EN BUSCA DE LA UTOPIA

CONCEPTOS DE UTOP�A
Hist�ricamente, las culturas han elaborado diversas concepciones de c�mo podr�a ser un mundo ut�pico.
Las Utop�as cl�sicas tienen como base el ideal cristiano y musulm�n de la vida m�s all� de la muerte o ideales politicos como la Pax Romana de Augusto y Virgilio.
MARCO AURELIO:
La idea religiosa genera una Utop�a como recompensa y presenta mandamientos de Dios para dar forma y orden a la realidad del momento. La Utop�a est� all�, no aqu�. Por tanto, siempre es un premio no alcanzable en esta vida.
Pero el tema de la victoria de la eventual Utop�a pol�tica aqu� y ahora se refleja en lo que dice Marco Aurelio:
"Las personas deber�an vivir vidas simples, controlar sus emociones, y ser auto-suficientes."
La idea era que la ley perfecta puede reflejar principios de raz�n y justicia y proteger al ciudadano y su propiedad. La raz�n era la esencia y esta ley se aplicaba a todas las personas.
Puedes ver que eran ideas puramente intelectuales, que consist�an en la negaci�n de lo que de hecho era el estado de las cosas en ese momento.
Pero Marco Aurelio ten�a otras cualidades y una visi�n m�s amplia, como se ve en estas palabras:
* La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos.
* Hacen falta pocas cosas para una vida de alegr�a. Todo est� dentro de ti mismo, en tu manera de pensar.
* La primera regla es mantener un esp�ritu de tranquilidad. La segunda es mirar a todas las cosas cara a cara y reconocerlas como lo que son en realidad.
Pero claramente su visi�n de la nobleza y dignidad del ser humano no cambi� a Roma.
PLATON: LA ATLANTIDA Y LA REPUBLICA
Ciertamente durante los �ltimos 2.500 a�os Plat�n ha cautivado la imaginaci�n popular con el mito de la Atl�ntida. Su imaginaci�n, alimentada por el romanticismo del p�blico, ha generado un culto populista, con la pasi�n y la imaginaci�n de los Atlantes enfrentadas contra el an�lisis ortodoxo de la corriente cient�fica moderna.
Pero su obra la Rep�blica es m�s seria y madura.
Normalmente, las ideas de Utop�a surgen de una profundo malestar con las condiciones econ�micas. Pero en la Rep�blica de Plat�n, el descontento no se limita a esas circunstancias. En su examen del entorno pol�tico, no hay casi parte alguna que Plat�n considere sana y correcta.
Las vidas de los ciudadanos de su Estado son diferentes desde el mismo momento de su nacimiento. Est� claro que ten�a una aguda conciencia del valor de los ni�os y de su maleabilidad. Ve�a el peligro de los "pecados de los padres".
En su Estado ideal, a los ni�os se los separaba de sus padres y se los criaba bajo supervisi�n del Estado.
"Los antiguos cuentos de viejas, las tonter�as blasfemas con que las madres enga�an y destruyen la virilidad de sus hijos, deben ser suprimidas. No se tolerar� la poes�a dram�tica ni la imitativa. La educaci�n, el matrimonio, el n�mero de hijos y las ocupaciones de los ciudadanos ser�n controladas por los guardianes y jefes de Estado".
La igualdad de condiciones y carreras es tambi�n esencial para su Rep�blica; las mujeres tendr�n una formaci�n similar a los hombres, sin que haya carreras ni ambiciones vetadas a ellas; cesar�n las desigualdades y rivalidades entre ricos y pobres, porque el Estado proveer� para todos.
El defecto principal de la calidad potencial del Estado bajo mando de los reyes-fil�sofos es que no hab�a ninguna provisi�n para la legendaria orden de Dios "Dar fruto". Plat�n no proyect� la idea de engendrar el fruto de la nobleza en la mente de las personas.
Los sabios de las religiones siempre han supuesto en sus ideas del cosmos que, en el principio de los tiempos, los humanos viv�an en una felicidad completa. Pero esta idea de felicidad se basaba en la falacia de que la felicidad cognitiva era deseable como fin.
Ellos no se daban cuenta del condicionamiento que genera un sufrimiento mental en equilibrio con la felicidad mental. Las dos partes de la mente dual no son un estado natural, de modo que las ideas eran err�neas.
HESIODO
Hesiodo, en el siglo VIII A.C. recogi� la idea mitol�gica de su tiempo y declar� que en la historia de la humanidad hubo cuatro estados progresivamente m�s perfectos que el presente.
