UNA CARTA DEL OTRO MUNDO

(DEL INFIERNO)

Relato triste, pero rigurosamente histórico, de cómo una joven católica se alejó paulatinamente de Dios,
para precipitarse finalmente, con plena conciencia de sí misma, en los abismos infernales.
Echo narrado por una joven Religiosa, ya difunta, en la ciudad de Munich, Alemania.
Publicado por el Confesor de la Religiosa, el R.P.Capuchino Bernardino Krempri, doctor. en Teología.
Traducido del alemán por el R.P. Ernesto Fischer, Misionero Salesiano del Oriente Ecuatoriano.

IMPRIMATUR:
E Vicariatu Urbis (Roma), 9-IV-1952. Fdo: E Aloysius Traglia, Arquiepícopus.
Aprobación posterior El censor: P. Manuel Romero Catania, 5-XII-1963 N.B.-
Varios obispos han refrendado estas mismas licencias eclesiásticas, respecto a la presente traducción española.
Vista la traducción del folleto "Lettera dal mondo di lá", Tenemos a bien aprobarla y permitir su impresión.
Cuenca, a cinco de Septiembre de mil novecientos cincuenta y ocho.
E MANUEL DE JESUS, Arzobispo de Cuenca.
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Derechos Reservados a:
LIBRERÍA ESPIRITUAL
P.O.Box: 6252 CCI - Quito-Ecuador

UNA CARTA DEL OTRO MUNDO

(DEL INFIERNO)
Relato publicado por el R.P. Bernardino Krempri.
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Entre los papeles de una hija mía espiritual que murió como Religiosa en plena juventud, encontré el siguiente manuscrito:

"TENIA yo una amiga, a la cual conocí en una oficina de la ciudad de Munich. En esa oficina trabajábamos juntas y muy vecinas. Desde que Ana (así se llamaba) se casó, no la vi más. A decir verdad, había entre nosotros cortesía mas bien que amistad. Por este motivo, no me causó mayor impresión cuando, casada ella, se fue a vivir en el barrio de las Villas en la misma ciudad de Munich, barrio que distaba mucho de mi casa.
Mientras disfrutaba mis vacaciones del Otoño de 1937, junto al lago de Garda (Italia), recibí carta de mi madre, a mediados de Septiembre, y entre otras cosas, me decía: "Imagínate, Ana N. Perdió la vida en un choque de autos. Ayer la enterraron en el Maldfridhof" (nombre de un cementerio en Munich) La noticia me causó honda impresión. Sabía perfectamente que Ana nunca había sido amante de la piedad... ¿Estaría preparada en el momento en que Dios la llamó tan de repente?...
A la mañana siguiente oí la Sta Misa por su eterno descanso en la capilla del Pensionado de Religiosas, donde me hospedaba; recé fervorosamente por su alma, y le dediqué mi Sta. Comunión. Pero en todo el día experimenté un cierto malestar de espíritu, que fue aumentando a medida que declinaba el día. Me acosté intranquila...
En pleno sueño me desperté al ruido de fuertes golpes. Encendí la luz. Mi reloj, sobre la mesita de noche, marcaba las doce y diez minutos... Solamente las olas del lago de Garda golpeaban monótonas contra el muro del jardín del Pensionado.
Ningún viento soplaba y, sin embargo, al despertarme, creí notar, aparte de los golpes, una como ráfaga de viento, parecido al que experimentaba cuando mi antiguo jefe de oficina, malhumorado, tiraba violentamente sobre mi mesita de escribir alguna carta desagradable para él. Dudé unos momentos... ¿Me levantaré?... Pero, ¿para qué?, me dije resueltamente: no es mas que tu fantasía sobreexcitada por la noticia de aquella carta. Me volví de lado, recé unos Padrenuestros por las Benditas Almas, y de nuevo me quedé dormida, y soñé que:
Me levantaba a las seis de la mañana siguiente. Cuando abrí la puerta para bajar a la capilla del Pensionado, mis pies tropezaron con el fajo de hojas de una carta... Levantarlas, reconocer la letra de Ana y lanzar un grito, todo fue uno... Temblando como una azogada sostenía aquellas hojas en mi mano. Me di cuenta de que en semejante estado nervioso no sería capaz de rezar ni un solo Padrenuestro. Además, me sentía muy sofocada. Por lo mismo, mi único impulso fue salir a pasear al aire libre. Me arreglé un poco el cabello, puse la carta en mi cartera y abandoné la casa.
Una vez fuera, ascendí por el camino que desde la célebre autopista Gardesana, tira monte arriba entre olivos, laureles y jardines. La mañana era espléndidamente clara. En otros momentos y circunstancias, me recreaba aquí cada cien pasos, contemplando el maravilloso panorama que se ofrecía a mi vista sobre el lago y la famosa isla de Garda. El azul proverbial de sus aguas era para mí un goce siempre nuevo y, como un niñito que contempla embelesado a su abuelo, así contemplaba yo la nube cenicienta del monte Baldo, que se levanta a la otra orilla, desde los 64m. Sobre el nivel del mar, hasta los 2.220 m. En aquellos momentos, nada de esto me interesaba. Después de caminar por un cuarto de hora, me dejé caer sobre un banco, fijo entre los cipreses, donde el día anterior no más había estado leyendo con verdadera fruición "Jungfrau Therese", "LA VRGEN TERESA", de Federer, (novela de dicho autor alemán) Por vez primera los cipreses me dieron la impresión tétrica de árboles mortuorios, sensación que nunca había experimentado en ellos, siendo como son tan abundantes en el Sur de Europa.

