Magisterio de la Iglesia
Pator de Hermas

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Los dos �ngeles (Mandamiento Vl, n. 2) -Escucha ahora -me dijo- acerca de la fe. Dos �ngeles hay en cada hombre: uno de la justicia y otra de la maldad. -�C�mo, pues, se�or -le dije-, conocer� las operaciones de uno y otro, puesto que ambos habitan conmigo? -Escucha -me dijo- y entiende. El �ngel de la justicia es delicado, y pudoroso, y manso, y tranquilo. As�, pues, cuando subiere a tu coraz�n este �ngel, al punto se pondr� a hablar contigo sobre la justicia, la castidad, la santidad, sobre la mortificaci�n y sobre toda obra justa y sobre toda virtud gloriosa. Cuando todas estas cosas subieren a tu coraz�n, entiende que el �ngel de la justicia est� contigo. He ah�, pues, las obras del �ngel de la justicia. Cree, por tanto, a �ste y a sus obras. Mira tambi�n las obras del �ngel de la maldad. Ante todo, ese �ngel es impaciente, amargo e insensato, y sus obras malas derriban a los siervos de Dios. As� pues, cuando �ste subiere a tu coraz�n, con�cele por sus obras. -Se�or -le dije-, yo no s� c�mo tengo que conocerle. -Escucha -me dijo-. Cuando te sobrevenga un arrebato de ira o un sentimiento de amargura, entiende que �l est� contigo; y lo mismo hay que decir de un deseo de derramarte en muchas acciones, de la preciosidad y abundancia de comidas y bebidas, y embriagueces muchas, y deleites variados y no convenientes, del deseo, y tambi�n de mujeres, avaricia, mucho boato de soberbia y altaner�a y, en fin, de todo cuanto a estas cosas se acerca y asemeja. Siempre, pues, que cualquiera de estas cosas subiere a tu coraz�n, entiende que el �ngel de la maldad est� contigo. T�, pues, ya que conoces sus obras, ap�rtate de �l y no le creas en nada, pues sus obras son malas e inconvenientes para los siervos de Dios. Ah� tienes las operaciones de uno y otro �ngel; enti�ndelas y cree s�lo al �ngel de la justicia. Ap�rtate, en cambio, del �ngel de la maldad, pues su doctrina es totalmente perversa. En efecto, imaginemos a un hombre todo lo fiel que queramos. Si el deseo de este �ngel subiere a su coraz�n, por fuerza ese hombre (o mujer) cometer� alg�n pecado. Y al rev�s, por muy malvado que sea un hombre o una mujer, si a su coraz�n suben las obras del �ngel de la justicia, de necesidad aquel hombre o mujer practicar�n alg�n bien. Ya ves que es bueno seguir al �ngel de la justicia y renunciar al �ngel de la iniquidad. * * * * * Habiendo yo ayunado y orado insistentemente al Se�or, me fue revelado el sentido de la escritura. Lo escrito era lo siguiente: Tus hijos, Hermas, se enfrentaron contra Dios, blasfemaron contra el Se�or y traicionaron a sus padres con gran perversidad, y tuvieron que o�rse llamar traidores de sus padres. Y aun cometida esta traici�n, no se enmendaron, sino que a�adieron a sus pecados sus insolencias y sus perversas contaminaciones, con lo que llegaron a su colmo sus iniquidades. Sin embargo, haz saber a todos tus hijos y a tu esposa, que ha de ser hermana tuya, estas palabras. Pues tu esposa no se modera en su lengua, con la que obra el mal. Pero si oye estas palabras, se contendr� y obtendr� misericordia. Despu�s que les hubieres dado a conocer estas palabras que me encarg� el Se�or que te revelara, se les perdonar�n a ellos todos los pecados que hubieren anteriormente cometido, as� como tambi�n a todos los santos que hubieren pecado hasta este d�a, con tal de que se arrepientan de todo coraz�n y alejen de sus corazones toda vacilaci�n. Porque el Se�or hizo este juramento por su gloria con respecto a sus elegidos: si despu�s de fijado este d�a todav�a cometen pecado, no tendr�n salvaci�n, ya