Magisterio de la Iglesia
San Cirilo de Jerusal�n
![]()
CATEQUESIS XVIII
LA RESURRECCI�N UNIVERSAL
LA IGLESIA CAT�LICA
LA VIDA ETERNA
|
Pronunciada en Jerusal�n, sobre aquello de: �Y en la Iglesia, una, santa y cat�lica�. Y sobre la �resurreci�n de la carne�. Y �la vida eterna�. La lectura es de Ezequiel: �La mano de Yahv� fue sobre mi y, por su esp�ritu, Yahv� me sac� y me puso en medio de la vega, la cual estaba llena de huesos...'' (Ez 37, I ss.)(1). |
1. La ra�z de toda operaci�n es la esperanza de la resurrecci�n. Pues la esperanza del premio da al alma fuerzas para emprender buenas obras. Pues el obrero se encuentra dispuesto a soportar los trabajos si divisa el premio de sus fatigas, pero se derrumban el �nimo y el cuerpo de los que no avizoran recompensa alguna. Un soldado que espera la recompensa del combate est� pronto para la lucha, pero nadie milita a favor de un rey que, falto de juicio, no recompensa el m�rito de los esfuerzos, ni est� dispuesto a afrontar la muerte por ese mismo rey. As� tambi�n, toda alma que cree en la resurrecci�n se modera y se atempera a s� misma. Pero la que no cree en la resurrecci�n, se entrega a su propia perdici�n2. Quien cree que el cuerpo pervivir� con la resurrecci�n, cuida aquello que le sirve de estola y de vestido, y no lo contamina con el libertinaje. Pero el que no cree en la resurrecci�n, se entrega a la fornicaci�n usando del propio cuerpo como si fuese ajeno. Es, desde luego, una importante doctrina y ense�anza de la Iglesia la fe acerca de la gran resurrecci�n de los muertos. Se trata de algo completamente esencial, cuya verdad, aunque choca realmente con la contradicci�n de muchos, puede ser plenamente comprobada. Est�n en contra de ella los griegos, no la creen los samaritanos y la deshacen los herejes. Se la contradice de m�ltiples maneras, pero es una verdad simple y sencilla.
Objeciones en contra de la resurrecci�n de los muertos
2. Esto es lo que oponen tanto los griegos como los samaritanos: una vez que el hombre ha perecido y ha muerto, se pudre y lo devoran los gusanos. Tambi�n mueren los mismos gusanos. Y despu�s de suceder todo esto al cuerpo, putrefacci�n y muerte, �c�mo, pues, resucita? Los peces devoran a los que han sufrido un naufragio y ellos, a su vez, son devorados por otros. De quienes luchan con las fieras se comen, destroz�ndolos, incluso los huesos. Los buitres y los cuervos est�n volando por todas partes comi�ndose las carnes de los cad�veres arrojados al suelo. �C�mo podr�n reunirse esos cuerpos? Pues es posible que, de las aves que los devoraron, una haya muerto en la India, otra en Persia, otra en los pa�ses b�rbaros. Los cad�veres de otros que ardieron en las llamas, reducidos a cenizas fueron dispersados por las tormentas o el viento. �C�mo podr� reunirse su cuerpo?
A Dios todo le es posible
3. Para ti, desde luego, hombrecillo peque�o y d�bil, los pa�ses b�rbaros est�n lejos de la India e Hispania lo est� de Persia. Pero para Dios, que tiene el mundo entero en un pu�o, todo est� pr�ximo. No pienses que Dios es tan d�bil como t� y, por tanto, incapaz, sino piensa m�s bien en tu propia potencia. Adem�s, el sol, siendo una obra peque�a de Dios, llena toda la tierra con el calor de sus rayos. Tambi�n el aire, hecho por Dios, rodea todo lo que hay en el mundo. Pero Dios, que es el creador del sol y del aire, �estar� acaso lejos del mundo? Sup�n que se encuentran mezclados granos diversos de semillas �te propongo ejemplos d�biles a ti, que eres d�bil en la fe� y sup�n que todos los tienes en un pu�o. A ti, que eres hombre, �te es cosa dif�cil, o m�s bien f�cil, distinguir lo que tienes en el pu�o y poner cada una de las semillas con las de su clase? Es decir, si t� puedes discernir lo que tienes en tu mano, �no podr� Dios discernir y restituir a su lugar lo que tiene en la suya? Considera lo que digo y si tal vez no ser� imp�o negarlo.
En la resurrecci�n de los muertos, Dios har� justicia
4. Considera tambi�n lo que se refiere a la justicia y reflexiona sobre ti mismo. Tienes diversos siervos, de los que unos son buenos y otros malvados. A los buenos los aprecias y a los malos los castigas. Incluso si eres juez, alabas a los buenos y a los malvados los castigas. Si t�, que eres hombre mortal, tienes una noci�n de lo que es justo, Dios, rey eterno de todas las cosas, �no pagar� a cada uno seg�n justicia? Y es una impiedad negar esto, pues mira lo que digo: muchos homicidas murieron en la cama sin haber sido castigados. �D�nde est�, pues, la justicia de Dios? Y a menudo un homicida es reo de cincuenta homicidios, pero ha lavado sus cr�menes con una �nica pena capital. �C�mo pagar�, pues, los restantes cuarenta y nueve asesinatos? Y arguyes a Dios de injusticia si no existen, despu�s de esta vida, el juicio y la retribuci�n. Pero no debes extra�arte del retraso del juicio. Quien lucha en un certamen, una vez que �ste ha concluido, recibe la corona o queda marcado por la verg�enza, pero el �rbitro del certamen nunca corona a los que intervienen mientras est�n combatiendo, sino que aguarda a ver el final de todos los combatientes. Despu�s, examinando el resultado, distribuye los premios de la victoria y las coronas. As� tambi�n Dios, mientras dura todav�a el combate en este mundo, ayuda parcialmente a los sujetos, pero despu�s les otorga los premios de modo completo y pleno.
