RADIOMENSAJES DE NAVIDAD DE JUAN XXIII

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UNIDAD Y PAZ

Juan XXIII

Radiomensaje de Navidad

Diciembre 1958

 

Señor Cardenal:

Gracias por las delicadas y tan preciosas palabras que Nos habéis dirigido en nombre de todo el Sacro Colegio, en el que Nos gozamos de admirar, en este día, el espectáculo de una renovada juventud; gracias por las acertadas alusiones que os habéis complacido en hacer a la alegría y a la conmoción del mundo entero, de los nobles representantes de las diversas naciones y de la Prelatura romana por la inauguración de este nuevo Pontificado.

Mas en el interior conocimiento, aunque imperfecto, que de Nos mismo tenemos, y en la humildad de Nuestro espíritu sentimos el deber de comprobar que no es simplemente el comportamiento humano cordial de Nuestra modesta persona el que ha logrado ganarse en seguida la simpatía de los pueblos y gobernantes, como tan benignamente decíais, y especialmente en las recientes explosiones de alegría y de respeto del pueblo de Roma, sino una nueva efusión de la gracia del Espíritu Santo, que fue prometida a la Iglesia del Señor, y que no cesa de provocar diversas formas de expresión, que suscitan tan devota admiración en torno a Nos.

Nos complace recordar, Señor Cardenal, el regreso, en compañía vuestra y del Señor Cardenal Pizzardo, desde Letrán al Vaticano, justamente hace un mes, el 23 de noviembre, luego de haber tomado posesión de Nuestra catedral de San Juan, a través de las calles de la Urbe; y aquella muchedumbre, aquella densa muchedumbre, tan gozosa, alegre, respetuosa y piadosa en su comportamiento y en sus aclamaciones.

Y el día 8 de diciembre, en la Plaza de España; luego, en Santa María la Mayor. ¡Qué júbilo triunfal de miradas, de voces, de corazones! Y es que se aunaba en ese día el binomio tan querido para los romanos: la Inmaculada y el Papa.

La misma manifestación del sentimiento popular se renueva todas las veces que la gente Nos espera o viene a Nuestro encuentro, aquí, en las amplísimas salas del palacio apostólico.

Sirve de particular consuelo advertir cómo la gran masa que Nos busca, Nos llama y no cesa de aplaudir, está formada, sobre todo, por jóvenes de todas clases, vibrantes de piadosa admiración y de vivo y candoroso entusiasmo; y asimismo comprobar cómo ellos, los jóvenes, más que los ancianos, más que los hombres maduros, están prontos a defender valientes y a rendir honor a la herencia de Cristo, rey glorioso e inmortal de los pueblos y de los siglos.

Santa memoria de Pío XII

2. Estas primeras y reverentes manifestaciones de homenaje al nuevo Papa en nada disminuyen la continuidad del universal sentimiento que hasta los umbrales de la patria celestial acompañó al alma bendita y pura de Nuestro inmediato Antecesor, Pío XII; más aún, en gran parte a él se le deben. Mérito suyo es, y del misterio de gracia al que sirvió en el curso de un gran Pontificado de casi veinte años; mérito suyo es el haber difundido tesoros luminosos de celestial sabiduría y vivísimo fervor de celo pastoral sobre la grey de Cristo.

El humilde hijo del pueblo, que fue llamado por la divina Providencia a sustituirle, según la sucesión de las cosas humanas e incluso de las divinas -exaltavi electum de plebe mea[i]-, no pretende otra cosa sino conducir al pueblo cristiano por el camino de la bondad y de la misericordia que salva, eleva y alienta.

Todo contribuye, además, a mitigar la tristeza de aquella partida de nuestro Padre y Pontífice, a quien queremos contemplar ya como asociado, en las regiones celestiales, a los Santos de Dios, y como derramando, también desde allí, renovadas energías sobre el pueblo cristiano que le sobrevive y que, en el correr de los siglos, no cesará de venerar su querida y santa memoria.

Al llegar la festividad anual de la Natividad del Señor, era costumbre de Su Santidad Pío XII transformar la sencilla, la antigua expresión del amable intercambio de las acostumbradas felicitaciones, en un denso y riquísimo discurso de circunstancias en que él se complacía en ilustrar, con profundidad y amplitud de penetración teológica y mística delicadamente práctica, su elevado pensamiento pontificio, relacionándolo con las mudables circunstancias del orden -a menudo, del desorden- individual, doméstico, cívico y social. Los modernos medios de transmisión del pensamiento y de la palabra, que hacen llegar inmediatamente la enseñanza y la voz pontificia a todos los puntos de la tierra, invitaban a muchos pensadores de recta conciencia a inclinar su cabeza considerando en seria meditación y con vivo y neto discernimiento la distinción entre verdad y error, entre lo que más atrae y lo que es falaz y engañosa tentación, que induce a desorden y ruina.

3. Disposiciones, en estos días, para este encuentro de nuestras almas como preparación a la Navidad, Nos pareció que no podríamos hacerlo mejor que escuchando los ecos de aquellos discursos o radiomensajes, al mundo entero, del llorado Padre nuestro Pío XII. Incluso el solo hecho de recordarlos Nos pareció un homenaje no indigno de él, ni de las circunstancias; al igual que cuando en la casa que queda vacía de la presencia del padre anciano, que partió para la eternidad, proporciona consuelo a los buenos hijos, reunidos en torno al casi extinguido hogar, evocar su querida voz, sus dichos más preciosos, sus más saludables advertencias.

¡Oh, qué luz, oh qué gozo para el espíritu oír, aunque de lejos, su simple enunciación! Desde 1939 a 1957, aquellos radiomensajes son diecinueve. Otras tantas obras maestras de ciencia tecnológica, jurídica, ascética, política y social; todos y cada uno en el esplendor que tiene por centro a Jesús en Belén; por espíritu, la gran llama del celo pastoral por las almas y por las naciones; por punto máximo de dirección, la misteriosa estrella anunciadora de las eternas conclusiones para la vida espiritual y universal, para la historia de las almas y de los pueblos.

La serie se inicia -precisamente en la Navidad de 1939- con la descripción de los puntos fundamentales para la pacífica convivencia de los pueblos. Sigue, en 1940, con las condiciones básicas para el nuevo ordenamiento de Europa; en 1941, con las del nuevo ordenamiento internacional. En 1942 trata del orden interno de los Estados y de los pueblos; en 1943, de la luz de la estrella de Belén para los desilusionados, para los desolados y para los fieles en general, añadiendo principios para un programa de paz. En 1944, sexto año de guerra, se propone y aclara el problema de la democracia. En los años sucesivos, la paz ocupa extensamente el puesto de honor. Y así, en 1945, 1946, 1947 y 1948, la paz, siempre la paz, bajo los diversos aspectos.

En 1949 se ilustra el anuncio del Año de Dios, año que quiere ser del gran "retorno" y del gran perdón. En 1950 reanuda el tema de la paz interna y externa de los pueblos; en 1951, la Iglesia y la paz; en 1952, siguen páginas conmovedoras sobre los hombres sumidos en la miseria y sobre el consuelo de Cristo. En 1953, páginas exactas y transparentes sobre el progreso técnico del mundo y la paz; en 1954, se estudia la coexistencia de los hombres en el temor, en el error, en la verdad. En 1955, se describen las actitudes del hombre moderno frente a la Navidad y a Cristo, en la vida histórica y social de la humanidad. En 1956, la dignidad y los límites de la naturaleza humana, razonamiento densísimo de pura doctrina y de aplicaciones a la realidad concreta, a la vida individual. Finalmente, en 1957, Cristo, fuente y prenda de armonía en el mundo: páginas admirables y consoladoras, que resumen todo el pensamiento del Papa Pío XII.

4. Su gloriosa y noble tumba en el Vaticano, junto a la de San Pedro, no podría contemplarse con decoración más espléndida y más apropiada que con los títulos de estos radiomensajes de Navidad, de los años de su Pontificado.

El alma se conmueve más aún cuando se piensa que éstos no son sino diecinueve rayos de una doctrina que una serie de densos volúmenes apenas basta a contener. Admirable actividad, en efecto, doctrinal y pastoral, que asegura el nombre de Pío XII en la posteridad. Aun por encima de toda declaración oficial, que sería prematura, el triple título de doctor optimus, Ecclesiae sanctae lumen, divinae legis amator, dice muy bien con la bendita memoria de él, Pontífice de nuestros afortunados tiempos.

"Unidad" y "Paz"

5. Para resumir en dos términos sintéticos la sustancia viva de esta enseñanza contenida en los diecinueve radiomensajes navideños y en los veinte volúmenes de la riquísima colección de discursos y cartas de Pío XII, basta pronunciar estas palabras: unidad y paz.

En efecto; estas palabras sostienen al mundo entero, desde su creación hasta la consumación de su historia: esa es la unidad. Expresan también la luz bienhechora y fecundante de la gracia de Cristo, hijo de Dios y redentor y glorificador del género humano: ésa es la paz. La única condición por parte del hombre es la bona voluntas, que es también gracia de Dios, pero que ha de estar libremente condicionada por la correspondencia del hombre. Esta falta de correspondencia de la humana libertad a la llamada de Dios en servicio de sus designios de misericordia constituye el más terrible problema de la historia humana y de la vida de cada uno de los hombres y de los pueblos.

La conmemoración del nacimiento de Jesús no cesa de renovar cada año el anuncio de la misma doctrina y en el mismo tono: unidad y paz. Por desgracia, la historia humana registra en sus comienzos un episodio de sangre: el hermano ha sido muerto por el hermano. La ley del amor, que el Creador imprimió en el corazón del hombre, fue violada por la mala voluntas, que rápidamente condujo a la humanidad por los caminos de la injusticia y del desorden. La unidad fue quebrantada, y fue menester nada menos que la intervención del Hijo mismo de Dios, que por obediencia aceptó reconstruir los vínculos sagrados, pero pronto comprometidos, de la familia humana; y la reconstruyó al precio de su sangre.

