EL AGUAO
REVISTA DE LA TERTULIA COFRADE MAÑANAS DE DOMINGO
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ESA MADRUGADA SANTA DE 2003
Encontrándome un día en ese rincón de mi casa propicio a las inspiraciones y desde el que veo tanta Utrera desde mi ventana, adormecido en el limbo de los sueños mas queridos, y reconfortado por la cálida luz de la lamparilla de mi escritorio, sentí una extraña sensación embargada de recuerdos y como impulsado por un mágico resorte, sentí la extraordinaria necesidad de ponerme a hojear en el desordenado libro de mis emociones vividas. Fue cuando encontré la página de ese maravilloso día en que dos Cristos unidos por entretejidas espinas Utreranas, quisieron que brotarán juntamente los matices morados y negros de dos gloriosas Hermandades, para que así pudiesen unir en una Madrugada Santa sus escudos, sus cuadrillas y sus bandas.
Perdonarme, pero lenta y suavemente es el amor quien ahora sostiene mis letras, porque este sueño vivido que hoy comparto con ustedes os aseguro que aún esta sucediendo en mi corazón. Pero por favor, no tengamos miedo en soñar despierto, porque sería lo mismo que temer a la vida, y quien teme a la vida, esta medio muerto.
Centremos la historia: Madrugada del 2003, año en el que a la cuadrilla del Stmo. Cristo del Perdón se le ofrece la quimérica oportunidad, bajo la Oración en el Huerto, de revivir la antigua estampa de una Madrugá Utrerana con los tres pasos del Jesús en la calle.
Vaya por delante hacer el no olvidar los pasitos que se tuvieron que dar, las llamadas de teléfono que se tuvieron que hacer, y grandes los escollos que se tuvieron que sortear, en fin.... también es verdad que no es de valor lo que no cuesta, y como no sabíamos que la misión era imposible lo conseguimos. Por ello omitiré como se produjo este singular milagro, porque entiendo que muchas veces los prodigios surgen velados por el anonimato de los sinceros gestos callados.
Lo primero que me viene a la memoria de esa Madrugada de 2003 fue cuando entré en la capilla de San Bartolomé a las 5 y algo de la madrugada. Las primeras perspectivas que recogieron mis ojos fueron esos chorros de luces y contraluces que formaba la quebrada luz de los tres pasos. Todo ello difuminado por la bruma que formaba el incienso, y aderezado por el revoloteo de nerviosas capas brillantes, y el vaivén de nubes de túnicas blancas abotonadas con trocitos de cielo.
Por un lado, se hallaba la impactante imagen del Jesús de la Verea, que portaba ese mástil enrojecido de fragatas y navíos capaz de ensangrentar el mar. Esa noble madera olorosa donde descansaran, no mucho más tarde, las nobles cicatrices de las manos y el peso tibio de los atormentados pies de mi Cristo del Perdón.
Por otro lado, el fervor del azahar sucumbía a la ternura de María Stma. De las Angustias. Ese manso arrollo de claras aguas donde Dios derramó sus tesoros y amarguras.
Justo al entrar en la capilla, muy cercano al bullicio del pueblo, ese desolado Huerto de las Veredas, en el que podía verse como la colmada luz del viento se filtraba entre las ramas de aquel olivo, que se mostraba arrodillado en la oración constante de sus bíblicas aceitunas.
Y en el rinconcito más escondido de la capilla, con no, la cuadrilla del Perdón fiel a la serenidad y elegancia que les caracteriza, y dispuestos a tender una mano a sus hermanos del Jesús.
He de confesaros, que vi en sus caritas el fiel reflejo de ese frió nervioso que provoca el revoloteo de intranquilas mariposas en el estomago. Porque señores la empresa no era fácil, casi sin cuadrar y en el nuevo paso, de Cristo a Misterio, de agrupación a cornetas y tambores y la mayor parte del recorrido en silencio, de las 6 de la tarde a las 6 de la mañana etc. Pero después de 18 primaveras apiñado en un mismo latir, y compartiendo con ellos los mismos sentires, bien sabia mi corazón que con ellos, el milagro de la gloria bendita sucedería en Utrera.
Al frente del misterio D. Manuel Alvarez, que debió pensar que nunca es largo el camino que te lleva de nuevo a casa, y que sin duda fue un magnifico marco para tan bonita estampa.
Recuerdo como de fondo las manillas del reloj de la torre daban las 6 de la mañana. Ese reloj en su eterno afán de acumular el tiempo que por Utrera pasa. Momentos en los que con una puntualidad exquisita, gimieron de par en par los portalones de cielo de la Vereda. Y de repente cual fue mi sorpresa, la muchedumbre rompió en un conmovedor aplauso, y señores solo se había abierto las puertas de la capilla, ¡Dios mío que responsabilidad, donde nos hemos metido!.
