Magisterio de la Iglesia

Ad beatissimi (Cont., 4)

17. Est�mulo a las asociaciones

   Ya que, Venerables Hermanos, para profesar abiertamente la fe cat�lica y para vivir de manera conveniente a la misma fe, los hombres suelen ser estimulados principalmente con fraternales exhortaciones y con mutuos ejemplos, por eso, Nos complace sobremanera que sean tomadas de continuo nuevas asociaciones cat�licas. Y no s�lo deseamos que dichas asociaciones crezcan, sino que tambi�n queremos que florezcan  por Nuestra protecci�n y por Nuestro favor, y florecer�n, sin duda, con tal que se acomoden constante, y fielmente a las prescripciones que esta Sede Apost�lica ha dado ya, o diere en adelante. As�, pues, todos aquellos que, tomando parte en estas asociaciones, trabajan por Dios y por la Iglesia, nunca olviden lo que dice la Sabidur�a: "El Hombre obediente conquistar� victorias"(1) porque si no obedecieren a Dios por el obsequio hacia la Cabeza de la Iglesia, tampoco merecer�n el auxilio divino, y trabajar�n en vano.

18. Una mirada al clero y las vocaciones

   Mas, para que todas estas cosas sean llevadas a cabo, con el feliz resultado que apetecemos, sab�is muy bien, Venerables Hermanos, que es necesaria la cooperaci�n asidua y prudente de aquellos a quienes Cristo Se�or Nuestro envi� como operarios a su mies, esto es, del clero. Por lo cual entender�is que vuestro primer cuidado debe ser fomentar la santidad conveniente a su estado en el clero que ya ten�is, y formar dignamente para un oficio tan santo, con la m�s esmerada educaci�n, a los alumnos del Santuario. Y aunque vuestra diligencia no tiene necesidad de est�mulo, os exhortamos y os conjuramos a que quer�is cumplir este deber con el mayor inter�s posible; porque se trata de cosa tan importante, que no hay otra de mayor inter�s para el bien de la Iglesia; pero, como quiera que ya Nuestro Antecesores de s. m. Le�n XIII y P�o X hayan tratado esto de prop�sito, Nos no tenemos nada que a�adir. Solamente ansiamos que los documentos de tan sabios Pont�fices, y principalmente la Exhortatio ad clerum de P�o X, con el auxilio de vuestras exhortaciones, no caigan jam�s en olvido, sino que sean escrupulosamente observadas.

19. Sumisi�n a nuestros superiores

   Una cosa hay sin embargo, que no debe pasarse en silencio: y es que queremos recordar a todos cuantos sacerdotes hay en el mundo, como hijos Nuestros muy amados, que es absolutamente necesario, ya para su propia santificaci�n, ya para el fruto del ministerio sagrado, que est� cada uno estrechamente unido y enteramente adicto a su propio Obispo. Por cierto que, como arriba deploramos, no todos los ministros del Santuario est�n libres de insubordinaci�n y de independencia, tan corriente en estos tiempos; ni sucede rara vez a los Pastores de la Iglesia, encontrar dolor y contradicci�n all� donde con derecho hubiesen esperado consuelo y ayuda. Ahora bien, los que tan desgraciadamente abandonan su deber, reflexionen una y otra vez que es divina la autoridad de aquellos a los cuales: "El Esp�ritu Santo ha constituido a los Obispos para que gobiernen la Iglesia de Dios"(2). Y que, si, como hemos visto, resisten a Dios los que resisten a cualquier potestad leg�tima, mucho m�s irreverente es la conducta d aquellos que reh�san obedecer a los Obispos, a los cuales ha consagrado Dios con el sello de su potestad: Cum charitas, as� escrib�a el santo m�rtir Ignacio, non sinnat me tacere de vobis, propterea anteverti vos admonere, ut unanimi sitis in sententia DEi. Etenim Jesus Christus, inseparabilis a nostra vita, sententia Patris est, ut et Episcopi per tractus terrae constituti, in sententia Patris sunt. Unde decet vos Episcopi sententiam concurrere(3). Y como habl� aquel m�rtir ilustre, as� hablaron en todos los tiempos, los Padres y Doctores de la Iglesia. A��dase que ya es demasiado pesada la carga que llevan los Obispos, aun por la misma dificultad que ofrecen estos tiempos, y que es m�s grave todav�a la ansiedad en que viven por la salud del reba�o que les ha sido confiado: "Obedeced a vuestros pastores y estadles sujetos que ellos velan sobre vuestras almas"(4). �No han de llamarse crueles los que, negando el obsequio debido, aumentan esta carga y esta ansiedad? Esto no es conveniente, dir�a a los tales el Ap�stol, porque, Ecclesia est plebs sacerdoti adunata, et pastori suo grex adhaerens(5); de lo cual se sigue que no est� con la Iglesia aquel que no est� con el Obispo.

