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LOS
INCAS Y OLLANTAYTAMBO
ARQUEOLOGÍA
Y ETNOHISTORIA
Por: Hernán Amat Olazábal
Introducción
El distrito de Ollantaytambo
forma parte de la provincia de Urubamba, departamento del Cuzco. Se halla
a 2750 metros sobre el nivel del mar y a 13° 15' 15" de Latitud Sur
y a 72° 10' 20" de Longitud oeste, distante 78 km. por carretera y
68 km. por vía férrea de la ciudad del Cuzco, capital de
la Región Inka.
Ocupa varios
pisos ecológicos, desde el bosque seco montano bajo hasta las formaciones
nivales. La población urbana se encuentra a orillas del río
Vilcanota (Willkamayo) que forma el valle del Urubamba. El clima se aproxima
a lo ideal para la vida humana y para la actividad agrícola tradicional.
Recibe anualmente 500 a 800 mm. de precipitación pluvial. El ambiente
es seco pero puede variar hasta ligeramente húmedo, cambio ocasionado
por las bajas temperaturas en el invierno y las relaciones de evaporación;
los cambios bruscos de la presión atmosférica ocasionan
fuertes corrientes de vientos a partir del medio día (Tosi, 1960:
p. 101).
El VIII Censo Nacional
de Población de julio de 1981 arrojó una población
total de 6746 habitantes, 3510 hombres y 3236 mujeres, de los cuales 1618
habitan en el área urbana y 5128 en el área rural (Fuente:
Instituto Nacional de Estadística. Censos Nacionales 1981, resultados
definitivos, Tomo I, 1984: p. 108).
Ollantaytambo fue creado
como distrito por ley del 2 de enero de 1857, conjuntamente con el de
Maras. En el gobierno de Manuel Pardo, el 29 de octubre de 1874 se promulgó
la ley que determinó su creación como distrito independiente;
el artículo único de dicha ley dice a la letra:
"Divídase
el segundo Distrito de la Provincia de Urubamba en dos, quedando la comprensión
de Maras hasta la quebrada de Pichingote, como segundo distrito, y Ollantaytambo-
Tambo como tercer Distrito, bajo los límites conocidos desde dicha
quebrada de Pichingote y el estrecho de Patashuayla hasta los confines
de la Provincia de la Convención" (Tarazona, Demarcación
Política del Perú, 1946: pp.).
El 9 de septiembre
de 1905, en el primer gobierno de José Pardo, se promulgó
otra ley cuya finalidad fue anexar la parroquia de Chinchero a la provincia
de Urubamba, y rectificar la distribución y división política
distrital de dicha provincia conformada por Urubamba, Maras, Yucay, Huayllabamba,
Chinchero y Ollanta con su capital Tambo. Posteriormente, con ley N°
9396 del 30 de septiembre de 1941, promulgada un día después,
se elevó a la categoría de distrito de la circunscripción
de Machupicchu que formaba parte de Ollantaytambo (Tarazona, 1946: pp.
791-792,794).
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Período
Prehispánico: La Arqueología
Del mundo andino prehistórico,
saturado de aldeas, llactas, ciudades, templos, pirámides, mausoleos,
collcas y múltiples complejos donde moraban dioses y se celebraban
ritos mágicos, ha quedado para asombro y fascinación de
viajeros, visitantes y científicos el parque arqueológico
de Ollantaytambo que exhibe el esplendor de sus monumentos.
Los estudios arqueológicos
y etnohistóricos definen a este centro correspondiente al período
de Reinos y Señoríos, al período Inca Provincial
y al período del Estado Imperial. El cuadro de periodificación
de la arqueología peruana remonta al período lítico
los orígenes de la evolución cultural andina, hacia los
13,000 años antes del presente. La región Inka es casi seguro
que fue escenario de ese proceso de desarrollo; pero la carencia de investigaciones
sistemáticas que se orienten a los períodos tempranos, no
permite la reconstrucción cabal del mismo.
El interés por
la descripción de los restos arqueológicos de Ollantaytambo
dentro de su jurisdicción, se remonta a los albores de la colonia.
Cieza de León, en 1540 fue el primer cronista en hacer referencia
al pueblo de Tambo (denominación común de la época)
como uno de los centros ceremoniales que fue objeto de grandes saqueos
por parte de los invasores españoles. Luego de mencionar que al
valle de Yucay "los incas lo tuvieron en mucho y venían a él
a tomar sus regocijos y fiestas...", trazó admirado la descripción
de Ollantaytambo:
"Por todas partes
de él se ven pedazos de muchos edificios y muy grandes que había,
especialmente lo que hubo en Tambo, questa el valle abajo tres leguas,
entre dos grandes cerros, junto a una quebrada por donde pasa un arroyo...
En este lugar tuvieron los indios una gran fuerza de las más fuertes
de todo su señorío, asentada entre unas rocas, que poca
gente bastaba a defenderse de mucha. Entre estas rocas estaban algunas
peñas tajadas, que hacían inexpugnable el sitio: y por lo
bajo está lleno de grandes andenes que parecen murallas, unas encima
de otras, en el ancho de las cuales sembraban las semillas de que comían.
Y ahora se ve entre estas piedras algunas figuras de (felinos) y de otros
animales fieros y de hombre con unas armas en las manos a manera de alabardas,
como que fuera curada del paso, y esto bien obrado y primamente. Los edificios
de las casas eran muchos y lo que en ellos había, antes que los
españoles señoreasen, grandes tesoros, y cierto se ven en
estos edificios piedras puestas en ellos, labradas y asentadas tan grandes,
que era menester fuerza de mucha gente y con mucho ingenio para llevarlas
y ponerlas donde están. Sin esto, se dice por cierto que en estos
edificios de Tambo... se halló en cierta parte del palacio real
o del templo del Sol oro derretido en lugar de mezcla... dicen algunos
españoles que en veces sacaron cantidad de oro, Hernando Pizarro
y Diego de Almagro, El Mozo" (Cieza de León, 1922: cap. XCIV,
pp. 298-299).
Líneas adelante,
Cieza hizo referencia a la gran cantidad de riquezas saqueadas en Ollantaytambo,
botín que comparó con "las piezas tan ricas que se vieron
en Sevilla, llevadas de Cajamarca", como parte del fabuloso rescate
de Atahuallpa.
El Inca Garcilaso de
la Vega consignó breve noticia sobre que el Inca (Huiracocha) "mandó
hacer grandes y suntuosos edificios por todo su imperio, particularmente
en el Valle de Yucay y más abajo, en Tampo". Enfatizó
asimismo que "aquél Valle se aventaja en excelencia a todos
los que hay en el Perú, por lo todos los reyes Incas -desde Manco
Cápac, que fue el primero, hasta el último- lo tuvieron
por jardín de sus deleites y recreación" (1945: lib.
V, cap. XVII).
Garcilaso equivocadamente
atribuye a Viracocha la construcción de los monumentos de Ollantaytambo,
cuando el autor y planificador fue su hijo Pachacuti, como reseñaremos
más adelante.
Durante la colonia,
según evidencian documentos inéditos existentes en el Archivo
Departamental del Cuzco, el saqueo, la depredación de los cementerios
y recintos sagrados de los monumentos en Ollantaytambo fue permanente.
La gran cantidad de bloques labrados que se hallan dispersos en varios
sectores quedan como mudos testigos del vandalismo y la insaciable codicia
de oro que caracterizó a los españoles. La búsqueda
de "tesoros" o "tapados", que motivó la destrucción del
monumento, continúa hasta la actualidad.
En el siglo XIX el
mayor interés por los imponentes y célebres monumentos arqueológicos
fue de viajeros y científicos con mentalidad enciclopedista. Francis
de Castelnau (1851), miembro de una expedición francesa a la América
del Sur, destacó la alta calidad de la arquitectura incaica en
Ollantaytambo; Clements Markham (1856) describió con precisión
la fortaleza; Paul Marcoy (1876) presentó excelentes dibujos del
complejo arqueológico, algunos de ellos con cierta dosis de imaginación;
y Ephraim Squier (1877) privilegió en su extraordinario trabajo
la mención a un sitio que lo fascinó sobremanera.
Squier recorrió
el Perú e hizo numerosas anotaciones de viaje con magníficos
dibujos de los restos arqueológicos. Su estudio de los monumentos
de Ollantaytambo reviste gran interés, pues destacó enfáticamente
que "ninguna etapa de mi estadía en el Perú fue más
agradable y provechosa que la que pasé en Ollantaytambo".
Sobre sus andenes o
bancales dejó escrito: "Todo el Valle de Ollantaytambo está
convertido en una especie de jardín por un sistema de terrazas,
que una debajo de la otra descienden por escalones hasta el río,
niveladas como mesas de billar o a lo sumo con la inclinación indispensable
para la fácil irrigación". Hizo luego una sobria descripción
de la fortaleza, señalando que existía dos accesos para
ingresar a ella, el primero cruzando el río Patacancha y ascendiendo
por escalones, y el segundo, por un plano inclinado "de una milla de
largo". Este plano sirvió para el traslado de los gigantescos
bloques de pórfido rosado provenientes de la cantera de Cachicata.
Squier observó que en ese camino "quedan aún muchos de
estos bloques". Anota asimismo que "la vista desde la fortaleza
es en todas direcciones maravillosa, por su variedad, sus contrastes,
su belleza y grandiosidad".
Squier destaca el grupo
más impresionante de piedras consistente en las seis lajas verticales
de granito, ligeramente inclinadas hacia atrás, que sostienen una
terraza, y advierte que estos seis bloques están un poco separados
unos de otros, con los espacios intermedios exactamente ensamblados y
cerrados por listones del mismo material. Todos los componentes de estos
bloques están primorosamente pulidos. Uno de los bloques, en el
dibujo de Squier, muestra el diseño de tres rombos escalonados
de nítida filiación tiahuanaquense.
Este viajero mostró
especial atención por el conjunto de Quello Raqay, que fascinado
por el drama de Ollantay, bautizó como "El Palacio de Ollanta".
Sawyer ha realizado correcciones y observaciones referidas a tal palacio
(1980). El autor de la presente sinopsis, con los auspicios del Plan Copesco
inició a fines de 1994 los trabajos de limpieza, consolidación,
restauración y puesta en valor de este conjunto ceremonial y habitacional.
Squier describió también el conjunto arquitectónico
de Qosqo Ayllu: "Es insuperable la regularidad y el gusto con que fue
edificada la antigua ciudad. Las calles se extienden paralelamente al
arroyo que la surtía de agua, y que estaba y aún está
canalizado con muros de piedra". Admiró la majestuosidad
del Pinculluna y del sólido puente inca sobre el Vilcanota.
Charles Wiener recorrió
los Andes en los años precedentes a la guerra con Chile, y dejó
escrita una monumental obra titulada "Perú y Bolivia", en
la que efectuó un buen acopio de datos sobre la arqueología
de Ollantaytambo, matizándolo con un acertado enjambre de ilustraciones.
Recogiendo las versiones dominantes de la época, repitió
que la fortaleza habría sido construida por Ollantay, "hombre
de guerra y conspirador". Fue precisamente en este pueblo donde Wiener
recibió noticia acerca de la existencia de Macchu Picchu y Huayna
Picchu: "En Ollantaytambo me hablaron de los antiguos vestigios que
había en la vertiente oriental de la cordillera, cuyos principales
nombres me eran ya conocidos, Vilcabamba y Choquequirao. Yo había
visto este último grupo de ruinas en las orillas del Apurímac,
frente a la terraza de Incahuasi. Se me habló aún de otras
ciudades, de Huayna Picchu y de Macchu Picchu, y resolví efectuar
una última excursión hacia el este, antes de continuar mi
camino al sur" (Wiener, 1993: 362).
Wiener presenta un
plano detallado de la fortaleza, por él llamada "Castillo"
y del radio urbano de Qosqo Ayllu, respecto al cual escribió: "Su
plano general es de una regularidad admirable, y por más que sea
evidente que las construcciones pertenecieron a épocas diferentes,
los arquitectos han respetado escrupulosamente el plano adoptado por los
fundadores de la ciudad. Los canales de irrigación... provocan
admiración... fueron tallados en la roca viva, en el flanco a menudo
vertical de la montaña... las grietas fueron tapadas por trabajos
de albañilería, otros, tuvieron varias leguas de longitud,
el agua provenía de los nevados de la cordillera... Una de estas
acequias en el Pinculluna y otra en el cerro de la fortaleza, se hallan
todavía en buen estado de conservación... En la ciudad cada
calle está bordeada por un canal alimentado por las aguas del río
(Pallata - Patacancha) y en las encrucijadas, hay pasajes hechos con losas
esquistosas" (Wiener, 1993: 256- 357).
El sabio italiano Antonio
Raimondi visitó en varias oportunidades el Valle de Urubamba, realizando
estudios geológicos, fitológicos y descripciones arqueológicas
de gran utilidad para los investigadores de la arqueología e historia
de Ollantaytambo. El gran deterioro sufrido por los restos prehispánicos
puede en parte subsanarse con la "reconstrucción" que posibilitan
los datos proporcionados por Raimondi (1864) y otros viajeros. Ernest
Middendorff visitó Ollantaytambo hacia 1881-82. En 1885 publicó
en alemán su obra "Perú", en tres volúmenes,
apreciamos en ella que el viajero alemán quedó profundamente
impresionado por la configuración geográfica y ecológica
de Ollantaytambo, y por la magnificencia arqueológica. Puso de
manifiesto que el monumento y su entorno sobrecogen al recién llegado
llenándolo de admiración, por la grandiosidad del paisaje,
la altura de los cerros y los audaces perfiles de las rocas: "Hay en
este lugar tanto que ver y cosas tan variadas -dijo- que será difícil
ofrecer una descripción detallada de todos los monumentos; pues
entre los lugares del Perú en que se encuentran ruinas incaicas
de mayor importancia, Tampu supera a cualquiera, por su riqueza arqueológica"
(Middendorff, 1954: 396). Siguiendo una secuencia descriptiva casi análoga
a la de Squier, empieza hablando de la fortaleza, "el punto más
interesante de las ruinas"; señala los dos accesos a éstas,
y presenta las medidas de los seis grandes bloques de pórfido rosado,
con mayor exactitud que Squier. De derecha a izquierda son las siguientes:
| Alto |
Ancho |
| 4.00 metros |
2.15 metros |
| 3.90 metros |
2.22 metros |
| 3.85 metros |
1.74 metros |
| 3.85 metros |
1.18 metros |
| 3.80 metros |
1.46 metros |
| 3.80 metros |
1.87 metros |
El grosor de las piedras
de oscila entre 0.80 y 1.50 metros. Middendorff presenta asimismo una
detallada descripción del Pinculluna y del grupo de construcciones
que allí existen: "es ante todo esa imponente mole de roca,
llamado Pinculluna, en la entrada del valle, lo que impone al paisaje
de Tambo su grandioso carácter, pues se yergue con vertientes casi
verticales desde el fondo del valle hasta una altura de más de
2 mil pies" (Middendorff, 1974: 401). Concluye su estudio mencionando
los restos arqueológicos de los alrededores de Ollantaytambo, como
de los Yanacancha y Piscocucho en Phiri.
Entre los estudiosos
modernos citaremos brevemente y en orden cronológico los que consideramos
principales. Hildebrando Fuentes dedicó un capítulo de su
obra para la descripción de las ruinas de Ollantaytambo. Sin embargo,
gran parte del texto es prescindible porque se pierde en la reproducción
de versiones fantásticas acerca de la forma cómo los incas
trataban la piedra, ya sea "amasándola" o empleando sustancias
"raras" para la construcción de los edificios megalíticos.
Luego de esos devaneos,
dice: "Hay pues que aceptar más que las tales piedras fueron
extraídas mediante una labor esforzada y paciente, y que los que
hicieron estas cosas estupendas fueron insignes geómetras, mecánicos
y constructores" (Fuentes 1905: 203). Finalmente postula que los constructores
de la fortaleza "pertenecían a una raza anterior a la incaica"
(Fuentes: 205).
Antonio Lorena puede
ser considerado como el precursor de la antropología física
del Cuzco y en particular, de Ollantaytambo. A principios del presente
siglo reunió más de 150 cráneos en la región,
siete de los cuales fueron extraídos de cementerios de Tambo: predominaban
los cráneos braquicéfalos, con 1318 c.c. de capacidad craneana
de promedio. Lorena consideró varios rasgos típicos y diferenciables
en estos restos óseos de Ollantaytambo y su relación con
restos procedentes de otras áreas. Lo interesante es que refirió
también que de las inmediaciones de la fortaleza extrajo numerosas
momias, lo que por su calidad de "comisionado del museo arqueológico
de la Universidad del Cuzco" pudo conseguir "con muy poco trabajo"
(Lorena, 1909: 164).
José Gabriel
Cosio proporcionó observaciones precisas sobre las diversas manifestaciones
artísticas de Ollantaytambo: "La población actual
-señaló por los años veinte- está sobre
los muros de la antigua y sus calles son auténticamente incaicas.
Conservan sus muros, sus portadas y muchos detalles de su primitiva traza.
Pasear por esas calles y salir por sus caminos es figurarse estar caminando
en un ambiente netamente incaica" (Cosio, 1924: 100). Describió
también las pinturas rupestres de Inca Pintay: "se ve en la
roca una pintura indeleble que representa un soldado indio en la actitud
de lanzar una flecha hacia Ollantaytambo" (Cosio, 1924: 104).
Hiram Bingham (1913,
1916, 1956) y O. F. Cook (1916), director y miembro de la Cuarta Expedición
de la National Geographic y Universidad de Yale al Urubamba, respectivamente,
publicaron sendos informes sobre su permanencia en Ollantaytambo. El primero
estableció allí su centro de operaciones desde antes del
trascendental descubrimiento de Macchu Picchu en 1911 y sus incursiones
a Rosaspata, Vitcos, en la lejana Vilcabamba. Eligió como depósito
de los materiales arqueológicos producto de sus exploraciones,
un recinto de típica manufactura incaica ubicado frente a la gran
plaza llamada Mañay Raqay o K'uychipuncuy (Plaza de las peticiones).
Dicho recinto, hoy en deplorable estado de conservación, pertenece
a la familia de Mario Salas y Elsi Farfán. Bingham presentó
excelentes fotos de las andenerías del cerro Pinculluna y de la
moderna plaza de Ollantaytambo. Mostró especial interés
en la función que cumplían las Pajchas, una de ellas hoy
conocida como el "Baño de la Ñusta".
En su ya clásica
obra "La ciudad perdida de los Incas", Bingham mencionó
su estancia en Ollantaytambo en su travesía de Vitcos. Recordó
haber visto en Ollantaytambo "edificios en forma de caballete triangular";
al referirse a los edificios de Pinculluna, compartió la idea generalizada
de que eran "prisiones" o "monasterios", colgados aquí
y allá en casi inaccesibles pendientes sobre la aldea. "Abajo
escribió- se ven anchos terraplenes que perdurarán por
los siglos venideros como monumentos de la energía y habilidad
de una raza desaparecida que fue experta agricultora" (Bingham, 1956:203).
Cook incidió
fundamentalmente en el estudio de los numerosos y extensos espacios creados
para la construcción de bancales o terrazas con fines agrícolas,
los sistemas hidráulicos y el manejo de suelos de alto rendimiento
económico, en los que se obtenía abundantes cosechas de
maíz y otros productos (Cook, 1916: 475 y ss).
Luis A. Llanos realizó
por 1936 las primeras excavaciones sistemáticas en el conjunto
denominado "La Fortaleza". Los trabajos aurorales de Llanos consistieron
en la restauración de los catorce andenes que rematan en la parte
superior de Ollantaytambo; y en el descubrimiento de una estructura ceremonial
con 26 hornacinas, y otra de 7, situadas ambas en la cúspide de
la escalinata central, también restaurada por él en la limpieza
de corredores: trabajó asimismo en habilitar ductos de agua; y
halló también varias cámaras funerarias, algunas
de ellas intactas y en su mayoría profundas.
Encontró además
un mausoleo y tumbas suplementarias ubicadas hacia el noreste de la fortaleza;
para su emplazamiento previamente debieron cortarse amplios bloques de
roca. El ajuar funerario obtenido en estas tumbas, especialmente alfarería
incaica y tejidos, se exhibe en el Museo Antropológico de la Universidad
del Cuzco (Llanos, 1936: 223 y ss). El informe de Llanos ofrece referencias
escuetas sobre las ruinas de Pinculluna, Quello Raqay, Chocana, Salapuncu
y las de Choqueaquilla situada en Pachar; de ésta destaca que "a
la entrada de la cueva se levanta una roca negra tallada con diseños
geométricos análogos al "Baño de la Ñusta"
de Ollantaytambo" (Llanos, 1936: 156).
Ubbelohdy Doering (1941)
y Emilio Harth-Terré (1934, 1943, 1947, 1965) relevan la planificación
y la concepción arquitectónica de los Incas, señalando
a Ollantaytambo como a uno de sus más grandes exponentes.
Harth-Terré
(1936: 161 y ss.) estudia detenidamente las canteras de Cachicata y aborda
los temas de extracción, traslado y juntura de los materiales pétreos.
Levanta el primer plano del grupo habitacional de Cachicata donde habrían
vivido los canteros. Postula, además , que el complejo arquitectónico
de la fortaleza de Ollantaytambo habría sido edificado o dirigido
por los eminentes arquitectos Apu Huallpa Rimachi, Maricanchi, Acahuana
y Callancuchuy, quienes según Garcilaso, concibieron Sacsayhuamán
y los recintos más relevantes de la capital imperial (Ibíd.:
165).
Luis A. Pardo (1937,
1946, 1957) realizó trabajos de campo y reconstrucción en
el complejo arqueológico de Ollantaytambo. Uno de sus artículos
más importantes trata, en forma detallada, sobre cada uno de las
19 unidades arquitectónicas en las que divide "Ollantaytampu,
una ciudad megalítica" (1946), título de su estudio
en mención.
El orden en que Pardo
describe las 19 unidades, que posteriormente se siguió en su nomenclatura,
es el siguiente: Las murallas; Incahuatana; Pumamarca; Canteras de Cachicata;
Piedras abandonadas; Las Chullpas de Cachicata; El Puente de Ollantaytampu;
Ñustacctiana; Incamisana; El Baño de la Ñusta; los
edificios de Pinculluna; La Plaza Manyaraqui; Vestigios del antiguo pueblo;
Edificios de Patacalli; La Fortaleza; El Templo Solar; Galerías
de Piedras Escudiformes; Terrazas Agrícolas; y Fortines exteriores
(Pardo, 1946: 48).
El estudio que comentamos
marcó un hito en la arqueología de Ollantaytambo; los planos
de varios de los sectores y las ilustraciones topográficas y croquis
arquitectónicos son muy útiles. Consideramos que sus observaciones
referentes a las "terrazas agrícolas" sentaron las bases para las
investigaciones que luego se realizaron con los auspicios del Plan Copesco
y la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Citemos tales observaciones:
"Por donde quiera
que se extienda la vista de esta ubérrima zona de Ollantaitampu,
invadiendo los cerros más empinados, penetrando hacia las quebradas
o extendiéndose por las planicies, se ve la multiplicidad de andenes
de cultivos, cuyos caracteres principales son: el de ser muy anchos, largos
y sobre todo adoptando diversas formas geométricas, hay andenerías
en forma de greca, de formas cuadradas y concéntricas en ángulos
rectos, etc. etc. y el lugar por excelencia en donde se puede hacer estudios
al respecto, es la hacienda Compone, dentro de los límites urbanos
de Ollantaitampu; allí las terrazas presentan la magnificencia
de sus muros, los cuales están ensamblados con impecable maestría,
los saltos de agua con sus amortiguadores de piedra, las escalinatas que
conducen a una y otra terraza y finalmente la maravillosa distribución
del líquido elemento hacen de todos estos sitios un edén
de delicias. La tierra vegetal de los andenes es de inmejorable calidad
y probablemente, como que debe ser cierto, estaba destinada para el cultivo
del maíz porque la región es productora de este noble elemento
de los incas" (Pardo, 1946:70).
Antonio Astete Abril
(1952) describe el conjunto arqueológico en función de la
nomenclatura indígena de las calles de Qosqo Ayllu y la morfología
urbana, indicando que el pueblo tiene la forma de trapecio. En contraposición,
los hermanos Elorrieta (1992) postulan la forma de una mazorca de maíz.
Según Astete, el trapecio está constituido por siete calles
transversales y cuatro longitudinales principales; de éstas, dos
calles principales estaban en los extremos del pueblo: Llaricalle que
enmarca el pueblo por el suroeste y servía de acceso hacia el valle
de Lares, y Patacalle en el lado opuesto a la anterior orientado hacia
los bancales de Pomatallis. Es interesante anotar que de la plaza central
del conjunto urbano incaico partía una calle denominada Pachar.
Indicaría esto que Pachar y Ollantaytambo formaban un continuo
y político económico, pues la proyección de los bancales
o andenerías y un camino enmarcado desde Pachar a Ollantaytambo
así pareciera evidenciarlo (Astete, 1952: 217).