Otros indicios de la resurrecci�n
5. Pero si, a tu parecer, la resurrecci�n de los muertos no existe, �qu� haces condenando a los que excavan en los sepulcros? Pues si el cuerpo perece irremisiblemente y no existe esperanza ninguna de resurrecci�n(2), �por qu� se castiga a los profanadores de tumbas? Te das cuenta, aunque lo niegues con los labios, de que permanece en ti una conciencia indeleble de la resurrecci�n.
Cambios que se observan en seres inferiores hacen cre�ble la resurrecci�n
6. Pero, por lo dem�s, un �rbol cortado vuelve a brotar �No lo har� tambi�n un hombre que ha perdido su vida? Incluso lo que se ha cortado al segarlo se queda en las eras para que lo recojan. �Y no se quedar� en la era el hombre que ha sido segado en este mundo?(3). Tambi�n los sarmientos de la vid y las ramas de otros �rboles, cuando se cortan completamente y se trasplantan, cobran vida y reportan fruto. Y el hombre, por el cual son aquellas cosas, �no resurgir� aunque haya ido a parar a la tierra? Y si comparamos distintos trabajos o dificultades �qu� es m�s, dar forma desde sus inicios a una estatua que antes no exist�a o restitu�rsela a una que la hab�a perdido? El Dios que nos hizo de la nada, una vez que ya tuvimos existencia pero luego la perdimos, �no podr� de nuevo despertarnos a la vida? Pero t� no crees, por ser griego lo que est� escrito acerca de la resurrecci�n. Considera en cambio estas cosas desde la perspectiva de lo que ya existe y enti�ndelo en tu interior desde lo que puede verse hasta el d�a de hoy. Si se desea, se siembra trigo o cualquier clase de semilla. Cuando la semilla cae, muere y se pudre: ya no sirve para alimento. Pero lo que se ha podrido brota de ah� como hierba y lo que al caer era peque�o se levanta ahora hermos�simo(4). Pero el trigo fue credo por causa nuestra, pues el trigo y otras semillas se hicieron no por s� mismos sino para nuestro uso. Y si las cosas que fueron hechas para nosotros reviven despu�s de muertas, nosotros, por quien esas cosas se hicieron, �no resucitaremos despu�s de muertos?
7. Es, como ves, tiempo de invierno. Los �rboles est�n como muertos. �D�nde est�n las hojas de la higuera? �D�nde est�n las uvas de la vid? Pero estas cosas que est�n muertas en invierno, incluso entonces tienen su fuerza y, cuando llegue el momento, se les devolver�, como despertadas de la muerte, la fuerza de la vida. Dios, percibiendo tu infidelidad, te ha mostrado todos los a�os en estos claros indicios la resurrecci�n para que, viendo lo que sucede en los seres inanimados, creyeses con respecto a los seres dotados de raz�n. Aparte de esto, moscas y abejas, ahogadas muchas veces en el agua, reviven despu�s de un rato y ciertas especies de sapos permanecen inm�viles en invierno, pero m�s tarde, en verano, se despiertan. A ti, que piensas cosas peque�as y de poco valor, se te presentan estos ejemplos. Ahora bien, el que, m�s all� de lo natural, da vida a seres desprovistos de raz�n y despreciables, �no nos dar� lo mismo a nosotros, por quienes hizo todos estos seres?
El supuesto ejemplo del ave F�nix
8. Pero los griegos todav�a buscan una resurrecci�n de los muertos m�s clara y argumentan que, aunque es cierto que reviven los seres mencionados, es porque en realidad no hab�an sufrido plenamente la putrefacci�n y desean ver abiertamente un animal que se haya podrido completamente y haya resucitado. Dios ya conoc�a esta obstinaci�n de los hombres para no creer y dispuso para esto el ave que llaman F�nix. Esta, como escribe Clemente(5) y otros muchos saben, es �nica en su g�nero, llega al pa�s de los egipcios cada cuatrocientos a�os y es un ejemplo de resurrecci�n. Y no lo hace en lugares desiertos, de modo que aquello quedara como algo misterioso, sino en una ciudad famosa(6), haci�ndose visible de manera que pueda ser tocada con las manos, pues de otro modo nadie lo creer�as. Pues, despu�s de haberse construido el nido con incienso, mirra y otros aromas, introduci�ndose en �l una vez agotado su cupo de a�os, muere a la vista de todos y se corrompe. Pero m�s tarde, de la carne podrida del ave muerta brota un gusano y �ste, al crecer, se transforma en ave(7). Despu�s, a esta F�nix le crecen las plumas. Una vez rehecha esta F�nix como era anteriormente, va volando por los aires tal como era antes de morir, mostrando a los hombres con toda evidencia la resurrecci�n de los muertos. El ave F�nix es ciertamente admirable, pero, como ave, est� desprovista de raz�n y nunca ha cantado salmos a Dios. Nunca ha sabido qui�n es el Hijo Unig�nito de Dios. Pero si a un animal irracional, que desconoce a su propio creador, le fue concedida la resurrecci�n, �no se nos otorgar� a nosotros, que glorificamos a Dios y guardamos sus preceptos?
El que cre� al hombre desde una realidad humilde puede tambi�n devolverlo a la vida
9. Pero puesto que el signo del ave F�nix, a�n busc�ndolo mucho, es raro y siguen sin darle cr�dito, recibe otra prueba basada en las cosas que ves todos los d�as. Hace cien o doscientos a�os, �d�nde est�bamos todos nosotros, tanto los que hablamos como los que escuch�is? �Acaso desconocemos c�mo se formaron nuestros cuerpos? �Es que no sabes c�mo somos engendrados de una materia d�bil, informe y simple? El hombre vivo se forma de una �nica especie y de un principio d�bil. Y eso que no tiene fuerzas y es d�bil se transforma en carne compacta y en la fortaleza de los nervios. Y tambi�n en la claridad de los ojos, en la capacidad de la nariz para oler, en la capacidad auditiva de los o�dos, la lengua que habla, el coraz�n que se mueve, la habilidad de las manos para trabajar, la agilidad de los pies y toda la variedad de los miembros de diverso g�nero. Y lo que es tan poca cosa y d�bil se convierte en constructor de naves, alba�il, arquitecto y operario de cualquier arte, soldado, pr�ncipe, legislador o rey. El Dios que nos hizo de unos comienzos humildes, �no podr� levantarnos una vez que hayamos ca�do? El que dio cuerpo a una realidad tan vil, �no podr� despertar de nuevo a un cuerpo muerto? El que hizo lo que no exist�a, �no despertar� a lo que existe, aunque haya perecido?
