Magisterio de la Iglesia

San Clemente Romano

IV DIOS CREADOR

   20, 1-22. Enderecemos nuestros pasos hacia la meta de paz que nos fue se�alada desde el principio, teniendo fijos los ojos en el Padre y Creador de todo el universo y adhiri�ndonos a los magn�ficos y sobreabundantes dones y beneficios de su paz. Contempl�mosle con nuestra mente y miremos con los ojos del alma su magn�nimo designio, considerando cu�n ben�volo se muestra para con toda su creaci�n. Los cielos, movidos bajo su control, le est�n sometidos en paz. El d�a y la noche van siguiendo el curso que �l les ha se�alado sin que mutuamente se interfieran. El sol, la luna y los coros de los astros giran seg�n el orden que �l les ha establecido, en armon�a y sin transgresi�n de ninguna clase, por las �rbitas que les han sido impuestas. La tierra germina seg�n la voluntad de �l a sus debidos tiempos y produce abundant�simo sustento a los hombres y a todos los animales que viven sobre ella, sin que jam�s se rebele ni cambie nada de lo que �l ha establecido. Los abismos insondables y los inasequibles lugares inferiores de la tierra se mantienen dentro de las mismas ordenaciones. El lecho del inmenso mar, constituido por obra suya para contener las aguas no traspasa las compuertas establecidas, sino que se mantiene tal como �l le orden�... El oc�ano al que no pueden llegar los hombres, y los mundos que hay m�s all� de �l, est�n rugidos por las mismas disposiciones del Se�or. Las estaciones, la primavera, el verano, el oto�o y el invierno se suceden pac�ficamente unas a otras. Los escuadrones de los vientos cumplen sin fallar, a sus tiempos debidos, su servicio. Las fuentes perennes, creadas para nuestro goce y salud, ofrecen sin interrupci�n sus pechos para la vida de los hombres. Y hasta los m�s peque�os de los animales forman sus sociedades en concordia y paz. Todas estas cosas, el art�fice y Se�or de todo orden� que se mantuvieran en paz y concordia, derramando sus beneficios sobre el universo, y de manera particularmente generosa sobre nosotros, los que nos hemos acogido a sus misericordias por medio de nuestro Se�or Jesucristo, a quien sea la gloria y la grandeza por los siglos de los siglos. Am�n. Estad alerta, car�simos, no sea que sus beneficios, tan numerosos. se conviertan para nosotros en motivo de juicio si no vivimos de manera digna de �l, haciendo lo que es bueno y agradable en su presencia con toda concordia.

V. JESUCRISTO

   36, 1-2. Este es el camino en el que hemos hallado nuestra salvaci�n. Jesucristo, el sumo sacerdote de nuestras ofrendas, el protector y ayudador de nuestra debilidad. A trav�s de �l fijamos nuestra mirada en las alturas del cielo. A trav�s de �l contemplamos, como en un espejo, la faz inmaculada y soberana de Dios. Por �l nos fueron abiertos los ojos de nuestro coraz�n. Por �l nuestra mente, antes ignorante y llena de tinieblas, ha renacido a la luz. Por �l quiso el Se�or que gust�semos el conocimiento de la inmortalidad...

   49, 6. Por su caridad nos acogi� el Se�or a nosotros. En efecto, por la caridad que nos tuvo, nuestro Se�or Jesucristo dio su sangre por nosotros seg�n el designio de Dios, dio su carne por nuestra carne, y su vida por nuestras vidas. Ya v�is, hermanos, qu� cosa tan grande y tan admirable es la caridad, y c�mo es imposible declarar su perfecci�n...

   7, 2-4. Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo, y consideremos cu�n preciosa es a los ojos de Dios, Padre suyo, hasta el punto de que, derramada por nuestra salvaci�n, mereci� la gracia del arrepentimiento.

   12, 7. Por su fe y hospitalidad se salv� Rahab la ramera. Le dijeron que pusiera en su casa una se�al, colgando un pa�o rojo: con ello quedaba indicado que por la sangre del Se�or encontrar�an redenci�n todos los que creen y esperan en Dios.

   16, 1-17. A los humildes pertenece Cristo, no a los que se muestran arrogantes sobre su reba�o. El cetro de la majestad de Dios, el Se�or, Jesucristo, no vino al mundo con aparato de arrogancia ni de soberbia, aunque hubiera podido hacerlo, sino en esp�ritu de humildad, tal como lo hab�a dicho de �l el Esp�ritu Santo: "Se�or, �qui�n lo creer� cuando lo oiga de nosotros?... No tiene figura ni gloria, le vimos sin belleza ni hermosura, su aspecto era despreciable, m�s feo que el aspecto de los hombres ..� (sigue la cita de Is 53, 1-12, y Sal 21, 5-8). Considerad, hermanos, el modelo que se nos propone: porque si el Se�or se humill� hasta este extremo, �qu� tendremos que hacer nosotros, que nos hemos sometido al yugo de su gracia?

