ESPERANDO QUE VOLVIERA
Para muchos es más sensato vivir sepultados en una situación fantasma que abrir la puerta al llamado de la libertad.
Aguijoneados por ese dolor sufrido de memoria como el que proviene de una mitad del cuerpo ausente, es curioso que sea más seductor eliminar el dolor engañando al cerebro con el reflejo en el espejo de la mitad que ha quedado.
Por fortuna la verdad, con su natural insumiso, siempre termina por hacerse escuchar.
Me gustaría poder recordar vagamente la desnudez de unos amantes en esmerada búsqueda de un pulso, una afinidad, acaso una armonía. Pero siempre termino buscando inútilmente un atisbo de ternura, entre las risas y el cansancio luego de habernos engolfado tardes enteras en la cama más próxima a donde nos asaltara la pasión.
Eso es todo lo que hay. Y no sé por qué aquella voracidad se nos ocurrió trascendente.
Yo llegué a concluir que exceptuando el deseo, lo que había no era demasiado y asumí que no existía ni una posibilidad de que me vislumbrara.
Pero mareada, cerré los ojos, apreté el acelerador a fondo y acepté que nos casáramos, y de pronto toda mi vida estaba centrada en un sólo objetivo: huir de él sin abandonar la casa. Tardé años en admitir que me había dejado rodar justo hasta las antípodas de mi ideal de vida por un asunto de cama. Fue un tiempo de permanente desesperación hasta que en aquel bar, con unas copas oficiando de anestesia, de pronto la verdad se abrió paso y no la pude contener.
Fue como parir. Tremendo y maravilloso a la vez.
De regreso, en carne viva los dos, atravesando el espeso calor de Buenos Aires aquella noche no conseguía agobiarme. No nos mirábamos ni hablábamos demasiado. Yo estaba seria pero en el fondo, cruelmente festiva.
Entonces tuvo que detenerse y comprar aquella rosa para que aquel tropel de culpa se avalanzara sobre mí. La acepté sin saber que decir, devastada y con ganas de escapar y apenas atinando a eludir cualquier acercamiento físico. Me sentí secuestrada en una escena descolorida y me enfureció su intento de manipulación.
Allí con la rosa en la mano, perpleja y algo avergonzada, tuve un impulso urgente. Debía revisar la hoquedad que estaba en el sitio que alguna vez yo le había asignado a aquel hombre. Debía ir en busca de algún indicio. El tremendo vacío me perturbó de una manera que dudé si debía dar una oportunidad a aquello tomando en cuenta que nadie se merece tanto desamor.
Fue entonces cuando me di cuenta de que por suerte él nunca sabría de tanto vacío porque no tenía idea de la intensidad con que yo podía vivir, gracias a que nunca había tenido acceso a mi mundo. Cómplice conmigo misma, sonreí adentrándome en un silencio de muerte y comencé a caminar otra vez.
La libertad vislumbrada me embriagaba tanto que ya nada iba a detenerme.
Porque suponiendo que el amor nos hubiera sobrevolado, se había marchado nada más llegar y hubiera sido inexplicable que me quedara allí un sólo segundo más esperando que volviera.
PILAR