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HACIA EL DOMUND, CON NAZARIA IGNACIA
(DESDE LA CASA GENERAL)
Se nos acercan dos Jornadas Misioneras
de gran calado para todos. La primera, a nivel nacional el Congreso
celebrado en Burgos en este mes de septiembre. El segundo, a nivel universal
con la Gran Jornada del DOMUND.
No voy a decir nada sobre estos aconteceres, porque mucho se ha escrito
y se si-gue escribiendo en estos días sobre ellos. Sólo
pretendo re-flejar aquí, cómo se vive en una comunidad
Misionera, el llamado de la misión. Una co-munidad que, no siempre,
por su quehacer en el Instituto, está "bajando a la calle",
pero sí que tiene abiertos su cora-zón y sus puertas a
cuantas misioneras vienen a ellas para descansar, reponer fuerzas "de
dentro y de fuera" y volver a la misión con nuevos bríos
y nuevos entusiasmos.
Las casas General y Provincial, las dos en Villa San Pablo, Carabanchel,
son las casas de acogida para todas nuestras Hermanas que en América,
Africa y Europa pasan el día "al sol y al calor".
VERANO MISIONERO. Camerún, Guinea Ecuatorial, nos trajeron el
color, la alegría y también, por qué no, el dolor
de aquellos pue-blos que sufren y trabajan pero que cada día
están más abiertos y fieles al Evangelio.
Bolivia, Perú, Centro América, Cuba... qué lecciones,
qué testimonios misioneros nos han dado en estos días!...
Si el calor atenazaba nuestras vidas, el otro Calor, el de la entrega,
la disponibilidad, la fraternidad, ha sido para nosotras como un agua
fresca que brota del único Manantial que salva: CRISTO.
¿Quedarse aquí? Quién habla de eso!... Volver,
dejando aquí el "silo misionero" lleno del mejor trigo,
para también llevarse la nueva simiente para seguir sembrando,
abriendo nuevos surcos donde esparcir la semilla.
Con Nazaria en la misión he querido titular esta pequeña
aportación para "bajar a la calle". Con ella y como
ella, porque ella, nuestra Fundadora, nos enseñó a amar
al estilo de Jesús: "Cuanto hiciereis por los pequeños...
dijo el Maestro. Y Nazaria lo recoge y nos dice: "los pobres son
mi herencia".
Los pobres, los pequeños, los que nada tie-nen... para ellos,
nuestra siembra de vida que es siembra de evangelio. Por todo el mundo,
en cualquier rincón, a los de cerca y a los de lejos, como nos
dice Pablo.
Ellas vinieron, las de lejos y nos contaron todo y nos hicieron vivir
en el día a día de su entrega.
Pero no seria el Instituto misionero, si sólo
esta pequeña aportación para "bajar a la ca-lle".
Con ella y como ella, porque ella, nuestra Fundadora, nos enseñó
a amar al estilo de Jesús: "Cuanto hiciereis por los pequeños...",
dijo el Maestro. Y Nazaria lo recoge y nos dice: "los pobres son
mi herencia".
Los pobres, los pequeños, los que nada tie-nen... para ellos,
nuestra siembra de vida que es siembra de evangelio. Por todo el mundo,
en cualquier rincón, a los de cerca y a los de lejos, como nos
dice Pablo.
Ellas vinieron, las de lejos y nos contaron todo y nos hicieron vivir
en el día a día de su entrega.
Pero no seria el Instituto misionero, si sólo fuera lejos a evangelizar,
porque cerca y muy cerca, nuestras misioneras, "reparten el pan
a los más pobres" En qué parroquia, en qué
barrio, en qué ciudad no hay niños de otro co-lor, otra
cultura como presencia viva de que también tienen "hambre
de Dios", y por los que nuestras misioneras bajan a la calle en
la catequesis, formación, encuentros. Allí donde están
esos pequeños, están las hijas de Na-zaria.
En un barrio de París, me decía ayer una misionera, las
Eucaristías con bolivianos, ecuatorianos, colombianos son nuestra
tarea dominical. Entrar alguna tarde en la Parroquia de San Pedro en
la que vivo, me ha parecido estar en un rincón del Ecuador, Perú,
Bolivia...
Nos decía Nazaria, "Repartios entre los más pobres",
"enseñar a los hijos del pueblo, partir su pan con él,
dar la vida por Cristo, por la Iglesia, por ellos..."