Tal reconstrucción es siempre actual: Jesús fundó una Iglesia, imprimiendo en su faz el carácter de la unidad, instituida como para recoger en ella a todas las humanas gentes bajo sus inmensos pabellones, que se extienden a mari usque ad mare. ¡Ah! ¿Por qué esta unidad de la Iglesia católica, orientada directamente y por vocación divina a los intereses del orden espiritual, no podría llegar también a la reunificación de las diferentes razas y naciones, atraídas igualmente por propósitos de convivencia social señalados por las leyes de la justicia y de la fraternidad?

Bien viene aquí el principio, familiar a los creyentes, de que el buen servicio de Dios y de su justicia es también propicio al provecho de la comunidad civil de los pueblos y de las naciones.

Todavía está vivo en Nuestro espíritu el recuerdo de hace algunas decenas de años, cuando algunos representantes de las iglesias ortodoxas -como se las llama- del próximo Oriente, con la cooperación práctica de algunos gobiernos, pensaron en proveer a la concentración de las naciones civiles, iniciándola con una inteligencia entre las varias confesiones cristianas de diverso rito y de diversa historia.

Por desgracia, el imponerse de intereses más presionantes y concretos, junto con preocupaciones nacionalistas, esterilizó aquellas intenciones de suyo buenas y dignas de respeto. Y el angustioso problema de la truncada unidad de la herencia de Cristo permanece siempre, para gran turbación y perjuicio del mismo trabajo de resolución, a lo largo de un camino de agobiantes dificultades e incertidumbres.

La tristeza de esta dolorosa comprobación no detiene, no detendrá, confiamos en Dios, el esfuerzo de Nuestra alma en proseguir la invitación amorosa a aquellos nuestros queridos hermanos separados, que también llevan en su frente el nombre de Cristo, leen su Evangelio santo y bendito, y no son insensibles a las inspiraciones de la piedad religiosa y de la caridad benéfica y comprensiva.

Recordando los repetidos llamamientos de Nuestros Predecesores -desde el Papa León XIII hasta el Papa Pío XII, a través de San Pío X, Benedicto XV y Pío XI, todos ellos dignísimos y gloriosos Pontífices -que desde la cátedra apostólica lanzaron la invitación a la unidad, Nos permitimos- mas ¿por qué decimos: Nos permitimos?-, Nos proponemos proseguir humilde, pero ardientemente, el deber al cual Nos estimula la palabra y el ejemplo que Jesús, el divino Pastor, continúa dándonos con la visión de la mies que blanquea en los inmensos campos misionales: et illas oportet me adducere... et fiet unum ovile et unus Pastor[ii]; y en el clamor elevado a su Padre en sus últimas horas, poco antes del supremo sacrificio: Pater, ut unum sint; sicut tu Pater in me et ego in te; ut et ipsi unum sint, et credat mundus quia tu me misisti[iii].

6. Sobre estos llamamientos tan profundos y sublimes aletea la paz, la paz de Navidad, la paz de Cristo; el anhelo de las almas y de los pueblos, el complemento de toda gracia del cielo y de la tierra; la paz que allí donde falte y mientras faltare, el mundo esta en agonía; y donde existe, llena de alegría el espíritu y los corazones, como anunciaron los ángeles de Belén.

Señor Cardenal: Vuestra felicitación, tan noble y afectuosa desde la primera a la última palabra, que Nos habéis ofrecido en nombre de todos los eminentísimos Cardenales, antiguos o de nueva creación, y en nombre de toda la Prelatura romana, quiero repetirlo, Nos conmueve profundamente y una vez más os la agradecemos.

Natividad del Señor: anuncio de unidad y de paz sobre toda la tierra; empeño renovado de buena voluntad, puesta al servicio del orden, de la justicia, de la fraternidad entre todas las gentes cristianas, movidas por un común deseo de comprensión, de respeto común a las sagradas libertades de la vida colectiva en el triple orden religioso, civil y social.

Nos han informado del proyecto delicado y genial de la Radiotelevisión italiana de hacer coincidir, en dulce sincronía, el primer toque de la festividad navideña con el sonido de las campanas de la humilde parroquia donde este nuevo Siervo de los Siervos de Dios que os habla, nació y fue bautizado; con las campanas de Venecia, de donde partió para la inesperada misión que la Providencia le confiaba, y con las campanas más solemnes de San Pedro, del Vaticano, asociadas en festivo concierto con todas las voces armoniosas del mundo para un mismo anuncio universal, para una misma invitación a la unidad y a la paz.

7. Haga el Señor que esta augural invitación sea escuchada por doquier. En diversas partes del mundo no hay oído para esta invitación. Donde las nociones más sagradas de la civilización cristiana están sofocadas o extinguidas; allí donde el orden espiritual y divino es combatido o se ha logrado debilitar la concepción de la vida sobrenatural, es bien triste tener que comprobar el initium malorum, cuyas pruebas son ya de general conocimiento. Aun queriendo ser corteses al juzgar, al excusar, al juzgar indulgentes la gravedad de la situación "atea y materialista" a que fueron y están sujetas algunas naciones y bajo cuyo peso gimen, la esclavitud para los individuos y para las masas, esclavitud del pensamiento y esclavitud de la acción, es innegable. Nos habla la Sagrada Escritura de una torre de Babel, que fue construida en los primeros siglos de la historia en la llanura de Sennaar y que terminó en la confusión. En diversas regiones de la tierra se están fabricando también hoy torres semejantes: seguro es que terminarán como la primera. Para muchos, la ilusión es grande, pero la ruina es amenazadora. Sólo la unidad y la cohesión es el reforzamiento del apostolado de la verdad y de la verdadera fraternidad humana y cristiana podrán detener los graves peligros que amenazan.

8. En relación con la libertad de la Iglesia en algunas regiones del mundo, por ejemplo, en la inmensa China, tuvimos ya ocasión de señalar los hechos gravísimos de los tiempos más recientes. Lo que desde hace años sucede en los inmensos territorios del otro lado del telón de acero, es demasiado conocido para que haga falta una más amplia ilustración.

Nada de militar o de violento en nuestras actuaciones de hombres de fe. Pero es necesario velar en la noche que cada vez es más densa: saber darnos cuenta de las asechanzas de quienes son enemigos de Dios antes que enemigos nuestros, y prepararnos para toda clase de defensa de los principios cristianos, que son la coraza de la verdadera justicia ahora y siempre.

9. Tiempo de Navidad: tiempo de buenas obras y de intensa caridad. El ejercicio de las que dan sustancia y color a la civilización, que toma su nombre de Cristo, tiene por objeto las catorce obras de misericordia. La Navidad debe señalar el máximo del fervor religioso y pacífico para esta efusión de unidad y de caridad hacia los hermanos necesitados, enfermos; hacia los pequeños, hacia los que sufren, de cualquier clase, de cualquier nombre.

Sea ésta una Navidad constructiva. Cuantos escuchan esta voz a través de los caminos del aire, a través del concierto de las campanas, que invitan a la unión y a la plegaria en homenaje a la humilde persona del nuevo Papa, robustezcan sus buenos propósitos de santificación del nuevo año, a fin de que sea para todo el mundo año de justicia, de bendición, de bondad y de paz.

María, auxilium Christianorum, ora pro nobis. María, auxilium Episcoporum, ora pro nobis. Regina sine labe originali concepta, ora pro nobis. Amén.

JUAN XXIII

 



[i] Ps. 88, 19.

[ii] Io. 10, 16.

[iii] Io. 17, 21.

 


 

DOMINO PLEBEM PERFECTAM

Juan XXIII

Radiomensaje Navidad

23 de diciembre de 1959

 

LA "PAZ" DON DE DIOS

Estamos en Navidad: la segunda Navidad de Nuestro Pontificado. Contemplándola a distancia, unidos espiritualmente con María y con José en el camino a Belén, días ha que ya estamos saboreando la dulzura que se nos viene del canto angélico, anunciador de la paz celestial ofrecida a todos los hombres de buena voluntad; y así, de día en día, estamos pensando que el camino a Belén señala verdaderamente la ruta del buen camino hacia la paz, que se halla en los labios, en las ansias, en el corazón de todos.

INTRODUCCION

La llamada de la Liturgia con los ecos del Papa León Magno ya nos avisaba con festiva invitación: Alegraos en el Señor, dilectísimos: alegraos con gozo espiritual, porque el día de la redención se renueva, el día de la antigua esperanza, el anuncio de la eterna felicidad[i]. A la par y casi en coro con aquella voz solemne y conmovedora, que nos viene del siglo quinto, sentimos como alzarse, todas a una, las voces implorantes de los Sumos Pontífices que gobernaron la Iglesia antes y después de las dos guerras que desgarraron a la humanidad en este nuestro siglo: las voces, más vecinas a nosotros, de los diecinueve Mensajes navideños de nuestro Santo Padre Pío XII, de siempre tan querida y feliz recordación.

2. Continuada invitación, pues, a acelerar nuestros pasos por los caminos de Belén, que para nosotros son las vías de la paz.

Numerosas son en el mundo actual las vías de la paz, propuestas o impuestas; muchas se nos sugieren aun a Nos, bien que gozamos, como María y José, la seguridad de conocer nuestro camino, y no tememos la posibilidad de errar.

En efecto, después de la segunda posguerra ha sido muy grande la variedad de las expresiones: y grande el abuso de esta santa palabra: Pax pax[ii].

Rendimos homenaje y respeto a la buena voluntad de tantos exploradores y anunciadores de la paz en el mundo: hombres de Estado, diplomáticos experimentados, insignes escritores.

Pero los esfuerzos humanos en materia de la pacificación universal están todavía muy lejos de los puntos de inteligencia entre el cielo y la tierra.

Y es que la verdadera paz no puede venir sino de Dios; no tiene sino un nombre: Pax Christi; no tiene sino una sola faz, la que Cristo le ha impreso, el cual, como para prevenir las falsificaciones del hombre, así ha subrayado: Os dejo la paz, os doy mi paz[iii].

LA PAZ CRISTIANA

Triple es el aspecto de la verdadera paz:

1) Paz en los corazones

3. La paz es, ante todo, un hecho interior, del espíritu, y su fundamental condición es la dependencia amorosa y filial, con respecto a la voluntad de Dios: Señor, nos has hecho para ti; y nuestro corazón no se tranquiliza mientras no descanse en ti[iv]. Todo cuanto debilita, rompe o despedaza esta conformidad y unión de voluntades, está en oposición con la paz: ante todo y sobre todo, la culpa, el pecado. ¿Quién resiste a él [a Dios] y ha tenido la paz?[v]. La paz es la feliz herencia de los que observan la ley divina: Pax multa diligentibus legem tuam[vi].

