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ORÍGENES DEL CINE
El cine se desarrolló
desde el punto de vista científico antes de que sus
posibilidades artísticas o comerciales fueran conocidas
y exploradas. Uno de los primeros avances científicos
que llevó directamente al desarrollo del cine fueron
las observaciones de Peter Mark Roget, secretario de la
Real Sociedad de Londres, que en 1824 publicó un
importante trabajo científico con el título
de Persistencia de la visión en lo que afecta a los
objetos en movimiento, en el que establecía que el
ojo humano retiene las imágenes durante una fracción
de segundo después de que el sujeto deja de tenerlas
delante. Este descubrimiento estimuló a varios científicos
a investigar para demostrar el principio.
Los
primeros experimentos
Tanto
en Estados Unidos como en Europa, se animaban imágenes
dibujadas a mano como forma de diversión, empleando
dispositivos que se hicieron populares en los salones de
la clase media. Concretamente, se descubrió que si
16 imágenes de un movimiento que transcurre en un
segundo se hacen pasar sucesivamente también en un
segundo, la persistencia de la visión las une y hace
que se vean como una sola imagen en movimiento.
El
zoótropo que ha llegado hasta nuestros días
consta de una serie de dibujos impresos en sentido horizontal
en bandas de papel colocadas en el interior de un tambor
giratorio montado sobre un eje; en la mitad del cilindro,
una serie de ranuras verticales, por las cuales se mira,
permiten que, al girar el aparato, se perciban las imágenes
en movimiento. Un ingenio algo más elaborado era
el praxinoscopio, del inventor francés Charles Émile
Reynaud, que consistía en un tambor giratorio con
un anillo de espejos colocado en el centro y los dibujos
colocados en la pared interior del tambor. Según
giraba el tambor, los dibujos parecían cobrar vida.
En
aquellos mismos años, William Henry Fox Talbot en el
Reino Unido y Louis Daguerre en Francia trabajaban en un nuevo
descubrimiento que posibilitaría el desarrollo del
cinematógrafo: la fotografía, ya que sin este
invento previo no existiría el cine. Hacia 1852, las
fotografías comenzaron a sustituir a los dibujos en
los artilugios para ver imágenes animadas. A medida
que la velocidad de las emulsiones fotográficas aumentó,
fue posible fotografiar un movimiento real en vez de poses
fijas de ese movimiento. En 1877 el fotógrafo angloestadounidense
Eadweard Muybridge empleó una batería de 24
cámaras para grabar el ciclo de movimientos del galope
de un caballo.
 Un
paso relevante hacia el desarrollo de la primera cámara
de imágenes en movimiento fue el que dio el fisiólogo
francés Étienne Jules Marey, cuyo cronofotógrafo
portátil (una especie de fusil fotográfico)
movía una única banda que permitía obtener
doce imágenes en una placa giratoria que completaba
su revolución en un segundo. Sin embargo, su tira de
película consistía en un papel mojado en aceite
que se doblaba y se desgarraba con facilidad. Hacia 1889,
los inventores estadounidenses Hannibal Goodwin y George Eastman
desarrollaron más tiras de emulsión fotográfica
de alta velocidad (que necesitaban poco tiempo para impresionarse)
montadas en un celuloide resistente: su innovación eliminó
un obstáculo esencial en la experimentación con las imágenes
en movimiento.
Un
paso relevante hacia el desarrollo de la primera cámara
de imágenes en movimiento fue el que dio el fisiólogo
francés Étienne Jules Marey, cuyo cronofotógrafo
portátil (una especie de fusil fotográfico)
movía una única banda que permitía obtener
doce imágenes en una placa giratoria que completaba
su revolución en un segundo. Sin embargo, su tira de
película consistía en un papel mojado en aceite
que se doblaba y se desgarraba con facilidad. Hacia 1889,
los inventores estadounidenses Hannibal Goodwin y George Eastman
desarrollaron más tiras de emulsión fotográfica
de alta velocidad (que necesitaban poco tiempo para impresionarse)
montadas en un celuloide resistente: su innovación
eliminó un obstáculo esencial en la experimentación
con las imágenes en movimiento.
Hasta
1890, los científicos estaban interesados principalmente
en el desarrollo de la fotografía más que en
el de la cinematografía. Esto cambió cuando
el antiguo inventor, y entonces ya industrial, Thomas Alva
Edison construyó el Black Maria, un laboratorio cerca
de West Orange (Nueva Jersey), que se convirtió en
el lugar donde realizaba sus experimentos sobre imágenes
en movimiento y el primer estudio de cine del mundo. Edison
está considerado por algunos como el diseñador
de la primera máquina de cine, el kinetoscopio, pero
en realidad ni fue él el inventor ni el invento era
propiamente una cámara de cine. Su ayudante, William
K. L. Dickson fue quien hizo en realidad casi todo el trabajo,
diseñando el sistema de engranajes, todavía
empleado en las cámaras actuales, que permite que la
película corra dentro de la cámara, e incluso
fue él quien por vez primera logró en 1889 una
rudimentaria imagen con sonido. El kinetoscopio, patentado
por Edison en 1891, tenía unos 15 metros de película
en un bucle interminable que el espectador individual
tenía que ver a través de una pantalla de aumento.