Víctor von Hagen
(1958), presentó una guía práctica de corte turístico
de los principales exponentes arqueológicos de Ollantaytambo. J.
Ogden Outwatter Jr. (1959, 1978) hizo por su lado un detenido estudio
sobre las características tecnológicas de la edificación
de la "fortaleza de Ollantaytambo". Una vez más, un especialista
de la talla de Outwatter, centra su atención en las canteras de
Cachicata, el sistema de transporte de los enormes bloques de este lugar,
el trabajo del labrador lítico y las técnicas del encaje
de las piedras para conformar parámetros de extraordinaria solidez
y belleza.
Al referirse al imponente
edificio de "La Fortaleza" concluye en lo siguiente: "En este edificio
pueden observarse algunos ejemplos sobresalientes de la ingeniería
y técnica de cortar piedra de los incas. En el área de la
fortaleza existe un considerable número de andenes de carácter
defensivo y agrícola. En ellos puede apreciarse un fino trabajo
en piedra, semejante al del "Templo del Sol" en el Cuzco, y tal vez de
mejor calidad". Y añade: "Los ejemplos más significativos
del trabajo incaico son las enormes lajas y bloques de pórfido
rojo colocados en el sitio... la de mayor volumen pesa casi 45 toneladas...
con la característica precisión de los trabajos incaicos
en piedra, están encajadas en la roca y piedra adyacentes. La unión
es de una absoluta precisión..." (Outwatter, 1978: 581- 582).
Es indudable que las
apreciaciones de este autor respecto de la cantería inca, han servido
de base para investigaciones ulteriores. Ha sido motivo de preocupación
constante la intrincada técnica del ensamblaje de los grandes y
pequeños bloques. Outwatter, adelantó que la técnica
para lograr este impactante enjambre concentrado de piedras graníticas
fue la percusión, y también "pueden haberse utilizado
el pulido y la abrasión para embellecerlas en su acabado final"
(Outwatter, 1978: 588).
Ann Kendall (1974,
1976 a, 1976 b, 1979, 1984, 1991 a, 1991 b, 1994) realiza trabajos de
campo en el área del valle de Urubamba por espacio de cinco lustros.
En ese dilatado tiempo ha contribuido al esclarecimiento de una serie
de interrogantes sobre la problemática incaica. Los proyectos de
Kusichaca y Patacancha dirigidos por esta investigadora inglesa son muy
encomiables. El objetivo esencial de sus trabajos estuvo centrado en el
estudio de canales de irrigación, secundada por Ian Farrington
y Guido Huamán, en la rehabilitación de canales que sirviesen
las comunicaciones rurales modernas, trabajos que estuvieron supervisados
por Helen Keeles, y en el análisis edafológico concentrado
en terrazas prehispánicas y sistemas agrícolas, señalando
pautas para su rehabilitación.
El proyecto Cusichaca,
nombre éste del valle interandino ubicado entre los distritos de
Ollantaytambo y Macchu Picchu, comprendió investigaciones en los
sitios arqueológicos de Patallacta, Pulpitoyoc, Huillca Racay y
Quisuarpata. Otro aspecto que abordó fue el análisis de
la cerámica procedente de estos sitios (Kendall, 1974, 1984, 1984a).
Uno de los trabajos
sistemáticos más importantes de este investigador contiene
un minucioso análisis de las formas arquitectónicas del
Período Imperial Inca. Constituye un inventario de más de
55 sitios distribuidos en el Perú, Bolivia y Ecuador (Kendall,
1976: 15 y ss.).
En el caso específico
de Ollantaytambo, Kendall habla del "Fuerte de Ollantaytambo" y
del "Palacio". En su análisis pormenorizado de cada uno
de sus componentes no incluye la existencia del acllahuasi (Kendall, 1976:
66 y ss.).
Las investigaciones
arqueológicas de Kendall en el valle de Patacancha, en el sitio
específico de Pumamarca son igualmente de sumo interés.
Los resultados finales precisan la diferenciación de tres estilos
de la cerámica, agrupados en cuatro fases (Kendall, 1994).
Juan de Dios Yábar
Pacheco (1970) realiza un detenido estudio acerca de los "Monumentos
Arqueológicos de Ollantaytambo", que le sirvió de tesis
sustentada en la Universidad Nacional de San Antonio de Abad del Cuzco.
Este trabajo inédito contiene un análisis detallado de cada
uno de los sectores que integran el complejo arqueológico de Ollantaytambo.
Yábar, oriundo del lugar, quechuablante, nos presenta una terminología
y nomenclatura que debe aproximarse más a la seguramente empleada
en períodos pasados. Destacan sus descripciones de la "fortaleza
adoratorio de Tamboq'asa" (Yábar, 1970: 56 y ss.); los de Manyaraki
(que comprende los sitios de Ñustatiana, Incamisana) y Araqama
(Baño de la Ñusta, Portada de la Plaza y Palacios) (Yábar,
1970: 70 y ss.). Mención aparte merecen las descripciones de Qosqo
Ayllu (dividido en los edificios de Patacalli, Chaupicalli, Hornacali,
Laricali, La Gran Plaza, Pillkuhuasi y Puñuycancha), y los de Pinculluna
y Qello Raqay (Yábar, 1970: 86 y ss.). Concluye su estudio con
las detalladas descripciones de Maskapampa (donde agrupa a Punkapunku,
Inka Pintay, Tiupunka y andenerías vecinas).
Es de interés
citar las apreciaciones que hace sobre los bancales agrícolas de
Compone: "estas terrazas son, sin duda, la admiración de toda persona
estudiosa que observa; se puede apreciar la maestría y precisión
con que han sido construidas; a lo lejos se aprecia una especie de abanico
verde de gigantescas proporciones... A nuestra manera de ver -agrega acertadamente-
parece que estas tierras pertenecían al Dios Sol o al Inka... la
construcción de estas terrazas representa la inversión de
gran cantidad de mano de obra en una extensión de más de
150 topos" (Yábar, 1970: 154). El autor se refiere a la Pirámide
denominada de Pacaritambo, ya avizorada por él y anteriormente
por Pardo (1964), Luis E. Valcárcel (1926) y estudiada por los
Elorrieta (1992).
Arminda Jibaja (1984a,
1984b), es sin duda una de las arqueólogas que más trabajos
de campo ha realizado en el área de Ollantaytambo, pero lamentablemente
no se conocen los resultados de los mismos. Los dos artículos que
ha publicado son muy breves; el segundo (1984a) nos habla de una "secuencia
cronológica de Ollantaytambo", trata de la arquitectura de
Aracama Ayllu y de un vago estilo Neo Inka (Jibaja, 1984: 228, 234 y ss.).
Victor Angles Vargas
(1988), en el segundo tomo de su frondosa obra acerca de la "Historia
del Cuzco Incaico", describe a lo largo de 70 páginas cada
uno de los sectores del Parque Arqueológico de Ollantaytambo, y
subraya que "es uno de los más peculiares y sorprendentes...
por la multiplicidad de tipos arquitectónicos y la singularidad
de cada uno de ellos". Acota que hasta la fecha no se ha llegado "al
total conocimiento de las técnicas empleadas en la construcción
de descomunales muros... Cada piedra trabajada es una obra de arte independiente
en relación a las otras..." (Angles, 1988: II,7). El texto,
además se halla profusamente ilustrado con fotografías originales,
planos y grabados reproducidos de las obras de viajeros del siglo pasado
y autores modernos. Aborda a menudo temas etimológicos de la nomenclatura
de los sectores con fines ilustrativos.
En lo referido al sitio
de Pinculluna o Pincuylluna y su contenido, Angles discute la función
que debieron haber cumplido los edificios de piedra y barro, enlucidos
con arcilla amarilla resistente. Descarta atinadamente las diversas afirmaciones
dominantes en el vulgo sobre tales estructuras situadas en una pendiente
muy escarpada. Dice que "no fueron cárceles", "no fueron
escuelas", "no fueron hospitales", postulando en cambio que esas agrupaciones
de edificios "fueron viviendas y talleres artesanales" (Angles,
1988: 67). En otro acápite sugiere también que "los edificios
grandes del cerro Pincuylluna pudieron ser alojamiento colectivo para
los ejércitos imperiales" (Angles, 1988: 69). Nosotros consideramos
que la distribución espacial de estas estructuras muestra tal estrechez
que no pudieron utilizarse para "alojamiento de ejércitos".
Su configuración se orienta hacia una función de depósitos
de semillas de carácter ritual. Como en los estudios precedentes
sobre Ollantaytambo, Angles concluye con una breve referencia al drama
de Ollantay, tema que será abordado en el desarrollo de los acontecimientos
del siglo XVIII, donde apareció la primera versión de esta
subyugante pieza literaria.
Jean-Pierre Protzen
(1985, 1991, 1993) merece atención especial por su gran aporte
al esclarecimiento y demostración de las técnicas aplicadas
en la cantería incaica. Gracias a sus pacientes y minuciosos trabajos
de experimentación y observación atenta pudo resolver los
aspectos fundamentales sobre la extracción, desbastado, transporte
y ajuste de los bloques líticos de la arquitectura de Ollantaytambo.
En su obra definitiva,
Architecture and Construction of Ollantaytambo (1993), Protzen
aborda con profundidad, lucidez y dominio todos estos temas. El autor
afirma que varios indicios señalan que la extracción de
los materiales constructivos tuvo gran importancia entre los incas. Las
canteras, como es el caso concreto de Cachicata, se hallaban en lugares
lejanos y de difícil acceso. En la explotación de este tipo
de cantera radicaba la alta estima que se tenía "de los bloques
extraídos de allí..." (Protzen, 1983: 137 y ss.).
Otra de las preocupaciones
de Protzen es la identificación de las herramientas utilizadas
en el desbastado de las silleras de las canteras de Cachicata. Remarca
que la mayoría de esos extraños instrumentos eran guijarros
procedentes del río Vilcanota: "Unos cuantos de estos martillos
eran cuarcita pura, otros eran granito y alguno olivino basáltico"
(Protzen, 1991: 81). El hallazgo de estos instrumentos le permitió
experimentar el proceso completo de la cantería, desde la extracción
del sillar, la formación de cinco bordes y el acabado de tres caras,
todo ello logrado en corto tiempo.
El siguiente aspecto
que Protzen ha estudiado es el del transporte. Al respecto, hizo una serie
de observaciones de los bloques líticos que se hallan dispersos
por los alrededores de Ollantaytambo. Éstos muestran peculiares
marcas pulidas, que son más o menos paralelas a las estrías
longitudinales. La dirección con que esos bloques fueron arrastrados
puede determinarse basándonos en sus caras más anchas; la
presencia de señales de arrastre no elimina la posibilidad del
empleo de rodillo en las pendientes de las rampas; sin embargo -afirma
el autor-, "no se han encontrado pruebas materiales de tales instrumentos"
(Protzen, 1991: 83, 1993: 177).
El despliegue de la
fuerza de trabajo en el transporte es tratado igualmente con objetividad,
tomando como base la impresionante rampa de Ollantaytambo que culmina
en la cima del centro ceremonial. Protzen precisa que "la fuerza requerida
para arrastrar un sillar depende del coeficiente del rozamiento existente
entre la piedra y el material del que está construido la rampa,
de la pendiente de la misma y del peso del sillar" (Protzen, 1991:
83).
Al averiguar el coeficiente
de fricción, la medición de la pendiente de la rampa de
Ollantaytambo es de diez grados; considerando que el mayor bloque pesa
alrededor de 140 toneladas, y considerando que un hombre aporta una fuerza
constante de 50 kilos, se concluye que serían necesarios 2800 hombres
para transportar dicho bloque megalítico hasta la cima de la rampa
(Protzen, 1991: 83, 1993: 178 y ss.).
La preocupación
esencial de Protzen, y quizás el aspecto más intrigante
de todos, se refiere al método empleado para el ajuste preciso
de los sillares en un paramento. Argumenta que la técnica inca
para ajustar los sillares "se basaba en la ley de ensayo y error".
Indudablemente un método muy laborioso, especialmente si se considera
los enormes bloques utilizados en la arquitectura de Ollantaytambo. Se
debe tener en cuenta la gran cantidad de mano de obra de que disponía
el Estado incaico y la noción del tiempo andino, que es muy distinto
a los del europeo. La hipótesis de Protzen hallan base en las referencias
del padre Acosta, cronista acucioso de fines del siglo XVI, quien escribió:
"Todo esto fue hecho con mucha mano de obra y con grandes sufrimientos;
para lograr el ajuste entre las piedras hubo que efectuar muchos intentos"
(Acosta, 1954: 194).
En otro acápite
diría: "Los edificios y fábricas que los Incas hicieron
en fortalezas, en templos, en caminos... fueron muchos y de excesivo trabajo
como lo manifiestan hoy las ruinas y pedazos que han quedado, como se
ven en Cuzco, en Tiahuanaco y en Tambo (Ollantaytambo)... donde
hay piedras de inmensa grandeza, que no se puede pensar cómo se
cortaron, trajeron y asentaron donde están" (Acosta, 1954:
193-194).
Luego de este breve
recuento de los personajes que han contribuido al estudio de la arqueología
de Ollantaytambo, trataremos escuetamente sobre nuestras observaciones
y análisis referentes a la arquitectura en general y a la alfarería,
vista cronológicamente, además de otros importantes aspectos.
Al contemplar las diversas
expresiones arquitectónicas del complejo arqueológico de
Ollantaytambo, nos invade de inmediato una suspensión del ánimo;
la masa de piedra, enigma labrado, paraliza nuestra mirada. No importa
cuál sea la sensación que sucede a ese instante de inamovilidad:
admiración, entusiasmo, curiosidad, estupor; la realidad, una vez
más, sin cesar de ser lo que es, parece mostrarse como aquello
que está más allá de lo que vemos.
Entre los rasgos de
la civilización andina están la originalidad, el aislamiento,
la homogeneidad en el espacio y la continuidad en el tiempo. La continuidad
en el tiempo no es menos notable que la unidad en el espacio; con cinco
mil años de existencia desde el nacimiento de las aldeas en el
neolítico hasta el colapso en el siglo XVI. Los arquetipos culturales
fueron esencialmente los mismos, desde Chavín hasta la vertiginosa
expansión de los Incas y su derrumbe final en 1572.
El arte incaico que
se presenta en Ollantaytambo es una lógica de las formas, las líneas
y los volúmenes; y es, asimismo, una cosmología. Para el
artista inca el espacio es fluido, es tiempo vuelto expresión y
el tiempo es sólido: un bloque de granito rosado. Espacio que transcurre
y tiempo fijo: dos extremos del movimiento cósmico. Es indudable
que los incas fueron grandes constructores, y no sólo porque hayan
creado edificios como Coricancha, Sacsahuamán, Macchu Picchu, Ollantaytambo,
Choquequirao y otros, sino porque sintieron y comprendieron la arquitectura
desde la raíz, desde el plano, desde la esencia de lo constructivo.
Ollantaytambo es arquitectura
de espacios cerrados y vacíos. Los edificios y murallas delimitan
y constituyen una cantidad espacial. La construcción individual
está concebida en función de esta unidad y queda absorbida
por ella. En Ollantaytambo, el espacio vacío es lo que rige la
masa, la forma e incluso la situación de templos, altares, palacios,
estructura piramidal y bancales. La vivencia de Ollantaytambo está
precisamente en lo que encierran las construcciones y cómo lo encierran;
en cómo éstas se funden en un acorde sonoro y grandioso.
Una planificación única y singular por la forma en que está
concebida y realizada. Las expresiones arquitectónicas cobraron
aquí un aliento de sublime majestad, como si los Incas hubieran
querido expresar con la piedra, las ideas de eternidad y grandeza con
que concebían a sus divinidades. Allí están Qosqo
Ayllu, La Fortaleza y la Gran Pirámide.
Los edificios de Ollantaytambo
dan la impresión de haberse sujetado, generación tras generación,
a un mismo plano, un mismo espíritu, una misma intención
creadora, un mismo ethos artístico. Tales rasgos presidieron
las construcciones durante sus diversas etapas, tradición que nunca
llegó a degenerar, que permaneció viva porque permanecieron
vivos el afán de monumentalidad y la grandeza de la concepción
artística.
Aquellos arquitectos
geniales no se contentaron con levantar el recinto del templo sobre la
montaña, a 100 metros por encima de la ciudad moderna de Ollantaytambo,
transformaron la cima de la montaña y sus vertientes escarpadas.
Dos barrancos en los extremos suroeste y sureste quedaron convertidos
en sendos caminos. Casi toda la montaña rocosa fue sometida a un
cambio radical. También los alrededores quedaron transformados
a gran escala para la construcción de la Gran Pirámide.
La homogeneidad del conjunto no comienza donde se levantan los muros de
la Plaza de Mañay Raqay rodeados de palacios y recintos sagrados
(Plaza de las Peticiones); abarca mucho más, en torno al centro
ceremonial y administrativo, hay toda una zona sagrada, sembrada de tumbas
saqueadas y nichos sepulcrales subterráneos.
En las estructuras
de La Fortaleza-Templo-Santuario, en el Incamisa en Qosqo Ayllu, en los
edificios de Pinculluna, en Quello Raqay y en los sistemas de andenerías
de Ollantaytambo, parece imperar un sentido del orden y de lo eterno,
puede encontrarse una coherente organización de los volúmenes,
un adecuado arreglo de patios y plazas a diferentes niveles, un impresionante
conjunto piramidal, una agradable organización de espacios por
medio de calzadas, escalinatas, calles, pórticos, altares, observatorios
astronómicos, ductos, canales, puentes, collcas, etc. Todo ello
constituía la expresión de un conjunto de relaciones humanas
que se fundían en un organismo total, o, en otros términos,
era el tejido de una sociedad de individuos y no un simple arreglo ordenado
de construcciones.
Se debe destacar también
el aspecto del color y de la ornamentación de los edificios hechos
de piedra y barro. Predomina el empleo de la arcilla amarilla para el
revestimiento de las paredes, y el enlucido rosado en algunos casos, cuya
función ornamental recreaba la vista y servía para ligar
a las unidades construidas dentro de un conjunto visual armónico,
lo cual nos induce a pensar que en aquellos templos, la pintura y la escultura
estaban estrechamente ligadas a la arquitectura. Pintores, escultores,
canteros y arquitectos trataban en común para la realización
de sus obras, ello contribuyó a la perdurabilidad de ellas.
Cieza de León
(1922, 1967), Betanzos (1987), Cobo (1964), Santa Cruz Pachacuti (1993)
y otros cronistas, coinciden en afirmar que las estructuras megalíticas
de Ollantaytambo fueron edificadas por especialistas altiplánicos,
herederos de la tradición tiawanaquense, traídos por los
incas, especialmente por Pachacuti, quien, como se dijo, fue el reconstructor
de Ollantaytambo.
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Qosqo
Ayllu y el urbanismo incaico
Es comúnmente aceptada
la afirmación que la revolución urbana y el concepto de
ciudad acompañaron al surgimiento de las civilizaciones en los
fértiles valles del Nilo, del Tigris, del Eufrates y del Indo.
La interpretación todavía ampliamente aceptada de Gordon
Childe, acerca de una revolución urbana durante el cuarto milenio
a.C. en el Cercano Oriente, y forzadamente aplicada al Perú por
algunos arqueólogos, no explica, como él mismo reconoció,
la formación de ciudades preincaicas, incaicas, aztecas y mayas,
que presentaban características religiosas y políticas significativas
similares, pero que carecían esencialmente de muchas de las ventajas
geográficas e invenciones técnicas que Childe y otros establecían
como necesarias.
La concepción
andina de urbanismo fue muy distinta a la del viejo mundo. La llajta incaica
tuvo funciones múltiples pero bien definidas. Tenía como
base la organización social del ayllu, que a su vez se fundaba
en vínculos consanguíneos y descendientes de un tótem
común o de una pareja de antepasados remotos. Conformaba una familia
extensa e integrada por varias familias nucleares que habitaban en las
canchas, análogas a las "manzanas" de origen medieval trasplantadas
por los europeos. Según Cunow, El Cápac Ayllu, y Cunow (1933:
42) el Qosqo pertenecía a la nobleza incaica.
Dada la alta jerarquía
que ocupaba Ollantaytambo, los habitantes de Qosqo Ayllu pertenecían
a la nobleza incaica y al aparato administrativo real, regido por un curaca,
que se encargaban del control de la producción de las sementeras
de maíz, cultivado en tierras especialmente preparadas y pertenecientes
al Sol y al Inca.
El Qosqo Ayllu de Ollantaytambo
según Rowe (1944), Hardoy (1964), Gasparini y Margolies (1977),
Kendall (1976), Bouchard (1978, 1991), Protzen (1993), Metraux (1989),
es considerado como el ejemplo clásico del planeamiento urbano
incaico, el modelo del urbanismo inca. En él se muestran los principios
básicos de la composición arquitectónica, cuya reiteración
sirvió de guía a la organización general de los esquemas
urbanos.
Bouchard precisa que
"el plan urbano inca ideal se constituiría en varios conjuntos,
cada uno con una, dos o cuatro kanka, (o canchas). En la práctica,
este plan ideal correspondería a la parte inferior de Ollantaytambo",
y al desarrollo del modelo de agrupamiento por oposición y
simetría; destaca que "estos modelos forman una serie completa
susceptible de ser comparados con otros análogos y que uno de los
"bloques" característicos sería la estructura urbana de
Ollantaytambo" (Bouchard, 1976:99).
¿En qué
consistía una cancha o kanka? Esta ilustra claramente el objetivo
de la racionalización del espacio urbano. Una cancha o kanka forma
un conjunto cerrado, que agrupa varias construcciones alrededor de un
espacio o patio cuadrangular abierto. Una cancha base, incluye dos grupos
de cuatro construcciones idénticas o análogas unidas por
un eje de simetría transversal, que pasa por el muro posterior
de una de las construcciones. La sucesión progresiva de las canchas
como módulo base del urbanismo permite crear barrios dentro de
una llajta o pueblo inca (Bouchard, 1991: 442).
En Qosqo Ayllu, el
autor antes citado, que es uno de los pocos que ha realizado un estudio
comparativo sistemático del urbanismo incaico, encontró
varios tipos o modelos constructivos, concluyendo en lo siguiente: "Nos
parece particularmente significativo que hallamos podido poner en evidencia
la continuidad de esta serie, desde el estudio más elemental del
modelo 1 (2 edificios) muy conocidos en Ollantaytambo..." (Bouchard,
1976: 108).
La característica
más relevante de modelo 3 es, en primer término, la duplicación
del número de cuatro edificios, tomando como eje de simetría
el largo muro frontal posterior de uno de los eedificios del conjunto:
"En Ollantaytambo -Qosqo Ayllu- los dos grupos de un mismo conjunto
no se comunican directamente, y para pasar de uno a otro es necesario
salir del conjunto" (Bouchard, 1976: 103).
Qosqo Ayllu ha sido
objeto de constante preocupación de parte del Plan Copesco, tanto
en su preservación cuanto en la puesta en valor. Estos trabajos
se iniciaron en la década de los ochenta, y sus resultados iniciales,
como la rehabilitación de calles y restauración de portadas,
son logros positivos. Los directivos de esta institución son conscientes
que Qosqo Ayllu es un archivo histórico urbano de primer orden,
y uno de los pocos ejemplos sobrevivientes de la planificación
urbana inca, habitado hasta hoy por los herederos de una rica tradición
ancestral andina.
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Los
sistemas de andenería o bancales
El ingeniero Luis Gamarra
(1954) afirmó que en las terrazas agrícolas se hallan resueltos
trascendentales problemas de agrología incaica. A ello habría
que agregar, como complemento del aprovechamiento máximo del agua,
la regulación y prolongación de los efectos del riego, la
fertilización y defensa de la erosión a la par que el condicionamiento
del clima. Es el resultado de la suma y compendio de más de ocho
mil años de experimentación, domesticación y cultivo
de plantas en diversos pisos ecológicos.
Los incas convirtieron
los abanicos aluviales en extensos dameros de cultivo. Levantaron sólidos
muros de retén, siguiendo las ondulaciones de las laderas, venciendo
así, la abrupta topografía, rellenado con tierras feraces
transportadas desde lejanos parajes, gracias a un extraordinario despliegue
de energía humana. Las andenerías agrícolas, en el
curso de su empleo, alcanzaron otros fines complementarios; para la defensa,
el culto y la conservación de los mismos productos cosechados.
En el sitio de Compone llamado antiguamente Huatabamba, los andenes fueron
destinados a cultivos especiales y los muros recibieron un tratamiento
esmerado con el enlucido de sus aparejos que los distinguían de
las rústicas pircas. Los andenes que rematan en el Templo-Fortaleza
se ejecutaron en el peculiar estilo que es ejemplo de la mayor destreza
técnica y simbolismo.
Cronológicamente,
la construcción del complejo arquitectónico de Ollantaytambo,
en su estilo típicamente incaico, según la versión
de los cronistas, debió iniciarse durante el gobierno de Pachacuti,
con el que también empezó la expansión imperial del
Cuzco, trabajo que continuó su hijo y sucesor Túpac Inca
Yupanqui.