Primero vino la Edad de Oro, en la que los hombres viv�an como dioses, sin sufrimiento y libres tambi�n de dolor f�sico. La desgracia de los humanos de hoy en d�a tampoco les amenazaba, y viv�an con cuerpos perfectos en una alegre fiesta m�s all� del alcance de todo mal.
Dice Hesiodo, "mor�an como vencidos por el sue�o, y la tierra fruct�fera les ofrec�a abundantes alimentos sin limite. Viv�an c�modamente y en paz en sus tierras, eran ricos en ganado y amados por los benditos dioses."
Es algo parecido al Ed�n jud�o, pero en este caso no hay una serpiente que genere la Dualidad; fue la diosa Pandora la que abri� la tapa de su caja y permiti� que el Mal inundara la Tierra.
De la Edad de Oro se pas� a la Edad de Plata, a la de Cobre, a la de los H�roes y, finalmente a la Edad de Hierro, en la que el ser humano busca un regreso al estado original.
Y fue esta idea del regreso a una Edad anterior, con todos las bienes de la Era nueva, la que motiv� las ideas de la Utop�a. Y si todo fallaba, siempre quedaba la promesa despu�s de la muerte -claramente s�lo para los que la merec�an.
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UNA EXAMINACION DE PLATON (428-347 A.C.
EL CAMINO A LA DESTRUCCI�N EST� CONSTRUIDO CON INTENCIONES RECTAS
LA VISI�N DEL PASADO GLORIOSO
La era gloriosa de Pericles hab�a terminado y Esparta hab�a vencido a Atenas tras una guerra larga y terrible. El Gobierno ateniense era corrupto en extremo y S�crates, llamado "el m�s noble de los atenienses", fue condenado a suicidarse (es una terminolog�a m�s delicada que la que usamos en nuestro tiempo).
S�crates fue el Maestro de Plat�n, y quiz� fue este "asesinato legal" lo que gener� en Plat�n la idea de una Utop�a. En consecuencia, �l compuso su obra "La Rep�blica".
En su obra, Plat�n presenta a S�crates conversando con amigos y estudiantes sobre la manera de ser justos en las interacciones entre el Estado y los individuos.
�COMO ES ESTE ESTADO PERFECTO?
Era dirigido por un Gobierno de Sabios, defendido por guerreros nobles y valientes y compuesto por una mayor�a de ciudadanos que eran agricultores y artesanos. Era importante que sus costumbres fueran moderadas y s�lo si los individuos guardaban este equilibrio entre sus potencias, pod�a haber un Estado justo. Y quiz� s�lo fuese esta condici�n la que generar�a individuos justos. Si ellos s�lo pensaran en s� mismos y no en la comunidad, todos podr�an estar perdidos.
Y aqu� viene la idea m�s revolucionaria de Plat�n. Era la idea de que la poblaci�n general pod�a disfrutar con la vida con sus productos de cebada y trigo, pasteles de harina y pan de harina cernida. Unos reclinados y comiendo sobre toscos lechos de ramas de mirto o tejo, con alegr�a con sus hijos. Otros bebiendo vino, llevando guirnaldas y cantando alabanzas a los dioses, en la compa��a, naturalmente, de otras.
No faltaban vestidos ni calzados ni casas, pero no procreaban hijos m�s all� de sus posibilidades por temor a la pobreza y a la guerra. La vida entonces no era como el Ed�n, pero socialmente era id�lica, repartida entre el trabajo y el disfrute de los bienes.
Pero los guardianes, el gobierno y los guerreros dedicar�an toda su vida en preparaci�n del servicio. Ellos estudiar�an m�sica y filosof�a. Tambi�n practicar�an gimnasia para el desarrollo sus cuerpos. Los m�s sabios y prudentes asumir�an el rol de gobernar. Entre ellos no hab�a propiedad privada. No pose�an nada porque de esta manera las riquezas no podr�an corromperlos.
Los mujeres y los ni�os era comunes a todos los hombres.
"Ninguno tendr� mujer propia y los hijos ser�n comunes, y el padre no conocer� su hijo, ni el hijo al padre."
Este en supensamientos generaron el estado perfecto para las mujeres, dedicadas a tareas m�s sencillas y ligeras. Los ni�os no eran tampoco eran una preocupaci�n, porque su educaci�n estaba en manos del Estado.
Dec�a Plat�n: "Los mejores de ambos sexos se ayuntar�n con la mayor frecuencia posible y en menor grado los peores".