El artefacto, que funcionaba depositando una moneda, no puede
considerarse por tanto un espectáculo público,
y quedó como una curiosidad de salón que en
1894 se veía en Nueva York, y antes de finalizar ese
año, en Londres, Berlín y París.
Los
experimentos sobre la proyección de imágenes
en movimiento visibles para más de un espectador se
estaban desarrollando simultáneamente en Estados Unidos
y en Europa; en Francia, a pesar de no contar con la gran
infraestructura industrial de Edison, los hermanos Louis y
Auguste Lumière llegaron al cinematógrafo, invento
que era al tiempo cámara, copiadora y proyector, y
que es el primer aparato que se puede calificar auténticamente
de cine, por lo que la fecha de su presentación pública,
el 28 de diciembre de 1895, y el nombre de los inventores
son los que han quedado reconocidos universalmente como los
iniciadores de la historia del cine. Los hermanos Lumière
produjeron además una serie de cortometrajes con gran
éxito, de género documental, en los que se mostraban
diversos elementos en movimiento: obreros saliendo de una
fábrica, olas rompiendo en la orilla del mar y un jardinero
regando el césped. Uno de sus cortometrajes más
efectistas para demostrar las posibilidades del nuevo invento
fue el que mostraba a un tren correo avanzando hacia el espectador,
lo que causaba gran impresión en el público
asistente. El cine que se producía mientras en el estudio
de Edison era más teatral: números circenses,
bailarinas y actores dramáticos que actuaban para las
cámaras. Pero para entonces el equipamiento elemental
ya había sido estandarizado siguiendo el modelo del
cinematógrafo de los hermanos Lumière, y las
películas se comenzaron a comercializar a escala internacional.
PELÍCULAS DE UNA BOBINA
En 1896 el ilusionista
francés Georges Méliès demostró
que el cine no sólo servía para grabar la realidad,
sino que también podía recrearla o falsearla.
Con estas imaginativas premisas, hizo una serie de películas
que exploraban el potencial narrativo del nuevo medio, dando
inicio al cine de una sola bobina. En un estudio en las afueras
de París, Méliès rodó el primer
gran filme puesto en escena cuya proyección duró
cerca de quince minutos: LAffaire Dreyfus (El caso Dreyfus,
1899) y filmó Cendrillas (Cenicienta, 1900) en 20 escenas.
Pero sobre todo a Méliès se le recuerda por
sus ingeniosas fantasías como Viaje a la luna (1902)
y Alucinaciones del barón de Münchhausen, en las
que experimentaba las posibilidades de los trucajes con la
cámara de cine. Méliès descubrió
que deteniendo la cámara en mitad de una toma y recolocando
entonces los elementos de la escena antes de continuar podía,
por ejemplo, hacer desaparecer objetos. Del mismo modo, retrocediendo
la película unos cuantos centímetros y comenzando
la siguiente toma encima de lo ya filmado, lograba superposiciones,
exposiciones dobles y disoluciones (fundidos y encadenados,
como elemento de transición entre distintas escenas).
Sus cortometrajes fueron un éxito inmediato de público
y pronto se difundieron por todo el mundo. Aunque hoy en día
parecen poco más que curiosidades, son precursores
significativos de las técnicas y los estilos de un
arte entonces balbuceante.
LAS PELÍCULAS MUDAS
Entre 1909 y 1912 todos los aspectos de la naciente industria
estuvieron bajo el control de un trust estadounidense, la
MPPC (Motion Pictures Patents Company), formado por los principales
productores. Este grupo limitó la duración de
las películas a una o dos bobinas y rechazó
la petición de los actores de aparecer en los títulos
de crédito. El trust fue desmontado con éxito
en 1912 por la ley antitrust del gobierno, que permitió
a los productores independientes formar sus propias compañías
de distribución y exhibición.
D. W. Griffith
El
cineasta más influyente del periodo mudo en la naciente
industria estadounidense desarrolló la producción
y perfeccionó los elementos que hasta entonces se habían
empleado para hacer cine. Dio a los planos un sentido narrativo
funcional, comenzándolos sólo cuando había
en la acción elementos significativos que mostrar,
y terminando en cuanto la acción concluía.