La semejanza con las fases de la luna(8)
10. Una raz�n manifiesta de la resurrecci�n de los muertos, y que est� atestiguada todos los meses, t�mala tambi�n del cielo y de los astros. De hecho, la luna, que llega a faltar completamente, de manera que nada se ve ya de ella, aparece nueva otra vez y queda restaurada en sus antiguas dimensiones. Y para una demostraci�n perfecta de este mismo asunto, la luna se derrite con el paso de los a�os en sangre, pero despu�s recupera su aspecto luminoso. Dios es quien, en su providencia, prepara estas cosas para que tambi�n t�, que eres hombre y tienes sangre en tu interior, no niegues tu fe a la resurrecci�n de los muertos. As� lo que ves en la luna, crees que tambi�n suceder� en ti. S�rvete, pues, de estas palabras en contra de los griegos. Pues contra los que no aceptan las Escrituras debes luchar con armas no tomadas de la Escritura, es decir, s�lo con razonamientos y demostraciones. Pues a �stos no se les ha descubierto qui�n es Mois�s ni qui�n es Isa�as, y desconocen los Evangelios y a Pablo.
Frente a los samaritanos: el Dios de Abraham, Isaac y Jacob no es un Dios de muertos, sino de vivos
11. Pasa ahora, te lo ruego, a los Samaritanos, que, puesto que s�lo admiten la Ley, no aceptan a los profetas, la lectura de la que hemos partido, de Ezequiel, puede resultar ineficaz, pues, como dije, en ellos no hay lugar para los profetas. �De d�nde buscaremos, pues, la fe para los samaritanos? Vayamos a los libros de la Ley. Dice, pues, Dios a Mois�s: �Yo soy... el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob� (Ex 3, 6), que sin duda viven y existen(9). Pues si Abraham muri�, y tambi�n Isaac y Jacob, se trata de un Dios de quienes no existen. �Y desde cu�ndo se dice que un rey es rey de unos soldados que no tiene? �Y qui�n es el que muestra riquezas que no posee? Es necesario, pues, que existan Abraham, Isaac y Jacob para que el Dios de las cosas que existen sea Dios. Pues no dijo: era Dios de ellos, sino soy. Y que existe un juicio lo dice Abraham refiri�ndose al Se�or: �El juez de toda la tierra �va a fallar una injusticia?� (G�n 18, 25).
Los signos del poder de Dios en Aar�n, Mois�s y la mujer de Lot
12. Pero contra esto dicen tambi�n los insensatos de Samaria: nada impide que contin�en vivas las almas de Abraham, Isaac y Jacob, pero los muertos no pueden resucitar. Es como si dijera: fue posible que la vara del justo Mois�s se convirtiera en una serpiente (Ex 4, 3), pero los cuerpos de los justos no podr�n vivir y resucitar. Y aquello se hizo fuera de las leyes de la naturaleza. �No podr� hacerse esto, que es tan acorde con la naturaleza? Tambi�n la vara de Aar�n, cortada y seca, floreci� sin el contacto con las aguas (N�m 17, 23) y, aunque estaba a cubierto (17, 22), produjo las yemas que suelen brotar en los campos y, en un lugar �rido como estaba, produjo en el espacio de una noche los frutos que �rboles regados con frecuencia producen despu�s de muchos a�os. Con la vara de Aar�n fue como si resucitara de entre los muertos. �No resucitar�, pues, el mismo Aar�n? Para conservarle el sumo sacerdocio, Dios realiz� el milagro en su vara. �No otorgar�, pues, la resurrecci�n al mismo Aar�n? Tambi�n, por procedimientos no naturales, fue convertida la mujer en sal y en sal fue transformada su carne (G�n 19, 26). �Acaso no podr� convertirse la carne simplemente en carne? Y si la mujer de Lot fue convertida en estatua de sal, �no resucitar� la esposa de Abraham? �En virtud de qu� se hizo como nieve, durante el tiempo de una hora, la mano de Mois�s, siendo establecida despu�s en su estado anterior? (cf. Ex 4, 7)? Sin duda por el poder de Dios. �Y es que este poder, eficaz en otro tiempo, ha perdido ya su fuerza y su eficacia?
La resurrecci�n es posible como fue posible la creaci�n
13. �De qu� material fue hecho el hombre en sus comienzos, oh Samaritanos, los m�s necios de todos los hombres? Acercaos al primer libro de la Escritura, que tambi�n vosotros lo hab�is recibido: �Entonces Yahv� Dios form� al hombre con polvo del suelo� (G�n 2, 7). El polvo se transforma en carne, �y la carne no volver� otra vez a ser carne? �Se os ha de explicar de d�nde provienen los cielos, la tierra y los mares? �De d�nde el sol, la luna y los astros? �C�mo de las aguas provienen las aves y los peces? �Y el modo como provienen de la tierra todos los animales? Tant�simos miles de seres han sido llevados de la nada a la existencia. Y nosotros, los hombres, que llevamos impresa la imagen, �no resucitaremos? Verdaderamente todo este asunto rebosa incredulidad. Y hay muchos motivos para condenar a los que reh�san la fe, puesto que Abraham dice de Dios que �l es �juez de toda la tierra� (G�n 18, 25). Y es grave que no crean precisamente los que aprenden la ley, pues all� est� escrito que el hombre ha sido formado de la tierra (G�n 2, 7; 3, 19): son los que all� leen quienes reh�san creer.
