RADIOMENSAJES DE NAVIDAD DE JUAN XXIII
Señor
Cardenal:
Gracias
por las delicadas y tan preciosas palabras que Nos habéis
dirigido en nombre de todo el Sacro Colegio, en el que Nos
gozamos de admirar, en este día, el espectáculo de una renovada
juventud; gracias por las acertadas alusiones que os habéis
complacido en hacer a la alegría y a la conmoción del mundo
entero, de los nobles representantes de las diversas naciones y
de la Prelatura romana por la inauguración de este nuevo
Pontificado.
Mas
en el interior conocimiento, aunque imperfecto, que de Nos mismo
tenemos, y en la humildad de Nuestro espíritu sentimos el deber
de comprobar que no es simplemente el comportamiento humano
cordial de Nuestra modesta persona el que ha logrado ganarse en
seguida la simpatía de los pueblos y gobernantes, como tan
benignamente decíais, y especialmente en las recientes
explosiones de alegría y de respeto del pueblo de Roma, sino una
nueva efusión de la gracia del Espíritu Santo, que fue
prometida a la Iglesia del Señor, y que no cesa de provocar
diversas formas de expresión, que suscitan tan devota
admiración en torno a Nos.
Nos
complace recordar, Señor Cardenal, el regreso, en compañía
vuestra y del Señor Cardenal Pizzardo, desde Letrán al Vaticano,
justamente hace un mes, el 23 de noviembre, luego de haber tomado
posesión de Nuestra catedral de San Juan, a través de las
calles de la Urbe; y aquella muchedumbre, aquella densa
muchedumbre, tan gozosa, alegre, respetuosa y piadosa en su
comportamiento y en sus aclamaciones.
Y
el día 8 de diciembre, en la Plaza de España; luego, en Santa
María la Mayor. ¡Qué júbilo triunfal de miradas, de voces, de
corazones! Y es que se aunaba en ese día el binomio tan querido
para los romanos: la Inmaculada y el Papa.
La
misma manifestación del sentimiento popular se renueva todas las
veces que la gente Nos espera o viene a Nuestro encuentro, aquí,
en las amplísimas salas del palacio apostólico.
Sirve
de particular consuelo advertir cómo la gran masa que Nos busca,
Nos llama y no cesa de aplaudir, está formada, sobre todo, por
jóvenes de todas clases, vibrantes de piadosa admiración y de
vivo y candoroso entusiasmo; y asimismo comprobar cómo ellos,
los jóvenes, más que los ancianos, más que los hombres maduros,
están prontos a defender valientes y a rendir honor a la
herencia de Cristo, rey glorioso e inmortal de los pueblos y de
los siglos.
2.
Estas primeras y reverentes manifestaciones de homenaje al nuevo
Papa en nada disminuyen la continuidad del universal sentimiento
que hasta los umbrales de la patria celestial acompañó al alma
bendita y pura de Nuestro inmediato Antecesor, Pío XII; más
aún, en gran parte a él se le deben. Mérito suyo es, y del
misterio de gracia al que sirvió en el curso de un gran
Pontificado de casi veinte años; mérito suyo es el haber
difundido tesoros luminosos de celestial sabiduría y vivísimo
fervor de celo pastoral sobre la grey de Cristo.
El
humilde hijo del pueblo, que fue llamado por la divina
Providencia a sustituirle, según la sucesión de las cosas
humanas e incluso de las divinas -exaltavi electum de plebe
mea[i]-, no pretende otra cosa sino conducir
al pueblo cristiano por el camino de la bondad y de la
misericordia que salva, eleva y alienta.
Todo
contribuye, además, a mitigar la tristeza de aquella partida de
nuestro Padre y Pontífice, a quien queremos contemplar ya como
asociado, en las regiones celestiales, a los Santos de Dios, y
como derramando, también desde allí, renovadas energías sobre
el pueblo cristiano que le sobrevive y que, en el correr de los
siglos, no cesará de venerar su querida y santa memoria.
Al
llegar la festividad anual de la Natividad del Señor, era
costumbre de Su Santidad Pío XII transformar la sencilla, la
antigua expresión del amable intercambio de las acostumbradas
felicitaciones, en un denso y riquísimo discurso de
circunstancias en que él se complacía en ilustrar, con
profundidad y amplitud de penetración teológica y mística
delicadamente práctica, su elevado pensamiento pontificio,
relacionándolo con las mudables circunstancias del orden -a
menudo, del desorden- individual, doméstico, cívico y social.
Los modernos medios de transmisión del pensamiento y de la
palabra, que hacen llegar inmediatamente la enseñanza y la voz
pontificia a todos los puntos de la tierra, invitaban a muchos
pensadores de recta conciencia a inclinar su cabeza considerando
en seria meditación y con vivo y neto discernimiento la
distinción entre verdad y error, entre lo que más atrae y lo
que es falaz y engañosa tentación, que induce a desorden y
ruina.
3.
Disposiciones, en estos días, para este encuentro de nuestras
almas como preparación a la Navidad, Nos pareció que no
podríamos hacerlo mejor que escuchando los ecos de aquellos
discursos o radiomensajes, al mundo entero, del llorado Padre
nuestro Pío XII. Incluso el solo hecho de recordarlos Nos
pareció un homenaje no indigno de él, ni de las circunstancias;
al igual que cuando en la casa que queda vacía de la presencia
del padre anciano, que partió para la eternidad, proporciona
consuelo a los buenos hijos, reunidos en torno al casi extinguido
hogar, evocar su querida voz, sus dichos más preciosos, sus más
saludables advertencias.
¡Oh,
qué luz, oh qué gozo para el espíritu oír, aunque de lejos,
su simple enunciación! Desde 1939 a 1957, aquellos radiomensajes
son diecinueve. Otras tantas obras maestras de ciencia
tecnológica, jurídica, ascética, política y social; todos y
cada uno en el esplendor que tiene por centro a Jesús en Belén;
por espíritu, la gran llama del celo pastoral por las almas y
por las naciones; por punto máximo de dirección, la misteriosa
estrella anunciadora de las eternas conclusiones para la vida
espiritual y universal, para la historia de las almas y de los
pueblos.
La
serie se inicia -precisamente en la Navidad de 1939- con la
descripción de los puntos fundamentales para la pacífica
convivencia de los pueblos. Sigue, en 1940, con las condiciones
básicas para el nuevo ordenamiento de Europa; en 1941, con las
del nuevo ordenamiento internacional. En 1942 trata del orden
interno de los Estados y de los pueblos; en 1943, de la luz de la
estrella de Belén para los desilusionados, para los desolados y
para los fieles en general, añadiendo principios para un
programa de paz. En 1944, sexto año de guerra, se propone y
aclara el problema de la democracia. En los años sucesivos, la
paz ocupa extensamente el puesto de honor. Y así, en 1945, 1946,
1947 y 1948, la paz, siempre la paz, bajo los diversos aspectos.
En
1949 se ilustra el anuncio del Año de Dios, año que quiere ser
del gran "retorno" y del gran perdón. En 1950 reanuda
el tema de la paz interna y externa de los pueblos; en 1951, la
Iglesia y la paz; en 1952, siguen páginas conmovedoras sobre los
hombres sumidos en la miseria y sobre el consuelo de Cristo. En
1953, páginas exactas y transparentes sobre el progreso técnico
del mundo y la paz; en 1954, se estudia la coexistencia de los
hombres en el temor, en el error, en la verdad. En 1955, se
describen las actitudes del hombre moderno frente a la Navidad y
a Cristo, en la vida histórica y social de la humanidad. En 1956,
la dignidad y los límites de la naturaleza humana, razonamiento
densísimo de pura doctrina y de aplicaciones a la realidad
concreta, a la vida individual. Finalmente, en 1957, Cristo,
fuente y prenda de armonía en el mundo: páginas admirables y
consoladoras, que resumen todo el pensamiento del Papa Pío XII.
4.
Su gloriosa y noble tumba en el Vaticano, junto a la de San Pedro,
no podría contemplarse con decoración más espléndida y más
apropiada que con los títulos de estos radiomensajes de Navidad,
de los años de su Pontificado.
El
alma se conmueve más aún cuando se piensa que éstos no son
sino diecinueve rayos de una doctrina que una serie de densos
volúmenes apenas basta a contener. Admirable actividad, en
efecto, doctrinal y pastoral, que asegura el nombre de Pío XII
en la posteridad. Aun por encima de toda declaración oficial,
que sería prematura, el triple título de doctor optimus,
Ecclesiae sanctae lumen, divinae legis amator, dice muy bien
con la bendita memoria de él, Pontífice de nuestros afortunados
tiempos.
5.
Para resumir en dos términos sintéticos la sustancia viva de
esta enseñanza contenida en los diecinueve radiomensajes
navideños y en los veinte volúmenes de la riquísima colección
de discursos y cartas de Pío XII, basta pronunciar estas
palabras: unidad y paz.
En
efecto; estas palabras sostienen al mundo entero, desde su
creación hasta la consumación de su historia: esa es la unidad.
Expresan también la luz bienhechora y fecundante de la gracia de
Cristo, hijo de Dios y redentor y glorificador del género humano:
ésa es la paz. La única condición por parte del hombre es la bona
voluntas, que es también gracia de Dios, pero que ha de
estar libremente condicionada por la correspondencia del hombre.
Esta falta de correspondencia de la humana libertad a la llamada
de Dios en servicio de sus designios de misericordia constituye
el más terrible problema de la historia humana y de la vida de
cada uno de los hombres y de los pueblos.
La
conmemoración del nacimiento de Jesús no cesa de renovar cada
año el anuncio de la misma doctrina y en el mismo tono: unidad y
paz. Por desgracia, la historia humana registra en sus comienzos
un episodio de sangre: el hermano ha sido muerto por el hermano.
La ley del amor, que el Creador imprimió en el corazón del
hombre, fue violada por la mala voluntas, que rápidamente
condujo a la humanidad por los caminos de la injusticia y del
desorden. La unidad fue quebrantada, y fue menester nada menos
que la intervención del Hijo mismo de Dios, que por obediencia
aceptó reconstruir los vínculos sagrados, pero pronto
comprometidos, de la familia humana; y la reconstruyó al precio
de su sangre.
Tal
reconstrucción es siempre actual: Jesús fundó una Iglesia,
imprimiendo en su faz el carácter de la unidad, instituida como
para recoger en ella a todas las humanas gentes bajo sus inmensos
pabellones, que se extienden a mari usque ad mare. ¡Ah!
