EL AGUAO
REVISTA DE LA TERTULIA COFRADE MAÑANAS DE DOMINGO
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A MIS MAESTROS
Cuando recibo por parte de esta Tertulia el encargo de escribir un artículo para su Boletín, cosa que me honra y les agradezco, no por el valor de lo que pueda escribir ni porque necesite una tribuna para hacerme oír, sino por el hecho de que este grupo de reconocidos cofrades utreranos que la componen hayan tenido a bien acordarse de mi persona que entre muchos defectos que atesoro, solamente cuento con el mérito de llevar toda mi vida dedicada a la gente de abajo, a ser fiel a sus tradiciones, el estar entregado al martillo y sus cánones y sobre todo el querer y respetar a mis Costaleros, porque lo poco o lo mucho que soy en este mundillo se lo debo a ellos.
Os confieso que llevaba varios días dilucidando sobre el tema a tratar, de forma que este estuviera a la altura de tal petición y de una publicación como la que ahora tienen en tus manos, sin que nada se me ocurriese. Fue entonces, tras mantener una de tantas conversaciones con mi hijo Miguelin cuando decidí plasmar las inquietudes que me planteaba, estando como está al principio de su singladura por este difícil camino del martillo, a mi que ya me encuentro próximo al último apeadero del mío.
El en su ansia de aprender me decía: “Papá que pocos capataces en Utrera pueden decir que tienen tal o cual escuela, o que fulano fue mi maestro”, haciéndome un bagaje por los distintos pasos y días de nuestra Semana Mayor, a modo de ratificación de su teoría. Añadiendo, “Yo que llevo desde que tenia uso de razón trabajando contigo unas veces como segundo capataz, otras como Costalero o contraguia, según las necesidades de la Cofradía, que han sido y gracias a Dios siguen siendo muchas y siempre intentando aprender, haciendo de esta afición un trabajo para no caer en el lucimiento personal como un día me enseñaste, basándome en la responsabilidad que se contrae tanto con las Hermandades que depositan en tus manos lo más valioso que poseen, como con el Costalero que fiel y ciegamente se entrega a ti, sin olvidar nunca que lo que tengo que pasear es al mismo Dios o su Santa Madre”.
Y seguía diciéndome: “Yo que recuerdo, como desde que vestía pantalón corto perseguía las evoluciones, los ojos y las voces de aquellos hombres de negro, que ausentes a las miradas del público conducían los pasos y como estos dejaron en mi para siempre este singular y sagrado oficio, ellos sin mediar palabras, quizás por mi pesadez o por ser tu hijo, iban dándome su amparo, aceptándome a su lado que era una forma de enseñarme lecciones no escritas de esas que no se pueden plasmar en libros ni pizarras como tu dices, pero que son imprescindibles para doctorarse y poder obtener el rango de capataz, rango que te tiene que revalidar en cada paso que saques el pueblo llano y sencillo, pero sabio, así como tu gente de abajo”.
Y proseguía: “Yo que te veo a ti con la cara descompuesta antes de cada primera llamada, después de casi treinta años en esto, llevando en la actualidad nueve pasos como llevas, moviendo cientos de Costaleros, no comprendo como ahora se le puede tener tan poco miedo y respeto al martillo, como las Hermandades prefieren al capataz sin personalidad, sin sello ni experiencia, antes que al que ya lo ha demostrado. Están convirtiendo al responsable del martillo en un Diputado de Tramo más, elevado al rango de capataz a los que ni tan siquiera han sido peones aventajados”.
Cuando me quedé a solas, la charla con mi hijo me hizo reflexionar, dándome cuenta de la gran suerte de haber tenido unos maestros como los que tuve, de haber compartido durante tantos años martillo con ellos, de poder empaparme de su magisterio, magisterio que ellos a su vez habían aprendido de otros, algunos de estos alumnos de capataces que por derecho propio se inscriben en el libro de los capataces con letras de oro como Pepe Corpas por mentar solo los de Utrera. Por ello desde aquí públicamente quiero dar las gracias a Manuel Mateo “Mateito”, Manuel Alvarez “Manolín”, Pepe Aguilera, Enrique Melero y a tantos otros, que me han impartido lecciones desde ese aula magna que es el frontal de un paso, y a mis Costaleros porque lo que soy en el mundo del martillo, es el fruto de su trabajo y agradezco a Dios por haberme dado un hijo como el que me ha dado, que con charlas como esta me asegura que los capataces no se han acabado y que he cumplido con el Sagrado deber de transmitir todo aquello que he aprendido de mis maestros, como venimos haciendo los capataces desde hace siglos.
Y por último también quiero pedir perdón a mis maestros, por todo cuanto no fui capaz de aprender por mi torpeza.
Miguel Mena Villalba
Capataz de Pasos