que la penitencia para los justos tiene un limite. Los dias de penitencia est�n cumplidos para todos los santos, mientras que para los gentiles hay penitencia hasta el �ltimo d�a. As� pues, dir�s a los jefes de la Iglesia que enderecen sus caminos seg�n justicia, para que puedan recibir el fruto pleno de la promesa con gran gloria. Por tanto, los que obr�is la justicia manteneos firmes y no vacil�is, para que se os conceda la entrada a los �ngeles santos. Bienaventurados vosotros, los que soport�is la gran tribulaci�n que est� por venir, as� como los que no han de negar su propia vida. Porque el Se�or ha jurado por su propio Hijo que los que nieguen al Se�or ser�n privados de su propia vida, es decir, los que lo negaren a partir de ahora en los d�as venideros. Pero los que hubieren negado antes obtendr�n perd�n por su gran misericordia. En cuanto a ti, Hermas, no guardes ya m�s rencor contra tus hijos, ni abandones a tu hermana, para que tengan lugar a purificarse de sus pecados pasados. Porque si t� no les guardas rencor, ser�n educados con justa educaci�n. El rencor produce la muerte. T�, Hermas, sufriste grandes tribulaciones en tu persona a causa de las transgresiones de los de tu casa, pues no cuidaste de ellos, porque ten�as otras preocupaciones y te enredabas en negocios malvados. Pero te salva el hecho de no haber apostatado del Dios vivo, as� como tu sencillez y tu mucha continencia. Esto es lo que te ha salvado�con tal que perseveres�y lo que salvar� a cuantos hagan lo mismo y vivan en inocencia y simplicidad. Estos triunfar�n de toda maldad y perseverar�n para la vida eterna. Bienaven turados todos los que obran la justicia, porque no se perder�n para siempre... (1) �No te parece -me dijo el pastor- que el mismo arrepentirse es una especie de sabidur�a? Si -dijo-, el arrepentirse es una sabidur�a grande, porque el pecador se da cuenta de que hizo el mal delante del Se�or, y penetra en su coraz�n el sentimiento de la obra que hizo, con lo que se arrepiente y ya no vuelve a obrar el mal, sino que se pone a practicar toda suerte de bien, y humilla y atormenta su alma, por haber pecado. Ya ves, pues, c�mo el arrepentimiento es una gran sabidur�a... Se�or -le dije- he o�do de algunos maestros que no se da otra penitencia fuera de aquella por la que bajamos al agua (del bautismo) y alcanzamos el perd�n de nuestros pecados anteriores. El me dijo: Has o�do bien, pues as� es: porque el que ha recibido el perd�n de sus pecados ya no debiera pecar, sino que debiera vivir puro. Pero ya que quieres enterarte de todo con exactitud, te explicar� tambi�n otro aspecto, sin que con ello quiera dar pretexto de pecar a los que en lo futuro han de creer o a los que poco ha creyeron en el Se�or. Porque los que poco ha creyeron, o han de creer en lo futuro no tienen lugar a penitencia de sus pecados, fuera de la remisi�n de sus pecados anteriores (en el bautismo). Pero para los que fueron llamados antes de estos d�as, el Se�or tiene establecida una penitencia: porque el Se�or es conocedor de los corazones, y lo sabe todo de antemano, y conoci� la debilidad de los hombres y la mucha astucia del diablo con la que hab�a de hacer da�o a los siervos de Dios y ensa�arse con ellos. Ahora bien, siendo grandes las entra�as de misericordia del Se�or, se apiad� de su creatura, y dispuso esta penitencia haci�ndome a m� el encargado de la misma. Sin embargo, he de decirte esto: si despu�s de aquel llamamiento grande y santo, alguno, tentado por el diablo, cometiere pecado, s�lo tiene lugar a una penitencia. Pero si continuamente peca y se vuelve a arrepentir, de nada le aprovecha al tal hombre, pues dif�cilmente