Magisterio de la Iglesia

San Clemente Romano

   SANTIDAD, FE Y OBRAS

(Ep�stola a los Corintios, 30-34)

   Acerqu�monos al Se�or en santidad de alma, con las manos puras y limpias levantadas hacia �l, amando al que es nuestro Padre clemente y misericordioso, que nos escogi� como porci�n de su heredad. Porque as� est� escrito: cuando el Alt�simo dividi� las naciones, y dispers� a los hijos de Ad�n, delimit� las gentes seg�n el n�mero de los �ngeles de Dios: mas la porci�n del Se�or es el pueblo de Jacob; la porci�n de su herencia, Israel (Dt 32, 8-9). Y en otro lugar, la Escritura dice: he aqu� que el Se�or toma para s� un pueblo de entre los pueblos, como recoge un hombre las primicias de su era; y de este pueblo surgir� el Santo de los santos (Dt 4, 34).

   Somos una porci�n santa: practiquemos obras de santidad. Evitemos la calumnia, la impureza, la embriaguez y el af�n de novedades, la abominable codicia, el odioso adulterio, la detestable soberbia: Dios�dice la Escritura�resiste a los soberbios, pero a los humildes da su gracia (Sant 4, 6).

   Un�monos, pues, a aquellos a quienes Dios ha dado su gracia. Revist�monos de concordia; humildes, castos, apartados de toda murmuraci�n y calumnia, justificados por nuestras obras y no por nuestra palabra; pues el que mucho habla, mucho deber� o�r: �o es que el charlat�n por sus palabras es justificado? (Job 11, 2) (...).

   Nuestra alabanza ha de venir de Dios, y no de nosotros mismos, pues Dios detesta a los que a s� mismos se enaltecen. Que los dem�s den testimonio de nuestras buenas obras, como se ha dado de nuestros padres, varones justos. Dios maldice el descaro, la arrogancia y la temeridad; mientras la modestia, la humildad y la mansedumbre brillan en los bendecidos por el Se�or.

   Adhir�monos a la bendici�n de Dios y veamos cu�les son los caminos para alcanzarla. Volvamos nuestra vista a los primeros acontecimientos de la historia de la salvaci�n. �Por qu� fue bendecido nuestro padre Abraham? �No lo fue por obrar la justicia y la verdad por medio de la fe? Isaac, aun conociendo con certeza lo que le sucederfa, libremente, con confianza, se dej� llevar al sacrificio. Jacob, huyendo de su hermano, humildemente emigr� de su tierra, y march� a casa de Lab�n; le sirvi� y le fueron dadas las doce tribus de Israel (...).

   En suma, fueron glorificados y engrandecidos, no por sus m�ritos propios, ni por sus obras o por su justicia, sino por la Voluntad de Dios. Por lo tanto, tampoco nosotros�que hemos sido llamados en Jesucristo por su misma voluntad�nos justificamos por nuestros propios m�ritos, ni por nuestra sabidur�a, inteligencia y piedad, o por las obras que hacemos en santidad de coraz�n, sino por la fe: porque el Dios Omnipotente, de quien es la gloria por los siglos de los siglos, justific� a todos desde el principio.

   Entonces, �qu� haremos, hermanos? �Seremos negligentes en las buenas obras y descuidaremos la caridad? No permita Dios que esto suceda. Al contrario, con esfuerzo y �nimo generoso apresur�monos a cumplir todo g�nero de obras buenas.

   El mismo art�fice y Se�or de todas las cosas se regocija y se complace en sus obras. Con su poder soberano afianz� los cielos, y con su inteligencia incomprensible los orden�. Separ� la tierra del agua que la envolv�a, y la asent� en el cimiento firme de su propia voluntad. Por su mandato recibieron el ser los animales que sobre ella se mueven, y al mar y a los animales que en �l viven, despu�s de crearlos, los encerr� con su poder soberano. Finalmente, con sus sagradas e inmaculadas manos, plasm� al hombre, la criatura m�s excelente y grande por su inteligencia, imprimi�ndole el sello de su propia imagen (...). As� que, teniendo a Dios como modelo, adhir�monos sin reticencias a su santa Voluntad, y con todas nuestras fuerzas hagamos obras de justicia.

   El buen trabajador toma con libertad el pan de su labor, mientras el perezoso y holgaz�n no se atreve a mirar el rostro de su amo. Por tanto, seamos prontos y diligentes en las buenas obras, ya que del Se�or nos viene todo. �l mismo nos lo ha dicho: he aqu� el Se�or; y su recompensa delante de su faz, para dar a cada uno seg�n su trabajo (Is 40, 10). Con ello, nos exhorta a que pongamos en �l nuestra fe, con todo nuestro coraz�n, y a que no seamos perezosos ni negligentes en ning�n genero de obras buenas.

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MIEMBROS DE UN MISMO CUERPO

(Ep�stola a los Corintios, 37-38, 42, 44, 46-47, 56-58)

   As� pues, hermanos, marchemos como soldados, con toda constancia en sus inmaculados mandatos. Reflexionemos sobre los que militan bajo nuestros jefes: �qu� disciplinada, qu� d�cil, qu� obedientemente cumplen las �rdenes! No todos son prefectos ni tribunos, ni centuriones, ni comandantes al mando de cincuenta hombres, y as� sucesivamente, sino que cada uno en su propio orden cumple lo ordenado por el rey y los jefes. Sin los peque�os, los grandes no pueden existir, ni los peque�os sin los grandes. En todo hay una cierta composici�n, y en ello est� la utilidad. Tomemos nuestro cuerpo: la cabeza es nada sin los pies y, de igual manera, los pies sin la cabeza. Los miembros peque�os de nuestro cuerpo son necesarios y �tiles a todo el cuerpo. Todos colaboran y necesitan de una sola sumisi�n para conservar todo el cuerpo.