20. Que termine la guerra y la cuesti�n romana

   Y ahora, Venerables Hermanos, al terminar esta carta, Nuestro coraz�n vuelve al mismo punto por donde empez�semos a escribir; y pedimos de nuevo, con fervientes e insistentes votos, el fin de esta desastros�sima guerra, tanto para el bien de la sociedad, como el de la Iglesia; de la sociedad, para que, obtenida la paz, progrese verdaderamente en todo g�nero de cultura: de la Iglesia de Jesucristo, para que, libre ya de ulteriores impedimentos, siga llevando a los hombres el consuelo y la salvaci�n hasta los �ltimos confines de la tierra. Desde hace mucho tiempo la Iglesia no goza de aquella independencia que necesita, esto es, desde que su cabeza, el Pont�fice Romano, empez� a carecer de aquel auxilio que por disposici�n de la divina Providencia, en el transcurso de los siglos, hab�a obtenidos para defensa de su libertad. Quitado este auxilio, sobrevino, como no pod�a menos, una grave perturbaci�n entre los cat�licos; porque cuantos se profesan hijos del Romano Pont�fice, todos, as� los que est�n cerca como los que est�n lejos, exigen con pleno derecho, que no pueda ponerse duda que el Padre com�n de todos, en el ejercicio del ministerio apost�lico, sea verdaderamente, ya as� mismo aparezca, libre de todo poder humano.

21. La libertad de la Iglesia

   Por lo tanto, mientras hacemos fervientes votos para que renazca la paz entre todas las naciones, deseamos, tambi�n que cese para la Cabeza de la Iglesia esta situaci�n anormal que da�a gravemente, por m�s de una raz�n, a la misma tranquilidad de los pueblos. Contra tal estado de cosas, Nos renovamos las protestas que Nuestros Predecesores hicieron repetidas veces, movidos, no por intereses humanos, sino por la santidad del deber; y las renovamos por las mismas causas, para defender los derechos y la dignidad de la Sede Apost�lica.

Oraci�n por la paz

   Finalmente, Venerables Hermanos, ya que est�n en la mano de Dios los corazones de los pr�ncipes y de todos aquellos que pueden dar fin a las atrocidades y a los da�os de que hemos hecho menci�n, levantemos a Dios nuestra voz suplicante, y clamemos: Da pacem, Domine, in diebus nostris. "Da paz, Se�or en nuestros d�as". Aquel que dijo de s�: "Soy yo, Jav�, yo doy la paz"(6), aplacado por nuestros ruegos, quiera sosegar cuanto antes las olas tempestuosas que agitan a la sociedad civil y a la religiosa. S�anos propicia la bienaventurada Virgen que engendr� a Aquel que es Pr�ncipe de la paz y acoja bajo su maternal protecci�n Nuestra humilde Persona, Nuestro ministerio Pontifical, la Iglesia, y con �sta las almas de todos los hombres, redimidos con la sangre de su Hijo.

Bendici�n final

   Como prenda de los dones celestiales y en testimonio de Nuestra benevolencia, Venerables Hermanos, os damos de todo coraz�n la bendici�n apost�lica a vosotros, a vuestro clero y a vuestro pueblo.

   Dado en Roma, junto a San Pedro, en la fiesta de Todos los Santos, d�a 1� de Noviembre del a�o 1914, primero de Nuestro Pontificado.

                                                                       Benedicto Papa XV

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