También
acercó la cámara a los actores para conseguir
más fuerza emocional, dando al primer plano un sentido
enfático y rompiendo con el tópico, hasta entonces
predominante en la industria, de que los espectadores no comprenderían
dos ojos o una mano llenando toda la pantalla. Griffith, además
de introducir estas novedades en la colocación de la
cámara, hizo también evolucionar la puesta en
escena, y formó y dirigió su propia compañía
de actores hacia un modo de interpretación más
naturalista (como por otra parte requerían los planos
más cercanos de los intérpretes). Experimentó
con cierta libertad con la iluminación, los ángulos
de cámara y el uso de filtros sobre los objetivos para
conseguir efectos únicos, también descompuso
las escenas en una serie de planos diferentes, midiendo la
duración de cada uno de ellos para conseguir una intensidad
emocional creciente y un ritmo antes desconocido en el cine.
Con ello demostró que la base de la expresión
fílmica es el montaje, y que la unidad de montaje es
el plano, y no la escena.
Entre
1915 y 1920 las grandes salas de cine proliferaron por todo
el territorio de Estados Unidos, mientras la industria se
trasladaba de los alrededores de Nueva York a Hollywood, pequeña
localidad californiana junto a Los Ángeles donde los
productores independientes, como Thomas Harper Ince, Cecil
B. De Mille y Mack Sennett, construyeron sus propios estudios.
Ince introdujo el sistema de unidades, en el que la producción
de cada película estaba descentralizada se trabajaba
por obra, con lo que se podían hacer simultáneamente
varias películas, cada una de ellas supervisada de
principio a fin por un jefe de unidad un productor ejecutivo
que dependía a su vez del jefe del estudio. Se produjeron
así cientos de películas al año como
respuesta a la creciente demanda de las salas. La inmensa
mayoría eran westerns, comedias de tortazos y resbalones
y elegantes melodramas.
Chaplin
Era
un cómico genial cuyos trabajos darían brillo
a la pantalla. Su sola presencia era suficiente para asegurar
el éxito comercial de una película. Fue la primera
estrella internacional y una leyenda viva desde su juventud,
rompiendo con cada nueva producción los récords
de taquilla anteriores. Su personaje del vagabundo Charlot
mezclaba de una forma única la comedia sentimental,
la sátira social y el patetismo de la naturaleza humana,
convirtiéndose en un arquetipo universal. Este personaje
fue creciendo a lo largo de sus películas El vagabundo
(1915), Vida de perros (1918), El chico (1921) y La quimera
del oro (1925). Con la llegada del sonoro, los productores
se niegan a estrenar Luces de la ciudad (1931), pero él
lo hace por su propia cuenta y vuelve a romper todos los récords
de taquilla, éxito que repite con Tiempos modernos
(1936), sátira contra la automatización del
trabajo, y El gran dictador (1940), primer filme hablado de
Chaplin, una oportuna burla de los dictadores de aquella época
que le trae, sin embargo, enemistades entre los sectores más
reaccionarios del poder estadounidense, obligándole
a abandonar el país en la década de 1950, cuando
la caza de brujas promovida por McCarthy siembra
la sospecha y la desconfianza hacia los cineastas progresistas.
Mucho antes, en 1919, tras sus primeros éxitos, Chaplin,
junto con D. W. Griffith y los dos actores más famosos
del momento, Mary Pickford y Douglas Fairbanks, habrá
formado la productora United Artists, precursora del star
system aunque en su caso y el de Griffith además
de estrellas eran los auténticos creadores y productores,
e iniciadora de la época de oro del cine mudo en Estados
Unidos.
 El
impactante e innovador cine mudo alemán tomó
del expresionismo y las técnicas del teatro clásico
de la época sus principales fuentes de inspiración.
Una preocupación similar por la estilización
formal y por lo sobrenatural en los temas (frente al prosaico
realismo del cine estadounidense, que ha predominado como
el único estándar debido a su éxito comercial)
se evidencia en películas como El Golem (1920), de
Paul Wegener y Henrik Galeen, Nosferatu, el vampiro (1922),
de F. W. Murnau, y Metrópolis (1927) de Fritz Lang,
que trata de una sociedad robótica controlada por un
gran poder industrial en la que los obreros están reducidos
a la condición de esclavos. Cualquiera de estas películas,
y en especial las dos últimas, crearon escuela en el
cine comercial estadounidense con su temática, decorados
e incluso estilo de realización, como prueba el que
los dos directores fueran contratados por la industria de
Hollywood para continuar su trabajo en aquel país.
A
mediados de la década de 1920, la capacidad técnica
del cine alemán sobrepasaba la de cualquier otro en
el mundo. Los actores y los directores recibían un
apoyo casi ilimitado por parte del Estado, que financió
los mayores y mejor equipados estudios del mundo, los de la
UFA (Universum Film Aktiengesellschaft), de Berlín.
Los estudios introspectivos, expresionistas de la vida de
las clases populares, conocidos como películas
de la calle, se caracterizaban por su dignidad, belleza
y duración, además de introducir grandes avances
en el uso efectivo de la luz, los decorados y la fotografía.