¿Por qué esta unidad de la Iglesia católica, orientada
directamente y por vocación divina a los intereses del orden
espiritual, no podría llegar también a la reunificación de las
diferentes razas y naciones, atraídas igualmente por propósitos
de convivencia social señalados por las leyes de la justicia y
de la fraternidad?
Bien
viene aquí el principio, familiar a los creyentes, de que el
buen servicio de Dios y de su justicia es también propicio al
provecho de la comunidad civil de los pueblos y de las naciones.
Todavía
está vivo en Nuestro espíritu el recuerdo de hace algunas
decenas de años, cuando algunos representantes de las iglesias
ortodoxas -como se las llama- del próximo Oriente, con la
cooperación práctica de algunos gobiernos, pensaron en proveer
a la concentración de las naciones civiles, iniciándola con una
inteligencia entre las varias confesiones cristianas de diverso
rito y de diversa historia.
Por
desgracia, el imponerse de intereses más presionantes y
concretos, junto con preocupaciones nacionalistas, esterilizó
aquellas intenciones de suyo buenas y dignas de respeto. Y el
angustioso problema de la truncada unidad de la herencia de
Cristo permanece siempre, para gran turbación y perjuicio del
mismo trabajo de resolución, a lo largo de un camino de
agobiantes dificultades e incertidumbres.
La
tristeza de esta dolorosa comprobación no detiene, no detendrá,
confiamos en Dios, el esfuerzo de Nuestra alma en proseguir la
invitación amorosa a aquellos nuestros queridos hermanos
separados, que también llevan en su frente el nombre de Cristo,
leen su Evangelio santo y bendito, y no son insensibles a las
inspiraciones de la piedad religiosa y de la caridad benéfica y
comprensiva.
Recordando
los repetidos llamamientos de Nuestros Predecesores -desde el
Papa León XIII hasta el Papa Pío XII, a través de San Pío X,
Benedicto XV y Pío XI, todos ellos dignísimos y gloriosos
Pontífices -que desde la cátedra apostólica lanzaron la
invitación a la unidad, Nos permitimos- mas ¿por qué decimos:
Nos permitimos?-, Nos proponemos proseguir humilde, pero
ardientemente, el deber al cual Nos estimula la palabra y el
ejemplo que Jesús, el divino Pastor, continúa dándonos con la
visión de la mies que blanquea en los inmensos campos misionales:
et illas oportet me adducere... et fiet unum ovile et unus
Pastor[ii]; y en el clamor elevado a su Padre en
sus últimas horas, poco antes del supremo sacrificio: Pater,
ut unum sint; sicut tu Pater in me et ego in te; ut et ipsi unum
sint, et credat mundus quia tu me misisti[iii].
6.
Sobre estos llamamientos tan profundos y sublimes aletea la paz,
la paz de Navidad, la paz de Cristo; el anhelo de las almas y de
los pueblos, el complemento de toda gracia del cielo y de la
tierra; la paz que allí donde falte y mientras faltare, el mundo
esta en agonía; y donde existe, llena de alegría el espíritu y
los corazones, como anunciaron los ángeles de Belén.
Señor
Cardenal: Vuestra felicitación, tan noble y afectuosa desde la
primera a la última palabra, que Nos habéis ofrecido en nombre
de todos los eminentísimos Cardenales, antiguos o de nueva
creación, y en nombre de toda la Prelatura romana, quiero
repetirlo, Nos conmueve profundamente y una vez más os la
agradecemos.
Natividad
del Señor: anuncio de unidad y de paz sobre toda la tierra;
empeño renovado de buena voluntad, puesta al servicio del orden,
de la justicia, de la fraternidad entre todas las gentes
cristianas, movidas por un común deseo de comprensión, de
respeto común a las sagradas libertades de la vida colectiva en
el triple orden religioso, civil y social.
Nos
han informado del proyecto delicado y genial de la
Radiotelevisión italiana de hacer coincidir, en dulce sincronía,
el primer toque de la festividad navideña con el sonido de las
campanas de la humilde parroquia donde este nuevo Siervo de los
Siervos de Dios que os habla, nació y fue bautizado; con las
campanas de Venecia, de donde partió para la inesperada misión
que la Providencia le confiaba, y con las campanas más solemnes
de San Pedro, del Vaticano, asociadas en festivo concierto con
todas las voces armoniosas del mundo para un mismo anuncio
universal, para una misma invitación a la unidad y a la paz.
7.
Haga el Señor que esta augural invitación sea escuchada por
doquier. En diversas partes del mundo no hay oído para esta
invitación. Donde las nociones más sagradas de la civilización
cristiana están sofocadas o extinguidas; allí donde el orden
espiritual y divino es combatido o se ha logrado debilitar la
concepción de la vida sobrenatural, es bien triste tener que
comprobar el initium malorum, cuyas pruebas son ya de
general conocimiento. Aun queriendo ser corteses al juzgar, al
excusar, al juzgar indulgentes la gravedad de la situación
"atea y materialista" a que fueron y están sujetas
algunas naciones y bajo cuyo peso gimen, la esclavitud para los
individuos y para las masas, esclavitud del pensamiento y
esclavitud de la acción, es innegable. Nos habla la Sagrada
Escritura de una torre de Babel, que fue construida en los
primeros siglos de la historia en la llanura de Sennaar y que
terminó en la confusión. En diversas regiones de la tierra se
están fabricando también hoy torres semejantes: seguro es que
terminarán como la primera. Para muchos, la ilusión es grande,
pero la ruina es amenazadora. Sólo la unidad y la cohesión es
el reforzamiento del apostolado de la verdad y de la verdadera
fraternidad humana y cristiana podrán detener los graves
peligros que amenazan.
8.
En relación con la libertad de la Iglesia en algunas regiones
del mundo, por ejemplo, en la inmensa China, tuvimos ya ocasión
de señalar los hechos gravísimos de los tiempos más recientes.
Lo que desde hace años sucede en los inmensos territorios del
otro lado del telón de acero, es demasiado conocido para que
haga falta una más amplia ilustración.
Nada
de militar o de violento en nuestras actuaciones de hombres de fe.
Pero es necesario velar en la noche que cada vez es más densa:
saber darnos cuenta de las asechanzas de quienes son enemigos de
Dios antes que enemigos nuestros, y prepararnos para toda clase
de defensa de los principios cristianos, que son la coraza de la
verdadera justicia ahora y siempre.
9.
Tiempo de Navidad: tiempo de buenas obras y de intensa
caridad. El ejercicio de las que dan sustancia y color a la
civilización, que toma su nombre de Cristo, tiene por objeto las
catorce obras de misericordia. La Navidad debe señalar el
máximo del fervor religioso y pacífico para esta efusión de
unidad y de caridad hacia los hermanos necesitados, enfermos;
hacia los pequeños, hacia los que sufren, de cualquier clase, de
cualquier nombre.
Sea
ésta una Navidad constructiva. Cuantos escuchan esta voz a
través de los caminos del aire, a través del concierto de las
campanas, que invitan a la unión y a la plegaria en homenaje a
la humilde persona del nuevo Papa, robustezcan sus buenos
propósitos de santificación del nuevo año, a fin de que sea
para todo el mundo año de justicia, de bendición, de bondad y
de paz.
María,
auxilium Christianorum, ora pro nobis. María, auxilium
Episcoporum, ora pro nobis. Regina sine labe originali concepta,
ora pro nobis. Amén.
JUAN
XXIII
[i] Ps. 88, 19.
[ii] Io. 10, 16.
[iii] Io. 17, 21.
Radiomensaje
Navidad
23 de diciembre de 1959
LA "PAZ"
DON DE DIOS
Estamos en
Navidad: la segunda Navidad de Nuestro Pontificado.
Contemplándola a distancia, unidos espiritualmente con María y
con José en el camino a Belén, días ha que ya estamos
saboreando la dulzura que se nos viene del canto angélico,
anunciador de la paz celestial ofrecida a todos los hombres de
buena voluntad; y así, de día en día, estamos pensando que el
camino a Belén señala verdaderamente la ruta del buen camino
hacia la paz, que se halla en los labios, en las ansias, en el
corazón de todos.
INTRODUCCION
La llamada de la
Liturgia con los ecos del Papa León Magno ya nos avisaba con
festiva invitación: Alegraos en el Señor, dilectísimos:
alegraos con gozo espiritual, porque el día de la redención se
renueva, el día de la antigua esperanza, el anuncio de la eterna
felicidad[i]. A la par y casi en coro con aquella
voz solemne y conmovedora, que nos viene del siglo quinto,
sentimos como alzarse, todas a una, las voces implorantes de los
Sumos Pontífices que gobernaron la Iglesia antes y después de
las dos guerras que desgarraron a la humanidad en este nuestro
siglo: las voces, más vecinas a nosotros, de los diecinueve
Mensajes navideños de nuestro Santo Padre Pío XII, de siempre
tan querida y feliz recordación.
2. Continuada
invitación, pues, a acelerar nuestros pasos por los caminos de
Belén, que para nosotros son las vías de la paz.
Numerosas son en
el mundo actual las vías de la paz, propuestas o impuestas;
muchas se nos sugieren aun a Nos, bien que gozamos, como María y
José, la seguridad de conocer nuestro camino, y no tememos la
posibilidad de errar.
En efecto,
después de la segunda posguerra ha sido muy grande la variedad
de las expresiones: y grande el abuso de esta santa palabra: Pax
pax[ii].
Rendimos
homenaje y respeto a la buena voluntad de tantos exploradores y
anunciadores de la paz en el mundo: hombres de Estado,
diplomáticos experimentados, insignes escritores.
Pero los
esfuerzos humanos en materia de la pacificación universal están
todavía muy lejos de los puntos de inteligencia entre el cielo y
la tierra.
Y es que la
verdadera paz no puede venir sino de Dios; no tiene sino un
nombre: Pax Christi; no tiene sino una sola faz, la que
Cristo le ha impreso, el cual, como para prevenir las
falsificaciones del hombre, así ha subrayado: Os dejo la paz,
os doy mi paz[iii].
LA PAZ CRISTIANA
Triple es el
aspecto de la verdadera paz:
1) Paz en los
corazones
3. La paz es,
ante todo, un hecho interior, del espíritu, y su fundamental
condición es la dependencia amorosa y filial, con respecto a la
voluntad de Dios: Señor, nos has hecho para ti; y nuestro
corazón no se tranquiliza mientras no descanse en ti[iv].
Todo cuanto debilita, rompe o despedaza esta conformidad y unión
de voluntades, está en oposición con la paz: ante todo y sobre
todo, la culpa, el pecado. ¿Quién resiste a él [a Dios]
y ha tenido la paz?[v]. La paz es la feliz herencia de los que
observan la ley divina: Pax multa diligentibus legem tuam[vi].