No hay argumentos b�blicos en contra de la resurrecci�n
14. Y estas cosas las decimos frente a los que se han de contar entre los infieles. Pero para los que creemos es oportuno referirse a los profetas. Algunos, sin embargo, que se sirven de los profetas, no creen en lo que �stos han escrito y aducen aquello de �no se levantar�n en el Juicio los imp�os� (Sal 1,5)(10). O tambi�n aquello otro: �El que baja al sheol no sube m�s� (Job 7,9). o incluso: �No alaban los muertos a Yahv� (Sal 115,17). Con ello utilizan mal lo que ha sido correctamente escrito. Sin detenernos demasiado y en la medida en que podamos, ser� bueno hacerles frente ahora. Pues si se dice que �los imp�os no se levantar�n en el Juicio�, con esto se quiere decir, no que habr�n de resucitar �en el juicio�, sino que lo har�n en condenaci�n. Dios, en efecto, no necesita hacer muchas indagaciones, sino que, a la vez que resuciten los imp�os, seguir�n a continuaci�n sus castigos. Y si se dice �no alaban los muertos a Yahv�, con esto se quiere decir que en esta vida se crea un espacio de penitencia y perd�n. Una vez sobrevenida la muerte, a los que hayan muerto en pecado, ya no se les permitir� que alaben, sino simplemente lamentarse. Pues la alabanza es propia de quienes dan gracias, pero los lamentos de quienes sufren azotes. Por consiguiente, los justos alabar�n, pero los que hayan muerto en sus pecados ya no tendr�n tiempo para glorificar a Dios.
Job y los profetas tambi�n la mencionan
15. En cuanto al contexto de las palabras �el que baja al sheol no sube m�s� (Job 7, 9), observa lo que va a continuaci�n, pues se dice: �No regresa otra vez a su casa, no vuelve a verle su lugar� (7, 10). Pues como el mundo entero ha de perecer, tambi�n toda casa ha de ser destruida. �C�mo habr� de volver a su casa si toda la tierra ha de ser hecha nueva? Ser�a bueno que oigan a Job cuando dice: �Una esperanza guarda el �rbol: si es cortado, a�n puede reto�ar, y no dejar� de echar renuevos. Incluso con ra�ces en tierra envejecidas, con un tronco que se muere en el polvo, en cuanto siente el agua, reflorece y echa ramaje como una planta joven. Pero el hombre que muere queda inerte, cuando un humano expira, �d�nde est�?� (14, 7-10). Es como si estuviera sonrojando a alguien e increp�ndole, pues as� se ha de interpretar el interrogante ��d�nde est�?� Pues dice que, puesto que el �rbol perece y resucita, �acaso el hombre, por quien se hicieron los �rboles, no resucitar�? Y para que no creas que violento el texto, lee lo que sigue, donde con interrogantes se pregunta: �Muerto el hombre, �puede revivir?� (Job 14, 14) y dice: �Aunque haya muerto el hombre, vivir� (14, 14 LXX), e inmediatamente a�ade: �Todos los d�as de mi milicia esperar�a, hasta que llegara mi relevo� y, a su vez, en otro lugar: �que ha de alzar sobre la tierra mi piel, que estas fatigas soporta� (Job 19, 25-26)(11). Y el profeta Isa�as dice: �Revivir�n tus muertos, tus cad�veres resurgir�n� (Is 26, 19). Y muy claramente el profeta que ahora hemos mencionado, Ezequiel, dice: �He aqu� que yo abro vuestras tumbas; os har� salir de vuestras tumbas� (Ez 27, 12). Y Daniel dice: Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertar�n, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno� (Dan 12, 2).
Resurrecciones de muertos en el Nuevo Testamento, en El�as y Eliseo
16. Otros mucho pasajes de la Escritura dan tambi�n testimonio de la resurrecci�n de los muertos. Hay otras muchas sentencias y dichos acerca de este asunto. Pero ahora, como para refrescar la memoria, mencionamos s�lo de pasada la resurrecci�n de L�zaro cuatro d�as despu�s de muerto (Jn 11, 39-44). Tambi�n de pasada, por la escasez de tiempo, el hijo resucitado de la viuda (Lc 7, 11-16). Y, sin insistir, recu�rdese igualmente a la hija del jefe de la sinagoga (Mt 9, 25). Recu�rdese tambi�n que las losas se abrieron y muchos cuerpos de santos que hab�an muerto resucitaron (Mt 27, 51-53) al abrirse los sepulcros(12). Pero tr�igase a la memoria, en primer lugar, que Cristo resucit� de entre los muertos. He pasado por alto a El�as y al hijo de la viuda que �l resucit� (I Re 17, 19 ss), y a Eliseo, que en varias ocasiones hizo milagros semejantes (2 Re 4, 8 ss. 38 ss.), tanto vivo como despu�s de muerto. Estando en vida, obr� la resurrecci�n por su propio esp�ritu, de modo que no s�lo se honrase a las almas de los justos, sino que se tuviese fe en que en los cuerpos de los justos existe una fuerza profunda. Con ocasi�n de que colocaron un cad�ver en la tumba de Eliseo, el muerto, al contacto con el cuerpo muerto del profeta, cobr� vida (2 Re 13, 21). El cuerpo muerto del profeta hizo lo que parec�a propio de su alma y lo que yac�a muerto dio vida a un muerto: lo que estaba otorgando la vida, eso mismo permaneci�, igualmente que antes, entre los muertos. �Por qu� raz�n?: para que, en caso de que Eliseo hubiese resucitado, el hecho no se le atribuyese s�lo a su alma y para mostrar que, incluso estando el alma ausente, exist�a cierta fuerza y poder en el cuerpo de los santos por el alma justa que tantos a�os hab�a habitado en �l y de �l se hab�a servido13. Y no neguemos nuestra fe a este hecho como si no hubiese existido, pues si los pa�uelos y los mandiles, que son algo exterior a la persona, aplicados a los cuerpos de los enfermos, daban fuerzas a los d�biles (Hech 19, 12), �cu�nto m�s no resucitar�a a un muerto el cuerpo del profeta?
