Los pueblos del tercer mundo actualmente enfrentan amenazas y retos que nunca antes habían sido vistos. Una alta proporción de la población mundial, incluida la de una buena parte de los países latinoamericanos, se encuentra encauzada en procesos que tienden a hacer aún más severas sus condiciones de vida o se encuentran en los límites de supervivencia. Tanto en los países del tercer mundo como también en los industrializados hay grandes sectores de las poblaciones respectivas sumergidas en la pobreza, la ignorancia y la enfermedad. La cultura prevaleciente no ve al planeta como un sistema cuyos componentes están relacionados y son interdependientes formando un sistema, sino como una ensambladura de partes que están una al lado de otra y que, además, ofrecen recursos infinitos. La explotación exagerada de los recursos naturales en el supuesto de que la fauna, la flora y los minerales son bienes disponibles ilimitadamente ha dado lugar a aceleración de los procesos de desertificación, pérdida irreversible de especies animales y vegetales, cambios en el clima y desastres. La ética de la competencia egoísta desplaza a la ética del reconocimiento de los demás, trayendo consigo una superficialidad consumidora y necrofílica que parece ver en la intolerancia un modo aceptable de relación social. La distancia entre ricos y pobres, personas y países, es grosera, inmoral y todavía creciente.
En el marco de esos procesos globales, Guatemala refleja con crudeza esas contradicciones y sobre ellas suma las propias. Los grados de pobreza y analfabetismo, la precariedad de las condiciones de salud, el alto grado de inseguridad, el escaso desarrollo de las instituciones y los niveles de corrupción, por citar sólo algunos aspectos, son de los más graves de América Latina. Todavía no sale de las secuelas del desarraigo y el desplazamiento de miles de personas iniciados en la década de los ochenta.
Pero al mismo tiempo, Guatemala ofrece esperanzas en sus riquezas histórica, cultural, ambiental – su flora y su fauna son de las más variadas en el mundo –, hidrológica, geológica y turística. Aparte de los esfuerzos necesarios para resolver los problemas, estas esperanzas deben ser trabajadas con amplia participación de los guatemaltecos para hacerlas realidades tangibles expresadas como mejoras de las condiciones de vida.
Para ese efecto, el proceso de paz formalizado en los Acuerdos de 1996 ha sido promisorio, aunque lento. Los Acuerdos constituyen lo más cercano a un proyecto nacional que el país haya producido en su historia y marcan un importante punto de inflexión tanto para la construcción democrática y como para la erradicación del autoritarismo. Estos dos procesos son fundamentales para enfrentar los retos y riesgos internos y de carácter internacional. La búsqueda de convergencias y plataformas comunes para propiciar avances en la construcción del país necesita de las competencias básicas de la participación responsable de los ciudadanos. Igualmente necesita de la supresión de todas aquellas formas que institucionalizan el capricho en los procesos de toma de decisiones, una característica típica del autoritarismo. La ciencia tiene una función importante en ambos aspectos porque el diálogo y la argumentación razonada son inherentes a ella. La práctica científica favorece las habilidades propias del diálogo y la argumentación que son, a su vez, habilidades propias de la vida en paz y democracia.
Los procesos de intercambio global de personas, productos científicos y tecnológicos y recursos financieros imponen nuevos retos para los países más pobres. Pero a la vez ofrecen oportunidades educativas y de empleo, así como también abren el abanico de opciones de comunicación, conocimiento, información y mercados. El acelerado intercambio mundial de científicos y técnicos, así como también el flujo de bienes y productos científicos y tecnológicos agregan complejidad a los procesos sociales de los países. Por un lado, la ciencia y la tecnología aceleran la declinación autodestructiva y, por otro, de manera paradójica también abren posibilidades de creación y gestión de nuevos esfuerzos, ofrecen mejores enfoques y soluciones, y alientan con esperanzas a los países empobrecidos. El punto crítico para tomar un derrotero u otro está en el contenido ético de los proyectos.
Las políticas nacionales de ciencia y tecnología debieran utilizar como punto de partida un marco general que como éste, sirva de referencia para la conducir los programas, evaluar el impacto e igualmente para definir las nuevas orientaciones.
Como es sabido, hay diversas concepciones sobre el desarrollo de los países. Entre las posibles concepciones del desarrollo, algunas son claramente contradictorias con respecto a otras. La mayoría hace un énfasis particular en determinados postulados del desarrollo social en desmedro de otros aspectos que pudieran ser esenciales. Cuando ése es el caso, el fracaso está casi asegurado de entrada.