Cuando asomó a la calle las primeras luminarias del misterio, una nube blanca mecida entonaba los acordes del himno, y al mismo tiempo se abrieron las puertecitas de las jaulas de los árboles de la calle, para que miles de madrugadores pajarillos llevasen a los rincones de toda Utrera la noticia, ¡ya esta la Hdad. del Jesús en la calle!.
Luego la banda de la Salud tuvo el detalle de regalarnos el destemplado sonido del tambor y el llorar melancólico de “4º mandamiento”: Y como colofón de esa extraordinaria variación, que ni en nuestros mejores sueños, sonó “Amor de Madre”. ¡Por Dios Santo Amor de Madre!, ¡cuantas veces hemos soñado con las 5 líneas de tu pentagrama!. Porque nunca tuvimos la oportunidad, bajo las trabajaderas, de reconocer con una marcha la benemérita labor de las Madres. Ese constante Amor cuando las dolencias nos aquejan, cuando nos sentimos cuajitos por los problemas o ahogados por las tristezas. Ese perpetuo Amor que nos dais, cuando detrás de cada rosa encontramos una espina, o cuando esa nube gris entristece nuestros días, en definitiva ¡cuánto Amor de Madre se derramaron por las mejillas de la cuadrilla!.
Poco apoco bajo, el pacífico luminar de la noche iba transcurriendo el cortejo, y desde las envidiables alturas de un evadido pajarillo, podía contemplarse como en el silencio de las madrugadas calles de Utrera caminaba sin música ese Misterio. Y os aseguro, que desde las trabajaderas, si agudizabas los sentidos, podía oírse el monólogo incesante empapado de tristezas de aquel arrodillado Hombre, cuya cruda realidad le hacia enfriar hasta las venas de su frente.
¡Que largas se hacían las horas al pasar!, de Madrugá, sin música, el pueblo de Utrera aún sumido en su placentero sueño, en fin..., si no hubiese sido por las genialidades que nos regaló Manolín de vez en vez... “La izquierda adelante, la derecha atrás, en la esquina te espero...”.
La tibieza se torno en una eclosión de júbilo, cuando llegando a la Corredera vemos los músicos de mi banda de los Muchachos de Consolación, corriendo instrumento en mano calle abajo. Por fin llegaban de su compromiso musical fuera de Utrera.
Fue tan celebrado el encuentro con los costaleros de su Perdón, que la lágrima de la emoción entró sin pedir permiso, y se adueñó de esos momentos tan intensos capaces de conmover el alma más indiferente.
Ya estaba la estampa al completo, por un lado la lluvia de miradas del despertado pueblo de Utrera, por otro lado el manantial de la fuente vieja, brotando hacia el cielo esa agua bendita que enjugará la maltrecha y ensangrentada rodilla del Señor, los costaleros del Perdón bajo el sudor enrojecido del maniabierto Señor Orando en el Huerto y como colofón de todo mi banda de los Muchachos de Consolación cerca muy cerquita de sus Hermanos costaleros.
P- ¡Que entrada en Carrera Oficial!, ¡cuantos recuerdos me trae estas imágenes!
J- “Silencio que están saliendo del palco, ¿qué marcha es esa? ¿Alma de Dios?, ¡Cuánto tiempo hace que no la oigo!.
P- “Me parecen que quieren rememorar aquellos años en los que salían los tres pasos, a los sones de una marcha antigua y andando como se hacia antaño”
J- “ ¡Pero si esta gente nunca han tocao un misterio!, ¡que locura!”.
Al final ya en la recogida, los costaleros del Perdón fuera del paso, envuelto en sus frías coyunturas, con la ardía frente bañada en un mar de sudor, se hallaban embargados en una añoranza extrema y una paz recogida, porque mientras sus cuerpos disfrutaban en la tierra, sus almas lo habían hecho en el cielo, ¡cuánto cruce de miradas cómplices!, ¡cuánta lágrima temblada en esas miradas!, Como no llorar si fueron unos momentos en los que Dios quiso regalarnos un trocito de cielo.
El amor que allí se produjo ensordeció a los tambores diáfanos, y porque poco después, los Hermanos del Jesús demostraron tener un fondo en sus corazones más profundo que el mar, ya que de las fibras de sus corazones solo surgía una frase en constante demostración de Hermandad entre Hermandades.
“Gracias Muchachos de Consolación”.
En agradecimiento a Paco Bernal Soto y Fran Pérez Inurria, verdaderos artífices de este sueño. El primero por su incondicional pasión por la música, y el segundo por su monumental Amor hacia sus padres.
Miguel Angel Lobato Cózar