   Por tanto, cons�rvese nuestro cuerpo en Cristo Jes�s, y som�tase cada uno a su pr�jimo tal como fue establecido por su gracia. El fuerte cuide del d�bil, y el d�bil respete al fuerte; el rico provea al pobre, y el pobre d� gracias a Dios por haber dispuesto que alguien se encargue de suplir su necesidad. El sabio muestre su sabidur�a no con palabras, sino con buenas obras. El humilde no se alabe a s� mismo, por el contrario, deje a los dem�s la alabanza. El casto seg�n la carne no se jacte, sabiendo que es otro el que le otorga la fuerza. Por tanto, hermanos, consideremos de qu� materia fuimos hechos, cu�les y qui�nes entramos en el mundo, de qu� sepulcro y tinieblas nos sac� el que nos ha plasmado y creado para introducirnos en su mundo, prepar�ndonos sus beneficios de antemano, antes de que nosotros naci�ramos (...).

   Los Ap�stoles nos anunciaron el Evangelio de parte del Se�or Jesucristo; Jesucristo fue enviado de parte de Dios. As� pues, Cristo de parte de Dios, y los Ap�stoles de parte de Cristo. Los dos env�os sucedieron ordenadamente conforme a la Voluntad divina. Por tanto, despu�s de recibir el mandato, plenamente convencidos por la Resurrecci�n de Nuestro Se�or Jesucristo y confiados en la Palabra de Dios, con la certeza del Esp�ritu Santo, partieron para anunciar que el Reino de Dios iba a llegar. Consiguientemente, predicando por comarcas y ciudades establec�an sus primicias, despu�s de haberlos probado por el Esp�ritu, para que fueran obispos y di�conos de los que iban a creer (...). Y nuestros Ap�stoles conocieron por medio de Nuestro Se�or Jesucristo que habr�a discordias sobre el nombre del obispo. Puesto que por esta causa tuvieron un perfecto conocimiento establecieron a los ya mencionados y despu�s dieron norma para que, si mor�an, otros hombres probados recibiesen en sucesi�n su ministerio.

   As� pues, no consideramos justo que sean arrojados de su ministerio los que fueron establecidos por aquellos o, despu�s, por otros insignes hombres con la conformidad de toda la Iglesia y que sirven irreprochablemente al peque�o reba�o de Cristo, con humildad, callada y distinguidamente, alabados durante mucho tiempo por todos (...).

   �Por qu� hay entre vosotros discordias, iras, disensiones, cismas y guerra? �Acaso no tenemos un �nico Dios, un �nico Cristo, un �nico Esp�ritu de gracia que ha sido derramado sobre nosotros y una �nica llamada en Cristo? �Por qu� separamos y dividimos los miembros de Cristo y nos rebelamos contra el propio cuerpo y llegamos a tal locura que nos olvidamos de que somos los unos miembros de los otros? Recordad las palabras de Jes�s Nuestro Se�or. Pues dijo: �ay de aquel hombre! Mejor ser�a para �l no haber nacido que escandalizar a uno de mis elegidos. Mejor ser�a para �l ce�irse una piedra de molino y hundirse en el mar que extraviar a uno de mis elegidos ( cfr. Mt 26, 25; Lc 17, 1-2). Vuestro cisma extravi� a muchos, empuj� a muchos al desaliento, a muchos a la duda, a todos nosotros a la tristeza, y vuestra revuelta es tenaz.

   Tomad la carta del bienaventurado Ap�stol Pablo. Ante todo, �qu� os escribi� en el inicio de la ep�stola? Guiado por el Esp�ritu os escribi� en verdad sobre �l mismo, Cefas y Apolo, porque tambi�n entonces hab�ais creado bandos. Pero aquella bander�a llev� a un pecado menor, pues estabais apoyados en acreditados Ap�stoles y en un hombre probado entre ellos. Ahora considerad qui�nes os han extraviado y han debilitado la veneraci�n de vuestro afamado amor fraterno. Amados, vergonzoso, muy vergonzoso e indigno de la conducta en Cristo es o�r que la solid�sima y antigua Iglesia de los corintios se ha rebelado contra los presb�teros a causa de una o dos personas. Y esta noticia no s�lo ha corrido hasta nosotros, sino tambi�n hasta los que piensan de distinta manera a la nuestra, de modo que por vuestra insensatez tambi�n las blasfemias se dirigen al nombre del Se�or y os acarre�is un peligro (...).

   Amados, asumamos la correcci�n por la que nadie debe irritarse. La advertencia que mutuamente nos hagamos es muy buena y muy beneficiosa, pues nos une a la Voluntad de Dios. Pues as� dice la palabra santa: el Se�or me corrigi� y no me entreg� a la muerte (Sal 140, 5). Porque el Se�or corrige al que ama y azota a todo aquel que acepta como hijo (Prv 3, 12) (.. )

   Ahora, pues, los que fuisteis causa de que estallara la sedici�n, someteos a vuestros presb�teros y correg�os para penitencia, doblando las rodillas de vuestro coraz�n. Aprended a someteros, deponiendo la arrogancia jactanciosa y altanera de vuestra lengua; pues m�s os vale encontraros peque�os pero escogidos dentro del reba�o de Cristo, que ser excluidos de su esperanza a causa de la excesiva estimaci�n de vosotros mismos.

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