En el siglo XVII comenzó a surgir un entusiasmo hacia
la devoción a la Inmaculada Concepción, llegando a solicitarse a Roma
a través del Rey de España que se proclamase el dogma concepcionista, el cual no llegó a
declararse hasta el siglo XIX (1854). Con ese entusiasmo,
pronto adquirió el carácter de causa pía refrendado en el cancionero
popular:
Todo el mundo en general
a voces Reina escogida
diga que sois concebida
sin pecado original
Mientras tanto Gregorio XV en 1622 y Alejandro VII en
1661 habían decretado a través de "breves pontificios" que se diese culto
a la Inmaculada y que se propagase y defendiese su doctrina. Con este
fervor hacia la Inmaculada, comenzaron a surgir demandas de esa
iconografía a los artistas de la época.
De la representación de la Inmaculada Concepción, cabe
destacar a los pintores del Siglo de Oro español, que al rebufo de
la Contrarreforma y con nuevos tintes barrocos plasmaron esta iconografía
de María.
Francisco Zurbarán, natural de Fuente de Cantos
(Extremadura) fue uno de los artistas con más personalidad que trató
este tema. En la representación de la Madre de Dios, Zurbarán
presenta una evolución en sus primeras obras de la Inmaculada (1630-1632)
luciendo manto azul y túnica rosa, realizadas con una sólida y potente
volumetría. Aproximadamente a partir de 1632, siguiendo las indicaciones
que Francisco Pacheco diera en su libro Arte de la Pintura,
las Inmaculadas de Zurbarán pasan a tener manto azul y túnica blanca,
siendo el prototipo más perfecto de las que pintó, la que actualmente se
conserva en el Museo Diocesano de Sigüenza.
Juan de Valdés Leal, natural de Sevilla
desarrolló su obra entre Córdoba y Sevilla. En sus obras manifiesta un
estilo absolutamente barroco, marcadamente naturalista y con tendencia al
tenebrismo, empleando un dibujo contundente, un colorido potente y poco
matizado y unos volúmenes monumentales. Su representación de la Inmaculada
es muy pareja a la realizada por Murillo, al que sustituyo como director
de la Academia de Pintura de Sevilla tras su partida a Madrid.
Bartolomé Esteban Murillo es quizá el pintor que
mejor define el Barroco español. Nació en Sevilla, donde pasó la mayor
parte de su vida, en 1617. Hacia 1651 los franciscanos de Sevilla encargan
a Murillo una Inmaculada para situarla en el arco triunfal de su iglesia.
Cuando el artista presentó su trabajo a los monjes, éstos no encontraron a
su gusto la obra ya que la hallaron tosca y poco acabada, negándose a
aceptarla. Murillo solicitó permiso para colocar el lienzo en su lugar
correspondiente y una vez situado en el arco triunfal de la iglesia fue de
absoluto agrado para sus clientes. La tradición dice que Murillo en ese
momento se negó a separarse de la Inmaculada a menos que le pagaran el
doble de lo estipulado, aumento que fue admitido por los monjes sin
oposición. Desde ese momento la obra siempre estuvo colocada en su lugar
original hasta que en 1810 sería requisada por los franceses y depositada
en el Alcázar. Su enorme tamaño -de ahí que sea conocida como "La Grande"-
la salvó de ser trasladada a Francia por lo que en 1812 fue devuelta al
convento donde permaneció hasta la Desamortización de 1836.
Murillo muestra en esta obra uno de sus primeros
intentos por renovar la iconografía de la Inmaculada, incluyendo el
dinamismo y el movimiento característico del Barroco. La Virgen se muestra
en actitud triunfante, apoyando su pie derecho sobre la luna y su rodilla
izquierda en una nube sostenida por querubines. Viste amplia túnica blanca
y manto azul, siendo sus ropajes pesados y voluminosos aunque dan muestran
de movimiento, especialmente el manto, en sintonía con la cabellera. Los
querubines que acompañan a la Virgen aún no gozan de la gracia de obras
posteriores. La ubicación original del lienzo, a elevada altura y a gran
distancia del espectador, condicionó la composición ya que Murillo tuvo en
cuenta que la obra tenía que ser vista de abajo a arriba y en oblicuo,
consiguiendo un excelente resultado.
Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, pintor
barroco español, nació en Sevilla en 1599. A los once años inicia su
aprendizaje en el taller de Francisco Pacheco donde permanecerá hasta
1617, cuando ya es pintor independiente. Velázquez representaría a María
como una mujer joven, coronada de estrellas y vestida con túnica roja y
manto azul. Sus manos se colocarían a la altura del pecho, mientras que su
cabeza miraría al lado contrario, creando un interesante efecto de
movimiento. María apoyaría sus pies sobre una media luna. Velázquez sigue
este esquema impuesto por su maestro, destacando las nubes del fondo y el
efecto de paisaje de la zona baja del lienzo, donde inserta los atributos
de la Virgen. Alejándose de la sombría paleta habitual en estos años,
María aparece vestida con una túnica rosada en la que se marcan los
pliegues, posible influencia de la pintura flamenca o de las tallas
policromadas (imaginería).
Enlaces Recomendados Pintura:
RAFAES
En las cofradías existen también notables obras que
hacen referencia a la Inmaculada Concepción, destacando sobremanera el
Simpecado. El Simpecado de la Hermandad de la Vera+Cruz y Oración en el
Huerto es una obra de Guillermo
Carrasquilla bordado sobre terciopelo azul con mezcla de hojuelas
con la plata. La Inmaculada es obra de Sebastián Santos y orfebrería de
Fernando Cruz.