A su vez, la buena voluntad no es sino el sincero propósito de respetar la ley eterna de Dios, de ajustarse a sus mandamientos, de seguir sus caminos: de estar, en una palabra, en la espera de la verdad. Esta es la gloria que Dios espera del hombre. Pax hominibus bonae voluntatis.

2) Paz social

4. Esta se funda sólidamente en el mutuo y recíproco respeto de la dignidad personal del hombre. El hijo de Dios se ha hecho hombre, y su redención alcanza no sólo a la colectividad, sino también a cada hombre: Me ha amado, y se ha dado a sí mismo por mí. Así lo dijo San Pablo a los Gálatas: Ipse dilexit me et tradidit semetipsum pro me[vii]. Y si Dios ha amado al hombre hasta tal punto, esto significa que el hombre le pertenece, y que la persona humana ha de ser respetada absolutamente. Tal es la enseñanza de la Iglesia, que para la solución de las cuestiones sociales siempre ha fijado la mirada en la persona humana, y ha enseñado que las cosas y las instituciones -los bienes, la economía, el Estado- son ante todo par el hombre; y no el hombre para ellas. Las perturbaciones que sacuden la paz interna de las naciones traen su origen principal y precisamente de esto, que el hombre haya sido tratado casi exclusivamente como instrumento, como mercancía, como miserable rueda de engranajes de una máquina grande, simple unidad productiva. Sólo cuando se tome la personal dignidad del hombre como criterio de valoración del hombre mismo y de su actividad, se tendrá el medio para aplacar las discordias civiles y las divergencias, a veces profundas, entre -por ejemplo- los dadores de trabajo y los trabajadores, y, sobre todo, para asegurar a la institución familiar aquellas condiciones de vida, de trabajo y de asistencia, aptas para hacer que cumpla mejor su función de célula de la sociedad y primera comunidad constituida por Dios mismo para el desarrollo de la persona humana.

No: la paz no podrá tener sólidos fundamentos, si en los corazones no se alimenta el sentimiento de fraternidad, tal como debe existir entre quienes tienen un mismo origen, y están llamados a los mismos destinos. La conciencia de pertenecer a una única familia apaga en los corazones la avidez, la codicia, la soberbia, el instinto de dominar a los demás, que son la raíz de las disensiones y de las guerras; ella nos une a todos con un vínculo superior y generosas solidaridad.

3) Paz internacional

5. La base de la paz internacional es, sobre todo, la verdad. Pues que también en las relaciones internacionales vale la afirmación cristiana: "La verdad os libertará". Veritas liberabit vos[viii]. Necesario es, por lo tanto, superar ciertas concepciones erróneas: el mito de la fuerza, del nacionalismo u otro cualquiera, que han envenenado la vida asociada de los pueblos, y fundar la pacífica convivencia sobre los principios morales, según la enseñanza de la recta razón y de la doctrina cristiana.

A su lado, e iluminada por la verdad, ha de caminar la justicia. Esta suprime las razones de discordia y de guerra, resuelve las disputas, fija las obligaciones, precisa los deberes, responde a los derechos de cada una de las partes.

La justicia a su vez tiene que estar integrada y sostenida por la caridad cristiana. Quiere decir que el amor al prójimo, y a la propia nación, no se ha de replegar sobre sí mismo, en una forma de egoísmo cerrado y suspicaz del bien de los demás, sino que ha de ensancharse y expandirse para abrazar, con un espontáneo movimiento hacia la solidaridad, a todos los pueblos y entrelazar con ellos relaciones vitales. Así se podrá hablar de convivencia, y no de simple coexistencia, la cual, precisamente por estar privada de este hálito de solidaridad, alza barreras tras de las cuales anidan la sospecha recíproca, el temor y el terror.

EXTRAVIOS DEL HOMBRE EN LA

BUSQUEDA DE LA PAZ

6. La paz es don incomparable de Dios. Pero también es la suprema aspiración del hombre. Es indivisible. Ninguno de los rasgos que constituyen su faz inconfundible puede ser ignorado o excluido.

Porque tampoco los hombres de nuestro tiempo han cumplido integralmente las exigencias de la paz, resulta que los caminos de Dios hacia la paz no se encuentran con los del hombre. De ahí la anormal situación internacional de esta posguerra, que ha creado como dos bloques con todos sus inconvenientes. No es un estado de guerra, pero tampoco es la paz, la paz verdadera, aquella a la que ardientemente aspiran los pueblos.

Siendo la verdadera paz indivisible en sus diversos aspectos, nunca llegará a existir en el plano social e internacional, si primeramente ella misma no es un hecho interior. Luego, ante todo -conviene repetirlo-, han de existir los &quuot;hombres de buena voluntad": esto es, aquellos a los que los ángeles de Belén anunciaron la paz: Pax hominibus bonae voluntatis[ix]. Paz de Cristo a los hombres de buena voluntad. Porque sólo ellos pueden realizar las condiciones contenidas en la definición de la paz dada por Santo Tomás: la ordenada concordia de los ciudadanos[x], orden, por lo tanto, y concordia. Mas ¿cómo podrá brotar esta doble flor del orden y de la concordia, si las personas que tienen las responsabilidades públicas, antes de valorar las ventajas y los peligros de sus determinaciones, no se reconocieren sujetos personalmente a las eternas leyes morales?

Resueltamente se habrán de quitar de en medio los obstáculos interpuestos por la malicia del hombre. Se advierte la presencia de estos obstáculos en la propaganda de la inmoralidad, en las injusticias sociales, en el paro forzoso, en la miseria contrastante con el privilegio de quienes pueden permitirse el despilfarro, en el pavoroso desequilibrio entre el progreso técnico y el progreso moral de los pueblos, en la desenfrenada carrera de los armamentos, sin que todavía se entrevea una seria posibilidad de llegar a la solución del problema del desarme.

LA OBRA DE LA IGLESIA

7. Los últimos acontecimientos han creado una atmósfera de la así llamada "distensión" que ha hecho florecer en muchos espíritus las esperanzas, después de haber vivido, durante tanto tiempo, en un estado de paz ficticia, en una situación siempre inestable, que más de una vez ha amenazado con romperse.

Todo ello hace ver cuán arraigado se halla en el ánimo de todos el anhelo de la paz.

Para que este común deseo se realice prontamente, la Iglesia ruega confiada a Aquel que rige los destinos de los pueblos y que puede convertir al bien los corazones de los gobernantes. No siendo ella hija del mundo, aunque viviendo y obrando en el mundo, ella, así como ya en la aurora del cristianismo alzaba -según escribía San Pablo a Timoteo- oraciones y súplicas y acción de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos cuantos se encuentran en las alturas del poder, para que podamos llevar una vida tranquila y pacífica con toda piedad y dignidad[xi], así también hoy con su oración acompaña todo cuanto en las relaciones internacionales ayuda a la serenidad de los encuentros, a la regulación pacífica de las controversias, a la aproximación de los pueblos y a la mutua colaboración.

Además de la oración, la Iglesia ofrece sus maternales oficios, señala los incomparables tesoros de su doctrina, excita a sus hijos a que presten su activa colaboración por la paz, recordando el célebre aviso de San Agustín: Mayor gloria es matar las guerras con la palabra, que a los hombres con la espada; y verdadera gloria es adquirir la paz con la paz[xii].

Esta es la misión y el deber suyo propio de la Iglesia, trabajar por la paz; y ella tiene conciencia de no haber omitido nada de cuanto le era posible hacer, a fin de asegurarla a los pueblos y a los individuos. La Iglesia mira favorablemente toda seria iniciativa, que pueda servir para ahorrar a la humanidad nuevos lutos, nuevas matanzas, nuevas incalculables destrucciones.

Desgraciadamente todavía no han desaparecido las causas que han perturbado y perturban el orden internacional. Por ello es preciso secar las fuentes del mal: de otra suerte, siempre permanecerán amenazadores los peligros para la paz.

Las causas del malestar internacional fueron claramente denunciadas por Nuestro predecesor Pío XII, de inmortal memoria, singularmente en sus Mensajes navideños de 1942 y 1943. Bien está el repetirlas. Dichas causas son: la violación de los derechos y de la dignidad de la persona humana y la ofensa a los de la familia y del trabajo; la subversión del ordenamiento jurídico y del sano concepto del Estado según el espíritu cristiano; la lesión de la libertad, de la integridad y de la seguridad de las otras Naciones, cualquiera sea su extensión; la sistemática opresión de las peculiaridades culturales y lingüísticas de las minorías nacionales; los cálculos egoístas de quienes tienden a acaparar las fuentes económicas y las materias de uso común, en daño de los otros pueblos; y, de modo particular, la persecución de la religión y de la Iglesia.

Mas nótese todavía que la pacificación, que la Iglesia desea, no ha de confundirse en modo alguno con el ceder o debilitar su firmeza frente a ideologías y sistemas de vida, que se hallan en oposición manifiesta e irreductible con la doctrina católica; ni significa indiferencia frente a los gemidos que todavía llegan hasta Nos de las infelices regiones, donde los derechos del hombre son ignorados, donde la mentira está adoptada por sistema. Menos aún puede olvidarse el doloroso calvario de la Iglesia del Silencio, allí donde los confesores de la fe, émulos de los primeros mártires cristianos, están sometidos a sufrimientos y a tormentos sin fin por la causa de Cristo: Estas realidades ponen en guardia contra un excesivo optimismo: pero hacen tanto más ferviente nuestra oración por una vuelta verdaderamente universal hacia el respeto de la humana y cristiana libertad.

Vuelvan, vuelvan todos los hombres de buena voluntad a Cristo, escuchen la voz de su enseñanza divina que es la de su Vicario en la tierra; la de los legítimos pastores, los Obispos. Volverán a encontrar la verdad, que libera del error, de la mentira, de la ficción; acelerarán el logro de la paz de Belén, anunciada por los ángeles a los hombres de buena voluntad.

EXHORTACIONES Y PATERNALES DESEOS

8. Deseándolo así, orando así, ved cómo todos hemos llegado como María y José, como los humildes pastores que descendían de las colinas circundantes de Belén, como los Magos desde el Oriente, ante el portal del recién nacido Salvador.

