EL AGUAO

REVISTA DE LA TERTULIA COFRADE MAÑANAS DE DOMINGO

- LA ILUSION DE UN NIÑO

       

Corría el año del Señor de 1.973, por una serie de circunstancias aquel niño de once años, con grandes inquietudes cofrades, no iba a realizar Estación de Penitencia en aquella Semana Santa.

Amaneció un Jueves Santo esplendoroso, radiante de luz, el día soñado por cualquier cofrade para su Semana Mayor. Aquel niño salió de su casa para recoger a su amigo Arturo, al rato llegó su otro amigo de la época , Diego, su compadre, porque así se llamaban desde pequeños. Sentados en su dormitorio comenzaron a hablar de la “madrugá”, y este niño comenzó a entristecerse. Su amigo le preguntó: “¿Qué te pasa compadre?, ¿te quieres vestir de nazareno con nosotros?. A lo que él respondió: “Hoy ya es imposible”. “Vamos a intentarlo”, replicó. Al fondo de la habitación un habito penitencial perfectamente planchado; blanco de pureza y verde de esperanza, esperanza remota que empezaba a tener este niño de vestirse de nazareno en aquella Semana Santa. Se encaminaron hacia la Parroquia de Santiago y entrando por la sacristía se toparon con el padre del compadre; se dirigió a él y le pregunto: ¿Papa, queda alguna ropa de nazareno para ....? , a lo que respondió: “No, sabes que no quedan, pero ir a casa de Manuel Jimenez, que él es quien os puede solucionar la papeleta.”. Como desbandada, estos niños corrieron hacia la calle Porra, domicilio de este, muy cercano a la Parroquia. Tras tocar el aldabón de la puerta, abrió el Sr. Jimenez (padre de nuestro contertulio José Luis Jimenez Escala). Habló de nuevo el compadre, que por su estatura quizás llevará la voz cantante: “D. Manuel, ¿Habría, por casualidad alguna ropa de la Hermandad para mi amigo?. A lo que el contesto: “No”, pero a los pocos segundos comento: “Esperad un momento, que ahora recuerdo que en el arca puede haber una y si está le va a quedar como pintá”. Los hizo pasar a su casa y entre los cuatro comenzaron a vaciar el gran arca, que nunca se acababa y la ropa no aparecía. Ya al fondo, tras varios minutos de afanosa búsqueda, apareció el codiciado tesoro, la ropa de nazareno, que una vez probada, quedaba como el Sr. Jimenez había predicho, pintá. Cambió la ropa de bolsa y con toda solemnidad sacó una hoja de un cajón y comenzó a rellenar los datos del nuevo he rmano de la Hermandad. El niño, con su pulso todavía tembloroso, casi no podía estampar su firma, que al fin quedó rubricada en la Solicitud de Hermano. Llenos de alegría salieron los tres niños de aquel bendito hogar, sobre todo para ellos en ese día. En la misma esquina Arturo se para y pregunta: “la ropa ya la tenemos, pero ¿y el capirote?”. Era casi mediodía, y el desanimo volvió a los tres amigos. Sin mediar palabra, con una sola mirada, como tantas veces se entendían, volvieron a correr hacia “El Barato”, lugar tradicional donde D, Julio Noguera, “Julio el del Barato”, hacia los capirotes de nazareno. Con el temor de la negativa los tres niños entraron parsimoniosamente en el establecimiento. “Oiga por favor, ¿me podía hacer un capirote?. “Claro, como no”, respondió D. Julio. “Pero, es para esta tarde, el capirote es para Los Gitanos”, añadió el niño. A lo que volvió a responder D. Julio: “Imposible”, pero al ver la cara de tristeza de los niños, reaccionó y dijo: “Anda, te voy a tomar las medidas y cuando cierre te lo haré, llama al timbre a las cuatro y lo recoges y rezad para que salga bien porque no hay tiempo de rectificar, encima te tendrás que llevar el antifaz para que lo laven”. “Pues si” respondió el chaval. “Nada lo dicho, a rezar”, volvió a repetir. Se habían dado todos los pasos, pero este niño y sus amigos afanados por conseguir aquel habito penitencial se habían olvidado de lo más importante, el permiso familiar, solo quedaba eso. En esto apareció el padre de Arturo, a la vez padrino del niño protagonista de este relato. “Papa”, “Padrino”, se apresuraron los niños a llamar su atención. “¿Qué queréis?, preguntó. Le explicaron el caso en pocas palabras y menos tiempo y le pidieron lo que querían de él. “Ahora mismo”, y se encaminaron a casa del niño. Al entrar, el padrino con la bolsa en la mano dijo: “Comadre, ahí tienes una ropa de nazareno, lávala y plánchala que esta noche el niño se viste en Los Gitanos”. “¿Cómo?, ¿En los Gitanos?, ¿Esta noche?, ¿A las dos de la madrugá?, ¿Con once años? , ¿Y a la hora que es?” respondió la madre del niño, eran preguntas que en aquel momento pocas respuestas podía encontrar en su cabeza. Pero el padrino replico: “También se visten Arturo y Diego, yo voy en la cofradía y voy a cuidar de ellos, tu si quieres que se vista, y te pido que sea así, lo único que tienes que hacer es lavar y planchar la ropa”. “Bueno, esta bien, pero a ti te lo encargo y ten cuidadito”, respondió. Los niños, por fin saltaron de alegría en aquel patio. Todo se había resuelto. Los niños a la tarde recogieron el capirote, que estaba en perfecto estado. Poco después se dirigieron de nuevo a Santiago para cumplir la petición del Sr. Jimenez, estar con los titulares de la Hermandad durante una hora para que nadie tocase los pasos y mucho menos le quitasen una flor, a lo que los niños llamaban “guardia”, y aunque había muchos hermanos mayores, de edad, alrededor de los pasos, estos niños cumplieron la promesa que le hicieron al Sr. Jimenez, por la mañana.

