Medicina Húmeda

Por: Lorena Baker

La apariencia no es sincera, la mayor parte del tiempo la mente no se pone de acuerdo con el cuerpo; eso le pasó a Melanie, ni ella sabía que era lo que pasaba por su cabeza. Aún no puedo creer que esté frente a su ataúd, y el recordar su vida me provoca un escalofrío aún más helado que el rose de la nieve que me cae en el rostro mientras la observo descender en la fosa mortuoria. Parece que fue ayer cuando nos conocimos a los 11 años en Madrid, fue una amistad pasajera, pero Mel me confió más cosas que a nadie. Yo era la única testigo de sus momentos de euforia, y de cuando las voces le hablaban, aquellas voces que la perturbaban noche tras noche. Nadie más lo notaba, solo yo, pues Mel siempre ha aparentado ser una chica fuerte, recuerdo que para tranquilizarla era suficiente darle algo de beber, lo extraño es que sólo se calmaba cuando era yo la que le daba la bebida. Éramos grandes amigas, lo compartíamos todo, desde ropa, amigos, sueños, pero siempre le tuve una especie de envidia, ella siempre era más linda, era mejor en todo, por más que me esforzaba nunca lograba ser como ella, siempre estaba un paso más adelante que yo, pero aún así éramos inseparables: para todo Melanie y Sam.

    

Perdí toda comunicación con ella cuando me fui a Roma, pasados 9 años, la encontré a mi regreso en la Universidad de Madrid. Pasó poco tiempo para que volviéramos a ser las amigas que solíamos ser. A nuestro reencuentro, me di cuenta de que seguía siendo la Mel de siempre, líder de su fraternidad, de alto promedio, con un super novio, había cumplido sus metas, por lo que me sentí fracasada al yo no poder conseguirlo a lo largo de mi vida. Físicamente lucía diferente a como la recordaba, tenía el cabello largo y negro, lo único que era igual eran sus ojos grises con ese contorno morado que le hacían lucir una mirada infantil y fresca. Ahora que lo pienso, ese paso que siempre estuvo adelante de mi, se había agigantado en 9 años.

 

El primer fin de semana del semestre que tuvimos libre fuimos a “La estación del silencio” el café más popular de Madrid por ambiente bohemio.

     -¿Cómo está Katia?-le pregunté a la primera oportunidad que tuve de tocar el tema. –Murió finalmente- contestó,  mientras encendía un cigarro, y añadió: No puedo evitar sentirme culpable por lo que pasó, Katia sufrió mucho al quedar parapléjica-.

     -Pero no actuaste bajo conciencia-

     -Fueron las voces, ellas simpre tienen la culpa-

     -¿Las sigues escuchando?-

Al preguntarle esto, la piel de Mel se emblanqueció aún más y la congruencia de su mirada desapareció…miaraba hacia la nada, y justo cuando creí perdida la conversación dijo: -Comencé a oirlas de nuevo cuando regresaste-

     -Nadie puede evitar el pasado- le contesté en el instante en que me levanté de la silla y me puse mi abrigo. Salimos del café y nos dirigimos a casa, estábamos viviendo juntas en la casa de la fraternidad, esa madrugada alcancé a escuchar como Mel hablaba con las voces, que sólo le repetían que ella era la asesina de su hermana Katia.

 

La mañana siguiente Mel llegó tarde a clase de Literatura,  ahí discutimos sobre lo que las voces le dijeron la noche anterior, nuestra plática incomodó al Maestro Jorge y decidió excluirnos de la clase, cosa que nos afectaba porque estábamos en el límite de faltas, Mel se enfureció y salió rápidamente del salón de clases; corrió tan deprisa que no logré alcanzarla.

 

En el pasillo me encontré con Luis, el novio de Mel, recuerdo que cuando lo miraba, me hacía recordar que cundo era niña siempre soñaba en tener un novio con sus características cuando ingresara a la universidad: un chico alto, jugador de americano, guapo, precisamente Luis, eso justificaba el porque me era imposible dejar de mirarlo. Me comentó que esos últimos días Mel se encontraba muy extraña, que no ponía atención a nada ni a nadie y que la mayor parte del tiempo hablaba sola, repitiendo constantemente que ella no era culpable.