¡Oh Jesús, qué ternura al llegar nuestras almas ante la sencillez del pesebre; cuán dulce y piadosa la conmoción de nuestros corazones; cuán vivo el deseo de cooperar todos juntamente a la gran obra de la paz universal ante ti, divino autor y príncipe de la paz!

En Belén todos han de encontrar su puesto. En primera fila, los católicos. La Iglesia, especialmente ahora, quiere verlos entregados a un esfuerzo de asimilación de su mensaje de paz, que es invitación a un integral orientarse hacia los dictámenes de la ley divina que exige la resuelta adhesión de todos, hasta el sacrificio. Con el estudio profundo debe ir asociada la acción. En modo alguno pueden los católicos reducirse a la simple posición de observadores, sino que han de sentirse como investidos por un mandato de lo alto.

Indudablemente que el esfuerzo es largo y fatigoso.

Pero el misterio navideño da a todos la certeza de que nada se pierde de la buena voluntad de los hombres, de cuanto ellos operan con buena voluntad, tal vez hasta sin tener plena conciencia de ello, por el advenimiento del reino de Dios a la tierra, y para que la "ciudad" del hombre se modele según el ejemplo de la ciudad celestial. ¡Oh la ciudad -la civitas Dei- que San Agustín saludaba, esplendente con la verdad que salva; con la caridad que vivifica; con la eternidad que asegura![xiii].

Venerables Hermanos y amados Hijos, esparcidos por el mundo entero:

9. Las últimas expresiones de este segundo Mensaje navideño Nos recuerdan el primero Mensaje enviado al mundo, precisamente el 23 de diciembre de 1958. Ahora hace un año que el nuevo sucesor de San Pedro, todavía conmovido todo por las primeras emociones de la alta misión a él confiada de pastor de la Iglesia universal, con la timidez del nombre de Juan, asumido para indicar la buena voluntad, ansiosa a la vez y decidida, hacia un programa de preparación de los caminos del Señor, pensaba inmediatamente en los valles que habían de rellenarse y en los montes que se debían rebajar, y se lanzaba a su camino. Día por día después hubo de reconocer, con gran humildad de espíritu, que en verdad estaba con él la mano del Altísimo. El espectáculo de las muchedumbres religiosas y piadosas, que de todos los puntos de la tierra se reunieron aquí en Roma, o en Castelgandolfo, para saludarlo, para oírlo, para solicitar su bendición, fue continuo y conmovedor, a veces sorprendente y maravilloso.

También Nos fueron ofrecidos dones que conservamos con vivo sentimiento de gratitud. Entre los más gratos y significativos hay un antiguo cuadro de buena escuela veneciana, que representa una "Sacra conversación": María y José con Jesús, y un gracioso San Juanito, que ofrece un dulce fruto a Jesús, acogido por éste con ligera sonrisa que llena todo el conjunto pictórico con una celestial dulzura. El cuadro está ahora en puesto de honor y se ha hecho familiar de Nuestra cotidiana oración en Nuestra más íntima capilla.

Permitidnos, hermanos e hijos amados, que de ahí tomemos inspiración la más feliz para la felicitación de Navidad, que Nos gozamos en enviar a toda la Santa Iglesia y al mundo entero, con abierta y confiada mirada.

10. La preocupación de la paz de Belén está en el primer puesto de Nuestras solicitudes: pero aquella Sacra Conversación se dilata ante nuestros ojos, hasta acoger en torno a sí, esto es, en torno a Jesús, a María, a José y a Juan, a todos cuantos, con Nos y con vosotros, en el espíritu del universal ministerio que fue confiado a Nuestra humilde persona, Nos amamos especialmente in visceribus Christi. Nos referimos a cuantos sufren en la angustia y por las miserias de la vida, y para los que la Navidad es dulce rayo de consuelo y de esperanza; los enfermos y los débiles, objeto de atentos y vigilantes cuidados y de singularísimo afecto: los que sufren en el espíritu y en el corazón por las incertidumbres del porvenir, por las dificultades económicas, por la humillación impuesta a alguna culpa cometida o presunta; los niños, los predilectos de Jesús y que por su misma debilidad y ternura imponen un más sagrado respeto y reclaman atenciones más delicadas; los ancianos de la vida, a veces tentados en instantes de melancolía y de creerse inútiles.

Ante esta visión, la Iglesia confía sus intenciones de oración y de deseo y sus preocupaciones apostólicas por todos éstos, porque le son predilectos, y no por ellos solamente; sino también por todos los humildes, los pobres, los trabajadores, los dadores de trabajo y los depositarios del poder público y civil.

Y en estas antevísperas navideñas, ¿cómo podríamos no recordar a Nuestros venerables Obispos, tanto del rito Latino como del Oriental, de cuyo fervor de santificación personal y de cuya entrega a las almas, en las frecuentes audiencias, hemos gustado toda la fraternal suavidad? Y ¿las pléyades generosas y heroicas de los misioneros, de las misioneras, de los catequistas; y el grupo compacto y noble del clero secular y regular, y de las religiosas pertenecientes a innumerables y beneméritos Institutos; y el laicado católico, todo encendido en fervor por las obras de piedad cristiana, de múltiple asistencia, de caridad y de educación? Y ni siquiera queremos olvidar a nuestros hermanos separados, por los cuales asciende incesante Nuestra oración al Cielo para que se cumpla la promesa de Cristo: unus pastor et unum ovile.

El oficio del humilde Papa Juan es el de parare Domino plebem perfectam[xiv], exactamente como el oficio del Bautista, Su homónimo y patrono. Y no podría imaginarse perfección más alta y más querida que la del triunfo de la paz cristiana: que es paz de los corazones, paz en el orden social, en la vida, en la prosperidad, en el mutuo respeto, en la fraternidad de todas las naciones.

Venerables Hermanos y amados Hijos: Dejad que a esta pax Christi la grande y luminosa paz de la Navidad, dirijamos una vez más Nuestro pensamiento y corazón: a todos vosotros, esparcidos por el mundo entero, Nuestro saludo y felicitación -acompañados de los mejores deseos- de alegría universal, y Nuestra Bendición Apostólica.

 JUAN XXIII


[i]Sermo 20 in Nativitate Domini PL 54, 193.

[ii] Jer. 6, 14.

[iii] Io. 14, 27.

[iv] S. Aug. Confess. 1, 1, 1 PL 32, 661.

[v] Iob 9, 4.

[vi] Ps. 118, 65.

[vii] Gal. 2, 20.

[viii] Io. 8, 32.

[ix] Luc. 2, 14.

[x] Contra Gent. 3, 146.

[xi] 1 Tim. 2, 1-2.

[xii] S. Aug. Epist. 129, 5 PL 33, 1019.

[xiii] Cf. Epist. 138, 3 PL 33, 533.

[xiv] Luc. 1, 17

 


 

Vidimus gloriam Eius

 

 S.S. Juan XXIII


Radiomensaje por Navidad

 

22 de diciembre de 1960

 

Vidimus gloriam Eius: gloriam quasi Unigeniti a Patre plenum gratiae et veritatis[i].

 

Venerables Hermanos y amados hijos, esparcidos por todo el mundo: Paz y Bendición Apostólica.
Aceptad la felicitación de Navidad, con la misma alegría con que os la ofrecemos.
Nuestra felicitación se inspira en la primera página del Evangelio de San Juan, en aquel prólogo que da el tono al sublime poema que canta el misterio y la realidad de la unión más íntima y sagrada entre el Verbo de Dios y los hijos del hombre, entre el cielo y la tierra, entre el orden de la naturaleza y el de la gracia, cual resplandece y se transforma en triunfo espiritual desde el comienzo de los siglos hasta su consumación.

 
"En el principio era el Verbo y el Verbo era junto a Dios y el Verbo era Dios. Todas las cosas fueron hechas por El. En El estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres y la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron"[ii]
. El hombre, Juan, fue llamado para dar testimonio de la luz: él no era la luz, sino sólo un testigo que invitaba a recibir la luz. El Verbo de Dios, en un inefable rasgo de bondad divina, asumió la naturaleza humana para habitar en la tierra, entre los hombres, y conversar familiarmente con ellos.
Cuantos lo reconocieron y recibieron en El al Verbo de Dios hecho hombre -pronunciemos su nombre sagrado y bendito: Iesus Christus Filius Dei, Filius Mariae- fueron elevados a su misma filiación divina, siendo por ello considerados como hermanos suyos, destinados a la herencia de los siglos eternos.

Con esta simple y elemental evocación de doctrina y de historia, nos llega el anuncio de la Navidad y de Belén. Sacras palabras éstas, que en bella sinfonía resuenan intermitentes doquier, difundiendo de repente suavidad y belleza, para prorrumpir luego, al mismo tiempo, en un conjunto grandioso de amplia sinfonía, que compone el triple poema de la creación, de la redención por el precio de la Sangre de Cristo, y de la Iglesia: una, santa, católica y apostólica. Todo esto, formulado como enseñanza divina y perfección de la vida, aun en este mundo, así para las almas como para los pueblos que saben aprovecharse de ellas.
Ante todo, pues, está el esplendor del Padre celestial glorificado en su Hijo, que nos arrastra a admirar las inefables relaciones de las personas de la Santísima Trinidad. Después, el segundo Juan, el evangelista, se da prisa en hablarnos de los reflejos de la misma Trinidad en beneficio del hombre, en beneficio de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, y en beneficio de cada una de las almas: Vidimus gloriam eius.

Gratia et veritas

 

2. Con estas palabras termina el prólogo; e inmediatamente toma el tono de una gloriosa aclamación:

 

Vidimus gloriam eius.


¿Qué gloria? La más preclara, la del Verbo que existía in principio et ante saecula, y que, al hacerse hombre, como hijo unigénito del Padre, apareció lleno de gracia y de verdad. Notad bien estos dos acordes: gracia y verdad.

3. Gratia.

 

Es la primera palabra que aflora a los labios del ángel, cuando anuncia a María el divino misterio; y es plenitud de gracia: Ave gratia plena. Se repite después en el libro santo en tonos diferentes, siendo siempre expresión de benignidad y de bondad.

