Sudán: la larga guerra del "oro negro"

             En esta ocasión, la campaña de MANOS UNIDAS vuelve otra vez los ojos a un país africano castigado por interminables décadas de guerra, conflicto de carácter étnico y religioso que ha dividido el vasto territorio de Sudán en dos mitades: el empobrecido sur de los cristianos y animistas y el norte del gobierno islamista.

                 Un cruel enfrentamiento que en nombre de la religión ha causado más de dos millones de muertos y millones de desplazados que vagan por tierras desérticas buscando un lugar donde establecer sus precarias moradas y rehacer sus maltrechas existencias.  

 En la confrontación de Sudán también está presente -como en tantos otros enfrentamientos- el matiz económico: el hallazgo de petróleo en el sudoeste de Sudán sirve para incrementar las riquezas de unos gobernantes, que utilizando el nombre de Alá y una fanática interpretación del Corán, masacran pueblos enteros y someten a sus habitantes a vejaciones y torturas tan impensables como la esclavitud.

 En el río revuelto, algunas grandes multinacionales petrolíferas ha impedido que la comunidad internacional medie de manera definitiva en un conflicto, que amenaza con convertirse en una guerra crónica, y que mantenga una posición ambigua.

              SUDAN: "TIERRA DE LOS NEGROS"

 Pocos meses antes de conseguir la independencia de Gran Bretaña -1 de enero de 1956- estalló en Sudán una revuelta originada en los territorios del sur. El enfrentamiento adquirió mayor virulencia con la llegada de los gobiernos islamistas que incumplieron reiteradamente las promesas de autonomía hechas a los sureños aumentando la presión tanto sobre las etnias de la región como sobre el pueblo nubio, rechazado y perseguido desde la época del Egipto de los faraones.

Paradójicamente Sudán significa en lengua árabe "tierra de los negros" y es precisamente esta raza - que en Sudán practica mayoritariamente las religiones animista y cristiana - la que durante décadas ha sufrido el sometimiento a la población árabe del norte  donde se ubica el gobierno islamista apoyado por los países árabes vecinos.   

El conflicto étnico adquirió pronto carácter de guerra civil y las posturas se radicalizaron hasta que el 27 de febrero de 1972 los grupos contendientes firmaron en Addis Abeba (Etiopía) un acuerdo de paz que garantizaba el nacimiento de una nueva vida en Sudán; basado en los principios de igualdad, justicia y libertad religiosa. Los acuerdos nunca se respetaron y durante diez años el ambiente fue deteriorándose debido a que los grupos fundamentalistas islámicos del norte presionaban insistentemente para transformar el país en un estado islámico. La presión surtió efecto imponiéndose la legislación islámica en todo Sudán con la consiguiente y constante violación de los derechos humanos de la población negra del sur. Las escasas mejoras económico - sociales, consecuencia de la firma de los acuerdos de paz se concentraron nuevamente en el norte del país, para los territorios del sur los avances fueron insignificantes.

 

DICTADURA. SHARIA Y ORO NEGRO: INGREDIENTES PARA UNA GUERRA

 El descubrimiento de petróleo en el sur de Sudán no entrañó ninguna mejoría para la población de estos territorios, es más, el gobierno intentó que la línea fronteriza ficticia que divide el país llegara más al sur con el fin de reducir el espacio de la población negra y tener más acceso a los recursos petroleros ubicados, casi en su totalidad, en las tierras del pueblo nuer. Los ingresos provenientes de 200.000 barriles de petróleo que se producen al día representaron en el año 2.000 casi el 75 por ciento de las exportaciones del país (1.300 millones de dólares), desgraciadamente, los beneficios económicos no repercuten en la población. 

            En 1976 el presidente Nimeiry firma un pacto de defensa con Egipto y, en principio, parece apoyar los acuerdos de Camp David. Viendo que esto supone alejarse del resto del mundo árabe, se distancia de El Cairo para acercarse a Arabia Saudí. 

