La Negacion de Pedro
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12. LA NEGACION DE PEDRO Y SU RESTAURACION

EL SEÑOR había sido apresado en el jardín de Getsemaní por una turba de soldados guiados por Judas Iscariote, quien lo había traicionado. Fue llevado ante el sumo sacerdote Caifás. Pedro lo seguía de lejos y se quedó en el patio. ¿Cómo es que estaba allí? Sin duda Pedro nunca se imaginó que Jesús llegaría a caer en manos de sus enemigos. Allí estaba Jesús como cualquier individuo, indefenso, incapaz de hacer algo por sí mismo. Los enemigos lo habían capturado de la manera más fácil; él no había opuesto ninguna resistencia. El hombre que había ordenado a los demonios que salieran de los cuerpos, y ellos le habían obedecido; que había vuelto a la vida a quienes habían fallecido; que había calmado la feroz tempestad en el lago; allí estaba prisionero de sus adversarios que se mofaban de él. Ni siquiera había dejado que sus discípulos lo defendieran. Pedro había llevado una espada y había hecho un intento de defensa, pero Jesús le dijo que la guardara y sanó al hombre que fue herido por Pedro. En una ocasión anterior, en la ciudad de Nazaret, un grupo de hombres enardecidos contra Jesús quisieron despeñarlo. El Señor pasó en medio de ellos sin que le hicieran daño; cuando sacó a los mercaderes del templo, éstos no se atrevieron a atacarlo. Y ahora, ¿por qué no actuaba? ¿Por qué se dejó capturar y golpear sin defenderse? Sin duda Pedro tenía temor de que lo capturaran también a él y lo maltrataran, sin que Jesús pudiera evitarlo. Ese no era el Jesús que él conocía, en quien él creía, de quien él había dicho: tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Así que, cuando en esa madrugada le dijeron que él era uno de los que estaban con Jesús en el jardín, él lo negó rotundamente diciendo: No, no lo conozco, no sé quién es. Cuando Jesús salió de la presencia del sumo sacerdote y cruzó el patio siendo llevado por los soldados, y vio a Pedro, éste sintió un profundo dolor en su corazón y reconociendo que había cometido el error más grande y miserable de su vida, tremendamente arrepentido lloró amargamente.

   Después de que el Señor resucitó unos de los discípulos estaban reunidos en el lago de Tiberias, una fresca mañana. Entre ellos estaba Simón Pedro.

   Empezaba a amanecer. Las aguas del lago reflejaban los colores de la alborada. El Señor se les apareció en la playa. Cuando los discípulos lo reconocieron, descendieron aprisa de la barca y fueron hacia él a saludarlo alborozados. Pedro miraba a Jesús en silencio, no se atrevía a pronunciar palabra. Recordaba lo ocurrido aquella madrugada cuando lo negó tres veces. Quizá pensaba que Jesús resentía su actitud. Tal vez esperaba que se presentara una oportunidad para borrar lo ocurrido y restablecer la amistad quebrantada pero no hallaba cómo hacerlo. Jesús miraba a los discípulos con la misma mirada de siempre, pero a Pedro le parecía que cuando lo miraba a él esa mirada era diferente. Se acordaba de aquella mirada que le dio Jesús cuando salió de la presencia del sumo sacerdote, por la cual no pudo contener el amargo llanto.

   Jesús sabía que Pedro estaba muy angustiado por el triste recuerdo. Y tal vez a lo lejos cantó un gallo anunciando la llegada del nuevo día, lo cual torturaba más a Pedro.

   El Señor se levantó y caminó hacia Pedro hasta tocarlo en un hombro; con un tono de voz suave y una mirada que demostraba amistad, le preguntó:

   --Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos?

   Pedro sintió como si le hubieran quitado de encima un enorme peso, y como si le hubieran removido del pecho una presión para que pudiera respirar aire puro. Sin pensarlo mucho respondió:

   --Sí, Señor. Tú sabes que te amo.

   --Pastorea mis corderos --le dijo Jesús. Y le volvió a preguntar:

   --Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?

   --Sí, Señor --respondió de nuevo Pedro. Jesús le dijo otra vez:

   --Apacienta mis ovejas--. Y, por tercera vez, le preguntó:

   --Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?

