización o mundialización
desde una posición de desventaja. Globalización es un concepto que se está
convirtiendo en un mito que parece imponerse fatalmente. Se nos dice que la
globalización es algo inevitable. Escuchamos a nuestros hijos tararear
canciones de moda en varios idiomas extranjeros. De repente, tenemos acceso a
una supuesta unidad mundial que democratiza el consumo, una supuesta igualdad
humana por el hecho de que todos podemos ahora consumir las mismas cosas sin
salir de nuestro país. A veces nos sorprendemos a nosotros mismos observando
programas televisivos elaborados en otro idioma, en otro continente, o
realizando búsquedas de temas de nuestro interés en Internet. Desempacamos un
aparato electrodoméstico norteamericano hecho en Singapur, con instrucciones de
uso en 8 idiomas.
Un autor define la globalización como un
conjunto de procesos económicos capitalistas que han llevado a la integración
de megamercados regionales cuya dinámica implica el impulso de procesos de
desnacionalización y transnacionalización de las relaciones entre el capital y
el trabajo[2]. Otro, haciendo referencia a los cambios
estructurales recientes en el mundo que han dado lugar a tanta concentración e
intensidad del capital en tan pocas naciones y tan minoritaria población,
señala la desmaterialización creciente de la producción: cada vez se requiere
menos materias primas por unidad de productos, lo cual se manifiesta en la
tendencia a la caída de los precios reales de las principales materias primas,
la mayoría productos de exportación del Tercer Mundo. Después de subrayar la
cada vez mayor acumulación tecnológica basada en el conocimiento, el mismo
autor indica que la automatización y robotización de la producción provoca que
el trabajo pierda valor relativo frente al capital. Ambos procesos provocan un
deterioro permanente y estructural del valor relativo de las ventajas
comparativas del Sur en la producción y el comercio mundial. Y agrega que estos
fenómenos coinciden con una transnacionalización y globalización del sistema de
producción, financiamiento y comercialización que permite por primera vez la
posibilidad de un mercado global, un sistema de mercado del que no se puede
prescindir ni marginarse, incluso para aquellos países con más capacidad de
autarquía[3].
No todos ven peligros en los procesos de
globalización. Un autor de los que está más claramente adscrito a la ideología
neoliberal, en un documento señalado sus colegas como "más optimista que
muchos de los otros miembros" de su Instituto de Globalización y la Condición
Humana en la Universidad de McMaster, enfatiza sobre las ramificaciones
“homogenizantes y civilizantes” de la globalización en el campo de la cultura.
Hace destacar las relaciones entre la globalización económica, la amenaza que
presenta a la noción tradicional de soberanía nacional y las perspectivas para
el desarrollo de la sociedad civil, el Estado de Derecho y el gobierno democrático.
Indica, además, que como resultado de la globalización económica, estamos presenciando
la aparición de una nueva forma de capitalismo, cualitativamente diferente del
capitalismo del laissez-faire del siglo XIX y el capitalismo dirigido del siglo
XX. Este autor aplaude el efecto positivo de la globalización en la promoción
de la democracia a escala global[4].
En las muchas concepciones disponibles
sobre la globalización, el común denominador parece ser de que se trata de un
proceso que hace a la distancia geográfica un factor de importancia cada vez
menor en el establecimiento y sostenimiento de las relaciones económicas, políticas
y socioculturales de larga distancia y que no respetan fronteras.
Aunque algunos fijan los principios de la
globalización en la década de los 80, otros hablan de hace varios siglos y
hasta del nomadismo de los primeros miembros de la especie humana. Es claro que
la diseminación de personas, productos, experiencias, culturas, símbolos, y sus
efectos, han tenido lugar desde hace mucho tiempo. Hoy día la aceleración
globalizadora generada por la innovación tecnológica (flujo de capitales a la
velocidad de la luz, informática en la propia casa, Internet, tecnología de las
comunicaciones) y la hegemonía de la ideología neoliberal es un perfecto
ejemplo del principio de que “si los seres humanos definen situaciones como
reales, tales situaciones se vuelven reales en sus consecuencias”.
