El dolor de querer y no poder Es una apretada. Incontables veces hemos escuchado a un varón dirigir esta agresiva expresión a una mujer cuando no acepta tener relaciones sexuales con él. De acuerdo con su lógica, las mujeres deberían sentirse orgullosas de que él se fijara en ellas; cuando eso no sucede, sin duda alguna la causa "no es imputable a él", piensa. Pero dejando a ese hombre, muy común por cierto, en ocasiones algunas mujeres efectivamente sí están apretadas, en el más amplio significado del término. Existe una disfunción sexual conocida como vaginismo, la cual hace referencia a la contracción involuntaria y dolorosa del tercio externo de la vagina. La mujer teme que la introducción de cualquier cosa en su vagina le producirá inimaginables dolores, motivo por el cual no permite acercamientos de ningún tipo. Deseo y ansiedad Ni por un momento pienses que hablamos de algo ficticio, pues la realidad es que se trata de un problema más frecuente de lo esperado. Generalmente es advertido cuando la mujer comienza su vida coital. Pese a lo que pudiera pensarse, esta mujer no es asexual; por el contrario, tiene deseos y se le antoja relacionarse eróticamente con un hombre. Los primeros arrumacos o, como decían los griegos, los primeros fajes, fueron encuentros en donde seguramente alcanzó altos grados de excitación, y capaz que llegó al orgasmo. El problema apareció en su primer intento de, como dicen los abogados, consumar el acto. Los momentos previos, cuando las caricias se dirigen a todas partes, cuando las manos se mueven a gran velocidad para despojar a la pareja de sus ropas, pudieron excitarla bastante. Sin embargo, tan pronto él acercó el pene a su vulva, ella imaginando un dolor insoportable arqueó su espalda, cerró las piernas y se hizo para atrás, evitando el contacto. En primera instancia, él se sintió confundido y se retiró porque lo que menos deseaba era dañarla. Quizá intentó calmarla con frases como: "no te preocupes, no es tan importante" o "no hay prisa", para intentarlo de nuevo cuando notó que estaba más tranquila. Pero para su sorpresa ella volvió a angustiarse y no aceptó sus peticiones. La acción antes descrita se repetirá ad nausseum, puesto que el pánico se ha apoderado de ella y él no puede hacer nada para calmarla. Pueden amarse mucho y ella le tiene toda la confianza, pero la expectativa del terrible dolor es algo que no puede manejar. Paradójicamente, en muchas ocasiones ella le ha dicho que lo haga, es decir, que la penetre aunque cada vez que él se acerca ella vuelve a retirarse. Los obstáculos La mayoría de las veces, estas mujeres recibieron información de que el primer coito es una experiencia muy desagradable, sumamente dolorosa, en la cual ambos terminarán tintos en sangre (por supuesto de ella). En otras ocasiones -por desgracia muy frecuentes- existe el antecedente de que ella padeció alguna forma de violencia sexual; abuso en su infancia o incluso violación. Esas circunstancias obstaculizan que la pareja pueda remediar su problemática sin asesoría. Para empeorar el asunto, pocas veces nos atrevemos a pedir ayuda o a comentarlo con alguien, ni siquiera con nuestros seres queridos o amistades más entrañables. Las parejas pueden durar años sin consumar el coito, lo cual no impide que tengan orgasmos, pero poco a poco la relación tiende a deteriorarse, sobre todo en aquéllas que desean tener descendencia. Cansada de tantos intentos fallidos, la mujer puede acudir con su ginecólog@, quien le dará respuestas muy variadas, del tipo: "síganlo intentando y aguante un poquito porque el dolor no es tan intenso"; "está usted muy estrecha, pero con una pequeña operación todo quedará a la perfección"; "sus miedos son irracionales, trate de calmarse". En algunos consultorios sugerirán una anestesia local o general para vencer el espasmo (la contracción vaginal), y si se lleva a cabo la exploración esto puede aumentar la confusión de la pareja, que se sentirá todavía más mal por continuar igual que al principio. Lo más viable Asistir a terapia sexual es la mejor opción. Considera, amiga, que más del 90% de las veces se logra el cometido en menos de seis meses. Lo ideal es asistir en pareja, pero puedes ir tú sola, si es que sospechas que tienes esta condición. Por lo general no se requieren medicamentos ni tratamientos quirúrgicos; ayuda mucho conocer sobre anatomía, fisiología y respuesta sexual; estar consciente de cómo se encuentra mi cuerpo y en especial la zona genital, pues con gran frecuencia permanece contraída. Importa conocer las causas de esta disfunción para contrarrestarlas; es injusto que esta parte tan importante de nuestra vida no la disfrutemos a plenitud. El vaginismo es una disfunción femenina que puede ser reforzada por el comportamiento del varón. Por ello es preferible que acudan a terapia juntos; de ese modo podrán enriquecer su convivencia en todos los ámbitos, no sólo en el erótico. Aquí, más que en cualquiera de las otras disfunciones sexuales, la expectativa de un malestar se convierte en autoprofecía. Vale la pena meditar en lo dicho por Osho: El sexo es una situación en la cual la dicha sucede naturalmente.