            En 1983 el gobierno, presionado por Arabia Saudí, impone la ley islámica (Sharia) en todo el territorio para lograr ayuda financiera, provocando gran descontento entre cristianos y animistas e, incluso, entre opositores del norte que critican al presidente por aplicar estas leyes para acallar a los críticos. Surge entonces el Movimiento Ejército de Liberación del Pueblo Sudanés (SPLM/A) que casi desde sus orígenes ha estado dividido en dos grupos: los que luchan por un Sudán unido, democrático y secular y los que buscan la independencia lo que dio a las guerrillas una base ideológica. 

            El SPLMIA recrudece sus acciones hasta expulsar a las compañías extranjeras que hacían prospecciones en el sur de Sudán; se multiplica la deuda externa (cercana todavía a los 17.000 millones dólares - 593 dólares per cápita), y los medioss de comunicación comienzan a bombardear a los espectadores de las naciones desarrolladas con las desgarradoras imágenes de la hambruna que asola el país.

            La guerra -en un enorme país que ocupa más de dos millones y medio de km2-, se financia con los ingresos que el gobierno del norte obtiene de dar grandes concesiones  de explotación  de crudo  a  compañías  extranjeras  (británicas, canadienses, argentinas, malayas y,  sobre todo, chinas). Esto le permite adquirir armas, tanques, helicópteros, bombarderos y minas antipersona. El conflicto bélico en Sudán, cuesta a sus señores de la guerra nada más y nada menos que un millón de dólares diario. 

            La llegada al poder el 1989, tras un golpe de estado, de Omar-al-Bashir empeoró aún más las cosas. La conocida ley islámica - la misma ley Sharia de la que todo el mundo ha oído hablar por la crudeza que sus tribunales han demostrado en Nigeria- se aplica con dureza en todo el territorio nacional, además de tener sometidos a una férrea censura a los medios de comunicación. Esta islamización del régimen llevó a Estados Unidos tras los atentados del 11 de septiembre, a incluir a Sudán -antaño aliado en la lucha contra el comunismo- en la lista negra de estados terroristas y al aislamiento económico. 

A pesar de ello, en enero de 2002 se abrió una puerta a la esperanza: el gobierno de Jartum y los rebeldes firmaron en Egipto un alto el fuego en los Montes Nuba que parece ser respetado.           

            Recientemente, algunas organizaciones humanitarias han pedido a las compañías petroleras que suspendan sus operaciones en Sudán porque "en lugar de aportar prosperidad a la población sudanesa, el petróleo ocasiona hoy día muertes, hambre y desplazamientos forzosos". 

POBLACIÓN HAMBRIENTA. ESCLAVA Y DESPLAZADA

 Sudán está en guerra y Sudán pasa hambre. 

            En el más grande de los países africanos, donde hay petróleo, goma arábiga, trigo, algodón y ganado la población del sur se muere literalmente de hambre. Varias han sido las llamadas de emergencia inmediata lanzadas por la FAO y las asociaciones de ayuda humanitaria para intentar paliar el problema de la falta de alimentos. La guerra y los desastres naturales -sequías e inundaciones- que siempre parecen cebarse en los más castigados, han provocado que más de dos millones y medio de sudaneses corran el riesgo de morir de hambre. 

            La crueldad de los conflictos bélicos adquiere en Sudán una brutalidad inusitada. El ensañamiento del ejército y los grupos paramilitares del norte - financiados por el gobierno- contra la población civil de los pueblos del sur entrañan un odio difícil de entender. La ayuda humanitaria, cada vez más escasa por las grandes dificultades que para las ONG supone establecerse en el territorio sudanés - principalmente en el sur-, deja a la población en total desamparo y desesperanza.

             Así las cosas, diariamente se ponen a prueba los límites de resistencia de unos seres humanos que han aprendido a vivir con el miedo y el terror pegados al cuerpo. Los habitantes del sur son sometidos y masacrados, pero los del norte también sufren las consecuencias de la larga y sangrienta guerra que ha originado la aparición de una floreciente burguesía musulmana y empobrecido al máximo a un numeroso núcleo de población.