A su vez, la
buena voluntad no es sino el sincero propósito de respetar la
ley eterna de Dios, de ajustarse a sus mandamientos, de seguir
sus caminos: de estar, en una palabra, en la espera de la verdad.
Esta es la gloria que Dios espera del hombre. Pax hominibus
bonae voluntatis.
2) Paz social
4. Esta se funda
sólidamente en el mutuo y recíproco respeto de la dignidad
personal del hombre. El hijo de Dios se ha hecho hombre, y su
redención alcanza no sólo a la colectividad, sino también a
cada hombre: Me ha amado, y se ha dado a sí mismo por mí.
Así lo dijo San Pablo a los Gálatas: Ipse dilexit me et
tradidit semetipsum pro me[vii]. Y si Dios ha amado al hombre hasta tal
punto, esto significa que el hombre le pertenece, y que la
persona humana ha de ser respetada absolutamente. Tal es la
enseñanza de la Iglesia, que para la solución de las cuestiones
sociales siempre ha fijado la mirada en la persona humana, y ha
enseñado que las cosas y las instituciones -los bienes, la
economía, el Estado- son ante todo par el hombre; y no el hombre
para ellas. Las perturbaciones que sacuden la paz interna de las
naciones traen su origen principal y precisamente de esto, que el
hombre haya sido tratado casi exclusivamente como instrumento,
como mercancía, como miserable rueda de engranajes de una
máquina grande, simple unidad productiva. Sólo cuando se tome
la personal dignidad del hombre como criterio de valoración del
hombre mismo y de su actividad, se tendrá el medio para aplacar
las discordias civiles y las divergencias, a veces profundas,
entre -por ejemplo- los dadores de trabajo y los trabajadores, y,
sobre todo, para asegurar a la institución familiar aquellas
condiciones de vida, de trabajo y de asistencia, aptas para hacer
que cumpla mejor su función de célula de la sociedad y primera
comunidad constituida por Dios mismo para el desarrollo de la
persona humana.
No: la paz no
podrá tener sólidos fundamentos, si en los corazones no se
alimenta el sentimiento de fraternidad, tal como debe existir
entre quienes tienen un mismo origen, y están llamados a los
mismos destinos. La conciencia de pertenecer a una única familia
apaga en los corazones la avidez, la codicia, la soberbia, el
instinto de dominar a los demás, que son la raíz de las
disensiones y de las guerras; ella nos une a todos con un
vínculo superior y generosas solidaridad.
3) Paz
internacional
5. La base de la
paz internacional es, sobre todo, la verdad. Pues que
también en las relaciones internacionales vale la afirmación
cristiana: "La verdad os libertará". Veritas
liberabit vos[viii]. Necesario es, por lo tanto, superar
ciertas concepciones erróneas: el mito de la fuerza, del
nacionalismo u otro cualquiera, que han envenenado la vida
asociada de los pueblos, y fundar la pacífica convivencia sobre
los principios morales, según la enseñanza de la recta razón y
de la doctrina cristiana.
A su lado, e
iluminada por la verdad, ha de caminar la justicia. Esta
suprime las razones de discordia y de guerra, resuelve las
disputas, fija las obligaciones, precisa los deberes, responde a
los derechos de cada una de las partes.
La justicia a su
vez tiene que estar integrada y sostenida por la caridad
cristiana. Quiere decir que el amor al prójimo, y a la propia
nación, no se ha de replegar sobre sí mismo, en una forma de
egoísmo cerrado y suspicaz del bien de los demás, sino que ha
de ensancharse y expandirse para abrazar, con un espontáneo
movimiento hacia la solidaridad, a todos los pueblos y entrelazar
con ellos relaciones vitales. Así se podrá hablar de convivencia,
y no de simple coexistencia, la cual, precisamente por
estar privada de este hálito de solidaridad, alza barreras tras
de las cuales anidan la sospecha recíproca, el temor y el terror.
EXTRAVIOS DEL
HOMBRE EN LA
BUSQUEDA DE LA
PAZ
6. La paz es don
incomparable de Dios. Pero también es la suprema aspiración del
hombre. Es indivisible. Ninguno de los rasgos que
constituyen su faz inconfundible puede ser ignorado o excluido.
Porque tampoco
los hombres de nuestro tiempo han cumplido integralmente las
exigencias de la paz, resulta que los caminos de Dios hacia la
paz no se encuentran con los del hombre. De ahí la anormal
situación internacional de esta posguerra, que ha creado como
dos bloques con todos sus inconvenientes. No es un estado de
guerra, pero tampoco es la paz, la paz verdadera, aquella a la
que ardientemente aspiran los pueblos.
Siendo la
verdadera paz indivisible en sus diversos aspectos, nunca
llegará a existir en el plano social e internacional, si
primeramente ella misma no es un hecho interior. Luego, ante todo
-conviene repetirlo-, han de existir los &quuot;hombres de buena
voluntad": esto es, aquellos a los que los ángeles de
Belén anunciaron la paz: Pax hominibus bonae voluntatis[ix].
Paz de Cristo a los hombres de buena voluntad. Porque sólo ellos
pueden realizar las condiciones contenidas en la definición de
la paz dada por Santo Tomás: la ordenada concordia de los
ciudadanos[x], orden, por lo tanto, y concordia.
Mas ¿cómo podrá brotar esta doble flor del orden y de la
concordia, si las personas que tienen las responsabilidades
públicas, antes de valorar las ventajas y los peligros de sus
determinaciones, no se reconocieren sujetos personalmente a las
eternas leyes morales?
Resueltamente se
habrán de quitar de en medio los obstáculos interpuestos por la
malicia del hombre. Se advierte la presencia de estos obstáculos
en la propaganda de la inmoralidad, en las injusticias sociales,
en el paro forzoso, en la miseria contrastante con el privilegio
de quienes pueden permitirse el despilfarro, en el pavoroso
desequilibrio entre el progreso técnico y el progreso moral de
los pueblos, en la desenfrenada carrera de los armamentos, sin
que todavía se entrevea una seria posibilidad de llegar a la
solución del problema del desarme.
LA OBRA DE LA
IGLESIA
7. Los últimos
acontecimientos han creado una atmósfera de la así llamada
"distensión" que ha hecho florecer en muchos
espíritus las esperanzas, después de haber vivido, durante
tanto tiempo, en un estado de paz ficticia, en una situación
siempre inestable, que más de una vez ha amenazado con romperse.
Todo ello hace
ver cuán arraigado se halla en el ánimo de todos el anhelo de
la paz.
Para que este
común deseo se realice prontamente, la Iglesia ruega confiada a
Aquel que rige los destinos de los pueblos y que puede convertir
al bien los corazones de los gobernantes. No siendo ella hija del
mundo, aunque viviendo y obrando en el mundo, ella, así como ya
en la aurora del cristianismo alzaba -según escribía San Pablo
a Timoteo- oraciones y súplicas y acción de gracias por
todos los hombres; por los reyes y por todos cuantos se
encuentran en las alturas del poder, para que podamos llevar una
vida tranquila y pacífica con toda piedad y dignidad[xi], así también hoy con su oración
acompaña todo cuanto en las relaciones internacionales ayuda a
la serenidad de los encuentros, a la regulación pacífica de las
controversias, a la aproximación de los pueblos y a la mutua
colaboración.
Además de la
oración, la Iglesia ofrece sus maternales oficios, señala los
incomparables tesoros de su doctrina, excita a sus hijos a que
presten su activa colaboración por la paz, recordando el
célebre aviso de San Agustín: Mayor gloria es matar las
guerras con la palabra, que a los hombres con la espada; y
verdadera gloria es adquirir la paz con la paz[xii].
Esta es la
misión y el deber suyo propio de la Iglesia, trabajar por la paz;
y ella tiene conciencia de no haber omitido nada de cuanto le era
posible hacer, a fin de asegurarla a los pueblos y a los
individuos. La Iglesia mira favorablemente toda seria iniciativa,
que pueda servir para ahorrar a la humanidad nuevos lutos, nuevas
matanzas, nuevas incalculables destrucciones.
Desgraciadamente
todavía no han desaparecido las causas que han perturbado y
perturban el orden internacional. Por ello es preciso secar las
fuentes del mal: de otra suerte, siempre permanecerán
amenazadores los peligros para la paz.
Las causas del
malestar internacional fueron claramente denunciadas por Nuestro
predecesor Pío XII, de inmortal memoria, singularmente en sus
Mensajes navideños de 1942 y 1943. Bien está el repetirlas.
Dichas causas son: la violación de los derechos y de la dignidad
de la persona humana y la ofensa a los de la familia y del
trabajo; la subversión del ordenamiento jurídico y del sano
concepto del Estado según el espíritu cristiano; la lesión de
la libertad, de la integridad y de la seguridad de las otras
Naciones, cualquiera sea su extensión; la sistemática opresión
de las peculiaridades culturales y lingüísticas de las
minorías nacionales; los cálculos egoístas de quienes tienden
a acaparar las fuentes económicas y las materias de uso común,
en daño de los otros pueblos; y, de modo particular, la
persecución de la religión y de la Iglesia.
Mas nótese
todavía que la pacificación, que la Iglesia desea, no ha de
confundirse en modo alguno con el ceder o debilitar su firmeza
frente a ideologías y sistemas de vida, que se hallan en
oposición manifiesta e irreductible con la doctrina católica;
ni significa indiferencia frente a los gemidos que todavía
llegan hasta Nos de las infelices regiones, donde los derechos
del hombre son ignorados, donde la mentira está adoptada por
sistema. Menos aún puede olvidarse el doloroso calvario de la
Iglesia del Silencio, allí donde los confesores de la fe,
émulos de los primeros mártires cristianos, están sometidos a
sufrimientos y a tormentos sin fin por la causa de Cristo: Estas
realidades ponen en guardia contra un excesivo optimismo: pero
hacen tanto más ferviente nuestra oración por una vuelta
verdaderamente universal hacia el respeto de la humana y
cristiana libertad.
Vuelvan, vuelvan
todos los hombres de buena voluntad a Cristo, escuchen la voz de
su enseñanza divina que es la de su Vicario en la tierra; la de
los legítimos pastores, los Obispos. Volverán a encontrar la
verdad, que libera del error, de la mentira, de la ficción;
acelerarán el logro de la paz de Belén, anunciada por los
ángeles a los hombres de buena voluntad.