Las consecuencias y las respuestas de los
pueblos ante ese proceso son también variadas y entrelazadas entre sí. El
movimiento del poder desde los gobiernos y los estados hacia las corporaciones
transnacionales ha reducido el significado de las fronteras territoriales y ha
producido una nueva comprensión de la geografía del poder en el mundo. Este ha
pasado a corporaciones menos susceptibles a los mecanismos de deducción de
responsabilidades y de dar cuentas. El punto importante aquí es que el
neoliberalismo puede verse como una de las causas importantes de la
globalización junto con el desarrollo tecnológico, pero eso no significa que
todas las consecuencias de la globalización encajan en la agenda neoliberal.
Las consecuencias siguen al hecho de que las tareas tradicionales de los
estados se cumplen cada vez menos al transformarse de guardianes de bien
público nacional a guardianes neoliberales del capital internacional privado.
Los gobiernos limitados a una jurisdicción territorial han perdido autoridad
porque las fronteras funcionan cada vez menos[5].
Las presiones
económicas y culturales desde hace varios decenios han llevado a varios de
nuestros países a un consumismo que dice “lo quiero todo”, a un empobrecimiento
deshumanizado, a violencia e inseguridad, corrupción e impunidad. Vivimos un
individualismo grosero y una moralidad que aplaude el fusilamiento y cierra los
ojos ante actos de barbarie. Con sólo abrir el periódico --y muchas veces en
los mismos ambientes universitarios-- nos encontramos con expresiones inequívocas
del deseo de dominar con abuso, así como las actitudes que de otras maneras
minan la construcción democrática. Alguna de estas actitudes se manifiestan en
la búsqueda del privilegio, la adulación, la corrupción, las prácticas de
política sectaria, la componenda política en las elecciones de autoridades y
representantes...
En nuestro país,
rara vez se reconoce que la pobreza degrada a toda la sociedad, es fuente de
inestabilidad, amenaza la paz. Persiste el descontento de mayorías y problemas
en las relaciones interétnicas, pero esto parece ajeno a los dirigentes. El
ciudadano común se siente victimizado e incapaz de tomar acciones.
Las conflictivas y contradictorias
consecuencias de este proceso pueden demostrarse en los distintos órdenes. Se
ha incrementado el déficit social, el déficit democrático, el déficit de seguridad
y el déficit ambiental. Pero hay respuestas de los pueblos ante la
globalización de imágenes y valores norteamericanos y europeos. Comunidades
enteras refuerzan sus propias raíces e identidades locales. Exploran emociones
y valores espirituales, demandan descentralización del poder.
Algunas
de las acciones concretas que han sido mencionadas ordinariamente como
propuestas para introducir los cambios necesarios en las universidades
latinoamericanas son, entre otras, la actualización de los temas obsoletos, la
incorporación de nuevos temas y cursos, la creación de nuevas carreras y la
modificación de las carreras que han caído en incoherencia o falta de impacto.
En Guatemala hay ejemplos concretos que dejan ver necesidades de ajustes
universitarios en relación con administración, mercadotecnia, bioingeniería,
bioenergética, derecho consuetudinario, ingeniería genética, informática y
robótica, filosofía, lingüística, geología, ciencias de la educación, paz y
democracia, políticas de desarrollo, derechos humanos, seguridad ciudadana, por
mencionar algunas. En un sentido probablemente más inclusivo la Universidad
requiere de una nueva definición de sus políticas educativas, de investigación
y extensión para encontrar una mayor coherencia con respecto a las condiciones
del medio nacional y las presiones y oportunidades del ambiente internacional.
Para
orientar sus acciones frente a un futuro deseable y posible, la Universidad muy
especialmente necesita una redefinición de sus funciones con la percepción de
la realidad local y el contexto global. Pero a la vez, para ese futuro y para
el presente, el país necesita que la Universidad muestre caminos para el
ejercicio cotidiano de la democracia. El por qué y cómo hacerlo en un medio que
por mucho tiempo ha sido antidemocrático. Para ello la Universidad necesita empezar
por sí misma.