Tomé la carta; no tenía firma, pero era la mismísima letra de Ana, sin equivocación posible. No faltaban los detalles de su característica escritura, sobre todo en su "S" muy tirada e inclinada; ni en su T de forma francesa; rasgos que había aprendido en la oficina, con el fin de tomar el pelo al Sr. N. N. El estilo no era el suyo; al menos, no se expresaba así ordinariamente. Acostumbraba a conversar con singular afabilidad, y reírse con simpatía, mostrando sus ojos azules y su naricilla chata.
Sólo cuando discutíamos cuestiones religiosas empleaba este mismo estilo duro y picante que usaba ahora en su carta.
(A mi misma se me pegó después su modo satírico de hablar)
Voy a relatar aquí, palabra por palabra, su escrito de ultratumba, tal como lo leí en sueños. Decía así:

"Clara, no reces por mí: ¡¡¡ESTOY CONDENADA¡¡¡ Si te lo comunico y me dispongo a hablarte de ello con detención, no creas que es por amistad. Aquí no amamos a nadie. Lo hago forzada; lo hago como consecuencia de "Aquel Poder que siempre quiere el mal, pero que solo realiza el bien". (Frase del poema de Fausto de Goethe). La verdad es que yo quisiera con todas mis ganas que tú también llegaras a este mismo estado en el que yo he anclado para toda la Eternidad. No te extrañes por esta mi intención: aquí todos pensamos así. Nuestra voluntad está como petrificada en lo malo, en lo que vosotros llamáis "malo". También cuando realizamos algo bueno, como yo hago ahora, abriéndote los ojos acerca de la existencia del infierno, no lo ejecutamos con recta intención. ¿Recuerdas todavía que hace cuatro años nos conocimos en Munich? Tú tenías 23 años, y llevabas ya cuatro en la oficina, cuando yo entre allí. A veces me ayudabas a salir de apuros por ser yo principiante, y me dabas algunos buenos consejos.
Pero, ¿qué quiere decir "lo bueno"?... En aquel entonces yo alababa tu caridad, ¡cosa ridícula¡... Tu ayuda era únicamente la manifestación de tu soberbia: así lo sospechaba yo entonces. Aquí no reconocemos nada bueno, ¡en nadie¡ Conoces mi vida en los años de mi juventud. Sin embargo, voy llenar ciertos vacíos de los cuales nada te dije entonces. Según la intención de mis padres, yo no debía nacer. Mi presencia fue un contratiempo para ellos... Cuando yo nací, mis dos hermanas tenían ya 14 y 15 años respectivamente. Ojalá no hubiera recibido el ser... ¡Ah¡... ¡Si pudiese aniquilarme ahora¡... ¡escaparme de estas penas¡... Ningún placer sería capaz de igualar al que yo experimentaría si pudiese rasgar mi existencia como si fuese un velo de ceniza, y que sus partículas se hundiesen en la nada... Mas... ¡tengo que existir¡...
Tengo que ser como yo misma me he formado¡... ¡con el fallo absoluto de mi existencia. Cuando papá y mamá, solteros todavía, se trasladaron del campo a la ciudad, ambos habían perdido ya el contacto con la Iglesia. Así fue mejor. Se juntaron con círculos también desligados de la Iglesia, es decir, completamente liberales. Los dos se conocieron en un baile, y "tuvieron" que casarse medio año después. Al contraer Matrimonio, se les adhirió apenas un poco de Agua Bendita, la suficiente para compeler a mamá a oír Misa algunas veces al año. Mamá nunca me enseñó a rezar.
El tráfago de las diarias ocupaciones la embargaban, a pesar de que nuestra situación económica era desahogada. Las palabras rezar, Agua Bendita, Iglesia, las escribo con un asco interior indescriptible. Aborrezco todas estas cosas tanto como los que van con frecuencia al templo, a todos los hombres y cosas en general, puesto que de todas las cosas nos vienen tormentos. Al expirar, todo conocimiento adquirido, todo recuerdo del pasado es una llama punzante para nosotros. Y todos los recuerdos nos muestran aquellas circunstancias que fueron una gracia... que nosotros hemos desperdiciado... ¡Cuánto atormenta esto¡ Nosotros no comemos, ni dormimos, ni andamos con los pies. Encadenados en el espíritu, tenemos la mirada fija en nuestra vida malograda, con un continuo "aullar y crujir de dientes"... odiando y... ¡atormentados¡... ¿Lo oyes?... Aquí bebemos el odio como el agua... Nos odiamos unos a otros; y el más odiado es... Dios. - Y quiero hacértelo entender: los bienaventurados en el cielo "tienen" que amar a Dios; puesto que lo contemplan sin velo en toda su resplandeciente hermosura. Esto les causa un gozo indescriptible. Lo sabemos nosotros, y el saberlo nos causa rabia...
En la tierra, los hombres que conocen a Dios por la oración y por la revelación, "pueden" amarlo sin ser forzados. ¡Fíjate bien y presta atención¡... El fiel cristiano (crujiendo de rabia lo escribo) que, puesto en meditación, contempla a Cristo tendido en la Cruz, ése le amará. Quien, por el contrario, con considera a Dios únicamente como Castigador, Vengativo, como al Justo rechazado en otro tiempo por nosotros, y sólo entre rayos de tempestad... ése le odia con todo el peso de su mala voluntad... eternamente... en virtud de esa misma decisión voluntaria de querer permanecer lejos de Dios; decisión tenida por nosotros al exhalar nuestra alma; decisión que ni aun ahora retiramos, y que jamás querremos retirar... ¡Entiendes ahora por qué el infierno será eterno¡... Porque nuestra testarudez no se derretirá jamás. Forzada tengo que admitir que Dios es Misericordioso hasta con nosotros mismos los condenados... Digo "forzada" porque, aunque escribo la presente carta por mi voluntad, sin embargo, no me es permitido mentir, como muy gustosamente quisiera hacerlo. Contra mi voluntad pongo muchas cosas en este papel. Hasta el torrente de blasfemias que quisiera vomitar tengo que tragármelo.