Los directores alemanes liberaron a la cámara del trípode
y la pusieron sobre ruedas, consiguiendo una movilidad y una
gracia que no se habían visto antes. Películas
como las de Murnau El último (1924), protagonizada
por Emil Jannings, o El espejo de la dicha (1926), de G. W.
Pabst, protagonizada por una joven Greta Garbo, fueron aclamadas
universalmente por la profundidad de las emociones que comunicaban
y sus innovaciones técnicas. Debido a la emigración
de los mejores talentos alemanes, austriacos y, en general,
centroeuropeos, la producción de las películas
decayó rápidamente tras 1925, convirtiéndose
en una industria más que intentaba imitar el cine que
se hacía en Hollywood.
Entre
1925 y 1930 apareció una serie de grandes películas
soviéticas, revolucionarias tanto en su temática
como en su fuerza visual y los métodos de realización
empleados. La industria del cine soviética fue nacionalizada
en 1919 y puesta bajo el control del Comisariado del Pueblo
para la Propaganda y la Educación. Las películas
de este periodo mostraban la reciente historia soviética
con una fuerza, realismo y visión que era la antítesis
del espíritu introspectivo alemán. Los dos principales
directores soviéticos, Serguéi Mijáilovich
Eisenstein y Vsiévolod Ilariónovich Pudovkin,
recibieron una fuerte influencia de la obra de Griffith, sobre
todo de Intolerancia y su montaje, aspecto del nuevo arte
que analizaron en detalle, formularon teorías, depuraron
y aplicaron hasta conseguir los más brillantes logros
en este campo de la historia del cine, con la concatenación
rápida de tomas separadas de gran fuerza visual capaces
de dejar una fuerte impresión en el espectador.
 En
cautividad, las ardillas donde mejor se encuentran es al aire
libre e instaladas en grades jaulas de apreciable altura.
Como sugerencia, un tamaño mínimo 60cm altura
y una base cuadrada de 20 cm de lado. El fondo de la jaula
deberá estar también enrejado, es necesario
proporcionar a cada uno de los animales alojados un cubículo
apropiado, que habrá que colgar ya sea en el interior
o en el exterior de la jaula. Es más podremos mejorar
la misma con una buena rueda amplia para que realicen ejercicio,
así como ramas finas de árboles para que trepen
sobre ellas y se deslicen mejor por la superficie de la jaula.
En
España los pioneros del nuevo arte empiezan a producir
películas en 1896. Eduardo Jimeno realiza Salida de
misa de doce del Pilar de Zaragoza (1896), al puro estilo
de los hermanos Lumière. En Barcelona, Fructuoso Gelabert
realiza e interpreta Riña de café (1897), la
primera película española con argumento. El
hotel fantástico (1905), realizada por Segundo de Chomón,
incorpora sobreimpresiones y otros trucos que había
utilizado en Francia Georges Méliès. Las productoras
más importantes de la época del cine mudo son
Hispano Films, Films Barcelona e Iris Films. Por lo general
producían películas basadas en acartonados dramas
teatrales. El gobierno desdeña las posibilidades del
cine y ya en 1913 dicta la primera orden de censura. La zarzuela,
que suministra temas cinematográficos en la década
de 1920, se convierte en todo un subgénero con títulos
como La revoltosa (1924) y Gigantes y cabezudos (1925), ambas
de Florián Rey. Su mayor éxito lo consiguió
con La aldea maldita (1929).
Con la llegada del cine sonoro Benito Perojo realiza La verbena
de la Paloma (1935); y durante los años de la Segunda
República es el director más afamado y cosmopolita,
pues también trabajó como guionista, actor y
productor en Berlín, París y Hollywood. La película
más importante de la etapa del cine mudo fue Las Hurdes,
tierra sin pan (1932), de Luis Buñuel.
Solamente en Francia la industria cinematográfica tenía
el vigor necesario como para sobrevivir durante la etapa que
siguió a la I Guerra Mundial sin el apoyo del
gobierno. Trabajando en pequeños estudios, alquilados
para cada película, un grupo de diferentes artistas
desarrolló un cine tanto de vanguardia como tradicional
con un mínimo de interferencias por parte de los productores
ejecutivos. El escritor, director y editor de revistas de
cine Louis Delluc fue un defensor ardiente del cine francés,
que se rodeó de creadores como Abel Gance, René
Clair, Jean Epstein o Germaine Dulac. Fue un grupo del que
dependería mucho la supervivencia del cine francés.
 La
obra de Delluc Fiebre (1921) era un retrato impresionista
de la vida de las clases populares, mientras que Un sombrero
de paja en Italia (1927), de Clair, es una deliciosa e imaginativa
comedia basada en una farsa popular del siglo XIX, y
Napoleón (1927), de Abel Gance, es una obra monumental
e innovadora en cuanto a la técnica: empleaba tres
pantallas sobre las que se proyectaban docenas de imágenes
simultáneas.