Resurrecciones en el NT. Resurrecci�n al final de los tiempos
17. Sobre esto habr�a que decir otras muchas cosas si estudi�semos lo asombroso de estos hechos seg�n cada uno de sus detalles, pero est�is soportando el esfuerzo del ayuno de la preparaci�n de la Pascua y de la Vigilia(13). Por tanto, s�lo se dir�n algunas cosas por encima, pues, arrojando unas pocas semillas y recibi�ndolas vosotros como buena tierra que sois, reportar�is fruto ampli�ndolo por vuestra cuenta. H�gase memoria de que tambi�n los ap�stoles resucitaron muertos: Pedro, en Joppe, a Tabita (Hech 9, 36-42); Pablo, en Tr�ade, a Eutico (20, 7-12), y tambi�n los dem�s ap�stoles, aunque no est� consignado por escrito lo que cada uno de ellos hizo prodigiosamente. Acordaos de todo lo que se ha dicho en la Primera ep�stola a los Corintios y que Pablo escribi� contra los que dec�an: ��C�mo resucitan los muertos? �Con qu� cuerpo vuelven a la vida?� (15, 35). Y de lo que dice: �Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucit� (15, 16). Y de que llama necios (15, 36) a los que no lo creen y de todo lo que en ese lugar(14) se expone acerca de la resurrecci�n de los muertos y de lo que escribi� de ese tenor a los tesalonicenses: �Hermanos, no queremos que est�is en la ignorancia respecto de los muertos, para que nos os entristezc�is como los dem�s, que no tienen esperanza� (I Tes 4, 13), y todo lo que sigue pero, sobre todo, aquello de �los que murieron en Cristo resucitar�n en primer lugar� (4, 16).
La grandeza final del estado de resucitados
18. Observad principalmente lo que Pablo dice como se�alando con el dedo: �Es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad� (I Cor 15, 53)(15). Pues este mismo cuerpo resucitar�, no como es, d�bil, sino perdurable, aunque ser� el mismo cuerpo. Pero se transformar� revestido de incorruptibilidad: como el hierro introducido en el fuego se convierte en fuego o, m�s bien, como es conocido por quien lo mueve, Dios. Por consiguiente, resucitar� este mismo cuerpo, pero no se quedar� como ahora, sino que perdurar� eternamente. Ya no necesitar� para vivir de los alimentos de que nosotros nos servimos, ni de escaleras para subir, pues se har� �espiritual� (1 Cor 15, 44)(16), algo admirable y cuya dignidad no somos capaces de explicar suficientemente. �Entonces los justos, dice, brillar�n como el sol y la luna y como el fulgor del firmamento� (cf. Dn 12, 3 y Mt 13, 43). Dios, que conoce previamente la dificultad de los hombres para creer, ya hab�a concedido a peque��simos gusanos que en verano despidiesen de su cuerpo rayos luminosos, de manera que por lo que se ve se creyese en lo que se espera. Y desde luego, el que concedi� una parte, tambi�n pod�a otorgar el todo. Y el que hizo que un gusano resplandeciese de luz, mucho m�s har� que resplandezca el hombre justo.
Tambi�n el cuerpo participar� de la gloria o del castigo
Resucitaremos, pues, teniendo todos cuerpos eternos, pero no todos semejantes: si alguien es justo, recibir� un cuerpo celeste para que pueda tratar libremente con los �ngeles; pero si alguien es pecador, recibir� un cuerpo eterno capaz de sufrir el castigo de sus pecados de modo que, ardiendo en el fuego eterno, nunca se consuma. Y ambas cosas est�n bien hechas por Dios. Pues nada hacemos nosotros sin el cuerpo. Blasfemamos por la boca, y por la boca rezamos; fornicamos mediante el cuerpo, y tambi�n mediante el cuerpo guardamos la pureza; robamos con la mano, y con la mano damos limosna. E igualmente todo lo dem�s. Si el cuerpo ha servido para todo, tambi�n ha de ser part�cipe de la suerte que nos ha de corresponder en el futuro.
Usar rectamente el cuerpo
20. Mortifiquemos, por tanto, hermanos, los cuerpos y no abusemos de ellos como si fuesen de otros. Ni digamos, de acuerdo con los herejes, que este vestido del cuerpo es ajeno, sino respet�moslo como propio, pues deberemos dar cuentas a Dios de todas las cosas que hagamos con el cuerpo. No digas: �Nadie me ve� (Eclo 23, 26) ni pienses que no hay testigo alguno de lo que haces. En efecto, la mayor parte de las veces no hay ning�n hombre que lo atestig�e. Pero hay un testigo que nos form� y que no yerra, y permanece fiel en el cielo (cf. Sal 89, 38) viendo lo que se hace. Tambi�n permanecen en el cuerpo las manchas de los pecados. Y as� como, cuando ha habido una llaga en el cuerpo, queda una cicatriz aunque se haya aplicado alguna medicina, del mismo modo el pecado deja se�al en el alma y en el cuerpo y las huellas de las cicatrices permanecen en ambos. S�lo quedan suprimidas por los que reciben el lavatorio(17). Por el bautismo sana Dios, adem�s, las heridas del alma y del cuerpo, pero protej�monos a nosotros mismos de un modo general contra lo que nos sobrevenga en el futuro y guardemos limpio este vestido del cuerpo y no perdamos la salvaci�n del cielo por la m�s m�nima fornicaci�n y lascivia o por cualquier otro pecado. Acerqu�monos en cambio a la herencia del reino eterno de Dios, del cual ese Dios os haga a todos dignos por su gracia.
Quede bien grabada la resurrecci�n de los muertos
21. Sea suficiente lo dicho para demostrar la resurrecci�n de los muertos. Y la profesi�n de fe, que otra vez os hemos repetido, hacedla vosotros con toda diligencia y con las mismas palabras, de modo que se os grabe en la memoria(18).