EXHORTACIONES Y
PATERNALES DESEOS
8. Deseándolo
así, orando así, ved cómo todos hemos llegado como María y
José, como los humildes pastores que descendían de las colinas
circundantes de Belén, como los Magos desde el Oriente, ante el
portal del recién nacido Salvador.
¡Oh Jesús,
qué ternura al llegar nuestras almas ante la sencillez del
pesebre; cuán dulce y piadosa la conmoción de nuestros
corazones; cuán vivo el deseo de cooperar todos juntamente a la
gran obra de la paz universal ante ti, divino autor y príncipe
de la paz!
En Belén todos
han de encontrar su puesto. En primera fila, los católicos. La
Iglesia, especialmente ahora, quiere verlos entregados a un
esfuerzo de asimilación de su mensaje de paz, que es invitación
a un integral orientarse hacia los dictámenes de la ley divina
que exige la resuelta adhesión de todos, hasta el sacrificio.
Con el estudio profundo debe ir asociada la acción. En modo
alguno pueden los católicos reducirse a la simple posición de
observadores, sino que han de sentirse como investidos por un
mandato de lo alto.
Indudablemente
que el esfuerzo es largo y fatigoso.
Pero el misterio
navideño da a todos la certeza de que nada se pierde de la buena
voluntad de los hombres, de cuanto ellos operan con buena
voluntad, tal vez hasta sin tener plena conciencia de ello, por
el advenimiento del reino de Dios a la tierra, y para que la
"ciudad" del hombre se modele según el ejemplo de la
ciudad celestial. ¡Oh la ciudad -la civitas Dei- que San
Agustín saludaba, esplendente con la verdad que salva; con la
caridad que vivifica; con la eternidad que asegura![xiii].
Venerables
Hermanos y amados Hijos, esparcidos por el mundo entero:
9. Las últimas
expresiones de este segundo Mensaje navideño Nos recuerdan el
primero Mensaje enviado al mundo, precisamente el 23 de diciembre
de 1958. Ahora hace un año que el nuevo sucesor de San Pedro,
todavía conmovido todo por las primeras emociones de la alta
misión a él confiada de pastor de la Iglesia universal, con la
timidez del nombre de Juan, asumido para indicar la buena
voluntad, ansiosa a la vez y decidida, hacia un programa de
preparación de los caminos del Señor, pensaba inmediatamente en
los valles que habían de rellenarse y en los montes que se
debían rebajar, y se lanzaba a su camino. Día por día después
hubo de reconocer, con gran humildad de espíritu, que en verdad
estaba con él la mano del Altísimo. El espectáculo de las
muchedumbres religiosas y piadosas, que de todos los puntos de la
tierra se reunieron aquí en Roma, o en Castelgandolfo, para
saludarlo, para oírlo, para solicitar su bendición, fue
continuo y conmovedor, a veces sorprendente y maravilloso.
También Nos
fueron ofrecidos dones que conservamos con vivo sentimiento de
gratitud. Entre los más gratos y significativos hay un antiguo
cuadro de buena escuela veneciana, que representa una "Sacra
conversación": María y José con Jesús, y un gracioso San
Juanito, que ofrece un dulce fruto a Jesús, acogido por éste
con ligera sonrisa que llena todo el conjunto pictórico con una
celestial dulzura. El cuadro está ahora en puesto de honor y se
ha hecho familiar de Nuestra cotidiana oración en Nuestra más
íntima capilla.
Permitidnos,
hermanos e hijos amados, que de ahí tomemos inspiración la más
feliz para la felicitación de Navidad, que Nos gozamos en enviar
a toda la Santa Iglesia y al mundo entero, con abierta y confiada
mirada.
10. La
preocupación de la paz de Belén está en el primer puesto de
Nuestras solicitudes: pero aquella Sacra Conversación se dilata
ante nuestros ojos, hasta acoger en torno a sí, esto es, en
torno a Jesús, a María, a José y a Juan, a todos cuantos, con
Nos y con vosotros, en el espíritu del universal ministerio que
fue confiado a Nuestra humilde persona, Nos amamos especialmente in
visceribus Christi. Nos referimos a cuantos sufren en la
angustia y por las miserias de la vida, y para los que la Navidad
es dulce rayo de consuelo y de esperanza; los enfermos y los
débiles, objeto de atentos y vigilantes cuidados y de
singularísimo afecto: los que sufren en el espíritu y en el
corazón por las incertidumbres del porvenir, por las
dificultades económicas, por la humillación impuesta a alguna
culpa cometida o presunta; los niños, los predilectos de Jesús
y que por su misma debilidad y ternura imponen un más sagrado
respeto y reclaman atenciones más delicadas; los ancianos de la
vida, a veces tentados en instantes de melancolía y de creerse
inútiles.
Ante esta
visión, la Iglesia confía sus intenciones de oración y de
deseo y sus preocupaciones apostólicas por todos éstos, porque
le son predilectos, y no por ellos solamente; sino también por
todos los humildes, los pobres, los trabajadores, los dadores de
trabajo y los depositarios del poder público y civil.
Y en estas
antevísperas navideñas, ¿cómo podríamos no recordar a
Nuestros venerables Obispos, tanto del rito Latino como del
Oriental, de cuyo fervor de santificación personal y de cuya
entrega a las almas, en las frecuentes audiencias, hemos gustado
toda la fraternal suavidad? Y ¿las pléyades generosas y
heroicas de los misioneros, de las misioneras, de los catequistas;
y el grupo compacto y noble del clero secular y regular, y de las
religiosas pertenecientes a innumerables y beneméritos
Institutos; y el laicado católico, todo encendido en fervor por
las obras de piedad cristiana, de múltiple asistencia, de
caridad y de educación? Y ni siquiera queremos olvidar a
nuestros hermanos separados, por los cuales asciende incesante
Nuestra oración al Cielo para que se cumpla la promesa de Cristo:
unus pastor et unum ovile.
El oficio del
humilde Papa Juan es el de parare Domino plebem perfectam[xiv], exactamente como el oficio del
Bautista, Su homónimo y patrono. Y no podría imaginarse
perfección más alta y más querida que la del triunfo de la paz
cristiana: que es paz de los corazones, paz en el orden social,
en la vida, en la prosperidad, en el mutuo respeto, en la
fraternidad de todas las naciones.
Venerables
Hermanos y amados Hijos: Dejad que a esta pax Christi la grande y
luminosa paz de la Navidad, dirijamos una vez más Nuestro
pensamiento y corazón: a todos vosotros, esparcidos por el mundo
entero, Nuestro saludo y felicitación -acompañados de los
mejores deseos- de alegría universal, y Nuestra Bendición
Apostólica.
JUAN XXIII
[i]Sermo 20 in Nativitate Domini PL 54, 193.
[ii] Jer. 6, 14.
[iii] Io. 14, 27.
[iv] S. Aug. Confess. 1, 1, 1 PL
32, 661.
[v] Iob 9, 4.
[vi] Ps. 118, 65.
[vii] Gal. 2, 20.
[viii] Io. 8, 32.
[ix] Luc. 2, 14.
[x] Contra
Gent. 3, 146.
[xi] 1
Tim. 2, 1-2.
[xii]
S. Aug. Epist. 129, 5 PL 33, 1019.
[xiii]
Cf. Epist. 138, 3 PL 33, 533.
[xiv] Luc. 1, 17
S.S. Juan XXIII
Radiomensaje por Navidad
22
de diciembre de 1960
Vidimus gloriam Eius: gloriam quasi Unigeniti a
Patre plenum gratiae et veritatis[i].
Venerables Hermanos y amados
hijos, esparcidos por todo el mundo: Paz y Bendición Apostólica.
Aceptad la felicitación de Navidad, con la misma alegría con
que os la ofrecemos.
Nuestra felicitación se inspira en la primera página del
Evangelio de San Juan, en aquel prólogo que da el tono al
sublime poema que canta el misterio y la realidad de la unión
más íntima y sagrada entre el Verbo de Dios y los hijos del
hombre, entre el cielo y la tierra, entre el orden de la
naturaleza y el de la gracia, cual resplandece y se transforma en
triunfo espiritual desde el comienzo de los siglos hasta su
consumación.
"En el principio era el Verbo y el Verbo era junto a Dios y
el Verbo era Dios. Todas las cosas fueron hechas por El. En El
estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres y la luz
brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron"[ii]. El
hombre, Juan, fue llamado para dar testimonio de la luz: él no
era la luz, sino sólo un testigo que invitaba a recibir la luz.
El Verbo de Dios, en un inefable rasgo de bondad divina, asumió
la naturaleza humana para habitar en la tierra, entre los hombres,
y conversar familiarmente con ellos.
Cuantos lo reconocieron y recibieron en El al Verbo de Dios hecho
hombre -pronunciemos su nombre sagrado y bendito: Iesus
Christus Filius Dei, Filius Mariae- fueron elevados a su
misma filiación divina, siendo por ello considerados como
hermanos suyos, destinados a la herencia de los siglos eternos.
Con esta simple y elemental
evocación de doctrina y de historia, nos llega el anuncio de la
Navidad y de Belén. Sacras palabras éstas, que en bella
sinfonía resuenan intermitentes doquier, difundiendo de repente
suavidad y belleza, para prorrumpir luego, al mismo tiempo, en un
conjunto grandioso de amplia sinfonía, que compone el triple
poema de la creación, de la redención por el precio de la
Sangre de Cristo, y de la Iglesia: una, santa, católica y
apostólica. Todo esto, formulado como enseñanza divina y
perfección de la vida, aun en este mundo, así para las almas
como para los pueblos que saben aprovecharse de ellas.
Ante todo, pues, está el esplendor del Padre celestial
glorificado en su Hijo, que nos arrastra a admirar las inefables
relaciones de las personas de la Santísima Trinidad. Después,
el segundo Juan, el evangelista, se da prisa en hablarnos de los
reflejos de la misma Trinidad en beneficio del hombre, en
beneficio de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, y en
beneficio de cada una de las almas: Vidimus gloriam eius.
Gratia et veritas
2. Con estas palabras termina el
prólogo; e inmediatamente toma el tono de una gloriosa
aclamación:
Vidimus gloriam eius.
¿Qué gloria? La más preclara, la del Verbo que existía in
principio et ante saecula, y que, al hacerse hombre, como
hijo unigénito del Padre, apareció lleno de gracia y de
verdad. Notad bien estos dos acordes: gracia y verdad.
3. Gratia.
Es la primera palabra que aflora
a los labios del ángel, cuando anuncia a María el divino
misterio; y es plenitud de gracia: Ave gratia plena. Se
repite después en el libro santo en tonos diferentes, siendo
siempre expresión de benignidad y de bondad.
