| Sede Otras columnas 051224 Santa, o Grinch Luis Figueroa �Despierten, ya vino Santa! As� nos levantaban mis padres, a mi hermano y a m�, a las 0 horas del d�a de Navidad. En pijama, atontados por el sue�o y emocionados por los cohetes, baj�bamos en brazos hasta la sala donde nos esperaba el Nacimiento. Ah�, alrededor del Bel�n, estaban los regalos y toda la familia, que en aquel tiempo consist�a b�sicamente en una de mis abuelas, un t�o y dos t�as adolescentes y un n�mero variable de invitados. La casa brillaba como nunca y las luces del Arbol de Navidad me parec�an las m�s bellas del mundo. Mi abuela dirig�a los rezos, y mi hermano y yo dec�amos �el se�or escondido�, donde hab�a que decir �el Se�or es contigo�; y �rueda por nosotros�, en donde los dem�s repet�an �ruega por nosotros�. Luego de eso en un ritual que parec�a interminable, los regalos eran repartidos en medio del alboroto. En estos d�as de insoportable correcci�n pol�tica, est� de moda hacer de menos esto de dar regalos. Los intelectuales progres se ponen especialmente fastidiosos con este asunto. Eso s�, siempre consistentes con su empe�o en despreciar la creatividad y el ingenio humanos, as� como la capacidad productiva que hace posible la existencia de tantas cosas para regalar y para recibir. En aquella etapa infantil, la Navidad era s�lo ese momento; pero m�s tarde la perspectiva cambi�, como cambiaron las tradiciones familiares. Cuando ya crecimos y �ramos tres, o cuatro hermanos, mis padres nos sacaban a hacer visitas y a repartir regalos. En alg�n momento, para m�, la Navidad dej� de ser s�lo el momento de abrir los obsequios. Donde mi otra abuelita, por ejemplo, los ni�os ten�amos nuestros propios Nacimiento y Arbol. La fiesta, entonces, se extend�a a los momentos de preparaci�n y de compra de todo lo necesario para que el Bel�n fuera magn�fico. Por eso se hacer engrudo, y se lo que es un embreyado. Ahora que ya nadie me baja cargado y en pijama, la celebraci�n de la Natividad de Jes�s tiene otras dimensiones. Consiste en compartirla con las personas a las que amo. En comprar los adornos y en decorar el Arbol mientras cantamos �Arre borriquito, arre, burro, arre�. En poner sobre el musgo la tortuga y los chinchines, los mismos que usaba cuando ni�o, y hacer ah� un escenario perfecto para colocar el Misterio. La Navidad, entonces, empieza cuando la casa se inunda de olor a pinabete y aroma a manzanilla. Cuando se llena de patas de gallo, de barba de viejo, de chichitas y de flores de Pascua. A mi me gusta la cena de Nochebuena; pero mis tamales del desayuno de Navidad me dan una alegr�a especial, del mismo modo en que me divierte el almuerzo de ese d�a, en el que t�as y primos nos juntamos para intercambiar regalos. Los grinches modernos olvidan que para regalar hay que producir, y que para producir alguien tuvo un empleo y alguien pudo llevar el pan a su mesa de forma honrada. Olvidan que cuando le regalamos algo a alguien es porque lo valoramos, y que cuando alguien nos regala algo, es porque nos valora. El valor, pues, es un valor intr�nsecamente navide�o. Yo recib� mi primer libro, verdaderamente m�o y no de ilustraciones, para una Navidad. Ese fue Coraz�n, de Edmundo de Amicis. Y la persona que me lo regal� sin duda nunca se imagin� el impacto que los libros tendr�an en mi vida. Francamente no soy muy bueno para regalar, pero lo hago con cari�o, as� que en este a�o experimentar� con mis sobrinos y con algo diferente. Realmente es algo sencillo; pero les dar� un regalo que no s�lo les demuestre lo mucho que los amo, sino que les ense�e que cuando sean grandes habr�n de trabajar por las cosas que sean de valor para ellos. Podemos ser Santa, o El Grinch; pero ojal� que ellos y todos record�ramos que en este mundo hermoso hay cosas por las cuales vale la pena trabajar; que es tan bueno dar como recibir; y que en cada obsequio que va y viene, hay algo del coraz�n. Sede |