El
Art. 82 de la Constitución Política de la República menciona las principales
responsabilidades de la Universidad de San Carlos con respecto al Estado:
señala que la Universidad de San Carlos de Guatemala es una institución
autónoma con personalidad jurídica. En su carácter de única universidad estatal
le corresponde con exclusividad dirigir, organizar y desarrollar la educación
superior del Estado y la educación profesional universitaria estatal, así como
la difusión de la cultura en todas sus manifestaciones. Promoverá por todos los
medios a su alcance la investigación en todas las esferas del saber humano y
cooperará al estudio y solución de los problemas nacionales.
Ante
todo no hay que olvidar que la construcción de la historia es un producto
humano, no es casualidad ni se da porque sí o porque así son las cosas.
Requiere esfuerzo, aprendizaje y diálogo auténtico. El objetivo es levantar las
acciones solidarias, estar y hacer juntos, ensanchar las lealtades grupales,
educarnos para las responsabilidades colectivas y actuar para transformar las
macroestructuras mundiales. Se trata de entender que el bien propio y el común
están representados por la existencia del otro que también es un interlocutor
válido y que la realización de esa existencia mía con el otro requiere
condiciones del espíritu (valores, símbolos) y de acción (instituciones
políticas y medios económicos)[6].
El problema es dual: el qué y el cómo. La
mayor parte de los compromisos de los Acuerdos de Paz de 1996 en Guatemala, y
casi todas las iniciativas para introducir cambios en la Universidad se
refieren al qué. Con seguridad, sin
embargo, la construcción de una cultura democrática (pues es la cultura con
todo lo que ella implica: comunicación, estructuras y relaciones políticas,
actitudes observadas en la práctica social, donde se hace concreta la esencia
de la construcción democrática) necesita del aprendizaje y el ejercicio de
nuevos métodos y formas de relación. Por lo tanto, y no obstante nuestras
costumbres y tendencias a proponer los qués,
parece ser más importante la definición de los cómos. Por ejemplo, a pesar de la gran trascendencia que puede
tener la modificación de los organismos que dirigen la Universidad, la forma
como habrán de tomarse las decisiones para ello determinará en gran medida las
prácticas subsiguientes. Si es autoritaria, su marca continuará en las
prácticas posteriores. Si, por el contrario, es abierta, incluyente, plural y
respetuosa de las percepciones, necesidades e intereses ajenos, esas
características quedarán grabadas en las mentalidades y costumbres
institucionales.
Consideremos
por un instante los cambios tan fundamentales que podemos tener en la vida
universitaria si incorporamos la reflexión y una nueva práctica referida al cómo en los procedimientos
universitarios: los de aprendizaje,
investigación y extensión, así como también en los de selección de autoridades
y representantes. Sería otra la voz la de la Universidad ante los
acontecimientos que vive el pueblo y ante las acciones del gobierno, ante la
corrupción, la impunidad y el egoísmo de muchos líderes sociales, ante la
indiferencia y la complicidad ante el abuso y la violencia. En ese sentido,
esta presentación reúne algunos pensamientos sobre dos aspectos, la cultura
institucional y el diálogo, que son dos aspectos que consideré importantes para
la reflexión sobre la Universidad y su contribución al país porque son puntos
cuya comprensión facilita el involucramiento o el compromiso personal en
cambiar el statu quo y para promover
avances en la calidad académica.