Dios ha sido Misericordioso hasta con nosotros porque no permitió en la tierra que nuestra mala voluntad realizase todo cuanto estaba dispuesta a realizar en su malicia. Esto hubiera aumentado nuestra culpa y nuestra pena. Hizo que muriésemos antes de hora (yo por ejemplo) o dispuso otras circunstancias mitigantes... Ahora mismo se muestra Misericordioso con nosotros que no nos obliga a acercarnos a El más de lo que estamos en este infierno tan distante de El; lo cual disminuye la pena. Cada paso más cerca de Dios me produciría a mí más tormento que a ti un paso más hacia una hoguera. Te horrorizaste cuando en un paseo te conté que mi papá me dijo, pocos días antes de mi Primera Comunión: "Anita pon tus ilusiones en que tu vestido sea bonito en ese día; porque todo lo demás es secundario"... Casi me avergoncé al notar tu horror ante semejante expresión; ahora me río de ello... Lo único razonable que hubo en ese fraude fue que nos hicieron comulgar a los doce años cumplidos. En aquella edad yo estaba ya bastante metida en los placeres del mundo; de tal modo que con gusto dejaba a un lado todo lo religioso; muy poco me importaba la Religión y la Comunión...

Ahora nos causa mucha rabia que los niños comulguen desde los siete años. Hacemos todo lo posible para engañar a la gente, metiéndoles en la cabeza que los niños a esa edad no tienen suficiente inteligencia... Es preciso que antes cometan pecados mortales... porque así el "Blanco Dios" ya no produce sus efectos en ellos con la misma intensidad como cuando la Fe, la Esperanza y la Caridad (escupo encima de estas palabras) están vivas todavía en el corazón del niño desde el Bautismo. ¿Recuerdas que en la tierra defendía yo este punto de vista? He mencionado a mi papá. Reñía muchas veces con mi mamá. Pocas veces aludí a ello, porque me daba vergüenza. (Cosa ridícula la vergüenza. A nosotros aquí todo nos es igual... Ya no dormían en la misma habitación, sino que yo dormía con mamá. Papá dormía en el cuarto vecino, donde podía entrar a todas horas. Bebía mucho y gastaba todo nuestro patrimonio. Mis dos hermanas estaban empleadas, y decían que necesitaban el dinero que ganaban. También mamá empezó a ganar algo. En su último año de vida, papá pegaba mucho a mamá cuando ésta no quería darle dinero. Conmigo se mostró siempre amable. Un día (te lo conté y te enfadaste conmigo. ¡De cuántas cosas te enfadaste¡) devolví, por segunda vez unos zapatos comprados, porque su forma y los tacos no eran bastante modernos.

