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050924


Carpe Diem

Boca para hablar
Luis Figueroa

En el colegio había un niño que tenía la costumbre fea de decir “tengo boca para hablar” cada vez que alguien lo agarraba diciendo disparates. Y de eso me acordé cuando leí que el cardenal Rodolfo Quezada dijo que “desde la firma del Acta de la Independencia fueron excluidos los indígenas, y pidió a los tres organismos del Estado atenderlos”.

Me pareció oírlo decir “tengo boca para hablar”; porque no sólo desde la Independencia, sino desde el momento de la conquista, la única organización que -en toda Iberoamérica- ha tenido continuidad hasta nuestros días, ha sido la Iglesia Católica.  Otras elites han cambiado, los gobiernos han cambiado, los ejércitos no son los mismos, los Estados han mutado; pero la única organización que ha permanecido una, piramidal e incólume, es la iglesia de Quezada.

Si alguna organización es responsable de que a lo largo de la historia de Iberoamérica no haya habido igualdad de todos ante la ley y de que no se respeten los derechos individuales de todos, es la del cardenal quejoso.  Talvez por eso fue que Huatey, un cacique Cubano que fue quemado en la hoguera, se negara rotundamente a que su alma se fuera al cielo, a pesar de los ruegos del cura que estaba a sus pies.

El Requerimiento de Palacios Rubios, documento que fue utilizado para justificar la conquista, a sangre y fuego, decía algo así como “requiero que reconozcáis a la Iglesia por señora y superiora del universo mundo, y al Sumo Pontífice, llamado Papa, en su nombre, y al rey y a la reina nuestros señores en su lugar, como a superiores y señores”.

Los derechos de España y Portugal sobre las vidas, las almas y los bienes de los habitantes originales del continente americano fueron establecidos por el Papa de entonces.

Los curas doctrineros eran los que ablandaba las almas de los indígenas para que sirvieran bien a los encomenderos.  El pueblo garífuna se encuentra de este lado del Atlántico porque la Iglesia de Quezada consideraba que los negros eran menos humanos, y por lo tanto más esclavizables que los indígenas.

En Chile, cuando en el siglo XVIII fueron expulsados los jesuitas, estos eran los mayores poseedores de esclavos; y en toda Iberoamérica cada templo o monasterio contaba con su dotación de cautivos. La organización que representa Quezada recibía rentas de tierras que habían pertenecido a los indígenas, de hipotecas y de sus inversiones hasta haberse convertido en la gran banquera.

La Iglesia Católica fue el mayor propietario de tierras en América; pero los padres y frailes no pagaban impuestos y sus inmensas propiedades solían ser tierras muertas para la producción agrícola.

Corporación de corporaciones, la Iglesia poseía más de la mitad de la tierra en México y una cuarta parte de los edificios de México y Lima.  La organización se benefició, siempre, del mercantilismo y de los privilegios que han empobrecido a la región.

A lo largo de la historia Iberoamericana, la Iglesia Católica ha sido el grupo de interés corporativo, y continuado, más poderoso del subcontinente.  Ha sido inmune contra las acciones civiles, e incluso contra las acciones penales.  Influyó en la educación y mantuvo hegemonía en el quehacer intelectual. Fueron los antecesores del purpurado los que erradicaron el conocimiento autóctono de este continente y los que quemaron con saña los irremplazables códices mayas. 

¡Quezada tiene razón al indignarse por la falta de igualdad de todos ante la ley y por el irrespeto a los derechos individuales de todos, que él llama exclusión!; pero lo que no se ve bien es que su organización haya tirado la piedra y ahora esconda la mano.

No se ve bien que, habiendo sido generadora y partícipe del sistema de exclusión que impide la fundación de un estado de derecho en Guatemala, la Iglesia pretenda hacernos creer que no ha tenido nada que ver en el asunto y que remediarlo es cuestión de otros. 

El Cardenal, pues, tiene boca para hablar; pero no debería dejar la lengua suelta, aunque sólo fuera por pudor.

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