Hablaremos de la Iglesia, una, santa y cat�lica
22. La Profesi�n de fe tambi�n contiene esto: "Y en un bautismo de conversi�n para el perd�n de los pecados. Y en la Iglesia, una, santa y cat�lica. Y en la resurrecci�n de la carne. Y en la vida eterna" Acerca del bautismo y la penitencia ya hablamos en anteriores catequesis. Lo que ahora acabamos de decir sobre la resurrecci�n de los muertos es por aquello de �y en la resurrecci�n de la carne�. Hablaremos, pues, de lo que nos queda, sobre lo de �Y en la Iglesia, una, santa y cat�lica�, en lo cual, aunque se pueden decir muchas cosas, seremos breves.
La Iglesia es cat�lica, Universal, en todo
23. Se le llama �cat�lica� porque est� difundida por todo el orbe desde unos confines a otros de la tierra y puesto que ense�a de modo completo, y sin que falte nada, todos los dogmas que los hombres deben conocer sobre las cosas visibles e invisibles, celestiales y terrenas. Y tambi�n porque ha sometido al culto recto a toda clase de hombres, pr�ncipes y hombres comunes, doctos e inexpertos. Y finalmente porque sana y cura toda clase de pecados que se cometen con el alma y el cuerpo. Ella (la Iglesia) posee todo g�nero de virtud, cualquiera que sea su nombre, en hechos y en palabras y en dones espirituales de cualquier especie.
�Iglesia� es �asamblea�
24. �Iglesia� es una denominaci�n muy adecuada porque convoca a todos y los re�ne conjuntamente(19), como dice el Se�or en el Lev�tico: �Congrega a toda la comunidad a la entrada de la Tienda del Encuentro� (Lev 8, 3). Es digno de notarse que esta palabra �ekkles�ason�20(20) se emplea en las Escrituras por primera vez en este lugar, cuando el Se�or concede a Aar�n el sumo sacerdocio. Y en el Deuteronomio dice Dios a Mois�s: �Re�ne al pueblo para que yo les haga o�r mis palabras a fin de que aprendan a temerme� (Dt 9, 10). Y cuando habla de las tablas(21): �... en las que estaban todas las palabras que Yahv� os hab�a dicho de en medio del fuego, en la monta�a, el d�a de la Asamblea� (Dt 9, 10), como si as� lo dijese con m�s claridad. En el d�a en que, llamados por Dios, fuisteis congregados. Tambi�n el Salmista dice: �Te dar� gracias en la gran asamblea, te alabar� entre un pueblo copioso� (Sal 35, 18).
La verdadera Iglesia-asamblea ha pasado a ser la de los gentiles
25. Ya antes hab�a cantado el salmista: �En las asambleas(22) bendecid a Dios, al Se�or desde las fuentes de Israel (Sal 68, 27 LXX). Pero, si ten�a que ser as�, por causa de las insidias tramadas contra el Salvador quedaron los jud�os privados de la gracia y Dios edific� una segunda Iglesia, formada partiendo de los gentiles, nuestra santa Iglesia de los cristianos, acerca de la cual dijo a Pedro: �Y sobre esta piedra edificar� mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecer�n contra ella� (Mt 16, 8). De ambas Iglesias dec�a David en abierta profec�a: de la primera, que fue rechazada (�Odio la asamblea de malhechores�, Sal 26, 5). De la segunda dice, en el mismo salmo, que fue construida: �Amo, Yahv�, la belleza de tu casa� (26, 8) y, un poco despu�s, en el mismo salmo: �A ti, Yahv�, bendecir� en las asambleas� (26, 12). Fue rechazada, pues, la que estaba en la tierra de los jud�os. Pero por todo el mundo se multiplican las Iglesias de Cristo, de las cuales est� escrito en los Salmos: ��Cantad a Yahv� un cantar nuevo: su alabanza en la asamblea de sus amigos!� (Sal 149, 1). De acuerdo con lo cual dijo el profeta a los jud�os: �No tengo ninguna complacencia en vosotros, dice Yahv� Sebaot� (Mal 1, 10). E inmediatamente a�ade: �Pues desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi nombre entre las naciones� (1, 11). Y de esta misma santa Iglesia cat�lica escribe Pablo a Timoteo: �... para que sepas c�mo hay que portarse en la casa de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad� (I Tim 3, 15).
Distinguir duramente la Iglesia cat�lica
26. Pero el nombre de �Iglesia� se acomoda a realidades diversas, de modo que tambi�n de la multitud que se encontraba en el teatro de los efesios est� escrito: �Dicho esto, disolvi� la asamblea� (Hech 19, 40). Tambi�n alguien dijo intencionadamente que la �asamblea de malhechores� (Sal 26, 5) es el conjunto de los herejes: me refiero a los marcionitas, maniqueos y a los restantes. Por tanto, la fe te muestra muy cautamente que esto es lo que has de sostener: �Y en la Iglesia, una santa, cat�lica�, para que, huyendo de esos grupos abominables, te adhieras siempre a la santa Iglesia cat�lica, en la cual volviste a nacer. Y si alguna vez viajas por ciudades diversas, no preguntes simplemente d�nde est� el �Kyriak�n�(23), pues tambi�n las restantes sectas y herej�as de los imp�os se esfuerzan en hacer presentables sus madrigueras con el nombre de �Kyriak�n�, ni simplemente d�nde est� la iglesia, sino d�nde hay una iglesia cat�lica, pues �ste es el nombre propio de esta santa Iglesia, madre de todos nosotros. Ella es ciertamente la esposa de nuestro Se�or Jesucristo, Hijo Unig�nito de Dios (pues est� escrito: �como Cristo am� a la Iglesia y se entreg� a s� mismo por ella�, etc., Ef 5, 25 ss) y ofrece una imagen y una imitaci�n de �la Jerusal�n de arriba�, que �es libre; �sa es nuestra madre� (G�l 4, 26). Habiendo sido ella anteriormente est�ril, ahora es madre de una numerosa prole (cf. G�l 4, 27 e Is 54, 1).