La
cultura institucional puede entenderse como el conjunto de manifestaciones que
responden a identidades, creencias, valores y mentalidades; son actitudes,
reglas y costumbres que se enraízan en una institución, la caracterizan y la
distinguen de otras instituciones similares. La cultura institucional no es
evidente; para entenderla es necesario aguzar nuestra observación sobre ella y
estudiarla. Puede pasar desapercibida para el ojo desprevenido. La
inconsciencia sobre la cultura que practicamos nos impide ver más allá de
nuestro pequeño entorno, dificulta visualizar las posibilidades. Por esto, la
inconsciencia de la cultura que practicamos limita la iniciativa y la
creatividad. La situación actual puede ser aceptada por cada uno de nosotros
como que las cosas “son así”, sin darse cuenta que estamos en medio de una
crisis precisamente porque estamos en esa crisis. La cultura institucional
involucra una "atmósfera" o ambiente que condiciona la iniciativa, la
creatividad y las relaciones entre las personas y, por lo tanto, afecta la
calidad académica y el proceso democrático que en última instancia es una forma
de relación entre las personas.
Como
parte de su cultura propia, la Universidad guatemalteca ha cultivado una actitud
que margina la reflexión y la duda. Todo el mundo parece tener certeza. Una
incuestionable fe en mi verdad.
Valoramos la aparente claridad de las ideas y exposiciones lo cual muchas
veces esconde bien extendidos
dogmatismos y autoritarismos.
Los
primeros pasos en la dirección correcta pueden esperarse en la duda y la
pregunta. No puede haber una contribución real si la crítica se enfoca desde
nuevas (o viejas) posiciones dogmáticas como lo hemos visto recientemente por
la prensa en pronunciamientos sobre la Universidad de San Carlos. Los
momentos actuales del país necesitan preguntas inteligentes, no respuestas
preelaboradas, esquemáticas o dogmáticas, las que vienen a ser imágenes en
espejo, a veces del signo opuesto y otras veces del mismo signo que las
imágenes que vemos en la vida política del país.
La
información y el conocimiento son valiosos, no hay duda de eso. Por mucho
tiempo las universidades han cultivado el conocimiento. Sin embargo, para
propiciar cambios sociales o institucionales necesitamos conocimiento y algo
más. Necesitamos opiniones razonables, valores, actitudes, decisiones,
propuestas y acciones. Necesitamos propuestas y acciones con una ética
coherente. Tenemos experiencias que respaldan la noción de que para gestar
iniciativas o, más modestamente, para propiciar aceptaciones auténticas, el
conocimiento no es suficiente. Para eso, es necesario tocar lo que en nuestro
interior es del mayor valor y las preocupaciones más profundas nuestras y de
los demás.
La
cultura institucional puede ser un campo inicial de acción en la estrategia de
transformación, pero también puede constituir un formidable obstáculo si no se
comprende su importancia. Es necesario estudiarla, comprenderla y propiciar los
cambios pertinentes.
Si
vamos a construir una coexistencia cívica y la democracia, es necesario partir
de la creación de espacios en donde practicamos procesos democráticos genuinos
y no los que sólo desean simularlos justificándose en que usan el voto y la
encuesta. Es necesario crear espacios de búsqueda y deliberación superando la
concepción de que la lucha política consiste en campos de batalla de intereses
particulares o sectarios. La creación de
espacios democráticos presupone un cuestionamiento crítico a sí mismos;
significa partir de la perplejidad, la confusión y la duda para poder llegar a
la reflexión, al diálogo y, cuando hablamos de la construcción de un proyecto
nacional, para llegar a la internalización de la democracia. Esto implica
llevar la democracia desde la discusión demagógica fuera de mí o de mis
responsabilidades hacia mi propia práctica cotidiana con otros individuos y
grupos. Esto exige más diálogo que lógica porque lo que se espera es un
producto moral y político, no únicamente conocimiento.
Por
supuesto que la internalización de la democracia no puede tomar la forma de una
nueva doctrina cargada de dogmas y ritos porque sería contraproducente: a todas
las desconfianzas mutuas se agregarían otras. Lo que buscamos entonces es una
nueva ética, un nuevo estilo, un nuevo espíritu en nuestra práctica.