     -No la entiendo Sam- Me dijo poniendo cara de desesperación-Trato de comprenderla, pero es inútil-.

     -Yo tampoco sé que le ocurre, sinceramente no me agrada su cambio, tiene muchas “cosas en la cabeza”, sólo hazle saber que la amas- le dije para no desanimarlo, aunque yo sabía perfectamente que clase de cosas tenía Mel en su cabeza.

Al anochecer, fui a uno de los barrios bajos de Madrid, ahí me encontré con un viejo amigo, John solía traficar armas en el mercado negro, le comenté que me sentía preocupada por mi mejor amiga y le pedí me vendiera un arma para protección de ella. La pistola obviamente no tenía número de serie y decidí guardarla en la consola de la habitación de Mel, para tomarla rápidamente en caso de emergencia.

 

Cuando llegué a casa ví a Mel muy extraña, así que le pedí a Cecilia que cambiáramos de habitación para poder estar junto a Mel por si llegaba  a necesitar algo durante la noche. Sin pensarlo dos veces puse el arma en la mesa de noche de Mel, estaba segura de que las voces le revelarían el lugar donde se encontraba, en caso de que fuese necesario.

Antes de dormir le llevé  un café para que se sintiera mejor, y lo bebió sin decir una sola palabra. Justo cuando yo estaba cruzando la puerta de la habitación me dijo:-¿Arreglaste lo de Literatura?.

    -Lo que nos hizo el maestro Jorge no se va a quedar así- le contesté.

Esa noche Melanie escuchó la primera orden que le dieron la voces:

    -eso no estuvo bien…no te dejes Melanie-

    -enseñale a tu maestro que no debe meterse contigo….tú sabes lo que tienes que hacer…-

Melanie se levantó en silencio, y se dirigió hacia el estacionamiento.

    

Al día siguiente a las 7:00 a.m., no hubo clase de literatura, ni ninguna otra impartida por el Maestro Jorge, nos avisaron que había tenido un accidente, su coche se quedo sin frenos y se encontraba grave en el hospital. Mel salió del salón precipitadamente, parecía nerviosa, estaba confundida, su forma de caminar no tenía sentido, fui tras ella, la busqué por todo el campus casi por una hora, hasta que finalmente la encontré en los vestidores del gimnasio.

     -Yo no quería hacerlo-me dijo- te lo juro. En ese momento la abracé y comenzó a llorar. Tu sabes que fueron la voces- agregó.

     -sí lo sé, ¿quieres hablar de eso?-

     -sí, no recuerdo nada de lo que pasó. Sólo que estaba con Luis y después…nada, mi mente está en blanco-. Se secó las lágrimas y nos fuimos al bar de siempre, ahí le dí otro café para tranquilizarla. Solía gustarme este bar, recuerdo que al salir me tranquilizaba mucho pararme en el puente que se formaba de la calle para pasar el río. Frecuentemente me preguntaba que se sentiría tirarse desde ahí, caer hasta el fondo del río y nunca salir.   

 

A las 5:00 p.m Luis me llamó y nos quedamos de ver en el café, dijo que era urgente. Me dirigí a toda prisa y cuando llegue al café, él estaba sentado con un vaso vacío en sus manos.

     -¿Cómo estas?- me saludó.

     -Bien. Algo preocupada por Mel.

     -La ví esta mañana-

     -¿A sí?, ¿Que te dijo?.

     -Nada. Está muy mal, estaba bebiendo esto- en eso me mostró el vaso- Cuando terminó de beberlo noté este liquido amarillo en el fondo del vaso, -¿lo ves?-.

     -Sí, y ¿eso que significa?-pregunté sin hacer ningún gesto-.