VI. FE Y OBRAS

   31-34. �Por qu� fue bendecido nuestro padre Abraham? �No lo fue por haber practicado la justicia y la verdad por medio de la fe? Isaac, conociendo con certeza lo por venir, se dej� llevar de buena gana como v�ctima de sacrificio. Jacob emigr� con humildad de su tierra a causa de su hermano, y march� a casa de Lab�n y le sirvi�, y le fue concedido el cetro de las doce tribus de Israel... En suma, todos fueron glorificados y engrandecidos, no por m�ritos propios. ni por sus obras o por la justicia que practicaron, sino por la voluntad de Dios. Por tanto, tampoco nosotros, que fuimos por su voluntad llamados en Jesucristo, nos justificamos por nuestros propios m�ritos, ni por nuestra sabidur�a, inteligencia y piedad, o por las obras que hacemos en santidad de coraz�n, sino por la fe, por la que el Dios que todo lo puede justific� a todos desde el principio... Si esto es as�, �qu� hemos de hacer, hermanos? �Vamos a mostrarnos negligentes en las buenas obras y podemos descuidar la caridad? No permita Dios que esto suceda, al menos en nosotros. Al contrario, apresur�monos a cumplir todo g�nero de obras buenas, con esfuerzo y �nimo generoso. El mismo art�fice y Se�or de todas las cosas se regocija y se complace en sus obras... Teni�ndole a �l como modelo, adhir�monos sin reticencias a su voluntad y hagamos la obra de la justicia con todas nuestras fuerzas. El buen trabajador toma con libertad el pan de su trabajo, pero el perezoso y holgaz�n no se atreve a mirar a la cara de su amo. Por tanto, hemos de ser prontos y diligentes en las buenas obras, ya que de �l nos viene todo. El nos lo ha prevenido: �He aqu� el Se�or, y su recompensa delante de su cara, para dar a cada uno seg�n su trabajo� (Is 40, 10, etc.). Con ello nos exhorta a que pongamos en �l nuestra fe con todo nuestro coraz�n, y a que no seamos perezosos ni negligentes en ning�n g�nero de obras buenas...

   30, 1-6. Siendo una porci�n santa, practiquemos todo lo que es santificador: huyamos de toda calumnia, de todo abrazo torpe o impuro, de embriagueces y revueltas, de la detestable codicia, del abominable adulterio, de la odiosa soberbia... Vivamos unidos a aquellos que han recibido como don la gracia de Dios, revist�monos de concordia, manteni�ndonos en el esp�ritu de humildad y continencia, absolutamente alejados de toda murmuraci�n y calumnia, justificados por nuestras obras, y no por nuestras palabras... Nuestra alabanza ha de venir de Dios, y no de nosotros mismos, pues Dios detesta al que se alaba a s� mismo..

VII. LA ESPERANZA ESCATOL�GICA

   23-27.  El que es en todo misericordioso y padre ben�fico, tiene entra�as de compasi�n para con todos los que le temen, y benigna y amorosamente reparte sus gracias entre los que se acercan a �l con mente sencilla. Por tanto, no dudemos, ni vacile nuestra alma acerca de sus dones sobreabundantes y gloriosos. Lejos de nosotros aquello que dice la Escritura (pasaje desconocido): �Desgraciados los de alma vacilante, es decir, los que dudan en su alma diciendo: eso ya lo o�mos en tiempo de nuestros padres, y he aqu� que hemos llegado a viejos y nada semejante se ha cumplido.� �Insensatos! Comparaos con un �rbol, por ejemplo, la vid. Primero caen sus hojas, luego brota un tallo, luego nace la hoja, luego la flor, despu�s un fruto agraz, y finalmente madura la uva. Considerad c�mo en un breve per�odo de tiempo llega a madurez el fruto de ese �rbol. A la verdad, pronto y de manera inesperada se cumplir� tambi�n su designio, tal como lo atestigua tambi�n la Escritura que dice: �Pronto vendr� y no tardar�: inesperadamente vendr� el Se�or a su templo, y el Santo que est�is esperando� (cf. Is 14, 1: Mal 3, 1). Reflexionemos, car�simos, en la manera c�mo el Se�or nos declara la resurrecci�n futura, de la que hizo primicias al Se�or Jesucristo resucit�ndole de entre los muertos.

