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EL HIJO DERROCHADOR (Pródigo.)
(Lucas 15:11-24.) Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos le dijo: dame la parte de los bienes que me pertenece. El padre, sin reprochar ni reprender a su hijo, se puso a hacer cuentas para ver cuánto le tocaba al muchacho y a su hermano. Al final les repartió a cada uno lo que le correspondía. Después de algunos días el hijo menor, arregló su equipaje, acomodó el dinero en un espacio seguro, se despidió de su padre y se marchó. El anciano con dolor en su alma lo vio salir del hogar y tomar el camino polvoriento sin saber hacia dónde se dirigía. Lo siguió con la vista hasta que desapareció en la distrancia y ya no lo pudo ver más. El muchacho procuró estar lo más lejos posible de su padre, y así llegó a una provincia lejana. Pronto le llovieron amigos y amigas. El los agasajaba pródigamente con banquetes en los que abundaban ricos manjares y bebidas embriagantes. Gozaban de lo lindo. Con ese tren de vida, el dinero se acabó, se acabaron los banquetes y los amigos y amigas desaparecieron. El jovenzuelo quedó solo. Para colmo de males se desató una crisis económica en dicho lugar, que produjo como consecuencia una gran hambre. La desgracia fue mayor para el joven al querer trabajar pero no encontraba trabajo, pues como en su casa todo era abundante, él no había aprendido ningún oficio. El hambre llamó a su puerta y nadie se preocupaba por él. Un porquero le ofreció una ocupación que para un joven judío era denigrante y con poca remuneración. Los judíos consideraban entre los animales inmundos a los cerdos. De modo que aquel joven hebreo, si aceptó tal trabajo, dar de comer a esos animales, fue porque el hambre era torturante. Hubo veces en que quería comer de las algarrobas que comían los animales y el dueño de éstos no se lo permitía. Fue en ese extremo de la desgracia que comenzó a reflexionar. Allá en la suntuosa casa de su padre, había abundancia de suculento alimento, los sirvientes de su padre no carecían de pan, y él, hijo de aquel hombre rico, se moría de hambre, su ropa se convertía en hediondos harapos, sus pies estaban llagados por falta de zapatos. "No, decía", volviendo en sí, "esto no puede ser, he pecado contra el cielo y contra mi padre; volveré al hogar, y humillado le diré a mi padre que no soy digno de ser llamado su hijo, que me reciba como a uno de sus jornaleros". Y como lo pensó, lo hizo. Dejó el maloliente chiquero y emprendió el regreso al hogar. Todos los días el padre se paraba en la puerta y miraba por largo rato el camino polvoriento y pedregoso por donde su hijo se había ido, y esperaba verlo regresar. Al fin, un día, ya atardeciendo, vio que venía alguien en la lejanía. Sintió una corazonada y eufórico exclamó: "¡Allá viene! ¡El es! ¡Es mi hijo!" y salió a encontrarlo; lo abrazó. Ordenó a sus siervos que trajeran el mejor vestido; que le quitaran los andrajos y lo vistieran; que trajeran zapatos y se los pusieran, incluso que le trajeran un anillo y se lo colocaran en su dedo. Y exclamaba: "Este es mi hijo que había muerto y ha revivido; que se había perdido y ha sido hallado. Hagamos fiesta." El muchacho decía a su padre: "He pecado contra el cielo y contra ti; no soy digno de ser llamado tu hijo; recíbeme como a uno de tus jornaleros." Pero el padre lo recibió como su hijo. |