     -Aún no lo sé, pero huele como a medicina, Mel me dijo que tú le diste este café, ¿es cierto?-

     -Pues, yo le traje uno, pero eso fue muy temprano, ¿no crees que pudo haber  tomado otro?-

     -Sí, eso pensé-.

Luis y yo nos quedamos platicando en el café hasta que obscureció y me llevó de regreso a casa, al bajar del coche y despedirme de él, nuestras miradas quedaron perplejas y sucedió lo inevitable…nos besamos; de repente, Luis se separó de mi y me dijo que no estaba bien que yo le hiciera esto a Mel, y me recamó el porqué lo estaba seduciendo desde hacía varios días, me enfurecí, y corriendo entré a la casa. No pude soportar que Luis me hubiera despreciado.

 

Llegué como a las 12:00 a.m. a casa y Mel estaba dormida en su habitación, pronto de mi llegada las voces la despertaron diciéndole:-Luis te engaña… no te merece…véngate de lo que te ha hecho…a ti y a Sam….sabes lo que tienes que hacer Melanie…-

     El grito de Mel se ahogó en el silencio de su garganta, sólo yo logré escucharla, pues estaba en su habitación y ahí me lo dijo todo, le preparé un café muy cargado para que durmiera y cuando lo hizo regresé a mi dormitorio.

 

Ahí estaba Luis, había ido a arreglar las cosas, iba decidido a decirle todo a Melanie, estaba borracho, -oí lo que le decían a Mel sobre nosotros…creo que no eran las voces si no tu voz- me dijo, al decir esto se levantó y encontro el frasco de LSD y entonces comenzó a gritar:-tú…tú eres la culpable, ¿quién consume esto?. En ese momento lo eché de mi habitación y llame al guardia de seguridad y lo sacó de la casa.

    

Fui al cuarto de Mel, y estaba despierta observando junto a la ventana, estaba en shock, no reaccionaba a mis palabras. Mel se dio  media vuelta y salió de la casa traté de detenerla, pero iba corriendo muy deprisa, no la alcancé, o más bien no quise alcanzarla. Luis llegó aún más borracho a su departamento y se metió a la regadera, en un segundo sintió el escalofrío de la navaja que se deslizaba por su cuello, cayó, su sangre se dispersó como un río con el resto del agua de la regadera, hasta que se desangró.

    

Me encontraba por las calles de Madrid sin rumbo alguno, buscando a Mel, hasta que sin saber como estaba delante de la casa de Luis y lo encontré desangrado en el baño…llamé a la policía, me detuve a pensar en que gracias a Dios, Luis nunca aclaró bien sus ideas sobre el alucinógeno que encontró en mi habitación. De repente voltee hacia la puerta del departamento, y ahí estaba Mel, asustada, no sabía que hacer, corrió del lugar y la seguí hasta el puente de la calle del bar. Mel lloraba con una angustia tal, que sentía una impotencia terrible de no poder ayudarla, traía el arma en su mano, de inmediato entendí lo que pretendía hacer.

     -Yo no lo hice, no recuerdo haberlo hecho, pero la voces me dijeron- era lo único que decía entre sollozos, corrí hasta ella, pero fué demasiado tarde, jaló del gatillo, la bala atravesó su cabeza y murió al instante. Su cuerpo cayó del puente, me acerqué y sólo puede ver como se hundía en la obscuridad del agua. Sentí envidia al darme cuenta de que Melanie fue quien supo que se sentía caer del puente y hundirse en el agua, pero fue mejor así.

 

Ahora que camino por la calle y la veo cubierta de nieve, me hace recordar un detalle importante: Melanie no estaba esquizofrénica, el forense declaró que el cuerpo tenía una sobredosis de LSD y que era probable que esto hubiera afectado su sistema nervioso debido a que el alucinógeno hizo reacción con las grandes cantidades de cafeína que había estado consumiendo. El alucinógeno que yo le daba en el café si era para calmar a una Melanie….pero en este mundo esquizofrénico, toda Sam puede ser una Melanie.

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