La persistente búsqueda de la calidad académica es
esencial en una institución universitaria. La discusión de este tema remite a
la Universidad a sus principios y sus fines, por lo cual no tiene sustituto. Ya
sea que se dé el caso de que coexistan varios criterios sobre la calidad académica
o que se exprese intolerancia hacia algunos de ellos, lo importante es que las
controversias sean discutidas. Es necesario someterlas a un proceso dialogado
de reflexión, por cuanto se refieren a un tema fundamental de las instituciones
educativas y el diálogo puede ayudar a aclarar algunas de las falacias y
dogmatismos. Esta es, entre otras, una buena razón para buscar la más amplia
participación posible en un proceso de cambio educativo. De manera que si la
intención es provocar cambios que tengan importancia institucional, la
estrategia general del cambio habrá de pasar por periodos de discusión que
permitan encontrar las diferencias y los puntos de convergencia con respecto a
lo que la Universidad debe ser y hacer.
La deliberación sobre los problemas de naturaleza
ética y moral es esencial para estimular cambios favorables en la calidad
académica. Ese diálogo es el principio obligado si respetamos la finalidad de
hacer una construcción compartida de la institución. Más bien, sin esa discusión
todo intento de cambiar favorablemente algo fundamental en el aspecto académico
parece destinado al fracaso. No tiene sentido.
Para
construir una nueva ética, un nuevo estilo, un nuevo espíritu en nuestra
práctica necesitamos aprender nuevos modelos de aprendizaje, de relación con
los demás, de interacción con las autoridades y líderes, de hablar, de decidir
y actuar. Esto lleva a la necesidad de impulsar también nuevas formas de
organizarse. En síntesis, estamos hablando de nuevas formas de relacionarse y
de búsqueda de la realización como individuos y ciudadanos. Esto es una forma
de hacer política muy distinta de la que estamos acostumbrados a ver y que
necesita del concurso de todos los que confiamos en la naturaleza humana.
Algunos
de los principios que debieran regir la orientación de los nuevos programas
universitarios, ya sean de adentro o de fuera de los recintos universitarios,
pueden ser estos[7]:
·
Participar en la construcción social desde lo que la
Universidad es. La responsabilidad de
la Universidad ante el Estado en materia de cultura, arte, ciencia, tecnología,
como centro de creación de pensamiento, crítica y propuestas con sentido de historia
y de futuro, da a la Universidad un papel único entre todas las instituciones
sociales.
·
Adoptar una saludable actitud de cautela y crítica ante
el autoritarismo en todas sus manifestaciones, incluida la tecnocracia, el
machismo, el racismo y el mesianismo, “ismos” que han causado ya demasiado
sufrimiento en nuestro país.
·
Evitar en nosotros mismos y erradicar de la Universidad
y el país las políticas públicas basadas en símbolos, dogmas y engaños.
·
Indagar y actuar a partir de la ética y la moral institucional.
·
Establecer relaciones basadas en la cooperación y la
solidaridad evitando las exclusiones a
priori.
·
Promover la autodependencia, la autogestión, los modelos
educativos congruentes con los múltiples sentidos de la cooperación y la
solidaridad en todos los proyectos que tienen componentes de interacción
social.
·
Fomentar la deliberación para resolver problemas,
canalizar necesidades e intereses y tomar decisiones y acciones de comunidad.
·
Construir capacidades (poder) con todos aquellos que
están en posición desfavorable en las asimetrías sociales, por medio de la
educación, la organización, la deliberación, la acción social y el sentido de
logro en la cooperación.
·
Propiciar la calidad académica por medio del diálogo
entre los sectores afectados.
·
Introducir la cultura, aparte de los elementos
psicosociales, económicos y políticos usualmente considerados, en la
planificación y realización de los proyectos de vinculación de la Universidad
con la Sociedad.
La
democracia requiere una ciudadanía deliberante. Esto requiere a su vez, foros
en los que se estimula la deliberación. Pero qué ha pasado con los foros en el
país y la Universidad. No han desaparecido totalmente pero evidentemente los
olvidamos o hubo iniciativas concretas para reducirlos al mínimo.