Sarmiento de Gamboa
refiere que con-tra el "pueblo llamado Ollantaytambo, seis leguas del
Cuzco", Pachacuti envió a dos Sinches llamados Paucar Ancho
y Tocori Topay y a su hermano Inca Roca: "Fueron contra ellos con mucha
gente y diéronles batalla; en que fue herido Inga Roca malamente,
mas en fin fueron vencidos los Ollantaytambos y los mató a todos
y quemó el pueblo y lo asoló, que no dejó cosa de
memoria..." (Sarmiento, 1942: 113). Posteriormente Pachacuti ordenó
la reedificación de Ollantaytambo diseñando el templo del
Sol y el centro urbano.
El padre Cobo al referirse
a las obras emprendidas por Túpac Inca Yupanqui, dice con mucha
precisión que "el inga se hallaba ocupado en ilustrar (su
dominio) con grandes edificios; porque por su orden se prosiguió
el soberbio edificio de la Fortaleza, que su padre había dejado
comenzado, y se edificaron los palacios de Tambo, cuyas ruinas duran todavía"
(Cobo, 1964: Lib. 12, cap. XV, p. 87). Luego, estos recintos serían
objeto de gran reverencia, ya que en ellos se conservaron las vísceras
momificadas de los incas.
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Los
estilos de la cerámica incaica
Las excavaciones arqueológicas
hechas en Ollantaytambo por Luis A. Llanos en 1934, continuadas por Pardo,
Arminda Jibaja y Percy Paz, han permitido hallar una apreciable cantidad
y variedad de objetos de cerámica, cuyos rasgos estilísticos
mantienen una cabal unidad tecnológica con los testimonios de la
ciudad del Cuzco y provincias aledañas. Esta cerámica consta
de singulares motivos decorativos; consta de vasijas de uso doméstico
y de piezas finas y elegantes de carácter suntuario y ceremonial.
Se han realizado varios intentos de clasificación secuencial de
la cerámica incaica. Consideramos que el más importante
en el de John Rowe (1944: 43-62). La alfarería inca se divide en
tres fases estilísticas y secuenciales: 1) Inca Inicial, 2) Inca
Provincial y 3) Inca Imperial. Cronológicamente se hallan comprendidos
entre los años 900-1100 d.C. y 1570 de nuestra era.
- La fase Inca Inicial
se halla representada básicamente por el estilo killke, determinado
por Chávez Ballón, distribuido en el valle del Cuzco,
valle del Urubamba y Chincheros. Cronológicamente se ubica en
el período de los Reinos y Señoríos, hacia 900-1400
d.C., y sus antecedentes están estrechamente ligados a la cerámica
Huari-Tiawanacu. 2) La fase Inca Provincial, que últimamente
ha sido objeto de grandes debates y precisiones, incluye los estilos
Cuzco I y Cuzco II, definidos por Rowe. Comprende el desarrollo y consolidación
de la cultura netamente incaica y su correspondiente expansión
estilística por el valle del Urubamba y zonas adyacentes. 3)
La fase Inca Imperial, como su nombre lo indica, está referida
al surgimiento y desarrollo del estado panandino o Tahuantinsuyo, que
comprende históricamente los gobiernos de Pachacuti, Túpac
Inca Yupanqui, y Huayna Cápac. Su cerámica está
representada por los estilos Cuzco III e Inca Regional. Cronológicamente
se ubica entre 450 y 1550. Al respecto, Ravines explica: "En esta fase
final expansiva, en las diversas circunscripciones territoriales que
pasaron a integrar el Tahuantinsuyo, las vajillas del estilo Inca-Cuzco
(Cuzco III), serán importadas, pero también copiadas,
imitadas o a- daptadas, originando durante el Horizonte Tardío
una amplia variedad de estilos regionales (Inca- Regional), en los que
pueden reconocerse el arqueti-po de un vocabulario básico de
formas que corresponde al estilo Inca-Cuzco, de la fase Inca Imperial
(Ravines, 1994: 474 - 477).
Cabe señalar que el difundido
estilo llamado Inca Imperial, Inca Clásico, o Inca Expansivo, ha
sido poco estudiado y su definición espera un análisis más
exhaustivo. Es sorprendente la escasez de investigaciones sobre los estilos
incaicos; las pocas que existen requieren una revisión y el empleo
de métodos modernos. En el caso de Ollantaytambo, con excepción
del informe de Luis A. Llanos (1936), y Kendall (1994), esto es aún
más clamoroso.
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Período
Prehispánico: La Etnohistoria
Los documentos históricos
testimonian que Ollantaytambo tuvo una relevante importancia religiosa,
geopolítica, económica, militar y mítica. Por su
ubicación y vías de acceso, sirvió de nexo entre
dos ecosistemas opuestos: los valles bajos y estrechos de Amaybamba y
Ocobamba directamente conectados por la quebrada de Patacancha con la
ruta al Chinchaysuyo.
El grupo étnico
que habitaba esta zona fue el de los Tampu. Valcárcel (1923, 1925,
1926, 1979) y Llanos (1949), basándose en un documento publicado
por Víctor Maúrtua en el tomo VII del "Juicio de Límites
entre Perú y Bolivia" (1906), sugieren que los Tampu, conjuntamente
con los Masca, Chilke y Maras, fueron las primigenias etnias del Cuzco.
Recordaremos que en el mito de los hermanos Ayar sobre el origen de los
Incas, hubo tres "ventanas" (t'ocos) o tres cuevas. Del Maras T'oco salieron
los Maras, del Cápac T'oco (ventana central) salieron los Ayar
y del Sutic T'oco salieron los Tampu. Joan Santa Cruz Pachacuti, cronista
indígena, habla de los Sutic T'oco como gente más antigua
que los Ayar: "fueron de sus tíos abuelos maternos y paternos",
como la pacarina del inca (Pachacuti, 1993: 199).
Otra referencia a la
antigüedad de los Tampu nos la proporciona el mismo cronista, al
hablar de Apu Tampu, el personaje pre-inca a quien el dios Tunupa entregó
el cetro real o Tupa Yauri, insignia de la más alta distinción
y jerarquía, para que dominara esa región.
Existe cierta regularidad
y conformidad entre los cronistas sobre la noble y antigua estirpe de
los Tampu. El padre Acosta (1954) trae la siguiente afirmación:
"Y así tienen por opinión que los Tampu son el linaje
más antiguo de los hombres. De aquí dicen que procedió
Manco Cápac, al cual reconocen por el fundador y cabeza de los
Ingas" (Acosta, 1954: 46).
Gutiérrez de
Santa Clara (1963) señala al Ayllu Tampu Apo como una de las cuatro
parcialidades nobles del Cuzco; Guaman Poma (1936) dice que Tambo Inga
pertenecía a la aristocracia del kapac kuna y que se horadaban
las orejas, al igual que el Shilque Inga, Masca Inga y Yanahuara Inga.
Cristóbal de
Molina "El Cuzqueño" (1959), reproduce una plegaria al Sol que
en parte dice: "Que haya Cuzcos y Tambos y sean vencedores y despojadores
estos tus hijos de todas las gentes". Garcilaso de la Vega (1945)
sostiene que los apellidos Tampu, Urcos y Yucay, por su gran prestigio,
traían las orejas más horadadas que todas las otras etnias,
pero menos de la mitad que los Incas.
Sarmiento de Gamboa
(1942) registra a Juan Tampo Usca Mayta como principal integrante del
privilegiado Ayllu de Mayta Cápac, residente en el Cuzco en 1572.
Por último, el padre Bernabé Cobo (1954) informa que Alonso
Topa Atau, nieto de Huayna Cápac, le aseguró que la lengua
propia de los Incas fue hablada por los habitantes del valle de Tampu.
Todo ello evidencia
que hubo un grupo étnico de gran relevancia en la historia del
Cuzco y del Valle de Urubamba (Willkamayu) que tuvo por nombre Tampu.
Además en la actualidad encontramos su correspondencia en los topónimos
Maras, un pueblo y unas salinas, ubicados a pocos kilómetros de
Urubamba; Chilke o Shilke, una hacienda en las proximidades de Ollantaytambo;
Mascapampa, unas tierras cercanas a aquella, y Tampu, el pueblo hoy conocido
como Ollantaytambo.
Pablo Macera (1933:
12) llama la atención sobre el rol que los Tampu habrían
jugado en los orígenes de los Incas, señalando que fueron
"los primeros migrantes incas en el Cuzco, anteriores a los Ayar. ¿Acaso
Pacaritampu, en vez de ser traducido como Tambo del Amanecer, podría
ser entendido como pacarina de los Tampus?". Este comentario de Macera,
que compartimos, se basa indudablemente en los penetrantes análisis
de José de la Riva Agüero, presentados en su obra clásica
"La Historia en el Perú" (1952: 52- 104) y en otros artículos
sobre los Ayllus de los Incas (1937).
Cabe mencionar asimismo
un pasaje poco conocido que nos proporciona Antonio de la Calancha, cuando
refiere que el primer poblador sobreviviente del diluvio fue Wiracocha
o el Tunupa del altiplano del Titicaca, "que los de las provincias
del Cuzco lo reconocían como su Padre, su progenitor y su Dios,
y que se apareció en Tambo, pueblo junto al Cuzco, y que salió
por una ventana, y se convirtió en piedra a la cuál hacían
gran veneración" (Calancha, 1974: I, 210). Más adelante,
Calancha dice que la tradición de los de Cuzco y de Tambo refería
que Manco Cápac había fundado el primer pueblo en Tambo.
La imagen de cabeza
humana longeva que se halla en la pendiente de Pinculluna, ¿no
sería acaso la perennización de ese personaje primigenio
que "había repartido el mundo en cuatro partes"?
Cabe destacar, que
en las celebraciones de la solemne festividad del "Mayu-Cati", el centro
ceremonial de Ollantaytambo, el aparato religioso y su parafernalia desarrollaban
actos culminantes de extraordinaria trascendencia religiosa y social.
La fiesta del Mayu-kati
(seguir o perseguir al río), se celebraba en enero, segundo mes
en el calendario inca, fecha en que se sacrificaban a Wiracocha las cenizas
que se guardaban para esta ocasión de todos los sacrificios del
año, cenizas que eran echadas al río Huatanay, afluente
del Vilcanota.
La ceremonia la iniciaba
el Inca en el Huacaypata del Cuzco, arrojando al río las ofrendas
que se deslizaban por las aguas; ellas eran luego vigiladas día
y noche por miles de soldados emplazados en ambas orillas del río
sagrado, hasta que llegaban al puente de Ollantaytambo, donde esperaban
sacerdotes que sumaban ofrendas de coca para que las aguas las condujeran
hasta el asiento de Wiracocha allende el mar.
Esta festividad es
descrita elocuentemente por Betanzos (1987). Cristóbal de Molina
(1959), Cabello de Valboa (1951), Polo de Ondegardo (1916), Guaman Poma
(1936), y Ramos Gavilán (1964).
Destaca lo anotado
por Cristóbal de Molina "El cuzqueño", que a continuación
reproducimos:
"Represaban el río
(Huantanay), para que con más fuerza llevase los sacrificios
que en él se debían echar. Y así para este día
tenían aparejados todos los géneros y maneras de comidas
que ellos usaban todas las maneras de ajíes, gran cantidad de cestos
de coca; y todas las maneras de ropas de colores que ellos vestían;
y calzados que usaban; llautos y plumas que se ponían en la cabeza;
ganados, flores, oro, plata y de todas las cosas que ellos usaban, todas
las cenizas y carbones que guardaban tenidas de los sacrificios, que en
todo el año habían hecho; todo lo cual echaba en el dicho
río, y soltando la primera represa, bajaba con tanta fuerza que
ella misma iba quebrando las demás, y llevando los sacrificios.
Quemábanse
ese día en sacrificio un cordero (llama), echando las cenizas de
él y el carbón, con lo demás en el dicho río.
Estaban de la una parte y de la otra mucha gente, al remate de la ciudad
del Cuzco, y en un lugar que llaman Pampa-pichupa, a donde echaban los
dichos sacrificios; echándolos una hora antes de que se pusiese
el Sol y los indios que estaban de la una parte del río y, de la
otra, el Inca Señor que presente estaba, las mandaba que fuesen
con los sacrificios hasta Ollantaytambo, que con el rodeo que llevaban,
será del Cuzco diez leguas, habían puestos, en parada, indios
de los pueblos, por donde había de pasar, con antorchas de paja
hasta llegar al dicho pueblo, para que de noche alumbrasen, para que no
se quedase ningún sacrificio en el río, y alumbrando los
que lo iban siguiendo, y llegando al puente del río Ollantaytambo,
que es un río grande que va a la Mar del Norte, al llegar los dichos
sacrificios, echaban del puente dos cestos de coca, llamados pilcolongo,
paucarongo y así dejaban ir solos a los dichos sacrificios. Y aquél
día y los otros que lo habían llevado estaban bebiendo y
holgándose y haciendo el taqui chupay gupllo" (Molina, 1959:
86-87).
Molina y Betanzos coincidieron
en afirmar que el Mayu-kati se realizaba en honor de Wiracocha, en agradecimiento
por las buenas cosechas obtenidas. La fiesta concluía con el retorno
al Cuzco de los personajes que habían seguido las ofrendas. Se
dice que los que más habían corrido llevaban en sus manos
"una lancha hecha de sal, y otros halcones de sal", y aquellos
que habían corrido menos, portaban unos "sapos de sal" y
eran objeto de burla de sus compañeros.
Otro argumento relevante,
ya señalado, que reviste una simbolización ancestral de
gran trascendencia, es que Ollantaytambo era el lugar escogido donde se
conservaban las vísceras de los Incas en tinajas de oro antes de
ser momificadas. En cambio, los corazones eran incinerados y depositados
en el Coricancha.
Las vísceras
o entrañas están relacionadas con el vínculo entre
los antepasados. Esta práctica, que exigía la organización
de espacios sagrados, obedecía quizás al deseo de que las
partes vitales de sus organismos volvieran a la pacarina de los Incas,
en este caso, al adoratorio de la divinidad suprema, de donde creía
que había procedido su estirpe. ¿Qué otra explicación
podría tener la conservación de esos órganos en un
sitio sacro con las características de Ollantaytambo?.
Las referencias documentales
sobre este ritual nos indican el secreto y la fastuosidad con que se realizaba,
a la muerte de cada Inca. El autor anónimo de la "Relación
del sitio del Cuzco" (1934) dice que Manco Inca consiguió salir
de manos de los Pizarro con el pretexto de que iba al valle de Yucay,
para hacer la fiesta anual al cuerpo de su padre Huayna Cápac,
que dijo estaba enterrado en tambo.
Diego de Almagro, el
Mozo, en su "Acusación contra Don Francisco Pizarro..."
(1873: 243), refiere que Manco Inca consiguió permiso de Hernando
Pizarro para ir al pueblo de Yucay para traerle "el bulto de Guainacaba
su padre con tripas". En el mismo texto se lee que el bulto de Huayna
Cápac era de oro macizo y que se encontraba en Tambo (Almagro,
1873: 396).
En la "Relación
de muchas cosas acaecidas en el Perú" se relata el mismo episodio
diciendo que Manco Inca iba a traer de Tampu "un bulto de oro y plata
que tenía de su padre Huayna Cápac, con tripas y todo" (Anónimo,
1943: 83).
Betanzos, al tratar
de cómo Hernando Pizarro dejó ir a Manco Inca al pueblo
de Yucay, reitera el ofrecimiento de traer de Tambo el bulto de Huayna
Cápac: "díjole que le daría un bulto de oro de
la hechura de un indio con tripas y de la manera que un hombre era hecho
todo lo cual era hecho de oro que le tenía cuatro o cinco leguas
de allí en cierto pueblo y que quería irse a holgarse allí
y de vuelta le traería el indio con tripas... y como Hernando Pizarro
viese que el Inga le mostraba que le amaba dióle licencia para
ir a holgar y a traerle el indio con tripas..." (Betanzos,
1987: 294).
Corroborando lo referido
al ceremonial que precedía al entierro de los Incas, Garcilaso
de la Vega dejó escrito lo siguiente: "Las obsequias que hacían
a los Reyes Incas eran muy solemnes aunque prolixas. El cuerpo difunto
embalsamaban, que no se sabe cómo, quedaban tan enteros que parecían
estar vivos... Todo lo interior de ellos enterraban en el templo que tenían
en el pueblo que llamaron Tampu, que está el río debajo
de Yucay, menos de cinco leguas del Cuzco, donde hubo edificios muy grandes
y soberbios de cantería" (Garcilaso, 1945: Lib. VI, cap. V,
p.17).
El mismo autor, en
la Segunda Parte de los Comentarios, tratando sobre la rebelión
de Manco apuntó que "el Inca pidió licencia para ir a
Yucay, que como atrás se ha dicho era el jardín de aquellos
Reyes, y una legua el río abajo estaba el entierro de ellos, llamado
Tampu, donde enterraban los intestinos que los sacaban para embalsamar
los cuerpos y era verosímil que allí estuviese la estatua
de oro, como retrato de su padre..." (Garcilaso, 1944: Lib. II, cap.
XXIII, p. 17).
Las crónicas
refieren que el altar mayor de Coricancha servía de sostenimiento
al ídolo principal del Sol, y que los rayos de éste penetraban
por la base de él para ubicarse en el mismo centro del artefacto
sacro. Esa práctica era seguida para que, obedeciendo a un concepto
mágico, los corazones de los soberanos muertos fuesen a residir
con el Sol en el otro mundo, en tanto que las vísceras volvían
al sitio de sus orígenes. Y esta idea estaba arraigada en la creencia
de que su pacarina o sitio mitológico de origen estaba en Tambo.
Además, se deduce de las mismas fuentes que una estatua de oro
de cada Inca se hallaba delante de ese ídolo, en hornacinas de
la misma sala del Coricancha, y otra estatua de oro de cada Inca se hallaba
en Tambo, conteniendo sus vísceras, remarcamos, las que habían
sido depositadas aludiendo al sitio mitológico de origen.
Durante los primeros
años de la invasión española, los recintos sagrados
de Ollantaytambo, especialmente el templo del Sol y las tumbas que contenían
un rico ajuar funerario, fueron objeto de vandalismo devastador, de pillaje
insaciable y de destrucción. Recordemos que Cieza de León
describe maravillado las riquezas que guardaban los edificios sagrados
de Ollantaytambo, aparte de las estatuas de oro de los Incas, exhibían
figuras de animales feroces, imágenes de hombres "con unas armas
en las manos a manera de alabardas, esto bien obrado y primamente",
agregando que en los muchos edificios, "habían, grandes tesoros"
y "se dice por cierto que en estos edificios de Tambo, se halló
en cierta parte del palacio real o del templo del Sol oro derretido en
lugar de mezcla... juntamente con el betún que ellos ponen, quedaban
las piedras asentadas una con otros... y dicen algunos españoles
que en veces sacaron cantidad de oro Hernando Pizarro y Diego Almagro,
el mozo" (Cieza de León, 1922: cap. XCIV, p. 299).
Conviene señalar
finalmente que las ricas tierras de Ollantaytambo fueron incorporados
por Pachacuti a su Panaka de Hatun Ayllu, como "propiedad real"
y que en consecuencia cumplieron funciones religiosas y económicas.
A la llegada de los españoles, las tierras de Ollantaytambo estaban
aún bajo control de dicha panaka.
SUBIR
Período
de la Invasión Española y de la Resistencia Incaica
La invasión española
y la ulterior conquista del Tahuantinsuyo por Francisco Pizarro y sus
huestes, provocó la primera crisis de la conciencia nacional, y
Ollantaytambo no estuvo al margen de esta profunda crisis. Las crueldades
y tiranías de los españoles en contra de los aborígenes
incaicos fueron motivo para un proceso crítico a la conquista de
América en general.
El fraile dominico
Bartolomé de las Casas, denunció estas atrocidades ante
el Real Concejo de Indias. Asumió oficialmente la defensa de los
indios, que tiempo más tarde sería ratificada ante notario
por los curacas reunidos en asamblea cerca de Lima. Posteriormente, varios
otros cronistas, como Cieza de León, Guaman Poma de Ayala y Buenaventura
Salinas, intensificaron las denuncias sobre el genocidio de los indios
del Tahuantinsuyo y sobre la destrucción de las instituciones incaicas,
con imposición de trabajos extenuantes que condujeron a los indios
hasta el paroxismo del suicidio, cuando n o del holocausto masivo en las
heroicas luchas de resistencia.
El motivo y causa última
de estas acciones devastadoras o de exterminio, conforme puntualiza Bartolomé
de Las Casas, fue la insaciable codicia y ambición del oro y del
poder: "La causa porque han muerto y destruido tantas y tales y tan
infinito número de ánimas cristianos ha sido solamente por
tener por su fin último el oro y henchirse de riqueza en muy breves
días y subir a estados muy altos y sin proporción de sus
personas". Los conquistadores, por tanto, traicionaron el "mandato
de evangelización" (Las Casas, 1985: 71).
Esas y otras causales
vejatorias impulsaron a Manco Inca a emprender la gran rebelión
de 1536, iniciando el famoso cerco del Cuzco en mayo de ese año.
El líder de la resistencia incaica, pretextando que traería
de Tambo mucho oro, incluyendo la estatua de su padre Huayna Cápac
hecha del mismo metal, burló el control que sobre él ejercían
los españoles, en especial su verdugo Hernando Pizarro, convocando
a los más connotados seguidores en el valle de Lares.
Allí presidió
Manco Inca una asamblea donde se acordó desatar la gran rebelión.
Según la "Relación del sitio del Cuzco", escrita
en 1539, Manco Inca "mandó delante de sí muy grandes
vasos de oro, llenos de brebaje de maíz que entre ellos se bebe
y dijo:
"Yo estoy determinado
de no dejar cristiano a vida en toda la tierra, y para esto primero poner
cerco en el Cuzco; quien de vosotros pensare servirme en esto ha de poner
sobre tal caso la vida; bebe por estos vasos y no con otra condición.
Muchos capitanes y otras personas principales, se levantaron a beber debajo
de la postura que lo cumplieron..." (Relación del sitio
del Cuzco, 1968: Tomo III. P. 517).
Hubo luego varios discursos,
pronunciados en el sonoro estilo lleno de fuerza que hasta hoy caracteriza
cualquier reunión de los habitantes de las comunidades andinas.
El mismo documento citado registra que el sábado de Gloria de 1536,
Hernando Pizarro recibió la noticia que el Inca se había
sublevado y que sus intenciones estaban distantes de aquel ofrecimiento
que le hiciera de traerle grandes riquezas de Ollantaytambo.
Garcilaso de la Vega,
en su Historia General del Perú, apuntó al respecto: "El
Inca Manco pidió licencia para ir a Yucay, que era el jardín
de aquellos Reyes, y una legua del río abajo estaba el entierro
de ellos, llamado Tampu, donde enterraban los intestinos que les sacaban
para embalsamar los cuerpos y era verosímil que allí estruviese
la estatua de oro, como retrato de su padre" (Garcilaso, 1962, I,
261).
Como se puede advertir,
Manco hiló una estratagema para recrobrar su libertad y así
pudo alcanzar los valles de Calca y Lares. De inmediato se puso en contacto
con los generales más destacados y organizó el ejército
de la resistencia. Guaman Poma dice que Manco Inca se rebeló contra
los españoles "por los malos tratamientos y burlas" que
le hicieron, reuniéndose en un consejo con Quisquis, Amaro, Uanca
Auqui, Illa Topa, Colla Topa, Curinaui, Yuto Inca, Yucra Huallpa, y muchos
otros de menor jerarquía, como Chuquillanqui, Supa Guamani, Chambi
Mallco, Condor Chaua, Cusi Chaqui y muchos otros más (Guaman Poma,
1993: 306). A esas primeras reuniones no asistió el verdadero ideólogo
de la lucha nativista, Vila Oma, por entonces en el Collao.
Manco Inca eligió
un momento propicio para la rebelión. Las fuerzas españolas
se hallaban divididas pues Diego de Almagro, engañado por Manco
Inca, había partido a la conquista de Chile, creyendo que allí
encontraría riquezas similares a las del Perú. Vila Oma,
precisamente, había seguido a Almagro hasta el altiplano collavino,
enviando mensajes a jefes de varias naciones para que en el momento oportuno
se alzasen contra los invasores europeos. Suerte fue para Almagro llevar
consigo a Paulo Topa, medio hermano y rival de Manco Inca, quien lo salvaría
de una debacle total.
Por ese tiempo, Francisco
Pizarro se encontraba en Lima, ciudad sobre la cual Manco Inca enviaría
tropas al mando de Quizu Yupanqui y de la indomable princesa Azarpay.
Con el Cuzco defendido sólo por una guarnición al mando
de los hermanos Hernando, Juan y Gonzalo Pizarro, Manco ordenó
el cerco, reuniendo un ejército de miles de hombres que llegaron
procedentes de varias provincias del antiguo imperio.