 
Grande es, Señor, tu misericordia -canta el Salmista con acentos de ternura que llenan de emoción el corazón-; a la sombra de tus alas se amparan los hijos de los hombres; se embriagan con la abundancia de tu casa y se sacian en el torrente de tus delicias. Porque en ti está la fuente de la vida, y por tu luz veremos la luz. Guarda, Señor, tu gracia a los que te conocen, y tu justicia a los rectos de corazón[iii]
.
Hablaros largamente de esta gracia o benignidad o bondad, ¡muy delicioso Nos sería!


4. Veritas.

 

Pero os debemos confiar, queridos hijos, que es sobre todo hacia la verdad adonde Nuestro espíritu siente elevarse, a medida que la experiencia de la vida pastoral Nos suministra ejemplos cada vez más luminosos de lo que es de primera importancia y en lo que convendría profundizar.


San Agustín, cuando designa al Verbo Divino aparecido en Belén, le llama inmediatamente, y sin más, la Verdad, como Hijo único del Padre, resplandeciente por los tesoros de su naturaleza para iluminar a toda la creación visible e invisible, material y espiritual, humana y sobrehumana[iv]
.


Los dos Testamentos contienen el anuncio de una doctrina que se origina en la eternidad, y que es la esencia y el esplendor de la verdad que se irradia por todos los siglos y aparece al hombre -obra maestra y sacerdote del universo visible- como una sustancia de viva enseñanza que se expande sobre todos los desarrollos del orden natural y sobrenatural.


Las primeras palabras del Antiguo Testamento describen, en efecto, los orígenes del mundo; las últimas del Nuevo Testamento Veni, Domine Iesu, son la recapitulación de la historia, de la ley, de la gracia.
Para las almas creadas por Dios y guardadas para eternal destino, es natural la búsqueda y el descubrimiento de la verdad, que es el objeto primero de la actividad interior del espíritu humano.

 
¿Por qué se dice la verdad? Porque es comunicación de Dios, y entre el hombre y la verdad no hay, simplemente, relación accidental, sino relación necesaria y esencial.

 

Verdad en el hombre y en el cristiano


5. Esta verdad, que brota del Verbo Divino, enciende e ilumina lo pasado y vivifica con sus rayos lo presente, es como esperanza que da seguridad de vida futura, más allá de la postrer aparición de Dios para el juicio final del mundo, que decidirá la suerte de cada hombre para la eternidad.
Esta irradiación, esta vibración, esta vivificación considerada en el mundo físico, pero aún más en el mundo espiritual, conocida e infundida en la vida del hombre, cuya fisonomía refleja los rasgos divinos: signatum est super nos lumen vultus tui, Domine[v], es fuente de alegría para toda alma: dedisti laetitiam in corde meo[vi].


Pero lo que más importa entender y retener es que, por parte del hombre, la aptitud para conocer la verdad, implica una responsabilidad sagrada y muy grave de cooperar con el plan del Creador, del Redentor, del Glorificador. Y ello ha de proclamarse más aún del cristiano que, por la gracia sacramental, lleva muy claro el signo de su pertenencia a la familia de Dios. Ahí está y se alza la dignidad y la responsabilidad más grande, impuesta al hombre -y en forma aún más excelsa a cada cristiano-, de honrar a este Hijo de Dios Verbum caro factum, y que vivifica todo el conjunto del hombre y del orden social.

 
Jesús ofreció a la imitación de los hombres treinta años de silencio, para que en El aprendieran a contemplar la verdad; y tres años de incesante y persuasivo magisterio, del que sacarán ejemplo y norma de vida.
El Libro divino es suficiente para llenarnos de esta doctrina y para exaltarnos de con ella.

 
Y así, la unión con Cristo, Dominus et Magister -como El mismo se proclamó-, es el triunfo de la verdad, la ciencia de las ciencias, la doctrina de las doctrinas. Juan, el evangelista, dijo de El, como Verbo de Dios exaltado por la luz de los dos Testamentos: "La ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad fue hecha por Jesucristo[vii]
. En otra ocasión, el Maestro Divino repitió: "Yo soy la luz del mundo, quien me sigue no camina en tinieblas"[viii].


Queridos hijos: Esta luz, ¿qué es sino la verdad?


En los libros del Antiguo Testamento es frecuente al referirse a la verdad.


El Salmista repite muchas veces esta invocación de la verdad: "Tu amor y tu verdad siempre me han sostenido, Señor"[ix]
. "La verdad y el juicio permanecen siempre cerca de Ti"[x]. "Tu verdad me rodea como un escudo"[xi]. "Tu justicia, tu justicia eterna"[xii]. "¡Oh Señor, la verdad permanece siempre!"[xiii]. "La verdad se volverá en provecho de todos aquellos que saben emplearla"[xiv]. "Todos los caminos del Señor son verdad"[xv].
"El Señor ama la verdad, la gracia y la gloria"[xvi].


El octavo mandamiento


6. ¡Muy bella es, bajo esta luz, la invitación hecha al hombre de decir siempre la verdad a su prójimo, como es muy fuerte y terrible el mandamiento de no decir jamás nada falso contra su prójimo!: "No levantarás falso testimonio contra tu prójimo"[xvii], y de juzgar en verdad y con intención de paz en el umbral de las puertas: "Hablad cada cual verdad a su prójimo, juzgad en vuestras puertas juicios según la verdad y la paz"[xviii].

San Pedro Canisio, doctor de la Iglesia, en su célebre Summa Doctrinae Christianae[xix], que fue el catecismo de enteras generaciones, formulaba la parte negativa y la positiva de este precepto con palabras penetrantes y convincentes.

En el aspecto negativo: se prohíbe todo testimonio falso y engañador que pueda dañar judicial y aun extrajudicialmente a la buena reputación del prójimo en cualquier modo, como puede ser a susurronibus, detractoribus, maledicis, seminatoribus et adulatoribus. Se prohibe toda mentira y todo abuso de lenguaje contra el prójimo: y ello en la misma medida y en el mismo tono de los tres mandamientos que a éste preceden, a saber: No matar, no fornicar, no robar.


En el aspecto positivo, por lo contrario, se alaba el hecho de hablar bien y cortésmente del prójimo, en defensa y utilidad suya, sine fuco, simulatione insidiisve; sin engaño, sin ficción, sin insidias.


Doctrina toda sacada del Antiguo Testamento, que es muy rico en pensamientos referentes a esta materia de la verdad en servicio de la inocencia, de la justicia, de la caridad.

 
Y, en el Nuevo Testamento -Evangelios y escritos apostólicos- ¡cuán magnífica la enseñanza sobre la belleza, el contenido y la muy profunda sabiduría de la verdad aprendida y vivida, y del precepto del Señor!
Volviéndonos al evangelista San Juan, nos parece interesante el discurso de Jesús aun frente a aquellos, que había logrado convertir: "Si permanecéis en la verdad, seréis verdaderamente mis discípulos y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres: cognoscetis veritatem, et veritas liberabit vos"[xx]
.

 
Pero aquella conversación, de interesante se convierte en terrible, cuando Jesús conduce a sus interlocutores a conclusiones desoladoras para todo el que niega la verdad, una vez conocida.


"Os llamáis vosotros hijos de Abraham. Haced, pues, las obras de Abraham. Mas sé que tratáis de darme muerte, porque os he dicho la verdad, la verdad que conozco de Dios mismo. Si Dios fuese vuestro padre, me amaríais a Mí también, porque yo vengo de Dios que me ha enviado. Vosotros, por lo contrario, sois hijos del diablo y queréis cumplir los deseos de quien es vuestro padre".

 
Oyendo estas palabras, dice San Juan, aquellos desgraciados tomaron piedras para lanzarlas contra Jesús. Pero El se ocultó y salió del templo[xxi]
. Cumplíase lo escrito en el Salmo: "Amad al Señor cuantos le sois fieles, porque el Señor busca la fidelidad, pero castiga en extremo a cuantos obran con orgullo"[xxii]. Igualmente dse ice en los Proverbios: "Comprad la verdad y no vendáis la prudencia"[xxiii]. Y más abajo: "La lengua mentirosa no ama la verdad"[xxiv]. Y, finalmente: "Aquel que en materia de justicia hace acepción de personas..., hará traición a la verdad aun sólo por un bocado de pan"[xxv].

 

Pensar, honrar, decir y practicar la verdad


7. Ved al hombre, ved al creyente de cara a la verdad que se impone, suaviter et fortiter, con dulzura y firmeza.


Las palabras de Cristo sitúan, en efecto, a todo hombre frente a su responsabilidad, que es aceptar o rechazar la verdad; invitando a cada uno, con fuerza persuasiva, a permanecer en la verdad, a alimentar sus propios pensamientos con la verdad, a obrar según la verdad.

 
Este mensaje de felicitación, que Nos place dirigiros, es, por lo tanto, una invitación solemne a vivir en ella, según el cuádruple deber de pensar, honrar, decir y practicar la verdad. Tal deber se deriva, de manera clara e indiscutible, de las palabras del Libro Santo que os hemos recordado, de la armonía, plena de resonancias, dulces mas también severas, del Antiguo y del Nuevo Testamento.

 
Ante todo, pues, pensar la verdad. Tener ideas claras sobre las grandes realidades divinas y humanas, de la Redención y de la Iglesia, de la moral y del derecho, de la filosofía y del arte. Tener ideas justas o procurar formárselas con plena conciencia y con recta intención.


Mas casi a diario se ve cómo se plantean o discuten las cuestiones con una ligereza desconcertante, fruto -lo menos que se puede decir- de la falta de preparación en quienes a ellas se dedican. Por ello en un reciente discurso Nuestro sobre la familia, hemos invitado "a todos aquellos que tienen deseos y medios de actuar sobre la opinión pública para que no intervengan nunca si no es para aclarar las ideas y no para confundirlas, observando la corrección y el respeto"[xxvi]
.

 
Honrar la verdad.

