LAS CAUTIVAS
Para Osiris. (Tan mi padre...)

Ha preferido los versos a dormir desde que empezó a ser niño.
La sola idea de dormir lo hace sentir desolado.
Dormir la siesta aún más, pero a pesar de eso no contradice a su madre mientras desnuda sus pies y lo arropa y lo acaricia. Baja los párpados complaciente hasta que se queda solo, acariciando con melancolía la penumbra de la habitación.

Y espera.

El olor del pan recién horneado levanta el toque de queda, así que se calza las gastadas alpargatas e intenta atravesar la cocina como una exhalación, ansioso y despeinado.
Una palabra de su madre, que sonríe con los ojos, se lo impide:
-"Espera."- y le impone un bocadillo de pan caliente con mantequilla, queso y dulce que huele a gloria
- "Toma, vete. ...pero come."
Y le da la espalda para sonreir.

Él sabe bien que ella sonríe porque siempre ha sido la callada cómplice de su rareza y como una sombra furtiva desaparece por la puerta de la cocina.

La tarde empieza a bostezar y allí está siempre, en cuclillas, debajo del aquel sauce junto al río, mordisqueando su pan y esperando a las luciérnagas. Brotan de pronto girando como coplas y provocan al niño jugando sobre el azul.
Él las observa en silencio hasta dominar ese puño que no suelta su corazón durante la cacería. Un instante después está como un cachorro flaco y desgarbado, dando manotazos al aire hasta cazar una veintena y encarcelarlas en aquel tubo de cristal destinado para su secreto.

Casi es medianoche cuando la madre lo arropa, lo besa y sopla el candil, dejando al marcharse ese perfume a jazmines en el aire.
Bajo las sábanas, subrepticiamente, hace rodar sobre los versos ese cilindro de luces cautivas hasta que la madrugada azulea en la habitación.
(Tantas madrugadas y tantos versos que lo empujarán poco a poco a la ciudad... Allí, cuando aparente un hombre, habrá olvidado como dormir.)
Pero en el campo todavía el grillerío lo arrulla y sin darse cuenta ni quererlo se ha dormido.

Al fin el sol da de pleno en su cara y lo transita el desconsuelo porque se siente traidor cuando se duerme, desde el día en que vio que las luciérnagas no apagan la luz al morir.
Desde entonces este niño no quiere dormir.
Y luego nunca querrá cautivar una estrella para dejar que se extinga olvidada y sin destino.

PILAR


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