|
CONVERSION DE SAULO (Hechos 7:58.--8:1-3.--9:1-6). Saulo (Pablo) era hijo de un matrimonio judío que vivía en la ciudad de Tarso, en el Asia Menor. Esta ciudad estaba bajo el dominio romano, así que por su descendencia familiar era judío y por su lugar de nacimiento era romano. Siendo ya un joven, sus padres lo enviaron a estudiar a Jerusalén, teniendo como maestro a un Gamaliel, de la secta de los fariseos y un prominente doctor en la ley de Moisés. La primera vez que se menciona a Saulo en el Nuevo Testamento, fue cuando unos furibundos judíos daban muerte a pedradas fuera de las murallas a un humilde cristiano llamado Esteban (Hechos 7:55-58). [Año 35 de nuestra era]. Este atroz suceso del cual fue testigo ocular Saulo, no lo conmovió, antes bien despertó en él más odio contra los cristianos, convirtiéndose en el caudillo de la primera persecución contra la naciente iglesia en Jerusalén. El se afilió al fariseísmo siendo un fanático defensor del mismo. Con el apoyo de los principales religiosos de ese movimiento, desató una terrible persecución contra los seguidores del Señor. Su propósito era acabar con los cristianos en dondequiera que estuvieran. La Biblia dice que Saulo respiraba amenazas y muerte contra los discípulos del Señor (Hechos 9:1). El los capturaba y daba su voto contra ellos. Los oía hablar de Jesús y de su evangelio, pero el mensaje no penetraba en su corazón, era una amenaza para la fe cristiana que estaba en cierne. Supo que en la ciudad de Damasco, muy al norte y fuera de la jurisdicción de Palestina, se encontraba un grupo de cristianos. Logró conseguir permiso para ir hasta allá y apresarlos. Mientras iba por el camino, acompañado de algunos hombres, ocurrió lo inesperado. Cuando ya se acercaban a la ciudad, una esplendente luz, lo derribó a tierra y una voz que lo llamaba por su nombre lo sorprendió: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? El creía que solamente estaba persiguiendo a aquellos hombres y mujeres. Pero no era así. La brillante luz venida del cielo lo encegueció y así, a oscuras en pleno mediodía, temblando como una hoja batida por el viento y presa de gran temor, logró preguntar: ¿Quién eres, Señor? La misma voz respondió: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Desde ese instante, el violento perseguidor cambió totalmente de actitud y con toda humildad respondió: ¿Qué quieres que haga? Al oír el nombre de Jesús ya sabía de quién se trataba, ya lo había oído mencionar por los cristianos que él llevaba prisioneros, y ahora no le quedaba más remedio que ponerse a sus órdenes. Ese Jesús estaba vivo, aunque había muerto, pero había resucitado, se le había aparecido y le había hablado llamándolo por su nombre. Jesús le dijo: Entra en la ciudad y allí se te dirá lo que te conviene hacer. Todo esto fue verdaderamente increíble, pero aunque usted no lo crea, este suceso enmarcó perfectamente bien con el resto de la vida de Saulo, quien más tarde se llamó Pablo. Fue necesario que le ocurriera esto para que pudiera entregarse a Cristo y le sirviera como le sirvió por el resto de su vida, hasta su muerte. Llegó a superar en el ministerio apostólico, misionero y de la evangelización a los demás apóstoles, esa obra y sus escritos perduran hasta hoy. Pablo es un gigante de la fe cristiana. Cuando ya estaba por partir de este mundo, dijo en una carta que le escribió a Timoteo: He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, Juez justo, en aquel día, no solamente a mí, sino a todos los que aman su venida (2 Timoteo 4:7, 8). |