 

Es invitación a ser un ejemplo luminoso en todos los sectores de la vida, individual, familiar, profesional y social. La verdad nos hace libres[xxvii]; ennoblece a quien la profesa abiertamente y sin respetos humanos. ¿Por qué, pues, tener miedo de honrarla y de hacerla respetar? ¿Por qué rebajarse a "arreglos" con la propia conciencia, aceptando compromisos contrarios a la vida y a la práctica cristianas, cuando, por lo contrario, sólo aquel que tiene la verdad debería estar convencido de tener consigo la luz que disipa toda oscuridad y la fuerza atractiva que puede transformar al mundo? No sólo es culpable quien desfigura deliberadamente la verdad; lo es también aquel que, por temor de no aparecer completo y moderno, la traiciona con su ambiguo comportamiento.

Honrar, pues, la verdad con la firmeza, el valor y la conciencia de quien posee fuertes convicciones.
Decir luego la verdad. ¿No es la amonestación maternal, la que pone en guardia a su hijo contra las mentiras, la primera escuela de la verdad que crea hábito, costumbre adquirida desde los primeros años, que se convierte en una segunda naturaleza y prepara al hombre de honor, al cristiano perfecto, de palabra pronta y franca y, si es necesario, con valor de mártir y de confesor de la fe? Ved el testimonio que el Dios de la verdad exige a cada uno de sus hijos.


Por último, practicar la verdad. Ella es la luz en la que debe sumergirse la persona toda, y la que da el valor a cada una de las acciones de la vida. Ella es la caridad que arrastra hacia el apostolado de la verdad para propagar su conocimiento, para defender sus derechos, para formar las almas -especialmente las tan sinceras y generosas de la juventud-, hasta dejarse impregnar de ella aun en las fibras más íntimas del alma.

El anti-decálogo


8. Pensar, honrar, decir y practicar la verdad. Al proclamar estas exigencias básicas de la vida humana y cristiana, del corazón aflora una pregunta a los labios. ¿Dónde está en la tierra el respeto a la verdad? ¿No estamos, a veces, e incluso muy frecuentemente, ante un antidecálogo desvergonzado e insolente que ha abolido el no, ese "no" que precede a la formulación neta y precisa de los cinco mandamientos de Dios que vienen después del Honra a tu padre y a tu madre? La vida a que asistimos, ¿no es prácticamente un intencionado ejercicio de contradicción al quinto, sexto, séptimo y octavo mandamientos -"No matarás, no serás impuro, no robarás, no levantarás falso testimonio"-, todo ello como por una diabólica conjuración contra la verdad?


Y, sin embargo, permanece siempre claro y firme el mandamiento de la ley divina, escuchado por Moisés en la montaña: No levantarás falso testimonio contra tu prójimo[xxviii]
. Este mandamiento -como los demás- mantiene su vigor, con todas sus consecuencias positivas y negativas: el deber de la veracidad, de la sinceridad, de la claridad, que es tanto como la adecuación del espíritu humano con la realidad, adaequatio rei et intellectus[xxix]; y, enfrente, la triste posibilidad y el más triste hecho de la mentira, de la hipocresía, de la calumnia, con que se llega hasta oscurecer la verdad.


Estamos viviendo entre dos concepciones de la convivencia humana: de un lado, la realidad del mundo, rebuscada, estudiada y cumplida como es en el designio de Dios; por otro -no tememos repetirlo-, la falsificación de esa misma realidad, facilitada por la técnica y el artificio humano, moderno y modernísimo.


Ante el cuádruple ideal de pensar, honrar, decir y cumplir la verdad, y ante el espectáculo cotidiano de la traición clara o encubierta de este ideal, el corazón no logra dominar su angustia: y Nuestra voz tiembla.
Frente a todo y a todos, veritas Domini manet in aeternum, eternamente permanece la verdad del Señor[xxx]
, y quiere resplandecer cada vez más ante los ojos y ser escuchada por los corazones.


En muchos se ha difundido un poco la sensación de que son tremendas las horas por que ahora atraviesa el mundo.

Mucho peores, empero, las ha conocido la historia de lo pasado. Y, a pesar de las voces clamorosas o encubiertas de los más violentos, estamos bien seguros de que la victoria espiritual será de Jesucristo qui pendet a ligno.



Horas angustiosas


9. La comprobación, cada vez más grave, de la tempestad que arrecia en algunas regiones del mundo y que amenaza al orden social, pero sobre todo a muchas almas débiles e inseguras, más que malas y malintencionadas, Nos impulsa en este recuerdo de la Navidad a dirigir la palabra a los que tienen una mayor responsabilidad en el orden público y social, y a invitarles, en nombre de Cristo, a que puesta la mano en el pecho se eleven a la altura que les toca en los días del peligro universal. En realidad, se trata de la causa de todos: y toda distinción entre grandes -en la vida- y pequeños se debe fundir en un unánime esfuerzo común.


Deseamos, pues, alzar Nuestros brazos sacerdotales hacia los más altos responsables, que presiden las organizaciones del orden civil -jefes de Estado y de la Administración regional y local-, pero luego también a todos conjuntamente: a los educadores -padres y maestros-, a todos los trabajadores del pensamiento, de los brazos, del corazón; a los responsables -especialmente a éstos- de la opinión pública, que se va formando o deformando por medio de la prensa, de la radio y televisión, del cine, de concursos y exhibiciones de todo género, literario o artístico: escritores, artistas, productores, directores y escenógrafos.


A todos Nuestros hijos, y, especialmente, a los que por su misión particular están llamados a dar testimonio de la verdad, como a cuantos desean vivir, según la santa luz de la enseñanza cristiana, su vida individual y familiar, se dirigen Nuestros pensamientos, que brotan espontáneos de Nuestros corazón, y que acogerán con gran reflexión -de ello estamos ciertos- las almas más rectas y sinceras.


Amados hijos: No, no os prestéis jamás a la falsificación de la verdad. Horrorizaos de ello.
No os sirváis de esos maravillosos dones de Dios, que son la luz, los sonidos, los colores y sus aplicaciones técnicas y artísticas -tipográficas, periodísticas, audiovisuales- para aniquilar la inclinación natural del hombre a la verdad, sobre la cual se alza el edificio de su nobleza y grandeza: no os sirváis de aquéllas para empujar a la ruina las conciencias todavía no formadas o vacilantes.


Tened sacro terror a difundir aquellos gérmenes que profanan el amor, disuelven la familia, ridiculizan la religión, sacuden los fundamentos del orden social que se funda en el dominio de los impulsos egoístas y en la fraternidad concorde y respetuosa del derecho individual. Colaborad más bien en hacer que sea cada vez más puro y menos contaminado el aire que se respira, cuyas primeras víctimas son los inocentes y los débiles: trabajad por asentar, con serena perseverancia y con trabajo incansable, las bases para tiempos mejores, más sanos, más justos, más seguros.



Inalterable confianza


10. Amados hijos: Volvemos de nuevo a la visión de Belén: a la luz del Verbo encarnado, a su gracia y su verdad, que a todos quiere conquistar para Sí.

 
El silencio de la noche santa y la contemplación de aquella escena de paz, son elocuentísimos. Miremos a Belén con mirada pura, con abierto corazón.


Junto a este Verbo de Dios, hecho hombre por nosotros, junto a esta benignitas et humanitas Salvatoris nostri Dei[xxxi]
, deseamos una vez más dirigirnos con gran respeto y afecto, especialmente a los más altos representantes de los poderes públicos, que ocupan su puesto en los diversos y más importantes puntos del mundo, así como a los responsables de la educación de las jóvenes generaciones, de la pública opinión, animando a cada uno a formarse una conciencia cada vez más madura de sus propios deberes y de su responsabilidad, a mantenerse en su puesto con sinceridad y con valor.


Nos ponemos la confianza en Dios y en la luz que viene de El. Confiamos en los hombres de buena voluntad, al esperar que Nuestras palabras susciten en todos los corazones rectos una reacción de viril generosidad.
Ocurre a veces que una voz suave, casi en un tono de profecía, susurra a Nuestros oídos un aire de exagerado temor, que luego suscita débiles fantasías.


San Mateo, el primero de los evangelistas, nos cuenta que Jesús, en el atardecer de una jornada fatigosa, se retiró solo al monte para orar. La barca de los suyos, parada en el lago, era agitada por los vientos y, ya de noche, Jesús bajó ligero sobre las olas, y dijo en voz alta: -Tened confianza y no temáis, porque soy yo. -Señor, si eres tú, dijo Pedro, haz que yo pueda llegarme hasta ti, sobre las aguas. Y Jesús le dijo: -Ven. Y Pedro, bajando de la barca, quiso acercarse al divino Maestro. Mas por la violencia del viento, tuvo miedo, y, comenzando a hundirse gritó: -Señor, sálvame. Jesús le extendió al punto la mano, lo sostuvo y le dijo: -Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?: modicae fidei, quare dubitasti? Y cuando todos estuvieron reunidos en la barca, el viento cesó[xxxii]
.

 
Amados hijos: también en la noche que pesa sobre el lago, aquel episodio es de una transparencia encantadora. El humilde sucesor de San Pedro no siente todavía ninguna tentación de temor. Nos sentimos fuertes en la fe y, junto a Jesús, podemos atravesar no sólo el pequeño lago de Galilea, sino también los mares todos del mundo. La palabra de Jesús basta para salvación y victoria.

 
Esta es una de las más bellas páginas del Nuevo Testamento. Es alentadora y llena de feliz augurio. A la luz de esta visión deseamos poner término a Nuestro mensaje navideño, con dos palabras del Antiguo Testamento, para expresar vivamente la sustancia de esta conversación que hace tan dulce el abrirse del corazón del Padre y del Pastor hacia sus hijitos espirituales.

 
Es el último episodio del encuentro del santo rey Ezequías con Isaías, máximo profeta de Israel. Este lo había atemorizado con las amenazas de una invasión no lejana y de enormes ruinas, a lo que Ezequías respondió:
"Buen anuncio el que por parte del Señor me has hecho: me basta únicamente con la paz y la verdad para mis años"[xxxiii]
.

 

JUAN XXIII



[i]Io. 1, 14.

[ii] Io. 1, 3-5.

[iii] Ps. 35, 8-11.

[iv] Cf. De Trin. 15, 11 PL 42, 1071.

[v] Ps. 4, 7.

[vi] Ibid.

[vii] Io. 1, 17.

[viii] Ibid. 8, 12.

[ix] Ps. 39, 12.

[x] Cf. Ps. 88, 15.

[xi] Ibid. 90, 5.