             En este sentido cabe hablar del reclutamiento forzoso de jóvenes musulmanes para que entren a formar parte del ejército. Todo aquel que no tiene carnet de identidad es reclutado pero, curiosamente, el carnet de identidad se obtiene tras haber pasado por el ejército. Aunque, como sucede en tantas ocasiones, hay privilegiados que no tienen que pasar por las fuerzas armadas: los que tienen dinero suficiente para poder pagar su excedencia. 

            Ejército y paramilitares bombardean sin piedad, utilizan el hambre como arma de guerra, entran en los poblados y arrasan con todo lo que encuentran a su paso, matan a los hombres y,  para vergüenza de todos los que no hacen nada por impedirlo, secuestran para utilizarlos como esclavos a niños y mujeres. Esta esclavitud supone que los varones han de dedicarse a las tareas más duras en los hogares de los miembros del ejército, de sus compradores o de los traficantes a cambio de poder dormir unas horas diarias entre los animales, recibir la cantidad de alimento mínima para poder subsistir y sufrir golpes y palizas diarias. 

            Pocos, muy pocos, han conseguido escapar de su suerte porque para impedírselo los amos les cortan los tendones de los pies lo que hace su caminar casi imposible. Para las niñas y las mujeres es todavía peor: además de trabajar de sol a sol en unas condiciones tan penosas como las de los varones, sus dueños las utilizan como concubinas para satisfacer sus deseos sexuales o los de los hombres de la casa. 

            Las condiciones de vida en los campos de desplazados o en los suburbios de las grandes ciudades como Jartum (donde se concentran cerca de 2.000.000 refugiados) son casi imposibles de entender para un occidental: instalados en el desierto, sin agua, sin posibilidad de cultivar en las resecas tierras, una gran parte son mujeres viudas, abandonadas o cuyos maridos se han quedado en el sur luchando, y que sólo saben trabajar la tierra. La educación y la sanidad no llegan a los campos de desplazados. El gobierno se encarga de mantenerlos en la ignorancia tanto a los desplazados como  a los habitantes del sur para evitar que, algún día, puedan hacerles frente con las armas del saber.

  

MANOS UNIDAS SOCORRE A LA POBLACIÓN SUDANESA 

           MANOS UNIDAS ha realizado en Sudán campañas de ayuda de emergencia y apoya diversos proyectos de desarrollo en el terreno educativo y en las zonas alejadas del conflicto armado. Más de 324.547 euros se destinaron a salvar la vida a muchos niños y a hacer posible la supervivencia de muchas familias abandonadas a su suerte a causa de la guerra. 

·       Wau, sur del país y zona de guerra: 123.207 euros destinados a los misioneros y misioneras salesianos para la atención a niños y familias afectadas por el conflicto.

·       Jartúm: 60.101 euros apoyo a la población desplazada concedida a la Parroquia de los Padres Blancos.

·       St. Josephs Technical School: 50.485 euros destinados a un centro de formación profesional dirigido por los misioneros salesianos.

·       Campo de desplazados al sur de Jartum: 83.541 euros destinados a necesidades básicas de los desplazados.

·       Wad Medani, suroeste de Jartum: 9.015 euros para el centro de acogida de los niños desplazados que mantienen los misioneros combonianos.

             La mayor parte de los proyectos que MANOS UNIDAS mantiene en la zona van dirigidos a los campos de desplazados para proporcionar a los refugiados un modo de vida hasta que puedan volver a sus hogares.

             En este sentido MANOS UNIDAS apoyó con 66.910 euros un proyecto dirigido por el Padre Blanco Agustín Arteche dedicado a la ampliación y reconstrucción de tres escuelas en el norte de Jartum, centros escolares destinados a la educación básica de niños y niñas desplazados que les permita labrarse un futuro y recuperar su dignidad como seres humanos.

             También se concedieron 85.794 euros al proyecto de los misioneros salesianos en el sur de Jartum, dirigido por Fray Vicenzo Donati, para equipar talleres de formación profesional con los que se proporcionará la enseñanza adecuada - en cursos de diez meses o dos años- para que los jóvenes desplazados encuentren un camino para defenderse en la vida.

 

 

 

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