Dos
lugares idóneos para ejercer el diálogo público son las instituciones
educativas y los medios de comunicación. Pero de varias maneras los dos se han
convertido en enemigos del diálogo. Los medios, especialmente la televisión,
presentando un desfile de cabezas parlantes que nos inundan de trivialidades y
juicios de “expertos” que para colmo de males llenan los tiempos de transmisión
con valores culturales ajenos y la defensa oficiosa de figuras de la política
tradicional. Por otro lado, las escuelas y universidades parecen tener la
intención de despojar a las nuevas generaciones de su voz cívica y política
para hacerlos espectadores mudos del drama nacional.
¿Cuál
es la propuesta? Es incorporar más diálogo genuino a nuestra cultura, en
nuestra actividad diaria dentro y fuera de la universidad, en los ambientes
cotidianos de nuestros salones de clase y en la interacción con las
comunidades. El énfasis está en lo genuino, en las condiciones y
características en que se hace el diálogo, en la identificación y eliminación
de las subordinaciones que se dan o se buscan en otras formas de hablar tales
como el debate o la negociación. Es cierto que a veces el debate y la
negociación son necesarios, tal vez lo único que podemos hacer dadas las
circunstancias. Pero debemos mantener en mente que, en el fondo, son formas
egoístas de generar comprensiones y pactos.
El
objetivo del diálogo no es persuadir de nada a otros. La persuasión implica una
arrogancia que no construye socialmente. Tampoco es el intercambio basado en
las aclaraciones – cátedra y anticátedra --, otra forma de arrogancia más
propia de quien pontifica ante ignorantes que de quien busca acuerdos. El
diálogo es indagar qué hay en las mentes, qué preocupaciones e intereses mueven
a las personas, sabiendo de antemano que cada individuo tiene su propia y
singular identidad y cosmovisión, aun cuando en muchos aspectos comparte con
otros esa identidad y cosmovisión. ¿Cómo podemos encontrar lo que es común en
medio de esa diversidad? Con más diálogo. En el foro público que permite
expresar no sólo lo que yo pienso,
sino lo que pensamos nosotros. Así es
como se crea un mundo público, una comunidad. Una advertencia: tengamos
presente que ese esfuerzo siempre quedará inconcluso porque es proceso sin fin,
continuo. Pero sin él no hay principio.
De
varias importantes formas, la deliberación es el primer paso para pensar y
actuar con una nueva ética. Cuando se hace sobre los propósitos de la educación
y la ciencia en la Universidad, es la reflexión dialogada sobre la naturaleza
de la democracia que, a su vez, levanta preguntas sobre lo que entendemos como
ciudadano, público, política, paz, construcción democrática, poder con
solidaridad. Indaga sobre la realización de nuestras potencialidades como
personas y nuestro futuro como nación.
[1] Guatemala: Las Particularidades del
Desarrollo Humano. Volúmenes I y II. Compilado por Edelberto Torres-Rivas y
Juan Alberto Fuentes K. F & G Editores. Guatemala. 1999.
[2] Mario Roberto Morales. En las redes del
neoliberalismo. Azacuán. Guatemala. Julio-Agosto, 1998.
[3] Xabier Gorostiaga. Comenzó el siglo XXI. El
norte contra el sur. El capital contra el trabajo. Ponencia. Congreso
Latinoamericano de Sociología. La
Habana. Mayo, 1991.
[4] Gary B.
Madison. Globalization: Challenges and Opportunities. Globalization Working Papers.
98/1. http://www.humanities.mcmaster.ca/~philos/mad.htm.
[5] Ruud Lubbers
and Jolanda Koorevaar. The Dynamic of Globalization. Seminar. Tilburg Uiversity. November, 1998.
[6]
Vicencs Fisas. Una comunidad con una ética global. En: Cultura de Paz y Gestión
de Conflictos. Ediciones UNESCO. París, 1998 e Icaria Editorial, Barcelona,
1998.
[7]
Lourdes Lara y Manuel González. CAPEDCOM, Puerto Rico y Universidad de San
Carlos de Guatemala. Febrero, 2001.