BLEED CREED!!! BLEEEEEEEEDDDDDDD!!!!!!!!
13/10/02
Pocas bandas han vendido tanto mostrando
tan poco. Esa frase resume la carrera del hoy trío Creed, la banda más exitosa
de la escena post-grunge estadounidense desde que su álbum debut “My Own
Prison” (1997) coronó los rankings. El logro se repitió dos años después
con “Human Clay” (1999) y ahora con “Weathered” (2001), así es que no
podemos hablar de suerte...¿pero podemos hablar de talento?. Mmmm, veamos...
La genealogía de Creed se remonta a mediados de los ochentas, cuando la
industria bendijo una bizarra categoría llamada rock cristiano. Petra y Stryper
se convirtieron en los emblemas de esta corriente devota cuya aura envolvió
momentáneamente a bandas como U2, cuyo “The Joshua Tree” (1988) fue para
algunos una catedral de espiritualidad pop. Ese mismo año, los chilenos Azeta
daban sus primeros pasos como apóstoles del power metal cargado de crucifijos.
En los noventas la tradición siguió con artistas tipo Amy Grant, Jars of Clay,
Mortification (los metaleros celestiales, el doble opuesto de Deicide), Sixpence
None the Richer, Jaci Velásquez (la Britney Spears de la misa) y Creed, cuyo líder
Scott Stapp incluso dedicó parte de sus ganancias a la creación de la benéfica
With Arms Wide Open Foundation. Amén.
Hasta ahora, Creed no había cometido pecados mortales, excepto la edición de
unos videos realmente estúpidos y la clonación de ideas musicales patentadas
por Pearl Jam y Soundgarden. Pero ahora con “Weathered” todo se va a la
madre. Para empezar, la portada del disco es horrible, de parte de Daniel
Tremonti (quien supongo que tiene que ser pariente del guitarrista Mark Tremonti).
Maten a ese artista. Mándenlo a la hoguera o cuelguenlo o los 2 a la vez. Si
él quería arte conceptual podría haberse inspirado en Dream Theater.
Líricamente, Stapp tocó fondo con versos lamentables sobre todo lo bueno y
sacro que debe defenderse en este mundo pecador: en “Signs” sermonea
“todos sabemos que el sexo vende y el mundo entero está comprando”. Mmta.
“Hey, Dios, sé que sólo soy un punto en este mundo, ¿te has olvidado de mí?”,
clama en “Don`t Stop Dancing”, en medio de coros celestiales y junto con una
Amie Stapp hedionda a nepotismo.
Quizás el mayor problema de Creed es que se toma demasiado en serio: la épica
“Who`s Got My Back” dura ocho minutos, sólo opacados por la inclusión de
una oración cherokee de fondo. En cambio, cuando este trio de "chicos
mamey" opta por la simpleza, logran canciones un poco superiores como
“One Last Breath”, “Stand Here With Me” y “Lullaby”.
La producción se merece una buena nota: las guitarras de Tremonti nunca sonaron
tan atronadoras y la base rítmica dirigida por Scott Phillips jamás fue tan
machacante. La voz de Stapp se las arregla para imponerse sobre los riffs y las
piruetas de sus compañeros, como queda de manifiesto en el primer single “My
Sacrifice” (cuyo video desde ya postula a lo peor del 2002).
El mayor talento de Creed ha sido saciar a un mercado nostálgico del grunge,
escéptico del nü metal y sediento de optimismo.