Una
de las producciones francesas más destacadas de la
década de 1920 es La pasión de Juana de Arco
(1928), del danés Carl Theodor Dreyer, que, trabajando
con un reparto y un equipo técnico internacionales,
mezcló lo mejor del cine escandinavo, alemán
y soviético para hacer un cine con un estilo propio,
fluido y lleno de encanto, en el que forma y contenido se
fundían para conseguir una reverencia operística
por el resultado final. Además, la interpretación
de Renée Falconetti como Juana de Arco está
considerada como uno de los mejores ejemplos de interpretación
cinematográfica muda. Esta película, junto con
Amanecer (1927), película estadounidense de Murnau,
cierran el periodo más brillante del cine mudo que
daría paso al advenimiento del sonoro.
EL CINE SONORO
En
1926 la productora Warner Brothers introdujo el primer sistema
sonoro eficaz, conocido como Vitaphone, consistente en la
grabación de las bandas sonoras musicales y los textos
hablados en grandes discos que se sincronizaban con la acción
de la pantalla. En 1927, la Warner lanzó El cantor
de jazz, de Alan Crosland, la primera película sonora,
protagonizada por el showman de origen ruso Al Jolson, que
alcanzó un éxito inmediato e inesperado entre
el público. Su eslogan, sacado del texto de la película
"aún no has oído nada", señaló
el final de la era muda. Hacia 1931 el sistema Vitaphone había
sido superado por el Movietone, que grababa el sonido directamente
en la película, en un banda lateral. Este proceso,
inventado por Lee de Forest, se convirtió en el estándar.
El cine sonoro pasó a ser un fenómeno internacional
de la noche a la mañana.
 En
cautividad, las ardillas donde mejor se encuentran es al aire
libre e instaladas en grades jaulas de apreciable altura.
Como sugerencia, un tamaño mínimo 60cm altura
y una base cuadrada de 20 cm de lado. El fondo de la jaula
deberá estar también enrejado, es necesario
proporcionar a cada uno de los animales alojados un cubículo
apropiado, que habrá que colgar ya sea en el interior
o en el exterior de la jaula. Es más podremos mejorar
la misma con una buena rueda amplia para que realicen ejercicio,
así como ramas finas de árboles para que trepen
sobre ellas y se deslicen mejor por la superficie de la jaula.
La
transición del cine mudo al sonoro fue tan rápida
que muchas películas distribuidas entre 1928 y 1929,
que habían comenzado su proceso de producción
como mudas, fueron sonorizadas después para adecuarse
a una demanda apremiante. Los dueños de las salas se
apresuraron también a convertirlas en salas aptas para
el sonoro, mientras se rodaban películas en las que
el sonoro se exhibía como novedad, adaptando obras
literarias e introduciendo extraños efectos sonoros
a la primera oportunidad. El público pronto se cansó
de los diálogos monótonos y de las situaciones
estáticas de estas películas, en las que un
grupo de actores se situaba cerca de un micrófono fijo.
Tales problemas se solucionaron en los inicios de la década
de 1930, cuando en varios países un grupo de directores
de cine tuvieron la imaginación necesaria para usar
el nuevo medio de forma más creativa, liberando el
micrófono de su estatismo para restablecer un sentido
fluido del cine y descubrir las ventajas de la postsincronización
(el doblaje, los efectos sala y la sonorización en
general que sigue al montaje), que permitía la manipulación
del sonido y de la música una vez rodada y montada
la película.
En Hollywood, Lubitsch y King Vidor experimentaron con el
rodaje de largas secuencias sin sonido, añadiéndolo
posteriormente para resaltar la acción. Lubitsch lo
hizo suavemente, con la música, en El desfile del amor
(1929), y Vidor con el sonido ambiente para crear una atmósfera
natural en Aleluya (1929), un musical realista interpretado
íntegramente por actores afroamericanos cuya acción
transcurre en el sur de Estados Unidos. Los directores comenzaban
a aprender a crear efectos con el sonido que partía
de objetos no visibles en la pantalla, dándose cuenta
de que si el espectador oía un tictac era innecesario
mostrar el reloj.
 Las
películas de gángsters y musicales dominarían
la pantalla a comienzos de 1930, dieron dinamismo, vigor y
realismo a la pantalla, como los de Fred Astaire y Ginger
Rogers, como Sombrero de copa (1935), de Mark Sandrich, y
Swing time (1936), de George Stevens. Los cómicos populares,
como W. C. Fields, los Hermanos Marx, Mae West y Stan Laurel
y Oliver Hardy (el Gordo y el Flaco), crearon al tiempo mundos
cómicos distintos y personales con los que el público
de cada uno de ellos se identificaba. Por entonces, gran parte
de la violencia y la carga sexual de las primeras películas
de gángsters y de las comedias musicales fue reducida
por la influencia de la Legión Católica para
la Decencia y la creciente fuerza de las leyes de la censura
de 1934.