alcanzar� la vida. Yo le repliqu�: El oir esta explicaci�n tan exacta sobre estas cosas me ha devuelto la vida, pues ahora s� que si no vuelvo a cometer m�s pecados me salvar�. Te salvar�s -me dijo- t� y todos los que hicieron estas cosas (2) * * * * * As� como la piedra redonda no puede convertirse en sillar si no es cort�ndola y quitando algo de ella, as� tambi�n los ricos en este siglo no pueden hacerse �tiles para el Se�or si no se les recorta su riqueza. Por ti mismo puedes saberlo en primer lugar: cuando eras rico eras in�til, pero ahora eres �til y provechoso para la vida... (3) El rico tiene realmente mucho dinero, pero con respecto al Se�or es pobre, arrastrado como anda tras su riqueza. Muy pocas veces hace su acci�n de gracias y su oraci�n ante el Se�or, y aun cuando lo hace es con brevedad, sin intensidad y sin fuerza para penetrar hasta lo alto. Pero cuando el rico se entrelaza con el pobre y le proporciona lo necesario creyendo que podr� encontrar en Dios la recompensa de lo que hubiere hecho por el pobre�ya que el pobre es rico en la oraci�n y en la acci�n de gracias, y sus peticiones tienen gran fuerza delante de Dios�entonces el rico atiende al pobre en todas las cosas sin reservas. Por su parte, el pobre, atendido por el rico, ruega por �l y da gracias a Dios por aquel de quien recibe beneficios. Y entonces el rico todav�a toma mayor inter�s por el pobre, para no hallarse falto de nada en su vida, pues sabe que la oraci�n del pobre es rica y aceptable delante de Dios. De esta suerte, uno y otro llevan a cabo su obra en com�n: el pobre coopera con su oraci�n, en la que es rico, habi�ndola recibido del Se�or y devolvi�ndola al mismo Se�or que se la hab�a dado. A su vez, el rico pone a disposici�n del pobre sin reservas la riqueza que recibi� del Se�or. Es �sta una gran obra agradable a Dios, con la que muestra que entiende el sentido de sus riquezas poniendo a disposici�n del pobre los dones del Se�or y cumpliendo rectamente el servicio que el Se�or le encomendara... De esta forma, los pobres, rogando al Se�or por los ricos dan pleno sentido a la riqueza de �stos, y a su vez, los ricos, socorriendo a los pobres alcanzan la plenitud de lo que falta a sus almas. Con ello se hacen unos y otros colaboradores en la obra de justicia. Por tanto, el que as� obrare no ser� abandonado de Dios, sino que quedar� escrito en el libro de los vivos. Bienaventurados los que tienen y entienden que sus riquezas las tienen del Se�or: porque el que entiende esto podr� cumplir el servicio debido... (4) * * * * * III. Discernimiento de esp�ritus. Dos �ngeles acompa�an al hombre, uno de justicia y otro de maldad... El �ngel de justicia es delicado y recatado y manso y tranquilo. As� pues, cuando este �ngel penetre en tu coraz�n, te hablar� inmediatamente de justicia, de pureza, de santidad, de contentarte con lo que tienes, de toda obra justa y de toda virtud reconocida. Cuando sientas que tu coraz�n est� penetrado de todas estas cosas, entiende que el �ngel de la justicia est� contigo, porque �sas son las obras del �ngel de la justicia. A �l pues has de creerle, y a sus obras. Considera por otra parte las obras del �ngel de la maldad: en primer lugar, es impaciente, amargado e insensato: sus obras son malas y capaces de abatir a los siervos de Dios. Cuando este �ngel penetre en tu coraz�n, has de saber conocerle por sus obras... Cuando te sobrevenga alguna impaciencia o amargura, entiende que �l est� dentro de ti: igualmente cuando tengas ansia de hacer muchas cosas, o de muchos y exquisitos manjares, de muchas y variadas bebidas, de embriagueces muelles e inconvenientes; igualmente cuando tienes deseo