De
un día a otro, la primavera de 1970 se sumergió en una especie de bruma. Paul,
para muchos el tercer villano de la "historia beatle" (después de
Mark D. Chapman y Yoko Ono, respectivamente), anunció públicamente que dejaba
al grupo. Lennon no le perdonó en mucho tiempo la osadía de adelantársele en
la jugada; se veía a sí mismo como el único que poseía el derecho de darle
la noticia al mundo, no sólo porque fue el primero en advertir su retiro
definitivo a los otros tres integrantes, sino porque de alguna manera ya había
preparado el camino en solitario con la aparición de los álbumes que había
realizado en colaboración con su amada nipona: Two virgins (1968), Life
with the lions y The wedding album (ambos de 1969), así como de los
sencillos de ese mismo año "Give peace a chance" y "Cold
turkey" (con la Plastic Ono Band) e "Instant karma (We all shine
on)" de 1970. Al respecto, Sir McCartney afirma en Hace muchos años,
su biografía autorizada: "Personalmente, creo que se sintió herido porque
quería decirlo... Porque fue él quien disolvió a los Beatles y no tuvo el
coraje para llevar el asunto hasta el final". Sin embargo, las heridas de
John, pese a que parecía que jamás cerraban, tampoco se tornaban en lágrimas.
No sabía llorar. Hallaría la traducción del dolor mediante una ingeniosa
mordacidad, y así habría de mostrárselo a Paul en el tema "How do you
sleep?" (Imagine, 1971), en el cual entre otras cosas le afirma que
la única canción que hizo fue "Yesterday". Igualmente, algunos
expertos aseguran que la línea: "Puedes decir que soy un soñador, pero no
soy el único", incluida en la canción que le da título al disco, está
dirigida personalmente al segundo Beatle. Lo cierto es que el distanciamiento
que tuvo lugar entre ambos, aunque no definitivo, nunca pudo disolverse del
todo.
Poder
a la gente
En
ese mismo año de 1971, Lennon habría de reforzar una imagen fuertemente
politizada con el lanzamiento del sencillo "Power to the people" y por
medio del apoyo público que manifestó a estadounidenses que abiertamente
protestaban contra el sistema, como Abbie Hoffman y Jerry Rubin. Probablemente
por este mismo motivo, en 1972 realizó el álbum doble Sometime in New York
City, material que fue muy criticado porque consistía enteramente de temas
de corte político. A partir de ese momento, el primer beatle habría de
comenzar una cruenta lucha por obtener la residencia estadounidense, teóricamente
denegada por el hecho de haber sido sorprendido con marihuana en 1968. Pese a
sus problemas personales, en 1973 sacó a la venta Mind Games, disco de
mediano éxito que de alguna forma se convertiría en el preámbulo de su
separación con Yoko al año siguiente y del inicio de uno de los periodos más
oscuros de su existencia, mejor conocido como the lost weekend. Durante ese
pequeño fin de semana, que se extendería hasta un largo año y medio, John se
transformó nuevamente en el joven que había dejado en Liverpool, aquél que
gustaba de patear las cabinas telefónicas hasta destrozarlas y agarrarse a
golpes con quien fuese. Sólo que esta vez no estaba solo. Elton John, Harry
Nilsson, Keith Moon, David Bowie y su ex compañero Ringo Starr serían algunos
de sus compinches de natación en la alberca de drogas, alcohol y sexo para la
que sólo los rock stars poseen pase automático. De cualquier manera, en 1974
apareció su Walls and bridges, cuyo sencillo más comercial,
"Whatever gets you through the night", fue realizado en colaboración
con Elton John.
New York
city
Posteriormente
el mar volvería a la calma. En 1975, tras su reconciliación con Yoko (en la
que por cierto Paul tuvo bastante que ver) y el lanzamiento de Rock &
roll, John finalmente obtiene, en el verano de 1976, la ansiada green card
por parte del gobierno norteamericano. Ahora Nueva York sería su hogar
permanente y, después de su trabajo como coautor en la canción
"Fame", junto con David Bowie, el sitio en donde tomaría un largo
retiro musical y en el cual por primera vez en su vida haría el intento de
ejercer el oficio de la paternidad. El conejillo de indias: su hijo Sean. El
resultado: poco más de cuatro años sin un solo disco o sencillo, cuatro años
sin Lennon.
Comprendiendo tanto canciones suyas como de Yoko, Double Fantasy, lanzado
en 1980, sería la última obra que dejaría al mundo el hombre de la nariz
aguileña y los anteojos redondos. Poco después, el 8 de diciembre de ese año,
el telón caería para nunca más alzarse, por lo menos no para quien McCartney
describe como "el primero que saltaba, el suicida, el que se arrojaba al
abismo", seguramente concediendo la imposibilidad de un primero sin la
existencia de un segundo. Tiene razón.
