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El Problema de Pedro (Mateo 26:69-75; Juan 21:15-17). Cuando Judas Iscariote se presentó en el jardín de Getsemaní acompañado de una turba de hombres armados que capturaron a Jesús y le llevaron prisionero sin que él ofreciera resistencia ni usara ninguno de sus poderes para evitarlo; y después, cuando ante las autoridades religiosas era motivo de burlas y maltratos sin que él actuara en defensa, Pedro debe haber sentido alguna desilusión. ¿Cómo es que no se defendió con tanto poder que tenía? ¿Acaso no era lo que decía ser? Cuando Juan el Bautista estaba encarcelado, sin que nadie hablara por él, sintió también lo mismo. Le envió un mensaje a Jesús preguntándole si era él el que había de venir o si esperarían otro (Mateo 11: 3). El Señor le respondió con explicaciones claras de que él era el que había de venir. Pedro, pues, esperaba que Jesús actuara haciendo uso de sus poderes, como el Hijo de Dios. De modo que al ver que no actuaba así contra sus enemigos, se acobardó y al ser preguntado por la mujer en el patio del Sumo Pontífice si él era uno de los que estaban con Jesús, él lo negó tres veces. Fue una actitud naturalmente humana. Los otros discípulos, al ser capturado el Señor, huyeron dejándolo solo. Después, al ver al Señor morir en la cruz como cualquier delincuente, la desilusión ya no tuvo límites, y la copa de la amargura rebasó al colocar el cuerpo sin vida de Jesús en la fría tumba. Todo se había acabado para los discípulos; toda esperanza estaba muerta. Aunque Jesús les había dicho que iba a morir, pero que iba a resucitar al tercer día (Mateo 16:21), los discípulos no le dieron mucha importancia, pues pronto se olvidaron de sus palabras, no se quedaron en actitud de espera de que tal cosa ocurriera en esos mismos días. El Señor murió como moría cualquier otro; fue sepultado como cualquier otro. Que resucitaría, eso ocurriría en los postreros días. Así que no les quedaba más que hacer que conformarse y volver a sus redes, unos, y otros a sus anteriores actividades. Pero llegó el glorioso día que nadie esperaba, aquel primer día de la semana que fue el 17 del mes de Abib (calendario judío), abril del año 29 de nuestra era, cuando el Señor resucitó. De aquí en adelante todo cambió radicalmente, ya nada fue igual de lo que era antes. La extraordinaria noticia corrió como un reguero de pólvora, aquella mañana. Pedro y Juan que reposaban en su casa, al saber la noticia, corrieron al sepulcro a constatar si lo que se decía era así. Pedro entró a la tumba primero sin detenerse, Juan entró después un poco sigiloso. Y, efectivamente, allí estaba el lugar con los lienzos en que había sido colocado Jesús, pero el cuerpo no estaba. Ambos apóstoles "vieron con sus propios ojos" la escena. Ahora empiezan las apariciones del Señor resucitado a sus discípulos. Poco tiempo después de que el Señor resucitó, algunos de los discípulo se encontraba en el lago de Tiberias en una barca. Ya cerca del amanecer, El Señor llegó y estaba parado a la orilla. Los discípulos lo vieron y al reconocerlo, se lanzaron al agua y fueron donde él a rodearlo, entre ellos estaba Pedro. Jesús vio a cada uno demostrando su complacencia por estar con ellos. El sol empezaba a salir y su brillanmte luz se reflejaba en las aguas como si fueran un espejo. Pedro guardaba silencio, quizá pensaba en que el Maestro, al verlo, recordaba aquella madrugada cuando lo negó tres veces y que tal vez por eso no lo saludaría particularmente como lo estaba haciendo con los demás. Pero cuando el Señor los hubo saludado a todos, volvió su mirada a Pedro y sonriendo con dulzura se le acercó colocándole su mano sobr el hombro, con una voz amorosa, le preguntó: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Pedro se estremeció ante aquella inesperada pregunta, y con un nudo en la garganta, respondió: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis corderos. Y luego le volvió a preguntar por segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro volvió a responder: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Jesús le volvió a decir: Pastorea mis ovejas. Luego le hizo la misma pregunta por tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Entonces Pedro, visiblemente entristecido, porque el Señor le preguntara por tercera vez, creyendo que quizá el Señor no le creía por aquello de haberlo negado en el patio del Pontífice, casi a punto de volver a llorar, haciendo un esfuerzo por mostrar que estaba diciendo la verdad con todo su corazón, con voz quebrada, le dijo: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo. Jesús le repitió: Apacienta mis ovejas. Apacentar quiere decir alimentar, dar de comer, es lo mismo que "pastorear". Y el alimento para los seguidores del Señor es el mensaje del evangelio, que es la palabra de Dios. Jesús había dicho: "No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Pocos días antes de Pentecosté, Jesús dio su gran Comisión a todos los discípulos: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura; el que que creyere y fuere bautizado, será salvo; pero el que no creyere será condenado. Id a todas las naciones y haced discípulos, enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; me seréis testigos en todas partes hasta el fin del mundo, y yo estaré con vosotros todos los días. Así aquella brillante mañana Jesús reivindicó a Pedro con palabras amorosas, y desde entonces Pedro testificaba de Jesús con una convicción indoblegable por todo el resto de su vida, a pesar de las persecuciones; él decía: No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído; no hay otro nombre debajo del cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos; no es justo obedecer a los hombres antes que a Dios. |