Las concepciones unidimensionales son equivocadas no tanto por lo que afirman sino por lo que callan[2]. No podemos ni siquiera imaginar proyectos sociales exitosos que no sean integrales ni sostenibles. Tienen una contradicción. Integralidad y sostenibilidad son dos cualidades necesarias para afianzar las contribuciones sociales que en realidad cuentan como avances. Si las concepciones de sociedad y del correspondiente proyecto social destacan la importancia de la economía, por ejemplo, sin incluir igualmente la salud pública y el ambiente, el desarrollo político y la cultura, en poco tiempo muestra las deficiencias. Tal tipo de proyecto es falaz, pues del hecho de que la economía es un componente necesario del desarrollo, se infiere que es suficiente. El fracaso de ese esquema lo ha vivido Guatemala periódicamente. Los países latinoamericanos en general y los cambios políticos mundiales desde inicios de la década pasada atestiguan la insuficiencia del modelo unidimensional.
Un razonamiento similar puede hacerse si destacamos el aspecto de salud y ambiente, o el político o el cultural con detrimento de los demás aspectos. En síntesis, no hay desarrollo sin progreso simultáneo en todos estos aspectos. Adicionalmente, el desarrollo de la cultura debe incluir los componentes más dinámicos de ésta: la ciencia y la tecnología.
Además, parece ser obvio que el plan de desarrollo adoptado debe tener el apoyo de los involucrados. En congruencia con el ideal democrático, es muy deseable que el mayor número posible de personas tenga oportunidad de construir el plan o proyecto. Es decir, que éste sea legítimo y que los diferentes puntos de vista acerca de cuál será la ruta del desarrollo hayan sido sometidos a un diálogo real.
El desarrollo auténtico es, pues, el que es legítimo, integral y sostenible. Los medios y prácticas de la democracia participativa abonan a favor del aspecto de la legitimidad. La ciencia y la tecnología lo hacen principalmente, aunque no exclusivamente como se señaló, en favor del carácter integral y sostenible de los programas sociales.
El papel central de la ciencia y la tecnología en el desarrollo ha sido destacado en varias resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas. Ahora, la Comunidad Europea redobla esfuerzos para fortalecer sus capacidades científicas y tecnológicas como base de su desarrollo.[3]
Una respuesta simple para distinguir entre ciencia y tecnología diría que fundamentalmente la ciencia es una búsqueda de respuestas teóricas – su intención es comprender, es conocimiento –, mientras que la tecnología es una búsqueda y aplicación de soluciones prácticas – su intención es resolver necesidades concretas. Seguramente la base para distinguirlas está próxima a esa idea. Sin embargo, la práctica de ambas hace en la realidad un continuo que vincula interminablemente una y la otra. Ante tal situación, algunos han planteado que las dos actividades son una sola llamada tecnociencia o ciencia-tecnología. En realidad, esa unificación no ayuda mucho a dar luz en el asunto. Muchas veces aumenta la confusión entre ambas. Es necesario resolver esa confusión, especialmente cuando se trata de la planificación de políticas de ciencia y tecnología, o bien, la incorporación de éstas en un proyecto de desarrollo. Además, la educación en ciencia y tecnología exige que se distingan cuáles son las características particulares de ambas. Los estudios actuales sobre las naturalezas propias de la ciencia y la tecnología hacen ver las complicadas relaciones que tienen entre sí. Algunos han señalado dónde encuentran las diferencias principales: los propósitos de investigación, la actitud frente a las publicaciones (artículos versus patentes) y las características del conocimiento de cada una.[4]
Las respuestas teóricas constituyen el origen de nuevos diseños tecnológicos o generan otros conocimientos que eventualmente conducen a satisfacer necesidades. La tecnología, por su parte, también es fuente de conocimiento y enriquece a la ciencia.
