La Mujer Samaritana
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La Mujer Samaritana

(Juan 4:7-42). Pasaba el Señor Jesús con sus discípulos por la región de Samaria cerca de una ciudad llamada Sicar, no muy distante de esta ciudad había un pozo que en tiempos muy antiguos había sido cavado por Jacob. Este pozo había sido convertido en un santuario en recuerdo del patriarca.

   Jesús se sentó a la orilla del pozo a descansar mientras sus discípulos iban a la ciudad a comprar algo para comer, era ya cerca del mediodía. Una mujer del lugar llegó para sacar agua y llevarla en su cántaro. Jesús inició la conversación diciéndole: Dame de beber. Era una manera de iniciar una conversacióna que llevaría a una conclusión inesperada para la mujer. Ya sabemos que los samaritanos no se relacionaban con los judíos por un  problema ocurrido hacía muchos años atrás. Jesús era judío y la mujer de Samaria. Sin embargo, el Señor demostró amistad al pedirle a la mujer que le diera de beber. El Señor tenía otro propósito, mucho más importante que discutir el problema entre los dos pueblos. Notamos que la mujer sí tocó el asunto.  Sorprendida le respondió: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy samaritana? Jesús no mostró interés en entrar en discusión sobre ese tema, sino que le respondió: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice:  dame de beber; tú le pedirías y él te daría agua viva. Esta fue la segunda gran sorpresa de la mujer. Ella creía que estaba hablando con un judío común y corriente; pero el Señor la sorprende al decirle: "Si tú supieras quién  es el que te dice dame de beber, tú le pedirías y él te daría agua viva." Quizá la mujer pensó que Jesús no estaba hablando en serio, pues no entendió qué era eso de "agua viva". Por eso le responde, tal vez con una sonrisa: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro Padre Jacob?  Ahora Jesús entra de lleno al tema que sí le interesa. Le dice a la mujer: Cualquiera que  bebiere de esta agua (del pozo) volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino el agua que yo le daré será en él  una fuente que salte para vida eterna. La conversación ya se había establecido y el Señor había llegado al asunto que quería llegar, el tema de la salvación.  Y ahora pasa a un asunto más delicado, le dice a la mujer: Vé y llama a tu marido. Ella responde: No tengo marido. Jesús responde: Bien has dicho; que no tienes marido; porque cinco maridos has tenido; y el que ahora tienes no es tu marido... La mujer va de sorpresa en sorpresa. Que este hombre desconocido, al que está viendo por primera vez, sepa de su vida íntima ya es algo que llama la atención. Jesús no es un adivino que lee las rayas de la palma de las manos o barajas o bola de cristal. La mujer le dice: Me parece que tú eres profeta. Y luego desviando el asunto de los maridos, quiere entrar en el tema del lugar en que se debe adorar a Dios: Nuestros padres adoraron en este monte y ustedes dicen que en Jerusalén es donde se le debe adorar. Otra vez Jesús no discute sobre este otro asunto, a él no le interesan estas discusiones, así que le responde:  Ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre, él es Espíritu y los que le adoren en espíritu y en verdad es necesario que le adoren. La mujer, entonces, salta a otro tema, al del Mesías, ella le dice al Señor: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas. Se ve que era una mujer inteligente, estaba al tanto de estas cosas históricas. Podemos decir que este era el meollo de la plática al cual a Jesús le interesaba llegar. En este punto, Jesús descubre su identidad sin más detalles, y le responde a la mujer: Yo soy, el que habla contigo. Ya podemos imaginarnos lo que debe haber sentido la samaritana al oír esto; presintió que aquel forastero era un "profeta"; ahora resulta que era más que un profeta, es el Mesías. Ella conocía esas profecías acerca del Mesías y sabía algunas de sus características de él

   Llegaron los discípulos con las provisiones para comer; la mujer deja su cántaro en el brocal del pozo y corre hacia la aldea donde vive y esparce la noticia de lo que acaba de descubrir e invitaba a todos que fueran a ver a aquel hombre. Regresa al pozo seguida de una multitud. Jesús les predica y los samaritanos lo invitan a que se quede con ellos, y Jesús se quedó allí tres días. Muchos de ellos aceptaron al Señor. De este modo la samaritana hizo una obra maravillosa al ir prontamente  a testificar, sin temor, acerca de Jesucristo.

 
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