[xii] Ibid. 118, 142.

[xiii] Ibid. 116, 2.

[xiv] Eccli. 27, 10.

[xv] Cf. Ps. 118, 151.

[xvi] Cf. Ps. 83, 12.

[xvii] Ex. 20, 16.

[xviii] Zach. 8, 16.

[xix] Authoritatum Sacrae Scripture et Sanctorum Patrum quae in Summa Doctrinae Christianae Doctoris Petri Canisii theologi Societatis Iesu citantur et nunc primum ex ipsis fontibus fideliter collectae ipsis Cathechismi verbis subscriptae sunt. Venetiis. Ex Bibliot. Aldina, 1571, 141.

[xx]Io. 8, 30-32.

[xxi] Ibid. 39-59.

[xxii] Ps. 30, 24.

[xxiii] Cf. Prov. 23. 23.

[xxiv] Ibid. 26, 28.

[xxv] Ibid. 28, 21.

[xxvi] Alla S. Romana Rota 25 ott. 1960 A. A. S. 52 (1960) 901.

[xxvii] Cf. Io. 8, 32.

 

[xxviii] Ex. 20, 16: Deut. 5, 20.

[xxix] S. Th. 1, 16, 1 v. Cf. Avicenna Metaphys. tr. 8, 6.

[xxx] Ps. 116, 2.

[xxxi] Cf. Tit. 3, 4.

[xxxii] Mat. 14, 22-32.

[xxxiii] Is. 39, 8.

 


 

Natividad del Señor

Juan XXIII

Radiomensaje por Navidad

21 de diciembre de 1961

 

Venerables Hermanos, amados hijos:

Natividad del Señor, fiesta de paz. Pueden rebuscarse otras resonancias del gran misterio para expresar la plenitud de la gracia, que en estos días alegra a todo el que cree en Jesucristo: ya no se sale de aquel tema.

Este es el anuncio de Belén: gloria de Dios, paz verdadera e invitación a que la voluntad humana corresponda a don tan grande. Gloria in altissimis Deo: pax hominibus: bonae voluntatis[i].

I. El tema dominante de los Radiomensajes navideños

La literatura secular de todos los países, por donde pasó la luz de Cristo, no se extiende más allá de esta triple manifestación, que se abre a los hombres con la venida del Hijo de Dios a la tierra.

2. Ved que por cuarta vez, en Navidad, el humilde hijo del pueblo, llamado a la cumbre del sacerdocio y del gobierno de la Iglesia -dejádnoslo decir así tal como Nos es habitual el pensarlo- pone su espíritu, sostenido por la gracia del Señor, al servicio del gran anuncio de paz.

En los años precedentes, Nos complacimos en ofrecer a la humanidad entera la paz de Belén en una triple refracción.

Siempre la paz de Cristo, pero esplendente en sus más nobles manifestaciones: paz y justicia, paz y unidad, paz y verdad.

a) Triple refracción.

3. En la triple refracción palpita el recuerdo de los principales y más preciosos bienes de la humanidad. Para recoger el auspicio, y repetir la felicitación que los hombres se entrecambian en estos días, nada más expresivo que esta múltiple efusión de riquezas que el Verbo de Dios, haciéndose Hombre, trajo a la tierra para redención y exaltación universal.

Amados hijos: Bien sabéis que intérpretes fidelísimos de la enseñanza siempre antigua y siempre nueva de las comunicaciones celestiales son reconocidos los Padres de la Iglesia de Oriente y de Occidente, cuyas voces se unen y entrelazan armoniosamente.

b) Voces concordes de los siglos.

4. Una de éstas, que Nos es familiar desde la juventud, es la de San León Magno, que, en este año, de nuevo despierta acentos de nuevo fervor. De San León Magno hemos celebrado, con la reciente encíclica Aeterna Dei, el XV centenario de su muerte. En las faustas circunstancias del pasado noviembre, ¡cuán agradable Nos fue tomar inspiración para Nuestras palabras de este gran Doctor! También hoy, de sus sermones navideños -que mantienen intacta la vivacidad de un estilo tan personal- Nos place hacer que se alce la atención de vuestros ojos hacia la Gruta de Belén. Escuchad, escuchad:

Generatio... Christi origo est populi christiani, et natalis capitis natalis est corporis. Grandes palabras, queridos hijos: "La generación de Cristo es el comienzo del pueblo cristiano; el nacimiento de la Cabeza es también el nacimiento del cuerpo". Y prosigue: "Aunque cada uno de los llamados tenga su grado, y los hijos de la Iglesia sean distintos en la sucesión de los tiempos, sin embargo, la totalidad de los fieles nacida en la fuente bautismal... es engendrada con Cristo en esta Navidad... Por lo tanto, la grandeza del don que nos ha sido conferido exige de nosotros una reverencia digna de su esplendor...".

c) Particular acentuación de este año.

5. Mas ¿qué podemos encontrar más conforme a la dignidad de la fiesta de hoy sino la paz, que precisamente en la Natividad de Jesús fue por primera vez anunciada por los ángeles? Ella es la que engendra los hijos de Dios, alimentadora de la bondad y madre de la unidad... La Natividad del Señor es la natividad de la paz, pues dice el Apóstol: El es nuestra paz...[ii].

La paz de los hombres buenos y rectos -os diremos, parafraseando el pensamiento de San León- de lo alto viene y eleva hacia lo alto, no quiere confundirse con las fáciles inclinaciones de los amadores del mundo. Ella resiste a todos los obstáculos, y de las peligrosas deleitaciones empuja al hombre hacia las verdaderas alegrías... Fundidos, como nos sentimos, en una sola voluntad y en una sola convicción, y concordes en la fe, en la esperanza y en el amor, puede ella traernos el Espíritu de la paz"[iii].

d) Auspicio y augurio.

6. Elevaciones encantadoras, éstas de San León.

Contienen detalles precisos de doctrina y de vida práctica.

De hecho, ahí está todo: Iglesia santa, en todos sus órdenes de fieles, sacerdocio integérrimo, pontificado supremo en función de instrumento querido por Dios para la unión de los pueblos, y unión de los pueblos encaminada a la exaltación verdadera y duradera de la civilización. Sí: todo cuanto Nos ha tocado señalar como augurio navideño, en estos tres años de nuestro encuentro de Belén, todo está ahí. ¿Os acordáis? Ante todo, conocimiento de la verdad, pax et veritas, que lleva a la adoración del Hijo de Dios, hecho hombre por nosotros, y a la aceptación de su mensaje: pax et veritas, que refuerza los nobles sentimientos, y mantiene los justos propósitos para conocer la verdad y servirla. Pax et unitas, apremiante invitación a la fidelidad en torno a esta Cátedra Apostólica, que es centro de unidad. Luego, pax et iustitia, en esta visión de la realidad única de la Iglesia, que contiene elementos preciosos para asegurar la solidez de la trabazón social, y para celebrar pactos de pacífica convivencia: ora de los ciudadanos dentro de la misma nación y en las relaciones de trabajo, ora en el universo mundo que a todos pertenece y a todos debe garantizar operosidad y tranquilidad de vida.

¿No creéis que a esta triple iluminación de paz: in veritate, in unitate, in iustitia, podemos Nos añadir, para esta Navidad, un cuarto rayo: esto es, la bondad, la pax Christi in bonitate, para nuestra mayor y más intensa edificación espiritual?

¡Oh! Cuán bien resultan, y en perfecta irradiación, nuestras elevaciones hacia el reino glorioso de Cristo en la expresión de la santa Liturgia: Rex pacificus magnificatus est, cuius vultum desiderat universa terra. Rex pacificus super omnes reges universae terrae[iv].

II. Regnum Christi: bonitas Pax Christi in bonitate, por lo tanto.

La primera visión que nos viene y se nos presenta es la de El, que desde la cuna de Belén nos invita, anticipando los encuentros de cuando se habrá hecho adulto, y será respetado y aclamado como Rabbi, el Divino Maestro, entre las turbas conmovidas y les dirá: Discite a me quia mitis sum et humilis corde[v].

Esta voz desde la cuna es la irradiación de la bonitas de Jesús, de la que él es substancia viva, fuente divina y cuya gracia es magisterio universal para todo el mundo.

a) Desconcertante visión.

7. Mas este magisterio envuelto en humildad y en dulzura, abierto a la alegría de paz universal, de hecho en el correr de los siglos permanece como señal de discordia y de obstinada dureza en las relaciones de los hombres entre sí.

Observando los acontecimientos que más vecinos nos están, diríase que en nuestra época la angustia y el miedo determinan una fiebre y un ardor de mutua indisposición, tal vez inconsciente en muchos, pero siempre advertida en las relaciones recíprocas: lo cual lleva a una continua perturbación en las relaciones domésticas y sociales, nacionales e internacionales.

Tal comprobación es mucho más dolorosa cuando se piensa que el Creador en el plan de su providencia ha predispuesto a los hombres para entenderse, para ayudarse, para integrarse los unos con los otros: en la fraternal colaboración de programas, en el paciente arreglo de las diferencias, en la equitativa distribución de los bienes terrenales: iustitia duce, caritate comite, según caridad y justicia[vi].

¡Oh, cuán claras son, a este propósito, las palabras de los Profetas y de los Salmos, cuando inculcan en nombre de Dios la bondad y el amor! Mirad, dice Isaías: "Rompe las cadenas injustas, despacha libres a los oprimidos, rompe todo peso. Reparte tu pan con el hambriento, acoge en tu casa a los pobres y perdidos; viste al que vieres desnudo, no desprecies a quien es tu propia carne... Y el Señor te dará siempre descanso y llenará de esplendores tu alma"[vii].

b) Espíritu de contradicción.

8. Si consideramos el conjunto de las mutuas relaciones tanto dentro de las naciones como en los encuentros internacionales, podemos advertir cuán lejos se está aún de la enseñanza divina, que brilla en los siglos del Antiguo Testamento, y resplandece con luz perfecta en la plenitud de los tiempos, con la venida del Divino Maestro. Allí, todo es una invitación a la paz, porque es proclamada la bienaventuranza de la paz; aquí, por lo contrario, por debajo de hermosas palabras (aunque a lo menos se salva la forma, lo cual no siempre se cumple) es muy frecuente el espíritu de contradicción a la paz.

