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060603

Carpe Diem

Primero disparás
Luis Figueroa

I. Por el barrio donde crecí, unos sujetos trataron de robarse un picop.  En eso estaban cuando una persona armada, desde una tienda, vio el asalto y decidió disparar.  Uno de los presuntos ladrones fue a dar a un hospital.

“Primero disparás y después viriguás”, es un mal consejo; pero el hombre de la tienda evitó el asalto y puso, a uno de los asaltantes, en manos de las autoridades.

¿Qué hubiera pasado si el de la tienda no hubiera estado ahí? Seguramente que el picop hubiera engrosado las estadísticas de vehículos robados. Pero en el peor de los casos, el que hubiera parado en el hospital, o en la morgue hubiera sido el propietario que iba a ser depojado.

Si los asaltantes hubieran sabido que iban a ser repelidos en el asalto, por una persona que llevaba un arma, ¿hubieran procedido al robo? A saber.  Pero yo me atrevería a especular que no. 

Y, ¿qué hubiera pasado si los asaltantes tuvieran razones para pensar que el dueño del vehículo iba a estar armado?  A lo mejor no se hubieran atrevido a intentar el robo.  Por eso es que los delincuentes prefieren víctimas desarmadas.  Las víctimas desarmadas son más vulnerables y menos riesgosas.

El caso es excepcional porque lo que ocurre normalmente es que los ladrones actúan sin inconvenientes.  Los delincuentes saben que a la gente honrada y decente le está prohibido andar armada. 

Los delincuentes, que no registran sus armas en el DECAM y que arrastran una retahíla de crímenes en sus currículos del mal, comparten el monopolio del armamento con las fuerzas de seguridad del Estado.  A veces en connivencia y a veces en competencia; pero siempre en perjuicio de la gente decente.

Yo estaba leyendo la noticia que da comienzo a estas meditaciones, cuando encontré en mi escritorio un artículo por Moorhouse y Wanner, publicado en
The Cato Journal (Vol. 29 No. 1), en el que se demuestran varias cosas que nos deben llamar la atención a los chapines que sufrimos por la delincuencia.

No hay evidencia de que el control de armas reduzca las tasas de crímenes; y sí la hay, suficiente, para apoyar la idea de que las altas tasas de criminalidad generan apoyo político para la adopción de más controles de armas.

Ninguna de aquellas conclusiones es novedosa porque existen muchos otros estudios que concluyen en lo mismo.  Pero los autores exploran importantes avenidas; y una de ellas es que tenemos que concentrar esfuerzos en determinar por qué es que las leyes existentes no son efectivas. 

Una respuesta posible apunta a que el control de armas simplemente no influye en la conducta de los delincuentes en cuanto a sus esfuerzos por obtener y usar armas.  M y W dicen que no se sorprenderían si se descubriera que los criminales violan regularmente las leyes mediante la compra de sus armas en el mercado negro, o si las robaran.

Los autores concluyen en que el control de armas, aunque es políticamente atractivo porque parece que “ataca el problema directamente”, lo que en realidad resulta ser es un instrumento rudimentario para combatir la delincuencia, y es una violación a los derechos individuales.

II. Desafiando la advertencia cardenalicia de que “¿qué tal si a alguien se le ocurre ir a poner una bomba como en el caso de la caricatura de Mahoma?” (
Prensa Libre, 15 de mayo de 2006), me fui a ver El Código Da Vinci. Déjeme decirle que me pareció una buenísima adaptación cinematográfica de un libro emocionante. 

No es una obra de arte, lo que explica su mala recepción en un lugar inapropiado como Cannes.  Sin embargo, como no todos estamos en condiciones de entender del todo a los Wong Kar Wai, o a los Bertolucci que arrancan aplausos en la costa francesa, el Código tiene méritos de sobra.

La historia es un thriller de primera que no deja de sorprender.  El
casting es de lo mejor y todavía no decido si el personaje mejor logrado es el de Silas, el asesino; o el de Fache, el policía.  El final es magnífico; a la sombra de la pirámide de I.M. Pei y con una música conmovedora.  ¿Quiere mi opinión? No se la pierda, la peli es buena.

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