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Cuando en mi memoria aún resuena el eco de los tambores del Viernes Santo, empiezo a hacer balance de otra Semana Santa, sí de otra más. Aunque suene un poco fuerte, cada vez me parecen más parecidas y, ahora, me pregunto por qué es
así.
Tal vez sea el terrible hecho de saber y ver como la Semana Santa se ha desvirtuado. Como se aprecia que en casi todos los sitios falta esa hermandad que debería impregnar el aire. Sin duda no puedo sentir lo mismo ahora que veo, que cuando era un niño y me llevaban de la mano a ver un poco de lo que era la Semana Santa de Huelva. Cuando me he perdido en las calles de mi Huelva a buscar los rincones donde ver a cada hermandad con un poco más de solera, he visto tanta hermosura que a veces he querido llorar y he visto tanta hipocresía que me he ido indignado.
Lo absurdo que me parecen los muchos niños que, sin saber que hacen y por mera vanidad, se meten debajo de un paso. Triste me he sentido porque hay otros tantos que lo hacen por devoción y se ven perjudicados por estos niños, y otros que no lo consiguen porque no son amigos de alguien. La fe debe regir estos actos y no el aparentar. El costal se ve en este tiempo como señal de virilidad y no como señal de hermandad y devoción.
El color que toman las calles al pasar las hermandades es hermoso, lleno de tonos y sentimientos, pero eso si, enturbiado por las lenguas que atacan al débil. Son muchos los entendidos que en vez de ayudar, machacan y se sonríen y dan palmaditas en la espalda a costa de los menos privilegiados. Esas tertulias que se forman en la calle y critican al "hermano" no son cristianas y sus miembros mucho menos.
Para terminar alabar a cada cofrade de verdad que jamás se deja llevar por la corriente. Esos hermanos que esperan un año para volver a vivir su Semana Santa, espiritual y humana. Ojalá alguien pudiera hacerme ver el porqué de tanto y me permitiera volver a vivir la Semana Santa cada año como si fuera la primera vez.
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