| Sede Otras columnas 060404 Lo social Luis Figueroa I. “No fiarse de lo que hemos oído en casa”, porque “esa fuente está intrínsecamente enrarecida pues está impurificada con un prejuicio clasista” aconseja la introducción de En la escuela de lo social; obra que influyó mucho en la juventud de algunos comandantes o funcionarios de la administración actual. Antes de leerla, yo pensaba que podía ser algo serio ya que cuenta con sus correspondientes Nihil obstat e Imprimatur; pero la misma obra que recomienda no confiar en los padres de uno, porque están contaminados con prejuicios de clase, es el mismo libro que dice que “la familia es a la que le incumbe en primer lugar el derecho de educar a sus hijos”. ¿En qué quedamos? En contradicciones y manipulaciones se va todo el libro. En una parte truena con que “¿cómo se explica que los ricos vivan tan tranquilos sabiendo que Jesucristo los condenó?” Pero más adelante pone como modelo a “un ejercitante de Loyola, que asustado le dice al director de Ejercicios: Padre, he hecho una gran fortuna en América. No piense que ha sido por medios ilícitos. Pero…ahí tiene usted un cheque con todo mi capital. Tome”. O sea: si el rico deja de ser rico es bueno; pero si enriquece a la organización de su director de Ejercicios, ¿es mejor? Ignorante de la praxeología, esta edición española de 1962 se pregunta, “¿en que cabeza cabe que por Luisito Suárez haya pagado el Internazionale de Milán la suma de 35 millones de pesetas?” Olvidando, seguramente, que cada Luisito del fútbol de pie a industrias que generan millones de empleos para quienes mantienen y cuidan los estadios, para quienes los administran, para quienes producen zapatos, camisolas, shorts, calcetas, pelotas, publicidad, refrescos, alimentos, investigación y tecnología deportiva y mucho más. Aquello tiene menos sentido si uno sigue leyendo; porque en un una página advierte: “Si realmente España [¿o Guatemala?] anda escasa de recursos, si somos pobres, vivamos todos como pobres”; para luego reconocer que “se puede incrementar en lo indecible la productividad”. Y entonces le atribuye la pobreza a condiciones como “la subexplotación económica de las riquezas, a bajos niveles de productividad, a la economía basada fundamentalmente en la agricultura, y a la falta de ahorro y la poca inversión”. ¿Entonces? Los autores del libro preguntan: “¿Tengo derecho a quejarme cuando hace frío en mi cuarto, o cuando mi comida estará fría, o sosa?” Y yo pregunto: ¿Se quejarán los funcionarios cuando los costosos Romeo y Julieta que fuman no están a su gusto? El libro cuestiona: “¿Puede ser un buen católico quien no conoce ni practica la doctrina social de la iglesia?” Yo no puedo dejar de contrastar esa posición con la del padre Robert A. Sirico, que al referirse a cierto teólogo, dijo que este “siempre tenía cuidado de hacer notar que la Cristiandad, qua Cristiandad, no ofrecía un modelo económico específico; del mismo modo en que la economía, qua economía no tenía un modelo moral específico que ofrecer”. El libro citado describe a las reducciones de indios, en Paraguay, como “el mejor ejemplo de una acción inteligente de la Iglesia que se adapta a la capacidad del neófito y atiende por igual a la parte material y espiritual de sus hijos”. Con respecto a la propiedad, los autores citan a San Ambrosio: “¿Hasta dónde se extienden, oh ricos, vuestros irracionales apetitos? No das limosna al pobre de lo que es tuyo, sino que le devuelves lo que es suyo”; y a San Gregorio Magno: “La tierra…es común patrimonio de los hombres. En vano, pues, se creen inocentes cuando toman para su uso particular el don que hizo Dios común a todos”. ¡Ahora, pues, ya se por qué es que esta administración está en la calle, y sin llavín! II. A personajes como Rodrigo Rato habría que agarrarlos del cogote y sacarlos a sombrerazos. ¡Mira que recomendarle a un país pobre que aumente los impuestos! Para que el poco capital que hay se lo roben o lo desperdicien en la OIM. ¡Eso no tiene madre! Sede |