Una noche en que papá sufrió un ataque apopléjico, sucedió algo que nunca quise contar, porque temía desagradables interpretaciones; pero hoy vas a saberlo. Vale la pena recordarlo, porque fue la primera vez que sentí remordimientos que ahora me atormentan sin cesar. Yo dormía en la habitación con mamá. Su respiración regular denunciaba su profundo sueño. De repente oí que me llamaban por mi nombre. Habló una voz desconocida: "¿Qué sucedería si tu papá muriese?"... Yo no quería a papá desde que empezó a pegar a mamá y, en general, yo no quería nadie. Tenía cariño solamente a las personas que eran buenas con migo. El amor sin ventajas materiales radica solamente en las almas que están en gracia de Dios; y yo no estaba en ese estado de gracia. Así pues, a la pregunta misteriosa respondí sin pensar de dónde podía venir: "¿Papá?... Papá no se muere"... Después de breve pausa, de nuevo oí la misma pregunta, y de nuevo respondí de mal humor: "Papá no se muere"... Por tercera vez fui interrogada: "¿Qué sucedería si tu papá muriese?"... En aquel instante tenía grabados en mi mente los desagradables recuerdos de la frecuencia con que papá llegaba borracho a casa, sus gritos, los malas tratos a mamá y la situación deplorable en que nos ponía ante la gente... y respondí sin vacilar: "Si muere... ¡que se muera¡"... Todo quedó en silencio. No volví a oír la voz. A la mañana siguiente, cuando mamá quiso arreglar la habitación de papá, la puerta estaba cerrada... Hacia el medio día rompieron la puerta... Mi papá estaba echado sobre la cama a medio vestir... cadáver... Al sacar cerveza del sótano debió de haberse resfriado. Hacia tiempo que estaba enfermizo. (Nota del autor. -Dios N.S., ¿hizo quizá depender de la voluntad de la hija que gozaba las bondades del padre, el conceder o no a aquel hombre algún tiempo más para su conversión?)...
Marta K. y tú me insinuasteis que me inscribiese en la Acción Católica. Pero siempre dije que las instrucciones de las dirigentes, las Sras, X. y Y., me olían mucho a curas. Los juegos de la Acción Católica eran divertidos y, como muy bien sabes, pronto llegué a ser su organizadora. Esto me gustaba, como también las excursiones. De vez en cuando sentía impulsos interiores de acercarme a los Sacramentos de la Confesión y Comunión. En realidad, no hallaba nada de qué acusarme; puesto que yo no daba importancia a los pensamientos, deseos y conversaciones. A cosas más graves no había llegado todavía. Una vez me dijiste: "Ana, si no rezas, te vas a condenar". Realmente, rezaba poco, y aun esto de mala gana. Y tú tenías razón. Todos los que arden en el infierno no rezaron nada o no rezaron lo suficiente. La oración es el primer paso hacia Dios; pero falta lo decisivo: rezarle especialmente a Aquella que fue Madre de Cristo, y cuyo nombre no pronunciamos jamás. La devoción a Ella hace perder al demonio numerosas almas cuyos pecados las habrían hecho caen infaliblemente en sus garras. (Rabiando sigo adelante, porque debo hacerlo) Rezar es lo más fácil que puede hacer el hombre sobre la tierra, y precisamente a esto tan fácil ha vinculado Dios la salvación de cada uno.
Al que reza con perseverancia Dios le dará tanta luz, y le fortalecerá de tal manera que, aun siendo el más enfangado pecador, podrá finalmente levantarse para siempre; aunque ese fango le llegue hasta el cuello. En los últimos días de mi vida no recé casi nada del modo como debe rezarse, privándome así de aquellas gracias sin las cuales nadie puede salvarse. Aquí ya no recibimos gracias alguna. Pero, dado caso que nos la diesen, la rechazaríamos con desprecio y burla. Las vacilaciones y cambios de la voluntad de los humanos, han terminado para siempre en el otro mundo. En la tierra, vosotros los humanos, podéis pasar del estado de pecado al estado de Gracia; del estado de Gracia caer de nuevo en el de pecado; unas veces por debilidad, otras por malicia.
Esta oscilación que radica en la imperfección del hombre sobre la tierra, halla su término en la muerte: se ha llegado con ella al estado final. Con el transcurso de los años van disminuyendo esas oscilaciones de la voluntad. Es cierto que hasta el instante mismo de la muerte puede uno acercarse a Dios o darle las espaldas; pero también es cierto que, antes de expirar, en los postreros momentos palpitantes de la voluntad, el hombre se ve "como forzado" a decidirse y permanecer en el mismo estado en que estaba acostumbrado a vivir a lo largo de su existencia. Una buena o mala costumbre formó en él una segunda naturaleza que arrastra consigo a la eternidad. Así me sucedió a mí: Años hacía que vivía alejada de Dios y, por tanto, en la última llamada de la Gracia, me decidí contra Dios. La causa de mi ruina no fue el haber pecado muchas veces, sino el no haber querido (en vida) levantarme de mi postración. Tú me aconsejabas muchas veces que oyese sermones y leyese libros piadosos. Siempre contesté lo mismo: "No tengo tiempo". ¿Para qué iba a aumentar mis incertidumbres? Además, debo hacer constar lo siguiente: cuando hube llegado a semejante estado interior, poco antes de salirme de la Acción Católica Femenina, me hubiera sido inmensamente difícil seguir otro camino.
Me sentía infeliz y me debatía en la incertidumbre, es cierto; pero ya se había levantado una verdadera muralla ante mi conversión. Tú no te diste cuenta de ello; te imaginaste que todo era muy sencillo; pues un día me dijiste: "Ana, anímate a hacer una buena Confesión, y todo quedará arreglado"... Yo sabía que así sucedería; pero el mundo, el demonio y la carne me tenían ya demasiado sujeta en sus garras. Nunca creí en la influencia del demonio: pero ahora doy fe: influye poderosamente en los hombres, como yo era entonces. Lo único que hubiera podido arrancarme de sus garras hubieran sido muchas oraciones de otros y mías, unidas a sacrificios y sufrimientos; y aun así sus efectos se hubieran producido paulatinamente.
Pocos son los endemoniados de alma y cuerpo; pero pululan los endemoniados de alma solamente. El demonio no puede arrancar la voluntad de los que se entregan a su influencia; pero, en castigo de su apostasía de Dios permite que el "maligno" habite en ellos. Yo también odio al diablo; pero me agrada, porque procura perderos a todos vosotros: él y sus cómplices, los espíritus caídos con él al principio del tiempo. Son millones, y continuamente están volando por la tierra, como un enjambre de mosquitos, y vosotros ni caéis en la cuenta. Nosotros, los hombres condenados, no podemos tentaros: eso compete a los espíritus caídos. La vedad es que se les aumenta la pena cada vez que conducen un alma humana al infierno; pero... pero, ¿de qué no es capaz el odio?...
Aunque yo caminaba por senderos alejados de Dios, sin embargo Dios me seguía a mí... Con servicios naturales de caridad que yo presté algunas veces por innata inclinación de mi carácter, allanaba yo y preparaba el camino de la Gracia. Dios me llamaba, a veces, a un templo, y allí experimentaba una cierta nostalgia... Cuando atendía a mi madre enferma, a pesar del trabajo de todo el día en la oficina (pues realmente me sacrificaba entonces), influían poderosamente en mí estas llamadas de Dios. En cierta ocasión, habiendo visitado el templo del hospital, adonde tú me llamaste hacia el medio día, sentí la llamada de la Gracias con tal fuerza, que sólo faltó un paso para mi conversión: lloré, pero luego estuve fluctuando... hasta que los goces del mundo vencieron el toque de la gracia: el trigo quedó ahogado entre las espinas. Con la excusa de que la Religión era asunto de sentimentalismo, según afirmaban continuamente en la oficina, rechacé una vez más esos movimientos de la Gracia, tal como había rechazado todas las demás. Me reprochaste un día, porque, en vez de hacer la genuflexión hasta el suelo, hice solamente una reverencia superficial. No sospechabas que yo ya no creía en la presencia real de Cristo en el Sacramento del Altar. Ahora creo en ella; pero claro está, del modo como se cree en la realidad de una tempestad cuyos efectos se experimentan.