Grande es, Señor, tu misericordia -canta el Salmista con
acentos de ternura que llenan de emoción el corazón-; a la
sombra de tus alas se amparan los hijos de los hombres; se
embriagan con la abundancia de tu casa y se sacian en el torrente
de tus delicias. Porque en ti está la fuente de la vida, y por
tu luz veremos la luz. Guarda, Señor, tu gracia a los que te
conocen, y tu justicia a los rectos de corazón[iii].
Hablaros largamente de esta gracia o benignidad o bondad, ¡muy
delicioso Nos sería!
4. Veritas.
Pero os debemos confiar, queridos
hijos, que es sobre todo hacia la verdad adonde Nuestro espíritu
siente elevarse, a medida que la experiencia de la vida pastoral
Nos suministra ejemplos cada vez más luminosos de lo que es de
primera importancia y en lo que convendría profundizar.
San Agustín, cuando designa al Verbo Divino aparecido en Belén,
le llama inmediatamente, y sin más, la Verdad, como Hijo único
del Padre, resplandeciente por los tesoros de su naturaleza para
iluminar a toda la creación visible e invisible, material y
espiritual, humana y sobrehumana[iv].
Los dos Testamentos contienen el anuncio de una doctrina que se
origina en la eternidad, y que es la esencia y el esplendor de la
verdad que se irradia por todos los siglos y aparece al hombre -obra
maestra y sacerdote del universo visible- como una sustancia de
viva enseñanza que se expande sobre todos los desarrollos del
orden natural y sobrenatural.
Las primeras palabras del Antiguo Testamento describen, en efecto,
los orígenes del mundo; las últimas del Nuevo Testamento Veni,
Domine Iesu, son la recapitulación de la historia, de la ley,
de la gracia.
Para las almas creadas por Dios y guardadas para eternal destino,
es natural la búsqueda y el descubrimiento de la verdad, que es
el objeto primero de la actividad interior del espíritu humano.
¿Por qué se dice la verdad? Porque es comunicación de Dios, y
entre el hombre y la verdad no hay, simplemente, relación
accidental, sino relación necesaria y esencial.
Verdad en el hombre y en el
cristiano
5. Esta verdad, que brota del Verbo Divino, enciende e
ilumina lo pasado y vivifica con sus rayos lo presente, es como
esperanza que da seguridad de vida futura, más allá de la
postrer aparición de Dios para el juicio final del mundo, que
decidirá la suerte de cada hombre para la eternidad.
Esta irradiación, esta vibración, esta vivificación
considerada en el mundo físico, pero aún más en el mundo
espiritual, conocida e infundida en la vida del hombre, cuya
fisonomía refleja los rasgos divinos: signatum est super nos
lumen vultus tui, Domine[v], es fuente de alegría para toda alma: dedisti
laetitiam in corde meo[vi].
Pero lo que más importa entender y retener es que, por parte del
hombre, la aptitud para conocer la verdad, implica una
responsabilidad sagrada y muy grave de cooperar con el plan del
Creador, del Redentor, del Glorificador. Y ello ha de proclamarse
más aún del cristiano que, por la gracia sacramental, lleva muy
claro el signo de su pertenencia a la familia de Dios. Ahí está
y se alza la dignidad y la responsabilidad más grande, impuesta
al hombre -y en forma aún más excelsa a cada cristiano-, de
honrar a este Hijo de Dios Verbum caro factum, y que
vivifica todo el conjunto del hombre y del orden social.
Jesús ofreció a la imitación de los hombres treinta años de
silencio, para que en El aprendieran a contemplar la verdad; y
tres años de incesante y persuasivo magisterio, del que sacarán
ejemplo y norma de vida.
El Libro divino es suficiente para llenarnos de esta doctrina y
para exaltarnos de con ella.
Y así, la unión con Cristo, Dominus et Magister -como El
mismo se proclamó-, es el triunfo de la verdad, la ciencia de
las ciencias, la doctrina de las doctrinas. Juan, el evangelista,
dijo de El, como Verbo de Dios exaltado por la luz de los dos
Testamentos: "La ley fue dada por Moisés; la gracia y la
verdad fue hecha por Jesucristo[vii]. En otra ocasión, el Maestro Divino repitió:
"Yo soy la luz del mundo, quien me sigue no camina en
tinieblas"[viii].
Queridos hijos: Esta luz, ¿qué es sino la verdad?
En los libros del Antiguo Testamento es frecuente al referirse a
la verdad.
El Salmista repite muchas veces esta invocación de la verdad:
"Tu amor y tu verdad siempre me han sostenido, Señor"[ix].
"La verdad y el juicio permanecen siempre cerca de Ti"[x].
"Tu verdad me rodea como un escudo"[xi].
"Tu justicia, tu justicia eterna"[xii].
"¡Oh Señor, la verdad permanece siempre!"[xiii].
"La verdad se volverá en provecho de todos aquellos que
saben emplearla"[xiv]. "Todos los caminos del Señor son
verdad"[xv].
"El Señor ama la verdad, la gracia y la gloria"[xvi].
El octavo mandamiento
6. ¡Muy bella es, bajo esta luz, la invitación hecha al
hombre de decir siempre la verdad a su prójimo, como es muy
fuerte y terrible el mandamiento de no decir jamás nada falso
contra su prójimo!: "No levantarás falso testimonio contra
tu prójimo"[xvii], y de juzgar en verdad y con intención de
paz en el umbral de las puertas: "Hablad cada cual verdad a
su prójimo, juzgad en vuestras puertas juicios según la verdad
y la paz"[xviii].
San Pedro Canisio, doctor de la
Iglesia, en su célebre Summa Doctrinae Christianae[xix], que fue el catecismo de enteras
generaciones, formulaba la parte negativa y la positiva de este
precepto con palabras penetrantes y convincentes.
En el aspecto negativo: se
prohíbe todo testimonio falso y engañador que pueda dañar
judicial y aun extrajudicialmente a la buena reputación del
prójimo en cualquier modo, como puede ser a susurronibus,
detractoribus, maledicis, seminatoribus et adulatoribus. Se
prohibe toda mentira y todo abuso de lenguaje contra el prójimo:
y ello en la misma medida y en el mismo tono de los tres
mandamientos que a éste preceden, a saber: No matar, no fornicar,
no robar.
En el aspecto positivo, por lo contrario, se alaba el hecho de
hablar bien y cortésmente del prójimo, en defensa y utilidad
suya, sine fuco, simulatione insidiisve; sin engaño, sin
ficción, sin insidias.
Doctrina toda sacada del Antiguo Testamento, que es muy rico en
pensamientos referentes a esta materia de la verdad en servicio
de la inocencia, de la justicia, de la caridad.
Y, en el Nuevo Testamento -Evangelios y escritos apostólicos-
¡cuán magnífica la enseñanza sobre la belleza, el contenido y
la muy profunda sabiduría de la verdad aprendida y vivida, y del
precepto del Señor!
Volviéndonos al evangelista San Juan, nos parece interesante el
discurso de Jesús aun frente a aquellos, que había logrado
convertir: "Si permanecéis en la verdad, seréis
verdaderamente mis discípulos y conoceréis la verdad, y la
verdad os hará libres: cognoscetis veritatem, et veritas
liberabit vos"[xx].
Pero aquella conversación, de interesante se convierte en
terrible, cuando Jesús conduce a sus interlocutores a
conclusiones desoladoras para todo el que niega la verdad, una
vez conocida.
"Os llamáis vosotros hijos de Abraham. Haced, pues, las
obras de Abraham. Mas sé que tratáis de darme muerte, porque os
he dicho la verdad, la verdad que conozco de Dios mismo. Si Dios
fuese vuestro padre, me amaríais a Mí también, porque yo vengo
de Dios que me ha enviado. Vosotros, por lo contrario, sois hijos
del diablo y queréis cumplir los deseos de quien es vuestro
padre".
Oyendo estas palabras, dice San Juan, aquellos desgraciados
tomaron piedras para lanzarlas contra Jesús. Pero El se ocultó
y salió del templo[xxi]. Cumplíase lo escrito en el Salmo: "Amad
al Señor cuantos le sois fieles, porque el Señor busca la
fidelidad, pero castiga en extremo a cuantos obran con orgullo"[xxii].
Igualmente dse ice en los Proverbios: "Comprad la verdad y
no vendáis la prudencia"[xxiii].
Y más abajo: "La lengua mentirosa no ama la verdad"[xxiv]. Y,
finalmente: "Aquel que en materia de justicia hace acepción
de personas..., hará traición a la verdad aun sólo por un
bocado de pan"[xxv].
Pensar, honrar, decir y practicar la verdad
7. Ved al hombre, ved al creyente de cara a la verdad que se
impone, suaviter et fortiter, con dulzura y firmeza.
Las palabras de Cristo sitúan, en efecto, a todo hombre frente a
su responsabilidad, que es aceptar o rechazar la verdad;
invitando a cada uno, con fuerza persuasiva, a permanecer en la
verdad, a alimentar sus propios pensamientos con la verdad, a
obrar según la verdad.
Este mensaje de felicitación, que Nos place dirigiros, es, por
lo tanto, una invitación solemne a vivir en ella, según el
cuádruple deber de pensar, honrar, decir y practicar la verdad.
Tal deber se deriva, de manera clara e indiscutible, de las
palabras del Libro Santo que os hemos recordado, de la armonía,
plena de resonancias, dulces mas también severas, del Antiguo y
del Nuevo Testamento.
Ante todo, pues, pensar la verdad. Tener ideas claras
sobre las grandes realidades divinas y humanas, de la Redención
y de la Iglesia, de la moral y del derecho, de la filosofía y
del arte. Tener ideas justas o procurar formárselas con plena
conciencia y con recta intención.
Mas casi a diario se ve cómo se plantean o discuten las
cuestiones con una ligereza desconcertante, fruto -lo menos que
se puede decir- de la falta de preparación en quienes a ellas se
dedican. Por ello en un reciente discurso Nuestro sobre la
familia, hemos invitado "a todos aquellos que tienen deseos
y medios de actuar sobre la opinión pública para que no
intervengan nunca si no es para aclarar las ideas y no para
confundirlas, observando la corrección y el respeto"[xxvi].
Honrar la verdad.
Es invitación a ser un ejemplo
luminoso en todos los sectores de la vida, individual, familiar,
profesional y social. La verdad nos hace libres[xxvii];
ennoblece a quien la profesa abiertamente y sin respetos humanos.
¿Por qué, pues, tener miedo de honrarla y de hacerla respetar?