de mujeres, o de posesiones o de gran soberbia y altaner�a y de otras cosas por el estilo: cuando estas cosas penetren en tu coraz�n, s�bete que el �ngel de la maldad est� dentro de ti. As� pues, t�, conociendo sus obras, ap�rtate de �l y no le creas para nada, pues sus obras son malvadas y no traen provecho alguno a los siervos de Dios... (5) �C�mo se conocer� a un hambre, si es verdadero o falso profeta? ...Al hombre que tiene el Esp�ritu divino has de examinarle por su vida. En primer lugar, el que tiene el Esp�ritu divino de lo alto, es manso, tranquilo y humilde; se aparta de toda maldad, as� como de los vanos deseos de este siglo, y se hace a s� mismo el m�s pobre de todos los hombres; no empieza a dar respuestas a nadie solo porque se le pregunte, ni habla en secreto, que no habla el Esp�ritu Santo cuando el hombre quiere, sino que habla cuando Dios quiere que hable. As� pues, cuando un hombre que tiene el esp�ritu divino llega a una reuni�n de hombres justos que tienen fe en el esp�ritu divino, y en aquella reuni�n se hace oraci�n a Dios, entonces el �ngel del esp�ritu prof�tico que est� en �l llena a aquel hombre, y lleno as� con el Esp�ritu Santo habla a la muchedumbre como lo quiere el Se�or... Escucha ahora lo que se refiere al esp�ritu terreno y vacuo, que no tiene virtud alguna, sino que es necio. En primer lugar, el hombre que aparentemente tiene el Esp�ritu, se exalta a s� mismo, y quiere ocupar la silla presidencial; e inmediatamente se muestra como ligero, desvergonzado y charlat�n; vive entre muchos placeres y con muchos otros enga�os; se hace pagar sus profec�as, y si no se le paga no profetiza. �Es que el Esp�ritu divino puede cobrar para profetizar? No puede hacer esto un profeta de Dios, sino que el esp�ritu de tales profetas es de la tierra. Adem�s, el falso profeta no se acerca para nada a la reuni�n de los justos, sino que huye de ellos; en cambio se pega a los vacilantes y vacuos, ech�ndoles sus profec�as por los rincones, y los embauca habl�ndoles conforme a sus deseos, aunque son vacuos, pues responde a hombres vacuos. Cuando una vasija vac�a choca con otras igualmente vac�as, no se rompe, sino que resuenan todas con un mismo sonido. Cuando el falso profeta llega a una reuni�n llena de hombres justos que poseen el esp�ritu de la divinidad y hacen oraci�n, se queda vac�o, y su esp�ritu terreno huye de �l amedrentado, y el hombre queda mudo y totalmente destrozado, sin poder hablar palabra(6). Los que nunca han escudri�ado la verdad ni han inquirido acerca de la divinidad, sino que se han contentado con creer, agitados con sus negocios, sus riquezas. sus amistades paganas y muchas otras ocupaciones de este siglo, todos los que andan enfrascados en estas cosas. no entienden las par�bolas acerca de la divinidad. Es que con todos estos negocios est�n entenebrecidos, corrompidos y secos. As� como las vi�as hermosas, si no se cuidan se secan a causa de las espinas y de toda suerte de yerbas, as� tambi�n los hombres que despu�s de recibir la fe se entregan a la multiplicidad de acciones dichas, se extravian en sus inteligencias y ya no entienden absolutamente nada acerca de la divinidad. Porque, en efecto, cuando oyen algo acerca de la divinidad su mente se encuentra en sus negocios, y as� no comprenden absolutamente nada. Pero los que tienen el temor de Dios, e investigan acerca de la divinidad y de la verdad, y tienen su coraz�n vuelto hacia el Se�or, entienden y comprenden en seguida cuanto se les dice, pues tienen dentro de s� el temor de Dios. Porque donde habita el Se�or, all� hay gran inteligencia. Adhi�rete, pues, al Se�or, y lo comprender�s y entender�s todo(7). |