El sitio a la capital
incaica duró más de un año, desde marzo de 1536 a
abril de 1537. Manco lo dirigió desde Calca y sus huestes estuvieron
a punto de tomar la capital imperial, lo que no pudo lograrse porque en
el bando de los españoles se alinearon miles de nativos reclutados
por los rivales del Inca.
En esa guerra el Inca
perfeccionó el armamento y la técnica de sus tropas en función
de las nuevas condiciones de combate. Utilizó caballos capturados
a los españoles, encabezando asaltos cual consumado jinete, lanza
en mano. También se apropió de arcabuces, e hizo fabricar
pólvora a unos españoles que tomó prisioneros.
Sin embargo, aunque
con innovaciones en la tecnología bélica, la estrategia
indígena no pudo apartarse de sus tradiciones y creencias religiosas,
lo que a la postre resultó nefasto, en el Cuzco y Ollantaytambo,
por citar dos casos mayores. Las tropas incaicas, por ejemplo, sólo
atacaban en luna llena, momento favorable para el desplazamiento de la
caballería española (Titu Cusi, 1916: 73).
Tras el fracaso del
cerco del Cuzco y como se aproximaba la época de las siembras,
el ejército incaico no pudo mantener su integridad. A ello se sumó
el desánimo por el aniquilamiento de nobles mujeres incaicas y
otras matanzas perpetradas por los Pizarro. Cundió el terror entre
las poblaciones que apoyaban la causa rebelde, y ante esos hechos, Manco
tuvo que modificar todo su plan de lucha, planteando una guerra de desgaste
a partir de posiciones fortificadas. Eligió para este fin el formidable
bastión de Ollantaytambo.
Al enterarse Hernando
Pizarro que Manco se había retirado de Calca a Ollantaytambo, intentó
atacarlo directamente reuniendo a sus mejores hombres, setenta jinetes
y más de treinta peones con un gran número de auxiliares
indígenas Huancas y Cañaris. Descendiendo por el valle de
Yucay, y con sumo agotamiento, esa columna llegó a las faldas de
los fortines megalíticos de Ollantaytambo, no sin haber sido hostilizada
en el trayecto por las avanzadas incaicas.
Un testigo presencial
y actor de estos acontecimientos, el cronista Pedro Pizarro, dejó
anotado el siguiente testimonio: "llegados que fuimos hallamos a Tambo
tan fortalecido que era cosa de grima, porque el asiento donde Tambo está
es muy fuerte, de andenes muy altos y de muy gran cantería fortalecidos.
Tiene una sola entrada, arrimada a una sierra muy agria y en toda ella
mucha gente de guerra con muchas galgas que arriba tenían para
echar cuando los españoles quisiéramos entrar" (Pizarro,
1986: 146).
La incursión
de Hernando Pizarro marcó uno de los episodios más relevantes
de la historia de esa zona: la batalla de Ollantaytambo.
Los españoles
ocuparon la faja de terreno llano situado entre Pachar, el Vilcanota y
los espacios fortificados. Manco había incorporado a su ejército
indígenas guerreros selváticos Manaríes, a los que
una crónica anónima describió como "indios caribes
que no saben que cosa es huir, porque están muriéndose y
todavía pelean con las flechas" (Relación de los
sucesos... 1584: 397).
La batalla de Ollantaytambo
fue sumamente sangrienta. Manco atacó por tres frentes: un nutrido
número de honderos incas combatió desde una vera del río;
desde todas las terrazas disparaban los arqueros y desde la ciudadela
dirigía el propio Manco la lucha: "Era tanta la gente que venía
sobre nosotros -narra un español- que no cabían en
las tierras y los campos".
Una sola escalinata
conducía a la fortaleza, y el pórtico que remataba había
sido sellado con un grueso muro pétreo, dejando una pequeña
abertura por la que apenas pasaban los soldados de Manco a gatas (Pizarro,
1986: 146). En vista que los soldados españoles no podían
acercarse a la gran muralla por temor a la lluvia de flechas, Hernando
Pizarro encabezó la arremetida a las primeras murallas hasta dar
en ellas con los caballos, "y a la vuelta fue cosa de ver las flechas
que sobre ellos caían y la grita que les daban" (Relación
del sitio del Cuzco, 1934: 48).
Un intrépido
grupo de jinetes embistió las terrazas por debajo de la fortaleza,
pero fue repelido por muchas galgas que desde arriba les echaron. Hernando
Pizarro, en un acto de desesperación, ordenó tomar las alturas,
por encima de la fortaleza, a un grupo de peones "indios amigos",
pero éstos fueron igualmente rechazados por los soldados de Manco.
Entonces los españoles se vieron obligados a retroceder.
Las relaciones antes
citadas narran la intensidad de la lucha destacando que "de improviso
apareció tanta gente por todas partes, que no se divisaba cosa
en aquel circuito que no estuviese cubierta de indios.... fue esta escaramuza
tan reñida como nunca se vió por ambas partes" (Pizarro,
1986: 147). No estará demás señalar que allí
lucharon indios contra indios, por miles, unos a favor de Manco Inca y
otros del lado español.
El cronista de Indias,
Antonio de Herrera, describe el admirable comportamiento de las fuerzas
de Manco Inca empleando eficazmente armas europeas: "era cosa notable
ver salir a los indios ferozmente con espadas castellanas, rodelas y morriones;
y tal indio hubo se atrevió a embestir con un caballo, estimando
en mucho la muerte de la lanza, por ganar nombre de valiente; parecía
el Inca a caballo entre su gente, con su lanza en la mano teniendo el
ejército recogido" (Herrera, 1946: Década V, libro 8,
cap. 6).
Para obtener la victoria
en Ollantaytambo, Manco recurrió a otra arma secreta. Sin que fuese
advertido, ordenó desviar el río Patacancha por canales
que construyeron sus ingenieros, con el propósito de inundar el
llano donde se hallaba el grueso de la caballería hispana. Con
ello no sólo imposibilitó la maniobra de los jinetes enemigos,
sino que pronto llegó el agua hasta la cincha de los caballos.
Esa misma estrategia había sido ya empleada por los generales de
Manco meses atrás, cuando inundaron el terreno llano junto al Cuzco.
Se emplearía también desviando el río Rímac,
durante el cerco de Lima.
Hernando Pizarro, entendiendo
que era imposible tomar el fortín de Ollantaytambo y capturar al
Inca, optó entonces por la fuga, tras comprobar que "hubo mucha
matanza de indios, así que eran nuestros amigos, incluyendo negros
esclavos, como del Inca" (Pedro Pizarro, 1986).
La fuga de los españoles
se produjo en la mayor confusión. Trataron de huir al amparo de
la noche dejando presurosos sus tiendas frente a Ollantaytambo. Pero fueron
advertidos y atacados por las tropas de Manco Inca, según relata
un testigo español: "a la pasada del río nos apretaron
los indios con tanta furia con teas ardientes, que nos mataron algunos
de servicio sin poderlos socorrer. Estos indios tienen una cosa, que
cuando van de victoria son demonios en seguirla, y cuando huyen, son gallinas
mojadas, y como aquí seguían victoria viéndonos retraer
seguíanla con gran ánimo" (Pizarro, 1986: 147-48). En
esta oportunidad a las huestes de Hernando y Gonzalo Pizarro les tocó
huir en actitud similar a lo afirmado por el cronista.
La azarosa retirada
terminó en Maras, padeciendo los españoles a lo largo del
trayecto, pues los incaicos "tenían echadas espinas por los
caminos, de unos cardones que llaman allá, de lo que llevamos los
caballos desjarretados" (Relación de los sucesos...,
1848: 397).
Al día siguiente,
"siempre con la orden de huir", Gonzalo Pizarro, Alonso de Toro,
Diego de Narváez, Juan López y otros se encontraron con
una columna incaica cerca del pueblo de Llacsa, iniciándose otro
encarnizado combate. El cronista Pedro Pizarro dejó anotado que
allí obtuvieron los españoles una victoria, salvajemente
rematada por Hernando Pizarro: "tomándoles la ladera por donde
iban subiendo, los echamos todos al llano, que de mil indios, no escaparon
sino poco más de ciento, de ellos matamos, y llevamos presos al
Cuzco, y en el Cuzco mandó Hernando Pizarro que les cortasen las
manos derechas a todos los indios que llevamos presos, y cortadas les
echaron que se fuesen" (Ibíd., 1986: 148). Pero este triunfo
efímero no contuvo la retirada general de los españoles.
Tuti Cusi, hijo de
Manco Inca, consignó en su Relación que luego de
la victoria de Ollantaytambo el ejército incaico se alegró
mucho y levantó enormemente su moral. Ese triunfo alentó
a Manco Inca para volver a reunir el cuantioso ejército que había
estado a punto de tomar el Cuzco cuatro meses atrás. En cambio,
los españoles empezaron a padecer penurias: "La mayor guerra
que los cristianos tuvieron fue el hambre increíble que pasaron,
porque los indios, con mucho cuidado, pusieron fuego en las casas donde
había mantenimiento y depósitos" (Relación
de sitio del Cuzco..., 1934: 36).
Varios factores impidieron
a Manco cristalizar los planes que esbozó para un nuevo ataque
a la capital imperial. Los españoles habían recibido en
el Cuzco cuantiosos refuerzos, procedentes de Lima y otras ciudades del
interior e incluso del extranjero. A ello se agregó que varios
miembros de la aristocracia nativa del Cuzco, entre ellos Inca Pascac,
primo de Manco, Huallpa Roca, Cayo Topa y Felipe Cari Topa, terminaron
alineándose con los españoles, llevándoles valiosos
informes.
En efecto, por esos
traidores vino a saber Hernando Pizarro que Manco esperaba recibir en
Ollantaytambo más de mil cabezas de ganado, maíz y tubérculos
de Condesuyos y Cotabambas. Apenas recibida la delación, Pizarro
envió por esa ruta una tropa al mando de Gabriel de Rojas, con
la misión de apoderarse de todas esas provisiones, lo que se consiguió
sin mayor inconveniente. Recogieron cerca de dos mil auquénidos,
botín que alentó enormemente a los hambrientos sitiados.
Ello no obstante, Manco
envió desde Ollantaytambo varias expediciones hasta las cercanías
de la capital incaica. Se sucedieron así varias violentos combates,
uno de las cuales tuvo por escenario las proximidades de Chinchero, con
cuantiosas bajas por ambos bandos. Pero el objetivo fundamental de la
gran rebelión, esto es el aniquilamiento de los españoles
y la toma de la capital imperial, lamentablemente no pudo lograrse.
Para la memoria quedó
la heroica lucha librada en el aún inexpugnable bastión
de Ollantaytambo, en el que se escribió una de las páginas
más dignas de la historia del Perú: "En aquel ciclópeo
escenario -enfatiza un historiador- la infantería ligera
cuzqueña bien atrincherada, derrotó a la caballería
hispánica... La flor y crema de España en el Perú
se batió en retirada ante el empuje del ejército incaico...
Venció allí el monarca rebelde a uno de los más notables
hombres de guerra de su tiempo. Hernando Pizarro, obligándolo a
precipitada fuga tras de hacerle perder gruesa parte de sus efectivos"
(Vega, 1975: 120).
Por esos días
Manco recibió noticias alarmantes. Dos poderosos ejércitos
se encaminaban hacia el Cuzco. El primero al mando de Alonso de Alvarado
y Gómez de Tordoya, fuertemente reforzados con indígenas
de Jauja; el otro al mando de Diego de Almagro, que retornaba de su infructuoso
viaje a Chile. Este último buscaba, con engaños, aliarse
con Manco Inca. En una carta remitida a Ollantaytambo, le aseguraba "el
amor y voluntad que siempre os tuve" (Fernández de Oviedo,
1959: 171-172). La carta causó gran inquietud entre los incaicos,
aunque hubo algunos que celebraron la pronta llegada del "amigo"
que los ayudaría a aniquilar a los Pizarro. Pero el objetivo de
Almagro era apoderarse del Cuzco, que consideraba parte de su gobernación,
por lo cual vio en Manco a un posible aliado contra los Pizarro, que igualmente
reclamaban el dominio sobre esa ciudad.
Secretamente, Almagro
negoció una alianza con Manco Inca enviándole como embajadores
a Pedro de Oñate y Juan Gómez Malaver. Estos se presentaron
en Ollantaytambo portadores de ceremoniosos saludos, para acto seguido
deplorar los vejámenes y crueldades que Manco había recibido
en el Cuzco, terminando por solicitarle cesar la rebelión general
contra los españoles, para unirse con Diego de Almagro y combatir
juntos contra el enemigo común: los Pizarro.
Manco recibió
a los embajadores de Almagro con calculado beneplácito, colmándoles
de regalos y explicándoles los motivos de su rebelión. Manifestó
que "Pedro Pizarro y Alonso de Toro le habían escupido y orinado
encima (además) de quemarle las pestañas con vela.
Acusó a Gonzalo Pizarro de haberle quitado su esposa, que Diego
Maldonado lo atormentaba exigiéndole oro (y) que lo habían
tenido preso con una cadena al cuello" (Hemming, 1982: 264). Esto
no impresionó a los enviados de Almagro tanto como la importancia
estratégica del fortín de Ollantaytambo, la magnífica
disposición del ejército incaico y el crecido número
de sus integrantes.
Paralelamente, Hernando
Pizarro había remitido una carta a Manco, que habría sido
leída por su intérprete Antonino en presencia de los emisarios
almagristas. En esa misiva se le advertía al Inca que no confiara
en Almagro pues era traidor, ya que el único gobernador oficial
del Perú era Francisco Pizarro. Esta comunicación no impresionó
mucho a Manco, quien antes de recibirla era ya receloso del trato con
los españoles, por más que se presentasen como amigos. No
obstante, solicitó la presencia de Almagro en Ollantaytambo, y
éste acantonó parte de su ejército en Calca distante
40 kms. del fortín de Manco. Mucho más receloso que el Inca,
Almagro se resistió a tal comparecencia.
En Ollantaytambo, los
emisarios de Almagro y Pizarro se sucedían unos a otros, con diversas
propuestas. Pudo advertirse entonces la inclinación de Manco por
Almagro. Uno de los emisarios, Ruy Díaz, que se ufanó de
antemano creyéndose capaz de persuadir al Inca, fue retenido por
Manco, quien a cambio de liberarlo exigió de Almagro la inmediata
ejecución de los emisarios pizarristas que había interceptado,
acto que tomaría como señal de la buena fe de quien con
insistencia le proponía una alianza. No consintió Almagro
en ello y tampoco insistió Manco, cuya desconfianza fue en aumento,
más aún con la denuncia que ante él presentó
un indio llamado Paco, quien luego de abandonar el servicio de los Pizarro,
le advirtió que éstos tenían planeado asesinarlo.
Por otro lado, el curaca
de Calca llamado Paucar dijo haber comprobado la falsía de Almagro
y por ello lanzó ataque sobre las avanzadas de ese caudillo, a
la voz de: "Mentiroso es Almagro, ya hemos sabido sus mentiras". La furia
del Inca se concentró en los almagristas que se hallaban en el
campamento de Ollantaytambo; y todos ellos fueron tratados, especialmente
Ruy Díaz, a quien "le tiraban con hondas de la fruta que llamaban
guayabas, le daban mucha cantidad de beber su vino o chicha, le raparon
la barba y el cabello y lo hacían mostrar desnudo" (Cieza de León,
1991: 97). Los intentos de reconciliación entre Manco y los españoles
se había roto con el atque de Páucar a las huestes de Almagro.
El 19 de abril de 1537
Almagro cayó de improviso sobre los pizarristas y ocupó
por su cuenta el Cuzco, ciudad que Manco había intentado tomar
fallidamente. Con ello se iniciaba la primera guerra civil entre los españoles.
Ollantaytambo ocupaba
geográficamente una posición crucial, pero dadas las circunstancias
Manco decidió abandonar ese fortín y ubicarse en zonas mucho
más agrestes, en los confines de Vilcabamba. El abandono de Ollantaytambo
significaría a la postre la pérdida de la región
serrana del Tahuantinsuyo.
La retirada del centro
ceremonial y gran fortaleza de Ollantaytambo marcó un hito trascendental
en la historia andina, no obstante que Manco contaba con grandes ejércitos
en el Collao y en la sierra central y norte, porque dejó a merced
de los españoles a numerosos pueblos incaicos. Este hecho se produjo
en circunstancias sumamente dolorosas, teñido por actos ceremoniales
y sacrificios solemnes. Testigos presenciales contaron que Willac Umo
presidió los actos secundado por grandes señores y tarpuntaes:
"La salida de Tambo
se puso por obra. El primero que de aquel partiesen, tomaron todos ellos
sus armas, y en una plaza que estaba junto a sus reales puso un ídolo,
con muchas lágrimas y aullidos y suspiros, le suplicaban y pedían
que no le desamparase, y alrededor de este ídolo tenían
otros pequeños con insignias del Sol y de la Luna, en presencia
de estos, que ellos tenían por sus dioses, fue hecho sacrificio
matando sobre sus aras o alturas muchos animales" (Cieza de León,
1991: 99).
Un largo y accidentado
viaje esperaba a Manco y Willac Umo y a los ídolos. Titu Cusi anotaría
que su padre Manco trató de amenguar los efectos de la dolorosa
partida: para que no cayeran en manos de los españoles, se llevó
de Ollantaytambo a Vitcos las momias de sus antepasados y el ídolo
de piedra de Huanca huari: "Los cuales se llamaban Wiracocha Inga, Pachacuti
Inga, Topa Inga Yupanqui Huayna Cápac y muchos otros cuerpos de
mujeres con muchas joyas y riquezas" (Titu Cusi, 1983: 211). Más
tarde, todas esas sagradas reliquias habrían de ser desbaratadas
por la incursión de las tropas españoles. Estas, al mando
de Rodrigo Orgoñez, también se apoderaron de cerca de cincuenta
mil cabezas de ganado que pertenecían a los rebaños del
Sol y del Inca, ropa valiosísima y más de veinte mil indios
(Titu Cusi, 1988: 211). Entre ellos también fue capturado Titu
Cusi, todavía niño, para ser criado en el Cuzco por Pedro
de Oñate. También cayeron en prisión la esposa de
Manco, la indómita Cura Ocllo, y el Willac Umo, quienes pasaron
un tiempo encerrados en Ollantaytambo hasta que en noviembre de 1539 fueron
ejecutados en Yunac por orden expresa de Francisco Pizarro. Cura Ocllo
fue amarrada cobardemente a un poste, torturada y muerta a flechazos.
Cuenta Titu Cusi que la indefensa princesa espetó finalmente a
los españoles: "Daos prisa en acabarme, porque se cumpla vuestro
apetito en todo". El asesinato se consumó con la crueldad de
echar el cadáver al río Vilcanota en un cesto, para que
fuera hallado por los soldados de Manco.
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Período
Colonial. Siglo XVI
En la estructura social y
política de Ollantaytambo, en los inicios del período colonial,
se registra una fuerte presencia de la población perteneciente
a una de las panacas reales, probablemente la de Pachacuti. Los residentes
del conjunto urbano de Qosqo Ayllu conservaban su linaje y administraban
extensas y ricas tierras de cultivo de maíz. Los habitantes de
la periferia pertenecían a otros ayllus de jerarquía inferior,
por lo general procedentes de otras regiones ya sea como mitmas, forasteros
o yanas, como se verá más adelante.
Los documentos del
siglo XVI testimonian que el valle de Urubamba, conocido como Valle Sagrado
de los Incas, con la preeminencia de Yunac, hasta el valle bajo de Amaybamba,
estaba poblado por miembros de la nobleza incaica. Hacia 1568, según
las investigaciones realizadas por Miguel Glave y María Isabel
Remy (1983), en Ollantaytambo se encontraban los curacas Felipe Mayontopa
y Gonzalo Cusirimachi, su sucesor. Los Incas más principales y
viejos, descendientes directos de Huayna Cápac, encabezados por
Alonso Tito Atauche, Felipe Cari Topa y Felipe Túpac Yupanqui,
entre otros, buscaron su seguridad en Amaybamba (Glave y Remy, 1983: 11).
Con ocasión
del ingreso de Sayri Túpac y su esposa Cusi Huarcay al Cuzco en
1558, los festejos de recibimiento fueron fastuosos, participando en ellos
toda la nobleza incaica. Según Garcilaso, todos los ayllus imperiales
salieron a recibir a Sayri Túpac en homenaje de sumisión,
reconociéndolo como segundo Inca de Vilcabamba. Obviamente los
ayllus de la nobleza de Ollantaytambo y Amaybamba estuvieron presentes,
"como solían recibir a los incas pasados". "representado Sayri
Túpac muy al propio la persona de Huayna Cápac su abuelo
a quien afirmaban los indios que se parecía mucho" (citado por
Dumbar Temple, 1948: 148).
Nuevamente la nobleza
incaica residente en Ollantaytambo se hizo presente en el Cuzco en 1571,
con ocasión de la entrada a la ciudad imperial del virrey Francisco
de Toledo. Impresionante fue el recibimiento que se le hizo y en él
participó la flor y nata de la nobleza incaica, acompañando
a los encomenderos españoles. Varias crónicas relatan esos
fastuosos sucesos que duraron varios días, y en el curso de los
cuales pudo Toledo sentir la persistencia de la tradición incaica
y el brillo que irradiaba su nobleza.
Toledo presenció
el desfile de los indígenas, divididos por ayllus, cada uno con
sus pendones de diversidad de colores, ostentando patenas y chipanas de
oro y plata "y gran suma de plumerías que como el sol les daba
en el rostro: no hay comparación a los bien que parecían"
(Salazar, 1867, citado por Dumbar Temple, 1948: 161).
Ese año de 1571,
Carlos Inca acababa de tener su primer hijo en doña María
Esquivel, y valiéndose de su calidad de descendiente de Paullu
Inca y Huayna Cápac, logró que el virrey Toledo apadrinara
el bautizo de su primogénito Melchor Carlos. El cronista soldado
Baltazar Ocampo Conejeros (1906), testigo de los acontecimientos, deescribe
los grandes festejos que rodearon al bautizo del hijo de Carlos Inca,
que vivía rodeado de lujo deslumbrante que los españoles
le brindaron a su padre en recompensa por el apoyo constante que les dio
en la lucha contra Manco Inca. Ocampo Conejeros testimonió la participación
de la nobleza imperial procedente de varias provincias entre las que figuró
Tambo y ayllus vecinos, mencionando que:
"Se hicieron muy
grandes apercibimientos de fiestas, regocijos, juegos de toros y alcancía
y danzas de muchas inversiones muy costosas y nuevamente inventadas (que
las saben hace muchas y muy lúcidas en el Cuzco en ocasiones semejantes);
y para ellas convocaron toda la tierra más de cuarenta leguas a
la redonda. Donde se juntaron para el tiempo señalado, todos los
Ingas de las parroquias del Cuzco... Urcos, Antahuallas, Anta, Puquiura,
Xaquisahuana... Rivactampu, Maras, Tampu, Urupampa, Chinchero, Yucai,
Urco, Pisa y San Salvador, que todos estos son pueblos que habitan Ingas;
y de los Canas, Canches y Collao; y de todas cuantas naciones se pudieron
juntar. Y entre todos éstos vinieron a las fiestas del bautismo.
Titu Cusi Yupanqui, Túpac Amaru Inga, su hermano menor, que salieron
de la provincia de Vilcabamba..." (Ocampo Conejeros, 1906: VII, 309).
Glave y Remy (1983)
sostienen que la nobleza incaica y los sucesivos curacas cumplieron funciones
mediadoras entre la sociedad española y la masa indígena.
Fueron ellos quienes permitieron "la rápida penetración
española en el pueblo, su mestización y destrucción
total de la sociedad nativa". Ponen como ejemplo el caso del curaca Mayontopa,
jefe local que debió haber vivido los álgidos momentos que
ocasionó la rebelión de Manco Inca. Su papel, al momento
de la instrucción española, fue el de mediador entre los
indígenas a su cargo y el poder español, defendiendo interesadamente
tierras a favor de los españoles. El mismo papel cumplió
desde 1560 su sucesor Gonzalo Cusirimachi, quien junto a Felipe Mayontito,
hijo de Mayontopa, fueron expertos mediadores de tierras con los españoles.
El curaca principal entre 1590 y 1615 fue Quispetopa, quien sufrió
los efectos de la presión por las tierras que un grupo de mestizos
infiltrados en Ollantaytambo ejercieron con mucha fuerza e insistencia.
Francisco Quispetopa fue casado a fines del siglo XVI con la mestiza Constanza
de Soria, cuyo padre Pedro de Soria se convertiría en el principal
hacendado de Ollantaytambo. Luego, las tierras del curaca amestizado pasaron
a manos de otro "español de Tambo", llamado Miguel de Mora. Estos
y otros muchos casos permitieron a la sociedad hispana, a través
de este estamento noble, "penetrar la estructura indígena hasta
destruirla y obligar a los indígenas a refugiarse fuera del pueblo,
en muchos casos en las haciendas vecinas que se formaron paralelamente
a este proceso" (Glave y Remy, 1983: 11).