¿Por qué rebajarse a "arreglos" con la propia
conciencia, aceptando compromisos contrarios a la vida y a la
práctica cristianas, cuando, por lo contrario, sólo aquel que
tiene la verdad debería estar convencido de tener consigo la luz
que disipa toda oscuridad y la fuerza atractiva que puede
transformar al mundo? No sólo es culpable quien desfigura
deliberadamente la verdad; lo es también aquel que, por temor de
no aparecer completo y moderno, la traiciona con su ambiguo
comportamiento.
Honrar, pues, la verdad con la
firmeza, el valor y la conciencia de quien posee fuertes
convicciones.
Decir luego la verdad. ¿No es la amonestación maternal,
la que pone en guardia a su hijo contra las mentiras, la primera
escuela de la verdad que crea hábito, costumbre adquirida desde
los primeros años, que se convierte en una segunda
naturaleza y prepara al hombre de honor, al cristiano perfecto,
de palabra pronta y franca y, si es necesario, con valor de
mártir y de confesor de la fe? Ved el testimonio que el Dios de
la verdad exige a cada uno de sus hijos.
Por último, practicar la verdad. Ella es la luz en la que
debe sumergirse la persona toda, y la que da el valor a cada una
de las acciones de la vida. Ella es la caridad que arrastra hacia
el apostolado de la verdad para propagar su conocimiento, para
defender sus derechos, para formar las almas -especialmente las
tan sinceras y generosas de la juventud-, hasta dejarse impregnar
de ella aun en las fibras más íntimas del alma.
El anti-decálogo
8. Pensar, honrar, decir y practicar la verdad. Al proclamar
estas exigencias básicas de la vida humana y cristiana, del
corazón aflora una pregunta a los labios. ¿Dónde está en la
tierra el respeto a la verdad? ¿No estamos, a veces, e incluso
muy frecuentemente, ante un antidecálogo desvergonzado e
insolente que ha abolido el no, ese "no" que
precede a la formulación neta y precisa de los cinco
mandamientos de Dios que vienen después del Honra a tu padre
y a tu madre? La vida a que asistimos, ¿no es prácticamente
un intencionado ejercicio de contradicción al quinto, sexto,
séptimo y octavo mandamientos -"No matarás, no serás
impuro, no robarás, no levantarás falso testimonio"-, todo
ello como por una diabólica conjuración contra la verdad?
Y, sin embargo, permanece siempre claro y firme el mandamiento de
la ley divina, escuchado por Moisés en la montaña: No
levantarás falso testimonio contra tu prójimo[xxviii]. Este mandamiento -como los demás-
mantiene su vigor, con todas sus consecuencias positivas y
negativas: el deber de la veracidad, de la sinceridad, de la
claridad, que es tanto como la adecuación del espíritu humano
con la realidad, adaequatio rei et intellectus[xxix]; y, enfrente, la triste posibilidad y
el más triste hecho de la mentira, de la hipocresía, de la
calumnia, con que se llega hasta oscurecer la verdad.
Estamos viviendo entre dos concepciones de la convivencia humana:
de un lado, la realidad del mundo, rebuscada, estudiada y
cumplida como es en el designio de Dios; por otro -no tememos
repetirlo-, la falsificación de esa misma realidad, facilitada
por la técnica y el artificio humano, moderno y modernísimo.
Ante el cuádruple ideal de pensar, honrar, decir y cumplir la
verdad, y ante el espectáculo cotidiano de la traición clara o
encubierta de este ideal, el corazón no logra dominar su
angustia: y Nuestra voz tiembla.
Frente a todo y a todos, veritas Domini manet in aeternum,
eternamente permanece la verdad del Señor[xxx], y
quiere resplandecer cada vez más ante los ojos y ser escuchada
por los corazones.
En muchos se ha difundido un poco la sensación de que son
tremendas las horas por que ahora atraviesa el mundo.
Mucho peores, empero, las ha
conocido la historia de lo pasado. Y, a pesar de las voces
clamorosas o encubiertas de los más violentos, estamos bien
seguros de que la victoria espiritual será de Jesucristo qui
pendet a ligno.
Horas angustiosas
9. La comprobación, cada vez más grave, de la tempestad que
arrecia en algunas regiones del mundo y que amenaza al orden
social, pero sobre todo a muchas almas débiles e inseguras, más
que malas y malintencionadas, Nos impulsa en este recuerdo de la
Navidad a dirigir la palabra a los que tienen una mayor
responsabilidad en el orden público y social, y a invitarles, en
nombre de Cristo, a que puesta la mano en el pecho se eleven a la
altura que les toca en los días del peligro universal. En
realidad, se trata de la causa de todos: y toda distinción entre
grandes -en la vida- y pequeños se debe fundir en un unánime
esfuerzo común.
Deseamos, pues, alzar Nuestros brazos sacerdotales hacia los más
altos responsables, que presiden las organizaciones del orden
civil -jefes de Estado y de la Administración regional y local-,
pero luego también a todos conjuntamente: a los educadores -padres
y maestros-, a todos los trabajadores del pensamiento, de los
brazos, del corazón; a los responsables -especialmente a éstos-
de la opinión pública, que se va formando o deformando por
medio de la prensa, de la radio y televisión, del cine, de
concursos y exhibiciones de todo género, literario o artístico:
escritores, artistas, productores, directores y escenógrafos.
A todos Nuestros hijos, y, especialmente, a los que por su
misión particular están llamados a dar testimonio de la verdad,
como a cuantos desean vivir, según la santa luz de la enseñanza
cristiana, su vida individual y familiar, se dirigen Nuestros
pensamientos, que brotan espontáneos de Nuestros corazón, y que
acogerán con gran reflexión -de ello estamos ciertos- las almas
más rectas y sinceras.
Amados hijos: No, no os prestéis jamás a la falsificación de
la verdad. Horrorizaos de ello.
No os sirváis de esos maravillosos dones de Dios, que son la luz,
los sonidos, los colores y sus aplicaciones técnicas y
artísticas -tipográficas, periodísticas, audiovisuales- para
aniquilar la inclinación natural del hombre a la verdad, sobre
la cual se alza el edificio de su nobleza y grandeza: no os
sirváis de aquéllas para empujar a la ruina las conciencias
todavía no formadas o vacilantes.
Tened sacro terror a difundir aquellos gérmenes que profanan el
amor, disuelven la familia, ridiculizan la religión, sacuden los
fundamentos del orden social que se funda en el dominio de los
impulsos egoístas y en la fraternidad concorde y respetuosa del
derecho individual. Colaborad más bien en hacer que sea cada vez
más puro y menos contaminado el aire que se respira, cuyas
primeras víctimas son los inocentes y los débiles: trabajad por
asentar, con serena perseverancia y con trabajo incansable, las
bases para tiempos mejores, más sanos, más justos, más seguros.
Inalterable confianza
10. Amados hijos: Volvemos de nuevo a la visión de Belén: a
la luz del Verbo encarnado, a su gracia y su verdad, que a todos
quiere conquistar para Sí.
El silencio de la noche santa y la contemplación de aquella
escena de paz, son elocuentísimos. Miremos a Belén con mirada
pura, con abierto corazón.
Junto a este Verbo de Dios, hecho hombre por nosotros, junto a
esta benignitas et humanitas Salvatoris nostri Dei[xxxi], deseamos una vez más dirigirnos con
gran respeto y afecto, especialmente a los más altos
representantes de los poderes públicos, que ocupan su puesto en
los diversos y más importantes puntos del mundo, así como a los
responsables de la educación de las jóvenes generaciones, de la
pública opinión, animando a cada uno a formarse una conciencia
cada vez más madura de sus propios deberes y de su
responsabilidad, a mantenerse en su puesto con sinceridad y con
valor.
Nos ponemos la confianza en Dios y en la luz que viene de El.
Confiamos en los hombres de buena voluntad, al esperar que
Nuestras palabras susciten en todos los corazones rectos una
reacción de viril generosidad.
Ocurre a veces que una voz suave, casi en un tono de profecía,
susurra a Nuestros oídos un aire de exagerado temor, que luego
suscita débiles fantasías.
San Mateo, el primero de los evangelistas, nos cuenta que Jesús,
en el atardecer de una jornada fatigosa, se retiró solo al monte
para orar. La barca de los suyos, parada en el lago, era agitada
por los vientos y, ya de noche, Jesús bajó ligero sobre las
olas, y dijo en voz alta: -Tened confianza y no temáis, porque
soy yo. -Señor, si eres tú, dijo Pedro, haz que yo pueda
llegarme hasta ti, sobre las aguas. Y Jesús le dijo: -Ven. Y
Pedro, bajando de la barca, quiso acercarse al divino Maestro.
Mas por la violencia del viento, tuvo miedo, y, comenzando a
hundirse gritó: -Señor, sálvame. Jesús le extendió al punto
la mano, lo sostuvo y le dijo: -Hombre de poca fe, ¿por qué has
dudado?: modicae fidei, quare dubitasti? Y cuando todos
estuvieron reunidos en la barca, el viento cesó[xxxii].
Amados hijos: también en la noche que pesa sobre el lago, aquel
episodio es de una transparencia encantadora. El humilde sucesor
de San Pedro no siente todavía ninguna tentación de temor. Nos
sentimos fuertes en la fe y, junto a Jesús, podemos atravesar no
sólo el pequeño lago de Galilea, sino también los mares todos
del mundo. La palabra de Jesús basta para salvación y victoria.
Esta es una de las más bellas páginas del Nuevo Testamento. Es
alentadora y llena de feliz augurio. A la luz de esta visión
deseamos poner término a Nuestro mensaje navideño, con dos
palabras del Antiguo Testamento, para expresar vivamente la
sustancia de esta conversación que hace tan dulce el abrirse del
corazón del Padre y del Pastor hacia sus hijitos espirituales.
Es el último episodio del encuentro del santo rey Ezequías con
Isaías, máximo profeta de Israel. Este lo había atemorizado
con las amenazas de una invasión no lejana y de enormes ruinas,
a lo que Ezequías respondió:
"Buen anuncio el que por parte del Señor me has hecho: me
basta únicamente con la paz y la verdad para mis años"[xxxiii].
JUAN
XXIII
[i]Io. 1, 14.
[ii] Io. 1, 3-5.
[iii] Ps. 35, 8-11.
[iv] Cf. De Trin. 15, 11 PL 42, 1071.
[v] Ps. 4, 7.
[vi] Ibid.
[vii] Io. 1, 17.
[viii] Ibid. 8, 12.
[ix] Ps. 39, 12.
[x] Cf.
Ps. 88, 15.
[xi]
Ibid. 90, 5.
[xii]
Ibid. 118, 142.