Entre tanto, yo misma me había forjado una religión.
Seguía la opinión de todos los de la oficina: el alma resucitará en otro ser, y así seguirá peregrinando indefinidamente.
Con esto quedaba solucionada la famosa cuestión del otro mundo y, al mismo tiempo, se volvía innocua para mí. ¿Por qué no me recordaste la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro?... El Narrador. Cristo, al uno le hace descender al infierno inmediatamente después de la muerte; y al otro le hace subir al cielo... Pero,,, después de todo... ¿qué hubieras ganado con decírmelo?... Lo mismo que conseguiste con tus conversaciones frailunas... Poco a poco me arreglé un dios a mi gusto: suficientemente perfecto para poder llamarse dios, y manteniéndolo, al mismo tiempo, bastante alejado de mí, para no tener relaciones con él; bastante confuso para dejarse diluir, según la conveniencia y sin cambiar de religión, en el panteísmo universal; o bien, dejarse poetizar como un dios solitario... Este dios no tenía cielo para regalarme ni infierno para castigarme, Lo dejaba en paz. En esto hacia consistir mi adoración para él... "Lo que se ama, con gusto se cree". Con el correr de los años, llegué a persuadirme de mi religión: con ella se podía vivir.
Una solo cosa hubiera podido destruir una religión tan peregrina: largos y graves sufrimientos; pero éstos no vinieron... ¿Entiendes ahora el significado de "Dios castiga y manda tribulaciones a quien ama?"... En un día de verano, en el mes de Julio, cuando Acción Católica Femenina organizó una excursión a Altetting (ciudad de Baviera con un célebre santuario a la Virgen) La excursión en sí me hubiera gustado; pero esas hablillas imbéciles y esas beaterías... (Se refiere a los rezos y prácticas piadosas de los peregrinos) Otra imagen muy distinta de la Virgen ocupaba desde hacia poco, el altar de mi corazón: el guapo Maximiliano N. Del negocio vecino. Varias veces habíamos coqueteado durante las últimas semanas. Para aquel domingo, precisamente, me había invitado a una excursión. La joven con quien acostumbraba ir, estaba en la clínica. El había notado que yo le echaba ojo... Entonces todavía no pensaba casarme con él. Era rico ciertamente, pero me disgustaba que fuese muy amable con toda clase de muchachas; y yo quería conseguirme un hombre que me perteneciese a mí sola. Quería ser, no solo mujer, sino mujer única; pues siempre tuve una cierta decencia natural. (Nota del autor.- Esto es verdad. Ana, con toda su indiferencia religiosa, tenía siempre algo noble en su modo de ser. (Me horroriza pensar que hasta las "gentes decentes" pueden caer en el infierno, si son tan "incultas" que lleguen a evitar el encontrarse con Dios)
En la excursión de aquel domingo, Maximiliano se superó en atenciones conmigo. No teníamos conversaciones frailunas como entre vosotras. Al día siguiente, me echaste en cara en la oficina el no haber ido con vosotras a Altetting, y yo te conté mis diversiones de aquel domingo. Tu primera pregunta fue: "¡Oíste Misa¡"... "¡Tontita¡, respondí, ¿cómo pude oírla, si habíamos pactado salir a las seis de la mañana?"... Todavía recuerdo cómo te dije enojada: "El Buen Dios no piensa tan mezquinamente como vuestros curas"... Pues ahora puedo confesarte esto: Dios, con toda su Bondad infinita, es mucho más exigente que todos ello. Después de aquella primera excursión con Max., asistí una sola vez a la Acción Católica; fue en Navidad, para asistir al teatro, Varias cosas me retraían: cines, bailes, paseos... Una cosa seguía a otra. Max. y yo nos peleábamos algunas veces; pero siempre supe atraérmelo de nuevo.
Muchas molestias me proporcionó mi rival, la cual, vuelta de la clínica, se puso furiosa y perdió los estribos. Ventajosamente, mi calma inalterable hizo fuerte impresión en Max., quien, al fin, me prefirió a mí. Había conseguido hacerla odiosa ante sus ojos, hablando de ella fríamente: positiva por fuera, pero vomitando veneno por dentro. Debo confesarte que tales sentimientos y tal modo de proceder le preparan a uno maravillosamente para el infierno: son diabólicos en el más estricto sentido de la palabra. ¿Por qué te estoy contando todas estas cosas? Para que veas y consideres como me alejé para siempre de Dios. Con esto no quiero decirte que llegué a familiaridades extremas con Max. Comprendía que mostrándome débil antes de tiempo, me hubiera rebajado ante sus ojos. Por este motivo supe mantenerme firme. Pero, siempre que lo creía útil, me prestaba para todo. Tenía que conquistar a Max., y para ello, nada era muy caro. Poco a poco iba prendiendo en nosotros el amor, ya que ambos poseíamos preciosas cualidades que podíamos apreciar mutuamente: yo era lista, hábil, de agradable compañía... Con éstas cualidades llegué a conquistar de tal modo a Max. que, en los últimos meses antes del matrimonio, era mío plenamente. En esto consistió mi apostasía: en levantar a una criatura como mi ídolo. En ningún caso sucede esto de modo tan seguro y universal, como en el amor de una persona hacia el otro sexo, si este amor se funda solo en los placeres terrenos: esto se convierte en su imán, su estímulo y su veneno. Esta adoración idólatra a Max. llegó a ser mi religión vivida. Esto me sucedió en el tiempo en que atacaba con más furia a los "ratones" de iglesia, a los curas, a las indulgencias y cosas semejantes. Tú te esforzabas con mayor o menor acierto, en defender estas cosas; y no sospechabas que en el fondo de todo ello no había más que la necesidad de buscar un argumento para mi conciencia; ya que necesitaba justificar mi apostasía con la razón. Me rebelaba interiormente contra Dios.
Tú no llegaste a entenderlo, y más bien hasta última hora me creíste católica. También yo quería llamarme así, y hasta pagué el impuesto a la Iglesia: una especie de "seguro de vida", decía yo, no hace daño. Tus observaciones y respuestas eran acertadas en general; pero resbalaban en mi conciencia, porque me convenía que no tengas razón... Como consecuencia de estas frías y poco acordes relaciones, casi nula fue nuestra tristeza cuando, al casarme, tuvimos que separarnos y perder nuestro contacto. Antes de celebrar el Matrimonio, todavía confesé y comulgué, puesto que era cosa mandada. En esto mi esposo y yo estuvimos de acuerdo: ¿Por qué no cumplir con esta formalidad?... Lo hemos considerado como cualquier requisito. Vosotros llamáis mala a tal Comunión. Pues bien, después de esta Comunión tan indigna, me quedé más tranquila. Fue mi última Comunión. Nuestra vida conyugal se deslizó en plena armonía en general: teníamos más o menos la misma opinión en todo, incluso en la de no tener hijos. Mi esposo, sin embargo, con gusto hubiera querido tener uno, pero uno solo naturalmente. Al fin conseguí quitarle aun este deseo. Más bien que hijos, me convenían mejores vestidos, muebles finos, tertulias, paseos en coche y otras diversiones de esta laya.