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La
desestructuración de la economía incaica
Como se sabe, en el Imperio
del Tahuantinsuyo los principios básicos de reciprocidad y redistribución
regulaban el funcionamiento de la economía. Si bien después
de la invasión española, los ayllus subsisten y se propone
el modelo de la reciprocidad, en cambio, el principio de la redistribución
estatal se derrumba con la muerte del Inca. En la cúspide de la
jerarquía social los hispanos sustituyen a la antigua aristocracia
dirigente y fundan la economía en la cruenta y vil explotación
del indio. La usurpación, la confiscación de las tierras
y del agua fueron los objetivos de los españoles. La dominación
colonial, significa para los indios, lo que Watchtel llamó "la
desposesión de los medios esenciales de la producción" (1976:
156). Todo ello viene favorecido por el asombroso descenso demográfico
y el creciente aumento de tierras sin cultivar. En el caso de Ollantaytambo
las tierras eran de alta calidad, habían sido "construidas" o especialmente
"fabricadas" como pertenecientes a una panaca o como propiedad del Sol,
razón por la cual fueron muy codiciadas. No obstante ello, con
la destrucción del estado incaico el rendimiento económico
de las cosechas del maíz bajó ostensiblemente.
En el testimonio de
Benito de la Peña de 1552, que figura en el documento inédito
de la Genealogía de Sayri Túpac se lee que en el valle de
Urubamba "hay pocos indios y muchas tierras, andan buscando en el valle
las mejores que les paresca y dejan de labrar la que antes labraban" (citado
por Wathctel, 1976: 155).
Uno de los instrumentos
fundamentales para la explotación indígena fue la encomienda.
El sistema de encomienda fue también esencial para la organización
económica y social del dominio español. Lockhart describe
a la encomienda "como una merced real dada en recompensa por servicios
de armas meritorios, como el derecho a disfrutar de los tributos indígenas
dentro de determinados límites con el deber de protegerlos y velar
por su bienestar espiritual. Una encomienda no era una concesión
de tierras" (Lockhart, 1982:20, infra). En el Perú y en particular
en el Cuzco, el primero que se adjudicó y adjudicó encomiendas
a parientes, servidores y paisanos fue Francisco Pizarro; posteriormente
lo hizo el gobernador La Gasca y los virreyes. En la práctica no
se cumplieron los preceptos básicos de lo que una encomienda significaba.
Los encomenderos burlaron prácticamente todos los dispositivos
e hicieron de sus encomiendas la base de grandes patrimonios, excediendo
largamente el derecho de cobrar tributos, pues utilizaron a los indígenas
para servicios en empresas agrícolas y mineras.
En el área de
los antiguos dominios de los incas, cada encomendero tenía un mayordomo
que hacía las veces de administrador, vivía entre los indígenas
para recolectar el tributo y supervisar otras tareas realizadas por la
mano de obra barata o generalmente gratuita de los indígenas de
la encomienda. Los principales encomenderos del Cuzco fueron los miembros
de la expedición conquistadora de Cajamarca en noviembre de 1532
y los que tomaron y saquearon la capital imperial en noviembre de 1533.
Tenían, además, enjambres de empleados que los servían,
y administraban grandes complejos de empresas económicas, en los
cuales el denominador común fue la tierra y los indígenas
de la encomienda. Estos hombres, no obstante que no eran dueños
de las tierras, pronto se convirtieron en los personajes más opulentos,
fueron una especie de señores feudales rodeados de criados españoles
y centenares o miles de vasallos indígenas, sumidos éstos
en la miseria y la desesperación.
En contraste con la
miseria en que vivían los indígenas tributarios, los encomenderos
se holgaban de tener sus casonas pobladas de gentes. La ambición
individual era el sueño de la vida señorial y las encomiendas
proporcionaban el marco general para todas las actividades sociales y
económicas de ese tipo. Los gastos que ostentaron los encomenderos
fueron tan cuantiosos que causaron envidia entre aquellos españoles
que no tuvieron la suerte de recibir una encomienda.
A fines de 1538, Hernando
Pizarro se convirtió en el primer encomendero de Ollantaytambo
y Amaybamba. Las tierras de cultivo y los tributos que se cobraban en
estos pueblos fueron muy disputados por los españoles. El Valle
Sagrado de los Incas estaba integrado por las comarcas de Pisac, Calca,
Yucay, Urubamba, Yanahuara, Ollantaytambo y Huayllabamba. Las relaciones
sociales que aquí se desarrollaban tenían características
muy especiales, pues esas posesiones no pertenecían a ninguno de
los cuatro suyos del Imperio. Desde Pachacuti, habían dependido
directamente del Inca. Encontramos allí que las tierras, como ya
se remarcó, estuvieron reservadas al Sol y al Inca, en el sentido
estatal de la propiedad. La mayor parte de ellas, antes de la invasión
española, estaba poblada por mitmas cañaris y yanas traídos
por Huayna Cápac.
Hernando Pizarro como
encomendero recibía grandes cantidades de fanegas de maíz,
doscientos cestos de coca y veinticuatro izangas de fruta anuales. Recibía,
además, una apreciable cantidad de enseres destinados a la arriería,
producidos en Ollantaytambo. Había recibido de su hermano Francisco
varias otras encomiendas que le reportaban fabulosos ingresos, como la
de Moyobamba; la de Cañaris con diez mil indios; la de Charcas
con igual cantidad; la de Chincha y la del propio Cuzco, con cinco mil
indios. Pero su buena suerte duró poco. En 1539 viajó a
España y dos años después fue enjuciado y encarcelado.
Los tributos que recibía de Ollantaytambo y Amaybamba y el rendimiento
de las otras encomiendas fue desde entonces cobrado por el fisco y depositado
en la Caja llamada "de comunidades". Al tercer año de haber abandonado
Hernando Pizarro el Perú, los tributos representaban más
de 38.000 pesos para España (Cuneo-Vidal, 1978: III. 325).
Poco antes de la toma
oficial de la encomienda por parte de Hernando Pizarro, su hermano Gonzalo
ya había usurpado los bienes de Sayri Túpac, que a la sazón
jefaturaba la panaca de su abuelo Túpac Inca Yupanqui, entre los
que se encontraban ricas tierras, con Moyntopa de curaca y gran número
de siervos indígenas en Ollantaytambo, Pachar y Piri, según
refiere Loahman (citado por Glave y Remy, 1983: 59).
Los encomenderos que
sucedieron a Hernando Pizarro en el repartimiento de Ollantaytambo fueron
Arias Maldonado, su hijo Melchor Maldonado, luego un oscuro español
llamado Miguel Angel Filipón, y Francisco de Soto Carrillo. El
padre de Arias Maldonado fue con Diego Maldonado, uno de los primeros
conquistadores del Cuzco, dueño de extensas encomiendas distribuidas
en varios valles. Se le conoció con el apelativo de Maldonado "el
rico", y pronto se convirtió en un poderoso señor feudal
usurpando tierras a los Chancas y especialmente a los Pinagua que antiguamente
habían pertenecido a Huáscar. La sed de poder económico
de Diego Maldonado llegó a extremos inverosímiles: cambiaba
mitmas, expulsaba Pinaguas que no le eran adeptos, formaba "estancias"
por doquier, "ante la desesperanza y preocupaciones angustiosas de los
ayllus", sin poder siquiera exhibir ningún documento que le acredite
en la posesión de Pinagua, la famosa etnia Hurin de los Incas (Espinoza
Soriano, 1974: 170- 171).
Arias Maldonado heredó
los mismos apetitos de grandeza y opulencia de su padre. Se trataba de
un mestizo encumbrado por su condición de ser descendiente de conquistador
y de noble incaica. Heredó, además, las encomiendas de Amaybamba
y Calca. Se exceptuaba Yucay, pues por entonces Sayri Túpac gozaba
de esa heredad, en recompensa por su capitulación con los españoles.
Poco tiempo después este Inca sería envenenado en Vilcabamba
por Francisco Chilche, un curaca Cañari, su eterno rival en la
posesión del valle de Yucay. En estas circunstancias Arias Maldonado
entró en relaciones con María Cusi Huarcay, la famosa viuda
de Sayri Túpac, con la finalidad de fusionar tierras en el Valle
Sagrado, deseo que no se cumplió debido a la expulsión de
Arias y su padre Diego Maldonado por un intento sedicioso gestado en 1567.
Durante este lapso Ollantaytambo quedó sin encomendero, hubo demoras
en el reconocimiento del menor Melchor Maldonado. De otro lado surgieron
intereses de parte del monasterio de Santa Clara, el primer claustro de
recogimiento de mestizos instaurado en Cuzco en 1560, que pronto "adquirió"
tierras en Ollantaytambo. Desde entonces su ingerencia en las tierras
de este valle suscitaría una serie de pleitos con el virrey y la
corona.
El Virrey Francisco
de Toledo realizó su visita general del Perú entre 1570
y 1575, tarea que constituyó una de las más importantes
de su administración. Designó como visitadores a "los hombres
más hábiles y capaces en el servicio del rey en las Indias".
La provincia del Cuzco revestía gran importancia tanto en lo económico
cuanto en lo demográfico y para inspeccionarla fue designado visitador
el experimentado Pedro Gutiérrez Flores, en 1572, reemplazado por
Diego Barrantes Perero, en 1573.
El valle de Yucay,
donde se hallaba comprendido Ollantaytambo, había sido ya visitado
anteriormente por varios funcionarios coloniales, tales como Juan de Berrío,
Pedro Alonso Carrasco y Damián de la Bandera en 1558; y García
de Melo y Diego Escudero en 1569 (Villanueva, 1970: 15).
Las disputas por la
posesión de las tierras de Ollantaytambo se vio un tanto atenuada
por una Real Cédula expedida en julio de 1572, en virtud de la
cual el rey de España ordenó al virrey Toledo que las tierras
de Ollantaytambo "se pongan a la corona", vale decir, que pasase a manos
de la administración real. Sin embargo, las monjas del convento
de Santa Clara reclamaron al virrey Toledo señalándose como
víctimas de un despojo, sobre todo porque se vieron impedidas de
continuar con el uso indiscriminado de los servicios personales de los
nativos.
En la Tasa de Visita
General de Toledo, luego de dar cumplimiento a la Real Cédula de
1572, se registra que la encomienda de Ollantaytambo pasó a manos
de Melchor Maldonado, "en segunda vida...hijo y sucesor de Arias Maldonado
a quien le encomendó con otros repartimientos el Conde de Nieva"
(Tasa de la Visita, 1975: 166).
El mismo documento
consigna la existencia en 1573 de 209 indios tributarios y una población
total de 919 habitantes. La exigencia tributaria anual cifraba el pago
de 828 pesos de plata ensayada y marcada, 100 fanegas de maíz,
25 fanegas de trigo y 156 aves de corral, haciendo un total de 1035 pesos
de plata de los cuales 305 pesos se destinaban para la doctrina de los
dichos indios y 50 pesos para el salario de dos caciques" (Tasa de la
Visita, 1975: 166).
Miguel Angel Filipón
y Francisco de Soto Carrillo, encomenderos que sucedieron a Melchor Maldonado,
perdieron paulatinamente sus privilegios, no logrando establecer un predominio
señorial como el de sus antecesores. El anterior curaca principal
de Ollantaytambo, Francisco Mayontopa, según consta en un documento
del Archivo Departamental del Cuzco, declaró que donaba 150 topos
de tierra al Monasterio de Santa Clara, argumentando lo siguiente: "a
mí ni a los dichos indios de Tambo no nos viene daño ni
perjuicio por tener como tenemos los dichos indios de Tambo muchas tierras
donde poder sembrar" (citado por Glave y Remy, 1983: 81).
Por esa misma época,
mediados del siglo XVI, la Orden Mercedaria recibió otra concesión
de tierras, que después se convertiría en la hacienda de
Huatabamba, conocida hoy con el nombre de Compone y perteneciente a la
Cooperativa Cápac Inca Ollanta, cuyos suelos, exprofesamente trabajados
en tiempos prehispánicos, constituyen hoy los de más óptima
calidad.
Huatabamba o Compone
surgió hacia 1620 como una de las haciendas más grandes
de la margen derecha del Vilcanota, merced a la adquisición que
hizo un propietario laico, no obstante las quejas de la Orden Mercedaria
que siguió reclamando la posesión de esas tierras.
Las monjas de Santa
Clara obtuvieron otra propiedad en las tierras de Pachar, cedidas por
el curaca Mayontopa, las que también pretendieron los mercedarios.
Durante la visita toledana
de Diego Barrantes en 1573, Ollantaytambo sufrió el proceso de
las reducciones, y los nativos fueron concentrados en el pueblo llamado
"Zarza". No hallamos una explicación lógica de cambio tan
radical; y sugerimos que "Zarza" es un topónimo netamente español.
Zarza es el lugar donde vivió Francisco Pizarro en Trujillo de
Extremadura. La Zarza fue uno de tantos pueblos extremeños de callejuelas
estrechas y tortuosas, en las que asoman casas de rústica hechura,
agrupadas en torno a los patios y la iglesia lugareña. ¿Acaso
los funcionarios españoles quisieron asociar el Qosqo Ayllu con
el antiguo terruño de Pizarro en Extremadura? Lo real y concreto
es que La Zarza fue "heredad patrimonial de los Pizarro desde sus ancestros"
(Cuneo-Vidal, 1978: III. 61); "la heredad familiar de los Pizarro" (Porras,
1978: 106).
Un aspecto de particular
importancia en la organización social de los nativos de Ollantaytambo
es que desde la Visita General del Virrey Toledo, se definieron básicamente
cuatro ayllus que en orden jerárquico fueron: Qosqo Ayllu, Chinchaysuyo
Ayllu, Aracama Ayllu y Yanacona Ayllu. Cabe señalar que antes debieron
existir más ayllus, pero la política toledana y la alarmante
disminución demográfica los condujo sólo a cuatro.
Por ejemplo, desapareció el Ayllu de los Collas Mitmas, que hacia
1555 se hallaba establecido como grupo importante, cultivador en las tierras
de Collca o Collcabamba. Otros grupos debieron ser devueltos a sus sitios
de origen.
Qosqo Ayllu de acuerdo
al principio de la tripartición jerárquica Inca, perteneció
al sector Collana de los jefes y conquistadores Incas, probablemente descendientes
del Hatun Ayllu o panaca creada por Pachacuti. Recordamos que el curaca
principal de Ollantaytambo Francisco Mayontopa se consideraba descendiente
directo de este Inca. Por otra parte, la nobleza incaica de este sector
se mantuvo vigorosa hasta 1595 encabezada por María Coca Huaco
Coya, Juan Ziza Ocllo y Diego Huamico Quispe.
El Chinchaysuyo Ayllu
formó parte del sector Payán. La categoría Payán,
según Wachtel, designa a la población constituida por los
ayudantes o servidores de los jefes, a la vez inca y no inca. Los integrantes
de este ayllu no necesariamente fueron mitmas chachapoyanos transplantados
a Ollantaytambo, sino grupos quechuas probablemente Ayarmacas que cumplían
funciones de servidores de los Qosqo. A los Chachapoyas que habitaban
en Ollantaytambo se les llamaba Hatun Runas y no mitmas, aseveración
que se desprende de una declaración de mediados del siglo XVI,
que indica que no fueron sojuzgados, como fue el caso concreto de la etnia
Chachapoya que se convirtió en aliada de los invasores españoles
(Watchtel, 1976: 117).
El Araqama Ayllu perteneció
al sector Cayao que unificó a la población vencida, no inca.
Es probable que estuviese constituido por la etnia derrotada de los viejos
Tampus, que ocupaban una categoría social sojuzgada, conformando
el pueblo aborigen propiamente dicho.
Por último,
el Yanacona Ayllu ocupó una jerarquía inferior y estuvo
conformado por mitmas traídos del Chiunchaysuyo, entre ellos los
Chachas y Cañaris, y de otros lugares como los forasteros de Omasuyos
y Curahuasi. Trabajaron como sirvientes o "criados perpetuos", como los
llamó Cieza (1967:60). Servían al inca en sus palacios y
sus templos, cultivaban las tierras personales del emperador y cuidaban
de los rrebaños de camélidos del Estado o del Sol. Asentada
la colonia, engrosaron la pléyade de siervos de los españoles.
En 1594 se produjo
en Ollaytaytambo un acontecimiento de gran relevancia. El Oidor Alonso
Maldonado de Torres encargado de la distribución o "composición"
de tierras del área del Cusco, nombró, en segunda instancia,
a Diego Maraver como visitador de Ollantaytambo. Este funcionario hizo
el reparto de tierras a los indígenas de los cuatro Ayllus ya señalados.
A la nobleza residente en el pueblo se le asignóo tierras comunales.
Enrrgó títulos de todas las haciendas que jugarían
un papel preponderante en la historia económica de Ollantaytambo
en el transcurso de los siglos XVII, XVIII y XIX.
El visitador Maraver
tuvo vínculos consaguíneos con uno de los frailes de la
Orden de los Agustinos que se había establecido en el valle. Maraver
cedió tierras a sus familiares en Ollantaytambo, aprovechando esta
visita.
Después de la
visita de Maraver, dispuesta por el Oidor Maldonado de Torres, se registraron
varias otras visitas a Ollantaytambo, con el propósito de efectuar
la venta y composición de tierras. En 1647, en el gobierno del
Virrey Pedro de Toledo y Leyva, Marqués de Mancera, encontramos
a Diego de Alcázar componiendo y rematando tierras. Por esta época,
el proceso acelerado de la expansión de latifundios incitaba la
usurpación de tierras vecinas. Por ejemplo, Diego de Sonia, prominente
hacendado de Shilque, se apodero de extensas tierras que producían
31 fanegadas de maíz y 28 de trigo, y en las punas usurpó
terrenos para el cultivo de 80 fanegadas de papas (Glave y Remy, 1983:
89).
Otro aspecto que se
debe tomar en cuenta es el agresivo y permanente proceso de la evangelización,que
se inicio con la incursión de los primeros religiosos cristianos.
El empeño evangelizador
de las congregaciones religiosas de dominicos, agustinos, franciscanos,
mercedarios y jesuitas constituyó en el Perú un punto de
partida ineludible para comprender el complejo proceso cultural que significó
la cristianización en los Andes. Los primeros religiosos se compenetraron
con la cultura y sensibilidad indígenas, destruyendo brusca y severamente
ídolos, santuarios y prácticas rituales, lo que en algunos
casos hizo posible un cristianismo popular. En otras palabras los nativos
se cristianizaron casi en la medida en que los primeros frailes catequisadores
se "indigenizaron".
Creáronse luego
las doctrinas, que no fueron sólo divisiones especiales para la
prédica de la nueva religión, sino instituciones que "se
imponían sobre la comunidad. La iglesia organizaba el espacio y
la vida de los fieles... aparentemente aparece como una victoria de la
iglesia... pero, si bien los curas católicos pudieron demostrar
que tenían más poder que los hechiceros (o infieles), no
conseguirán nunca enrolarlos en sus propias filas" (Flores Galindo,
1987: 102).
En un principio, los
frailes se consagraron a construir monasterios, templos y capillas; pero
paralelamente a la construcción de los recintos religiosos, edificaron
en forma sistemática un anexo con materiales ligeros destinados
a servir de escuela. Desde su instalación, es allí donde
acogieron a los hijos de los principales del lugar. Niños y jóvenes
fueron los que recibieron los primeros rudimentos de la religión
católica, aprendiendo de memoria las oraciones principales, para
luego ser sometidos al sacramento del bautizo, cuya arma fue usada desde
el primer momento de la conquista. Recordemos que Atahuallpa, Manco Inca
y Tupac Amaru I, fueron fuertemente presionados por los frailes para que
se sometieran al bautizo a cambio de su vida.
En los primeros años
de la conquista se construyó en Ollaytantambo una capilla, emplazada
sobre los escombros de un importante recinto religioso nativo desbaratadopor
los Pizarro y por Diego de Almagro "el Mozo". Posteriormente habría
de ser ampliada y edificada con materiales pertenecientes a la típica
cantería incaica, ajustada a concepciones arquitectónicas
hispánicas.
Ollaytantambo se convirtió
así en un foco de agresión a la masa nativa por parte de
los frailes de diversas congregaciones. Habiendo sido depositario de las
principales creencias religiosas incaicas, como centro del culto antiguo,
morada de dioses y héroes fundadores, devino en un centro de propaganda
cristiana. La feroz cacería de ídolos por parte de los extirpadores
de idolatrías duró varias décadas, mencionando entre
las principales la que encabezó el canónico del Cusco Cristobál
de Albornoz, hacia 1586, quien solicitó al Rey de España
"comisión para participar en todo el Obispado del Cuzco y en sus
comarcas en la extirpación de guacas e ídolos y para que
el virrey y los gobernadores y corregidores y otras justicias (le diesen)
todo el favor necesario" (Albornoz, 1984: 173, en Duviols, 1984).
Durante este período
de persecución religiosa, los nativos de Ollaytantambo se vieron
obligados a esconder los ídolos de sus ancestros en los muros de
sus canchas, o enterrarlos. Para no despertar sospechas, colocaron en
sus casas imágenes de Cristo o de la Virgen. Al levantar una cruz
en una plazuela, subrepticiamente guardaron una representación
prehispánica en los cimientos, a fin de poder proseguir con el
culto a su antigua divinidad al fingir adoración a la cruz.
Las directivas para
contrarrestar la violenta cruzada de la extirpación de idolatrías
habían emanado de los Incas de Vilcabamba. La guerra de resistencia
espiritual se mantuvo por mucho tiempo. El movimiento de implantación
del cristianismo se mostraba irreversible. En líneas generales,
la cristianización en las áreas rurales de Cuzco deviene
como innegable realidad, pero gran parte de la población abraza
la nueva religión sólo por conveniencia. Pronto las efemérides
del cristianismo se cumplirán en festividades celebradas antes
por os indígenas.
El culto cristiano
en Ollantaytambo se acrecentará con la entronización de
su Santo Patrón Apóstol Santiago. El templo cristiano de
este pueblo fue puesto bajo su advocación. Santiago, que según
la tradición y referencias de los cronistas, salvó a los
españoles durante el cerco de Manco Inca al Cusco en 1536: descendió
de los cielos cabalgando en su caballo blanco, con yelmo emplumado, capa
roja flotante a las espaldas y provisto de espada, y en feroz lucha hizo
huir al ejército de Manco a Ollantaytambo (Guzmán Poma,
1993: I. 310). Temiéndole, desde entonces los indios lo llamaron
Illapa, dios del trueno.
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Causas
de la catástrofe demográfica
El siglo XVI marcó
una época alarmante en lo referente a una vertiginosa disminución
de la población indígena. La eliminación de millones
de indios por las epidemias, el hambre, la tortura y la disgregación
social ha sido mencionada por muchos estudiosos. Roto el equilibrio de
la economía y la sociedad nativa la población empezó
a declinar en forma estremecedora; y uno de los factores que incidió
en el derrumbe demográfico fue el de las epidemias que trajeron
los europeos.
La viruela, el sarampión,
la varicela, la gripe o catarro y el tifus se propagaron epidémicamente
por América e hicieron estragos en poblaciones que no estuvieron
inmunizadas para los vectores de estas enfermedades. Un especialista en
demografía histórica apunta al respecto: "Al cabop de siglos
de incomunicación con otras áreas del mundo es natural que
los indios americanos hubieran desarrollado inmunidades contra los agentes
difundidos en su medio. La intrusión repentina rompió, sin
embargo, el aislamiento e introdujo bruscamente toda suerte de virus y
bacterias desconocidas en América, pero que, para desgracia, eran
familiares entre europeos y africanos" (Sánchez Albornoz, 1973:
82).
La viruela pasó
primero de España al Caribe a poco que el Nuevo Mundo fuera descubierto.
En Mesoamérica la peste hizo estragos hasta arrebatar la vida al
rey azteca Ccuitlahuatzin. De allí se propagó a territorios
del Imperio Incaico, procediendo en varios añ{os a la presencia
efectiva de los conquistadoresespañoles. Parece incluso que la
sucesión al trono incaico, que permanecía en disputa cuando
las huestes de Pizarro desembarcaron en Tumbes, se produjo por la repentina
muerte de Huayna Cápac víctima de la viruela, ocurrida en
Quito hacia 1524 ó 1525.
Según el testimonio
de los cronistas, la viruela, "el azote del género humano", en
su primera oleada no dejó comarca alguna que no fuese terriblemente
afectada. Cuenta Garcilaso (1954) que Huayna Cáoac "toda vez que
se bañó, salió con el frío o temblor, y le
sobrevino la calentadura, de que murió, después de varios
días en que estuvo peor y peor...Abrieron su cuerpo y lo embalsamaron
y lo llevaron al Cuzco" (Garcilaso, 1945: Lib. IX, cap. XV:25).