Extendida sin fronteras por la paciencia de los m�rtires
27. Repudiada la primera(24), en la segunda, es decir, en la Iglesia cat�lica, como dice Pablo, los puso Dios a algunos como ap�stoles; en segundo lugar como profetas; en tercer lugar como maestros; luego los milagros; luego el don de las curaciones, de asistencia, de gobierno, diversidad de lenguas� (I Cor 12, 28) y toda clase de cualquier virtud. Me refiero a la sabidur�a y a la inteligencia, la templanza y la justicia, la misericordia y la humanidad, y la paciencia invencible en las persecuciones. Fue �sta, �mediante las armas de la justicia, las de la derecha y las de la izquierda, en gloria e ignominia� (2 Cor 6, 7-8), la que redimi�, en primer lugar, a los santos m�rtires en sus persecuciones y angustias con coronas diversas, unidas entre s� por las numerosas flores del sufrimiento. Ahora, en tiempos de paz, ese sufrimiento recibe, por gracia de Dios y de mano de reyes y hombres conspicuos por la grandeza de su dignidad, los honores que le deben incluso los hombres de cualquier linaje y apariencia. Y mientras tiene fronteras determinadas el poder de los soberanos de pueblos distribuidos por lugares diversos, s�lo la santa Iglesia cat�lica posee una potestad sin fronteras en todo el mundo. Pues, como est� escrito, Dios puso en su t�rmino la paz (Sal 147, 14). Pero si sobre este asunto quisiera decirlo todo, necesitar�a un discurso de muchas horas.
�Y en la vida eterna�
28. Instruidos en esta santa Iglesia cat�lica por preceptos y costumbres preclaras, poseeremos el Reino de los cielos y obtendremos en herencia vida eterna. Por lo cual soportamos todas las cosas para que el Se�or nos la conceda. Pues la meta que nos hemos fijado no consiste en cosas limitadas, sino en la consecuci�n de la vida eterna, y �sta es nuestra lucha. Por eso se nos ense�a en la confesi�n de fe que, despu�s de en la resurrecci�n de la carne, es decir, de los muertos, creamos tambi�n en la vida eterna, por la cual los cristianos estamos luchando.
29. As� pues, el Padre es real y verdaderamente vida, y por el Hijo derrama a todos, como de una fuente, y en el Esp�ritu Santo, los dones celestiales. Por su benignidad nos han sido prometidos tambi�n a los hombres de modo veraz los dones de la vida eterna. Y a esto no se le puede negar, como si fuese cosa imposible, la fe: debemos creer, no mirando a nuestra debilidad, sino en atenci�n a su poder: �Para Dios todo es posible� (Mt 19, 26). Que ello es posible y que esperamos la vida eterna lo dice Daniel: �Los que ense�aron a la multitud la justicia (brillar�n) como las estrellas, por toda la eternidad� (Dan 12, 3). Y Pablo dice: �Y as� estaremos siempre con el Se�or� (1 Tes 4, 17). Este �estar siempre con el Se�or� designa a la vida eterna. Muy claramente lo dice tambi�n el Salvador en los evangelios: �E ir�n �stos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna� (Mt 25, 46).
Conseguir la vida eterna obrando el bien
30. Son muchas las pruebas que pueden darse acerca de la vida eterna. Y a quienes deseamos obtenerla, la Sagrada Escritura nos se�ala los modos de adquirirla. De ellos aduciremos ahora unos testimonios, pocos a causa de lo ya prolijo de mis palabras, dejando a los estudiosos el resto de lo que se pueda investigar. Pues algunas veces dicen que se obtiene por la fe, pues est� escrito: �El que cree en el Hijo tiene vida eterna� (Jn 3, 36). Y este mismo dice: �En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna� (5, 24), adem�s de lo que sigue. Pero otras veces dicen que se obtiene por la predicaci�n del Evangelio, pues dice: �El segador recibe el salario, y recoge fruto para vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador� (4, 36). Tambi�n a veces se dice que por el martirio y la confesi�n de Cristo. Dice, en efecto: �El que odia su vida en este mundo la guardar� para la vida eterna� (12, 25). E igualmente poniendo a Cristo antes que el dinero y el parentesco de cualquier clase: �Todo el que haya dejado casas, hermanos, hermanas... heredar� vida eterna� (Mt 19, 29). Y por la observancia de los mandamientos: �No matar�s, no cometer�s adulterio,...� (19, 18), como respondi� a aquel hombre que se acerc� y dijo: �Maestro, �qu� he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?� (19, 16). Pero, adem�s, apart�ndose de las malas obras y dedic�ndose al servicio de Dios, pues dice Pablo: �Al presente, libres del pecado y esclavos de Dios, fructific�is para la santidad; y el fin, la vida eterna� (Rm 6, 22).
31. Hay otras formas de conseguir la vida eterna, pero las he pasado por alto para no ser tan abundoso. Puesto que Dios ama a los hombres tan intensamente, no ha abierto una sino m�ltiples puertas a la entrada a la vida eterna para que todos, en cuanto est� de su parte, disfruten de ella sin impedimento alguno. Entretanto hemos dicho brevemente estas cosas acerca de la vida eterna. Son lo que en �ltimo t�rmino hay que ense�ar acerca de la fe y son su final. Ojal� la consigamos por gracia de Dios todos nosotros, los que os instruimos y los que escuch�is.
Habr� una preparaci�n de las ceremonias de la Pascua
32. Por lo dem�s, amados hermanos, hablar de estos mandatos os exhorta a todos vosotros a disponer el alma para la recepci�n de los dones celestiales. Acerca de la fe santa y apost�lica os hemos hablado, cuanto nos ha sido permitido y por la gracia de Dios, en estos pasados d�as de Cuaresma. No es que s�lo se hayan podido decir estas cosas, pues hemos pasado por alto otras muchas que tal vez por mejores maestros ser�an pensadas de modo m�s sublime. Pero puesto que ya est� ah� el d�a de Pascua, en que vuestra caridad ser� iluminada en Cristo por el lavado de la regeneraci�n, ser�is instruidos, si Dios quiere, en las cosas que conviene(26): con cu�nta piedad y en qu� orden conviene entrar una vez que os llamen, por qu� raz�n se celebra cada uno de los santos misterios del bautismo y con cu�nta reverencia y orden se debe ir desde (el lugar del) bautismo hasta el altar santo de Dios para gozar de los misterios espirituales y celestiales que all� se distribuyen(27), de modo que, por la iluminaci�n previa de vuestra alma por esta palabra de doctrina, conozc�is por cada uno de esos detalles la grandeza de los dones que Dios os ha concedido.