La
tendencia a evadirse de una realidad no demasiado halagüeña
se acentuó en aquellos años. Un ciclo de películas
de terror clásico, entre las que se incluyen Drácula
(1931), de Tod Browning, El doctor Frankenstein (1931), de
James Whale, y La momia (1932), de Karl Freund, salió
de los estudios de la Universal, y generó una serie
de secuelas e imitaciones a lo largo de toda la década.
Una película que cosechó un éxito rotundo
de taquilla fue King Kong (1933), de Merian C. Cooper. En
el género fantástico también destacó
El mago de Oz (1939), de Victor Fleming, musical infantil
basado en el libro de L. Frank Baum, protagonizado por Judy
Garland, que se convertiría en la primera artista musical
de la década de 1940.
La
producción de películas fantásticas de
Hollywood se intentó compensar durante los años
treinta con películas más serias y realistas,
europeas en su mayor parte, como la alemana El ángel
azul (1930), de Josef von Sternberg, que dio a conocer a Marlene
Dietrich, o la francesa La gran ilusión (1937), de
Jean Renoir, considerada una de las grandes películas
antibélicas de la historia del cine. Un cineasta estadounidense
procedente de la radio, el escritor-director-actor Orson Welles,
sorprendió desde su primera obra con sus nuevos encuadres,
objetivos angulares y efectos de sonido, entre otras innovaciones,
que ampliaron considerablemente el lenguaje cinematográfico.
Aunque nunca llegó a adaptarse a la industria de Hollywood,
y pocas veces encontró respaldo financiero para sus
proyectos, sus películas Ciudadano Kane (1941) y El
cuarto mandamiento (1942) tuvieron una influencia capital
en la obra de los cineastas posteriores de Hollywood y del
mundo entero.
 Aparte
de los primeros trabajos del director Alfred Hitchcock, que
empezó a hacer largometrajes en Hollywood en 1939,
y el trabajo durante la posguerra del director Carol Reed,
con obras como Larga es la noche (1946), la contribución
más peculiar del cine británico en las décadas
de 1930 y 1940 fue la escuela documentalista dirigida por
John Grierson, que acuñó el término documental,
definiéndolo como "el tratamiento creativo de
la realidad", para diferenciarlo de los noticiarios y
de las películas de viajes. Como resultado del apoyo
estatal, se rodaron Song of Ceylon (Canción de Ceilán,
1934), Housing problems (Problemas de la vivienda, 1935) o
Night Mail (Correo nocturno, 1936), con las que el género
maduró, estableciendo una relación más
cercana con el público mediante la inclusión
de entrevistas y recreaciones dramatizadas de hechos, en un
estilo precursor de los actuales docudramas televisivos.
DESARROLLO DEL CINE EN COLOR
Los
experimentos con película de color habían comenzado
ya en 1906, pero sólo se había usado como curiosidad.
Los sistemas ensayados, como el Technicolor de dos colores,
fueron decepcionantes y fracasaban en el intento de entusiasmar
al público. Pero hacia 1933 el Technicolor se había
perfeccionado, con un sistema de tres colores comercializable,
empleado por vez primera en la película La feria de
la vanidad (1935), de Rouben Mamoulian, adaptación
de la novela de William Makepeace Thackeray. La popularidad
del color aumentó, y durante los años cuarenta
se empleó sobre todo en una serie de musicales clásicos
de la MGM (Metro Goldwyn Mayer), entre los que destaca Easter
Parade (Desfile de Pascua, 1948), de Charles Walters. En la
década de 1950 el uso del color se generalizó
tanto que prácticamente el blanco y negro quedó
relegado para películas de bajo presupuesto que buscaban
un realismo sereno, como Marty (1955) de Delbert Mann, sobre
las aspiraciones de un carnicero del Bronx, o El hombre del
brazo de oro (1955), de Otto Preminger, en la que se contaba
la historia de un drogadicto. A partir de los años
sesenta, el blanco y negro quedó para crear efectos
especiales en películas como Psicosis (1960) de Hitchcock,
o La última película (1971), de Peter Bogdanovich.
Más recientemente, lo hemos podido ver casi siempre
en películas con pretensiones artísticas, como
El hombre elefante (1980), de David Lynch, Toro salvaje (1980),
de Martin Scorsese, La ley de la calle (1983), de Francis
Ford Coppola, o Zelig (1983), de Woody Allen.
En
1953, la Twentieth Century Fox estrenó su película
bíblica La túnica sagrada, de Henry Koster,
en un sistema nuevo denominado CinemaScope, que inició
la revolución de los formatos panorámicos.
