EL AGUAO
REVISTA DE LA TERTULIACOFRADE MAÑANAS DE DOMINGO
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Y LLEGO EL LUNES
Después de haber vivido un intenso Domingo de palmas, como diría algún pregonero, regreso a mi casa, recordando un poco lo que ha sido el día.
Como cada año, llegue tarde a la cita con mis amigos de siempre para ver la salida de la Borriquita, y es que, la “tertulia de anoche” en L’Plaza se prolongó más de lo debido. El caso es, que comenzó el día, y me tuve que apresurar si quería ver a la Trinidad por la calle de la fuente (Cristo de los Afligidos). Al final como no es suficiente verlo una sola vez, termino con algún conocido, en la Carrera Oficial. A mí, esta Cofradía me gusta verla de principio a fin, será porque como es la primera... . Yo la veo a mediación de la citada calle, desde la Cruz de Guía; con la policía local montada (en moto) delante, el carro de la chucherías, los padres y las madres de los nazarenitos, capirote en mano, palma en la otra; ¿ Cómo se las arreglan para sostener todo esto y darle agua al niño sin soltarle de la mano? . Increíble.
Luego, con mi primo David y señora, nos pusimos en camino hacia Sevilla (algunos años, no siempre). La Sagrada Cena en la Encarnación, el Despojado en el Postigo, La Paz, La Estrella, La Amargura ... . Aquí se me forma una especie de nudo en el estomago, ¡ un pellizco que decimos aquí!, escuchando los sones de Font de Anta. Ya me tengo que venir. Intentamos ver lo que hay en Utrera; a veces se consigue, a veces no. Recogida de la Oración ó la Piedad subiendo de una sola chicotá la calle de Santa Brigida... sencillamente insuperable.
Nos hemos tomado “la penúltima” y nos vamos a casa. Es entonces, cuando me he quedado solo, un ligero escalofrío me pone la carne de “gallina”, el corazón empieza a acelerarse y tardo bastante rato en conciliar el sueño.
Y llega el Lunes. Se despierta aparentemente normal. Es un día laborable; la gente esta en sus actividades cotidianas, pero hay algo que lo hace diferente. El sol brilla con más intensidad que lo normal, el azul del cielo es tan puro que parece que vaya a romperse. Es como si el día se despertase alegremente, lleno de colorido para darle la bienvenida a la recién estrenada primavera.
Escucho la radio mientras desayuno. “El Cautivo de Santa Genoveva sale de la capilla de su barrio arropado por una multitud de fieles que acuden para acompañarlo hasta la Santa Iglesia Catedral” dice el narrador. “Debe ser impresionante estar allí en esos momentos”, voy pensando mientras empiezan las palpitaciones a aumentar el ritmo de nuevo. Así, mas o menos, voy pasando la mañana. Al terminar de almorzar con mi familia, preparo mi ropa y me voy.
La cofradía no sale hasta las seis y media, nos han citado a las cinco pero los costaleros quedamos a las cuatro para tomarnos un café juntos en casa de Vito -en el Bulevar-. Luego nos vamos. Por el paseo recorre una ligera brisa que hace mover las hojas de los árboles del entorno. Me doy cuenta, una vez más, de lo divina que es la madre naturaleza; el contraste de colores entre el sol que se resiste a marcharse, el azul del cielo interrumpido a veces por alguna nube, y el verde de las hojas de las árboles, jugando con la brisa, intentando ser ellas las protagonistas de tan bello cuadro natural, es completado con el negro de los nazarenos que se acercan presurosos al Santuario, para iniciar su Estación de Penitencia.
Justo cuando atravieso la puerta, todo es distinto. Se detiene el tiempo. La oscuridad es vetada débilmente por la luz eléctrica. La humedad se siente en el olfato, aliviado por el incienso. Las bancas están retiradas de su lugar de siempre, los nazarenos esperan pacientemente la hora. Mientras paso por delante de ellos me pregunto: ¿Estarán nerviosos igual que yo?, ¿Qué siente un nazareno del Lunes?. Para mi, son auténticos héroes, capaces de aguantar de pie, el duro caminar; soportando y aguantando en silencio desde las cuatro de la tarde hasta pasadas las dos de la madrugada, el capirote, la capa, etc. Con un solo objetivo, mantener la fe en Cristo y María.
Y llega la hora de partir. Las puertas se abren de par en par. Parece que el sol quiere colarse hasta el fondo. El colorido natural de Consolación se ha enriquecido con la multitud de personas que se agolpan para ver la salida. El aroma fresco se mezcla con el perfume de las mujeres y el incienso de la cofradía. Los nervios estaban un poco aplacados hasta que llegó Miguel Angel. Se acerca a nosotros para desearnos una buena Estación de Penitencia.
Ahora es cuando ya el pellizco se adueña de la boca del estomago, el corazón no late sino redobla; pero siempre disimulando el nerviosismo - no se por qué-.
Nos toca el turno. El capataz nos da las ultimas instrucciones en el patio; “no atiborrarse de agua, porque os cansareis antes, hacedlo como sabéis y a disfrutar”. ¡Señores vámonos!, y nos vamos colocando cada uno en su sitio. Una vez dentro es cuando siento cierta paz en el cuerpo aunque mi amigo y maestro León me tenga que decir varias veces “tranquiiilo”. “Si yo estoy bien” le respondo. “Si, y el movimiento de piernas ¿de que es?”.
Ya lo único que veo es la trabajadera de delante mía. Intento adivinar a través de los respiraderos lo que hay afuera hasta que desisto en el empeño. Al acercarnos a la puerta los rayos de sol se cuelan por los costeros, noto una sensación realmente emocionante, sobre todo cuando salimos a la calle, me clavo las “chinas” en los pies y suena el himno a la vez que la gente rompe su silencio con aplausos.
Luego vendrá el Hogar del Pensionista, la calle Molino, el Ayuntamiento, etc... . La tarde comienza a desvanecerse, el sol perderá la batalla y se perderá, el cielo se teñirá de negro y se mezclará con las hojas verdes de los arboles. La brisa será más fresca, sonará en el paseo “Madrugá” y será la luna entonces, la que no quiera irse...ni yo...ni nadie....
Hasta el próximo Lunes Santo.
Francisco Jesús Caro Crespillo