En la actualidad hay una fuerte tendencia a reconocer una variedad de enfoques de la ciencia. Esto determina desacuerdos acerca de lo que es o no científico. Difieren acerca de algunos elementos: la naturaleza de la tarea científica, los métodos aceptables, la capacidad explicativa e inferencial, la apreciación de lo real accesible a la ciencia, la noción de validez, los sujetos ejecutores, los límites entre ciencia y pseudociencia (y si existe la necesidad de establecerlos o no), y otros muchos aspectos. En cualquier caso la discusión actual parece destacar la importancia de algunos aspectos concretos. Primero, lo que algunos llaman “tradiciones”, según se trate de tal o cual objeto de estudio. Una tradición se integra por teorías, métodos y postulados. Se aglutina en torno a un dominio de problemas científicos, un objeto de estudio y ciertas técnicas para acercarse a él.[5] Las tradiciones establecen estándares para el tratamiento de los problemas científicos. En segundo lugar, la aceptación social del conocimiento producido. Los acuerdos se construyen por medio de consensos racionales. Lo que cuenta como conocimiento científico es lo que alcanza el consenso de la comunidad de la ciencia, pasa por los corredores, se publica en revistas especializadas, libros y periódicos, se enseña en las escuelas y funciona en la cultura y la producción agrícola e industrial. Y tercero, la correspondencia entre los principios, los valores y los conocimientos producidos con el mundo real, incluyendo el de la subjetividad. Esta correspondencia es lo que explica la fuerza, la enorme influencia de la ciencia, como factor transformador de la sociedad en los últimos siglos.[6] Es la capacidad para explicar y predecir la dinámica del mundo natural y social y, sumado a ello, la capacidad de dar comprensión y sentido.
Lo anterior significa que la evolución de la legitimidad del conocimiento empieza por la aceptación de éste en las comunidades científicas. De ahí la necesidad de cultivar la consolidación de un cuerpo de científicos y técnicos en el país. También está claro que la concepción excluyente de la ciencia “dura” ha quedado relegada, por insuficiente, ante las perspectivas que ofrecen nuevas metodologías evolucionadas desde la psicología, la sociología y otras ciencias humanas. Estos enfoques alternativos ofrecen para Guatemala nuevas posibilidades de comprensión de los fenómenos de interés social desde la ciencia.
Para el caso de la tecnología la comprensión es más difícil. La concepción de ella en Guatemala es menos discutida que la de la ciencia lo cual tiene implicaciones graves sobre los enfoques tecnológicos que se enseñan en la educación media. No obstante, el cambio tecnológico es muy importante para el desarrollo. La producción, el uso y la enseñanza de la tecnología merecen consideraciones específicas vinculadas a la historia, la realidad presente y las potencialidades de la sociedad y el estado. Por eso, en Guatemala como en todas partes, es importante que se discutan los mecanismos de creación y transferencia, junto con las particularidades de la tecnología nacional, las actuales y las deseables. Sin duda, la discusión necesariamente debe enmarcarse en las condiciones sociales, ecológicas, culturales y sanitarias del país.
La capacitación en tecnología, lo que algunos han llamado la alfabetización tecnológica, es importante para abrir espacios en que los jóvenes se coloquen en el mundo laboral. Además, la educación tecnológica es imprescindible para la evaluación y uso responsable de la tecnología.
La ciencia y la tecnología no son la misma cosa. Pueden diferenciarse una de la otra. Ni el optimismo exagerado, ni el pesimismo irresponsable con respecto a la ciencia y la tecnología ofrecen opciones recomendables para la paz y el desarrollo. Ambas son necesarias para elaborar una propuesta de desarrollo y un programa educativo congruente con ella. Los planes y programas del país y las distintas regiones deben incorporar políticas explícitas de ciencia y de tecnología.
Práctica de la ciudadanía, identidad, autonomía, recursos sociales, oportunidades en la globalización y protección contra los riesgos de ésta, son sólo algunos de los productos esperables de la práctica de la ciencia y la tecnología.
Los conocimientos, como productos de la ciencia, son valores importantes para la sociedad por sí mismos. Pero no sólo eso. La ciencia no es importante sólo en el plano de los descubrimientos científicos. Es muy pobre la concepción de la ciencia que considera que ésta es importante sólo por eso. La ciencia es importante porque, entre otras cosas, cambia (aunque sea mediante imágenes e inspiraciones) la forma en la que la gente ve y vive en el mundo.[7] Es importante también porque su ejercicio cultiva el espíritu crítico y la independencia intelectual. Por eso contribuye directamente a (construye y vive) la libertad. Tanto el conocimiento mismo, como también las metodologías creadas y la experiencia derivada del ejercicio de la ciencia son productos culturales. Por tener tal naturaleza cultural, la práctica de la ciencia hace crecer los valores que dan cohesión a una sociedad incluyendo, entre estos, la autonomía y la libertad, por mencionar sólo algunos.