 En
una sucesión rápida, todos los estudios lanzaron
sus sistemas panorámicos, tales como el Vistavisión,
Todd-AO, Panavisión, SuperScope y Technirama. De todos
ellos sólo el Todd-AO y el Panavisión sobrevivirían,
ya que suponían el uso de una sola cámara, un
solo proyector y película estándar de 35 mm,
adaptándose más fácilmente a todos los
sistemas; su éxito cambió definitivamente la
forma de las pantallas de cine. Musicales a todo color, en
pantallas anchas y plagados de estrellas, como Ha nacido una
estrella (1954), de George Cukor, u Oklahoma (1955), de Fred
Zinnemann, superproducciones históricas como Ben-Hur
(1959), de William Wyler, y películas de aventuras
como Rebelión a bordo (1962), de Lewis Milestone, o
Doctor Zhivago (1965), de David Lean, llenarían las
pantallas de cine.
Durante un breve periodo, a comienzos de la década
de 1950, una novedad conocida como 3D apareció en el
mercado. Consistía en la superposición de dos
imágenes distintas de la misma escena, cada una tomada
con un filtro de color distinto y desde un ángulo ligeramente
diferente, que, vistas a través de unas gafas en las
que cada ojo llevaba un filtro de color equivalente a los
usados durante el rodaje, reproducía la visión
estereoscópica, dando impresión de relieve.
Pero lo engorroso de tener que utilizar gafas para ver las
películas, la falta de nitidez en la imagen y la escasa
calidad de las películas con que se lanzó, dieron
al traste con la viabilidad comercial del sistema. Tras una
moda pasajera, con éxitos relativos como el de Los
crímenes del museo de cera (1953), de André
de Toth, la novedad ya no fue tal y las películas en
3D se dejaron de producir, distribuyéndose las que
ya estaban terminadas en este sistema como películas
convencionales.
LOS NUEVOS CINEASTAS
ESTADOUNIDENSES
Al mismo tiempo surgió una nueva generación
de realizadores bajo la influencia de las tendencias europeas
y con el deseo de trabajar con diferentes distribuidores,
tomando cada película como una unidad por separado.
Muchos de ellos realizaron películas de gran calidad,
tanto fuera de la recién descentralizada industria
como dentro de sus límites. Algunos de ellos, como
Stanley Kubrick, Woody Allen, Arthur Penn, Francis Ford Coppola
o Martin Scorsese, han tratado en numerosas ocasiones de trabajar
con el respaldo de una compañía financiera,
buscando la distribución de sus obras a través
de un estudio distinto para cada proyecto, o manteniendo una
relación relativamente estable con uno de ellos. Otros
directores, como Robert Altman, John Cassavetes o John Sayles,
han tratado de eludir los canales establecidos, pero eso les
ha supuesto que sólo ocasionalmente hayan conseguido
un éxito comercial suficientemente amplio como para
financiarse sus siguientes proyectos.
Stanley
Kubrick produjo durante unos años una serie de
obras interesantes, desde la sátira política
de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú
(1963), hasta el desafío técnico de 2001:
una odisea del espacio (1968), la meticulosa adaptación
del siglo XVIII de Barry Lyndon (1975) o el horror
gótico de El resplandor (1980), aunque sus mejores
películas siguen siendo las primeras: Atraco perfecto
(1956), hermosa síntesis del género policiaco,
de un fatalismo poético; Senderos de gloria (1957),
una de las mejores películas antibélicas
de la historia; Espartaco (1960), sobre la revuelta de
los esclavos romanos, y Lolita (1962), todas ellas además
magistralmente interpretadas. Arthur Penn, más
complaciente, con Bonnie y Clyde (1967) conmovió
a los espectadores de las salas de arte y ensayo y a los
aficionados al cine de violencia y de aventuras, y sirvió
de punto de partida para el gusto de nuevas generaciones
de espectadores, que marcaron también Mike Nichols
con El graduado (1967), o Dennis Hopper con Buscando mi
destino (1969). Penn continuó con el cine contracultural
de los sesenta con El restaurante de Alicia (1969) y Pequeño
gran hombre (1970). Por su parte, Woody Allen dirigió
y protagonizó una serie de películas formalmente
semejantes a las de los cómicos clásicos
estadounidenses, algo entre sus admirados Bob Hope y Groucho
Marx, pero con un mensaje y unas actitudes peculiares,
propias de la sensibilidad de la ciudad de Nueva York.