Ya era tarde de Jueves Santo, la espera era larga, pero más soportable mientras estos amigos veían las Cofradías de la Santísima Trinidad y la del Redentor Cautivo. Era hora de volver a sus casas, cenar y vestir el habito penitencial. Era poco antes de la una cuando ya vestido de nazareno su padrino y su amigo Arturo pasaron por su casa a recogerlo. Cuando llegaron a Santiago ya estaba allí Diego, junto a su padre. Tras los saludos de rigor los acomodaron en una banca junto a la capilla de la Hermandad. Poco rato después apareció el padrino con tres pequeñas varas, se las entregó a los tres y dijo: “Quietos aquí hasta que yo venga por ustedes”. Eran mas de las dos, el Santísimo Cristo ya había salido y los niños continuaban como pegados a las bancas preguntándose interiormente si se habían olvidado de ellos. Nada más lejos de la realidad, volvió a aparecer y los colocó delante de la presidencia de Virgen, la antepresidencia que hoy tanto se estila. La cara de satisfacción de ese niño traspasaba el verde raso del antifaz, y comenzó la Estación de Penitencia, en este caso y para el chaval de gloria. Una vez llegados a la plaza del mercado de abastos, apareció el padre de Diego con una orden tajante: “Vamos niños, por los postigos y a casa”. Capirotes en mano y varas dentro de los mismos cruzaron los oscuros postigos hasta llegar a la parte trasera de su casa de la calle Nueva en un santiamén. Una vez dentro de la casa su madre, Angustias, estaba esperándonos con tres deliciosos bocadillos y sus refrescos correspondientes, “cuando terminéis al balcón”, dijo. Eso hicieron, y este niño viviría aquel día algo que para él era inimaginable y a la vez indescriptible, el paso de la Hermandad de Los Gitanos por la calle Nueva. Marchas, Saetas que salían del corazón, llantos sentidos, oles, todo lo que ellos demostraban cada “madrugá”; “el señorío de los gitanos de Utrera”. Casi inhibido de lo que acababa de presenciar, el niño junto a sus amigos continuó y finalizo la Estación de Penitencia, muchos momentos vividos, mucha s emociones intensas.

Años más tarde este niño tuvo la suerte de ser costalero de la Señora de la Esperanza, y tuvo el gran honor de mandar una “levanta” al Santísimo Cristo de la Buena Muerte, y todavía cuando mira cara a cara a los benditos titulares recuerda, como si fuera ayer, una “madruga” que siempre llevará en lo más hondo de su corazón, agradeciendo asimismo a todos y cada uno de los que hicieron posible que la ilusión de un niño se hiciera realidad allá por el año del señor de 1.973.

Salvador Guirado Linares

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