Además, en el mismo centro del desarrollo de la ciencia se encuentra una práctica dialógica en la que se atienden los argumentos y contraargumentos en una búsqueda permanente de consensos racionales. Esa práctica es análoga al ejercicio de la democracia auténtica porque acepta los desacuerdos, incorpora estos en la construcción de las decisiones y soluciones. Más aún, los utiliza como base para emitir juicios construidos a partir de la deliberación y pondera los argumentos que generan otros. Ello supone evidentemente la capacidad de revisar y modificar los propios juicios.[8] En esa analogía, sólo hay diferencia en cuanto al objeto de trabajo: la ciencia se enfoca al conocimiento y la democracia al destino de la sociedad.
Haciendo la salvedad de que existen diferencias, algo equivalente puede decirse de la tecnología.
Es evidente que hay que alentar la educación acerca de las capacidades específicas del ejercicio democrático para abrir los espacios de participación política. Pero, a juzgar por las prácticas comunes en las cosas públicas, no parece igualmente evidente la necesidad de incluir siempre la ciencia y la tecnología. Todo aquel proyecto social que aspire a lograr un grado aceptable de autonomía entre las demás naciones y condiciones de vida más satisfactorias para todos los habitantes del país debe hacer uso de sus recursos, capacidades y conocimientos científicos y tecnológicos.
A menos que se declare una renuncia a la racionalidad, toda iniciativa encaminada en Guatemala con pretensiones de éxito para propiciar mejores condiciones de vida para los habitantes debe incluir la ciencia y la tecnología. La renuncia a la creación científica y tecnológica significa conformidad con un destino de servicio a (no de cooperación con) los países avanzados. Significa también renuncia a la posibilidad misma del desarrollo en su concepto basado en los valores de dignidad, autonomía y equidad. Es renuncia a ser protagonistas en la historia.
El país cuenta con recursos valiosos en las capacidades y condiciones científicas y tecnológicas actuales, aunque es obvio que tales condiciones y capacidades deben ser reforzadas. Por lo tanto, debe hacerse el mejor uso posible de ellas. Sin pretender exagerar el potencial de la ciencia y la tecnología, ni adoptar un cientificismo que reproduzca el autoritarismo, es necesario que en Guatemala se aprovechen los recursos de las teorías, los métodos y los productos inherentes a la ciencia y la tecnología.
Es necesario erigir una estrategia legitimada por la participación pública que incluya la ciencia y la tecnología. La ambición es la de apoyar un desarrollo que haga al país y la región latinoamericana mejores protagonistas de sus propios destinos: con iniciativa, más dinámicos y más fuertes ante el mundo; capaces de sostener un crecimiento económico de largo alcance, con mejor calidad de vida, creador de empleo. Un desarrollo apoyado en nuestras riquezas culturales y naturales y que tienda a mejorar la cohesión social. Con carácter integral y sostenible. Ante todo, que sepa usar firmemente las capacidades de la construcción democrática con una ética ciudadana.
Algunos
de los aspectos que por su importancia deben ser considerados en dicha
estrategia son estos:
1.
La promoción del reconocimiento y aceptación
del valor de la ciencia y la tecnología en toda la población como instrumentos
valiosos para el desarrollo. Es indispensable superar la imagen pública
de una ciencia producida por expertos para expertos. Esto empieza por reconocer
que en demasiadas ocasiones los usuarios principales de los productos
científicos y tecnológicos son sólo unos pocos. La mayoría sólo tiene acceso a
un uso marginal de ellos. Es necesario convertir la ciencia y la tecnología en
algo cotidiano para los ciudadanos. Para ello será importante promover el
intercambio entre los círculos de la ciencia y la sociedad, reforzar la
presencia de la ciencia y la tecnología en los medios de comunicación y en la
vida pública. Al mismo tiempo, es indispensable fomentar la comprensión de la
ciencia y la tecnología en la educación primaria, media y vocacional.
2.
La activación del Sistema Nacional de
Ciencia y Tecnología. Guatemala cuenta con un Sistema Nacional de
Ciencia y Tecnología que de varias maneras es ejemplar. Su integración favorece
el encuentro entre académicos, políticos y representantes del aparato de la
producción agrícola e industrial. El Sistema ha impulsado proyectos de
desarrollo científico y tecnológico, acciones de intercambio con instituciones
científicas en el exterior, actividades de capacitación y proyectos científicos
con evaluación por pares. Sin embargo, después de un crecimiento sostenido
durante casi diez años, el Sistema ha sido prácticamente detenido en su
crecimiento y efectividad en los últimos dos años. La Ley de Promoción
Científica y Tecnológica Nacional que creó el Sistema fue promulgada en 1991.