Juegos mentales
Sí,
siempre antes de que la crayola continuara con su trazo en el retrato que hacía
de él y que nunca terminé, incorporada a mi mano de adolescente, y siempre que
miraba cualquiera de sus fotografías me asaltaba la misma pregunta: ¿Qué
demonios es eso que tiene en la frente, en medio de los ojos? Para así dar paso
a otras: ¿es un lunar, una verruga, una mancha o una simple protuberancia, de
esas que sólo responden a nombres clínicos impronunciables? ¿Es posible que
sea el producto de alguna maldición que el Maharishi le envió desde la India,
como venganza por haberlo utilizado como fuente de inspiración para componer la
irónica "Sexy sadie"? O al contrario, ¿es acaso un tercer ojo que
adquirió después de meses de haberse incorporado a la Meditación
Trascendental que impartía el tal "Sexy" Maharishi? ¿Era uno de los
blancos de David Chapman, pero le falló la puntería? O, ¿es tan sólo un
rasgo físico que denota genialidad?
No lo sé. Los libros, las entrevistas, los especiales para la televisión y los
reportajes generalmente nunca se ocupan de esos pequeños detalles. Se limitan a
hablarnos de su infancia carente de figura paterna, del increíble gusto que
tuvo por la heroína en los sesenta, del día en que se enamoró de Yoko, de lo
mucho que se inspiró en Bob Dylan para componer "You 've got to hide your
love away" y del llamado que hicieron los altos mandos del Ku Klux Klan a
la quema pública de discos de los Beatles después de que declarara que éstos
eran más famosos que Jesucristo. Y sin embargo, nadie sabe cuál era la
graduación de sus lentes, qué es lo que solía hacer los domingos por la tarde
ni cuál era su equipo de fútbol favorito. ¡Vaya!, se han quedado infinidad de
dudas concernientes incluso a su opinión con respecto a música que
forzosamente tuvo que haber pasado por sus oídos: ¿Acaso alguien sabe qué
pensó del material contenido en The Wall de Pink Floyd, el Low de
David Bowie o el Unknown pleasures de Joy Division? ¿Dijo algo en relación
a la muerte por sobredosis de Morrison, la nueva actitud irreverente que hacia
finales de los setenta habían adoptado los punks, o el éxito de la música
disco y de grupitos prefabricados como Village People? ¿Es que nadie, ningún
periodista se lo preguntó? Y si fue así, ¿por qué esas percepciones son tan
difíciles de localizar en los textos, en los videos y en las películas que han
hecho de su vida, al grado de que pareciera que carecen de importancia?
¿Obsesión? Tal vez sí. Quizá porque de repente, a ratos, me pesa el estigma
de haber nacido en los setenta, habiéndome perdido así la oportunidad de
crecer con él y su grupo, porque los Beatles, desde el principio, eran su
grupo. Puede ser también porque no puedo sacar de mi cabeza el rostro, mezcla
de espanto y de tristeza, que mi mamá puso la mañana del 9 de diciembre de
1980 al oír la trágica noticia por la radio mientras me llevaba a la escuela:
"Mataron a Lennon", dijo, "¿A quién?", pregunté. "A
uno de los Beatles". Fue la primera vez que escuché ambas palabras.
A partir de entonces lo he conocido cada vez más y así, en ocasiones, creo mis
propios juegos mentales con él, recojo datos de su vida y de su obra y los
conjugo, me gusta hacerlo. Fue así como encontré, por ejemplo, las extrañas
coincidencias que existen en torno a su muerte: él fue asesinado en 1980 al pie
de los edificios Dakota en Nueva York, en donde vivía. Asimismo, estos
apartamentos se utilizaron doce años antes como locación de El bebé de
Rosemary, un filme de Roman Polanski. Después las piezas se van armando una
a una, cuando en el verano de 1969 la esposa de Polanski, Sharon Tate, fue apuñalada
a sangre fría por unas jovencitas que decían seguir las órdenes de un tal
Charles Manson, quien posteriormente, en su confesión, declaró que esa
"limpia" del mundo que había iniciado se basaba en los mensajes
ocultos que captó en las canciones "Piggies" de George Harrison y
"Helter Skelter" de John y Paul. Así, el círculo se cierra y es
perfecto. Manson siempre quiso ser un artista reconocido como los Beatles, sus
ídolos. Mark David Chapman, otro músico frustrado, también habría de buscar
su propia purificación tiempo después... Y la habría de conseguir.
Sin embargo, otras veces mis esparcimientos cerebrales me llevan a imaginar qué
sería de la vida sin Lennon. De ser así, nadie habría criticado a los
inglesitos pendencieros de Oasis por calcar peinados ni por la descarada copia
que el arrogantísimo Noel Gallagher, en su canción "Don't look back in
anger", hace a la introducción de "Watching the wheels", entre
otras peligrosas aproximaciones. No existiría un disco llamado Revolver
ni la clasificación del mismo como el más importante dentro de la evolución
musical del siglo XX. Axl Rose nunca habría cantado en el estadio de Wembley
usando una camiseta estampada con el rostro de Charles Manson. Motley Crüe, U2
y Siouxsie no habrían hecho, respectivamente, un cover de "Helter
Skelter". The catcher in the rye de J.D. Salinger no sería un libro
emparentado con cierto tipo de criminales y Paul McCartney no habría tenido
contra quién competir en cuanto a los alcances de la genialidad.
Definitivamente, haría falta un engrane esencial.
De entrada, estas palabras no estarían aquí, pretendiendo ser acomodadas de la
manera más armoniosa posible. Mucho menos tendría sentido alguno el
preguntarse qué chingaos era aquello que un tipo tenía en medio de los ojos.
Regresame
a la fregada de aki