El año transcurrido entre mi Matrimonio y mi muerte repentina, fue divertido en verdad: cada domingo dábamos un paseo en auto, o hacíamos visitas a los familiares de mi esposo, (de mi madre tenía entones vergüenza). Estos, como nosotros, llevaban una vida superficial. Pero, si he de confesar la verdad, jamás me sentí feliz interiormente, aunque exteriormente me riera a carcajadas. Una incertidumbre atroz me roía el corazón a todas horas. Hubiera querido que todo terminase con la muerte, a la cual, naturalmente, juzgaba lejana para mí. Pero sucedió tal como oí en un sermón cuando niña: Dios premia siempre todo lo bueno que hace el hombre. Y, si no puede premiarle en la otra vida, le premia en la tierra. He aquí que de improviso recibí una herencia de mi tía Isabel. Al mismo tiempo, aumentaron considerablemente el sueldo a mi esposo. Entonces pude amueblar con gracia nuestra nueva casa. En cuanto lo religioso, sólo de lejos lo vislumbrábamos. Los cafés y los hoteles donde nos hospedábamos en nuestros viajes, ciertamente que no nos cercaban a Dios: todos los de allí vivían como nosotros: de fuera para dentro, en vez de adentro para afuera. Si en los viajes de vacaciones visitábamos alguna célebre Catedral, nos interesábamos sólo por el arte de aquella obra maestra. Al espíritu religioso que ellas irradiaban, sobre todo las de la Edad Media, supe neutralizarlo poniéndome nerviosa por cualquier circunstancia o detalle de la visita; o porque el hermano Lego que nos guiaba era poco hábil, o porque llevaba el hábito algo sucio, o porque esos frailes pretendían pasar por piadosos y, sin embargo, vendían licores, o porque el largo repicar de las campanas, so pretexto de las sagradas funciones, no era mas que para ganar dinero.
De este modo rechazaba una vez más la Gracia que golpeaba a las puertas de mi corazón. Me irritaban especialmente los cuadros del infierno pintados en los cementerios y en otras partes, durante la Edad Media. Cuadros que presentaban al demonio asando a las almas en parrillas encendidas al rojo y al blanco, y a sus secuaces, de largas colas, trayéndole nuevas víctimas... ¡Clara¡ ¡La pintura del infierno puede estar equivocada, pero jamás exagerada¡ Acostumbraba yo hacer frecuentes alusiones al fuego del infierno. Una vez, muy bien lo recuerdas, habiendo altercado acerca de él, bromeando te apliqué a la nariz un fósforo encendido, y burlonamente te dije: "¿Huele así?"... Con movimiento rápido lo apagaste. Aquí...¡nadie lo apaga¡... Escucha mi afirmación: el fuego de que habla la Biblia no quiere decir remordimiento. Al fuego lo llama fuego; y debe entenderse al pie de la letra lo que dijo Aquel: "¡Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno¡" Al pie de la letra... ¿Cómo es posible, me preguntarás, que el alma sea tocada por el fuego material?... Te respondo: Cuando en la tierra metes tu dedo en la llama, ¿cómo puede sufrir el alma?... El alma no se quema; sin embargo, ¡qué tormento experimenta toda la persona¡... De la misma manera, nosotros estamos aquí atados al fuego con nuestra naturaleza y nuestras facultades. Nuestra alma echa de menos su aleteo natural: no podemos pensar lo que queremos. No leas fríamente estos renglones: pues este fuego que a vosotros apenas os dice algo, a mí me abrasa sin consumirme...
Nuestra mayor pena consiste en esto: el saber con certeza que jamás veremos a Dios. ¿Cómo es posible que esto atormente tanto, si en la tierra lo deja a uno tan indiferente?... Mientras el cuchillo está sobre la mesa, a uno lo deja indiferente. Se ve su filo cortante, pero no se lo siente. Pero, si el cuchillo penetra en la carne, arranca un grito de dolor. Hoy es cuando experimentamos y sentimos la pérdida de Dios. Antes, la pensábamos solamente. No todas las almas sufren igualmente. Con cuanta mayor malicia y más voluntariamente uno ha pecado, tanto más pesa sobre él la pérdida de Dios, y tanto más le oprime la criatura abusada. Los católicos condenados sufren más que los de otra religión, porque recibieron mayores luces y mayores gracias y... ¡las pisotearon¡... ¡Quien sabía más, sufre más, sufre más intensamente que quien sabía menos. Quien pecó por malicia sufre más agudamente que quien cayó por debilidad¡... Pero nadie sufre más de lo que ha merecido... Ojalá que esto o fuese verdad, para tener un motivo más para odiar. Una vez me dijiste que nadie iría al infierno sin saberlo, que así había sido revelado a una santa. Me reí de ello: sin embargo, me atrincheré tras de esa misma afirmación, y decía en mis adentros: "Si aquello es verdad, cuando llegue el momento, tendré tiempo para cambiar"... Aquella afirmación es justa, pero verdad es que, antes de mi muerte repentina, no conocía el infierno tal como es realidad. Ningún mortal lo conoce. Pero yo lo entendía perfectamente y me repetía a mi misma: "Si te mueres, irás al otro mundo derechito como una flecha contra Dios. Tú sufrirás las consecuencias"...
Pero no cambié, como ya lo dije antes; no cambié, arrastrada por la costumbre y por aquella uniformidad con que los hombres, cuanto más viejos, tanto mas obran del mismo modo, en progresión creciente con la edad. Mi muerte sucedió así: Hace una semana (hablo según vuestro modo de expresaros, porque, midiendo el tiempo según el padecimiento, son como diez años que me estoy quemando en el infierno). Hace una semana, pues, mi esposo y yo hicimos una excursión en día domingo, la última para mí. El día había amanecido radiante. Yo me sentía muy bien, como pocas veces. Una rara sensación de felicidad inundaba mi ser en todo el día. Volviendo ya, mi esposo quedó repentinamente cegado por la luz de un auto que venía con dirección opuesta, y perdió el control del volante. "¡Jesses¡" (nombre de Jesús mal pronunciado) fue la palabra que exclamé, no como oración, sino como grito. Un dolor penetrante me oprimió. Comparado con el actual que me tenaz, una bagatela. Luego perdí los sentidos... ¡Cosa rara¡... Durante aquella mañana, sin saber explicármelo, me había perseguido con insistencia, como una súplica, este pensamiento: "Tú todavía tienes tiempo para ir a Misa una vez más"... Un "NO" claro y rotundo, truncó en mi este pensamiento. "Es preciso, dije, acabar para siempre con estas cosas. Y caigan en mi todas sus consecuencias"... Hoy las padezco. ¿Qué sucedió después de mi muerte? Lo vas a saber.
En cuanto al destino de mi esposo, de mi madre, lo que pasó con mi cadáver, el desarrollo de mi entierro, todo lo supe y con todos sus detalles por un conocimiento natural que aquí tenemos. Todo lo demás que sucede en la tierra lo sabemos confusamente, es decir, conocemos las cosas que de algún modo se refieren a nosotros. Hoy, por ejemplo, veo dónde estás. En el momento de expirar, repentinamente me desperté o salí de la oscuridad, y me vi rodeada de una luz resplandeciente, vivísima, y en el mismo lugar donde yacía mi cadáver. Sucedió como en un teatro, cuando de repente se apagan las luces de la sala, se levanta el telón y aparece una escena no imaginada, y con fantástica iluminación: ¡¡¡la escena de la vida¡¡¡... Como en un espejo se me mostró mi alma a mí misma, con todas las grandes pisoteadas desde mi juventud hasta el último "NO" ante Dios. Me sucedió como a un asesino al cual presentan su víctima desarmada durante el juicio... ¿Arrepentirme?... ¡Jamás¡...