Su idea era que todos deb�an obedecer, pero vivir�an felices.
Hoy en d�a, con la aparente libertad de este siglo, puedes ver f�cilmente los fallos de su proyecto.
�Qui�n sacrifica hoy en d�a la poca libertad que tiene?
�Qu� mujer sacrifica su propio propiedad (su marido)?
�Qu� hombre d�bil acepta que otros hombres tengan el premio de las mejores mujeres?
Podr�amos seguir con preguntas como �stas sin fin. Pero, al final, la �nica pregunta sin respuesta fue: �c�mo conseguir los cambios necesarios para su Utop�a?
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LAS MEDITACIONES DE MARCO AURELIO
Emperador de Roma
Aqu�, en las Meditaciones de Marco Aurelio, escritas en 167 dC, se presentan dos ideas importantes:
1. Que una Utop�a requiere el desarrollo de las cualidades humanas m�s que ideas sociales de la pol�tica y justicia.
2. Que si las ideas nobles no se transmiten a los ni�os con un ambiente noble, hay un fracaso seguro en el futuro.
Una Utop�a es como un jard�n. Requiere que se lo nutra y proteja contra las malas hierbas...
Al leer, es posible que captes que Marco Aurelio era un hombre noble, pero imag�nate c�mo podr�a ser este mundo si todos los seres fueran tan nobles como �l parece serlo en este libro.
Un mundo as� podr�a ser la "Utop�a Realizada".
"Ah", quiz� digan los aparentamente sabios, "�l tuvo un nacimiento favorable y condiciones perfectas para el desarrollo de esos atributos. �l ten�a cultura, educaci�n, una familia correcta y mucho m�s."
Es cierto y �sa es precisamente la cuesti�n, porque la verdadera Utop�a no es un Utop�a social, religiosa o pol�tica, es una Utop�a de virtud natural.
Es realizable s�lo si cada uno desarrolla las cualidades presentadas en este primer Libro de las Meditaciones de Marco Aurelio y transmite esa sabidur�a natural a todos los ni�os. Por tanto, debemos generar un ambiente favorable para la re-evoluci�n de los adultos y el desarrollo de los ni�os, y si no pueden hacerlo global, nacional o localmente, hay que comenzar con una, dos, tres personas, o con un grupo dedicado a la idea de que la Utop�a es posible.
Pero hay algo m�s que eso, porque Marco Aurelio fue incapaz de generar estas mismas culidades en su hijo Commodus.
Commodus pas� la mayor�a de su vida temprana con su padre en sus campa�as de guerra y s�lo ten�a 19 a�os cuando su padre muri�. Como nuevo emperador parece que fue popular, porque era muy generoso, pero no ten�a el car�cter noble de su padre, o quiz� se sintiera inferior, ya que gradualmente su vida y h�bitos mostraron su megaloman�a.
Mantuvo grandes tensiones con el Senado romano, que lo odiaba, pero lo apoyaban el ej�rcito y el pueblo.
�l comenz� a vestirse como el dios H�rcules, con pieles del le�n, y a llevar un mazo, y tom� a t�tulo de H�rcules oficialmente cierta hora se�alada antes de mediados de septiembre de 192. Por su necesidad de atraerse gloria particip� en espect�culos en el anfiteatro, luchando y derrotando a los gladiadores m�s expertos. Durante sus a�os finales, declar� que su �poca deber�a llamarse la "Edad de Oro."
Pero no fue una Utop�a.
El error de Marco Aurelio estaba claro. Preocupado con su ej�rcito en guerra, nunca transmiti� sus principios a su hijo. Es una lecci�n para todos. No es que la nobleza del ser humano tenga que ser transmitida, es que hay que transmitir una defensa contra las fuerzas sociales externas y contra el poder del desarrollo de una fijaci�n en la Identidad.
LAS MEDITACIONESDE MARCO AURELIO:
LIBRO I
1.
Aprend� de mi abuelo Vero: el buen car�cter y la serenidad.
2.
De la reputaci�n y memoria legadas por mi progenitor: el car�cter discreto y viril.
3.
De mi madre: el respeto a los dioses, la generosidad y la abstenci�n no s�lo de obrar mal, sino incluso de incurrir en semejante pensamiento; m�s todav�a, la frugalidad en el r�gimen de vida y el alejamiento del modo de vivir propio de los ricos.
4.