En la actualidad es necesario recuperar el cumplimiento de dicha ley.
3. La formación de científicos y tecnólogos. La Sociedad y el Estado deben apoyar a las universidades nacionales en las propuestas de formación de investigadores y comunicadores sociales dedicados a ciencia y tecnología. En especial, a la Universidad de San Carlos de Guatemala por ser estatal, pública y la mayor entidad productora de ciencia y tecnología del país. Este esfuerzo debe ser nacional. Implica a los científicos con experiencia para apoyar la capacitación de profesionales jóvenes por medio de cursos y talleres, en programas de maestría y, eventualmente, doctorado. Asimismo, es necesario promover la participación de guatemaltecos en programas avanzados de maestría y doctorado en el exterior. Esta línea de trabajo requiere mucha atención debido a que conlleva necesariamente otras medidas que incluyen el mejoramiento de las políticas salariales u otras compensaciones, el equipamiento de los centros de documentación e instalaciones (laboratorios y otros medios). En lo que compete a las universidades, con el sentido autocrítico más riguroso es urgente revisar cuáles han sido los postulados que de manera formal e informal han regido los programas de formación en investigación. Uno de los aspectos que necesita esa evaluación es la manera como se ha tratado de acercar a los estudiantes a la práctica de la ciencia y la tecnología. Una de las vías por las que se ha intentado ese acercamiento es la perspectiva epistemológica a destiempo. Los resultados están a la vista.[9]
4. La atención a la ética y a la participación de la sociedad civil. Es necesario que los investigadores, los evaluadores y los administradores de proyectos y programas científicos y tecnológicos realicen un análisis sobre el contenido ético de los mismos antes de ejecutarlos. Deben hacerse prevalecer el reconocimiento del ser humano en sociedad y el valor de la dignidad humana. Todos los convenios internacionales y la Carta de los Derechos Humanos deben ser meticulosamente observados. Una especial atención debe darse a aquellas propuestas de investigación relacionadas con las personas estudiadas, incluyendo sus tejidos y órganos, el ambiente y la cultura. No sólo es importante no causar daño, pues es inmoral también no dar la información suficiente y negar un beneficio accesible o disponible. En el aspecto social, es necesario abrir espacios de reflexión y análisis. Esto puede hacerse por medio de encuentros de diálogo informado sobre temas importantes de interés común. Una propuesta que combina los aspectos éticos con los de la participación social es el fomento de la igualdad entre hombres y mujeres en la ciencia y el desarrollo tecnológico. Para Guatemala, igualmente importante es el fomento de la igualdad entre los distintos grupos étnicos. Si la sociedad en su conjunto desea comprender mejor la evolución de la ciencia y la tecnología necesita tomar medidas específicas para resolver las distorsiones sociales de las subrrepresentaciones y las exclusiones.
5. El apoyo directo a las actividades de ciencia y tecnología. Toda propuesta científica y tecnológica, previo a dársele apoyo, debe ser evaluada en sus aspectos importantes: metodología y procedimientos, importancia social y cumplimiento de las normas éticas. Siempre y cuando se cumpla con esa condición, es necesario promover los enfoques de la ciencia y la tecnología para abarcar todos los campos sin excluir ninguno a priori. A toda la sociedad le conviene abrir los espacios de la ciencia y la tecnología. Para ello es esencial concebir con amplitud dichos espacios. Es básico que haya capacidad para realizar estudios y propuestas de interés social, incluyendo los estudios sociales, culturales y humanísticos.