Pero tampoco fui capaz de aguantar ni un instante más ante los ojos de Dios al cual había desechado. Un solo camino me quedó: la fuga. Así como Caín huyó del cadáver de su hermano Abel, asimismo fue empujada mi alma de aquel espectro de horror: el de mi alma. Esto fue mi Juicio Particular. Entonces el Juez invisible dijo: "¡Apártate de mí¡"... En el acto se precipitó mi alma, como una sombra de color de azufre, en el lugar de las penas eternas¡¡¡.....
Así terminaba la carta de Ana, desde el infierno. Las últimas palabras eran casi ilegibles: ¡tan torcidas estaban¡ Y la carta misma se deshizo en mis manos como ceniza.

¡Tin¡...¡Tin¡...Tin¡... Entre el acento agudo y tétrico de los renglones que creía leer en la carta, oyóse el sonido suave de una campana. Me desperté sobresaltada. Aun estaba acostada en la cama. Los rayos rojos del sol penetraban por la ventana. La vecina parroquia tocaba el ANGELUS...Entonces... ¿todo fue un sueño?... Jamás como en esos momentos experimenté consuelo inefable del saludo del Ángel... Despacio recé las tres Avemarías. Luego formé en mi interior esta clara resolución: Debes vivir asida de la Bendita Madre del Señor, debes honrarle con tu filial devoción, si no quieres tener la misma suerte de un alma que ¡¡¡jamás verá a Dios¡¡¡...
Temblando aún bajo la impresión de aquella noche terrible, me levanté, me vestí apresuradamente y baje las gradas hacia la capilla. El corazón me latía con violencia, y la emoción nerviosa se pintaba en mi rostro. Las pocas pensionistas que estaban arrodilladas cerca de mí, me miraron con extrañeza. Quizá pensaron que la agitación obedecía al haber bajado las gradas corriendo. Paseándome por la tarde en el jardín, una bondadosa señora de Budapest, ya de edad, acrisolada por los sufrimientos, débil, miope, pero llena de celo de servir a Dios, y muy ducha en las cosas del espíritu, dijo sonriendo: "Señorita, a Jesús no le gusta que le sirvamos con el tren de la precipitación". ¨Pero dándose cuenta en seguida que otra cosa me había emocionado y seguía emocionándome aún, agregó, suavemente: "¿Conoce Ud. la estrofa de Sta. Teresa?