Habr� catequesis mistag�gicas en la semana de Pascua
33. Pero despu�s del d�a santo y saludable de Pascua, comenzando desde el segundo d�a despu�s del s�bado(28), entrar�is, inmediatamente despu�s de la asamblea lit�rgica, en el lugar santo de la resurrecci�n para o�r, si Dios quiere, otras catequesis(29), en las que ser�is instruidos tambi�n en las razones y en las causas de cada una de las cosas llevadas a cabo. Recibir�is tambi�n las razones tanto desde el Antiguo como desde el Nuevo Testamento: en primer lugar, acerca de lo que se ha dicho inmediatamente antes del bautismo, pero, adem�s, c�mo hab�is sido purificados de los pecados por el Se�or mediante el lavatorio de agua con la palabra(30) y de qu� modo, corno los sacerdotes, hab�is sido hechos part�cipes del nombre de �Cristo�(31). O tambi�n c�mo se os ha dado la se�al de la comunicaci�n del Esp�ritu Santo(32). Y tambi�n acerca de los misterios de la nueva Alianza, que tomaron aqu�(33) su inicio: qu� es lo que la Sagrada Escritura nos ha transmitido acerca de ellos y en qu� consisten su fuerza y su poder(34). Y de qu� modo hay que acercarse a ellos y cu�ndo y c�mo se han de celebrar. Y como �ltima cosa de todas, por qu� deb�is en el tiempo posterior vivir y manteneros, tanto en palabras como en obras, de un modo digno de la gracia recibida, para que todos vosotros pod�is gozar de la vida eterna(35). y estas cosas, si es voluntad de Dios, os las explicaremos nosotros.
La alegr�a de la Iglesia porque va a crecer el n�mero de sus hijos
34. �Por lo dem�s, hermanos m�os, alegraos en el Se�or; os lo repito, estad alegres� (cf. Flp 3, 1; 4, 4), pues �se acerca vuestra liberaci�n� (Lc 21, 28) y el celeste ej�rcito de los �ngeles espera vuestra salvaci�n. Y ya se oye �la voz del que clama en el desierto: �Preparad el camino del Se�or� (Mt 3, 3). Pero el profeta clama: �Sedientos, venid al agua� (Is 55, 1), e inmediatamente, en lo que sigue: �Hacedme caso y comed cosa buena, y disfrutar�is con algo sustancioso� (55, 2). Y no mucho despu�s oir�is aquel extraordinario pasaje: �Resplandece, resplandece, Jerusal�n, que ha llegado tu luz� (Is 60, 1 LXX). De esta Jerusal�n dijo el profeta: �Tras de lo cual se te llamar� Ciudad de Justicia, metr�poli fiel de Si�n� (1, 26 LXX) a causa de la Ley que parti� de Si�n y de la palabra del Se�or que se origin� de Jerusal�n (cf. 2, 3). Desde aqu� reg� como lluvia el orbe entero. A ella tambi�n le dice el profeta acerca de vosotros: �Alza en torno los ojos y mira: todos ellos se han reunido y han venido a ti� (49, 18). Y ella responde diciendo: ��Qui�nes son estos que como nube vuelan, como palomas a sus palomares?� (40, 8): nubes por lo espiritual y palomas por la sencillez. Y a su vez: ��Qui�n oy� tal? �Qui�n vio cosa semejante? �Es dado a luz un pa�s en un s�lo d�a? �O nace un pueblo todo de una vez? Pues bien: Tuvo dolores y dio a luz Si�n a sus hijos� (66, 8). Todas las cosas ser�n llenas de un gozo inefable por el Se�or, que dice: �Convertir� a Jerusal�n en exultaci�n y a mi pueblo en alegr�a�.
De Dios os d� alegr�a, os bendiga y os ayude
35. Sea permitido decir tambi�n de vosotros ahora: ��Aclamad, cielos, y exulta, tierra!..., pues Yahv� ha consolado a su pueblo y de sus pobres se ha compadecido� (Is 49, 13). Es por la bondad de Dios, que os dice: �He disipado como una nube tus rebeld�as, como un nublado tus pecados� (44, 22). Y vosotros, honrados con el nombre de fieles y de quienes est� dicho: �a los que me sirven se les impondr� un nombre nuevo, que ser� bendecido sobre la tierra� (65, 15-16), dir�is con alegr�a: �Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Se�or Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo... En �l tenemos por medio de su sangre la redenci�n, el perd�n de los delitos, seg�n las riquezas de su gracia que ha prodigado sobre nosotros� (Ef 1, 3.78), etc. Y tambi�n: �Pero Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos am�, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivific� juntamente con Cristo...� (2, 4-5). Y del mismo modo alabad de nuevo al Se�or, autor de los bienes, diciendo: �Cuando se manifest� la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres, �l nos salv�, no por obras de justicia que hubi�semos hecho nosotros, sino seg�n su misericordia, por medio del ba�o de regeneraci�n y de renovaci�n del Esp�ritu Santo, que derram� sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, fu�semos constituidos, en esperanza, herederos de vida eterna� (Tit 3, 4-7). �El Dios de nuestro Se�or Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda esp�ritu de sabidur�a y de revelaci�n para conocerle perfectamente, iluminando los ojos de nuestro coraz�n� (Ef 1, 17-18) y os guarde en todo tiempo en buenas obras, palabras y pensamientos. A �l sean la gloria, el honor y el poder por medio de nuestro Se�or Jesucristo, con el Esp�ritu Santo, ahora y siempre y por los infinitos siglos de los siglos. Am�n.
![]()
NOTAS
|