[xiii]
Ibid. 116, 2.
[xiv] Eccli. 27, 10.
[xv]
Cf. Ps. 118, 151.
[xvi]
Cf. Ps. 83, 12.
[xvii]
Ex. 20, 16.
[xviii]
Zach. 8, 16.
[xix] Authoritatum Sacrae Scripture et Sanctorum Patrum quae in Summa Doctrinae Christianae Doctoris Petri Canisii theologi Societatis Iesu citantur et nunc primum ex ipsis fontibus fideliter collectae ipsis Cathechismi verbis subscriptae sunt. Venetiis. Ex Bibliot. Aldina, 1571, 141.
[xx]Io.
8, 30-32.
[xxi]
Ibid. 39-59.
[xxii]
Ps. 30, 24.
[xxiii] Cf. Prov. 23. 23.
[xxiv] Ibid. 26, 28.
[xxv] Ibid. 28, 21.
[xxvi] Alla S. Romana Rota 25 ott. 1960 A. A. S. 52 (1960) 901.
[xxvii]
Cf. Io. 8, 32.
[xxviii]
Ex. 20, 16: Deut. 5, 20.
[xxix]
S. Th. 1, 16, 1 v. Cf. Avicenna Metaphys. tr. 8, 6.
[xxx]
Ps. 116, 2.
[xxxi]
Cf. Tit. 3, 4.
[xxxii] Mat. 14, 22-32.
[xxxiii] Is. 39, 8.
Radiomensaje por Navidad
21 de diciembre de 1961
Venerables
Hermanos, amados hijos:
Natividad del
Señor, fiesta de paz. Pueden rebuscarse otras resonancias del
gran misterio para expresar la plenitud de la gracia, que en
estos días alegra a todo el que cree en Jesucristo: ya no se
sale de aquel tema.
Este es el
anuncio de Belén: gloria de Dios, paz verdadera e invitación a
que la voluntad humana corresponda a don tan grande. Gloria in
altissimis Deo: pax hominibus: bonae voluntatis[i].
I. El tema
dominante de los Radiomensajes navideños
La literatura
secular de todos los países, por donde pasó la luz de Cristo,
no se extiende más allá de esta triple manifestación, que se
abre a los hombres con la venida del Hijo de Dios a la tierra.
2. Ved que por
cuarta vez, en Navidad, el humilde hijo del pueblo, llamado a la
cumbre del sacerdocio y del gobierno de la Iglesia -dejádnoslo
decir así tal como Nos es habitual el pensarlo- pone su
espíritu, sostenido por la gracia del Señor, al servicio del
gran anuncio de paz.
En los años
precedentes, Nos complacimos en ofrecer a la humanidad entera la
paz de Belén en una triple refracción.
Siempre la paz
de Cristo, pero esplendente en sus más nobles manifestaciones:
paz y justicia, paz y unidad, paz y verdad.
a) Triple
refracción.
3. En la triple
refracción palpita el recuerdo de los principales y más
preciosos bienes de la humanidad. Para recoger el auspicio, y
repetir la felicitación que los hombres se entrecambian en estos
días, nada más expresivo que esta múltiple efusión de
riquezas que el Verbo de Dios, haciéndose Hombre, trajo a la
tierra para redención y exaltación universal.
Amados hijos:
Bien sabéis que intérpretes fidelísimos de la enseñanza
siempre antigua y siempre nueva de las comunicaciones celestiales
son reconocidos los Padres de la Iglesia de Oriente y de
Occidente, cuyas voces se unen y entrelazan armoniosamente.
b) Voces
concordes de los siglos.
4. Una de éstas,
que Nos es familiar desde la juventud, es la de San León Magno,
que, en este año, de nuevo despierta acentos de nuevo fervor. De
San León Magno hemos celebrado, con la reciente encíclica
Aeterna Dei, el XV centenario de su muerte. En las faustas
circunstancias del pasado noviembre, ¡cuán agradable Nos fue
tomar inspiración para Nuestras palabras de este gran Doctor!
También hoy, de sus sermones navideños -que mantienen intacta
la vivacidad de un estilo tan personal- Nos place hacer que se
alce la atención de vuestros ojos hacia la Gruta de Belén.
Escuchad, escuchad:
Generatio... Christi
origo est populi christiani, et natalis capitis natalis est
corporis. Grandes palabras, queridos hijos: "La generación
de Cristo es el comienzo del pueblo cristiano; el nacimiento de
la Cabeza es también el nacimiento del cuerpo". Y prosigue:
"Aunque cada uno de los llamados tenga su grado, y los hijos
de la Iglesia sean distintos en la sucesión de los tiempos, sin
embargo, la totalidad de los fieles nacida en la fuente bautismal...
es engendrada con Cristo en esta Navidad... Por lo tanto, la
grandeza del don que nos ha sido conferido exige de nosotros una
reverencia digna de su esplendor...".
c) Particular
acentuación de este año.
5. Mas ¿qué
podemos encontrar más conforme a la dignidad de la fiesta de hoy
sino la paz, que precisamente en la Natividad de Jesús fue por
primera vez anunciada por los ángeles? Ella es la que engendra
los hijos de Dios, alimentadora de la bondad y madre de la unidad...
La Natividad del Señor es la natividad de la paz, pues dice el
Apóstol: El es nuestra paz...[ii].
La paz de los
hombres buenos y rectos -os diremos, parafraseando el pensamiento
de San León- de lo alto viene y eleva hacia lo alto, no quiere
confundirse con las fáciles inclinaciones de los amadores del
mundo. Ella resiste a todos los obstáculos, y de las peligrosas
deleitaciones empuja al hombre hacia las verdaderas alegrías...
Fundidos, como nos sentimos, en una sola voluntad y en una sola
convicción, y concordes en la fe, en la esperanza y en el amor,
puede ella traernos el Espíritu de la paz"[iii].
d) Auspicio y
augurio.
6. Elevaciones
encantadoras, éstas de San León.
Contienen
detalles precisos de doctrina y de vida práctica.
De hecho, ahí
está todo: Iglesia santa, en todos sus órdenes de fieles,
sacerdocio integérrimo, pontificado supremo en función de
instrumento querido por Dios para la unión de los pueblos, y
unión de los pueblos encaminada a la exaltación verdadera y
duradera de la civilización. Sí: todo cuanto Nos ha tocado
señalar como augurio navideño, en estos tres años de nuestro
encuentro de Belén, todo está ahí. ¿Os acordáis? Ante todo,
conocimiento de la verdad, pax et veritas, que lleva a la
adoración del Hijo de Dios, hecho hombre por nosotros, y a la
aceptación de su mensaje: pax et veritas, que refuerza los
nobles sentimientos, y mantiene los justos propósitos para
conocer la verdad y servirla. Pax et unitas, apremiante
invitación a la fidelidad en torno a esta Cátedra Apostólica,
que es centro de unidad. Luego, pax et iustitia, en esta visión
de la realidad única de la Iglesia, que contiene elementos
preciosos para asegurar la solidez de la trabazón social, y para
celebrar pactos de pacífica convivencia: ora de los ciudadanos
dentro de la misma nación y en las relaciones de trabajo, ora en
el universo mundo que a todos pertenece y a todos debe garantizar
operosidad y tranquilidad de vida.
¿No creéis que
a esta triple iluminación de paz: in veritate, in unitate, in
iustitia, podemos Nos añadir, para esta Navidad, un cuarto rayo:
esto es, la bondad, la pax Christi in bonitate, para nuestra
mayor y más intensa edificación espiritual?
¡Oh! Cuán bien
resultan, y en perfecta irradiación, nuestras elevaciones hacia
el reino glorioso de Cristo en la expresión de la santa Liturgia:
Rex pacificus magnificatus est, cuius vultum desiderat universa
terra. Rex pacificus super omnes reges universae terrae[iv].
II. Regnum
Christi: bonitas Pax Christi in bonitate, por lo tanto.
La primera
visión que nos viene y se nos presenta es la de El, que desde la
cuna de Belén nos invita, anticipando los encuentros de cuando
se habrá hecho adulto, y será respetado y aclamado como Rabbi,
el Divino Maestro, entre las turbas conmovidas y les dirá:
Discite a me quia mitis sum et humilis corde[v].
Esta voz desde
la cuna es la irradiación de la bonitas de Jesús, de la que él
es substancia viva, fuente divina y cuya gracia es magisterio
universal para todo el mundo.
a)
Desconcertante visión.
7. Mas este
magisterio envuelto en humildad y en dulzura, abierto a la
alegría de paz universal, de hecho en el correr de los siglos
permanece como señal de discordia y de obstinada dureza en las
relaciones de los hombres entre sí.
Observando los
acontecimientos que más vecinos nos están, diríase que en
nuestra época la angustia y el miedo determinan una fiebre y un
ardor de mutua indisposición, tal vez inconsciente en muchos,
pero siempre advertida en las relaciones recíprocas: lo cual
lleva a una continua perturbación en las relaciones domésticas
y sociales, nacionales e internacionales.
Tal
comprobación es mucho más dolorosa cuando se piensa que el
Creador en el plan de su providencia ha predispuesto a los
hombres para entenderse, para ayudarse, para integrarse los unos
con los otros: en la fraternal colaboración de programas, en el
paciente arreglo de las diferencias, en la equitativa
distribución de los bienes terrenales: iustitia duce, caritate
comite, según caridad y justicia[vi].
¡Oh, cuán
claras son, a este propósito, las palabras de los Profetas y de
los Salmos, cuando inculcan en nombre de Dios la bondad y el amor!
Mirad, dice Isaías: "Rompe las cadenas injustas, despacha
libres a los oprimidos, rompe todo peso. Reparte tu pan con el
hambriento, acoge en tu casa a los pobres y perdidos; viste al
que vieres desnudo, no desprecies a quien es tu propia carne... Y
el Señor te dará siempre descanso y llenará de esplendores tu
alma"[vii].
b) Espíritu de
contradicción.
8. Si
consideramos el conjunto de las mutuas relaciones tanto dentro de
las naciones como en los encuentros internacionales, podemos
advertir cuán lejos se está aún de la enseñanza divina, que
brilla en los siglos del Antiguo Testamento, y resplandece con
luz perfecta en la plenitud de los tiempos, con la venida del
Divino Maestro. Allí, todo es una invitación a la paz, porque
es proclamada la bienaventuranza de la paz; aquí, por lo
contrario, por debajo de hermosas palabras (aunque a lo menos se
salva la forma, lo cual no siempre se cumple) es muy frecuente el
espíritu de contradicción a la paz.