Es el orgullo del poderoso que oprime; es la avaricia del que acumula, cerrando sus entrañas a las necesidades de sus hermanos[viii]; es la insensibilidad del que goza, ignorando el vasto genio del sufrimiento, que hay por el mundo; es el egoísmo del que piensa exclusivamente en sí mismo.

Y es que siempre falta la bonitas Christi. La cual, ante todo, debe aplicar el antídoto a este espíritu de contradicción y de dureza, una preparación a la más pacífica valoración de las cosas.

c) Celestial remedio.

9. En Nuestra encíclica Mater et Magistra hemos querido subrayar que "cuando se está animado por la caridad de Cristo, uno se siente entonces unido a los otros y se sienten como propias las necesidades, los sufrimientos y las alegrías de los demás. Y en consecuencia, la conducta de cada uno... -decíamos- no puede menos de resultar más desinteresada, más vigorosa, más humana, porque la caridad es magnánima, es servicial..., no busca su interés..., no se goza con la injusticia, antes se alegra con la verdad, todo lo espera y soporta todo"[ix].

Por esto precisamente, la súplica de paz que en este año se eleva desde la cuna de Belén, quiere ser invocación de bondad, valoración de la verdadera fraternidad, propósito de sincera cooperación, que rehuya toda intriga, y todos aquellos elementos disolventes, que Nos -lo repetimos- llamamos por su nombre, sin eufemismo alguno: orgullo, avaricia, insensibilidad, egoísmo.

La invitación quiere ser tanto más apremiante, cuanto que la recíproca desconfianza es causa del creciente malestar: Pensad: aun el solo estado de temor, de que son presa las almas, efecto de los esfuerzos de ostentada violencia y de enemistad fomentada, da origen al general enfriamiento, y lo extiende cada vez más. En tal condición es natural pensar en la solemne y grave palabra de Cristo: como profecía y como amenaza. Refrigescet caritas multorum: "por superabundar la iniquidad, se enfriará la caridad de muchos"[x]. El hombre ya no es para el hombre su buen hermano, misericordioso y amable; antes, se ha convertido en un extraño, calculador, sospechoso, egoísta.

De donde la necesidad de proclamar el único remedio, acoger a Jesús de Belén, Cordero de Dios, que ha venido a quitar el pecado del mundo[xi]; recurrir a su gracia, practicando su doctrina de misericordia.

d) Irradiación de la bondad.

10. ¡Oh! bendita Navidad: encuentro de las almas sencillas, invitación a purificarse interiormente, porque "ha aparecido la benignidad y la amabilidad de Dios nuestro Salvador"[xii].

Triste es deplorar el mal; pero no basta su lamento para eliminarlo. Es el bien lo que debemos querer, cumplir y exaltar. Es la bondad la que debe ser proclamada a la faz del mundo, para que se irradie alrededor, y penetre en todas las formas de la vida individual y social.

Bueno debe ser el individuo: bueno, siendo espejo de conciencia pura, donde no entre la doblez, el cálculo, la dureza de corazón. Bueno, como entregado a un empeño continuo de purificación interior y de verdadera perfección; bueno, como fiel a una inmutable firmeza de propósito, al que corresponda todo pensamiento y toda acción.

Buena la familia: en la cual el recíproco amor palpite en el ejercicio de toda virtud. La bondad dulcifica y refuerza la autoridad paterna, y se difunde por la delicadeza materna: ella también moldea, además, la obediencia de los hijos, modera su exuberancia, inspira los obligados sacrificios.

Y es también la bondad la que debe regir toda expresión de la vida, fuera del ámbito estrictamente doméstico, pero unida a él: ved, pues, las distintas aplicaciones, que se le abren, en la escuela de diversos grados, en las varias instituciones de la vida cívica, para la ordenada convivencia de los ciudadanos en la tranquilidad, en el respeto, en la concordia. Todas las relaciones de los órdenes sociales deben presentar expresión de la bondad, que también San León Magno recomienda con los más vivos trazos: "Cumplir injusticia, y devolverla -dice él- es prudencia de este mundo; mientras no hacer a nadie mal por mal es inocente expresión de cristiana indulgencia... Se ame, pues, la humildad, y manténganse los fieles lejos de toda arrogancia. Que cada uno anteponga su hermano a sí mismo, y nadie busque su propio interés, sino el de los demás para que, cuando en todos abunde el afecto de la benevolencia, en ninguno se encuentre el veneno de la enemistad"[xiii].

Buena debe ser también la humanidad. Estas voces que resuenan desde el fondo de los siglos para amaestrarnos aún hoy con modernos acentos, recuerdan a los hombres el deber que les incumbe de ser buenos: es decir, justos, rectos, generosos, desinteresados, prontos para comprender y excusar, dispuestos al perdón y a la magnanimidad. Como invitación al ejercicio de tal deber, se torna oportuno el llamamiento -que ha sido la confiada orientación de este Nuestro radiomensaje- a querer la paz y a eliminar los elementos que la obstaculizan.

III. Férvido llamamiento a los responsables de la vida de los pueblos

11. No podemos creer que la prepotencia humana pueda desbordarse. Junto a elementos de temor y de aprehensión, hay doquier positivos reflejos de buena voluntad, constructiva y bienhechora. Mientras damos gracias al Señor, dador de todo bien, elevamos la invitación que nos apremia en el corazón: invitación a quien posee la fuerza económica, a correr todo riesgo, pero no a poner en peligro la paz y la vida de los hombres; a buscar todos los medios, que el actual progreso ofrece, para aumentar en el mundo el bienestar y la seguridad, mas no para difundir desconfianza y sospecha recíprocas. Y una vez más "con tristeza lo ponemos de relieve -usamos palabras de Nuestra encíclica Mater et Magistra- que..., mientras por un lado las situaciones de malestar se acentúan en extremo y se proyecta amenazador el espectro de la miseria y del hambre, por otro se utilizan, y a menudo en gran escala, los descubrimientos de la ciencia, las realizaciones de la técnica y los recursos económicos para crear terribles instrumentos de ruina y de muerte".

Invitación a quienes poseen el arte de formar la opinión pública, o en parte tienen su monopolio, a que teman el justo juicio de Dios, y también el de la historia, y a que procedan cautamente, con respeto y sentido de mesura. No pocas veces en los tiempos modernos -lo decimos con pena y sinceridad- la prensa ha cooperado a preparar un clima de aversión, de animosidad y de ruptura!

Invitación a los responsables de las Naciones, a quienes en sus manos tienen los destinos de la humanidad.

Hombres frágiles y mortales, os están mirando con angustia vuestros semejantes, que son vuestros hermanos, antes que súbditos. Y con la autoridad que de Jesucristo nos viene, os decimos: Alejad, alejad la sugestión de la fuerza; temblad ante la idea de desatar una cadena imponderable de hechos, de juicios, de resentimientos, que pueda terminar con actos no previstos e irreparables. Gran poder se os ha dado, mas no para destruir sino para edificar; no para dividir, sino para unir; no para hacer que corran las lágrimas, sino para dar a todos trabajo y seguridad.

Anhelo de justicia y de equidad.

Ved las varias aplicaciones de una bondad, que debe extenderse a todos los campos de la humana convivencia. Esta bonitas es fuerza y dominio de sí mismos, paciencia con los demás, caridad que no se apaga, que no se desanima, porque realmente quiere el bien en torno a sí, según las inmortales palabras de San Agustín[xiv]. Ella "permanece tranquila en las ofensas, bienhechora entre los odios; en la ira es mansa, es inocente en las insidias; en la iniquidad gime, y respira en la verdad: inter iniquitates gemens, in veritate respirans"[xv].

Venerables Hermanos y amados hijos:

14. Que de la renovada contemplación del Hijo de Dios hecho hombre, venga a cada uno de los hombres, con toda su claridad, el mensaje de la bondad y caridad evangélica. Que sea, para los creyentes, renovado estímulo para vivirlo en su plenitud, llevando su ejemplo al mundo angustiado; que para todos los hombres de buena voluntad sea llamamiento a saludables reflexiones sobre la constante aplicación de los principios en los que se funda la ordenada convivencia social.

El humilde Vicario de Cristo, al hacer resonar su voz, ha querido proponer con la más persuasiva evidencia el deber común que brota de la esencia misma de la Navidad.

Al poner fin a Nuestras palabras, el pensamiento se dirige conmovido a la humanidad entera, para cuya salvación se encarnó el Verbo Divino: de modo particular, a los que sufren, a los atribulados en el espíritu y en el cuerpo, a quien espera justicia y caridad. A todos va el paternal augurio de todo consuelo.

Mas no podemos silenciar la angustia de Nuestro corazón: la próxima fiesta navideña, que ya alborea sobre el mundo, encontrará pueblos sin paz, sin seguridad, sin libertad religiosa, angustiados por el espectro de la guerra o del hambre. Por ellos asciende al cielo Nuestra férvida oración, velada con lágrimas, unida a los votos paternales para una justa resolución de todas las dificultades y controversias y a la invitación, que una vez más repetimos a los responsables de las Naciones, para que por su unida comprensión se afirmen la justicia, la equidad, la deseada paz.

Esta palabra de paz, fundada en la verdadera bondad, va a sellar Nuestro mensaje, el cual acompaña el saludo de una buena felicitación y el don de la Bendición Apostólica.

JUAN XXIII


[i] Luc. 2, 14.

[ii] Eph. 2, 14.

[iii] Cf. Leonis I Sermo 26 (in Nat. Dom. 6) 2, 35; PL 54, 213. 214. 216.

[iv] In Vesp. Nativ.

[v] Mat. 11, 29. 

[vi] Pío XII Ep. enc. Sertum laetitiae 1 nov. 1939, Disc. e Rad. 3, 492.

[vii] Is. 58, 6-7, 11.

[viii] Cf. 1 Io. 3, 17.

[ix] 1 Cor. 13, 4-7; A. A. S. 53 (1961) 461.

[x] Mat. 24, 12.

[xi] Cf. Io. 1, 29.

[xii] Tit. 3, 4.

[xiii] A. A. S. 53 (1961) 448.

[xiv] Sermo 37 (In Epiphan, sollemn. 7) 4; PL 54, 259.

[xv] Sermo 350, 3 PL 39, 1535.

 

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