"Nada te turbe, nada te espante.
La paciencia, todo lo alcanza;
Todo se pasa, Dios no se muda,
Quien a Dios tiene nada le falta. Sólo Dios basta"...
Mientras ella repetía despacio estos versos, me pareció como si leyese en mi alma: SOLO DIOS BASTA. Si, El sólo me ha de bastar aquí... y más allá. Quiero llegar a poseerlo un día a costa de cuantos sacrificios fueren necesarios. ¡¡¡NO QUIERO IR AL INFIERNO¡¡¡
Así terminaba el manuscrito de la joven religiosa.

INTENSO ACTO DE AMOR
Al Padre de la Divina Misericordia

¡Oh Eterno Padre infinitamente Santo... Dios infinitamente Bueno y Misericordioso... yo Te Adoro¡...
¡Ah¡... ¡escucha los gemidos de mi alma que se aniquila en tu presencia¡
¡Quisiera reparar todos los ultrajes que recibes de los pecadores en toda la faz de la tierra y en todos los instantes del día y de la noche¡ Unida a todas las almas que te aman, el alma mía te presenta tantos actos de adoración y reparación, cuantas son las amarguras que recibes de las ingratas criaturas que te ofenden.
Te ofrezco especialmente el perpetuo Holocausto de Tu Hijo que en todos los puntos de la tierra se inmola en el Santo Sacrificio del Altar.
¡Ho Padre infinitamente Bueno y Compasivo, dígnate recibir Esa Sangre Purísima, en reparación infinita de todos los ultrajes de los hombres; borra sus culpas y tenles compasión¡
¡Oh Eterno Padre, mira a todas las almas bañadas con la Sangre de Tu Hijo Amadísimo, Jesús Misericordioso¡ Desde Su Corazón Sacratísimo abierto en la Cruz, es de donde sube hasta Ti el gemido suplicante de Misericordia y de Perdón¡... el gemido, ¡oh Padre Misericordioso¡ de Aquella Víctima que sin cesar se ofrece a Ti por todas las almas redimidas con Su Sangre Preciosísima¡
¡Oh Padre Celestial, Dios de Misericordia y de todo Consuelo, no permitas que se pierdan estas almas; sino sálvalas, Te lo ruego por Jesús Misericordioso¡... Sálvalas, Padre Nuestro... para que ellas con El Te bendigan en el Cielo y glorifiquen eternamente Tu Divina Misericordia¡... Así sea.

Pater, Ave, Gloria, por la conversión de los pecadores. Amen

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