De mi bisabuelo: el no haber frecuentado las escuelas p�blicas y haberme servido de buenos maestros en casa, y el haber comprendido que, para tales fines, es preciso gastar con largueza.
5.
De mi preceptor: el no haber sido de la facci�n de los Verdes ni de los Azules, ni partidario de los parinularios ni de los escutarios; el soportar las fatigas y tener pocas necesidades; el trabajo con esfuerzo personal y la abstenci�n de excesivas tareas, y la desfavorable acogida a la calumnia.
6.
De Diogneto: el evitar in�tiles ocupaciones; y la desconfianza en lo que cuentan los que hacen prodigios y hechiceros acerca de encantamientos y conjuraci�n de esp�ritus, y de otras pr�cticas semejantes; y el no dedicarme a la cr�a de codornices ni sentir pasi�n por esas cosas; el soportar la conversaci�n franca y familiarizarme con la filosof�a; y el haber escuchado primero a Baquio, luego a Tandasis y Marciano; haber escrito di�logos en la ni�ez; y haber deseado el catre cubierto de piel de animal, y todas las dem�s pr�cticas vinculadas a la formaci�n hel�nica.
8.
De Apolonio: la libertad de criterio y la decisi�n firme sin vacilaciones ni recursos fortuitos; no dirigir la mirada a ninguna otra cosa m�s que a la raz�n, ni siquiera por poco tiempo; el ser siempre inalterable, en los agudos dolores, en la p�rdida de un hijo, en las enfermedades prolongadas; el haber visto claramente en un modelo vivo que la misma persona puede ser muy rigurosa y al mismo tiempo desenfadada; el no mostrar un car�cter irascible en las explicaciones; el haber visto a un hombre que claramente consideraba como la m�s �nfima de sus cualidades la experiencia y la diligencia en transmitir las explicaciones te�ricas; el haber aprendido c�mo hay que aceptar los aparentes favores de los amigos, sin dejarse sobornar por ellos ni rechazarlos sin tacto.
9.
De Sexto: la benevolencia, el ejemplo de una casa gobernada patriarcalmente, el proyecto de vivir conforme a la naturaleza; la dignidad sin afectaci�n; el atender a los amigos con solicitud; la tolerancia con los ignorantes y con los que opinan sin reflexionar; la armon�a con todos, de manera que su trato era m�s agradable que cualquier adulaci�n, y le ten�an en aquel preciso momento el m�ximo respeto; la capacidad de descubrir con m�todo inductivo y ordenado los principios necesarios para la vida; el no haber dado nunca la impresi�n de c�lera ni de ninguna otra pasi�n, antes bien, el ser el menos afectado por las pasiones y a la vez el que ama m�s entra�ablemente a los hombres; el elogio, sin estridencias; el saber polifac�tico, sin alardes.
10.
De Alejandro el gram�tico: la aversi�n a criticar; el no reprender con injurias a los que han proferido un barbarismo, solecismo o sonido mal pronunciado, sino proclamar con destreza el t�rmino preciso que deb�a ser pronunciado, en forma de respuesta, o de ratificaci�n o de una consideraci�n en com�n sobre el tema mismo, no sobre la expresi�n gramatical, o por medio de cualquier otra sugerencia ocasional y apropiada.
11.
De Front�n: el haberme detenido a pensar c�mo es la envidia, la astucia y la hipocres�a propia del tirano, y que, en general, los que entre nosotros son llamados �eup�tridas�, son, en cierto modo, incapaces de afecto.
12.
De Alejandro el plat�nico: el no decir a alguien muchas veces y sin necesidad o escribirle por carta: �Estoy ocupado�, y no rechazar de este modo sistem�ticamente las obligaciones que imponen las relaciones sociales, pretextando excesivas ocupaciones.
13.
De Catulo: el no dar poca importancia a la queja de un amigo, aunque casualmente fuera infundada, sino intentar consolidar la relaci�n habitual; el elogio cordial a los maestros, como se recuerda que lo hac�an Domicio y Aten�doto; el amor verdadero por los hijos.