   Observemos, amados, la resurrecci�n que se da en la sucesi�n del tiempo. El d�a y la noche nos muestran la resurrecci�n: muere la noche, resucita el d�a; el d�a se va, viene la noche. Tomemos el ejemplo de los frutos: �C�mo y en qu� forma se hace la sementera? Sale el sembrador y lanza a la tierra cada una de las semillas, las cuales cayendo sobre la tierra secas y desnudas empiezan a descomponerse; y una vez descompuestas, la magnanimidad de la providencia del Se�or las hace resucitar, de suerte que cada una se multiplica en muchas, dando as� fruto... As� pues, �vamos a tener por cosa extraordinaria y maravillosa que el art�fice del universo resucite a los que le sirvieron santamente y con la confianza de una fe aut�ntica...? Apoyados, pues, en esta esperanza, adhi�ranse nuestras almas a aquel que es fiel en sus promesas y justo en sus juicios. El que nos mand� no mentir, mucho menos ser� �l mismo mentiroso, ya que nada hay imposible para Dios excepto la misma mentira. Reavivemos en nosotros la fe en �l, y pensemos que todo est� cerca de �l... Todo lo har� cuando quiera y como quiera, y no hay peligro de que deje de cumplirse nada de lo que �l tiene decretado...

VIII. EL MARTIRIO DE PEDRO Y PABLO

   5-6. Por emulaci�n y envidia fueron perseguidos los que eran m�ximas y just�simas columnas de la Iglesia, los cuales lucharon hasta la muerte. Pongamos ante nuestros ojos a los santos ap�stoles: Pedro, por emulaci�n inicua, hubo de soportar no uno ni dos, sino muchos trabajos, y dando as� su testimonio, pas� al lugar de la gloria que le era debido. Por emulaci�n y envidia dio Pablo muestra del trofeo de su paciencia: por seis veces fue cargado de cadenas, fue desterrado, fue apedreado, y habiendo predicado en oriente y en occidente, alcanz� la noble gloria que correspond�a a su fe: habiendo ense�ado la justicia a todo el mundo, y habiendo llegado hasta el conf�n de occidente, y habiendo dado su testimonio ante los gobernantes, sali� as� de este mundo y fue recibido en el lugar santo, hecho ejemplo extraordinario de paciencia. A estos hombres que vivieron en santidad, se agreg� un gran n�mero de elegidos, los cuales, despu�s de sufrir muchos ultrajes y tormentos a causa de la envidia, se convirtieron entre nosotros en el m�s bello ejemplo.

IX. F�RMULAS DE ORACI�N LIT�RGICA

   59, 2-4. Pediremos con instante s�plica, haciendo nuestra oraci�n, que el art�fice de todas las cosas guarde �ntegro en todo el mundo el n�mero contado de sus elegidos, por medio de su amado Hijo Jesucristo.

Por �l nos llam� de las tinieblas a la luz,
de la ignorancia al conocimiento de la gloria de su nombre,
a esperar en tu nombre, principio de toda creatura,
abriendo los ojos de nuestros corazones para conocerte a ti
el �nico alt�simo en las alturas,
el Santo que tiene su descanso entre los santos;
el que humilla la altivez de los soberbios,
el que deshace los pensamientos de las naciones,
el que levanta a los humildes y abate a los que se enaltecen,
el que enriquece y empobrece,
el que mata y el que da la vida,
el �nico bienhechor de los esp�ritus y Dios de toda carne.
T� penetras los abismos
y contemplas las obras de los hombres,
auxilio de los que est�n en peligro
y salvador de los desesperados,
creador y protector de todo esp�ritu.
T� multiplicas las naciones sobre la tierra,
y has escogido entre todas a los que te aman
por medio de Jesucristo tu Hijo amado,
por el cual nos has ense�ado,
nos has santificado, nos has honrado.
Te rogamos, Se�or, que seas nuestro auxilio
y nuestro protector.
S�lvanos en la tribulaci�n, levanta a los ca�dos,
mu�strate a los necesitados, sana a los enfermos,
vuelve a los extraviados de tu pueblo,
sacia a los hambrientos, da libertad a nuestros cautivos,
levanta a los d�biles, consuela a los pusil�nimes;
conozcan todas las naciones que t� eres el �nico Dios,
y Jesucristo es tu Hijo,
y nosotros tu pueblo y las ovejas de tu reba�o.

60, 4-61, 2. Danos la concordia y la paz a nosotros
y a todos los que habitan la tierra,
como se la diste a nuestros padres,
cuando te invocaban religiosamente en fe y en verdad.
Que seamos obedientes a tu nombre todopoderoso y glorioso,
y a nuestros pr�ncipes y gobernantes sobre la tierra.
T�, Se�or, les diste a ellos la autoridad real,
por tu poder magn�fico e inenarrable,
para que conociendo nosotros el honor y la gloria
que t� les diste,
nos sometamos a ellos sin oponernos en nada a tu voluntad.
Dales, Se�or, salud, paz, concordia y estabilidad,
para que ejerzan sin tropiezo
la autoridad que de ti han recibido.
Porque t�, Se�or, rey celestial de los siglos,
das a los hijos de los hombres que est�n sobre la tierra
gloria y honor y autoridad.
T�, Se�or, endereza sus voluntades a lo que es bueno
y agradable en tu presencia,
para que ejerciendo en paz, mansedumbre y piedad,
la autoridad que de ti recibieron,
alcancen de ti misericordia...

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