El padre Cobo, sobre
el mismo caso, anota que Huayna Cápac se hallaba en Tumibamba y
Quito" y en ese tiempo sobrevino una enfermedad y pestilencia muy grande
en que se murieron innumerable gente de una viruela que se habrían
todos de una lepra incurable, de la cual murió este señor
Huayna Cápac, al cual salaron (momificaron) y llevaron al Cuzco
a enterrar" (Cobo, 1964: II. 386). En 1585, la ciudad del Cusco y los
pueblos del valle de Urubamba se vieron afectados por la viruela y sarampión:
"Este año -dice Montesinos- hubo en la ciudad del Cuzco y pueblos
cercanos, muy grande peste de viuelas y sarampión y dolor de costado
y venía con tanta malicia que los llenaba de lepra y morían
de ello muchas personas y esto sólo en tierras del Cuzco, y se
pegaba con todo rigor" (Montesinos, 1930).
Para muchos autores
1588 y 1589 fueron años trágicos por las pestes de viruela
y sarampión que se propagaron por todos os confines del Perú
golpeando a todos los sectores de la población. Los estragos fueron
mayores porque influyeron en el déficit provocado en la nutrición
y la modificación de los usos alimenticios. Las consecuencias sentidas
en el Cusco, Yucay, Calca y Ollantaytambo fueron realmente alarmantes,
por algo el cronista Montesinos habló de la "peste universal en
el Perú". Sobre esta terrible epidemia encontramos una descripción
patética que dice a la letra: "Empezaba con mucha fiebre y aparecían
unos tumores, lobanillos o apostillas de sarna muy asquerosos que se levantaban
en todo el cuerpo, y rompiéndose arrojaban costras de comezón
que obligaba a rascarse aún en los ojos que por sí también
se ulceraban, de que resultaba una fealdad monstruosa... Además
de eso padecían uma interior congoja de pasión que pasaba
a desesperación. El estrago fue en todo el reino, particularment
en el Cuzco, los nativos morían a millares, en especial los muchachos,
no así los españoles. No cabían los enfermos en los
hospitales, ni los cadáveres en las iglesias y cementerios..."
(Noticias cronológicas del Cuzco, Anales, 1902: 234).
Sobre esta misma catástrofe
demográfica, vale la pena citar unos pasajes de la Carta Anual
escrita por el padre José de Arriaga de la compañía
de Jesús el 21 de mayo de 1590: "Hace ya dos años que una
grave peste ha invadido todas estas provincias. Esta se ha extendido desde
el norte hasta Chile... Salían en todo el cuerpo pústulas
virulentas que deformaban a los míseros enfermos, al punto que
éstos podrían conocerse sólo por el nombre. De tal
modo los invadía, que la piel misma parecía quemada por
el fuego. Las pústulas obstruían las fauces, hasta impedir
se pasasela comida sobreviniendo la muerte... Todas las casas llenas de
enfermos presentaban la más dolorosa imagen de la miseria. Aumentaban
el mal los entierros trístisimos sin ningún canto, y sin
el fúnebre teñido de las campanas" (en: Polo, 1913: 102).
El alarmante número
de víctimas registrado en el vallle de Urubamba y en otras zonas,
obligó al virrey Conde de Villar, don Fernando de Torres y Portugal,
a dictar una serie de provisiones destinadas a combatir la epidemia y
auxiliar a los enfermops con paliativas y medicinas que resultaron, a
la postre, infructuosos. Las epidemias se presentaron a intervalos casi
regulares en los siglos siguientes.
Una visión clara
de está catástrofe trasciende el estricto interés
demográfico y afecta propiamente al significado de la invasión
y colonización en los Andes. Reiteramos, las enfermedades traídas
de europa y Africa, contra los cuales los indígenas se hallaban
indefensos, parecen ser la causa principal de la hecatombe. El quebranto
socioeconómico originado por la dominación española
incrementó la suceptibilidad de los nativos a los elementos patógenos.
La disolución de su vida cultural desarmó la vitalidad que
hubieran requerido para la preservación de la población.
Los pobladores reducidos
en Ollantaytambo contemplaron , en el transcurso del trágico siglo
XVI, el descalabro de sus tradiciones, la fuga de los dioses que abandonaron
a su pueblo, la destrucción de los templos, los cementerios arrasados,
el saqueo de sus tesoros y la devastación de su economía.
Todo ello epilogado por un sentimiento casi paralizante de asombro ante
lo que ocurría. Debieron entonces preguntarse: ¿Dónde
hallar la esperanza? Siendo difícil encontrar siquiera un destello
de luz en el largo túnel oscuro que el mundo indígena parecía
recorrer, la fuerza de estas gentes hubo de concentrarse en fueros concentrados
en Patacancha, Huilloc, Qosqo Ayllu, Aracama Ayllu, Sillque, Cachicata,
Piri y otros reductos de explotación. ¿Cómo evitar
la desesperanza en ellos? El Perú se había dividido en dos,
a saber: La república de indios marginados y la república
de españoles privilegiados.
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Período
Colonial. Siglo XVII
Durante el siglo XVII en
España la monarquía continuó reteniendo una parte
del tesoro procedente del Perú, en especial el tesoro de los templos,
palacios y tumbas incaicas del Cusco, para pagar sus guerras y especialmente
sus deudas. El rápido paso de cantidades fabulkosas de oro y plata
por España hacia países europeos, condujo a una traumática
devaluación de la moneda.
En la colonia, la división
de las dos repúblicas, una de poseedores y otra de desposeídos,
fue creciendo a medida que la riqueza se distribuía injustamente.
El siglo XVII se inició con el gobierno del virrey Luis de Velasco
y Castilla, Márqués de Salinas. Lima fue la ciudad que más
atención le mereció; el centralismo limeño estaba
en camino, y el olvido de los pueblos andinos era cada vez más
manifiesto. Instituciones coloniales como la encomienda y el corregimiento
continuaban desarrollando acciones nefastas contra los nativos; las leyes
emitidas por la Corona a favor de los indios seguían siendo burladas
impunemente.
En 1605 fallece en
Ollantaytambo don Antonio de Porras, un mestizo que desde la segunda mitad
del siglo XVI había desempeñado el cargo de notario en Amaybamba
y Ollantaytambo. Este personaje, casado con Isabel Trujillo, amasó
una inmensa fortuna, adquiriendo tierras en Pachar, solares en el pueblo
y como prestamista de indígenas, habiendo sido el vecino español
más importante, aliado económico de Pedro de Quiroz, Corregidor
de Yucay. Salió airoso de casi todas las acusaciones y juicios
que le abrieron envidiosos rivales, como el encomendero de Maras, Orué,
quien lo acusó de haber hecho "compañía" con los
indígenas de Ollantaytambo para la explotación de trigo
y su posterior comercialización en el Cuzco. Pero en las postrimerías
del sigloXVI Porras quedó prácticamente en la "ruina". Gran
parte de sus tierras pasaron a la administración de órdenes
eclesiásticas y de otros propietarios que habían facilitado
dinero al antiguo usurero de los indios. Su hija Beatriz había
contraído matrimonio en 1603 con el también escribano Diego
Espinoza Campos, quien asumió la defensa de los intereses de su
suegro y de su esposa.
Espinoza emprendió
un largo juicio con las monjas de Santa Clara, quienes aprovechando las
estrecheces económicas de Antonio de Porras le habían facilitado
dinero, adquiriendo la hacienda Pachar en la irrisoria suma de 2000 pesos(su
precio real era de 5000 pesos), gracias a las rápidas gestiones
del benefactor del convento don Gerónimo de Costilla. El pleito
por la hacienda de Pachar duró hasta 1630, incluso hasta después
de la muerte de Espinoza. La viuda Beatriz Porras, agobiada económicamente,
decidió finiquitar el pleito poniéndo como condición
que su hija Isabel de Espinoza profesara con el hábito de Santa
Clara. Su petición fue atendida y con ello quedó definitivamente
cerrado este caso. La familia había perdido sus tierras a cambio
de ganar una religiosa, hacho que en esos tiempos era signo de gran prestigio.
De este modo, las claristas
paasaron a controlar una gran propiedad de tierras de alta calidad teniendo
asimismo acceso a la fuerza de trabajo indígena y al molino de
la comunidad.
Por ese mismo tiempo,
el curaca de Ollantaytambo, Francisco Quispetopa, optó por vender
a los agustinos el preciado molino de la comunidad, no sin antes entrar
en contubernio con Miguel de Mora, un mestizo aprovechado y con el corregidor
de turno; Antonio Ladrón de Guevara. Las con tradicciones se agudizarían
al concentrarse las tierras en pocas manos (Glave y Remy, 1983: 151).
En la primera mitad
del siglo XVII esta población básicamente rural permanecíaen
estado de estancamiento tremendo, evidenciando un nivel de vida que linda
con la miseria pavorosa. Nótese que los tributarios que fueron
esquilmados por los españoles ascendían a 209; cincuenta
años después de la Visita de Toledo habían disminuído
a la magra suma de 51 tributarios, quienes soportaban todo el peso de
gravamen para satisfacer las exigencias de encomenderos y corregidores.
Estos últimos, a través del curaca, convocaban a los nativos
para realizar duros trabajos en la mita.
Adviértase también
que el cuadro denuncia la alarmante merma del más del 60% de la
población femenina, y más aún el horroroso decrecimiento
del número de jóvenes menores de 17 años de edad,
en cerca del 140%.
En estas circunstancias
aparecieron en Ollantaytambo las figuras de unos de los troncos familiares
más poderosos; los de los Soria Fernández de Heredia y los
Centeno Maldonado, quienes fundan en Ollantaytambo una especie de vasto
señorío cuyas expresiones más completas fueron las
haciendas de Sillque y Huatabamba (Compone), que se constituyeron en las
dos más importantes del Cusco del siglo XVII.
Pedro de Soria y Francisco
Centeno Maldonado, españoles que llegaron al Perú a principios
del siglo XVII, pronto se incorporaron a los círculos sociales
más influyentes del Cusco. Pedro de Soria ocupó el cargo
de Corregidor de Vilcabamba en 1620, y Francisco Centeno similar puesto
en Aymaraes, desde 1624. Ambos unieron sus familias en Ollantaytambo:
Centeno contrajo nupcias con Margarita Soria. Esta alianza permitió
a Soria posesionarse de la famosa hacienda de Sillque, ubicada en la banda
opuesta del conjunto urbano de Ollantaytambo. Sillque estaba conformada
por grandes extensiones de tierras de gran valor cuyos suelos habían
sido "construídos" en tiempos del poderío de Pachacuti,
siendo conservados por su panaca.
Antes de la adquisición
misteriosa de Sillque por Soria, la hacienda había pertenecido
a doña María de Esquivel, esposa de Carlos Inca, hijo de
Paullo Inca. Decimos adquisición o compra mistriosa o fraudulenta,
porque Soria nunca exhibió los títulos de propiedad. Cabe
anotar que Melchor Carlos Inca, hijo único del matrimonio de Carlos
Inca y María de Esquivel, hizo reconocer esta hacienda como de
su propiedad,pues se ytrataba de una heredad de sus antepasados nobles.
Los herederos de Sorria,
en la segunda mitad del siglo XVII, se disputaron arduamente la posesión
de la hacienda Sillque. Soria había dejado una descendencia muy
numerosa. Alonso de Soria se alzó finalmente como nuevo señor
de Sillque, por tratarse del único hijo varón legítimo,
convirtiendo la propiedad en mayorazgo.
Francisco Centeno Maldonado,
casado con Margarita Soria, fue propietario de la famosa hacienda Huatabamba
(Compone), cercana al pueblo de Ollantaytambo. Como ya señaláramos,
las tierras de Huatabamba habían sido igualmente "trabajadas"en
tiempo de los Incas;concretamente pertenecieron a a Pachacuti y al Sol.
La configuración de Huatabamba consiste en extensos tablones dotados
de abundante agua que delinean una estructura piramidal. La composición
de los suelos es obra de una ingeniería agrícola muy avanzada.
Las tierras fueron indudablemente traídas de otras áreas
tal como refieren varias crónicas. La base del cultivo en estas
tierras fue el maíz y el trigo, con alto rendimiento por fanegada.
Después de los Centeno Maldonado, la propieded de estas haciendas
fue también muy disputada.
Los religiosos adujeron
siempre que esas tierras les correspondía porque anteriormente
habían pertenecido al Sol y al Inca, que no estaban siendo utilizadas
y que había sido comprobado de que no interesaban a los indígenas,
porque ellos tenían muchas otras tierras que sembrar (Burns, 1991:
78).
A lo largo del siglo
XVII se evidencia la consolidación y expansión de las haciendas
en Ollantaytambo, cuya génesis se remonta a aquella donación
hecha en 1557 por el cabildo a la monjas de Santa Clara, consistente en
200 fanegadas de tierra en el valle de Tambo, donación que marcó
el inicio de la hacienda Pachar, que llegó a ser una de las más
grandes de esa rica zona agrícola.
Sobresalen Sillque
y Huatabamba de los Soria-Centeno, Chilca, Phiri y Mescay de los agustinos,
Cachicata, Mascac, Tancac, Mascabamba y Cutija-Utquibamba. En Ollantaytambo
se manifiesta la marcada presencia de la propiedad religiosa, que jugó
un papel preponderante en la economía rural, con los frailes de
la Orden de San Agustín; las monjas del convento de Santa Clara
del Cusco y el cura del pueblo padre Fabián Rodríguez, a
los que se sumaron los frailes del hospital de Bethlemitas, quienes mostrarían
su tremenda hegemonía en el transcurso del siglo XVIII.
Es muy notorio que
en el siglo XVIII las haciendas furon creciendo en extensión y
concentrándoe lentamente en pocas manos, debido a que la agricultura
del maíz, trigo, tubérculos y caña, y la ganadería
de camélidos y ovinos en pisos ecológicos altoandinos, son
actividades aleatorias dependientes de los cambios climáticos.
Las haciendas cambiaban de propietarios pasando de los medianos a los
de mayor solvencia económica, de los menos pudientes a los más
ricos. Las llamadas "composiciones" dieron a los terratenientes la plena
propiedad de las tierras que ocupaban con el derecho de usar, usufructuar
y disponer. Las mercedes reales ya compuestas entraron de inmediato al
mercado y fueron objeto de compra-venta.
Ya se dijo que Pachar,
una hacienda de formación temprana, perteneció a las monjas
clarisas; cuya riqueza fluía de la recaudación de las rentas
del ámbito urbano. No se desprenderían de esta rica propiedad
sino en 1728, año en que pasó a manos de los frailes bethlemitas.
Los agustinos, en principio,
ingresaron a Ollantaytambo sólo para producir harina; pero pronto
se posesionan de la hacienda de Chilca y ampliaron sus dominios territoriales
incorporando a las propiedades de Mescay, Phiri y Tancac. Esta Orden Agustina,
con suma habilidad transaccional, fue adquiriendo haciendas una tras otra,
y sus dominios se extendieron hasta arrendar terrenos donde se hallaba
la célebre ciudadela de Macchu Picchu. Existe un documento suscrito
en el valle de Amaybamba en marzo de 1568, en el cual declaran el cacique
de Picho, don Juan Chaico (Chalco?), Felipe Mayotompa, Gonzalo Cusi Rimachi
y otros, ante el corregidor de Vilcabamba don Diego Rodríguez de
Figueroa, diciendo que "conocían o tenían noticias de esas
tierras" (Rowe, 1990: 151-154). Los cuantiosos ingresos anuales obtenidos
por los agustinos de esas propiedades fueron utilizados en gastos suntuarios
no individuales, sino de toda la institución religiosa.
Habíamos señalado
que existió un tercer agente de la propiedad religiosa predominante
en la economía rural de Ollantaytambo: fue el cura de la localidad.
En el siglo XVII figura el cura español Fabián Rodríguez
como un prominente personaje dedicado a desarrollar una empresa agraria
de fructífera administración. Como propietario del curato
de Ollantaytambo, habitaba obviamene en la casa cural, en la que hasta
hoy se puede apreciar un portal formado por dos grandes bloques megalíticos
de pórfido rosado de manufactura incaica, ubicado en las proximidades
del puente sobre el río Patacancha, antiguamente encausado, hacia
el noreste, y cerca de la gran plaza de Manyaraqui, al oeste. Desde esta
casa cural el padre Rodríguez dirigía su empresa, que consistía
en la explotación de tierras indígenas de más de
20 topos ubicadas frente a la iglesia. Su otra propiedad más extensa
colindaba con la hacienda Sillque, y la administraba en su condición
de patrón de la capellanía de Huayrancalla. Para llegar
a ella se atravezaba el puente inca sobre el río Vilcanota, única
vía utilizada entonces. Contaba además con dos esclavos,
uno de ellos era un negro llamado Juan Angola, y varias mulas de carga,
cuatrocientas ovejas y once yuntas de bueyes que pastaban en Huayrancalla.
El fuerte de sus bienes radicaba en la plata y muebles (Glave y Remy,
1983: 161-162).
En el Cusco comercializaba
sus cosechas de maíz y allí adquirió una casa donde
vivía con Juan de Raya. En la casa cural de Ollantaytambo contaba
con una cocinera que respondía al nombre de Constanza. Este cura,
después de testar, falleció en Urubamba el año 1653.
En octubre de 1689,
el sacerdote Juan Centeno Fernández de Heredia se desempeñaba
como "cura propietario por Presentación Real" de la parroquia del
pueblo de Santiago de Ollantaytambo, que por entonces pertenecía
a la provincia de Calca y Lares.
A fines del siglo XVII,
el Obispo del Cusco Dr. Manuel de Mollinedo y Angulo solicitó informaciones
detalladas de la realidad de cada una de las doctrinas de su Obispado.
El cura Centeno informó que "Ollantaytambo sólo contaba
con una iglesia parroquial, en cuya jurisdicción habían
seis haciendas grandes donde se coge mucho maíz y algún
trigo, una se llamaba Huatabamba, otra Pachar y las otras Sillque, Phiri,
Taucac y Chillca, las cuatro son de religiosos. Hay así mismo otras
diez o doce haciendas de la misma semilla, medianas, nombradas Mescabamba,
Tipongo, Cachicata y otras. Algunas de las haciendas están en el
mismo pueblo..." (Villanueva, 1982: 286). Hacía notar que estas
últimas propiedades eran todas de españoles.
Mencionaba la relación
que existían 900 indígenas "entre varones, mujeres y muchachos"
Y otros forasteros. Resaltaba la presencia de más o menos 100 españoles
y mestizos residentes en el pueblo, "entre varones, mujeres y niños".
Hacía también referencia de la "tierra caliente de Guayobamba",
con trs haciendas donde se cultivaba caña de azúcar, con
una escasísima fuerza de trabajo indígena.
El cura recibía
238 pesos anuales de salario aportado por el tributo de los indios. Por
último existían dos capellanías anexas, la primera
fundada por un cura, probablemente Fabián Roríguez, y la
otra fundada por una mujer.
A fines del siglo XVII,
el cura Juan Centeno adquirió las haciendas Sillque y Huayrancalla.
Posteriormente compró a los agustinos la hacienda Mescay. Desde
1680, año en que se hizo cargo del curato de Ollantaytambo, Centeno
logró formar un enorme complejo agrícola, esencialment productor
de maíz. En 1691 producía 3.157 fanegadas de maíz,
que se comercializaba en Maras, Urubamba y Cusco. Hacia 1698, en un acto
inusual de desprendimiento donó la hacienda Sillque a los padres
bethlemitas, quines ejercieron el dominio económico y social en
Ollantaytambo durante todo el siglo XVIII y hasta 1825, en que por disposición
de Bolivar dejron todas sus empresas.
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El
terremoto de 1650
La región del Cusco
se encuentra en un radio de alta sismicidad. Existen referencias sobre
la sucesión de varios terremotos desde épocas precolombinas,
como aquel que debió haberse producido en el tiempo de Pachacuti,
quien habría dispuesto la reconstrucción de la ciudad del
Cusco y los importantes centros religiosos y administrativos de Pisac,
Calca, Ollantaytambo y Torontoy, entre otros.
El 31 de marzo de 1650,
Cusco sufrió un terremoto catastrófico, cuyas réplicas
se mantuvieron por más de un mes. La ciudad y pueblos, en un radio
de 250 km., prácticamente quedaron en escombros. La destrucción
fue tan pavorosa, que las descripciones acerca de esa calamidad llegaron
a extremos increíbles. Extractaremos algunos párrafos narrados
por testigos presenciales.
En la relación
publicada en Madrid por el impresor Julián de Paredes se dice que
la región del Cusco, en el verano de 1650, soportó una temporada
de intensas precipitaciones pluviales, "el más riguroso período
de aguas que jamás vieron los antiguos, pues en todos esos meses
jamás dejó de llover. De pronto sobrevino un gran temblor,
que todos salieron huyendo a las plazas y calles, llenos de confusión...
Duró el temblor medio cuarto de hora, asolando en tan breve tiempo
todos los templos que eran de los mejores del reino, de manera que no
quedó ninguno a donde entrar a oír Misa, y todas las casas
del pueblo fueron asimismo arruinadas, y las que quedaron en pie, tan
maltratadas, que no es posible entrar en ellas sino derribarlas".
"Toda la ciudad está
muy arruinada, y la provincia con la mayor pérdida y desolación
que se ha visto entre las mayores del mundo, que se ha visto entre las
mayores del mundo, que se ha visto jamás, de abrirse la tierra,
despedazarse los montes, sepultar mucho número de gente y animales,
reventar volcanes de fuego de piedra, y arena, de agua de diferentes colores,
cerrarse los caminos y represarse los ríos" (Villanueva, 1970:
214).
El desastre del 31
de marzo de 1650, que cambió la faz del Cusco, alcanzó tal
proporción de destrucción que don Gil González Dávila
escribió respondiendo el sentir de los sobrevivientes: "Cusco quien
te vio ayer/ y te ve ahora,/ Cómo no llora?"
En la crónica
de Fray Diego de Mendoza se anota: "En 1650 a 31 de marzo entre las dos
y tres de la tarde, estando el día claro, hubo tan gran temblor
de tierra, que asoló lo más de ella, duró poco más
de dos Credos rezados; pero con tan gran violencia, que ocurrió
los más edificios hasta casi los cimientos; y las casas que siguieron
en pie, después de tantos y furiosos golpes quedaron tan desechas,
que la ruina que por dentro amenazaban no se habitaron".
"Alcanzó el
primer temblor más de cien leguas en contorno de la ciudad del
Cusco... Por el norte hubo muchos reventazones de volcanes, en la parte
de los Lares, abriéndose la tierra por bocas, tragándose
a los caminantes, con las cabalgaduras... Los caminos reles con las reventazones
de la tierra, se deshicieron y cortaron... los pobres padecían
de hambre y sed. No se oía de noche ni de día por las calles,
plazas y campos, sino lamentos, suspiros y gritos al cielo, pidiendo todos,
hombres, mujeres, viejos y niños, con lágrimas, misericordia
a Dios... Andaban los religiosos predicando la ira de Dios, persuadiendo
a todos a contribución de culpas, y a pedir a Dios perdón..."
(Villanueva, 1970: 217).
A propósito
de los cambios geológicos que ocasionó el sismo, , la carta
que el jesuita Juan de Córdova, Rector del Colegio del Cusco escribió
al Obispo de entonces don Juan de Alonso de Ocón, Reproduciendo
un informe de Francisco de Mosquera y Figueroa, cura de Paucartambo, narró
todas las desgracias que sufrieron los pobladores de esos parajes, la
muerte de los arrieros que traían coca de los Antis, y también
"del volcán que reventó en Amaybamba y asoló en gran
extensión toda la montaña no dejando árbol alguno..."
(vega, antonio de, 1948: 165).
El corregidor del Cusco
don Juan de Serda, en carta dirigida al Rey el 13 de abril de ese fatídico
año, da cuenta de los estragos que ocasionó el mismo en
los pueblos y valles cercanas al Cusco, concluyendo con estas líneas:
"Los predicadores exclaman a Dios diciendo ha quitado las casas a los
vecinos de esta ciudad por haber quitado a los indios sus tierras y otras
razones en esta parte causan graves sentimientos, yo no lo puedo remediar,y
lo que ha estado en mí lo he hecho con toda justificación,
todo parece pide remedios que los agravios fueron terribles..." (Villanueva,
1970: 207. El subrayado es nuestro).
Abraham Valencia dice
que después del sismo, los canónigos de la Catedral del
Cusco se acordaron de la imagen del Señor de los Tormentos Y lo
sacaron a la plaza mayor o Wakay Pata, en medio de lágrimas y plegarias
de la gente: "Como un sentimiento de conmfianza, nació en los corazones
de las gentes, designar por Patrón eterno del Cusco al Señor
de los Temblores (Taytacha Temblores), naciendo ese nombre en aquella
ocasión, como una eclosión de reconocimiento, de agradecimiento,
con una fe de esperanza y de consuelo" (Valencia, 1992: 106-107). Desde
entonces la veneración a esta sagrada efigie creció en los
anales religiosos del Cisco. Se acordó luego que la procesión
del Señor de los Temblores se realizaría el día 31
de marzo de cada año: posteriormente se cambió de fecha
y la solemne e imponente procesión se lleva a cabo el día
de Lunes Santo.