15. De M�ximo:
el dominio de s� mismo y no dejarse arrastrar por nada; el buen �nimo en todas las circunstancias y especialmente en las enfermedades; la moderaci�n de car�cter, dulce y a la vez grave; la ejecuci�n sin refunfu�ar de las tareas propuestas; la confianza de todos en �l, porque sus palabras respond�an a sus pensamientos y en sus actuaciones proced�a sin mala fe; el no sorprenderse ni arredrarse; en ning�n caso precipitaci�n o lentitud, ni impotencia, ni abatimiento, ni risa a carcajadas, seguidas de accesos de ira o de recelo. La beneficencia, el perd�n y la sinceridad; el dar la impresi�n de hombre recto e inflexible m�s bien que corregido; que nadie se creyera menospreciado por �l ni sospechara que se consideraba superior a �l;
16. De mi padre: la mansedumbre y la firmeza serena en las decisiones profundamente examinadas. El no vanagloriarse con los honores aparentes; el amor al trabajo y la perseverancia; el estar dispuesto a escuchar a los que pod�an hacer una contribuci�n �til a la comunidad. El distribuir sin vacilaciones a cada uno seg�n su m�rito. La experiencia para distinguir cuando es necesario un esfuerzo sin desmayo, y cu�ndo hay que relajarse. El saber poner fin a las relaciones amorosas con los adolescentes. La sociabilidad y el consentir a los amigos que no asistieran siempre a sus comidas y que no le acompa�aran necesariamente en sus desplazamientos; antes bien, quienes le hab�an dejado moment�neamente por alguna necesidad le encontraban siempre igual. El examen minucioso en las deliberaciones y la tenacidad, sin eludir la indagaci�n, satisfecho con las primeras impresiones.
El celo por conservar los amigos, sin mostrar nunca disgusto ni loco apasionamiento. La autosuficiencia en todo y la serenidad. La previsi�n desde lejos y la regulaci�n previa de los detalles m�s insignificantes sin escenas tr�gicas. La represi�n de las aclamaciones y de toda adulaci�n dirigida a su persona. El velar constantemente por las necesidades del Imperio. La administraci�n de los recursos p�blicos y la tolerancia ante la cr�tica en cualquiera de estas materias; ning�n temor supersticioso respecto a los dioses ni disposici�n para captar el favor de los hombres mediante agasajos o lisonjas al pueblo; por el contrario, sobriedad en todo y firmeza, ausencia absoluta de gustos vulgares y de deseo innovador.
El uso de los bienes que contribuyen a una vida f�cil y la Fortuna se los hab�a deparado en abundancia, sin orgullo y a la vez sin pretextos, de manera que los acog�a con naturalidad, cuando los ten�a, pero no sent�a necesidad de ellos, cuando le faltaban. El hecho de que nadie hubiese podido tacharle de sofista, buf�n o pedante; por el contrar�o, era tenido por hombre maduro, completo, inaccesible a la adulaci�n, capaz de estar al frente de los asuntos propios y ajenos. Adem�s, el aprecio por quienes filosofan de verdad, sin ofender a los dem�s ni dejarse tampoco embaucar por ellos; m�s todav�a, su trato afable y buen humor, pero no en exceso. El cuidado moderado del propio cuerpo, no como quien ama la vida, ni con coqueter�a ni tampoco negligentemente, sino de manera que, gracias a su cuidado personal, en contad�simas ocasiones tuvo necesidad de asistencia m�dica, de f�rmacos o emplastos.
Y especialmente, su complacencia, exenta de envidia, en los que pose�an alguna facultad, por ejemplo, la facilidad de expresi�n, el conocimiento de la historia, de las leyes, de las costumbres o de cualquier otra materia; su ah�nco en ayudarles para que cada uno consiguiera los honores acordes a su peculiar excelencia; procediendo en todo seg�n las tradiciones ancestrales, pero procurando no hacer ostentaci�n ni siquiera de esto: de velar por dichas tradiciones. Adem�s, no era propicio a desplazarse ni a agitarse f�cilmente, sino que gustaba de permanecer en los mismos lugares y ocupaciones. E inmediatamente, despu�s de los agudos dolores de cabeza, rejuvenecido y en plenas facultades, se entregaba a las tareas habituales. El no tener muchos secretos, sino muy pocos, excepcionalmente, y s�lo sobre asuntos de Estado.
Su sagacidad y mesura en la celebraci�n de fiestas, en la construcci�n de obras p�blicas, en las asignaciones y en otras cosas semejantes, es propia de una persona que mira exclusivamente lo que debe hacerse, sin tener en cuenta la aprobaci�n popular a las obras realizadas. Ni ba�os a destiempo, ni amor a la construcci�n de casas, ni preocupaci�n por las comidas, ni por las telas, ni por el color de los vestidos, ni por el buen aspecto de sus servidores; el vestido que llevaba proced�a de su casa de campo en Lorio, y la ma yor�a de sus enseres, de la que ten�a en Lanuvio. �C�mo trat� al recaudador de impuestos en T�sculo que le hac�a reclamaciones! Y todo su car�cter era as�; no fue ni cruel, ni hosco, ni duro, de manera que jam�s se habr�a podido decir de �l: �Ya suda�, sino que todo lo hab�a calculado con exactitud, como si le sobrara tiempo, sin turbaci�n, sin desorden, con firmeza, concertadamente.
