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Carpe Diem

El Mirador, tesoro escondido
Luis Figueroa

El aroma a copal inund� el aire, y desde lo m�s alto de la pir�mide El Tigre, mis amigos y yo observamos el ocaso.  A nuestros pies estaba ese inmenso mar verde que es la selva.  Nos llev� dos d�as y tantito atravesarla, pero ah� est�bamos al fin, en la cuna de la civilizaci�n maya: la ciudad colosal de El Mirador.

All� arriba, emborrachado por la luz, los aromas y los colores, uno no puede sino pensar en las personas que construyeron ciudades y calzadas a lo largo y lo ancho de esa jungla.  Frente a nosotros estaba la La Danta, una mole incre�ble que mide 10 metros m�s que el templo IV de Tikal y cuya base ocupa el �rea de tres estadios de f�tbol.  La ciudad es inmensa, �y es unos 800 a�os m�s antigua que Tikal! 

En toda
la cuenca de El Mirador hay unas 26 ciudades grandes; y en nuestra jornada a trav�s de la selva visitamos: La Florida, El Tintal y La Muerta.

No es f�cil llegar a El Mirador; pero el duro viaje hacia esa ciudad formidable es el vivo ejemplo de cuando el camino vale tanto como el destino.  Auxiliados por Billy Cruz, de Pet�n, mis amigos Silvia, In�s, Antonio y Ra�l, as� como mi sobrino Alejandro, y yo, emprendimos la aventura el 17 de diciembre pasado.

Ale de 12 a�os, y yo, fuimos a lomo de macho; pero los dem�s caminaron por bosques interminables y por bajos intimidantes a trav�s de humedales enormes.  A veces el agua fangosa les llegaba arriba de la cintura, yo me ca� cuatro veces de mi Rucio, y el Ale qued� colgando de un �rbol en una ocasi�n.  Tras horas de montar, m�s de una vez reviv� mi pierna entumecida poni�ndole una cruz de saliva, seg�n la costumbre local. Y entend� lo que es ser terco como una mula.

Vimos cualquier cantidad de orqu�deas, aunque muy pocas en flor; extrajimos copal del �rbol que lo produce.  Conocimos el chicle.  Vimos aves hermosas y el cielo m�s estrellado que uno pueda imaginar.

Pero aquello es la selva, y no hay que olvidarlo.  Vimos huellas de jaguar y escuchamos sus rugidos, junto a los de los monos aulladores.  Dormimos en campamentos en los que el olor a serpiente era perturbador.  A mi sobrino se le meti� una tar�ntula en el zapato y le apareci� otra en su carpa. Y tuvimos que esquivar ej�rcitos de hormigas feroces, algunas de ellas muy olorosas. 

Dorm�amos como tiernos, aunque una noche se inund� el campamento y tuvimos que pasarla entre el agua.  Una culebra zumbadora se atraves� en el camino y yo regres� con dos garrapatas conchudas, mostacilla y docenas de piquetes. 

El viaje a El Mirador fue toda una aventura, hecha m�s inolvidable gracias a los cuidados y a la extraordinaria habilidad de nuestro gu�a Henry Darwin; y gracias a la cocinera, Gladys.  Por  ella ten�amos tortillas del comal y panqueques en plena selva.  Tambi�n por el asistente, Wilmer, y por los arrieros Manuel y Rudy que cargaban las 12 ac�milas y montaban los campamentos con eficiencia. 

Mi coraz�n se aceleraba cuando entr�bamos a alg�n sitio, cuando mir�bamos alg�n mont�culo, y m�s, cuando llegamos a El Mirador. A lo largo de la jornada uno puede llegar a experimentar algo de lo que sent�an los primeros exploradores de esas regiones en el siglo XIX.  Yo pensaba mucho en Stephens y Caterwood, as� como en los Maudslay, y tambi�n en mi amiga Mayra, que hace a�os estuvo perdida en la selva durante dos noches.

En febrero de 2003, en el Museo Popol Vuh,  tuve la suerte de conocer a Richard Hansen, el arque�logo que est� a cargo del proyecto de la cuenca de El Mirador.  Y en esa ocasi�n qued� admirado del trabajo que est� haciendo.  Y desde entonces que ten�a ganas de viajar hacia all�.

A diferencia de otros sitios desarrollados, El Mirador todav�a es un mundo perdido, �de verdad! y lleno de tumbas sin abrir.  En �l, uno no encuentra montones de turistas, ni mucha basura; y entra en contacto extremo con uno mismo, con la naturaleza y con grandes obras del genio humano.  Por eso, la visita a aquella ciudad precl�sica y los cinco d�as que pasamos en la jungla, fueron una experiencia f�sica y psicol�gica inolvidable que enriqueci� nuestras vidas.

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