Así desde hace
tres siglos y medio, el cultoferviente a este Cristo "cholo" y moreno
se estableció para la posteridad, acto al cual acudean actualmente
fieles de todos los confines del mundo andino.
El terremoto de 1650
conmovió a todos los sectores de la vida colonial. El virrey don
García Sarmiento de Sotomayor, Conde de Salvatierra, exoneró
a la ciudad por varios años del pago del impuesto de la alcabala;
y se emprendió una campaña de "reedificación de los
templos arruinados". Prácticamente todas las iglesias de las provincias
del Cusco, incluyendo la de Ollantaytambo, iniciaron el proceso de su
reconstrucción.
Rubén Vargas
Ugarte (1933) dice que la reconstrucción de las iglesias avanzó
con gran lentitud, y ya se deja suponer que en los pueblos y doctrinas
alejadas como la de Ollantaytambo las obras fueron aún mucho más
lenta. Según el mismo autor, inicialmente en las iglesias de las
doctrinas del Cusco se reducían a un rectángulo de piedra
y adobe,, sin adornos y cubierta de un rústico techo de troncos,
caña estratégica e ichu: "A lo largo de uno de los muros
corre un poyo de mampostería que debió servir de asiento
a los fieles, pero a la entrada no deja de atraer la atención del
aprovechamiento de bloques finalmente labrados de la cantería incaica
y el amplio arco que da paso al templo y a cuyo flanco se levanta la torre
sencilla y la casa cural al otro exremo" (Vargas Ugarte, 1953: I. 120).
La arquitectura colonial
de Ollantaytambo, al igual que los templos del Cusco, es única
por la presencia de estructuras incaicas a las que se sobrepuso las construcciones
coloniales.
Con justa razón
el arquitecto García Bryce ha señalado que la época
de mayor creación en el Cusco en materia de arquitectura se inició
después de 1650. La reconstrucción convocó a grandes
artistas. El resultado fue un conjunto homogéneo de obras arquitectónicas
de extraordinaria calidad: "La presencia de lo prehispánico en
el Cusco Colonial -dice- se manifestó no sólo en esta permanencia
de lo esencial y casi indestructible de las estructuras arquitectónicas
incaicas, sino también en la supervivencia de la técnica
y estilo de la cantería qu se mantuvieron por algún tiempo
en el labrado de los muros y portadas llamadas de "transición"
(Bryce, 1980: IX; 36).
Otros elementos que
se manifiestan en la iglesia de Santiago de Ollantaytambo son el mobiliario
fijo y decorado, cuyo carácter era funcional y también simbólico:
púlpito, confesionario, escultura en relieve o en bulto, pintura
mural en lienzo, altar mayor repujado en pan de oro baptisterio y un pequeño
atrio. Se debe anotar que las variaciones estilísticas en el espacio
estuivieron conformadas por la aparición de estilos regionales,
es decir, la forma cómo en cada lugar se interpretaban los estilos
arquitectónicos y decorativos, interpretación propia que
se puede observar en la iglesia de Ollantaytambo.
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Período
colonial - Siglo XVIII
El siglo XVIII se inició
con el gobierno del virrey Melchor Portocarrero, Conde de la Monclova,
quien inaugura también una época de crisis y decadencia.
La declinación en las minas de plata de potosí y en las
de Azogue de Huancavelica marca, según Macera, la disminución
del significado económico del antiguo virreynato de Perú
y la emergencia de los virreinatos de Nueva Granada y Buenos Aires. Se
le llamó el período de la Ilustración o de las lucces;
sin embargo, lo que se introdujo en el Perú fue una versión
mediatizada del pensamiento europeo, alentándose al mismo tiempo
la sustitución de la cultura tradicional. La expulsión de
la Compañía de Jesús, en 1969, durante el gobierno
del virrey Manuel de Amat y Juniet fue otro hito significativo de ese
tiempo convulso; en ,o que respecta al Cusco, los jesuitas figuraban entre
los más ricos terratenientes, pasando sus propiedades a poder de
la corona.
El siglo XVIII es,
de otro lado, el siglo de las denuncias sobre la lamentable situación
de la masa campesina. La lectura de las "noticias secretas" de Jorge Juan
y Antonio Ulloa, vendrá a ser una revelación sorprendente
y dolorosa acerca de estado calamitoso en que se hallaban los nativos,
miseria ocasionada por los continuos abusos de los corregidores; por los
excesivos gravámenes que pesaban sobre los indios; por las mitas
y los obrajes; poe el trato injusto que recibían de españoles
y criollos que usurpaban sus tierras; y en fin por los abusos que recibían
de curas y doctrinarios, trato inhumano que recibían los indígenas
pese a haber sido convertidos al cristianismo, provocando por contradicción
la persistencia de los llamados "infieles", que se resistían a
recibir los sacramentos de la iglesia.
Es muy importante mencionar
también el vibrante escrito del sacerdote jesuita Antonio de Amaya
quien nos dejó su "Breve Relación de los Agravios que Reciben
los Indios que hay desde cerca del Cusco hasta Potosí", cuyas páginas
conmueven profundamente, pues escribieron crudamente la condición
deprimente de los nativos esclavizados en las haciendas en el trabajo
forzado de las minas y en los infernales obrajes. De contenido análogo
fue el "Manifiesto de los Agravios, Vejámenes y Molestias que padecen
los Indios del Reyno del Perú, enviado al Rey en 1732 por Vicente
Morachimo, Procurador y Diputado General de los Indios. Por último,
desde el Cuzco, en 1774, el obispo Pedro Morcillo, dio testimonio de esta
realidad denunciando, ante Miguel de Villanueva la tiranía y crueldad
de los corregidores y el estado infrahumano en que se hallaban los indios.
Todos los excesos cometidos
por la administración colonial y por algunas congregeciones religiosas,
sembreron el descontento de la mayorías campesinas. El siglo XVIII
debe ser considerado como el período de efervescencia indígena,
puesta de manifiesto en múltiples rebeliones y revueltas que culminaron
con el estallido de la revolución de Túpac Amaru en 1780,
que se inscribió como el más grande movimiento anticolonial
de liberación nacional.
Scarlett O'Phelan,
con un enfoque revelador, registra cronológicamente 140 revueltas
y rebeliones en el Alto y Bajo Perú durante el lapso comprendido
entre 1700-1783, vale decir, un movimiento cada dos años, aproximadamente
(1988).
Ollantaytambo en el
siglo XVIII perteneció políticamente a la provincia de Calca
y Lares y no a la de Urubamba como lógicamente debería circunscribirse.
Calca y Lares comprendía siete curatos: el primero era Pisac, con
dos anexos, San Salvador y Taray, los siguientes fueron Lamay, con los
anexos Hualla, Cachia y Cchuquichanca; Chincheros; Ollantaytambo, con
el anexo de Sillque, perteneciendo también a este curato los habitantes
de Ocobamba; y el último era el de Vilcabamba, con los pueblos
de San Francisco de la Victoria y San Juan de Lúcuma.
A la pequeña
provincia de Urubamba, comúnmente se le llamó valle de Yucay:
"es un pedazo de país alegre, ameno -escribió Cosme Bueno-
abundante de frutos exquisitos, dividido por el ríoVilcamayo. Consta
de los curatos de la Villa de Santiago de Yucay, Huayllabamba, el del
propio Urubamba y el de Maras que abastecía de sal a todo el valle
y a la capital imperial" (Bueno, 1951: 109).
Respondiendo a las
reformas institucionales que se aplicaron en el imperio español
al asumir al trono la dinastía de los Borbones, se crearon en el
virreynato del Perú el año 1784 las intendencias. Correspondió
al virrey Teodoro de la Croix hacer cumplir el dispositivo real creando
siete intendencias en el Perú, a saber, Trujillo, Tarma, Huamanga,
Huancavelica, Lima, Arequipa y Cusco. En 1796 se añadiría
una nueva intendencia, la de Puno. Surgió así una nueva
demarcación política, cuya cabeza principal fue el intendente
en reemplazo de los odiados corregidores; el nuevo funcionario concentró
en su persona competencias relativas a la administración de gobierno,
judiciales, de patronato y de policía superior. Ejerció
por tanto funciones de juez de primera instancia de todo lo contencioso,
civil y criminal.
Cada Intendencia fue
dividida en Partidos. La nueva demarcación adujo como razón
de ser el afán de descentralizar la labor del virrey, a la vez
que la tecnificación del manejo de las rentas públicas:
"Era su papel el de guardián de la paz de los pueblos situados
bajo su jurisdicción" (Lohman, 1994: 69). Se ocupaba del cuidado
y dirección de las rentas propias de los Municipios así
como de los bienes de las comunidades indígenas. Las múltiples
funciones del Intendente determinaron que a su alrededor surgiera una
burocracia cada vez más frondosa. Tenía como atribución
primordial realizar visitas anuales a todos los confines del ámbito
de su domonio, afrontando dificultades fundamentalmente por la carencia
de las vías de comunicación.
La creación
de la Intendencia del Cuzco permitió la concentración de
unidades geográficas más amplias. Ella comprendió
once partidos, a saber: Canas y Canchis, Urubamba y Calca, Quispicanchis,
Chilques y Mascas., Paucartambo, Chumbivilcas, Vilcabamba, Abancay, Aymaraes,
Cotabamba y el Collao.
En la Cartografía
Histórica Cuzqueña, elaborada por Mata Linares, Intendente
del Cusco, en cumplimiento de la Ordenanza del Visitador y Superintendente
de la real hacienda, Jorge Escobedo y Alarcón, aparece el pueblo
de Ollantaytambo dentro de lajurisdicción del partido de Vilcabamba.
La leyenda del mapa en referncia dice:
"Vilcabamba, comprende
2 curatos de representación real y 2 beneficios. 1.- La gran ciudad
de San Francisco de Victoria de Vilcabamba con Lucma, Masacancha y Santa
Cruz de Puccyura. 2.- Ollantaytambo con una viceparroquia el Silque y
valles de Ocobamba y Antibamba" (Aparicio, 1970: 197. Mapa 8).
Como se puede advertir,
en esta nueva demarcación Ollantaytambo había sido desmembrado
de la provincia de Calca y Lares a la que pertenecía antes de la
creación de las Intendencias.
En 1790, Pablo José
Orica´n, cartógrafo y autor de los mapas antes mencionados,
publicó su compendio Breve, un texto de mucho interés, donde
destacó que el curato principal de la zona era Ollantaytambo, del
cual dependían inclusive los Bethlemitas dueños de las haciendas
Sillque y Pachar, y cuya jurisdicción se extendía veinte
leguas río abajo, por caminos "sumamente montuosos y peligrosos";
sus moradores raras veces iban al curato y "solo pasaban en balsas el
cañaveral de Huadquiña"; había una estancia externa
llamada la de Málaga, dedicada a la crianza de ganado vacuno y
caballar, más adelante existían pequeños "arriendos"
y varias haciendas dedicadas al cultivo de coca, llamadas Guanobamba,
Antibamba y Ocobamba. Oricaín lamentó la esclavitud de los
braceros que "mueren desastrozamente después de una vida muy penosa"
(Oricaín, 1906: Tomo XI).
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Ollantaytambo
y la Economía del Maíz
La base fundamental de la
explotación del maíz fueron las haciendas sólidamente
construidas en este siglo, con la preeminencia de las organizaciones eclesiásticas.
La hacienda colonial es definida por los historiadores que han realizado
investigaciones sobre la estructura agraria de la zona, como "una unidad
de vida, de desarrollo de relaciones y vinculaciones personales no extentas
de cponflictos, y un ámbito donde el ejercicio del poder no era
solamente factiuble sino necesario" (Glave y Remy, !983: 405).
Quienes desarrollaron
una revelante actividad económica y social en Ollantaytambo fueron
los padres Bethlemitas, borbones famosos. La orden Bethlemita fue fundada
en Guatemala por Pedro de Bthancourt, con la finalidad de atender hospitales
en las colonias hispánicas de América. A la muerte de Bethancourt
le sucedió fray Rodrigo de la Cruz, quien fue artífice de
la organización de su orden. Pronto incursionaron en la administración
de hospitales en Lima, Cajamarca, Huaraz y en otras provincias, recibiendo
la protección del virrey José de Armendariz, Marqués
de Castellfuerte.
En junio de 1698 llegaron
al Cusco fray Rodrigo de la Cruz y Miguel de Concepción acompañados
de ocho bethlemitas con la mira de fundar un hospital. Dos meses después
recibieron la posesión del santuario de nuestra Señora de
la Almudena. Ese mismo año recibieron en donación la hacienda
Sillque de Ollantaytambo, una casa en el Cusco y otra en Maras.
Los Bethlemitas empezaron
a explotar entonces sus haciendas maiceras de Pachar, Sillques y Cachicata,
ubicadas a la margen izquierda del río Vilcanota; estas tres haciendas
se administraban en forma conjunta, produciendo entre el 32 y 37% del
total de maíz cosechado en Ollantaytambo, mientras que las haciendas
de los agustinos, nombradas Chillca, Phiri y Tantac, situadas en la margen
derecha del mismo río, producción alrededor del 36 al 49%.
Las cinco haciendas
restantes, Huatabamba (Compone), Mascabamba, Rumira, Arisabamba y la del
Cura, también alineadas en la margen derecha del Vilcanota, apenas
producían el 19%. Esras cifras corrsponden, en promedio, a los
registros de los años 1781-1785 (Glave y Remy, 1983: 113).
Los bethlemitas ampliaron
sus dominios en varios valles cusqueños. La gente creó la
difundida leyenda de que los padres Bethlemitas, de luenga barba, eran
degolladores de indios, por lo que se le empezó a llamar "ñacap",
que quiere decir, justamente, degollador. El temor que infundían
entre los campesinos fue tremendo y se tradujo en una respuesta violenta
por parte de los indios de Chinchros, quienes asesinaron, en las pampas
de Anta, al principal organizador de las empresas Bethlemitas, el padre
Joseph de la Soledad. El encontró esa muerte trágica en
1747, cuando retornaba a Lima después de haber permaecido 45 años
consecutivos recorriendo numerosas comarcas cusqueñas.
Conviene añadir
que los Bethlemitas tuvieron una protagónica participación
en la gran rebelión de Túpac Amaru; los documentos dados
a conocer por Horacio Villanueva se refieren a la decidida intervención
bethlemita, encabezada por su prefecto fray Manuel de la Encarnación,
a favor de los virreinales. Contribuyeron con más de tres mil pesos
a favor de los virreinales. Contribuyeron con más de tres mil pesos
a favor de la causa real, otorgaron preferente atención a los soldados
realistas en el hospital y convento de la Almudena, enviaron médicos
a los campos de batalla para socorrer a las tropas realistas, proporcionaron
bastimentos para su subsistencia, facilitaron bestias de carga para el
transporte de vituallas y, por último, dieron alojamiento en su
convento de la Almudena al sanguinario visitador Areche y a su comitiva
(Villanueva, 1948: 75). Poco después, Areche y sus secuaces presidirían
el inhumano ajusticiamiento de Túpac Amarú, Micaela Bastidas,
Antonio Bastidas y muchos otros héroes y heroínas, cuyos
restos, aquel lúgubre día 18 de mayo de 1781, serían
despedazados y distribuídos a las comarcas de Tinta, Cusco, Quispicanchis,
Chumbivilcas, Paucartambo y otros lugares. Los aspectos resaltantes de
la gran rebelión serán vistos más adelante.
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El
cultivo del maíz en Ollantaytambo
El cultivo del maíz
exige un gran despliegue de fuerza de trabajo durante los ocho o nueve
meses que dura su ciclo agrícola; requiere, además, un manejo
de suelos abonados dotados de sistemas de drenaje y el suministro de abundante
agua.
La producción
de maíz a gran escala, en el período prehispánico,
se hallaba en poder del estado. Al respecto Jhon Murra dice que una organización
de este tipo permitió realizar obras públicas de envergadura,
emplear abonos precedentes de la costa lejana y contar con la preocupación
constante de la casta sacerdotal; el maíz en tiempos de los incas
fue un cultivo estatal, con fines rituales y el control de los excedentesde
producción (1975). En cambio, durante el período colonial
se requirió la conformación de grandes empresas agrícolas
que estuvieron en manos de terratenientes usurpadores y de congregaciones
religiosas que se disputaron unos a otros la hegemonía de determinadas
regiones, como fue el caso de las tierras "compuestas" de Ollantaytambo.
Las razas o variedades
de maíz que se cultivan en Ollantaytambo y en el resto del Valle
Sagrado, son básicamente dos: El blanco o "paracay sara" y el amarillo
o "uwina sara". La primera se caracteriza por el gran tamaño de
sus granos de color blanco; una variedad de esta raza es el "Blanco Imperial",
más conocida como el "Gigante Urubamba", especie lograda mediante
cambios genéticos en la época incaica o en la inmediatamente
anterior a ella, y adaptada sólo a ecosistemas propios del Valle
Sagrado, entre los 2500 a 3000 metros sobre el nivel del mar.
El maíz amarillo
o "Uwina sara" es de uso más popular, presenta granos más
pequeños, la mazorca es de forma cónica y más corta;
es muy empleado en el "mote" y en la preparación de la chicha o
aja. Se cultiva en ecosistemas que superan los 3400 metros de altitud
y se reproduce fuera del ámbito del Valle Sagrado. Existen, además
las variedades llamadas en quechua "Saksa", de grano anguloso y colores
variados, el "Chaminko", harinoso u de matices jaspeados, y el "Koshisara",
entre otros.
A partir de la segunda
década del siglo XVIII disminuyó sustancialmente la fuerza
de trabajo en las haciendas de Ollantaytambo. En épocas anteriores
esta escasez era preocupación constante de las empresas agrícolas
enfrentándose el problema con reclutamiento de trabajadores de
otras áreas. La situación se agravó en el siglo XVIII
con la aparición de nuevas epidemias que, procedentes de ultramar,
diezmaron a la población urbana y especialmente a la rural.
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Las
epidemias de 1720
En abril de 1720, la región
del Cusco se vio nuevamente azotada por dos espantosas y horripilantes
epidemias. Esquivel y Navia, nos dice que no se había visto algo
parecido desde la peste de 1689-90, y agrega : "Esta fue mayor, pues morían
en gran número de todas edades y sexos, y principalmente indios
cuyas casas y pueblos quedaron asolados... Se computan los muertos en
la ciudad del Cusco en 20.000, y en cerca de 40.000 en las provincias
del Obispado, aunque otros hacen llegar a 80.000".
Los síntomas
eran "tabardillo" al principio de la enfermedad, con gran dolor al vientre
y a la cabeza , con delirio y vómitos de sangre por boca y narices.
Se contagiaban los barberos asistentes de los enfermos, sepultureros,
y hasta los asnos y llamas en que se llevaban los cadáveres en
los pueblos y en el campo.
"Duró varios
meses esta plaga. Faltaba sitio en las iglesias y hubó que formar
nuevos cementerios, se enterraronen zanjas y aún abandonadops a
los animales" (Citado en Polo, 1913: 78).
Juan B. Lastres, en
su Historia de la Medicina Peruana (1951), sostiene que la epidemia que
atacó el Cusco en 1720, fue la del tifus exantermático.
La peste llegó a las costas del Perú traída por el
navío ElLeón Franco, y en el país murieron más
de 200.000. Por ese mismo año apareció otra peste igualmente
mortífera; el autor citado dice que se trataba de una rara enfermedad
llamada "vómito negro" o "fiebre amarilla", y fue propagada con
la llegada de navíos guardacostas a nuestras playas. Antes ya había
hecho estragos en el Brasil (Lastres, 1951, Tomo II: 300).
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Movimientos
Indígenas
La Revuelta de Urubamba.
1751.
Un grupo de indígenas de Urubamba,
que había comprometido a sus vecinos, se movilizó para protestar
por la legalización sancionada ese año sobre los llamados
repartos o repartimientos. El reparto, de triste recordación para
las masas campesinas, consistía en un mecanismo nefasto empleado
por el corregidor de turno, para obligar al indígena a la compra
forzosa de productos importados y algunos nacionales, que no necesariamente
eran de su interés. Estos productos eran colocados a precios sumamente
elevados que distaban mucho de los fijados en los mercados regionales.
A su vez, el reparto implicaba para el campesino un endeudamiento cada
vez más creciente, que llegaba, en muchos casos, a ser hereditario.
Al respecto Karen Spalding dice: "A comienzos del siglo XVIII las actividades
del corregidor habían cambiado. El ya no exigía a los indios
un pago en especies, transformándolo en dinero a través
de un proceso de comercialización, sino, por el contrario obligaba
a los indios a un pago directo en dinero. Esto hace suponer que la economía
monetaria española había penetrado hasta las comunidades
indias" (Spalding, 1974: 136). Obviamente la tremenda escacez monetaria
en la economía indígena llegó al extremo.
Paradójicamente, la
revuelta de Urubamba contra los abusos del corregidor estuvo dirigida
por los sacerdotes Juan del Carpio, Joseph de Mesa y Simón de Ceballos,
quienes habían comprometido a un conocido número de campesinos
de sus doctrinas, pero fueron rápida y severamente reprimidos.
La
Rebelión de Maras. Urubamba. 1777.
Un año antes ddel estadillo
de la rebelión de Maras, como una especie del preludio, "conjuraron
los indios de Urubamba -anota Golte- contra el general Rosas y su teniente,
y aunque el conato de los indios fue matar a los predichos no se vio logrado,
porque la velocidad y deatreza de los pies supieron ganarles las vidas"
(Golte, 1980: 144). Esta fuga de los funcionarios virreinales parece haber
alentado y avivado los ánimos de sacudirle del yugo español.
La rebelión que se
gestó en Maras en Noviembre de 1777, contra los repartos y la elevación
al 6% de la tasa de la alcabala, tuvo objetivos definidos. Muchos testimonios
indican de que se trató de un levantamiento puramente indígena
contra el corregidor Pedro Ledfel y Melo, pero las investigaciones recientes
de O'phelan revelan que hubo también participación de criollos
y mestizos.
La rebelión estuvo
encabezada por Dionisio Pacheco, secundado por Francisco Justiniano y
un tal Samaniego. Se redactó un Memorial de protesta, y al tercer
día de iniciadas las acciones en Maras, los alzados decidieron
tomar Urubamba y luego atacar la ciudad del Cusco.
El levantamiento se inició
de noche y los rebeldes aprovecharon la oscuridad para incendiar la casa
del corregidor Ledfel, la del cobrador de impuestos, y destruir los Reales
Archivos y las Reales Cárceles.
La represión fue sangrienta.
Cayeron capturados numerosos indígenas de distinta extracción
social y fueron conducidos a las cárceles del Cusco y el Callao
donde murieron muchos. Entre ellos se registran los nombres de varios
descendientes de la nobleza incaica, entre ellos Eusebio Cusipaucar, Ignacio
Carlos Cusipaucar, Gabriel Carlos Cusipaucar y Agustín Uscaimata,
quienes por su prestigio y ascendencia y por los apellidos que ostentaban,
probablemente pertenecieron a la estirpe incaica de Ollantaytambo.
Cayeron también apresados
indios tributarios de Maras, como Manuel Aguacollay, Cristóbal
Quispe, Vicente Atapuma y Francisco Sichi, y el criollo Manuel de Vega,
entre muchos otros (O'Phelan, 1988: 192).
Es interesante añadir
que pese a la dura represión de este levantamiento, no se amilanó
el ánimo de rebelión en los pobladores del Valle Sagrado,
pues pocos meses después el noble eusebio Cusipaucar enarboló
nuevamente la bandera de la rebelión esta vez contra el cobrador
de impuestos del corregidor, Felipe Núñez no evidenciándose
en esta ocasión apoyo de los criollos. El objetivo era eliminar
al corregidor Ledfel, pues el descontento contra las autoridades coloniales
iba en franco y decidido crecimiento. Las acciones de protesta alcanzarían
su punto culminante tres años después, con la gran rebelión
de Túpac Amaru que reactivó el sentimiento de liberación
nacional en un vasto sector de pobladores andinos.
Como un peludio del gran
movimiento tupacamarista, se gestó un movimiento en Pisac, acaudilado
por el curaca Bernardo Tambohuacso involucrándose con él
líderes como Joaquín León, Ildefonso Castillo y Ascencio
Vergara, entre otros. Tambohuasco había movido a las masas campesinas
y mestizos del Vilcanota contra el abusode los corregidores y la carga
tributaria. Abortó la sublevación y Tambohuasco fue ajusticiado
en la plaza mayor del Cusco, en mayo de 1780, pocos meses antes del estadillo
de la revolución tupacamarista (Angeles, 1975: 126 y ss.).