   Esta vez Pedro se entristeció. ¿Por qué sería que le hacía la misma pregunta por tercera vez? ¿Sería que Jesús no le creía, sería que Pedro no estaba respondiendo adecuadamente? Esta vez la respuesta de Pedro fue así:

   --Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo.

   Por última vez Jesús le dijo:

   --Apacienta mis ovejas.

   De esta manera el Señor Jesús restauró a Pedro en el ministerio apostólico en aquel amanecer a la orilla del lago de Tiberias. Y desde entonces, por todo el resto de su vida, Pedro demostró que de veras amaba al Señor. Testificaba sin temor ni vergüenza ante las autoridades religiosas de Jerusalén diciendo que no podía dejar de decir lo que había visto y oído, que no podía obedecer primero a los hombres antes que a Dios.

 

¿QUE ES EL "AMOR"?

OIMOS y leemos mucho acerca del "amor". Las personas hablan del amor diciendo: "no hay amor", "debemos amarnos más". Ahora hasta se dice que realizar el acto sexual es "hacer el amor" o que es una "prueba de amor". Esto es un error. Hacer el amor es "enamorar, galantear".

   Pero, ¿qué es el "amor"? Es cariño, afecto, pasión. ¿Qué es lo que se quiere decir cuando se dice: te amo, o cuando se pregunta: me amas? ¿Qué es lo que hace que amemos, y después dejemos de amar? ¿En dónde se "siente" el amor? ¿Cómo se manifiesta el amor?

   Podemos señalar diversas clases de amor: amor de novios, amor de esposos, amor de padres a hijos, de hijos a padres, amor entre hermanos de sangre, entre hermanos de fe; amor a la patria, a las artes, al deporte, al trabajo, al estudio, al hogar, etc. Al analizar estos "amores", notamos diferencias grandes o pequeñas. Por ejemplo: Amamos a ciertas cosas como animales (mascotas), plantas, pero no tanto como amamos a nuestros padres y demás familiares. Amamos todo lo que nos produce placer, complacencia o sensación de bienestar y seguridad. Amamos a los hermanos en la fe porque ellos nos aman y nos consideramos como en familia. Amamos a nuestros padres, porque ellos nos han protegido y mostrado amor; amamos a nuestros hijos porque han nacido en el hogar y los vemos crecer con nosotros; amamos a nuestros nietos, porque son hijos de nuestros hijos. Amamos a nuestra esposa porque ella nos aceptó para unir su destino con el nuestro toda la vida. Amamos las Sagradas Escrituras porque en ellas encontramos consuelo, seguridad y esperanza aun en los momentos más difíciles. Mientras están presentes estos motivos para amar, allí está la sensación del "amor".

   Hay causas que apagan, marchitan y hasta matan el amor, como decir: la ingratitud, el egoísmo, la hipocresía, la inmoralidad, la diversidad de opiniones, etc.

   ¿En qué consiste que una pareja de enamorados, se prometen amarse mutuamente, que una vez se hayan unido en matrimonio vivirán juntos siéndose fieles, el uno al otro hasta que la muerte los separe; pero poco tiempo después se repelen el uno al otro? ¿Por qué razón, antes de contraer matrimonio, nada ni nadie los podía convencer de que no se casaran; pero ya casados cualquier motivo los separa? ¿Por qué razón antes del matrimonio sólo hay ojos para la amada o para el amado; pero ya en el matrimonio otra u otro atrae las miradas más apasionadas? ¿Cuál fue la causa de que los que antes se amaban locamente, ahora se odian mortalmente?

   En el libro "Cantar de los Cantares" de Salomón, 8:7, leemos: Las muchas aguas no podrán apagar el amor ni lo ahogarán los ríos. Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor, de cierto lo menospreciarán.¿Qué clase de amor es este que no tiene precio? El apóstol Pablo, en su primera carta a los Corintios, 13:8, dice: El amor nunca deja de ser. ¿Qué clase de amor es este que nunca deja de ser? Este amor es el mayor de las virtudes.

   El amor no viene de allá para acá, sino que debe ir de acá para allá. El apóstol Juan dice que nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero. Amar, es ser como Dios, porque Dios es amor.(1 Juan 4:16). Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda sino que tenga vida eterna (Juan 3:16).

 

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