Es el orgullo
del poderoso que oprime; es la avaricia del que acumula, cerrando
sus entrañas a las necesidades de sus hermanos[viii]; es la insensibilidad del que goza, ignorando
el vasto genio del sufrimiento, que hay por el mundo; es el
egoísmo del que piensa exclusivamente en sí mismo.
Y es que siempre
falta la bonitas Christi. La cual, ante todo, debe aplicar el
antídoto a este espíritu de contradicción y de dureza, una
preparación a la más pacífica valoración de las cosas.
c) Celestial
remedio.
9. En Nuestra
encíclica Mater et Magistra hemos querido subrayar que "cuando
se está animado por la caridad de Cristo, uno se siente entonces
unido a los otros y se sienten como propias las necesidades, los
sufrimientos y las alegrías de los demás. Y en consecuencia, la
conducta de cada uno... -decíamos- no puede menos de resultar
más desinteresada, más vigorosa, más humana, porque la caridad
es magnánima, es servicial..., no busca su interés..., no se
goza con la injusticia, antes se alegra con la verdad, todo lo
espera y soporta todo"[ix].
Por esto
precisamente, la súplica de paz que en este año se eleva desde
la cuna de Belén, quiere ser invocación de bondad, valoración
de la verdadera fraternidad, propósito de sincera cooperación,
que rehuya toda intriga, y todos aquellos elementos disolventes,
que Nos -lo repetimos- llamamos por su nombre, sin eufemismo
alguno: orgullo, avaricia, insensibilidad, egoísmo.
La invitación
quiere ser tanto más apremiante, cuanto que la recíproca
desconfianza es causa del creciente malestar: Pensad: aun el solo
estado de temor, de que son presa las almas, efecto de los
esfuerzos de ostentada violencia y de enemistad fomentada, da
origen al general enfriamiento, y lo extiende cada vez más. En
tal condición es natural pensar en la solemne y grave palabra de
Cristo: como profecía y como amenaza. Refrigescet caritas
multorum: "por superabundar la iniquidad, se enfriará la
caridad de muchos"[x]. El hombre ya no es para el hombre su buen
hermano, misericordioso y amable; antes, se ha convertido en un
extraño, calculador, sospechoso, egoísta.
De donde la
necesidad de proclamar el único remedio, acoger a Jesús de
Belén, Cordero de Dios, que ha venido a quitar el pecado del
mundo[xi];
recurrir a su gracia, practicando su doctrina de misericordia.
d) Irradiación
de la bondad.
10. ¡Oh!
bendita Navidad: encuentro de las almas sencillas, invitación a
purificarse interiormente, porque "ha aparecido la
benignidad y la amabilidad de Dios nuestro Salvador"[xii].
Triste es
deplorar el mal; pero no basta su lamento para eliminarlo. Es el
bien lo que debemos querer, cumplir y exaltar. Es la bondad la
que debe ser proclamada a la faz del mundo, para que se irradie
alrededor, y penetre en todas las formas de la vida individual y
social.
Bueno debe ser
el individuo: bueno, siendo espejo de conciencia pura, donde no
entre la doblez, el cálculo, la dureza de corazón. Bueno, como
entregado a un empeño continuo de purificación interior y de
verdadera perfección; bueno, como fiel a una inmutable firmeza
de propósito, al que corresponda todo pensamiento y toda acción.
Buena la familia:
en la cual el recíproco amor palpite en el ejercicio de toda
virtud. La bondad dulcifica y refuerza la autoridad paterna, y se
difunde por la delicadeza materna: ella también moldea, además,
la obediencia de los hijos, modera su exuberancia, inspira los
obligados sacrificios.
Y es también la
bondad la que debe regir toda expresión de la vida, fuera del
ámbito estrictamente doméstico, pero unida a él: ved, pues,
las distintas aplicaciones, que se le abren, en la escuela de
diversos grados, en las varias instituciones de la vida cívica,
para la ordenada convivencia de los ciudadanos en la tranquilidad,
en el respeto, en la concordia. Todas las relaciones de los
órdenes sociales deben presentar expresión de la bondad, que
también San León Magno recomienda con los más vivos trazos:
"Cumplir injusticia, y devolverla -dice él- es prudencia de
este mundo; mientras no hacer a nadie mal por mal es inocente
expresión de cristiana indulgencia... Se ame, pues, la humildad,
y manténganse los fieles lejos de toda arrogancia. Que cada uno
anteponga su hermano a sí mismo, y nadie busque su propio
interés, sino el de los demás para que, cuando en todos abunde
el afecto de la benevolencia, en ninguno se encuentre el veneno
de la enemistad"[xiii].
Buena debe ser
también la humanidad. Estas voces que resuenan desde el fondo de
los siglos para amaestrarnos aún hoy con modernos acentos,
recuerdan a los hombres el deber que les incumbe de ser buenos:
es decir, justos, rectos, generosos, desinteresados, prontos para
comprender y excusar, dispuestos al perdón y a la magnanimidad.
Como invitación al ejercicio de tal deber, se torna oportuno el
llamamiento -que ha sido la confiada orientación de este Nuestro
radiomensaje- a querer la paz y a eliminar los elementos que la
obstaculizan.
III. Férvido
llamamiento a los responsables de la vida de los pueblos
11. No podemos
creer que la prepotencia humana pueda desbordarse. Junto a
elementos de temor y de aprehensión, hay doquier positivos
reflejos de buena voluntad, constructiva y bienhechora. Mientras
damos gracias al Señor, dador de todo bien, elevamos la
invitación que nos apremia en el corazón: invitación a quien
posee la fuerza económica, a correr todo riesgo, pero no a poner
en peligro la paz y la vida de los hombres; a buscar todos los
medios, que el actual progreso ofrece, para aumentar en el mundo
el bienestar y la seguridad, mas no para difundir desconfianza y
sospecha recíprocas. Y una vez más "con tristeza lo
ponemos de relieve -usamos palabras de Nuestra encíclica Mater
et Magistra- que..., mientras por un lado las situaciones de
malestar se acentúan en extremo y se proyecta amenazador el
espectro de la miseria y del hambre, por otro se utilizan, y a
menudo en gran escala, los descubrimientos de la ciencia, las
realizaciones de la técnica y los recursos económicos para
crear terribles instrumentos de ruina y de muerte".
Invitación a
quienes poseen el arte de formar la opinión pública, o en parte
tienen su monopolio, a que teman el justo juicio de Dios, y
también el de la historia, y a que procedan cautamente, con
respeto y sentido de mesura. No pocas veces en los tiempos
modernos -lo decimos con pena y sinceridad- la prensa ha
cooperado a preparar un clima de aversión, de animosidad y de
ruptura!
Invitación a
los responsables de las Naciones, a quienes en sus manos tienen
los destinos de la humanidad.
Hombres
frágiles y mortales, os están mirando con angustia vuestros
semejantes, que son vuestros hermanos, antes que súbditos. Y con
la autoridad que de Jesucristo nos viene, os decimos: Alejad,
alejad la sugestión de la fuerza; temblad ante la idea de
desatar una cadena imponderable de hechos, de juicios, de
resentimientos, que pueda terminar con actos no previstos e
irreparables. Gran poder se os ha dado, mas no para destruir sino
para edificar; no para dividir, sino para unir; no para hacer que
corran las lágrimas, sino para dar a todos trabajo y seguridad.
Anhelo de
justicia y de equidad.
Ved las varias
aplicaciones de una bondad, que debe extenderse a todos los
campos de la humana convivencia. Esta bonitas es fuerza y dominio
de sí mismos, paciencia con los demás, caridad que no se apaga,
que no se desanima, porque realmente quiere el bien en torno a
sí, según las inmortales palabras de San Agustín[xiv].
Ella "permanece tranquila en las ofensas, bienhechora entre
los odios; en la ira es mansa, es inocente en las insidias; en la
iniquidad gime, y respira en la verdad: inter iniquitates gemens,
in veritate respirans"[xv].
Venerables
Hermanos y amados hijos:
14. Que de la
renovada contemplación del Hijo de Dios hecho hombre, venga a
cada uno de los hombres, con toda su claridad, el mensaje de la
bondad y caridad evangélica. Que sea, para los creyentes,
renovado estímulo para vivirlo en su plenitud, llevando su
ejemplo al mundo angustiado; que para todos los hombres de buena
voluntad sea llamamiento a saludables reflexiones sobre la
constante aplicación de los principios en los que se funda la
ordenada convivencia social.
El humilde
Vicario de Cristo, al hacer resonar su voz, ha querido proponer
con la más persuasiva evidencia el deber común que brota de la
esencia misma de la Navidad.
Al poner fin a
Nuestras palabras, el pensamiento se dirige conmovido a la
humanidad entera, para cuya salvación se encarnó el Verbo
Divino: de modo particular, a los que sufren, a los atribulados
en el espíritu y en el cuerpo, a quien espera justicia y caridad.
A todos va el paternal augurio de todo consuelo.
Mas no podemos
silenciar la angustia de Nuestro corazón: la próxima fiesta
navideña, que ya alborea sobre el mundo, encontrará pueblos sin
paz, sin seguridad, sin libertad religiosa, angustiados por el
espectro de la guerra o del hambre. Por ellos asciende al cielo
Nuestra férvida oración, velada con lágrimas, unida a los
votos paternales para una justa resolución de todas las
dificultades y controversias y a la invitación, que una vez más
repetimos a los responsables de las Naciones, para que por su
unida comprensión se afirmen la justicia, la equidad, la deseada
paz.
Esta palabra de
paz, fundada en la verdadera bondad, va a sellar Nuestro mensaje,
el cual acompaña el saludo de una buena felicitación y el don
de la Bendición Apostólica.
JUAN
XXIII
[i] Luc. 2, 14.
[ii] Eph. 2, 14.
[iii] Cf. Leonis I Sermo 26 (in Nat. Dom. 6) 2,
35; PL 54, 213. 214. 216.
[iv] In Vesp. Nativ.
[v] Mat. 11, 29.
[vi] Pío XII Ep. enc. Sertum laetitiae 1 nov.
1939, Disc. e Rad. 3, 492.
[vii] Is. 58, 6-7, 11.
[viii] Cf. 1 Io. 3, 17.
[ix] 1 Cor. 13, 4-7; A. A. S. 53 (1961) 461.
[x]
Mat. 24, 12.
[xi]
Cf. Io. 1, 29.
[xii]
Tit. 3, 4.
[xiii]
A. A. S. 53 (1961) 448.
[xiv]
Sermo 37 (In Epiphan, sollemn. 7) 4; PL 54, 259.
[xv] Sermo
350, 3 PL 39, 1535.