| Sede Otras columnas 051119 Carpe Diem El honor, enseña triunfal Luis Figueroa El almirante George Bowyer, de la armada británica, perdió una pierna durante el fuego intenso de una batalla en 1794. Inmediatamente fue llevado a la enfermería y ahí, él insistió en que se observara el protocolo tradicional y que se asistiera primero a los heridos que estaban antes que él. Su gesto se vio frustrado porque un marinero, que también había perdido su pierna, juró de manera vehemente que no sería atendido antes que el Almirante. “El deber ennobleció tanto al almirante como al marinero”, dice Caroline Alexander, en La Bounty. En la vida privada, explica la autora, el deber era la demarcación entre el honor y el descrédito, entre el caballero y el canalla. En la vida pública era incluso más lo que se jugaba. Los archivos del almirantazgo están llenos de informes de cortes marciales solicitadas por oficiales que sentían mancillado su honor, para limpiar su nombre. Carpe Diem de la semana pasada atrajo algunos comentarios de lectores; y dos de ellos se refirieron a la nube oscura de corrupción que algunos malos oficiales han llevado al Ejército de Guatemala. Dije, en esa ocasión, que la Constitución indica que el Ejército guatemalteco es una institución “destinada a mantener la independencia, la soberanía y el honor de Guatemala, la integridad de su territorio, la paz y la seguridad interior y exterior”; y que en ese sentido, frente a la realidad una Policía Nacional Civil inmadura, inexperta, sin mandos confiables y sin autoridad moral, el Ejército podría contribuir valiosamente a dotarnos de seguridad ciudadana a los habitantes de la República. Lo dije, y lo sostengo; pero no es esa parte la que motiva estas líneas, sino las observaciones de los lectores con respecto a querer equiparar los problemas en la PNC, a los que hay en el Ejército. Contrario a la primera, la institución armada cuenta con una larga tradición de la cual sus miembros pueden sentirse orgullosos. Como en la armada británica, el honor es un valor apreciado entre los buenos oficiales y los buenos soldados. Hay militares de alta y de baja que resienten a sus compañeros corruptos; y hay militares y civiles que reconocen el valor del Ejército. Yo, por ejemplo, le agradezco a las Fuerzas Armadas que me hayan permitido crecer en un país donde nunca llegó a entronizarse la dictadura totalitaria que pretendieron imponer los comunistas durante los 36 años que hicieron la guerra. Ahora bien, vemos que no existe obstáculo constitucional para que el Ejército se involucre en la seguridad interior; y de hecho, la Constitución lo faculta para que así sea; pero, ¿cómo hacerlo sin que sus enemigos aprovechen la ocasión para desprestigiar a la Organización, a causa de los delitos que han cometido, y seguramente siguen cometiendo, algunos oficiales? Sugiero que el Ejército se concentre en la primera parte del mandato constitucional, y que haga énfasis en la frase que la manda a mantener “el honor de Guatemala”. ¿En qué sentido? En el que nos muestra Alexander, en La Bounty. El Ejército, y los oficiales de alta y de baja para quienes el honor es un principio, deben proceder a depurar su Organización y a perseguir legalmente a los corruptos. No sólo para rescatar su noble tradición; sino para evitar que la exguerrilla y sus amigos –actualmente en el poder– la desmiembren y la acaben; y luego, para cumplir sus citados deberes constitucionales. El Ejército debe dejar de ser un estamento que está al margen del resto de la sociedad guatemalteca; y para empezar, puede comenzar por rescatar el honor que le corresponde. Y, ¿cómo se rescata el honor?, pues siendo honorable. Total, como dijo mi amigo Pedro, que no es Pedro Crespo, alcalde de Zalamea, “El honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios”. Sede |