6. La responsabilidad de los científicos y tecnólogos. Tanto los científicos como los creadores de tecnología y quienes transfieren tecnología tienen responsabilidad moral en varias de sus acciones. Por un lado, deben observar la planificación, ejecución y comunicación de sus acciones con toda la calidad científica y técnica posible, con sentido ético y social, y dando el mejor uso posible a los recursos naturales. En caso de conflicto, éste debe tratarse como un problema de ética superior. Debe prevalecer el interés general por encima del interés particular. El mejor instrumento para resolver los conflictos es el diálogo auténtico, con participación informada de todos los que tienen un interés legítimo en el proyecto o sus consecuencias. Por otro lado, debe aplicarse el principio de precaución. La ciencia y la tecnología son instrumentos poderosos, capaces de causar daños imprevistos en caso de descuido. Muchos ejemplos podrían ser citados aquí. Por tal razón, es fundamental que como parte de los proyectos se incluya una fase de evaluación y supervisión constante, con participación de las personas que están directamente involucradas y, además, las instituciones públicas y privadas que tienen bajo su responsabilidad el asunto específico del proyecto. Cuando un sistema técnico puede producir daños, aunque todavía no se tenga evidencia contundente para aceptar una relación causal entre el sistema y los daños, es correcto aplicar el principio de precaución. La condición es que existan bases razonables para creer en dicha relación.[10] Estas situaciones hacen ver también la responsabilidad de las instituciones educativas. En especial las universidades tienen el compromiso de reforzar los programas de formación de científicos y tecnólogos para combatir la ignorancia humanística. En sentido contrario, los humanistas también deben nutrirse de la información básica para ofrecer a la sociedad mejores reflexiones sobre la importancia humanística y cultural de la ciencia y la tecnología, sus ventajas y sus riesgos. A los políticos les corresponde una responsabilidad similar.
7. La cooperación entre investigadores y entre instituciones. Una de las expresiones de la dependencia de nuestros países es la subordinación ante los centros mundiales de conocimiento y tecnología. Las expresiones de tal dependencia se dan no sólo en la economía sino también en la cultura y otros órdenes de la vida social. Como resultado, se produce el conocido aislamiento de las instituciones científicas y tecnológicas de los países dependientes. Encuentran vínculos que las unen a los centros de mayor producción más fuertes que con los que comparten la misma precariedad. Sin embargo, la proximidad histórica y cultural de los pueblos centroamericanos – y latinoamericanos en general – es una condición favorable para enfrentar los retos de la globalización y los problemas internos de las naciones. La integración regional debe ser una obra constante para las instituciones educativas y de ciencia y tecnología, así como también para las sociedades. En esto las organizaciones de naciones tienen la responsabilidad de apoyar a los países, por medio del intercambio de científicos, la educación de postgrado, los proyectos científicos nacionales e internacionales de interés para la región, la publicación de obras científicas, la conexión entre colegas que comparten intereses similares en ciencia y tecnología, becas y otras vías.
La puesta en marcha de varios de estos puntos exige el diálogo y la definición de acciones de las instituciones educativas, científicas y tecnológicas con los sectores político, empresarial y organizaciones de la sociedad civil.
[1] Cirujano Dentista, M.S., Ph.D. Presidente de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de Guatemala. Profesor e investigador de la Universidad de San Carlos de Guatemala.
[2] Mario Bunge. Ciencia, Técnica y Desarrollo. Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 1997
[3] Comunicación de la Comisión al Consejo, al Parlamento Europeo, al Comité Económico y Social y al Comité de Regiones. Plan de Acción Ciencia y Sociedad. 26 de junio de 2001.Organización de Estados Iberoamericanos. Sala de Lectura. http://www.campus-oei.org/salactsi/ue.htm
[4] José Antonio Acevedo Díaz. Tres Criterios Para Diferenciar Entre Ciencia y Tecnología. Organización de Estados Iberoamericanos Para la Educación la Ciencia y la Cultura. Sala de Lectura. http://www.campus-oei.org/salactsi/acevedo12.htm
[5] León Olivé. El Bien, el Mal y la Razón. Paidós y Universidad Autónoma de México. México, D.F. 2000. pp. 57
[6] Ruy Pérez Tamayo. ¿Existe el método científico? Fondo de Cultura Económica. México, D.F. 1998. pp. 275
[7] León Olivé. Op. Cit. pp. 75
[8] Ana Rosa Pérez Ransanz. Kuhn y el Cambio Científico. Fondo de Cultura Económica. México, D.F. 1999. pp. 149
[9] Manuel González Ávila. La infraestructura del sistema de educación superior y la formación de recursos humanos para la investigación científica y tecnológica. VII Foro Interuniversitario: Modernización de la Universidad, IV Taller: La investigación como función de la Universidad. Universidad del Valle de Guatemala. Guatemala, 3, 4 y 18 de julio de 1997.
[10] León Olivé. Op. Cit. pp. 117