Entre ellas son buenos ejemplos Toma el dinero y corre
(1969), Bananas (1971) y El dormilón (1973). Más
tarde, Woody Allen ha alcanzado una madurez indudable,
alejado ya de la payasada, más reflexivo y al mismo
tiempo más amargo, preguntándose permanentemente
sobre el sexo, el amor, la muerte y la responsabilidad
personal. Aquí cabe citar Annie Hall (1977), Manhattan
(1979), Hannah y sus hermanas (1986), Días de radio
(1987), Delitos y faltas (1989) y Desmontando a Harry
(1997).
En
otro estilo totalmente distinto, Francis Ford Coppola aparece
como un director de grandes producciones y arriesgados experimentos,
no siempre fructíferos comercialmente. Aunque esto no le ha
impedido continuar una obra tan personal como la de los autores
europeos, ajeno a las conveniencias y a las modas. De sus
primeros fracasos económicos se repone con El padrino (1972),
un éxito comercial de tal magnitud que le permite hacer la
personal La conversación (1973), a la que sigue la producción
de American Graffiti (1973), de George Lucas. Con los beneficios
obtenidos con esta película realiza El padrino II (1974) y
Apocalypse now (1979), adaptación del relato corto de Joseph
Conrad "El corazón de las tinieblas".
Ésta resulta una
gran obra aclamada por la crítica pero con un irregular resultado
de público. Corazonada (1981) fue un fracaso comercial, lo
que no le impide hacer poco después otra de sus mejores obras,
La ley de la calle (1983). Vuelve a conseguir el éxito con
Tucker: un hombre y su sueño (1988), otra obra maestra. Cierra
el ciclo de la familia Corleone con El padrino III (1990).
De nuevo obtuvo gran éxito de público en todo el mundo con
su particular Drácula (1992). Más clásico, aunque con un estilo
personal indiscutible es el también italoamericano Martin
Scorsese, autor de Malas calles (1973), Taxi Driver (1976),
Toro salvaje (1980), Uno de los nuestros (1990), La edad de
la inocencia (1993) o Casino (1995).Robert
Altman, tras un enorme éxito comercial con M*A*S*H* (1970),
que se convirtió posteriormente en una larga y popular serie
de televisión, hace una serie de películas, por lo general
complejas para el gran público, exceptuando el musical Nashville
(1975), en el que intervienen 26 personajes principales formando
un gran tapiz de la política, la música, el teatro y la religión.
 En
sus obras más recientes vuelve a recuperar el contacto con
el espectador, como en El juego de Hollywood (1991), una comedia
negra sobre las intrigas de la producción cinematográfica
hollywoodiense, Vidas cruzadas (1993) y Prêt-à-porter (1994)
y Kansas City (1996). Cassavetes, actor-director cuyo primer
largometraje fue el documental experimental Sombras (1960),
se sumó a la producción convencional tras su éxito comercial
con Faces (1968), que repetiría con Una mujer bajo la influencia
(1974), protagonizada por su mujer, Gena Rowlands. John Sayles,
escritor-director-actor independiente, consiguió el aplauso
de la crítica por películas como Return of the Secaucus Seven
(1980), Matewan (1987) y Passion Fish (Peces de pasión, 1992).
Spike Lee, que escribió, dirigió, produjo y protagonizó películas
tan alabadas por la crítica y por el público como Nola Darling
(1986), Haz lo que debas (1989) o Malcolm X (1992), en la
actualidad parece empeñado en crear un nuevo tipo de cine,
centrado casi exclusivamente en la problemática de la comunidad
afroamericana en Estados Unidos
 Frente
al cine que representan los anteriores realizadores de cine
de autor, pese a ser estadounidense y en ocasiones ligado
a la industria de Hollywood, ésta ha continuado otras
líneas de producción para el consumo masivo,
especialmente de niños y adolescentes. Se basan principalmente
en el efectismo que las nuevas tecnologías y los grandes
presupuestos permiten. Dentro de esta categoría figuran
las películas de catástrofes, como La aventura
del Poseidón (1972), de Ronald Neame, El coloso en
llamas (1974), de John Guillermin e Irvin Allen, o Titanic
(1997), de James Cameron, galardonada con 11 oscars de la
Academia; las recreaciones de personajes del cómic,
como Superman (1978), de Richard Donner, y Batman (1989),
de Tim Burton, y sus interminables secuelas; o las películas
bélicas de ciencia ficción como La guerra de
las galaxias (1977), de George Lucas. En estos géneros
comerciales ha destacado Steven Spielberg, desde Tiburón
(1975), modelo de películas en las que una criatura
terrorífica atemoriza a una pacífica comunidad,
a las más serenas y emotivas de ciencia ficción
Encuentros en la tercera fase (1977) y E.T. el extraterrestre
(1982), que explotaron la fascinación por las posibilidades
de vida extraterrestre y su posible contacto con los humanos.
En la serie de Indiana Jones recrea el cine clásico
de aventuras: En busca del arca perdida (1981), Indiana Jones
y el templo maldito (1984) e Indiana Jones y la última
cruzada (1989).
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