Esto es misión, según su querer, eco vivien-te del mandato
del Señor.
Y estos niños de la foto, todos de Ecuador, del Grupo de Catequesis
en la parroquia, con su catequista, Julia de Miguel, Misionera con ellos.
Exaltación Vázquez Arroyo,
m.c.i.
UNA HISTORIA QUE NACE VIVIENDO CON LA EMIGRACIÓN
Eran las once de la mañana en el
verano del 2001. Desde el mostrador de la portería vi pasar una
mujer, ella me miró y decidió entrar. Me llamo Alexandra,
soy ecuatoriana y necesi-to empleo, ¿acaso aquí puedo
hacer algo? Esta pregunta bastó para que mi corazón y
mi cabeza recordaran a Nazaria y su corazón abierto a las necesidades
que están en la ca-lle. Después de escuchar su historia
y quedar con ella compartí con la Comunidad. Inmedia-tamente
Hna. Teresa escribió una carta que envió junto con el
"BAJAR A LA CALLE". La carta llevaba una misiva: Necesito
trabajar! ¿quién necesita trabajadora? Fueron muchos los
si, respuestas que me movieron el cora-zón, la mente y las manos.
Unos días después no sólo Alexandra, tam-bién
Celeste, Renato, Georgina, Maria... sus amigos y familias, unos a otros
se pasaban la noticia: "Es la Hna. Ana, ellas me han conse-guido
trabajo".
Así empezó en un pequeño recibidor de la Escuela.
La larga fila de ecuatorianos, bolivia-nos, argentinos, colombianos
y países del este. Mi pregunta: ¿Quién os ha enviado
aquí? Tenía siempre la misma respuesta: "Me han dicho
que Ud. me puede ayudar y esta es mi histo-ria... Cada uno me explicaba
detalladamente cómo vivía en su país, cómo
había empeñado su casa para venirse y el dolor más
grande, "dejar los hijos", "emigrar para comer".
Sus lá-grimas corrían y su dolor fue siendo el mío.
To-dos venían a pedir trabajo, y ahí una lista que hoy
llega a más del centenar. La dificultad en el idioma, sus muchas,
duras y difíciles historias se fueron encarnando en mí,
hasta el punto en que fui somatizando sus problemas y tuve mie-do, mis
lágrimas aparecían en cualquier mo-mento de la noche;
pero la gracia de la Comu-nidad que compartía, apoyaba y animaba
mi encuentro con cada emigrante me hizo sentir fuerte; empezaron mis
contactos por teléfono, con una y mil personas; hacíamos
correr la voz (quién necesita>. Atender a cada uno y no de-jarlo
ir sin comer o llevar algo a su casa.
Casi el 80% de los emigrantes han sido co-locados. "La Comunidad
es el altavoz", hemos tenido un contacto muy profundo con cada
fa-milia que emplea un emigrante. Hola hermana; una llamada, una visita,
un gracias y hasta una nueva vida, una sonrisa, un nuevo ser, un niño
por nacer en una limpia cuna, emigrante y es-pañol. En las tardes
de oración la Comunidad reza para que muchas personas les den
traba-jo, mientras con ellos tengo unos momentos de espera, orientación
espiritual y motivación. Sin horario, es su tiempo, en cualquier
momento del día. Esta misión ha exigido algo nuevo en
mi quehacer diario; la comunicación con PRO-VIDA, asistentes
sociales y Cruz Roja. Una asistente social me ha preguntado: "Hna.
¿es Ud. asistente social?". "No, yo soy la cocinera
de la casa". Esta es otra forma de alimentar la vida, con la ayuda
de los mismos emigrantes; Hugo uno de ellos que ha sido empleado, me
da 20 euros mensuales para ayudar a otros y la mayoría me llaman
para decir: Hna., hay en tal sitio una señora que necesita quien
trabaje; su solidaridad nos enseña!
Desde Alexandra, la primera en abrir esta oportunidad de servir así;
y pasando por Al-bertina, Marcelo, y Heidi la última en emplear-se,
mi grito confiado a Dios por los que ha puesto en mis manos y mi corazón,
gracias a todos vosotros los que le abrís un espacio a nuestros
hermanos emigrantes.
Hna. Ana Martin, m.c.i.
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