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La
Rebelión de Tupac Amaru
El 4 de noviembre de 1780 marca un
hito trascendental en la historia libertaria del Perú. Ese día
se dio el gran grito de rebelión lanzado por Jose Gabriel Condorcanqui
Noguera, Túpac Amaru II, descendiente por linaje materna de T´pac
Amaru I, aquel joven Inca que jefaturó la fase final de la resistencia
contra la invasión española en Vilcabamba, y que fuera espantosamente
degollado en la plaza mayor (Huacaypata) del Cusco, el 24 de setiembre
de 1572, por orden del virrey Toledo.
La gran rebelión de
Túpac Amaru sacudió prácticamente todas las comunidades
del sur andino. No obstante que el núcleo central del movimiento
se situó al sur de Ollantaytambo (Tinta, Acos, Sangará,
Acomayo, Quisquijana, Tungasuca, Surimana), los indígenas del Valle
Sagrado tuvieron activa participación en el movimiento, pues gran
parte de los pobladores hizo suyo el programa elaborado por Túpac
Amaru para hace frente a la opresión colonial.
Ese programa se podría
sintetizar en tres puntos: Primero.- Cambios sustantivos en la estructura
económica, eliminación de grandes haciendas, supresión
de la mita, abolición de las alcabalas. Segundo.- Expulsión
de los españoles del Perú, y rompimiento de todo tipo de
dependencia de la corona española, para lo cual impulsó
la inmediata supresión de los corregimientos y los repartos, la
desaparición de la Audiencia y el regreso del virrey a la península
ibérica. Tercero.- La restitución del imperio incaico, poniendo
a su cabeza a los descendientes de la aristocracia incaica que aún
vivían en varios ayllus del Cusco y principalmente en el Valle
Sagrado, como los habitantes de los ayllus nobles del Calca, Yucay y Ollantaytambo.
Reclamaba, además, la restauración del liderazgo de los
curacas o nobles de privilegio.
La idea central de Túpac
Amaru radicaba en unir a todos los nacidos en el Perú en torno
a la figura del Inca, como principio ordenador capaz de superar el caos
o desconcierto casi generalizado desde los aciagos días de la invasión
española. Esta idea del caudillo de Tungasuca, Pampamarca y Surimana
se fundaba en la existencia de descendientes nobles residentes en los
barrios del Cusco o en los pueblos de Yucay y Ollantaytambo, de los que
se podía ver, reviviendo el viejo esplandor, en las fiestas y otras
grandes celebraciones del tiempo colonial.
Túpac Amaru, como
asiduo lector de los Comentarios Reales de los Incas de Garcilazo de la
Vega, pensaba que podía restaurarse la monarquía incaica,
considerándose el descendiente legítimo capaz de restaurar
el Tahuantinsuyo.
Los enfrentamientos entre
las fuerzas de liberación nacional y los ejércitos realistas
fueron realmente sangrientos. El enzañamiento contra los insurgentes
y sus familiares llegó a extremos pavorosos. El Oidor Benito de
la Mata Limares exclamaba que "querían limpiar de este campo la
cizaña para que no sofoque el poco grano...". Se estima que las
bajas bordearon los 100.000 pobladores andinos. La violencia generalizada
demanda saber no sólo cuántos murieron, sino cómo
murieron. Los testimonios documentales revelan que la eclosión
de los oprimidos llegó a límites feroces, desmintiendo la
timidez o sumisión del indígena. Boleslao Lewin menciona
como caso ilustrativo que "un indio atravesado con una lanza por el pecho
tuvo la atrcidad de arrancársela con sus propias manos y después
seguir con ella a su enemigo todo el tiempo que le duró el aliento;
y otros a quien de un bote de lanza le sacaron un ojo, persiguió
con tanto empeño al que lo había herido, que si otro soldado
no acaba con él, hubiera logrado quitar la vida a su adversario"
(Odrizola, citado por Lewis, 1957: 474).
En esa lucha tan encarnizada
perdieron los rebeldes. Túpac Amaru cayó finalmente en poder
de enemigos terribles y, junto con sus familiares y lugartenientes fue
encerrado en el convento de la Compañía de Jesús,
convertido en cuartel militar desde el comienzo de la rebelión.
Benito de la Mata sometió, desde el 19 de abril de 1781, torturó
al líder rebelde en interrogatorios cada vez más severos,
pero nunca pudo arrancarle ni un ápice de confesión, ni
siquiera cuando ordenó que le dislocaran un brazo en los múltiples
actos de lesanía que dirigió personalmente.
El 14 de mayo de 1781 fue
dictada la bárbara sentencia "contra el hombre -dice Lewin- que
después de siglos de sometimiento osó levantar el estandarte
de rebelión caído de manos de sus antecesores" (Lewin, 1957:
476).
El visitador Areche pretendió
extirpar todo vestigio de la cultura andina, y por orden de la corona
española hizo requisar los ejemplares de los Comentarios Reales,
prohibiendo terminantemente su lectura; asimismo, impuso a los indios
modos de vivir hispánicos, pero no consiguió desarraigar
el legado autónomo. La sentencia estremecedora se cumplió
el 18 de mayo de 1781, fatídico día en que Areche dio inicio
al bárbaro espectáculo diciendo: "Debo condenar y condeno
a José Gabriel Túpac Amaru, a que sea sacado a la plaza
principal de esta ciudad arrastrado hasta el lugar de suplicio, donde
presencie la ejecución que se dieron a su mujer, Micaela Bastidas,
sus hijos, Hipólito y Fernando, a su tío Francisco Túpac
Amaru, a su cuñado, Antonio Bastidas, y otros, los cuales han de
morir en el propio día, concluidos estas sentencias, se le cortará
por el verdugo la lengua, y después amarrado por cada uno de los
brazos y pies con cuerdas fuertes...que pendan las cinchas de cuatro caballos,
de modo que quede dividido el cuerpo en otras cuatro partes...".
El principal responsable
del espeluznante acto, es decir, el visitador José Antonio Areche,
mostró sangre fría, cuando "muy de mañana confesó,
y comulgó la sagrada hostia, por el alma de los que iban a ser
justiciados" (Lewin, 1957: 478).
La lucha de Túpac
Amaru motivó la introducción de algunas reformas simbólicas
como la anulación del reparto de mercaderías y la supreción
de los corregimientos; a cambio se creó la Audiencia del Cusco
y se mantuvo la explotación económico-social que benefició
principalmente a los criollos.
Para Macera la derrota de
Túpac Amaru constituye "una de las mayores frustraciones de la
historiaperuana. Su triunfo hubiera producido cambios fundamentales en
la estructura económico-social, al promover a los sectores populares
campesinos" (1978: 167).
Flores Galindo, por su parte,
nos dejó la siguiente conclusión: "En 1780 la revolución
tupamarista fue el intento más ambicioso de convertir a la utopía
andina en un programa político. De haber triunfado, el Cusco sería
la capital del Perú, la sierra predominaría sobre la costa,
los gobernantes descenderían de la aristocracia indígena
colonial, el indio y su cultura no habrían sido menos preciados.
¿Por qué no triunfó? Para responder a esta pregunta
se requiere confrontar las ideas con los hombres, los proyectos con la
práctica" (1987: 108).
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Período
Republicano. Siglo XIX
A fines del siglo XVIII se
afianza el Nacionalismo Inca (Rowe, 1954; Roel, 1986) del que los curacas
fueron sus más connotados dirigentes y portavoces. La revelión
encabezada por el gran Túpac Amaru se extendió como una
llamarada hacia el Alto Perú. La lucha por la liberación
nacional brotó en varios frentes, hasta la culminación de
la independencia nacional, la formación de un nuevo estado y la
fundación de la república del Perú. En realidad,
el Perú no pudo establecer su independencia económica frente
a las potencias imperialistas, deviniendo país semicolonial; tampoco
pudo sacudirse de la antigua administración colonial. Y las élites
criollas, fragmentadas, entraron en contradicción.
En 1805 se descubrieron
en el Cusco los preparativos de una revuelta popular orientada a conorar
como Inca del Perú a José Gabriel Aguilar. Los ideólogos
de este movimiento fueron apresadops y ejecutados; José Gabriel
Aguilar y Manuel Ubalde pasaron por la horca, y a Cusihuamán, indígena
principal y otros comprometidos se les impusieron diversas penas de cárcel.
La revolución
del Cusco de 1814 que encabezó Mateo García Pumacahua, Vicente
Angulo y Gabriel Béjar, fue un movimiento formidable con que hubo
de luchar el poder colonial antes de la llegada de San Martín al
Perú. Las similitudes con la revelión de Túpac Amaru
son evidentes. Ambas tuvieron su origen en el Cusco, ambas comprometieron
a grandes masas indígenas procedentes de las provincias cusqueñas,
coincidieron también en el objetivo de extenderse por el Alto Perú,
ambas cometieron serios errores en su conducción y desarrollo.
Sin embargo, las diferencias son también sustanciales: en la rebelión
de Pumacahua hubo una activa participación de mestizos, quienes
tuvieron que enfrentar a un ejército numeroso y bien organizado,
estando el virreinato del Perú gobernado por el sagaz Fernando
Abascal.
Vicente Angulo, Gabriel
Béjar y Juan Carbajal asaltaron el cuartel, se apoderaron de la
sala de armas y apresaron al Presidente de la Audiencia y a los Oidores.
Al comprobar que el movimiento iba tomando cuerpo, Angulo se apresuró
a enviar tropas a todos los pueblos de la Audiencia. Luego de apoderarse
del Cusco armó tres divisiones: la primera marchó sobre
el Alto Perú al mando de Pinelo y el cura Muñecas, la segunda
hacia Huamanga, encabezado por Manuel Hurtado de Mendoza, y la tercera
se dirigió a Arequipa, bajo el mando de Pumacahua y Vicente Angulo.
La primera división
puso cerco a la ciudad de La Paz y después de un feroz baño
de sangre fue derrotada per el general Juan Ramírez. La segunda
división recibió la adhesión de los indígenas
de la sierra central y logró tomar Huamanga; libró luego
violentos combates en Huanta, Huancavelica y Matará, y ante adversa
suerte las tropas independientistas se replegaron hasta Andahuaylas, donde
realizaron una guerra de guerrillas hostilizando incansablemente a las
fuerzas virreinales. Los coroneles Vicente Gonzáles y Narciso Basagoitia,
enviados por el virrey Abascal, desataron una terrible campaña
terrorista contra poblaciones indefensas. Hurtado de Mendoza murió
asesinado y sus huestes fueron diezmadas.
La tercera división
tuvo un destino aún más trágico. Fue aniquilada en
la sangrienta batalla de Umachiri, quedando en el campo más de
mil muertos y muchos prisioneros, entre ellos el joven poeta Mariano Melgar,
el coronel Dianderas, el curaca de Umachiri y cientos más, que
fueron fusilados sin contemplaciones. Pumacahua fue apresado en Sicuani,
para ser ahorcado y descuartizado por orden del general Juan Ramírez
el 17 de marzo de 1815. Pocos días después las tropas virreinales
hicieron su ingreso a la ciudad del Cusco, donde desataron una ola de
terror espantoso. Los ajusticiamintos se sucedieron unos tras oros con
un baño de sangre por las calles de la ciudad como pocas veces
se había visto antes.
La lucha por la independencia
nacional habría de ser dura y larga, porque en el Sur del Perú
los realistas habían concentrado sus mejores tropas con jefes hábiles
y con cuadros de oficiales experimentados. San Martín ingresó
al escenario peruano en 1820. Estando en Huaura, su cuartel general, promulgó
el 12 de febrero de 1821 su Reglamento Provisorio, dividiendo todo el
territorio libre de la dominación española en apenas cuatro
departamentos: el de Huaylas, el de Tarma, el de Trujillo y el de la Costa.
Todo el resto se hallaba ocupado por fuerzas realistas, y pronto el Cusco
se convertiría en el centro de operaciones, estableciéndose
allí un gobierno virreinal al mando de José de la Serna.
San Martín proclamó
la Independencia del Perú y organizó un gobierno llamado
el Protectorado. Como protector del Perú dictó algunas medidas
exigidas por el clamor del pueblo. En primer término se destaca
la abolición de la mita y del tributo. En el texto que dispuso
abolir el tributo, firmado el 27 de agosto e1821, se mencionaba: "que
la razón y la justicia han recobrado sus derechos en el Perú,
sería un crimen consentir que los aborígenes permaneciesen
sumidos en la degradación moral a que los tenía reducidos
el gobierno español" (Quiroz, 1898, Colección de leyes).
En el mismo texto legal se declaró que ya no debía hablarse
de "indios o naturales", sino de peruanos, en tanto que todos "son hijos
y ciudadanos del Perú". Este dispositivo fue de un significado
trascendental, pues aparte de suprimir la tributación que había
agobiado y expoliado a los indios por espacio de varios siglos, se les
otorgó ciudadanía peruana. Los indígenas de Ollantaytambo
y del Cusco en general, que constituían la población mayoritaria,
recién a partir de entonces fueron considerados ciudadanos peruanos,
ya que antes habían sido extraños en su propia tierra, que
a su vez les había sido usurpada.
Pero paralelamente
se creó una contribución patriótica voluntaria, que
degeneró en empréstito forzoso para atender a las necesidades
del ejército; se dio un Reglamento de Comercio, gravando las mercaderías
extranjeras con el 20% y las nacional con el 16%.
Otras medidas que merecen
consignarse fueron: la libertad de los hijos de los esclavos; el fomento
de la enseñanza primaria aunque sólo en la ciudad de Lima;
la acuñación de monedas de cobre y la emisión de
billetes o papel moneda, que en 1823 debieron prohibirse. Medida curiosa
fue la limitación de los repiques de campanas, lo que originó
la reacción de la iglesia.
Inmediatamente después
de instalado el Congreso Constituyente, en setiembre de 1822, despojándose
de su banda bicolor San Martín bandonó el Perú, no
sin antes haber sido criticado por sus ideas monarquistas. Mientras el
Nacionalismo indígena buscaba entronizar un Inca para dirigir los
destinos del Perú, un grupo de criollos y mestizos fundaron la
nueva república.
Después de una
serie de desatinos y controversias de los flamantes conductores de la
república peruana, y de los desplazamientos de las fuerzas realistas
por costa y sierra reforzando sus cuarteles en el sur andino, aparece
la figura de Simón Bolívar en el escenario político
y social del Perú. El Congreso le entregó todos los poderes,
Lima prácticamente se postró a sus pies y en forma dictatorial
Bolívar realizó los preparativos para la definición
de la gesta emancipadora.
Como ya se anotó
antes, en el Cusco se instaló un gobierno virreinal por espacio
de tres años (diciembre 1821- diciembre 1824). El virrey José
de la Serna, desde la "Casa del Almirante", en la antigua capital imperial,
gobernó la mitad del territorio peruano. El recibimiento tributado
a La Serna por todas las corporaciones civiles y religiosas de la ciudad
y por gentes del camino a Chinchaysuyo, fue realmente apoteósico.
De inmediato, el virrey impuso la vigencia "de un aporte económico
que debe llegar a los cuarenta mil pesos", determinando la cantidad que
cada persona debía ofrecer, presentó, igualmente, el monto
de la contribución del comercio del Cusco y el de todos los predios
rústicos. Todas esas disposiciones motivaron un creciente malestar.
Arreciaron protestas
de toda índole, y ese ambiente fue captado en la Gaceta cusqueña
del 30 de octubre de 1822, donde apareció una "Canción Marrana",
con el siguiente estribillo: "Que patria tan pieza,/ tan llena de engaños,/
centro de los vicios,/ y de los tiranos".
Después de la
victoria patriota en la batalla de Ayacucho (9 de diciembre de 1824),
La Serna abandonó la antigua capital de los Incas, y pronto la
presencia de Bolívar se tornó gravitante. A su llegada al
Cusco, el 25 de junio de 1825, Bolívar -según Horacio Villanueva-
se sumerge en el halo de la leyenda que brota desde el trasfondo íntimo
de la ciudad, donde el Sol emite destellos de oro y los mismos Incas son
reyes, prefectos y gobernadores. Evoca Bolívar las páginas
de los Comentarios Reales del Inca Garcilaso, y los desgarrantes textos
de la Destrucción de las Indias del padre Bartolomé de las
Casas. Exalta Bolívar al imperio incaico y fija como sede de gobierno
la Casa del Almirante (hoy Museo de Antropología), donde emite
proclamas, redacta infinidad de cartas y sobre todo, expide decretos (Villanueva,
1971: 30 y ss.).
El gobierno bolivariano
dictó varias importantes medidas referidas al destino de Ollantaytambo
y en general el del Cusco. Un decreto análogo al de San Martín,
promulgado el 4 de julio de 1825, prohibió el trabajo de los indígenas
si no existía libertad de contratación y el correspondiente
pago; prohibió igualmente las "faenas séptimas, mitas, pongajes
y otras clases de servicios domésticos y usuales" (Quiroz, 1898:
I, 23). En esa misma fecha, decretó el principio de igualdad entre
los ciudadanos y la abolición de los títulos hereditarios;
con estos fundamentos suprimió definitivamente "el título
y la autoridad de los caciques" (curacas), transfiriendo las funciones
de estas autoridades a los que sean "nombrados por el gobierno central".
Consideramos que esta abolición recortó las aptitudes y
derechos de los curacas viejos, profundos conocedores de sus ayllus y
de la mentalidad andina.
Los dispositivos legales
del 8 de abril de 1824 y del 4 de julio de 1824, orientados a la venta
de tierras de comunidades, para que los aborígenes andinos se convirtiesen
en propietarios directos, respondieron a un espíritu de justicia,
pero en la práctica estuvieron totalmente desligados de la realidad
y de las tradiciones de reciprocidad vigentes en el mundo andino. El primero
de esos decretos declaró a los indios propietarios de sus tierras,
pudiendo venderlas o enajenarlas, y ordenó el reparto de las tierras
de la comunidad entre los porcioneros, así como también
la venta de las haciendas de las cuales era propietario el Estado, si
bien éste podía adueñarse de los sobrantes de las
tierras después de haber repartido los lotes necesarios entre los
indios.
El descontento de las
masas campesinas se hizo patente al conocerse el tenor del decreto del
4 de julio de 1825, por el que se niveló a los indios en materia
de gravámenes con los demás ciudadanos, aclarando que la
propiedad absoluta, mencionada en el citado decreto de abril, se entendía
con la limitación de no enajenarlas hasta 1850 (Basade, 1961: I,
171).
Virgilio Roel, al analizar
el decreto de abril de 1825, dice que Bolívar legisló en
el sentido de lo que puede denominarse la "reforma agraria latifundista"
(1986: 101). Se dispuso claramente que las tierras de grandes extensiones,
propiedad del estado, podían ser vendidas en un tercio de su valor
real, favoreciendo de este modo a la aristocracia colonial que guardaba
estrechos vínculos con los visitadores enviados por el gobierno.
Obviamente, los indígenas carentes de poder adquisitivo quedaron
en gran desventaja respecto a los poderosos.
Bolívar creó
en febrero de 1825 la Corte Suprema del Cusco. En el aspecto educativo,
estableció el Colegio de Estudios de Ciencias y de Artes, y en
la Casa de San Bernardo creó el Colegio de Educandas. Al surgir
la "Junta de Beneficiencia", se crearon dos hospicios. En julio de 1825,
antes de dejar la otrora capital de los Incas, Bolívar expidió
un decreto prohibiendo la matanza clandestina de la vicuña, medida
que tuvo pocos efectos prácticos pues ese problema perdura hasta
nuestros días.
La economía
de los grandes latifundios de Ollaytantambo había entrado en una
profunda crisis aun antes de las disposiciones de Bolívar sobre
la tenencia de tierras. Esa crisis fue ocasionada por diversos factores,
como la suturación de productos en el mercado cuya consecuencia
fue la penuria" de los precios; las dificultades en el cobro de los censos;
y la desaprensión o "relajo" institucional, especialmente cometida
por los religiosos. Las grandes haciendas de Ollantaytambo tuvieron gran
ventaja con respecto a otras por la existencia en ellas de peones "arrendires",pues
se pagaba el arriendo en trabajo. Pero desde la última década
del siglo XVIII, los latifundios de Ollantaytambo se habían retraído
sobre sí mismos. Los decretos de Bolívar generaron la aparición
de nuevos propietarios como militares, mestizos solventes y funcionarios
estatales, quienes tuvieron a su alcance todo lo necesario sin necesidad
de recurrir al mercado. Por otro lado, los latifundios ollantinos combinaban
diversos pisos ecológicos y por ello concentraban mayor población
que las demás instituciones, habida cuenta que eran los núcleos
que proporcionaban trabajo; a ellos acudían los "forasteros", que
luego se convertían en "arrendires", proporcionando nuevas plazas
de trabajo, como ocurrió en las haciendas de Pachar, Sillque y
Huatabamba (Compone) y sus anexos de las punas. Así lo confirman
las estadísticas de los censos de 1878,1940 y 1981.
A partir de 1825 se
produjeron cambios sustanciales en los latifundios de Ollantaytambo. La
legislación de Bolívar provocó una conmoción,
especialmente en las órdenes religiosas. Así, por ejemplo,
la gran hacienda Sillque y Pachar, feudo de los Bethlemitas o frailes
hospitalarios pasó a poder del Colegio de Ciencias, fundado precisamente
por Bolívar. Posteriormente las hacienda Sillque, incluyendo Cachicata
pasó a manos de Agustín Gamarra, cusqueño de nacimiento,
como "premio" por "servicios prestados a la causa de la Independencia".
La hacienda Huatabamba, hoy llamado Compone, fue adquirida a precios irrisorios
(un tercio de su valor) por Francisco de Paula Artajona, abogado y burócrata,
nada menos que secretario de Agustín Gamarra.
Haciendas de los Agustinos,
como los de Phiri y Mascay se dividieron entre el Colegio de Educandas
y la nueva Beneficiencia Pública del Cusco, ambas entidades fundadas
también por Bolívar. Se exceptuó de ese traspaso
a la hacienda de Chillaca, la más grande administrada por los Agustinos,
que fue adquirida también por el secretario de Gamarra, Francisco
de Paula Artajona. Otra vez aparece en Ollaytantambo "gente nueva" y surgen
nuevas alianzas de familias terratenientes que dominarán la zona.
Las haciendas restantes, de "menor cuantía", fueron monopolizadas
por los Canales y los Artajona, quienes mediante adquisiciones o arrendamientos
aglutinaron inmensos dominios territoriales.
La situación
de la población campesina de Ollantaytambo, durante las primeras
décadas del período republicano, se mantuvo casi est´patica.
Los indígenas siguieron siendo explotados y marginados. El 5 de
julio de 1854, durante el gobierno del general Castilla, se promulgóla
abolición del tributo o contribución de indígenas,
como se le denominaba desde los tiempos de Bolívar. Una vez más
la medida legal sólo tuvo valor simbólico, ya que el monto
del impuesto no era muy alto, pero en la práctica se compraba con
demasía, esquilmándose inicuamente a la masa indígena.
Cabe resaltar que desde el punto de vista social esa contribución
fue humillante, pues refrendó la condición de inferioridad
del indio.
La abolición
no fue suficiente. Otros sectores sociales minoritarios se opusieron y
no aceptaron la igualdad, perdurando invariable la discriminación
del indio. Muy pocos se avinieron a verlos fuera de los oficios serviles
y de sumisión que siempre habían desempeñado. Hoy,
en las postrimerías del siglo XX, el espejo de estas aseveraciones
lo encontramos en los silentes pobladores de Huilloc, Patacancha, Rumira
y Cachicata.
Como se sabe, los estrechos
vínculos entre Maras y Ollantaytambo se mantuvieron a través
de centurias, proclamándose siempre herederos de la nobleza incaica,
como fue el caso del famoso Pascual Usca Paucar, quien protestó
en la primera mitad del siglo XVII por los abusos de los españoles.
A fines del siglo XIX
rebrotaron las señales de protesta contra el sistema imperante.
El 27 de julio de 1896 el pueblo de Maras se levantó "en asonada
de protesta", rechazando la presencia de los cobradores del Impuesto a
la Sal, enviados por el gobierno de Piérola al mando del álferez
Buenaventura. Secundados por fuerza armada se presentaron para expresar
al pueblo de Maras que el impuesto mencionado era solamente "un moderado
y noble óbolo que contribuía a formar el capital sagrado
con que, más tarde, la Nación haría la obra dignísima
de rescatar su honra de liberar las provincias de Ttacna y Arica".
La respuesta del pueblo
de Maras y comarcas vecinas fue el rechazo enérgico de esa medida:
"La gente amotinada recorría las calles con gritos y señales
de descontento". Trajo ello como consecuencia la fuga de los cobradores
del impuesto. El movimiento amenazó con extenderse a otras provincias
del Cusco, y el gobierno de Piérola se vio obligado a tomar enérgicas
medidas, "enviando a la zona 60 hombres del batallón Canta a cargo
del subprefecto Evaristo Calderón". La presencia de esta tropa
provocó que los insurrectos se dispersaran; pero fueron tomados
varios prisioneros y el batallón Canta recibió órdenes
de permanecer en el lugar "hasta que desaparezca todo residuo de lo pasado
y todo germen de futuro desorden" (Kapsoli, 1977: 33-34).
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