Y encajar�a bien en �l lo que se recuerda de S�crates: que era capaz de abstenerse y disfrutar de aquellos bienes, cuya privaci�n debilita a la mayor parte, mientras que su disfrute les hace abandonarse a ellos. Su vigor f�sico y su resistencia, y la sobriedad en ambos casos son propiedades de un hombre que tiene un alma equilibrada e invencible, como mostr� durante la enfermedad que le llev� a la muerte.
17.
De los dioses: el tener buenos abuelos, buenos progenitores, buena hermana, buenos maestros, buenos amigos �ntimos, parientes y amigos, casi todos buenos; el no haberme dejado llevar f�cilmente nunca a ofender a ninguno de ellos, a pesar de tener una disposici�n natural id�nea para poder hacer algo semejante, si se hubiese presentado la ocasi�n.
Es un favor divino que no se presentara ninguna combinaci�n de circunstancias que me pusiera a prueba; el no haber sido educado largo tiempo junto a la concubina de mi abuelo; el haber conservado la flor de mi juventud y el no haber demostrado antes de tiempo mi virilidad, sino incluso haberlo demorado por alg�n tiempo; el haber estado sometido a las �rdenes de un gobernante, mi padre, que deb�a arrancar de m� todo orgullo y llevarme a comprender que es posible vivir en palacio sin tener necesidad de guardia personal, de vestidos suntuosos, de candelabros, de estatuas y otras cosas semejantes y de un lujo parecido; sino que es posible ce�irse a un r�gimen de vida muy pr�ximo al de un simple particular, y no por ello ser m�s desgraciado o m�s negligente en el cumplimiento de los deberes que soberanamente nos exige la comunidad.
El haber conocido a Apolonio, R�stico, M�ximo. El haberme representado claramente y en muchas ocasiones qu� es la vida acorde con la naturaleza, de manera que, en la medida que depende de los dioses, de sus comunicaciones, de sus socorros y de sus inspiraciones, nada imped�a ya que viviera de acuerdo con la naturaleza, y si contin�o todav�a lejos de este ideal, es culpa m�a por no observar las sugerencias de los dioses y a duras penas sus ense�anzas;
la resistencia de mi cuerpo durante largo tiempo en una vida de estas caracter�sticas; el no haber tocado ni a Benedicta ni a Te�doto, e incluso, m�s tarde, v�ctima de pasiones amorosas, haber curado; el no haberme excedido nunca con R�stico, a pesar de las frecuentes disputas, de lo que me habr�a arrepentido; el hecho de que mi madre, que deb�a morir joven, viviera, sin embargo, conmigo sus �ltimos a�os; el hecho de que cuantas veces quise socorrer a un pobre o necesitado de otra cosa, jam�s o� decir que no ten�a dinero disponible; el no haber ca�do yo mismo en una necesidad semejante como para reclamar ayuda ajena; el tener una esposa de tales cualidades: tan obediente, tan cari�osa, tan sencilla; el haber conseguido f�cilmente para mis hijos educadores adecuados; el haber recibido, a trav�s de sue�os, remedios, sobre todo para no escupir sangre y evitar los mareos,
y lo de Gaeta, a modo de or�culo; el no haber ca�do, cuando me aficion� a la filosof�a, en manos de un sofista ni haberme entretenido en el an�lisis de autores o de silogismos ni ocuparme a fondo de los fen�menos celestes. Todo esto �requiere ayudas de los dioses y de la Fortuna�.
El haberme tocado en suerte un hermano capaz, por su car�cter, de incitarme al cuidado de m� mismo y que, a la vez, me alegraba por su respeto y afecto; el no haber tenido hijos subnormales o deformes; el no haber progresado demasiado en la ret�rica, en la po�tica y en las dem�s disciplinas, en las que tal vez me habr�a detenido, si hubiese percibido que progresaba a buen ritmo. El haberme anticipado a situar a mis educadores en el punto de dignidad que estimaba deseaban, sin demorarlo, con la esperanza de que, puesto que eran todav�a j�venes, lo pondr�a en pr�ctica m�s tarde.
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